lunes, 28 de marzo de 2011

EN UNA DE ESTAS ÚLTIMAS TARDES

No era la luz filtrada por una persiana lo que, en el breve instante en que entró en el piso para dejar la chaqueta y la cartera antes de bajar a almorzar al restaurante, parecía tener amordazados el suelo, las paredes, la estantería, la mesa, el sofá, todos los muebles del salón, el aire mismo, no, no era una luz externa la que cubría como con manchas púrpuras, del mismo color oscuro que la sangre acumulada bajo una uña enferma, todo lo que vio en un abrir y cerrar de ojos —y ojalá hubiera entrado a ciegas en el piso y se hubiera adentrado hasta el salón palpando las paredes—: era una luz apelmazada en el interior de los objetos, o en los vados que se abrían entre ellos, una luz purulenta parecida a la luz del piso anterior en que había vivido. Era una luz cuyo nombre habría podido intercambiarse fácilmente con el de la oscuridad si no hubiera sido porque de ella se desprendían los filamentos suficientes para saber que ante los ojos había algo, aunque ese algo estuviera ya tan alejado de ellos, de los ojos, y los pedazos de ese algo, a su vez, tan separados los unos de los otros, tan irreconciliables, que se tenía la sensación de que los ojos se ahogaban, de que la luz que respiraban, la luz que estaban hechos para respirar, se había enrarecido hasta volverse irrespirable. No podía quedarse allí mucho tiempo. Antes de irse, se dio la vuelta para mirar una vez más hacia el salón. Aquella luz había regresado. Se maldijo a sí mismo por haberla convocado, por no haber sabido mantenerla a distancia. Se veía como un espectro que regresaba a su país de sombras después de haber estado caracoleando sin fin en pleno mediodía. Su cuerpo, pues aún lo tenía, a pesar de todos los abusos a los que lo había sometido, se arrastraba tumefacto, crujía, tiraba de él hacia fuera del piso, su cuerpo encorvado como si cargara con incontables pesadumbres, y al mismo tiempo vacío, desposeído de deseo, de energía, de la vitalidad más elemental. Así que has regresado, le habló con un hilo de voz a aquella luz que había tomado posesión de su piso, has regresado como un topo que excava los más inverosímiles pasadizos hasta dar con su presa, con la babosa que se arrastra de un lado para otro y que se acaba escondiendo en un piso cualquiera sin saber que un día llegará la luz irrespirable, la luz ciega, para devorarla.

2 comentarios:

  1. Nos persiguen desde hace años estaciones oscuras y claridades que no acaban de irse nunca, gradaciones de luz parecidas a la visita de una viuda rencorosa que no acaba de marcharse jamás. Quizás esa luz no viene desde fuera: la proyecta nuestra intimidad, nuestra memoria, nuestro dolor o nuestro hastío.

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  2. Sí, querido Iván, o estaciones extraviadas, como diría Roberto A. Cabrera. Tengo la impresión de que el tiempo ha consistido en una errancia que implicara los dos significados de la palabra "errar". Un saludo cariñoso para ti.

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