viernes, 18 de febrero de 2011

EL PASEO BAJO LOS ÁRBOLES


Aunque considero este blog como un cuaderno de apuntes, como un archivo misceláneo de textos dispersos que con el curso de los días van surgiendo y desapareciendo, mostrándose y ocultándose como las facciones de un rostro detrás de un abanico (y que no siempre es el mío, mi rostro, aunque a veces lo parezca), voy a aprovechar hoy este espacio, contraviniendo así la norma que me he impuesto a mí mismo relativa a no promocionar aquí mis publicaciones, para anunciar la aparición de El paseo bajo los árboles, un libro de Philippe Jaccottet (Moudon, Suiza, 1925) cuya traducción le propuse a Cuatro Ediciones. El volumen se completa con una entrevista iluminadora en la que Jaccottet habla de su concepción de la poesía y con una exhaustiva y útil cronología. El paseo bajo los árboles es un libro en el que su autor, pertrechado con sus conocimientos de joven poeta de infatigable curiosidad (la edición original del libro es de 1957, cuando Jaccottet tenía tan solo 32 años), sale al exterior para ponerlos en duda permanente. Aspira las imágenes que le entrega el pequeño pueblo provenzal en el que acaba de instalarse, Grignan, se aproxima a unas montañas que flotan azules a lo lejos, recibe los consejos de la luna, bebe el agua de la amargura, de la muerte omnipresente, de la oscuridad, pero insiste una y otra vez en encontrarle algún brillo salvador. Dialoga con Hölderlin, con Leopardi, con Musil y con otros autores centrales de nuestra tradición. Avanza sin miedo a contradecirse, especula sin arrogancia, se reconoce en lo que mira hasta que, cuando se siente expulsado, incorpora lo que mira para olvidarse a sí mismo. La prosa con que el libro está escrito es un instrumento a la vez fluido y sinuoso, transparente y lleno de facetas, y su traducción resultó un trabajo fascinante y arriesgado a la vez. No puedo ser objetivo en cuanto al resultado, pero sí añadiré que tuve la suerte de contar con excelentes y minuciosas sugerencias del editor de Cuatro Ediciones, lo que, dicho sea de paso, no es una práctica demasiado habitual entre los editores españoles.

El libro, central en la trayectoria de un poeta que está considerado hoy en día como uno de los más importantes escritores europeos, ha sido editado con todo esmero. Las ediciones de Cuatro demuestran que la sobriedad no está enemistada con la belleza.

Agradezco desde aquí a los amigos y poetas Ernesto García López, Santos Domínguez, José Luis Gómez Toré y Régulo Hernández sus comentarios y referencias al libro en sus respectivos blogs. Los enlaces figuran a la derecha de estas líneas.

El poeta Antonio Martínez Sarrión presentará El paseo bajo los árboles en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el día 14 de marzo a las 19.30 horas. Será una buena ocasión para celebrar a un autor que, a sus 86 años, sigue en permanente búsqueda, paseando bajo los árboles y a través de las palabras.

