Tú no lo sabes, pero los gatos sí. Yo tampoco lo sabía, pero
los gatos me lo enseñaron. Los gatos miraban todos juntos hacia el mismo lugar
de las ramblas. Como extasiados, como si hubieran acabado de nacer en ese mismo
instante, los gatos habían decidido que merecía la pena concentrarse en mirar
juntos hacia lo que no existía. Porque, ¿qué había allí, en las ramblas, a las
diez de la noche, en una ciudad arrasada, que mereciera una mínima atención?
Pero era algo, sin duda, algo que los gatos sabían, o algo que tenía que ver
contigo y con tu desaparición, contigo y con tu muerte, con nosotros en otro
tiempo allí junto a las ramblas, hechos de pura risa contagiosa contra las
mezquindades y contra las atrofias, con lo que en otro tiempo, en tantos otros
tiempos, habíamos sido o podido ser –porque nada de lo que fuimos es cierto con
certeza, nada nos contamina con su verdad impecable. Algo que ahora no puedo
decir ni podré acaso decir nunca, o quizá sí dentro de unos años, en una ciudad
parecida a esta pero atravesada por menos recuerdos, por menos esquinas de
porosa memoria. Tú no lo sabes y yo tampoco lo sé. Te he mentido. Lo que los
gatos me enseñaron es una cosa distinta. Me recordaron que es preciso callar
cuando estamos perdidos entre las palabras y las cosas. Basta. Qué puedo
decirte que tú no sepas ya. Ahí, en ese coqueto rincón de la ciudad, junto a la
espiral de brisa retorcida al rojo vivo, yacen las palabras que hemos dejado
atrás. Acaso lo que los gatos miran son sus cáscaras vanas. No volveremos ya a
acurrucarnos con Goretti en las cabinas telefónicas porque ya no hay cabinas telefónicas. No
saldremos ya a acechar sombras malévolas porque ya no hay sombras malévolas que
acechar. No se desatarán ya nuestras carcajadas en las callejuelas porque
todas las callejuelas han desaparecido y no hay ya ni siquiera bocas con que
dar forma a carcajada alguna. Todo esto tú no lo sabes, yo tampoco lo sé e
incluso los gatos parecen no saberlo. Pero todo está hilado por dentro, atado
por finas cuerdas que traspasan la carne, cuerdas que desembocan en los
sumideros más imprevistos, ¿sabes?, cordones umbilicales que se multiplican por
debajo de los adoquines, cuyo sinuoso desfile podemos incluso sentir cuando
paseamos –tú ya no, tú duermes ya– hasta uno u otro confín de la ciudad. Dime
qué ves. Recuérdame tu voz. Lo voy a guardar todo celosamente bajo llave, todas las gracias y todas las
amputaciones, todo el desparpajo y toda la soledad. No habrá noche que no recuerde
estos gatos que miraban el vacío mientras tú ya dormías. Me quedo para que no
pienses que me he ido contigo. Me voy contigo para que no pienses que me quedo.
Ah, me olvidaba: alguien, aún no sé quién, bajó por entre unos arbustos, tomó
un sendero escondido, llegó al borde del barranco arrimado a una pared, penetró
por un hueco de esa misma pared y accedió a una vivienda que debía ser la suya.
Todo esto ocurrió sin que yo dejara de pensar que pasaría otra cosa, como
tantas veces entonces, como tantos equívocos y fugas, tantas concomitancias y
contradicciones, tantas retorceduras, tantos vínculos. Los gatos, David, están contra
nosotros. Nos quieren lejos, nos toleran tan sólo para que nos vayamos pronto
de aquí. Aquel día, en la clínica, ¿qué me dijiste? Hablabas ya otro idioma, la
lengua de la otra realidad, la lengua de las miradas perdidas, el no lenguaje
de la vida en el límite. Descansa, descansa, amigo, pero no ronques mucho.
lunes, 14 de diciembre de 2015
jueves, 26 de noviembre de 2015
BORDES, PASADIZOS, PROMONTORIOS: MIS MINIFICCIONES (INSULARES) EN TRÁNSITO
Una
extraña lectura vertebra esta comunicación. Lectura o, más bien, relectura. Una
relectura con trampa, incómoda, hasta cierto punto perversa, destructiva al mismo
tiempo que instructiva, avasalladora a la vez que paralizante. Para escribir
estas líneas que ahora comparto con ustedes he procedido a releer todos los
textos de ficción que escrito en prosa desde 2010. Se trata en la mayoría de
los casos de lo que suele llamarse minificción, si por ello entendemos textos
escritos de una sentada, textos que se pueden leer en unos minutos, textos de
gran concentración verbal, textos que contravienen las volandas de los grandes
discursos. Incluyo entre estos textos los fragmentos de una “novela” que titulé
El interior del párpado y que, más
que un texto unitario, es una colección de fragmentos que giran en torno a una
misma anécdota afectiva. Un ejercicio perverso, les decía, y sorprendente.
