miércoles, 28 de agosto de 2024
miércoles, 21 de agosto de 2024
miércoles, 24 de julio de 2024
miércoles, 10 de julio de 2024
CONVOCATORIA PÚBLICA - RESOLUCIÓN FINAL
domingo, 7 de julio de 2024
sábado, 22 de junio de 2024
domingo, 9 de junio de 2024
jueves, 6 de junio de 2024
lunes, 27 de mayo de 2024
VIEJAS FOTOGRAFÍAS
Es también eso, lo he dicho ya otras veces, es algo que tiene que ver con lugares fuera del tiempo, quién sabe dónde, aunque casi siempre podamos ubicarlos. O pueda ubicarlos al menos quien compartió un pedazo de aquella historia.
En las fotografías que mirábamos nadie había muerto todavía, aunque casi todos estuvieran ya muertos. Y los niños que allí jugaban en los parques disfrazados de vaqueros van ahora camino de ser ancianos y algunos, ancianos ya, incluso confunden su cara en el espejo con las de sus compañeros de habitación en las residencias donde viven.
El salón de una casa en África por navidad. En la pared, un tapiz mal colgado representa unos camellos y alfombras voladoras. Una familia brinda mirando hacia la cámara. Es en Sidi Ifni o en El Aaiún. El polvo del desierto lo habrá cubierto todo desde entonces.
Hay algo en las fotografías en blanco y negro que no consigo explicarme bien. Las personas y lo que las rodea están como en otra dimensión. Determinados matices quedan resaltados. Pero la mayoría se ha perdido. Sólo queda lo esencial, el esqueleto de las imágenes. Los rasgos de las caras. Las carcasas de los automóviles. El brillo apagado de las olas del mar. Pero no es eso, es otra cosa que no sé describir.
Allí, en los lugares fuera del tiempo, no siempre todos parecen felices. Una niña está amulada –y, a partir de entonces, mostrará ese gesto siempre que se enfade–. Un joven que cena con sus padres mira a la cámara desconsolado. Los padres empiezan a marchitarse y la desconfianza entre ellos es cada vez mayor. La tía soltera aúpa en brazos a un bebé que debió haber sido suyo, tan profundas se han revelado sus ansias maternales.
Y el silencio que los envuelve a todos. Es inimaginable cualquier tipo de música. Incluso en las fotografías de celebraciones nadie baila, todo el mundo está como encadenado a su silla. Es un mundo insonorizado, como si lo rodearan gruesos muros de vidrio, como si la fotografía hubiera levantado en el momento del disparo una atronadora pared de silencio entre ellos y nosotros.
Por eso me sorprende tanto la fotografía de una excursión al monte: mi abuelo arrodillado junto a mi abuela, que está sentada en una silla plegable, como si le estuviera pidiendo casarse con ella treinta años después de la boda. Y la sonrisa dibujada en sus bocas. Más tarde el tiempo se las arrancaría de cuajo y les pondría una mueca de amargura que les duraría para siempre.
Nadie sabe qué fue de los padrinos de bautizo de uno de mis primos, un matrimonio joven y atractivo. Se perdió el contacto con ellos. Al marido, extranjero, se lo dio por muerto. De ella no se volvió a tener noticias. Montones de misterios como ese surgen mientras vemos las fotografías.
Mi madre me las va pasando, una a una. Las descubrió el otro día en una maleta guardada en el trastero del garaje. Las revisó ayer con mi padre y seleccionó las que iban a quedarse. Estas que ahora me enseña serán para mis primos, pues en muy pocas aparecen ella o mi padre, y si lo hacen es de un modo similar al de otras imágenes que ya tienen. Mi madre conoce todos los detalles, es una experta examinadora de fotografías (no en vano tiene varios álbumes donde las guarda). Mi padre, como buen apuntador, interviene para apuntalar algunas imprecisiones.
La niña que luce en el balcón de los abuelos un disfraz de bailarina en una de las pocas fotografías a color es una prima mía. Empezó a practicar ballet en aquella época y poco más tarde lo dejó. Qué somos sino las pieles y los disfraces que hemos ido dejando por el camino.
