jueves, 3 de mayo de 2018

LAS OTRAS CRUCES

No las cruces hechas con flores, burguesas, ostentosas. Las cruces cursis, no. Las cruces escondidas. Esas, las que casi no se ven. Las recordadas sólo por los deudos. O las cruces locas, trastornadas, anémicas, cruces con el síndrome de Diógenes, rodeadas de ladrillos y botellas de plástico. Esas sí. 



O las cruces que alguien cuida en medio de huertas y aljibes. Junto a las cañerías. Tres cruces de madera como un gólgota de juguete o de entretierra. Siempre hay algún secreto junto a estas cruces. Nos dicen algo, hacen que nos detengamos, nos advierten en un cruce de caminos: por ahí no, por ahí sí.
 

Y cuando queremos mirar a lo lejos, otra cruz: la que forman el horizonte y las montañas. Alguien se va, pero al marcharse deja un estela que se cruzará con otra: cruces y más cruces sobre el mar. Escapar es aquí sustituir las cruces de madera por las de espuma. ¿Cuáles prefiere? Escoja.



Subiendo, subiendo, encontré este aljibe que reflejaba las nubes o lo intentaba y que parecía a punto de convertirse en cementerio, él también, por obra y gracia de la cruz que se obstinaban en formar un tronco y una cañería. ¿Las cruces abastecen, pues? ¿Alimentan, irrigan?
 

Y ahora, el cíclope. O el tuerto. Con la boca a un lado y la nariz partida. En menudas pendencias no se habrá metido este pájaro. La cruz la lleva por dentro, claro, pero nadie va a venir a sacársela. En las cuencas de los ojos anidan, dicen, los cernícalos, esos pájaros de mírame y no me toques.



Este es el momento en que el caminante, cual náufrago gongorino, se inmiscuye en un formidable bostezo de la tierra, móvil modo linterna en mano, y se encomienda a la luz del otro lado, al ruido del agua que ya no corre, pero él escucha por la atarjea y a la protección de las ánimas benditas.



Llega por fin al pueblo de las escaleras. No valen aquí las teorías escalonadas de Cortázar. Cualquier peldaño que se suba da lugar a dos peldaños más que quedan por subir. Imagínense cómo es la cosa. Y, sin embargo, he visto, lo confieso, he visto a ancianos encorvados subirlas como locuelos.
 

Sí, tú mimetízate, rey. Que para ti esto es como coser y cantar. Escalones a mí. Ya sé que no te gusto. Voy en busca de un secreto y resulta que eres tú quien lo atesoras. Acabo de descubrirlo. Podemos jugar al ratón y al gato en este laberinto de peldaños grises, pero ya sabes lo que quiero. Y ahora, a correr, minino.



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