Pues, en primer lugar, me trae aquí como explorador de un universo que conozco
desde dentro pero que, al situarme desde el otro lado (del espejo) me sale al
paso con esa reversible vestimenta de la ambigüedad, con las sonrisas de la
seducción y con las máscaras de lo olvidado. La escritura es un ejercicio de
aproximación a los límites. Lo que ocurre es que los límites son siempre
mudables, difusos, casi siempre imperceptibles, por lo que la escritura va tras
ellos y, cuando cree haberlos alcanzado, se da cuenta de que está en el centro
de su propia y soporífera esfera y tiene que salir a escape, una vez más. Así
ocurre en ese trasfondo de bordes que se superponen, en esa respiración de
pasadizos que se comunican, o en alturas vertiginosas como las de esos
promontorios que dan a un acantilado en el que se abren huecos que dan a
senderos que se precipitan en playas que llevan hasta faros que iluminan un
barranco por el que se sube a uno de aquellos promontorios del principio: la
escritura es una mutiladora de la continuidad, busca encontrar salidas hasta en
las más desasosegantes situaciones y sacia su implacable sed de visiones
incluso en la más anodina de las realidades. En una cosa titulada “Chispazo”
(agosto de 2015), cosa a la que llamo así porque no sabría si se trata de un
apunte, de un relato, de una evocación o de un retazo, hablo de dos calles
paralelas y de dos tiempos paralelos que, en un momento dado, se encuentran y
se reconocen: son los dos bordes de algo que, al tocarse, se lastiman, como dos
labios, como dos notas musicales, como dos órbitas. “No se trata, sin embargo, de nada
extraordinario, de nada que no podamos encajar sin apenas notarlo y seguir
caminando como si tal cosa, de nada definitivo o insoportable, de nada brusco o
peligroso. O quizá sí, quizá se trate de algo definitivo, insoportable, brusco
y peligroso pero no nos damos cuenta en ese momento, es decir, de algo que se
dulcifica en el instante de darse, de algo que esconde su lado menos amable
para que lo acojamos como un regalo que nos conviene y nos emociona.” Son
muchas las imágenes que al parecer he debido emplear para hablar de ese “algo”
de difícil descripción: filigrana, marca de agua, hechizo, dibujo, […], pero
quisiera centrarme en la imagen del borde:
estar sentado al borde de algo, con los pies colgando, o llegar hasta el borde
de un terreno que a partir de ahí cambia de propietario, o recorrer con la
mirada los bordes de un cuerpo con el intenso deseo de que se deshagan para
fundirse con el nuestro: he aquí experiencias que probablemente cualquiera de
nosotros ha vivido y que nos confrontan con una imposibilidad: la de dejar de
ser o la de ser otros o, a veces, la de simplemente ser más o ser mejor. A
comienzos de la primavera pasada, cuando mi vida tocaba uno de esos límites en
los que ya casi no la reconocía, escribí: “Vivía en un borde que no era ya el
borde de otras épocas, no era un borde imaginado ni dicho ni deseado ni
mixtificado por ningún delirio o elucubración desgajados de vaciedad o
impostura algunas. // Era un borde real. Podía llegar hasta el borde de aquel
borde. Y hubiera podido caer desde él hasta donde no había nada para amortiguar
la caída. // Y, sin embargo, sentía que el borde mismo lo retenía. Era, como
aquella casa enterrada en la arena, un borde que lo tenía atrapado y del que no
sabía si deseaba escapar.” (“Como una
marca de agua”, marzo de 2015). Todos ustedes habrán observado la referencia a
la novela de Kobo Abe o a la película de Hiroshi Teshigahara en la que son los
bordes, justamente, los que atrapan, los que succionan, los que finalmente salvan.
A veces la minificción trata de lugares limítrofes con la inexistencia, de caminos
que llevan hasta donde la ciudad se disipa o hasta un centro ilusorio donde la
ciudad aparece hendida de irredención: “En los aledaños del barranco, en las
plantas bajas de los párkings, en las terrazas del nuevo parque urbano en
completo estado de abandono, en los extremos de los puentes por los que casi
nadie cruza, junto a las ruinas de la grúa cuya función se ha olvidado, al pie
de las escaleras manchadas de orines mezclados con cáscaras de pipas: ahí, en
los aledaños del barranco, merodean todavía los caminadelado, los que, contra
las paredes, encorvados, se inyectan sucedáneos de vida directamente en vena,
los que, en la alucinación y la videncia, bajan hasta las cuevas, se desnudan
junto a las madrigueras de las ratas y hacen el amor hueso contra hueso. Es la
calaña, la escoria.” (“Cueva del barranco de Santos”, agosto de 2014). En
textos como “La Caleta de Interián” o “Lo que no puede decirse” asistimos al
peligroso acercamiento del narrador a costas en donde lo imprevisto adopta
formas diversas: unos invernaderos junto a los que las mujeres de mediana edad
se suicidan lanzándose al mar, una casa en la que un enfermo de elefantiasis
parlotea con unos padres crueles. En constante mutación y deterioro, llega un
momento en que los bordes se identifican con los muladares, con los vertederos.