Guardemos esta para nosotros, le digo a mi madre. En la fotografía sólo se la ve a ella, pero tan de lejos que ni ella misma se había reconocido. Le digo que con una lupa se distinguirían sus rasgos de joven de veinte años a lo sumo. Parece estar en un paseo del parque, al final de una pendiente, y acaba de lanzar por el suelo una pelota a quien le está tomando la fotografía, que no puede ser otro que mi padre.
Los abuelos nunca se bañaban, me dicen, ni en la piscina ni en el mar. Y todo el mundo luce ropas oscuras, trajes largos, ropa impenetrable. No hay lugar aquí para la expansión ni para el juego, salvo que en el caso de los niños. E incluso a una de las niñas, para su primera comunión, la vistieron como una monja, con velo incluido. Toda de blanco, eso sí.
Los únicos animales que aparecen en las fotografías son un perro que tenían mis tíos –tirando a golden retriever, diría– y un chimpancé con el que fotografiaron a mis tres primos en alguna atracción. El chimpancé es casi tan grande como ellos.
Reconocemos unas piscinas naturales, varios lugares del parque, diversas plazas de la ciudad, un pueblo emblemático, una zona recreativa en el interior de un bosque, las llanuras volcánicas de la parte alta de la isla, el piso de mis abuelos, la casa de mis tíos, dos o tres iglesias, un restaurante, el salón de la casa de África. Y algún lugar en el desierto.
La fotografía más divertida es aquella en la que mi abuelo, vestido de militar y sonriente, está tumbado en el suelo, de costado, con las piernas dobladas, mientras que el resto de familia posa serio ante la cámara. Mi abuelo, el vitalista atrapado en una red mortífera. Dice mi padre que llegó a regentar un bar en África.
La fotografía más chocante es aquella en la que mis tres primos aparecen jugando sentados a una mesa en la que destacan dos botellas de whisky ya vacías.
La fotografía más triste es aquella en la que, tras algún almuerzo familiar, mi abuelo y mi abuela, ella con unas gafas oscuras y el pelo ya bastante escaso –poco más tarde empezaría a usar peluca– posan como si no entendieran qué están haciendo allí, cómo han llegado a estar juntos, qué los llevó a Sidi Ifni o El Aaiún, qué sórdida mañana les espera al día siguiente, el tórrido calor, los regimientos, las calles polvorientas, los espejismos al atardecer.
En dos fotografías, mi abuelo, en bata de dentro de casa, aparece leyendo. Podría pasar por un intelectual, incluso tiene un aire a André Gide o a Vicente Aleixandre. Al parecer leía un poco en aquel tiempo. Yo he heredado aquellas colecciones de novelistas ingleses y norteamericanos. Mi padre recuerda haber leído algunos libros de Frank G. Slaughter.
Todo lo que pasó después ya figura aquí en estado embrionario. No hay nada que no pueda explicarse a partir de lo que estamos viendo, sólo que quizá no sepamos ver de verdad, con los cinco sentidos. Ahí, en la precisa inclinación de una cabeza hacia el lado menos previsible, está ya anunciada una separación. La palidez de una mano anuncia un desapego que tendrá lugar muchos años después. La sonrisa forzada de un pariente se traducirá en algún momento en una tormenta de reproches que durará décadas. Los ojos vivísimos se apagarán un día. La tersura de la piel se ajará como la de una fruta. El aire respirado se volverá irrespirable.
Y,
mientras tanto, en su reino sin tiempo, nadie ha muerto todavía, todos viven
sus vidas inmortales, mortecinas.
