Aunque al parecer ocurrió hace una semana, hasta hoy no nos hemos enterado de su muerte. Llevaba enfermo más de quince años. Se había recuperado unas cuatro o cinco veces del cáncer que padecía. Cuando nos cruzábamos con él en los pasillos de la urbanización, no podíamos dejar de pensar que estaba marcado por ese tumor alojado en algún lugar del estómago, un tumor que había ido creciendo o decreciendo según la eficacia de los tratamientos, un tumor que nadie, ni él mismo, salvo los médicos que lo habían tratado, había podido ver, pero que se manifestaba en su rostro en una especie de rictus de desánimo, y en el conjunto de su cuerpo, muchas veces, en una delgadez que superaba a la que era natural en él. Como no había ya ninguna relación entre nuestras respectivas familias, no conocíamos los detalles de la enfermedad y sólo sabíamos de sus avances o retrocesos a través de conocidos comunes, una de sus primas con la que mi madre mantenía contacto, un amigo de su hijo menor que seguía manteniendo cierto vínculo con mi hermano, una vecina de la urbanización a la que tanto su mujer como mi madre seguían visitando con cierta regularidad. Estas informaciones de segunda mano nos condenaban a procurar adivinar en qué fase se encontraba cuando nos lo cruzábamos al azar en la playa, y nos alegrábamos cuando lo veíamos aparentemente recuperado, algo más robusto que la vez anterior, pese a que el rictus de desánimo seguía instalado en su cara y, hasta donde puedo recordar, no lo abandonaría ya nunca. Pero acaso ese rictus no se debiera exclusivamente a la enfermedad. Sabíamos que había otros problemas en la familia. Alguien nos había dicho que el matrimonio dormía desde hacía muchos años en camas separadas, lo que seguramente no era sino el síntoma de desencuentros mucho más graves que afectaban también a sus hijos, César y Pedro, que durante dos décadas fueron nuestros mejores amigos del verano.
Serafín era un hombre callado. Recuerdo haber visto —y cuando digo recuerdo me refiero a que lo estoy recordando ahora: es algo que había olvidado por completo— una foto del día de su boda en la que durante muchos años fue su casa en la ciudad. Lo que entonces pensé al verla, reflexiones de adolescente, era lo diferente que aquel matrimonio resultaba comparado con el de mis padres. Es posible que todo fuera un efecto de la extrañeza: fotos del matrimonio de mis padres había visto cientos hasta entonces, y por ellos mismos conocía numerosos detalles de la boda; sin embargo, asomarme, a través del pequeño agujero de aquella foto, a un momento tan señalado del pasado de un matrimonio del que no tenía otros recuerdos que los de su vida de adultos, significaba toda una novedad para mí. Era casi como si no hubiera debido mirar esa foto, a pesar de estar colocada en lo que supongo que sería un mueble de salón, o alguna estantería del comedor. El Serafín y la Concha que aparecían allí eran unos completos extraños para mí. Nunca hubiera imaginado que de jóvenes habían sido esos veinteañeros. El trasfondo de la foto, quiero decir el escenario en que se había tomado, parecía una plaza de barrio. Ambos sonreían, claro, pero, si comparaba su actitud con la de las fotos de boda de mis padres, hubiera podido afirmar que en la de ellos reinaba la perplejidad y en la de mis padres, el embelesamiento.
Creemos que el dominio que Concha ejerció sobre Serafín, sobre todo a raíz del intento frustrado de él de establecer una relación amorosa con otra mujer, fue poco menos que absoluto. Aunque durante un tiempo tanto mis padres como yo mantuvimos alguna relación, ya muy limitada, con él —saludarnos al vernos, alguna pregunta muy general, poco más—, llegó un momento en el que nos quitó el saludo, primero a mis padres y luego a mí, coincidiendo con la ruptura de relaciones que se dio, por razones que sería largo desgranar, entre sus hijos y nosotros, mi hermano y yo. A partir de entonces, cuando nos cruzábamos en los pasillos de la urbanización, o en el solárium junto a la piscina, o incluso sobre la arena de la playa, las miradas mutuas revelaban cierta melancolía, como si por ambas partes añoráramos una época en la que habíamos compartido cenas, excursiones por los barrancos de la zona, meriendas en su casa y en la nuestra, picnics y hasta partidos de fútbol en la televisión. Sentí siempre que a él no le hubiera importado que nos saludáramos a escondidas, pero, aunque mis padres me dieron completa libertad al respecto, no me parecía lógico seguir hablando con el padre mientras que con los hijos, que habían sido nuestros amigos íntimos, y, por supuesto, con la tiránica Concha, ya no había ninguna relación.