Entonces, muchas veces, y con cada vez mayor frecuencia en los textos más
recientes, los habitantes de esos bordes son solamente las ratas.
Un
asunto algo diferente es el de los pasadizos. Lugares altamente proclives a la
comunicación, al avistamiento del otro lado, a la transformación de quien los
atraviesa, los pasadizos llevan a menudo hasta uno de esos bordes desde los que
ya no cabe regreso alguno. Sin embargo, no es infrecuente que los pasadizos
representen también la escapatoria de situaciones límite. Recuerdo haber
releído —recuerdo haber escrito y haber leído y releído— un texto titulado
“Geesch”, en el que el narrador un extranjero en medio de un descampado suizo,
relata cómo va abriéndose paso entre troncos, arroyos y hondonadas hasta llegar
al pueblo en el que pasará la noche. Todo el relato gira en torno a esos
pasadizos minúsculos que, casi imperceptibles, nos va suministrando la realidad
en cada momento. La importancia de esos lugares entre lugares, de esos
facilitadores de la continuidad, de esos conectores de límites, es tanta que en
ocasiones el más mínimo desliz, la más breve suspensión de esa continuidad
facilitada por los pasadizos, lleva a que nos perdamos por completo en medio de
un mundo que tendría que resultarnos conocido. Somos entonces como fantasmas a
plena luz. Vamos tanteando por un mundo de sombras que están únicamente en
nuestro interior, donde algo se ha roto. Las preguntas no obtienen respuesta y
todas las puertas permanecen cerradas. A veces el protagonista busca
conscientemente perderse de este modo por hartazgo del mundo conocido.
“Recuerda que, en vez de continuar caminando por la avenida, se desvía por una
calle perpendicular en la que unas casas bajas, alguna rodeada por un tupido
jardín de árboles, le hacen pensar en una traslación, en un cambio instantáneo
de lugar, como si entrara en otro territorio dentro o fuera de la ciudad por la
que camina. Recuerda que a partir de ahí empieza a sentirse perdido, y que, al
llegar a una calle cuyo nombre busca casi con ansiedad, el tiempo cambia y
empieza a llover, saca de la mochila el paraguas, escucha a un chico que pasa a
su lado hablando por el móvil decirle a su interlocutor que sí, que se pensará
lo de pasar esa semana allí, que la idea le tienta.” (“En cualquier otro sitio
excepto allí”, octubre de 2011). El narrador o el protagonista busca
convertirse entonces en lo que en un texto del año 2012 denominé un “botarate”.
Botarates son muchos de los personajes de estos microrrelatos, incluido el
“nadie” de la “Biografía de nadie” en la que intenté recrear la vida de un
vecino muerto de sobredosis: “A veces se detiene en las escaleras, […] ese
incierto escondrijo en fuga, esa desamparada espiral entre su casa y la calle”.
Esta idea, la de un escondrijo en fuga, la de una espiral que expone y que
salva, es la de un lugar fundamentalmente ambiguo: un lugar de paso convertido
en un escondite, es decir, despojado de su función de pasadizo elemental entre
lo de arriba y lo de abajo (y viceversa) y transformado en un lugar estático y
oscuro, en una especie de cámara en la que estar a salvo de los infiernos
antitéticos de la casa y la calle. Pero las casas, sobre todo las casas de la
infancia, aquellas en las que se han vivido sucesos memorables en compañía de
personas ya muertas como la abuela o el primo, son lugares que pueden
constituir por sí mismos pasadizos inesperados. Sobre todo si se las visita
pasado mucho tiempo. Sobre todo si quien las visita no espera casi nada de
ellas y se entrega al irresponsable ejercicio de recorrerlas sin ninguna
esperanza. “Sé que hay, detrás de alguna de estas líneas que ahora comienzan,
un fondo indecible” (“Calle José Naveiras”, octubre de 2010). Y un poco más
adelante: “La casa era como un diamante de muchas facetas, pero la luz nacía
siempre de la sala desde la que se veían balancearse las ramas de los castaños
mecidos en una brisa que parecía perpetua”, es decir, que ese laberinto de luz
que era la casa de la abuela contiene ya desde su propio centro de irradiación
la posibilidad de hacer circular una “brisa que parecía perpetua”; entiendo que
esta supuesta peculiaridad de la brisa la capacita para llegar hasta el
presente —y más allá—, lo que hará que toda la casa, y hasta sus habitantes, se
llenen de una intemporalidad inquietante. Es entonces cuando el narrador dirá
de la casa de su abuela: “Todo era una giratoria mudez de escombros ordenados:
la ropa en los armarios, las cortinas solemnes que llegaban hasta el suelo, las
jaulas que colgaban de aros de metal, las esquineras, el televisor, las sillas.