miércoles, 9 de febrero de 2011

DOS SIESTAS

Para Bernardo Chevilly

I

Llamémosla siesta, a falta de otra palabra. Un ensayo de siesta, un intento de dormir a media tarde, un lunes después de un domingo en blanco (en blanco, sí, por tantos motivos). Antes de acostarme pienso qué texto podría surgir a partir de esa siesta deseada, y cuando estoy ya en la cama sigo pensando en lo que podría decir al despertarme. Pero luego no me duermo. O tal vez sí. Ahora mismo no estoy seguro. Me acuesto poco después de las cinco y pongo el despertador para las ocho. Hacia las siete oigo vibrar el teléfono móvil, que me indica que he recibido un mensaje, pero no sé si la vibración me despierta o si he estado todo el tiempo en una semiconciencia semejante pero no igual al sueño. El texto que escribo es este. Nada extraordinario, como ya se va viendo. Nada ha ocurrido en esas dos horas que pueda engendrar palabras bellas, ráfagas de imágenes o al menos un relato medianamente atractivo. Me tumbé boca abajo, como acostumbro, y sentía latir el corazón a un ritmo más acelerado que el normal. Secuelas de los desatinos del fin de semana, pensé. El cuerpo va guardando en silencio la huella de cada uno de los crímenes, por insignificantes que sean, que cometemos contra él. La manta me cubría hasta el cuello, y la cabeza rozaba a veces la pared. Sentí un poco de frío, pero no quise encender la calefacción. La única claridad era la de la puerta, a la que llegaba el apagado resplandor procedente del balcón. No hay ventanas en la habitación, que a veces imagino como una cámara secreta en la que el cuerpo va transformándose en contacto con otros cuerpos o con la ausencia de ellos. Recordé vagamente los sucesos del domingo: son tantos que nada podría decir sobre ellos, y tal vez sea mejor dejar que vayan cayendo poco a poco al olvido. Flotaban imágenes inconexas y a todas ellas, como por alguna cuerda invisible, estaba atada la imagen de mi cuerpo en su tránsito espectral por pasillos de un lugar a medio camino entre el paraíso y el infierno. Mi cuerpo cubierto solo por una toalla atada a la cintura, sobrexcitado, ansioso, como poseído por un deseo que no parecía querer saciarse nunca, lanzando flechas como miradas, dando pasos como sorbos, estirando manos que de pronto se encontraban con una piel suavísima que sentía casi fundirse con mi propia piel. Para qué continuar. Todos esos instantes se habían convertido ya en unas pocas imágenes desgarradas del todo que fueron, del tacto en que se generaron, de la vida real y plena en que no había otras imágenes que las que el cuerpo producía con la piel, con los labios, con los ojos, con los oídos o ventosas en la voz de los otros. La siesta, en cambio, era esta oscuridad no ventilada, el cuerpo hundido en mitad de la cama, la pared con que topaba la cabeza, y unas pocas imágenes desvaídas que chocaban unas contra otras. No sé en qué momento empecé a escuchar una música que venía del piso de al lado. Era un ritmo constante que retumbaba a lo lejos y contenía una melodía cantada, creo, por la voz de una mujer, un ritmo animado de música latinoamericana tras el que yo imaginaba a alguna pareja bailando, o a una mujer cocinando o simplemente a una familia reunida en un día cualquiera de sus vidas. Después de leer el mensaje que recibí, en torno a las siete, me puse a repasar los nombres de los contactos que tengo grabados en la agenda del móvil. Eran muchos, quizás, y para qué, pensé. Me detuve en algunos nombres cuyos portadores no recordaba. Habría que borrarlos, me dije, o tal vez, mejor, borrarme a mí mismo de un modo mejor que intentando sin éxito dormir hoy una siesta.

II

Esta vez sí que duermo. Es una siesta, digamos, que no se resiste. El cuerpo llega a ella al límite de sus fuerzas. Sin apenas dormir la noche anterior, después de una mañana de trabajo agotadora (di mis clases en un estado de sobrexcitación impuesto por la necesidad de sobreponerme al cansancio, sacando, como se dice, fuerzas de flaqueza), la siesta se me va imponiendo imperiosamente desde que termino de comer, y en el trayecto desde el instituto hasta mi casa (tren y metro, casi una hora) voy casi durmiéndome a trechos. Son las cuatro de la tarde cuando por fin puedo deslizarme entre las sábanas: me acogen como un refugio en el que cesarán los temblores, la energía impostada, la desconcentración, el vuelo errabundo de la mente, la fatiga, la fatiga gloriosa puesto que no haber apenas dormido se debe a que aproveché la noche en placeres compartidos con un cuerpo complaciente. Ahora, sin embargo, lo único que quiero es dormir. Al principio se anuncian los temores de siempre: no poder conciliar el sueño a pesar del cansancio, que el pensamiento vaya desplegándose de un lado para otro sin darme tregua, que los minutos vayan sumándose en una conciencia abrumada por su propia fortaleza. Pero luego, en algún momento, me duermo. Sin que haya habido interrupciones en el sueño, a las seis y media me despierta el despertador y durante quince minutos continúo en la cama sin ganas de levantarme. No recuerdo que era mi intención asistir esta tarde, a las siete y media, a la lectura de poemas de un amigo. Lo que el cuerpo me pide es seguir acostado, en esa somnolencia mullida que podría, en cualquier instante, deslizarse de nuevo en el sueño. A las siete menos cuarto caigo en la cuenta de que debo y quiero cumplir mi palabra con mi amigo, un poeta insular que apenas se prodiga en sus lecturas y cuyos libros son casi pactos furtivos con las palabras más delicadas. Y así, entre una noche de manos enlazadas, de largas caricias que comenzaban en la piel y acababan desembocando en el interior de otro cuerpo, y una lectura de poemas tímidos, silenciosos, como recién rescatados de una herida de años, se interpone esta siesta, esta breve cancelación de la conciencia que, sin embargo, parece permitirme ver mejor una cosa y la otra, lo que la precedió y lo que la sigue, la noche y las palabras, la agitación y el reposo, el cuerpo y su respiración, mi cuerpo que querría aprender a amar y mi cuerpo que querría aprender a escuchar.