sábado, 25 de mayo de 2024
VISITAS A MIGUEL BADAJOZ
No sé por qué habrán sido tan pocas las veces que, en estos últimos años, he recordado la casa donde, más que vivir, parecía yacer sepultado mi amigo Miguel Badajoz. Quizá se haya debido a que fueron muy escasas las ocasiones en que lo visité. En la planta baja, dentro de un cubículo de apenas tres metros cuadrados, vigilaba un portero prepotente que, siempre malhumorado, decía, al menor interés que yo mostraba por visitar a mi amigo, que en aquel momento no se le podía molestar o, más habitualmente, que no estaba en casa (cuando a mí me constaba que sí lo estaba). Me recuerdo acechando desde la acera de enfrente, entre la cabina telefónica y el puesto de lotería, la aparición del portero, que a veces salía a comprar tabaco o alguna bebida y dejaba la puerta sujeta con una cuña para que no se le cerrara en su ausencia. Entonces yo cruzaba la calle y accedía al inmueble. Al fondo, a ambos lados del primer tramo de escalera, ancho como si se tratara de un edificio noble de la capital, había sendas puertas que nunca exploré y que quizá hubieran revelado más de un secreto. Quién sabe si un día no me animaré a volver a entrar –ahora que no hay portero físico, sino electrónico, no me resultaría difícil hacerme pasar por cartero o repartidor de comida a domicilio– para descubrir tras esas puertas, tal vez, cuartos inmovilizados en el tiempo, en aquel tiempo, al menos, capaces de devolverme una chispa de lo que fueron mis visitas a Miguel Badajoz. O quizá esas puertas estén siempre cerradas, como creo que lo estaban en aquella época. O incluso podría ocurrir que yo hubiera estado confundido entonces y que, en vez de puertas, se tratara de armarios de la luz o de vanos tapiados que conservaban la marca de los bordes en los abultamientos de la pintura.
Es extraño que, habiendo pasado tantas veces por esa calle, cercana al mercado, no me haya sentado nunca, como lo he hecho hoy, en alguna terraza. Es posible que los recuerdos exijan cierta inmovilidad. Estarse quieto, frente a un cortado, viendo girar el mundo alrededor en su frenesí y su vacuidad. Albergar de pronto la sensación de que se está atravesando una cortina, de que se está mirando por una ventana que da directamente al pasado. ¿Será acaso la mirada concentrada en esa mezcla de leche y de café la que se impregna de mezcolanza, una palabra que rima con añoranza, y se vuelve así capaz de regresar a un tiempo ya perdido sin abandonar el presente, esta mesa, la conversación desenfrenada de tres vecinas del barrio, el silencio de un anciano frente a un vaso de vino, el giro de las guaguas que se dirigen al intercambiador, los ladridos de los perros antes de olfatearse. Justo frente a mí estaba el portal del número dieciséis: ha cambiado tan poco el edificio que me parecía estar de nuevo allí, en la época de mis visitas a Miguel Badajoz, esperando aquel descuido del portero que me permitía colarme y subir hasta la tercera planta, tocar en la puerta –nunca he usado los timbres–, saber que pasarían varios minutos hasta que vinieran a abrirme, como si el inquilino de aquel piso tuviera que salir de un sepulcro, vestirse, acicalarse un poco antes de ir a abrir la puerta.
Y, cuando la puerta se abre, toda la casa está en penumbra. Las persianas, casi del todo bajadas, aunque es por la mañana, hacia las once, un sábado, como hoy, dejan pasar apenas un ribete de luz. Sobre un sillón, a la izquierda, una sábana colocada para combatir el calor retiene celosa las manchas de algún líquido, tal vez un refresco, o un zumo de frutas, acaso un cortado como el que estoy tomando ahora mismo. Una flor se marchita en el jarrón colocado sobre la mesa del comedor. Doña Maximolinda, la propietaria del piso, lo visita una vez por semana, limpia un poco y remplaza esa flor, pero el agua sale siempre un poco sucia del grifo, el aire está estancado porque las ventanas apenas se abren y, además, la poca luz no favorece la supervivencia de la flor, que a los pocos días luce marchita como ahora, como entonces. A la derecha, en la pared, un cuadro pintado por Máximo O’Daly, un buen amigo de Miguel Badajoz, cuelga un poco ladeado. Representa una casa señorial de hace unos dos siglos, con su balcón de madera, un jardín de hortensias a un costado y una dama en la puerta que pareciera estar esperando visita. Miguel Badajoz me pide que espere en el sillón, no tardará en volver. Desaparece por el pasillo y yo sé que voy a estar más de media hora allí sentado, contemplando la flor que se marchita, el tocado pintoresco de la dama, el fulgurante barniz de la madera del balcón, las hortensias casi tan azules como el cielo.