Todo era un peso que se desplomaba en la hora ingrávida de aquel atardecer, un
cuerpo que cruzaba los pasillos en busca de otro cuerpo que ya no los cruzaba.
Todo era tan simple que no lo comprendía. Yo la veía y no la veía sentada y no
sentada en el sillón que ya no era su sillón. Y no sabía si era más fuerte el
vacío de la ausencia o la insistencia del recuerdo, la irradiación de cada
huella o el silencio de todo.” (“Calle José Naveiras”, octubre de 2010).
Por
último, los promontorios. Hasta ahora no he hablado a propósito de “lo
insular”. La isla, me parece, se puede definir por su propensión al
desbordamiento. La isla cree no caber en sí misma. Siente la necesidad de
mirarse constantemente más allá de sus límites. Lo que encuentra allá al fondo,
al final del espejo del mar, al final del espejo del cielo, es siempre el
horizonte. El horizonte corta la mirada de la isla y cercena cualquier ilusión
o espejismo de sobredimensión. El horizonte es el límite verdadero de la isla,
es donde esta termina definitivamente, al menos para los insulares recluidos en
sus medianías, en sus ciudades o en sus pequeños reductos de la costa. Otra
cosa —tema quizá para otra comunicación y otro simposio — es el de los
insulares aventureros, los insulares que han roto el “maleficio del horizonte”.
Visto desde la orilla, el horizonte es demoledor. Avizorado desde una cierta
altura, desde un promontorio o una atalaya —como hay tantas, naturales y
artificiales, en las islas— el horizonte parece mucho más domeñable, se deja
por lo menos acariciar y no infunde un temor tan visceral como contemplado
desde la costa. Los promontorios permiten a veces mirar el horizonte a la
redonda, o dos horizontes a ambos lados de una misma isla. A esas alturas se llega
después de atravesar terrenos escarpados, tras horas de viaje a pie o por
carretera. En “Punta de la Rasca”, un texto de septiembre de 2010 compuesto de
breves fragmentos, se dice: “Va haciendo equilibrios por un estrecho
promontorio de roca hasta llegar a una punta desnuda desde la que, si no fuera
por el vértigo, bastaría estirar un poco la mano para tocar el mar.” Es decir,
que, de alguna manera, el promontorio es aquí también un pasadizo por el que
llegar hasta un borde, hasta uno de esos bordes que constituyen lo que en un
poema ya casi prehistórico denominé un confín:
es entonces cuando, en una especie de revolución o alucinación instantánea de
la realidad, el mundo empieza a comportarse de un modo contrario a como lo
conocemos. El confín se abre así al espacio de lo propiamente poético si
entendemos por poesía la transvaloración de todos los valores. No somos
entonces nunca lo bastante audaces para llegar hasta el final. No es nunca ahí
lo suficientemente radical la escritura. Mientras sigamos retenidos por las
palabras, mientras ante el borde del mundo que es el final de la vida sigamos
atados al pensamiento y a las cosas, a los nombres y a las imágenes, no
conseguiremos alcanzar el verdadero sentido del confín: ese no pensamiento de
no palabras sobre las no cosas, el chasquido de esa ola que mece a la gaviota
en el balancín de la eternidad.*
* Comunicación leída el 25 de noviembre de 2015 en el I Simposio Canario de Minificción celebrado en la Facultad de Filología de la Universidad de La Laguna.