miércoles, 2 de febrero de 2011

CENTRO NACIONAL DE POESÍA EMERGENTE

El Centro Nacional de Poesía Emergente (CNPE) organizará del 7 al 13 de marzo unas jornadas que reunirán a quinientos poetas jóvenes (de entre 15 y 45 años) durante una semana en su sede madrileña para debatir el estado de la poesía emergente en nuestro país. El título de las jornadas será ‘Al comienzo de un nuevo milenio: la poesía emergente’. Está confirmada la participación de las figuras más destacadas del panorama nacional, junto a otras de menor relieve mediático que se encuentran ahora mismo en proceso de promoción por parte del CNPE. Habrá cincuenta lecturas de poesía con diez participantes en cada una, que dispondrán de seis minutos para leer un poema y explicar brevemente su visión del estado actual de la poesía en nuestro país. La directora del CNPE, la poeta Celestinita Pomparrubia, ha afirmado que los criterios de selección de los poetas participantes han sido absolutamente transparentes e imparciales, aunque no ha aclarado cuáles han sido exactamente dichos criterios. El único que ha trascendido es que todo poeta participante debe tener al menos un libro publicado o, en su defecto, un blog. La nómina ya ha sido establecida por un comité de expertos nombrado a estos efectos por la directora del CNPE. Los poetas participantes que no residan en Madrid serán alojados en la flamante residencia que el CNPE inauguró el año pasado en un edificio anexo al de su sede central. En aras de su política de total transparencia, el CNPE desea hacer público que cada poeta cobrará por su participación unos honorarios de 400 euros brutos, a los que debe añadírseles el alojamiento en pensión completa durante una semana en su residencia oficial para los poetas no residentes en Madrid. Los quinientos poetas participantes pertenecen, según las mismas fuentes, a las más variadas corrientes estéticas del panorama emergente, que, para propiciar los debates, serán repartidas de modo equilibrado en las distintas mesas redondas organizadas. En cuanto a la procedencia geográfica de los participantes, cabe destacar que más de la mitad proviene de las distintas provincias andaluzas, en especial de Córdoba, epicentro y principal ciudad propulsora de la poesía emergente con sus diversos festivales, fundaciones, ciclos de lecturas, jornadas y premios. Fuentes del CNPE han destacado también que todas las actividades de las jornadas ‘A comienzos de un nuevo milenio: la poesía emergente’ serán difundidas en grabaciones de vídeo a través de su página web. Igualmente, se publicará un libro con todos los poemas, que contendrá un CD con los textos leídos por sus autores. Es importante señalar también la destacada presencia femenina en estas jornadas, pues más de la mitad de los poetas emergentes participantes serán poetas mujer, e incluso habrá una mesa redonda exclusivamente dedicada a la poesía femenina. En la página web del Centro Nacional de Poesía Emergente (www.cnpe.es) podrá encontrarse más información sobre estas necesarias y prometedoras jornadas.