La tercera guagua que pasa casi choca con un coche que no respetó un semáforo. Se oyen insultos por parte de ambos conductores. Desde la terraza replican con comentarios, aspavientos, risas. El anciano solitario ha pedido otro vaso de vino. Las vecinas locuaces hace un rato que fueron sustituidas por una pareja de novios toxicómanos. Yo he pedido mi segundo cortado, esta vez un leche y leche. En la parte de abajo, la leche condensada soporta con entereza el peso del café mezclado con leche natural. Revuelvo con la cucharilla y hoy, cuando llego y toco a la puerta, me abre Máximo O’Daly. Él y Miguel Badajoz me hacen pasar a la cocina, donde la loza forma un conjunto escultórico en efímero equilibrio y en una jaula parece dormitar un canario de color castaño. Mientras tomamos café en unas minúsculas tacitas de porcelana, Máximo O’Daly habla con una voz como reproducida a una velocidad inferior a la real. Parece paladear cada sílaba, duda antes de pasar a la siguiente palabra, se queda pensando en el significado de la frase que acaba de pronunciar. A pesar de todo, ni Miguel Badajoz ni yo nos atrevemos a interrumpirlo, pues, aunque, cuando ha terminado de hablar, nos damos cuenta de que su discurso está completamente vacío, mientras habla parece estar tratando asuntos de gran importancia. Me lo imagino pintando de la misma manera: como a cámara lenta, disponiendo con aparente misterio los colores en el lienzo, demorándose en la contemplación de cada mancha, creyéndose un nuevo Leonardo, para acabar perpetrando una estampa mediocre y costumbrista. Sin embargo, Miguel Badajoz, que es la persona con menos aspiraciones creativas que conozco, construye asombrosas pirotecnias cada vez que habla, inventa palabras, crea combinaciones asombrosas, introduce todo tipo de acentos, matices y modulaciones en una especie de pastiche o florilegio fascinante a la vez que en grado sumo perturbador. Sus intervenciones, que no tienen desperdicio, están compuestas precisamente por desperdicios, por desechos de lo escuchado aquí y allá, son un collage tornasolado y corrosivo sin ninguna pretensión y, sin embargo, están a la altura de un Joyce, de un Guimarães Rosa, de una Gertrude Stein, de un Carlo Emilio Gadda. Sin embargo, su gran amigo O’Daly lo escucha con indiferencia.
Una vez me invitó a pasar a uno de los cuartos del fondo. Yo no sabía que el piso era tan amplio. Me imaginaba a mi amigo caminando por la noche, pues sabía que apenas dormía, a oscuras, de un cuarto a otro, de la cocina al salón, del dormitorio al aseo, de la terraza al comedor, atravesando los pasillos mientras fumaba sus cigarrillos de tabaco negro y, como un gato, con sus ojos fosforescentes, de un verde intenso, escudriñaba la oscuridad, escuchaba el rumor de los bares que colindaban con el mercado, los vítores de los borrachos, las escaramuzas de los drogatas, las reyertas del golferío arremolinado allí a esas horas, ya casi de amanecida. Me lo imaginaba recordando, a través de esas voces, de todo aquel alboroto urbano, su juventud en la gran ciudad marítima, los callejeos por la zona del puerto, los encuentros en bares de mala muerte, las despedidas que él no hubiera querido que fueran para siempre. Y también el paseo junto a la playa, las discotecas abiertas hasta las seis de la mañana, tanto tugurio visitado, tanta vida desperdiciada, la sinrazón, el extravío, la oscuridad, el miedo. Así me lo imaginaba aquel día que me invitó a pasar a uno de los cuartos del fondo. La penumbra era la misma que en el resto de la casa. Era una especie de despacho destartalado: una mesa junto a la ventana, una silla, una estantería con algunos libros. Me dijo que cerrara los ojos y cogiera uno al azar. Así lo hice. Era Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos. Miguel Badajoz me dijo que lo había leído al final de su adolescencia. Ábrelo por el principio, me dijo. Y entonces él, mientras fumaba y miraba como hipnotizado hacia la ventana, que dejaba pasar apenas un ribete de luz, recitó de memoria: Sonaba el teléfono y he oído el timbre. He cogido el aparato. No me he enterado bien. He dejado el teléfono. He dicho: «Amador». Ha venido con sus gruesos labios y ha cogido el teléfono. Yo miraba por el binocular y la preparación no parecía poder ser entendida. He mirado otra vez: «Claro, cancerosa». Pero, tras la mitosis, la mancha azul se iba extinguiendo. «También se funden estas bombillas, Amador.» No; es que ha pisado el cable. «¡Enchufa!» Está hablando por teléfono. «¡Amador!» Tan gordo, tan sonriente. Habla despacio, mira, me ve.
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