lunes, 8 de enero de 2018

REGRESO DE VACACIONES


El profesor regresa de sus vacaciones. Entra en el aula. Los alumnos se encuentran sentados, en silencio. Repasan sus cuadernos, leen sus libros, afilan los lápices. El profesor ha saludado al entrar, pero no recibe respuesta. A su “Buenos días” le contesta un espeso silencio. Los alumnos no parecen haber estado esperándolo, ni siquiera repasar las lecciones que explicó antes de las vacaciones. Cada uno lee algo diferente o repasa el cuaderno de una asignatura que se diría elegida al azar. El profesor piensa que un silencio tan extraño sólo podría obedecer a la conmoción de volver a clase después de las vacaciones, conmoción que él también experimenta pero que preferiría combatir con algo de conversación, sonrisas, un intercambio de ideas. Los alumnos no levantan sus cabezas de los pupitres, parecen estar leyendo algo que realmente les interesa. De hecho, el profesor duda de que los alumnos se hayan percatado de su presencia. Ni siquiera durante sus explicaciones más apasionadas se han mostrado nunca tan concentrados, tan atentos. Se sienta en su mesa y repite el saludo: “Buenos días”. Nadie le responde. Se levanta y pasea entre los pupitres. Apuntes, libros de texto, fotocopias, gráficos, esquemas, resúmenes, ejercicios, fracciones. Regresa a la parte delantera del aula, junto a la pizarra. Mira a cada alumno a la cara: son los suyos, no se ha equivocado de aula. Las vacaciones, que no han durado tanto, no han producido cambios en sus rostros. Ni siquiera otro peinado, un piercing nuevo, gafas de otro color. Siguen siendo Ramiro, Inés, Gonzalo, Julieta, Fran y todos los demás. El profesor enciende el ordenador y conecta el cañón de proyección. Introduce su lápiz de memoria en la ranura correspondiente. Abre una presentación preparada hace unos días: “La Celestina: autoría, temas, personajes”. La repasa mentalmente para recordar los datos más útiles. Carraspea. Anuncia: “Hoy, mis queridos alumnos, comenzaremos el estudio de La Celestina, uno de los libros más relevantes de nuestra literatura”. Pasa a la segunda diapositiva. Aparece el retrato de un caballero medieval, de mirada torva, junto a la cubierta de un incunable de difícil lectura. Nada demasiado apasionante, desde luego. Los alumnos continúan su estudio concentrado, en completo silencio. “Durante mucho tiempo se creyó que La Celestina era un libro de autor anónimo, pero un día se descubrió un acróstico…” Silencio. “Por cierto, ¿alguien sabe lo que es un acróstico?” Los alumnos pasan tranquilamente las páginas, uno afila su lápiz, otro opera con la calculadora. El profesor proyecta la siguiente diapositiva. “Fernando de Rojas afirma haber encontrado el primer acto de una obra dialogada y haberla completado en quince días. ¿Les importaría tomar apuntes de lo que voy diciendo, por favor?” Gráficos, fracciones, esquemas, resúmenes. Nadie se inmuta. El profesor despliega su sonrisa más benevolente y dice: “Ya sé, cabrones, que La Celestina es un petardo de obra, pero tengan la más completa seguridad de que estoy dispuesto a arruinarles la vida a todos si no se saben hasta la última coma de lo que estoy explicando”. Ni un murmullo. El profesor se rasca los sobacos, se tira un pedo, saca la lengua, cacarea. Ni por esas. Cuando quedan unos minutos para el final de la clase, se baja los pantalones y les enseña el culo a sus alumnos. Estos, que parecen cada vez más ensimismados en sus apuntes, ni siquiera se dan cuenta. Se oye de pronto el timbre que indica el cambio de clase. Los alumnos guardan su material en las mochilas, se levantan, salen del aula en silencio.

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