martes, 21 de mayo de 2013

PALMÉTUM


Cuentan las crónicas de la ciudad —no todas tan apesadumbradas como nos lo han querido hacer creer quienes dicen haberlas leído a conciencia durante las últimas décadas— que la idea originaria de instalar un parque de palmeras en el antiguo Lazareto surgió ya en el seno de algunas familias de indianos que, a comienzos del siglo pasado, regresaron a la isla con una mentalidad más abierta, con un nuevo concepto de la arquitectura y con bastante dinero ahorrado. Escandalizados por lo que antes de sus viajes de fortuna habían sido sus casas familiares, construidas con materiales pobres y trazadas según un vano respeto por la caprichosa orografía de la isla, se dedicaron a derrumbarlas para construir sobre ellas o junto a ellas unos caserones nuevos, más amplios y menos melindrosos, sin esas inútiles balconadas de madera o esas absurdas escaleras exteriores en el costado de patios ciegos en los que ya nunca más, por suerte, guardarían sus cabras. Los restos de las antiguas casas empezaron a afear los aledaños de las flamantes y modernas mansiones. Uno de los próceres, con buen criterio, propuso que esos restos se amontonaran en un lodazal situado a varios kilómetros del puerto de la capital y que, a medida que se iban depositando allí, se fueran cubriendo, para ocultarlos a las autoridades, con palmeras extraídas de los inútiles y exuberantes palmerales de la isla. Hasta allí se llevaron, así pues, durante años, durante décadas, en carretas o en camiones, al anochecer o de madrugada, toneladas de escombros, antiguos artesonados de estilo mudéjar, bernegales abandonados en patios zaheridos, mampostería cuarteada, restos de balcones de madera aún medianamente lustrosa, tejados en los que seguían asomando, traviesos, los verodes, mesas de camilla, mecedoras cojas, cómodas rechinantes, pesados camastros oxidados, carillones mohosos, enormes jaulas de madera, cortinajes cargados de pelusa, manteles de encaje tan sucios como finos. Poco a poco, y a medida que se iban expoliando los palmerales de la isla, se fue apartando u olvidando la costumbre de cubrir con palmeras las masas de residuos. Las autoridades acabaron aceptando, por inevitable, su onerosa existencia. Y dado que, desde entonces, aquel lugar, el Lazareto, como dieron en llamarlo —pues alguien debió de pensar que, junto con todos aquellos desechos de otras épocas también podía lanzarse allí a los leprosos y a los tísicos, basura al fin y al cabo—, pasó a considerarse la escombrera municipal, el basurero más o menos oficioso al que iban a parar todos los despojos de la vida ciudadana, acabaron arrojados allí cientos, miles de fetos resultado de abortos furtivos practicados en las nuevas haciendas, cadáveres de camellos sacrificados tras resultar inservibles en las labores agrícolas, toda la basura generada por los casi sesenta barrios de la capital, miles de litros de alquitrán vertidos por los barcos petroleros que abastecían diariamente a la primera refinería del país, toda la mugre pisoteada por los cientos de miles de borrachos que recorrían las calles cada año en carnaval y que, antes de ser llevada al Lazareto, era depositada en las ciento veinte fuentes municipales, en las que permanecía durante unos meses hasta que el agua se volvía lo bastante sucia como para acabar con la vida de las palomas y las ratas que se acercaban a beberla, los cadáveres, recogidos por fervorosos voluntarios en todos los rincones de la ciudad, de esas mismas ratas y palomas, cadáveres a los que se sumaban los de las cucarachas, las chinches, las sanguijuelas y las babosas que cada año eran exterminadas en aplicación de los denominados “planes de extinción de criaturas nocivas” promovidos por el Comité  Municipal de Ordenación del Territorio. De este modo, el Lazareto fue creciendo en superficie y en altura. Muy pronto, sin que nadie lo previera, le ganó unos metros al mar. La basura fue alcanzando los fondos marinos, se comió buena parte de la orilla, amenazó los aledaños de la refinería de petróleo y convirtió aquel reducto en un espacio mítico, prohibido, del que se oía hablar con temor pero que nadie había visto. Se decía que el Lazareto se había convertido en una montaña de