sábado, 30 de junio de 2018

OJO AVIZOR

* Jesús Hernández Verano, Affatus. Exposición de la residencia artística Tarquis Robayna 2017. Museo de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife. Del 1 de junio al 7 de julio de 2018.




Nada voy a decir sobre la ausencia. Querer hablar sobre lo que está atrapado en infinitas capas de silencio superpuestas solo puede ser obsceno o ridículo. Los patios de atrás, las losetas descoloridas, las fuentes secas, los codos y recodos del camino de los cuerpos tristes: emítanse ahí alaridos, derrámense lágrimas desde lagrimales sin ojos o hágase retumbar el eco por las cámaras que se encierran las unas en las otras; eso, solo eso o mándense a mudar calladitos y en fila india todos los que crean saber decir lo que aquí debe decirse, declamarse. Vates, críticos, artistas, comisarios: mutis por el foro. Pero volvamos al principio. Sacúdanse las palabras de las palabras mismas, lo mismo que los pigmentos, con los años, se sacudieron el polvo con capas sucesivas de parasitarios pigmentos. Espolvoréense aquí las palabras con el barniz más delicado y dígase algo como esto: pena más allá de la cual se abren todas las posibilidades, pasión destinada a que los cuerpos se exalten en su carne sufriente, gangrena de lo blanco contra las dentelladas del rojo desquiciado. Huesos, carne, brazos, nucas, ojos, lenguas, bocas, dedos, labios, dientes, pechos, manos, huesos, carne, brazos, nucas, ojos, lenguas. Descoyuntado, el cuerpo declaró no estar en condiciones de levantarse para saludar: si acaso, exigió que sus verdugos, una vez ejecutado el tormento, dejaran los maderos de la cruz apoyados contra el muro y transformaran sus maldiciones en cánticos, bañaran las llagas con sus lenguas de lobos destetados y formaran con la sangre recogida en tales libaciones un mísero arroyuelo que desembocara algún día en el estanque de las mitigaciones. Final, si lo hubo, que no satisfizo a ninguna de las partes, pues ni las llagas curaron ni los lobos fueron aplacados; ni, mucho menos, quedó mitigado lo que fuera que hubiera que mitigar en el estanque. Se creyó buena idea atenuar entonces la luz para que la mirada pudiera atravesar el paseo de la gloria sin ser fulminada. Venir a desvanecerse justo ahora, en este instante en que parecía superado el desafío, no parecía la mejor de las opciones para llegar intactos al final del suplicio. Y luego esto: yace un corazón partido en dos sobre una mesa a la que se sienta un joven soldado. Su víctima, otro joven soldado, yace en el suelo sin marca alguna de tortura. ¿Cómo pudo serle extraído el corazón? ¿Acaso va a comerse el soldado victorioso el corazón de su víctima? ¿Sobre qué más cabe meditar una vez que se ha cumplido en otro ser el destino de uno? Preguntas que inadvertidamente nos planteamos sin pretensión de contestar, pues lo importante aquí está en otra parte. Hay que tumbarse a escuchar en el suelo. O bien sentémonos o, incluso mejor, acostémonos boca abajo y dejemos que sobre nosotros se posen capas de tiempo, costras de revelación, paños de silencio, sábanas de olvido. Envolvámonos con ese sudario de todos los demonios durante el tiempo suficiente para expulsar de nosotros a los demonios de compacta osamenta. No se irán lejos, pero al menos nos dejarán por un tiempo solos con nuestros propios huesos, a los que podremos preguntarles a través de nuestra carne de seda qué esconden en sus médulas, qué hay más allá de sus formas sinuosas de uroboros siniestros. Callarán nuestros huesos, pero nos ofrecerán flores. Con estas flores, además de dejar por escrito que sean llevadas al pie de nuestras tumbas, traspasaremos el umbral. ¿Qué umbral? El que separa nuestro cuerpo mutilado de nuestro cuerpo inmutable. El que se abre entre las palabras y los vacíos infinitos. El que se interpone entre las sombras del deseo y los éxtasis de la carne. El umbral que está lejos de todo y solo cerca de sí mismo. Las flores son la clave, amigos. Y el ojo avizor. Sin ojo avizor no hay nada que hacer. Y aviso que sin nada que hacer no hay ojo avizor que valga. Si lo hay, y si no hay nada que hacer, basta con no hacer nada. Pues eso, no hacer nada, es lo que hacen las flores. Desaparecen de nuestra vista cuando las miramos. Se desdibujan y quedan impresas en el fondo de nuestros ojos. No de nuestro ojo avizor. Lo que está a la vista no significa otra cosa sino que va a desaparecer para que no sigamos mirándolo. Lo que no está a la vista encuentra su sentido en permanecer oculto para ser descubierto en el momento menos pensado. Dicen que hay precipicios donde crecen las flores para no ser vistas sino por las aves de paso.

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