martes, 31 de octubre de 2017

EL DESPACHO

Lo llevan en volandas al despacho del nuevo catedrático. Más que un despacho, el lugar parece la sala de reuniones de un consejo de administración. El nuevo professor doktor viene del oeste. Es joven, de unos cuarenta años. Rubio, pálido, lampiño. Parece estar muy contento en su nuevo destino. Su sonrisa no se le borra ni un solo segundo de la cara. Durante los siguientes tres años, permanecerá allí, imperturbable (la sonrisa), pero no habrá más conversaciones entre ellos. La primera y única charla bastará para que el nuevo catedrático sepa que no tiene nada que compartir con el lector de español recién llegado. Su castellano es pulcro (aunque posiblemente menos pulcro que su francés o su italiano) y manifiesta admirar la prosperidad económica y la salud democrática de la España de la última década. Las relaciones bilaterales son inmejorables, de lo que es muestra inequívoca el lector enviado por el gobierno español para desempeñar sus funciones en la universidad, es decir, usted. Desde el gran ventanal del piso 24 de la torre de la universidad se divisan grandes extensiones de land, palabra que el lector de español, ese que acaba de ser calificado como "muestra inequívoca" en impecable castellano, aprenderá mucho más tarde y no comprenderá nunca del todo. Comienza una nueva era. Gentes de todas partes –y no sólo, como antes, de los países del orbe comunista– van llegando a la ciudad, que, en torno a una universidad volcada en recobrar el prestigio de otras épocas, está a punto de convertirse en un pequeño enclave cosmopolita. Van a suceder muchas cosas allí y quienes ahora mismo conversan en este despacho –mientras toman, sin duda, un café preparado por el asistente del catedrático en una de esas máquinas instaladas en los pasillos de todas las plantas– asistirán tan sólo a algunas de ellas, pero se creerán con todo derecho protagonistas de un tiempo nuevo. No tienen gran cosa que decirse, ni lo harán durante los tres años siguientes y, sin embargo, cada vez que se vean sabrán que comparten un momento histórico, que se encuentran asistiendo a una nueva era del mundo occidental y que, por poco que observen, percibirán una ingente cantidad de novedades que tan sólo una década después formarán parte de la vida cotidiana de los europeos. El nuevo catedrático parece ser uno de esos expertos en las partículas adverbiales del español medieval, especialidad que compagina con el estudio de la evolución de los verbos irregulares en el francés del Renacimiento: cualquier pequeño matiz de la lengua es percibido con el respeto y la admiración de, por ejemplo, un entomólogo que se enfrentase a un ejemplar intacto de una especie rara de mariposa tropical. Mientras conversan, el lector se sabe escuchado con un interés que va más allá del sentido de sus insulsas palabras: es en ese instante objeto de estudio, material para un futuro artículo sobre las variedades prosódicas del español meridional actual. Y, a pesar de eso, siguen conversando como si nada. Unos minutos antes, en uno de sus primeros intentos de hablar alemán, ha sido bruscamente corregido por una de las asistentes de otro de los catedráticos, una joven licenciada leonesa, por no haber colocado al final de la oración, después de los complementos, el participio verbal. Terrible cosa que delata el nulo o escaso dominio de la lengua por parte de un lector recién nombrado por el ministerio en cuyos méritos debió de haber figurado el conocimiento de la lengua del país receptor. Esto huele a chamusquina, habrá pensado la asistente, que algunos años más tarde mantendrá una sonada relación con otro catedrático, ya en otra universidad, en el oeste. Aunque esta es otra historia, es evidente que por entonces nuestro lector de español ya sabía el suficiente alemán como para enterarse de chismes (y hasta para propalarlos). En fin, que el nuevo professor doktor, con su piel reluciente de nórdico de pura cepa, se recuesta en el sillón de oficina y mira hacia una mesa impoluta sobre la que en los próximos tres años redactará informes, corregirá trabajos, preparará clases y acuñará conceptos novedosos para el estudio de la sintaxis del aragonés occidental del siglo XI. El lector de español mira por la ventana y observa quizá una grulla que se posa a lo lejos, en la margen derecha de un río sin nombre, en una breve pausa en medio de la gran migración.     