miércoles, 21 de octubre de 2015
LAS RATAS Y YO
Durante mucho tiempo, estuve convencido de que formaba
parte de mi destino encontrarme con ratas en mis paseos por la isla. Hablo de
ratas en sentido literal, del rattus novergicus, de esos roedores grises e hirsutos de
casi medio metro de longitud si incluimos el rabo. Había días en que podía
encontrarme hasta tres ratas. Una que a las siete de la tarde cruzaba como un
rayo una vía paralela a la autopista hasta chocarse con el murete de hormigón
que delimitaba el arcén. Otra asomada al borde de un terraplén en la terraza
superior de las instalaciones deportivas del segundo parque de la capital hacia
las dos de la mañana. Y otra, por ejemplo, escondida entre los arbustos de la
avenida marítima recién amanecido el día. Por entonces, en lo que luego denominé
mi época heroica, me preguntaba si
habría llegado el tiempo de las ratas. Ya antes, en mi niñez, y a veces en mi
primera juventud, solía encontrármelas, aunque de un modo menos sistemático: eran como
fogonazos que, de pronto, hacían que mereciera la pena vivir en una ciudad
portuaria como esta y uno recordaba durante meses el maravilloso espectáculo de
tres o cuatro ratas chillando encaramadas en los aleros del edificio del
cabildo al atardecer. Pero vinieron después períodos de sequía, largos meses, e
incluso años, en que las ratas parecieron haber sido expulsadas por los
sucesivos y nefastos planes de saneamiento perpetrados por las autoridades. Yo
las maldije entonces, a las autoridades y a las ratas, a las primeras por su
deseo de aniquilación y a las segundas por dejarse vencer sin oponer, pensaba,
apenas resistencia. Pero había siempre algún signo de que la destrucción no
había sido completa. Después de que se declarara la isla territorio
definitivamente libre de ratas, aparecía algún cadáver fresco en una cuneta, o
se descubría una madriguera con señales de vida. Las autoridades, por supuesto,
ocultaban estos hallazgos. Todo el mundo creía que la victoria había sido
definitiva. Yo, sin embargo, en mis largos paseos por las carreteras
secundarias de la isla, me detenía alguna vez al borde de las ruinas de un cuarto
de aperos, me bajaba a estirar las piernas y entonces, de pronto, como un chispazo
casi milagroso, veía una cola que surcaba la hierba, el delicioso lomo pardo de
un superviviente que huía entre las piedras. ¡Oh, entonces volvía a creer en
ellas! Anhelaba el momento de volver a ver una. Me decía que seguían allí,
escondidas, alerta, protegidas por su extraordinaria capacidad de
supervivencia, inexpugnables. Pero venían luego épocas de desolación, de nuevo meses
y meses en que no veía ninguna, carreteras solitarias sin una sola mancha gris
en la que creer, plazas desiertas, parques sin encanto, ramblas vacías,
jardines sórdidos, fuentes secas, avenidas sin ratas, calles sin ratas, columpios
sin ratas, casas sin ratas. En mis sueños más turbios llegué a imaginar hasta
un infinito alcantarillado sin ratas, toda una subterránea y repugnante red de sumideros
y cloacas en los que las ratas hubieran sido del todo exterminadas. Maldije al
alcalde, encargué males de ojo contra el concejal de salud pública, hice
construir un muñeco con la forma y figura del presidente del cabildo para que
le fuera practicado un tipo de vudú, el vudú
anal, que, según me dijo la santera Saturnina, era el más efectivo de
todos: pues el muñeco era acribillado a alfilerazos en salva la parte, lo que
redundaba en una semana de prurito anal padecido por el político en cuestión. Confieso
que por entonces estaba desesperado y que si recurrí a tales medidas (y a otras
peores que callo) fue porque creí firmemente que las ratas habían desaparecido
de la faz de la isla en que vivo. Pero un día, no hace tanto de esto, todo
cambió. Llevaba ya algún tiempo resignado, bastante decaído: veía a los
políticos culpables tan campantes en sus puestos, sabía que habían sufrido
alguna molestia –un accidente de tráfico con rotura de tobillo, una semana de
hospitalización por crisis aguda de almorroides–, pero nada que las virtudes y
maravillas de nuestra sanidad pública no pudiera reparar en poco tiempo para
devolverlos a sus puestos y permitirles continuar con su campaña de depredación
de roedores y demás animales insulares. Ocurrió entonces, cuando había perdido
toda esperanza, algo extraordinario: paseaba un día por una avenida nueva, por uno
de esos flamantes promontorios junto al Barranco de Santos. Algunos de ustedes
recordarán que antiguamente aquella zona era un criadero de sintechos, pero hoy
se ha convertido en un ajardinado paraíso para deportistas. No hace falta permanecer
allí más de media hora para empezar a sentir unas náuseas compulsivas: por
suerte, basta con asomarse al barranco para echar la papilla. En esas, quiero
decir a punto de lo tal, me encontraba yo cuando algo me salvó: una rata asomó de detrás
de una palmera, un ejemplar magnífico, insolente, un deslumbrante y orondo
mamífero de astuta mirada, un animal vigoroso, seguramente un macho en la
plenitud de sus facultades físicas, de unos cuatrocientos gramos de peso, con unas
patas que se agarraban como ventosas al tronco de la palmera y correteaban por
él como proclamando su poderío, su insumisión, su triunfo. Sufrí una especie de
síncope, un amago de éxtasis que me retuvo en casa durante tres días. No
contesté al teléfono, no le abrí la puerta a nadie, no contesté los wasaps ni
chateé de madrugada. Estaba buscando mi reconciliación con el mundo. Me
imaginaba, presentía una ciudad al borde de la utopía: invadida por miles, por
millones de ratas que, incontroladas, nos devolvían todo lo que los miserables nunca
debieron arrebatarnos y tan difícil de decir resulta. Esa comunión. Ese
alborozo. Ese vigor. Esa suciedad. Esa estampida. Ese albedrío.
