miércoles, 20 de julio de 2011

UNA CONVERSACIÓN DE OTROS

La vida sucede a la vida. Esa conversación que escuchas, en el apartamento de al lado, y en la que nunca podrás participar, esas risas casi adolescentes que parecen estallar como en el centro del corazón de la vida, te recuerdan a otras, a otras conversaciones y a otras risas que se alejaron para siempre y en las que participaste o no, ¿qué importa ahora? La melancolía es como una sed de lejanías, una mano que sueña con agarrar otras manos fantasmales, una cadencia que horada cada tejido del presente como esas gotas que logran, después de muchos siglos, agujerear una piedra sin que el agujero que forman le sirva al prisionero para escapar de la celda. Unas risas lejanas, impalpables ―pues hay risas palpables―, que resuenan perdidas después de que los labios hayan dejado hace mucho de enmarcar una boca. Se deslizan a lo largo de la noche, de una primera noche de verano en el sur, como un presentimiento o como una advertencia. Convocan y amenazan, no son descifrables, aunque vengan aderezadas de palabras audibles, casi demasiado audibles y por ello indeseadas, innecesarias, incómodas. Cómo preferirías escuchar una música sin significado, la canción silenciosa de otras noches de julio, aquí mismo, o la voz con que alguien casi dormido, a tu lado, te pedía que apagaras la luz ―y era como un abrazo esa voz, como el lento abanico de unas piernas que se enlazan, como la progresiva sujeción de una cintura por parte de unos brazos cálidos y firmes. Pero tan solo te cabe ahora escuchar, tendido en el salón del apartamento, sin pretender recordar o pensar nada que te arrebate a este instante, una conversación de otros, volátil sucesión de incoherencias casi gritadas, ningún diálogo auténtico. Y esperar que detrás de esas palabras, en el revés que alienta todo lo que vive, descubras otra vida capaz de ser vivida por otro que no seas exactamente tú.

1 comentario:

  1. Hubo un tiempo, sepultado por el polvo, en que algunos quizá descubrieron en las nuestras otras vidas capaces de ser vividas por otros que no fuesen ellos. Y nos reíamos como jovencitos ignorantes, incapaces de entender esa tontería que decían los 'puretas' de que la vida es corta y la juventud efímera.

    Me ha gustado mucho tu post, Rafa.

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