Antes de volver a subir a la azotea, acuérdate de anoche: nada más abrir la puerta y dar el primer paso sobre las losetas exteriores, miraste al cielo, en dirección a la vertiente sur, y viste un filamento de luz, un mínimo resplandor que asomaba en ese preciso momento entre las nubes. La luz que así surgía fue aumentando y adquirió la forma de una barca: la proa afloraba con firmeza, como conducida por un timonel experto e invisible, y se dirigía hacia las montañas rebosantes de luminarias que no eran otra cosa sino las luces de las edificaciones y las farolas de las calles. La barca de la luna seguía sobresaliendo, cada vez con más pericia, de entre las nubes, que parecían una especie de mar de aguas espesas, no turbulentas pero sí cargadas de un peso que la barca debía superar, hender, apuntando con su proa hacia el cielo que podía adivinarse detrás de las montañas. Acuérdate. Hasta que, cuando volviste a girarte –porque no quisiste quedarte todo el tiempo mirando aquel viaje al que no estabas invitado–, la luna, cóncava como una trirreme o como una antigua nave egipcia, se había liberado por completo y resplandecía exenta, imponente, en medio del cielo, acuérdate, allí, en un claro entreabierto entre las nubes, en el corazón de un mar de aguas oscuras que parecían rodearla amenazantes. Así que seguiste fumando, despreocupado de lo que ocurría a tus espaldas. Miraste hacia la ventana en la que se transparenta a veces un torso dorado que, a punto de irse a dormir, capta toda tu atención con sus movimientos de felino encerrado tras las persianas entornadas. No estaba encendida anoche aquella ventana, así que recorriste con la mirada las azoteas de los alrededores, el cruce de la calle en la que vives con la avenida que circula en dirección al mar, las aceras, por las que transita a veces alguien que viene de trabajar en los hoteles o regresa a su casa una pareja acaramelada, pero que en aquel momento lucían solitarias. Y luego, aburrido de ese panorama que tienes más que visto cada noche, te volviste de nuevo hacia el lado del sur, acuérdate, y viste, como cuando saliste por primera vez anoche a la azotea, un filo irisado, el borde de una nube que ardía como si una antorcha lo estuviera alumbrando por detrás. ¡Y era otra vez la barca de la luna que, como si jugara contigo, había vuelto a esconderse tras las nubes, bajo las aguas de aquel mar de allá arriba, y aparecía ahora cautelosa, pero firme, impulsaba su proa con su mascarón de alabastro como si unos grumetes estuvieran tirando de ella con unas cuerdas desde la popa, y parecía ahora aún más decidida a dejar atrás todo aquel mar proceloso! La viste, acuérdate, y era una barca de verdad, o el sueño de una barca de verdad, aunque estuvieras despierto, y transportaba la luz de un lado al otro del cielo, de un mar a otro mar, a través de las montañas, sobre las habitaciones dormidas de los vivos y sobre las moradas despiertas de los muertos. Y tú estabas allá, en mitad de la azotea, sin sentirte ni vivo ni muerto, mero testigo de un viaje que duraba milenios, incapaz de montarte en aquella embarcación que, sin embargo, lo sabías, podía llevarte muy lejos, allí donde te esperaban todos aquellos que habían partido antes de ti, todos quienes, después de ti, algún día, habrían de llegar.
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