altura descomunal junto a la costa. En una crónica de mediados de los años sesenta, que no todos sus lectores consideran apócrifa, se le atribuía la nada despreciable altura de 424 metros. Se añadía que el entonces presidente del Comité Municipal de Obras Portuarias había propuesto que el Lazareto optara al récord mundial de altura de montañas artificiales, pero la propuesta no llegó a prosperar, aunque la crónica no aclaraba si esto se había debido a la falta de apoyo del resto de los comités municipales o a la poca capacidad de convicción del presidente de Obras Portuarias. En cualquier caso, poco tiempo después sufrió la montaña su primer estancamiento. Según otra crónica casi del todo olvidada, se debió este al sensiblemente menor índice de descubrimientos azarosos de restos mortales de represaliados de la guerra civil envueltos en sacos en los fondos marinos, a la paralización comercial de la refinería causada por una de las tantas crisis petroleras de la época y al novedoso plan de planificación familiar implantado entonces entre la numerosa oligarquía masculina con la finalidad de limitar el índice de natalidad abortiva de la isla. Los rascacielos que poco después empezaron a rodear el Lazareto —única posibilidad, no hace falta aclararlo, de crecimiento para una ciudad sitiada, por sus cuatro costados, por, respectivamente, la refinería, el mar, las montañas y la plaza de toros— hubieron de alcanzar alturas superiores a los 500 metros para garantizar a los nuevos propietarios las tan codiciadas vistas al mar. Para neutralizar o, al menos, reducir el tufo constante producido por la descomposición de sustancias de todo tipo depositadas allí a lo largo de los años, los promotores del skyline capitalino, siempre atentos a las últimas tendencias, importaron de Singapur —otras crónicas hablan de Shanghái— un método que consistía en aclimatar sobre el Lazareto una variedad de palmeras aromáticas que, además, podía constituir, combinada con otras variedades de palmeras exóticas y decorativas, una atracción más para el nuevo barrio de alto standing que lo iba circundando. Se consultó al presidente del Comité Municipal de Aceras y Jardines sobre la posibilidad de contar con fondos públicos para el traslado, instalación y cuidado de las nuevas palmeras de lo que acabaría llamándose el Palmétum —hubo un intenso debate en la Asamblea de Comités Municipales en torno a la necesidad o no de incorporar al nombre una tilde que, para algunos, no hacía sino afearlo— y, una vez que el presidente de dicho comité —solo las malas lenguas afirmarán que su familia era la propietaria de las empresas de jardinería encargadas de la operación— hubo dado su visto bueno a las partidas presupuestarias correspondientes, se iniciaron los contactos para la compra de palmeras. Han sido largos y arduos los años que se han necesitado para que especies acostumbradas a otro tipo de suelos, a un aire acaso menos limpio que el nuestro y a una climatología más severa, más húmeda, prosperasen, creciesen y permitieran, de este modo, culminar este parque público que la Asamblea de Comités Municipales se complace hoy en presentar como el proyecto estrella de la actual legislatura: el Palmétum. Queremos dar la bienvenida a todos los ciudadanos de la capital, brindarles las más de 15 hectáreas de este espacio como un lugar en el que perderse y, al mismo tiempo, entrar en contacto con una buena parte de nuestro pasado. Aquí, en medio de estos lagos artificiales de aguas cristalinas, junto a la mayor colección de palmeras del mundo, si afinan sus olfatos, queridos ciudadanos, se encontrarán con miasmas procedentes de todos los estratos de nuestra vida en común; si escarban, aun simbólicamente, bajo cualquiera de estos montículos, podrán encontrar un huesecillo, un nido, un trozo, una huella, un minúsculo resto de lo que entre todos hemos construido. Caminarán sobre la abundancia de ausencia que somos todos y comprenderán que no somos sino un amontonamiento de despojos. Bienvenidos, pues, ciudadanos, miembros de la oligarquía y representantes de todas las clases sociales, a este nuevo espacio de convivencia: nuestro flamante Palmétum.     

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