martes, 26 de julio de 2011

POR TIERRAS DE LA COMARCA DE ABONA


Para Javier González de Durana, con mis mejores deseos.


Viejas historias del sur. Viejas en relación con el presente: es lo que tiene la memoria. En el presente se revelan o recomponen, se traslucen o traducen, se enredan o entrelazan como los fuegos artificiales que ahora mismo podrías contemplar si escucharlos ―esa cómoda potenciación de la vista, de la vista interior que es la imaginación― no te resultara más grato y, posiblemente, menos decepcionante.

Un descenso al Barranco del Rey hace innumerables años, con los pasos que al final del sendero sintieron por primera vez el aplomo o el desamparo de una antigua era abandonada.

La visita, más reciente, al mirador de La Centinela ―nombre apropiado para un lugar desde el que puede divisarse una amplia porción de la tarta de la isla, con sus ensenadas mordidas, con sus guindas fosforescentes (o puertos deportivos), con sus recoletos campos de golf sobre el fondo ocre de la tierra y, sobre todo, con sus elevaciones o casi montañas cada una con su nombre, nombres que, unas veces, comportan la lucidez de una analogía y, otras, son completamente indescifrables―; esa visita en compañía de un amigo alto llamado J. (solo que tienes o tenías dos amigos altos con ese nombre y cualquiera de los dos podría haber sido) con el que, en caso de que el restaurante haya estado abierto aquel día, te tomaste un café.

Varios paseos, en épocas distintas, al lugar denominado Ifonche, una especie de hondonada cruzada por barrancos y bancales de jable, la sensación de estar al mismo tiempo protegido y en peligro, las casas que llevan construidas varios siglos sin que parezcan haberles importado la soledad, la pobreza, las sucesivas amenazas de destrucción.

La carretera que lleva hasta la cumbre, recorrida muchas veces como una manera, irresuelta, de escapar, y que se convierte en travesía en poblaciones inhóspitas de nombres imposibles: La Camella, Valle de San Lorenzo, La Escalona, lugares fantasmales en los que siempre pensaste detenerte y no lo hiciste nunca.

Montaña Roja, que es roja de verdad solo en ocasiones, en determinados momentos del atardecer, la única montaña de la isla que está a punto de salir a navegar o a caminar sobre las aguas ―si no acaba, como probablemente sucederá en el futuro, convertida en cantera para extraer la piedra con que serán construidas decenas de urbanizaciones de lujo en sus proximidades.

Y San Miguel de Abona, en una única sobremesa de fuego, hace ya tanto tiempo que apenas lo recuerdas, una de sus calles, en curva, solitaria, que estaba casi intacta como si por ella no hubiera transcurrido el tiempo o tan solo lo hubiera hecho una brisa que era la voz de todos los ausentes heridos de nostalgia.

No historias de nadie, ni historias sobre nadie: escenarios, imágenes, enigmas, rincones de un laberinto que hoy, esta tarde, ha crecido un poco más aunque, como ocurre con todos los laberintos, no se sepa nunca cúal es su centro o dónde está su salida.

miércoles, 20 de julio de 2011

UNA CONVERSACIÓN DE OTROS

La vida sucede a la vida. Esa conversación que escuchas, en el apartamento de al lado, y en la que nunca podrás participar, esas risas casi adolescentes que parecen estallar como en el centro del corazón de la vida, te recuerdan a otras, a otras conversaciones y a otras risas que se alejaron para siempre y en las que participaste o no, ¿qué importa ahora? La melancolía es como una sed de lejanías, una mano que sueña con agarrar otras manos fantasmales, una cadencia que horada cada tejido del presente como esas gotas que logran, después de muchos siglos, agujerear una piedra sin que el agujero que forman le sirva al prisionero para escapar de la celda. Unas risas lejanas, impalpables ―pues hay risas palpables―, que resuenan perdidas después de que los labios hayan dejado hace mucho de enmarcar una boca. Se deslizan a lo largo de la noche, de una primera noche de verano en el sur, como un presentimiento o como una advertencia. Convocan y amenazan, no son descifrables, aunque vengan aderezadas de palabras audibles, casi demasiado audibles y por ello indeseadas, innecesarias, incómodas. Cómo preferirías escuchar una música sin significado, la canción silenciosa de otras noches de julio, aquí mismo, o la voz con que alguien casi dormido, a tu lado, te pedía que apagaras la luz ―y era como un abrazo esa voz, como el lento abanico de unas piernas que se enlazan, como la progresiva sujeción de una cintura por parte de unos brazos cálidos y firmes. Pero tan solo te cabe ahora escuchar, tendido en el salón del apartamento, sin pretender recordar o pensar nada que te arrebate a este instante, una conversación de otros, volátil sucesión de incoherencias casi gritadas, ningún diálogo auténtico. Y esperar que detrás de esas palabras, en el revés que alienta todo lo que vive, descubras otra vida capaz de ser vivida por otro que no seas exactamente tú.