jueves, 8 de octubre de 2015

LOS CANTOS DE CENIZA DE JESÚS HERNÁNDEZ VERANO


Hace muchos años, tantos que ya pronto se cumplirán veinte años de aquello, Jesús Hernández Verano y quien les habla decidieron colaborar en un proyecto juntos: ocho dibujos y ocho poemas reunidos en una carpeta que se titularía Las cuerdas invisibles. El resultado de todo aquello –y de tantas horas de amistad, conversación, lectura y sueños compartidos, tantas horas, en definitiva, de conexión– lo tienen ustedes expuesto en la mesa que está a la entrada de esta sala. No traería aquí este recuerdo si creyera que lo que entonces fluctuó entre palabras e imágenes no ha seguido, de algún modo, alimentando la obra de Jesús durante todos estos años. Intermitentemente, en idas y venidas, pero también en largos silencios y distancias, he ido contemplando lo hecho, lo pensado por él, lo entredicho, lo proyectado, lo imaginado en su reconcentrado taller. De alguna manera, lo que aquí se muestra es un poco de ceniza, es decir, el resultado, todo lo incandescente y desgastado y disperso y fragmentado que se quiera, de una gran combustión: la de una vida al límite, siempre en busca de esos bordes en los que saltan las chispas, una vida (y conozco pocas así) tan entregada a una pasión secreta, a la seducción de un canto que casi nadie escucha, que se diría que aquí, entre nosotros, están ardiendo ahora mismo las sustancias con toda la intensidad con que en el alma arden las visiones. Porque de visiones se trata. No tanto quizá de visiones alimentadas por la alucinación, sino de visiones al borde de la ceguera. Ojos cosidos, ojos dorados, reflejos en un ojo dorado, que hubiera dicho Carson McCullers, ojos contra la pared, ojos abiertos a la trama imprevista de todas las imágenes, ojos embarcados, barcas ojeadas que atraviesan el estanque dorado que termina siempre en la ausencia o en lo innombrable, ¿para qué seguir ahora si también ustedes tienen ojos para ver y ojos para no ver, o bien ojos para sentir y para tocar? Vean, sientan, toquen lo que aquí se propone muy cerca de sus vidas, de nuestras vidas. Y, sin embargo, esto que aquí se dice o se susurra está dicho, en cierto modo, desde una conciencia plenamente consciente de las atrocidades del mundo contemporáneo. Una especie de afán o sueño de curación atraviesa todas estas piezas, estas, como hubiera dijo Benjamin, iluminaciones profanas. El sueño arrancó con un movimiento de vaivén, una travesía de sanación, quizá después de asomarnos a uno de esos charcos de la orilla, y entre las miríadas de peces apareció una almendra, una almendra que contenía un agua no hecha para saciar ninguna sed, un agua tan densa que era como la sed misma o como la sangre que circula por nuestros cuerpos, y cada día había que dibujar el ojo-almendra-barca-pez como si acabara de nacer y se lo hubiera visto entonces por primera vez, el ojo-lágrima-barca-almendra-pez que nos hería por dentro hasta la ceguera o la más cruda desolación. Recuerdo, la primera vez que conocí a Jesús, en Madrid, en un piso de la calle Monte Esquinza: unas láminas en el suelo, desdibujadas en mi memoria sus formas, pero grabada como a fuego la intensidad del color, esas múltiples capas que conversan con la fragilidad de la mirada, y siempre ese oro que se asoma con su magia, con la insobornable ambigüedad de su dicción. Cuando se entra por primera vez en una exposición como esta se asiste a algo parecido a una purga de silencio: dejamos fuera lo que hasta entonces habíamos sido y nos adentramos en otras posibilidades de nosotros mismos, nos disponemos a enredarnos con los hilos más gráciles, a asomarnos a las oquedades más elementales. Al mismo tiempo que dejamos a un lado las palabras, pues apenas hacen falta y, como enseguida comprobarán ustedes cuando yo me calle, se está mejor sin ellas, también dejamos de lado la mirada de siempre, nuestra convencional manera de acercarnos a las cosas. Nos quedamos, de algún modo, sin lengua, sin oídos, sin ojos (augenlos) y, como aquel extraordinario personaje de un documental de Werner Herzog, ciego y sordomudo, nos acercamos a las ramas (en este caso, a las piezas de Jesús) para sentirlas con el corazón casi convertido en el árbol o en las piezas mismas. Nos quedamos sin oídos para escuchar un canto de ceniza, una secuencia de laúdes hondos cuya verdad nos interroga. Hace unos días, cuando vine a ver la exposición mientras Jesús la estaba montando, le dije que la palabra alemana que aparece –verán que leve y misteriosamente modificada– en una de sus piezas, me recordaba a algún poema, quizá de Georg Trakl. Resultó que estaba equivocado. Augenlos, es decir, carente de ojos, aparece en un poema, sí, pero del gran Johannes Bobrowski, amigo de Paul Celan, de Ingeborg Bachmann y de Nelly Sachs, poeta de los paisajes destruidos (y de la convivencia de pueblos destruida) de las regiones bálticas de la Prusia Oriental. Un poema que habla de un pájaro blanco que vuela llevado por el aire sobre su propia muerte. Hacia 1996, precisamente en la época en que conocí a Jesús, yo vivía en Alemania y traduje ese poema de Bobrowski que ahora les leo en otra traducción, la del mexicano Daniel Bencomo.*



El pájaro, blanco

Johannes Bobrowski

El pájaro, blanco
llevado sobre su muerte
por un espasmo del aire,
con pálidas plumas
permanece velado
sobre una colina, un
abedul, sobre su propia
sombra. La sombra
sube del agua
y cubre la arena. 

Viene
una iglesia con féretros
bajo el alero,
con piedras blancas y granas
junto a los pies. Conversan
las voces de la espesura,
los labios de humo

de plumas,
de alas blancas,
de un pájaro sin ojos. 

* Palabras de presentación leídas en la inauguración de la exposición Cantos de ceniza, de Jesús Hernández Verano. Centro de Arte La Recova, Santa Cruz de Tenerife, 8-30 de octubre de 2015.  



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