Soy tan invisible –o tan inconsistente– que la tórtola se posa en la jardinera de la terraza y no se asusta, no levanta el vuelo, como si una extraña sintonía pudiera conectarnos en medio de la nada.
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Y en esta terraza, ahora, la misma donde estuve sentado anoche esperando que él saliera de la ducha y volviera a acompañarme en nuestra poscoital conversación de madrugada, recuerdo lo que vi en ese intersticio.
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Alguien volvía dando tumbos por el pasillo de abajo hasta que se detuvo frente a la puerta de un apartamento. Encendió una linterna y se puso a alumbrar la puerta, o acaso el número –¿513, 514?– del apartamento. Al cabo de unos minutos, se encaramó a la ventana de la cocina, protegida con una reja que utilizó como escala para llegar hasta la gárgola del desagüe y de allí saltar hasta la azotea. Todo eso ocurrió en menos de cinco minutos. Entonces volvió él y retomamos nuestra conversación, cuerpos desnudos en la noche que se han amado entre carnívoros gemidos.
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Lo que imaginé sobre el turista –siempre lo son– en trance etílico encaramado a una azotea que era probablemente la del apartamento donde estaba alojado fue un viaje –y aquí la imaginación se transformó en fantasía– de exploración a través de todas las azoteas de la urbanización. ¿Iría dejando rastros de vómitos, meadas, caca, en cada una de ellas, como un lenguaje mudo que al día siguiente revelaría su presencia inquietante, la de una sombra capaz de ocupar las azoteas mientras los demás dormimos, follamos o charlamos?
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Acaba de salir el sol: ya echo de menos las nubes que me protegían, ya maldigo las nubes que me lo hurtaban.
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Nostalgia o maldición han hecho que las nubes vuelvan: toca ahora echar de menos el sol, y maldecirlo.
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