jueves, 12 de octubre de 2017

LA MARAÑA

Lo que de lejos parecía un bosque resultó no ser sino una maraña. Escaló el terraplén agarrándose del tronco ralo de un arbusto. La maraña lo acogió como un cuerpo enfermo recibe otra enfermedad: las dos enfermedades se mezclan hasta convertirse en una dolencia sin nombre. Intentó buscar algún camino. Anduvo algunos metros, pero enseguida lo detenían las ramas impenetrables, los troncos atravesados, la espesa coyuntura de todo tipo de ramajes partidos que impedían el paso. Fue en otra dirección. Pensó que había tenido más suerte, pues por allí parecía haber un camino, pero a los quince o veinte metros se encontró atrapado, incluso sin saber muy bien cómo salir de aquel embrollo, pues los últimos metros los había dado apartando ramas insidiosas, doblándose para introducirse en medio de las estribaciones e incluso dejando que las estrías de los troncos le rozaran las piernas para poder ir un poco más allá. Se dio cuenta de que en la maraña no había caminos. Que era una insensatez intentar avanzar tropezándose cada vez con más obstáculos, pues en algún momento se vería imposibilitado de seguir y quizá ni siquiera podría volver atrás. Quedarse allí, en medio de una maraña que de lejos parecía un bosque fascinante, descubrir en el corazón de lo impenetrable que nada de lo que había previsto era como lo había previsto, que no había allí ningún estímulo para la sensibilidad ni para la razón, quedarse allí parado, en medio del falso bosque, en la desabrida maraña, era otro modo de perderse, perderse ahora sin ninguna esperanza de encontrar nada, perder incluso el sentido de la propia pérdida, y no simular ya que pudiera haber siempre algo tras de lo cual partir: aceptar que la maraña era un lugar sin ningún camino, sin pretensiones, sin misterios, sin nada por descubrir, sin emociones que sentir dentro de él, sin merodeos por los que aventurarse, sin experiencias dignas de ser vividas. La maraña era como un lugar al que se llega después de haber experimentado algunas de esas cosas sin demasiado entusiasmo, un lugar para purgarse o para no equivocarse demasiado, para detener lo que nos incita a desvivirnos y para desvanecernos, de algún modo, como sujetos de cualquier vivencia. La enfermedad que se trae, si no del todo original, sí al menos originada en fases concretas, anteriores, de la vida, se mezcla allí con una dolencia nueva, la de la incapacidad de hacer nada se vuelva uno hacia donde se vuelva, una especie de inmovilidad en medio de un paisaje vacío de tan lleno, desolado de tan espeso. Pensó en el coche que había dejado en el borde de la pista de tierra y no estuvo seguro de que fuera a estar allí a su regreso. Imaginó que al llegar lo vería rodeado por tres o cuatro asaltadores de caminos –¿dónde si no iban a operar los asaltadores de caminos sino en un lugar como aquel?–, gentes con la cara embadurnada de esa capa de tizne que en algunas personas parece instalarse allí, amenazadora, sórdida, desde que son niños. Mientras estaba en medio de la maraña, le dio por pensar que alrededor de su coche iban a congregarse los habitantes de aquellas regiones perdidas y que, mientras él permaneciera atrapado en su interior, practicarían rituales propiciatorios de la fertilidad, bañarían su coche de leche recién ordeñada, se subirían a la capota y copularían los unos con los otros mientras su coche chirriaba junto a la hierba segada. Creyó que era su presencia dentro de la maraña, la prohibición que con ella había transgredido, lo que desencadenaría unos rituales que llevaban tiempo sin practicarse en aquellas tierras altas. Supo que en cuanto él llegara al coche aquellos campesinos se dispersarían. No creía ya que fueran asaltadores de caminos. Le fascinaba más pensar en unos rituales invocatorios de la lluvia, en unas ceremonias solitarias provocadas por su profanación de la maraña: veía desde allí dentro los cuerpos desnudos, las penetraciones compulsivas, la leche derramada sobre la chapa negra del coche. Para abandonar la maraña hubo de regresar al terraplén desde el que había accedido, agarrarse de nuevo al tronco del principio y dejarse caer al camino que desde abajo parecía terminar en un bosque. Bajó apesadumbrado todo aquel camino cubierto de espigas. A un lado y a otro se veían tierras de labranza hacía mucho agostadas. Llegó a la pista forestal. Caminó aún un buen trecho hasta llegar a su coche. Este brillaba tanto en medio de los árboles que le pareció un objeto mágico, un tótem, los restos de un altar de obsidiana. Nada había ocurrido a su alrededor, sino tan sólo en su mente. Todo era como antes de emprender el camino hasta el bosque que había resultado no serlo. Lo único que había cambiado de sitio era la maraña, que ahora se movía con él en el coche.   

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