Hoy, antes de que mis padres me comunicaran el fallecimiento de Serafín hace una semana, pasé varias veces frente a su apartamento. La primera fue cuando volvía de la playa. La segunda, cuando fui a tirar la basura. Las dos veces pensé cómo estaría, cómo estarían él y su mujer, pues sabía que Concha también estaba enferma, y acaso más gravemente que él. Me pregunté si los dos seguirían vivos, pues, como su edad era aproximadamente la de mis padres, estarían rozando o superando por poco los ochenta. El apartamento estaba cerrado a cal y canto después de que hace unos meses se marcharon los inquilinos suecos a los que se lo tenían alquilado durante los meses de invierno. Allí dentro, me dije, yo había estado recostado en el sofá junto a él, junto a sus hijos, en compañía de mi hermano, merendando tarta con helado mientras veíamos algún partido de primera división. O había cenado alguna vez en el comedor de la planta principal, lo mismo que César y Pedro a veces habían cenado en nuestro apartamento, y luego jugado con nosotros al parchís, o a la oca, a las cartas o a los dados. Todo aquello formaba parte de mis recuerdos de los veranos de la infancia y la adolescencia, que fueron inmoderadamente felices. De hecho, a veces siento una pasajera carga de conciencia al saber lo injusta que fue tanta felicidad comparada con las desgracias de tantos otros niños de mi misma edad en muchos rincones del mundo.
No por esperada, la muerte de Serafín ha dejado de entristecerme. Desde que lo supe, han regresado, como aves de mal agüero que sobrevolaran un paisaje desolado, los recuerdos que aquí he ido desgranando y otros muchos que prefiero no desvelar. Al hablar por teléfono hace un rato con mi hermano, me dijo algo que yo llevaba un rato pensando: qué triste es no poder darle el pésame a sus hijos, con quienes tanto compartimos de niños. Hace muchísimos años que no tenemos contacto con ellos. Las veces que hemos coincidido, sobre todo en la piscina, hemos actuado, tanto ellos como nosotros, como si fuéramos unos completos desconocidos. Precisamente allí, en la piscina, en el que fue el corazón de nuestros apasionantes juegos infantiles, con los chapuzones alocados, las miles de volteretas bajo el agua, los lanzamientos de pelota, las luchas por sobrevivir sobre las colchonetas; y, por la tarde, sobre las hamacas de color naranja, los juegos de cartas, el envite, el mus o la canasta, o los intentos aficionados de convocar a los espíritus de los muertos previa narración de historias de terror mientras caía el sol y el solárium se había convertido ya en nuestra segunda casa. Es extraño: hace una hora sentí la necesidad de salir del apartamento y caminar los cincuenta metros que me separan del suyo, bajar por las escaleras que descienden junto a la pared lateral y mirar desde el paseo de abajo hacia su terraza, donde Serafín, casi siempre, estaba sentado en una tumbona fumándose un puro, o simplemente disfrutando de la sombra mientras afuera el sol resplandecía intensificado por nuestros gritos de niños llenos de vida y del deseo de fundirnos con el agua coruscante de la piscina. Me detuve unos instantes allí abajo e intenté imaginármelo, proyectarlo con la mirada en su lugar preferido del apartamento. Por mi parte, quisiera recordarlo así, allí, fumando lentamente un habano antes de almorzar, mientras escucha las voces de sus hijos en la piscina y piensa que con sus cuarenta y cinco o cincuenta años tiene todavía media vida por delante. Y que a la sombra del flamboyán nada malo podrá ocurrirle nunca.
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