jueves, 8 de octubre de 2015
LOS CANTOS DE CENIZA DE JESÚS HERNÁNDEZ VERANO
Hace muchos años, tantos que ya pronto se cumplirán veinte años de aquello, Jesús Hernández Verano y quien les habla decidieron colaborar en un proyecto juntos: ocho dibujos y ocho poemas reunidos en una carpeta que se titularía Las cuerdas invisibles. El resultado de todo aquello –y de tantas horas de amistad, conversación, lectura y sueños compartidos, tantas horas, en definitiva, de conexión– lo tienen ustedes expuesto en la mesa que está a la entrada de esta sala. No traería aquí este recuerdo si creyera que lo que entonces fluctuó entre palabras e imágenes no ha seguido, de algún modo, alimentando la obra de Jesús durante todos estos años. Intermitentemente, en idas y venidas, pero también en largos silencios y distancias, he ido contemplando lo hecho, lo pensado por él, lo entredicho, lo proyectado, lo imaginado en su reconcentrado taller. De alguna manera, lo que aquí se muestra es un poco de ceniza, es decir, el resultado, todo lo incandescente y desgastado y disperso y fragmentado que se quiera, de una gran combustión: la de una vida al límite, siempre en busca de esos bordes en los que saltan las chispas, una vida (y conozco pocas así) tan entregada a una pasión secreta, a la seducción de un canto que casi nadie escucha, que se diría que aquí, entre nosotros, están ardiendo ahora mismo las sustancias con toda la intensidad con que en el alma arden las visiones. Porque de visiones se trata. No tanto quizá de visiones alimentadas por la alucinación, sino de visiones al borde de la ceguera. Ojos cosidos, ojos dorados, reflejos en un ojo dorado, que hubiera dicho Carson McCullers, ojos contra la pared, ojos abiertos a la trama imprevista de todas las imágenes, ojos embarcados, barcas ojeadas que atraviesan el estanque dorado que termina siempre en la ausencia o en lo innombrable, ¿para qué seguir ahora si también ustedes tienen ojos para ver y ojos para no ver, o bien ojos para sentir y para tocar? Vean, sientan, toquen lo que aquí se propone muy cerca de sus vidas, de nuestras vidas. Y, sin embargo, esto que aquí se dice o se susurra está dicho, en cierto modo, desde una conciencia plenamente consciente de las atrocidades del mundo contemporáneo. Una especie de afán o sueño de curación atraviesa todas estas piezas, estas, como hubiera dijo Benjamin, iluminaciones profanas. El sueño arrancó con un movimiento de vaivén, una travesía de sanación, quizá después de asomarnos a uno de esos charcos de la orilla, y entre las miríadas de peces apareció una almendra, una almendra que contenía un agua no hecha para saciar ninguna sed, un agua tan densa que era como la sed misma o como la sangre que circula por nuestros cuerpos, y cada día había que dibujar el ojo-almendra-barca-pez como si acabara de nacer y se lo hubiera visto entonces por primera vez, el ojo-lágrima-barca-almendra-pez que nos hería por dentro hasta la ceguera o la más cruda desolación. Recuerdo, la primera vez que conocí a Jesús, en Madrid, en un piso de la calle Monte Esquinza: unas láminas en el suelo, desdibujadas en mi memoria sus formas, pero grabada como a fuego la intensidad del color, esas múltiples capas que conversan con la fragilidad de la mirada, y siempre ese oro que se asoma con su magia, con la insobornable ambigüedad de su dicción. Cuando se entra por primera vez en una exposición como esta se asiste a algo parecido a una purga de silencio: dejamos fuera lo que hasta entonces habíamos sido y nos adentramos en otras posibilidades de nosotros mismos, nos disponemos a enredarnos con los hilos más gráciles, a asomarnos a las oquedades más elementales. Al mismo tiempo que dejamos a un lado las palabras, pues apenas hacen falta y, como enseguida comprobarán ustedes cuando yo me calle, se está mejor sin ellas, también dejamos de lado la mirada de siempre, nuestra convencional manera de acercarnos a las cosas. Nos quedamos, de algún modo, sin lengua, sin oídos, sin ojos (augenlos) y, como aquel extraordinario personaje de un documental de Werner Herzog, ciego y sordomudo, nos acercamos a las ramas (en este caso, a las piezas de Jesús) para sentirlas con el corazón casi convertido en el árbol o en las piezas mismas. Nos