lunes, 21 de marzo de 2016

LA LLUVIA (O EN LA PENSIÓN)

Lo veía todo borroso.

Orinaba espeso.

En algún lugar por encima de la habitación alguien martilleaba sin parar.

Me veía verme detrás de la ventana, como si el reflejo que de mí se proyectaba por fuera no fuese el reflejo de mí, sino el de alguien que estuviera viéndome verme.

La columna plantada en medio de la habitación: un monolito, un punzón, una estaca a punto de clavarse en lo que quedaba del cuerpo.

Dejé las gafas sobre la mesa y supe que la miopía --su manquedad de visión-- me acompañaría siempre.

No saldré de este cuarto hasta que no deje de llover.

Orinaba algo parecido a una flema que ardía.

Ido, estaba ido. Me había ido de mí mismo. Ido a dónde.

Por la noche apagaba la luz y cruzaba como un ciego una habitación que no terminaba nunca.

Alongaba las manos y tanteaba la columna para saber si de momento no chocaría con ninguna pared.

Me estaba reponiendo. Sentía acalambrados los dedos de los pies. Bebía agua cada quince minutos.

La ventana del cuarto daba a un patio de vecinos. Evitaba asomarme a esa ventana.

Al tercer día, por el motivo que fuera, aún no habían hecho la habitación. Las sábanas, las toallas, el lavabo, las mesas de noche, la bañera, el wáter, el suelo y el bidé seguían conservando los restos depositados en ellos por los cuerpos.

Cae ahora una lluvia que desquicia, una de esas lluvias que conducen a la locura o al suicidio. Yo espero aquí a que amaine.

Tumbado de costado en la cama.

Verlo todo borroso es el camino para verlo todo por fuera del dolor.

No estoy aquí porque lo haya elegido. No estoy aquí porque sepa el porqué. Estoy aquí porque no lo he elegido y porque no sé el porqué.

La lluvia se ha vuelto ahora más amable, quizá porque ya no cae con tanta compulsión. Cae como si estuviera a punto de dejar de caer. 

La lluvia cae detrás de las paredes.

Llegan clientes nuevos. Se oye el timbre. Ruido de maletas por los pasillos. Conversaciones en el vestíbulo. Puertas que se abren.

Todo pasa de largo.

Bebo un agua que casi cuesta tragar. 

La lluvia cae ahora dentro del armario. 

Esta noche, cuando la pensión esté en silencio, apagaré la luz, cruzaré la habitación a ciegas y me esconderé en el armario. 

Allí me acurrucaré al calor de la lluvia.

Estas pensiones que hace unos años eran sórdidas son ahora más cómodas y limpias. Menos propicias a las correrías por los pasillos.

El cubo de la basura rebosa de desperdicios: trozos de papel higiénico, bolsas de pan, cáscaras de mandarinas. Nadie lo vacía. 

Ya no llueve. La lluvia está escondida dentro del armario.

Hay un silencio denso en los pasillos. Aquí, en la habitación, lo único que se oye es el borboteo de la calefacción y mi voz mientras grabo estas líneas.

La lluvia se ha dormido. Yo sigo despierto.

Lo que orino no sé ya cómo se llama.

Creo que tampoco sé ya caminar en la oscuridad y que si lo intentara acabaría tropezando con la dichosa columna.

Tengo en mi cabeza los mapas de algunas pensiones donde he estado, pero de esta, en la que estuve hace muchos años, no guardo memoria.

La lluvia se despierta. Orino a ciegas. Me recuesto y uno en mi mente los dos repiqueteos.

Desvanecerse así, como el sonido de lo que se dice al oído de uno mismo.

Ahora lo que se oye es extraño, no ya la lluvia en su continuidad, en su insistencia, sino en su enfermedad, en su síncope. Una lluvia casi sin vida.

Me he dormido dentro del armario y sueño que me he dormido dentro del armario.




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