Si hubiésemos querido escribir un libro que no se pareciera a ningún otro, probablemente habríamos decidido encerrarnos durante varios meses en un lugar parecido a un monasterio, una cueva o una casa al borde de un acantilado. Sin embargo, y esto lo teníamos meridianamente claro, el libro que nos apetecía escribir iba a estar siempre intentando escaparse de nosotros, y nosotros de él, así que lo que creímos más sensato fue quedarnos en nuestras respectivas casas y apechugar con el aislamiento que ya de por sí suponía el acto de escribir, es decir, la sujeción a un idioma, a una temática, a un género, a un subgénero y a una modalidad discursiva. La cuestión es que la experiencia de permanecer sujetos a todas aquellas exigencias autoimpuestas nos resultó muy pronto cansina, es más, cansífica, si puedo denominarla así, por lo que, a falta de la posibilidad del retiro soñado en algún lugar completamente aislado, tomamos la decisión de torpedear una y otra vez los patrones que nos maniataban, un sistema o un método que muy pronto bautizamos como el más perfecto de los desenmascaramientos. Consistía, dicho del modo más sucinto posible, en revertir a cada paso los moldes con los que íbamos construyendo el libro ambicionado. Por ejemplo, si empezábamos una frase en lengua española, como parecía lo más normal dados nuestros orígenes, nuestra formación y nuestros respectivos lugares de residencia, la frase siguiente debía formularse en una lengua de otra familia, o de ninguna, por ejemplo en albanés, en euskera o en tagalo; podía a continuación retomarse el discurso en lengua española, pero esto quedaba penalizado, por emplear un vocablo quizá demasiado injusto, con tres frases consecutivas escritas en tres idiomas de familias diversas o sin familia conocida, por ejemplo el albanés, el euskera o el tagalo, o cualesquiera otras tres lenguas elegidas. Y digo bien: elegidas. Porque estas decisiones nos implicaban como sujetos con capacidad de decisión, escritores que, en vez de aplicar a rajatabla las normas que más probables se les suponían, les daban la vuelta y desenmascaraban, en este caso, la propia argamasa con la que elaboraban su texto, la lengua o el idioma que empleaban, de modo que si el primer párrafo se componía, pongamos por caso, de quince oraciones, no más de cuatro venían escritas en español y el resto figuraban redactadas en lenguas de lo más variopinto. Y lo mismo ocurría, por ejemplo, con los temas, los géneros y los subgéneros. Una secuencia que abordaba, digamos, el insensato camuflaje en medio de la selva de un grupo de exploradores inexpertos pasaba a transformarse, en el párrafo siguiente, en un fragmento que trataba de las navegaciones submarinas de capitanes intrépidos en busca de seres monstruosos que habitaban en simas abisales. Un texto cuyo primer capítulo se podía leer como el comienzo de una novela se convertía de pronto en un poema de versos mínimos que se prolongaban sin puntuación durante páginas para continuar luego como un diálogo teatral de intervenciones larguísimas, como si los personajes, más que interactuar unos con otros, estuvieran hablando en sueños sobre asuntos completamente disímiles. De este modo, el más perfecto de los desenmascaramientos tenía como consecuencia un texto completamente ilegible, pues no eran únicamente el idioma, la temática, el género, el subgénero y la modalidad discursiva los principios que se subvertían, sino también todo tipo de reglas ortográficas, gramaticales, sintácticas y léxicas. Así, por ejemplo, un texto podía terminar con una coma, y la palabra guwantes, que en tagalo significa guante, se empleaba en realidad con el significado de nariz o de pie, lo que conducía a situaciones que, con toda probabilidad, algunos lectores habrían considerado cómicas, y otros, directamente absurdas. Muchos verbos en singular llevaban sujetos plurales, y viceversa. A los idiomas que poseían tres géneros gramaticales se les añadían dos más, y a los que solamente disponían de uno se les duplicaba. Los dos puntos, por otra parte, podían indicar una pausa de casi diez segundos en una lectura de ritmo medio, mientras que los puntos suspensivos, sin ir más lejos, se empleaban como una marca de sensualidad que afectaba a la oración subsiguiente, que debía leerse como si se acariciase la piel de una persona amada o tan sólo deseada. El sistema, es decir, el más perfecto de los desenmascaramientos, se fue perfeccionando a medida que escribíamos, y así cada frase era una completa sorpresa, no sabíamos, a priori, de qué iba a tratar, en qué idioma se iba a escribir, qué modalidad discursiva iba a emplear ni en qué género y subgénero podría encuadrarse. La escritura se convirtió en una caja de sorpresas y al mismo tiempo en un permanente galimatías. Podía decirse cualquier cosa y a la vez cualquier cosa era lo último que podía decirse. Como se comprenderá, una vez que terminamos el libro, el proceso de revisión nos llevó casi tanto tiempo como su escritura: donde uno había escrito un verso en gaélico sobre la ubre (o la urbe) más fecunda del reino, el otro consideraba que era preferible transformarlo en un pasaje en prosa búlgara sobre los rituales paleocristianos del conyugio entre personas del mismo sexo. Muchas veces no había manera de ponerse de acuerdo, por lo que se tiraba por el camino del medio, es decir, regresar a la lengua castellana o española y proponer o bien fragmentos de prosa o bien versos escritos en un estilo sobrio, antirretórico, llano. El libro original se convirtió en muchos libros posibles, pues todas las variantes se consignaban en notas al pie, que a su vez derivaban en otras notas al pie, y así hasta que para cada párrafo había un número, si no infinito, al menos incontable de versiones; y, más que para cada párrafo, incluso para cada frase. Cuando terminamos la revisión decidimos mandar imprimir un único ejemplar y borrar todos los archivos en los que habíamos trabajado a lo largo de tantos años. Una vez que estuvo impreso, ese único ejemplar quedaría en manos de uno de nosotros durante un día, al cabo del cual habría de enviárselo al otro por correo postal; a su vez, este último lo retendría durante un día, al cabo del cual se lo devolvería al primero por correo postal, de modo que, cuando transcurrieron varios meses, el único ejemplar, manoseado, deteriorado, arrugado y baqueteado por tantas idas y venidas en las sacas de correos, se transformó en un libro casi ilegible. Y así hasta que un día llegó completamente irreconocible, escuchimizado al fondo del paquete, convertido en una bola de papel envejecido que uno de nosotros, da lo mismo quién, tiró a la basura junto a unas cáscaras de naranja. Y ese fue el final de una de las obras más singulares de la literatura contemporánea: nadie la conoció, pero existió; nadie la leyó, pero no era del todo ilegible; nadie la conservó, pero ¿acaso hubiera merecido la pena hacerlo?
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