quedamos sin oídos para escuchar un canto de ceniza, una secuencia de laúdes hondos cuya verdad nos interroga. Hace unos días, cuando vine a ver la exposición mientras Jesús la estaba montando, le dije que la palabra alemana que aparece –verán que leve y misteriosamente modificada– en una de sus piezas, me recordaba a algún poema, quizá de Georg Trakl. Resultó que estaba equivocado. Augenlos, es decir, carente de ojos, aparece en un poema, sí, pero del gran Johannes Bobrowski, amigo de Paul Celan, de Ingeborg Bachmann y de Nelly Sachs, poeta de los paisajes destruidos (y de la convivencia de pueblos destruida) de las regiones bálticas de la Prusia Oriental. Un poema que habla de un pájaro blanco que vuela llevado por el aire sobre su propia muerte. Hacia 1996, precisamente en la época en que conocí a Jesús, yo vivía en Alemania y traduje ese poema de Bobrowski que ahora les leo en otra traducción, la del mexicano Daniel Bencomo.*
El pájaro, blanco
Johannes Bobrowski
El pájaro, blanco
llevado sobre su muerte
por un espasmo del aire,
con pálidas plumas
permanece velado
sobre una colina, un
abedul, sobre su propia
sombra. La sombra
sube del agua
y cubre la arena.
Viene
una iglesia con féretros
bajo el alero,
con piedras blancas y granas
junto a los pies. Conversan
las voces de la espesura,
los labios de humo
de plumas,
de alas blancas,
de un pájaro sin ojos.
* Palabras de presentación leídas en la inauguración de la exposición Cantos de ceniza, de Jesús Hernández Verano. Centro de Arte La Recova, Santa Cruz de Tenerife, 8-30 de octubre de 2015.
viernes, 2 de octubre de 2015
SANTA CRUZ DE TENERIFE
Para Pablo Martín Carbajal
Si uno recorre por primera vez las calles de una ciudad
como Santa Cruz de Tenerife –un visitante llegado de pronto, despreocupado,
imberbe o incluso “de vuelta de todo”, viajero de un trasatlántico, pasajero azaroso,
flâneur ajeno a todo– quizá no se
percate de entrada del aire malsano que desprenden determinados edificios,
ciertos rincones del centro de la ciudad o, si se arriesga a llegar hasta la
costa del extrarradio, algunas playas convertidas en vertederos o en cementerios
de gaviotas. Es posible que en un segundo paseo, alentado ya por el gusanillo
de lo inconmovible, sorprendido por esa infrecuente destreza para empolvarse
hasta la irrisión que poseen algunas damas que se descuelgan, entre la calle
del Pilar y la de Villalba Hervás, como si habitaran todavía en el interior de
una acuarela de Francisco Bonnín, nuestro visitante descubra un par de casonas,
dos o tres avenidas que difícilmente tienen parangón en cualquier otro lugar
del mundo. Lugares como la Avenida de Venezuela, el Parque García Sanabria o los
caserones de dos plantas que bordean la Rambla del General Franco –discúlpenme
si sigo llamándola como lo hacen mis conciudadanos– componen lo que algunos
pedantes denominan el punctum de la
ciudad, y esto, si no me equivoco, en razón de lo siguiente: especializada en
girar en torno a sí misma y dotada de una importante cantidad de avenidas de
circunvalación, plazas, rotondas y fuentes circulares, Santa Cruz de Tenerife
constituye un emblemático panóptico, una ciudad apuntalada sobre la
contemplación de sí misma y, por tanto, el mejor de los espacios para la
reflexión, el aturdimiento y la manía persecutoria. Tengo un amigo que la ha
llamado la ciudad de las miradas. Grandes
socavones –especialmente en la temporada de riadas–, edificios construidos al
filo de los barrancos, pasarelas sobre la autopista, cantidades industriales de
palomas achicharradas y un sinnúmero de histriones, apopléjicos, caminadelado,
perdonavidas, chuloplayas, santurronas, plastas, perroviejos, colgados,
culturetas, virujientos, raterillos, lameculos, arrimados y lelos son parte inseparable del
paisaje urbano de esta ciudad que algunos han querido llamar la otra capital del Atlántico. Lo cierto
es que personajes de la calaña mencionada pululan cada día por nuestras calles sin
que se pueda dar dos pasos sin tener que quitárselos de encima. Nuestro alelado
viajero, claro, se muestra encantado con todas estas marcas de autenticidad y
desembolsa propinas generosas incluso a los más atrabiliarios camareros. Los
tribunales de la mendicidad, las almonedas del pordioserismo y las lonjas de la
