Para José-Flore Tappy
También yo fui un extranjero que buscaba al atardecer una
orientación para sus pasos. No encontré en Geesch la casa de la que me habían hablado. Solo
había unos antiguos graneros destartalados que, según dejaban ver los buzones
que aún seguían ostentando los nombres de los inquilinos junto a las puertas,
se habían usado alguna vez como viviendas. Los únicos rastros de vida
comunitaria o vecinal en Geesch son un panel y una cruz. En el panel se exponen
anuncios de conciertos de música de cámara en las iglesias del cantón, convocatorias
de conferencias, ordenanzas municipales referentes a la tenencia de animales
domésticos, cursos de musicoterapia y los horarios de los autobuses cantonales.
En cuanto a la cruz, se encarga de velar por la incorruptibilidad de los vivos
y por la devota memoria de los muertos. En el momento exacto en el que ya no se
distingue a un metro del propio torso el contorno de los dedos de la mano, es
decir, cuando ya es más de noche que de día, se encienden las luces del
alumbrado público, que no son ni blancas ni amarillas, sino de un color entre
anaranjado y rojizo que se acentúa a medida que uno se aleja de las
poblaciones. Tomar por una de las calles que no conducen sino a un par de casas
solitarias más allá de lo que en Geesch se considera el núcleo y desviarse de
pronto por la llanura en dirección al río no es sino un modo de cambiar la
perspectiva, de retroceder para darse la vuelta cada cierto tiempo y de ver el
racimo de las viviendas como flotando por encima del mundo, allá en su nimbo
anaranjado o rojizo, silencioso y voraz. También yo fui un extranjero que
buscaba al atardecer una orientación para sus pasos. La noche descendía como una manada de
lobos que empieza a dispersarse entre las casas asustadas. Uno de ellos, pensé,
se enredará con mis piernas en busca no sé si de calor o de palabra. Dejé que
anduviera por allí ese lobo concreto que no me pareció muy peligroso. Pasó un par de veces bajo mis piernas, gruñó casi como un bebé y luego se quedó esperando no sé si a que lo acariciara o a que lo espantara. Lo que
debían de ser pastos no eran entonces más que encharcados barrizales de espigas aplastadas
sobre los que los días anteriores se había derretido la nieve.
Algo nacerá de todo esto, pensé, de estos pastos que deben de ser comunales dado
que no se impide el acceso mediante ningún cercado o protección. Me atrajo un
grupo de árboles a los que luego ignoré porque me parecieron estar
confabulando demasiado apegados los unos a los otros. Quien escapa de una
población opresiva como Geesch necesita total libertad no solo en la
determinación de su destino sino también en todos y cada uno de los elementos
con que se va conformando su vida de supuesto paria irrisorio. Dejé los árboles a un lado
y continué por la llanura. Llegué a una parte en la que el sol no incidía nunca a lo
largo del día y que por eso seguía cubierta por la nieve. Unos pasos se
hundían más que otros. El cuerpo parecía el de un torpe plantígrado que, sin
compostura alguna, sin la mís mínima coordinación de sus miembros, se lanza a
atravesar una llanura nevada. A nadie se le ocurre sino al extraviado de turno.
