Qué raro es todo. Me quedé mirando una terraza
y supe que había pasado al otro lado. Al otro lado de qué, me decía. La terraza
me recordaba algo, algo antiguo, algo no del todo cancelado, algo vivo quizá en
el otro lado de algún otro lado. Luego descubrí un mapa tirado entre unos
arbustos. Un croquis hecho a mano. En él se señalaban siete partes de lo que
parecía un edificio, cada una de las cuales ostentaba una letra mayúscula
destacada con un color diferente. En la esquina superior izquierda una leyenda contenía
las instrucciones que debían seguirse en la construcción o rehabilitación de
cada parte y, además, otras informaciones de interés, por ejemplo: A) La rampa
debe ser de madera y no podrá permanecer cerrada más de tres meses o E) Junto
al garaje, que dispondrá de un techo desplegable, se situará la caja del
restaurante. El croquis era un laberinto de letras, colores, líneas, palabras y
espacios que no logré descifrar. Quiero decir que no fui capaz de descubrir cuál
era el lugar que representaba, aparte de tratarse de un conglomerado de rampas,
tribuna, restaurante, garaje, caja, piscina y biblioteca. Si no hubiera sido
por este último elemento perturbador, hubiera pensado que se trataba de un
complejo de ocio, una especie de macrodiscoteca o sala de espectáculos
multiusos. Me desorientaban el mapa, la terraza, el camino —Judenweg— en el que había desembocado después
de saltar un par de cercas metálicas de lo que parecía una granja abandonada.
Detenerme unos cuantos segundos más significaba tal vez lograr permanecer en
ese otro lado o perderlo para siempre. La terraza pentagonal me invitaba a que
siguiera mirándola, a que intentara desentrañarla. Había un vacío, una
desolación en su limpieza impecable, en su trazado perfecto, en la serenidad
que desprendía. Yo he estado jugando ahí en alguna otra vida, pensé tontamente.
Quizá el otro lado en el que me encontraba era el de la locura. Pero no era la
primera vez aquella tarde que un lugar me retrotraía a otro, fantasmagórico, de
mi memoria. Descubrí un club de tenis. Solitario, de tres pistas, con pelotas
desperdigadas en las jardineras que rodeaban las canchas. Las puertas de una
oficina, unos paneles informativos de campeonatos y clases, un bar con una
pequeña terraza. Todo se correspondía de un modo demasiado simétrico con ese
otro club que nunca ha dejado de rondar mis recuerdos. Qué raro es todo. Ahora
mismo, mientras escribo, acaricio la concha de un caracol que recogí junto a
una capilla. En vez de contener un molusco, contenía tierra. No se sabía si era
un caracol que había terminado sus días en el jardín que rodeaba la capilla o
si se trataba de un concha puesta a propósito allí con devoción mucho
tiempo después de que muriera el molusco. Era una tarde en la que no había
manera de saber nada. Cañerías que no transportaban agua. Un tronco cortado en
medio de una esbelta hilera de abedules. Planchas de metal abandonadas en medio
de un cruce de caminos. Arroyos tan delgados que no se sabía cómo podían seguir
existiendo. Montículos cubiertos de una hierba pajiza de la que de pronto se
alzaban unas plantas finísimas, casi transparentes, que el viento
desequilibraba. Un perro desapareció con su dueño detrás de uno de esos
montículos. Se los tragaron la hierba, el arroyo, los árboles o los caminos, no
sé. Parecían tan felices. Y después no hubo tampoco manera de desentrañar nada,
pues caminar era el más frágil de los ejercicios. El corazón no daba ninguna
seguridad de volver a bombear la sangre que ya había transitado por él. Podía
detenerse en cualquier momento y dejar como únicos testigos unos ojos abiertos
en medio del campo que miraban sin verla la media luna de algodón apenas
insinuada en el cielo. Qué más daba, en el fondo, si el mapa de la verdad nunca
podría descifrarse, si estas y las otras vivencias, y todas las del tiempo
todo, las mías y las de cualquiera no eran más que rasguños en la piel de lo
inconmensurable, la caricia que un gorgojo le hace a un gigante dormido. La
iglesia con su torre puntiaguda empezaba a entrar lentamente en un sueño. Decía
el epitafio de aquella tumba célebre que había un sueño de nadie y que eran muchos
los párpados que se cerraban para dormirlo o soñarlo. Y que la contradicción es
la flor que somos. ¿La concha de un
caracol sigue indicando tras su muerte el camino que trazó, la espiral
permanente en que se arrastró mientras vivía? Vi lo que eran quizá las primeras
flores, diminutas, tan blancas como si acabaran de nacer, como si no pudieran
decirse. Todo lo demás era la hierba cansada y la amarga andadura y la vencida
tozudez y la impaciencia. El otro lado no era ningún asunto metafísico. Yo
estaba simplemente donde me había imaginado otras veces estar cuando no estaba
aquí. Una coincidencia, un espejismo, una contradicción. Algo parecido a una
lejanía mental, como un aire entretejido de vibraciones extrañas, me había
transportado de donde yo creía pertenecer adonde no sabía si estaba a punto de
extinguirme. Eso era, sencillamente, el otro lado. La tarde, de repente,
parecía expulsarme. Tenía que encontrar un modo de volver. Quedarme quieto
frente a aquella terraza para siempre conllevaba el riesgo de que empezara a
llenarme de tierra, de que con el aire que respiraba entrara más polvo que
oxígeno, de que las venas se fueran convirtiendo en cañerías que llevaban una
sangre cada vez más espesa, de que también yo me convirtiera en un objeto inservible
abandonado en medio del campo, en un mapa sin significado.
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