prostitución constituyen asimismo señalados lugares de esparcimiento en los que
quienes han perdido toda esperanza deambulan en busca de unas monedas o de los
últimos whiskies. Escuchar el delicioso dialecto que borbota de los labios de
una mujer de la clase media santacrucera, esa combinación de cariñosería,
desparpajo, zalamería y gracejo carcelario, debería figurar en los anales de todo
viajero atlántico que se precie como uno de los momentos más extáticos de toda
su carrera. Y hay más. En la esquina de Álvarez de Lugo con Ramón y Cajal, en
los aledaños del barrio de Progreso, se puede asistir a un espectáculo digno de
cualquier gran ciudad del África contemporánea: las ratas que suben del
barranco con las bocas llenas de desperdicios para la cena escalan
desordenadamente las cañerías que comunican la calle con el patio trasero de
una antigua imprenta. Se especula, por cierto, con que en esa imprenta, en
alguna de las dependencias que quedaron al aire libre tras la última riada,
podría encontrarse la legendaria copia perdida de la película surrealista que
en los años 30 se exhibió en esta ciudad antes que en Praga, que en Berlín, que
en Londres. Suba el viajero, si aún tiene fuerzas, por Ramón y Cajal hasta los
bares de alterne que colindan con la Rambla y siéntese a tomarse una piña
colada a media tarde en una de las terrazas tropicales. Deje que por su piel
circule el aire, que a esa hora refresca y deja a los foráneos la apacible
sensación de que podrían olvidar su nombre, su cara, su persona y hasta el
simple saberse un ser humano vivo en un lugar de la Tierra. Acaríciese entonces
las manos, masajéese la cara, descontractúrese el cuello y siéntase por fin
parte y partícula elemental del universo. Esto sólo lo logrará nuestro
visitante, si es su día de suerte, en nuestra adorada Santa Cruz de Tenerife. Alguna
vez, más tarde, creerá haberlo vivido en otros sitios, pero ese será un
recuerdo equivocado. La experiencia original fue esta, fue aquí donde
confluyeron el aire y la piel, la presencia y la gracia, el tiempo y la fisura,
el resplandor y el pozo. Parta, si aún le parece poco, en dirección al Parque
de la Granja. Oh la seducción de lo prohibido, la madre de todas las
interdicciones. Los muros de ese parque han contemplado todas las inmundicias y
se han contaminado de todas las enfermedades que el ser humano puede
contagiarles a las piedras. Hay allí un árbol circular, una especie de
minúsculo baobab en el que dos cuerpos pueden encogerse y desaparecer el uno en
el otro y ambos en el interior del árbol y el árbol con ambos dentro en la
espiral infinita de la dormida ciudad. De allí no hay luego dios que los saque.
Suba hasta la Cruz del Señor, callejee por el Barrio de la Salud, donde aún
juegan al dominó, sin matarse unos a otros, unos cuantos ancianos en la rústica
plaza. Salud Alto: donde hubo fiestas que fueron decapitaciones y
decapitaciones que fueron fiestas. Si nuestro viajero quiere pillar algo, no le
bastará con un dominio básico de la lengua castellana: tendrá que conocer la
jerga gestual del menudeo si quiere hacerse entender por los capos del
tinglado. Que pille o que no pille dependerá luego de la benevolencia de los tales,
que llegado el caso no se andan con chiquitas y menudos los talantes que se
gastan. Una vez aquí, no le queda al viajero sino tomar una guagua de la línea 027,
que, entre fumetas vestidos de Prada y chabolas pintadas de rosa, atraviesa
Cruz de Piedra sin otro incidente que un par de pedradas que apenas rasguñan
los cristales blindados del vehículo. Veámoslo de nuevo en algún cafetín del
centro de Santa Cruz: peripuesto, rampante, fervoroso, ya nada le parece lo de
antes y hasta podríamos contar con él para una de esas ceremonias de bienvenida
que el ayuntamiento organiza para agasajar a los turistas. Rodeado de trajes
típicos, de timples y de chácaras, a nuestro patidifuso visitante no le
costaría mucho decidirse a cenar esa noche en uno de los restaurantes del
puerto. Sólo que no hay restaurantes en el puerto. No hay puerto. No hay
ciudad. No hay viajero. No hay barco. No hay nada. Salvo quizá unas cuantas ratas por
entre los escombros dejados por las riadas.
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