La nieve crujía con cada golpetazo de los pies. El hundimiento era a veces tan
fuerte que me desestabilizaba. Veía Geesch a lo lejos como un lugar repelente en el que
una serie de extranjeros debían de haberse refugiado hacía más de cuarenta años
y de cuyas vidas solo restaban las placas con sus nombres en algunos buzones
oxidados. Apellidos portugueses, quién sabe si de refugiados políticos o de emigrantes
económicos, por emplear dos términos acaso en el fondo sinónimos. La casa que buscaba
debía de estar en la parte más alta del pueblo. Allí iría otro día. También yo
fui un extranjero que buscaba al atardecer una orientación para mis pasos. De pronto me
encontré con una pequeña hondonada: ¡un arroyo! Pensé que iba a ser el final
del camino porque me obligaría a dar la vuelta, pero, como en estos divinos cantones está todo previsto, un tablón
de madera sólidamente encajado entre una orilla y otra estaba puesto allí para salvar el obstáculo —y acaso una
ordenanza señalaba sobre el tablón comunal las penas para todo aquel que se atreviera a retirarlo. Geesch no se divisaba ya sino como una muy remota posibilidad
de encontrar almas no sé si gemelas la mayoría de ellas entregadas a la
musicoterapia, la tenencia de animales, el estudio de la música de cámara o la
preparación de una conferencia sobre el mejor aprovechamiento del ganado
caprino en los establos de la región. También yo fui un extranjero que buscaba
al atardecer una orientación para mis pasos. Poco después de atravesar los últimos metros de
la llanura me encontré con un obstáculo peor que el arroyo finalmente salvado
hasta con un poco de gracia —el tablón resultó no ser tan sólido ni seguro y dio ocasión para alguna pirueta. Se
trataba de un bosquecillo, si puede llamárselo así, de árboles enmarañados, con
ramas partidas caídas de un modo caprichoso sobre otras ramas aún unidas a los
troncos. Tenía que internarme en ese selvático madreporario de malezas y
troncos de dudosa confianza para intentar alcanzar el camino que, sobre eso no
albergaba dudas, transcurría paralelo al río. Me armé de valor, aparté una rama
aquí, bordeé un tronco allá, escalé taludes cubiertos de nieve con ayuda de
arbolillos esqueléticos a los que me agarraba y al final, sin mucha
dificultad, alcancé el sendero comunal. Aclaro que aquí todo es comunal desde
el momento en que no resulta inequívocamente señalado como privado. Los extranjeros, a los que nada privado nos está permitido,
tenemos que limitarnos a ocupar los espacios comunales para, desde ellos o a
través de ellos, acceder a otros espacios comunales; y, así, sucesivamente. Mi finalidad, extranjero
como era yo también, no era sino buscar una orientación para mis pasos. La
encontré en cuanto accedí al sendero comunal. Y esto ocurrió del modo que diré
a continuación: acompañado por el río, que, aunque cambia en todo momento de
color, permanece siempre estable en el mismo cauce y dirige sus aguas siempre
en la misma dirección, supe que me encontraba en lo que llaman «el sendero que
va por la orilla del río» y supe, por tanto, que al final de ese sendero se
encontraba la población donde había podido instalar mi residencia provisional en aquellos
tiempos. Hay en ese camino un lugar especial que descubrí no hace mucho —no sé si sobre
las huellas de otros descubridores—: un mirador escondido desde el que uno puede
ponerse a contemplar el paso del Ródano apartado de todo y de todos, en una abigarrada
simbiosis de las innumerables realidades que somos y la simplicidad alentadora
del curso de agua que se limita a correr sin más preguntas hacia donde quiera
que esté su destino. También yo fui un extranjero que buscaba al atardecer una orientación para sus pasos. Me senté en las tablas preparadas al efecto
y dejé que los pensamientos nunca
suficientemente serenos o coherentes armonizaran por un instante con la fluidez
inmutable del río. No sé si lo que entonces busqué, dada mi condición de
extranjero a estas alturas ya perfectamente conocida por el lector, fue lo que alguna
religión llama «la hermosura del retorno» o simplemente un lugar donde seguir
siendo en secreto el extranjero que era entonces, tan en secreto que nadie
pudiera decir que lo era.
Me ha dado ganas ese texto de volver a ser extranjero. Que a veces la patria cansa, y más en estos tiempos.
ResponderBorrarConfieso que esa palabra, patria, me eriza cada vez que la oigo, y no precisamente de placer... Solo vinculada a cosas como un almendro, una fuente o una roca, como en aquellos ingenuos versos que comienzan "La patria es una peña, / la patria es una roca...", me resulta ligeramente soportable.
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