viernes, 12 de septiembre de 2014

UN PASEO POR LA LAGUNA


En 2007 unos amigos que coordinaban una revista de viajes me encargaron un texto que iba a publicarse en un monográfico sobre las ciudades españolas Patrimonio de la Humanidad. Yo me encargaría de escribir el dedicado a San Cristóbal de La Laguna. No pude entonces dejar de acordarme de uno de sus habitantes más ilustres, el poeta Arturo Maccanti. Quienes alguna vez tuvimos el privilegio de coincidir con él en uno de los paseos que daba por la pequeña ciudad no podremos olvidarnos nunca del entrañable modo con que Arturo se volcaba en la amistad, la poesía y la vida vivida sin tapujos. Esos instantes son uno más de sus muchos regalos. Ahora que Arturo se ha marchado, como un viajero insomne, y su vida empieza a convertirse en el eco del eco del resplandor que fue, quiero traer a este blog, en homenaje a su memoria, este texto que a él le gustó en su momento. Consuélenos pensar quizá que quien vivió sobre la vida muere también por encima de la muerte.
                                                           In memoriam Arturo Maccanti


¿Por qué no empezar a medianoche, o a una hora cualquiera de la madrugada de un sábado, y mezclarse entre los miles de estudiantes que abarrotan las calles del llamado cuadrilátero, esas pocas manzanas en que se concentran las tascas, los bares, los pubs, las discotecas y los afterhours? Entremos tambaleándonos en el Cholas, en el Búho, en el Strasse, en el Granero o en el Pecados: nuestros relucientes zapatos acabarán manchados por los pisotones y nuestros cuerpos resecos por la soledad o la abstinencia se bañarán de un sudor comunitario que alimentará cada vez más el afán de apretarnos, de frotar nuestros cuerpos con los cuerpos vecinos en una algarabía de roces, miradas, voces, músicas, gestos, empujones, recuerdos, deseos, tragos, besos y bailes. A esa misma hora (pero apenas lo recordamos, o tal vez ni siquiera lo sabemos) un cuerpo muy diferente del nuestro, radicalmente distinto de todos los cuerpos que nos rodean y nos seducen o desengañan, duerme incorrupto el sueño de la muerte. Recluido en un sarcófago en el interior de uno de los conventos más antiguos de la ciudad, el de Santa Catalina de Siena, el cuerpo venerable de la  Siervita de Dios permanece intacto a la corrupción de la materia, a las devastaciones de la muerte, al desgaste del tiempo. Podríamos decir que asiste impasible, desde su inmovilidad, al aquelarre de cánticos profanos, de impurezas, de acciones deshonestas y de vicios que ha ocupado la ciudad en que ella, Sor María de Jesús, vivió volcada en la virtud. ¿Nos bendice, magnánima, o nos condena, implacable? Nunca lo sabremos. Despreocupados, buscamos éxtasis sinténticos, intensidades de instantes imposibles, amistades que al día siguiente no recordaremos.



      Si una ciudad es sobre todo un tejido de calles y plazas, de edificios y jardines, de paseos y bancos, de árboles y coches, de personas y animales, no es menos cierto que una ciudad es también un tejido de sílabas, un nombre o muchos nombres. La Laguna sigue recordando en las sílabas que la sostienen lo que la emparenta con la antigua Tenochtitlan: su fundación junto a una laguna. Desecada hace ya mucho tiempo, esa laguna permanece en la sombra de un nombre. Y, en cierto modo, la fertilidad de toda la vega lagunera, es decir, de la extensa campiña que rodea la ciudad y con la que ésta se funde en sus extremos (a pesar de los desmanes urbanísticos de políticos y empresarios), recuerda también las aguas perdidas para los ojos pero ganadas para el suelo, para los terrenos, para la vida, al fin. Pero antes de ser La Laguna o, con mayor propiedad, San Cristóbal de La Laguna, pues bajo la advocación de ese santo la fundaron los conquistadores castellanos, la ciudad se llamaba Aguere (probablemente del sustantivo amazigh agaraw, que significaba 'laguna') para sus primitivos moradores. También ha recibido por metonimia el nombre de Nivaria, una de las denominaciones antiguas de la isla de Tenerife, «donde la gran pirámide nevada / Parece competir con las estrellas», como dijera uno de los grandes poetas canarios de los Siglos de Oro, Bartolomé Cairasco de Figueroa. Y son precisamente dos poetas, pero esta vez actuales, los que han rebautizado a la ciudad de La Laguna desde sus propios puntos de vista, desde sus personales visiones creadoras. Arturo Maccanti, que aunque no nació en La Laguna vive en ella y pasea infatigable por sus calles, la ha llamado Guerea en algunos de sus poemas. Combinando anagramáticamente los topónimos Nivaria y Aguere, pero aludiendo también a las nereas o nereidas, hijas del dios griego Nereo, hijo a su vez de Océano y Tetis, Maccanti traza un recorrido mítico y a la vez melancólico por una ciudad en la que los recuerdos deambulan al mismo ritmo que los pasos para acabar terminando en unas pocas palabras frágiles y valientes a la vez. Muy distinto, e incluso contrapuesto, es el caso de José Carlos Cataño: nace en La Laguna y la abandona a los veinte años. En una de las entradas de 1974, el año en que comienza su diario Los que cruzan el mar, se debate entre marcharse o quedarse en «esta ciudad a la que llamo Féretra». La ciudad, así pues, como un féretro, como una cárcel, como una condena. Y escribe: «Esto empieza a ser un infierno. No quedan más que vestigios sobre el alféizar. Vestigios opacos de un antiguo esplendor, acumulaciones, residuos.»



      Regresemos, aunque sea tarde, de nuestra desbocada salida. Tarde es aquí temprano, pues después de deslizarnos entre los zombis danzantes del psicodélico Barock hemos aterrizado en el BB+ (¡oh este siglo de siglas!) que abre a las seis de la mañana como afterhours para quienes se han procurado fuerzas contra el cansancio nocturno. Regresemos, aunque sea a las once o doce de la mañana y la humedad de la noche se haya convertido en benéficos rayos de un sol omnipresente. Deslicémonos desde el cuadrilátero, que en definitiva ya no nos interesa (pues nada histórico, antiguo o venerable hay en él: sus únicos vestigios son vómitos o bragas o vasos de plástico en las calles), hasta la Plaza del Adelantado. Decía don José Rodríguez Moure en su Guía histórica de La Laguna que «[en esta plaza] se realizaron otros hechos que mejor es callar, pues no todo debe decirse aunque se pueda». Todo centro guarda celosamente sus misterios. La plaza, que recibe el nombre del fundador de la ciudad, el adelantado Alonso Fernández de Lugo, está flanqueada por edificios emblemáticos como el Palacio de Nava, el Ayuntamiento, el convento de Santa Cantalina de Siena, ya mencionado, con su ajinez suspendido a la altura de las copas frondosas de los castaños de Indias. También da a la plaza la casa natal de José de Anchieta, poeta y evangelizador del Brasil, en la que viviría más tarde uno de los poetas canarios más interesantes del pasado siglo, Manuel Verdugo, heredero de los parnasianos y flâneur enclaustrado entre las tristes calles de La Laguna de su tiempo como lo siguen estando hoy en sus conventos las monjas clarisas y dominicas. En su último libro, Huellas en el páramo, Manuel Verdugo incluye un soneto titulado «Ciudad de La Laguna» que es, posiblemente, uno de los mejores poemas que podremos leer sobre esta ciudad: «Hace honor a su nombre: ella es una laguna / que nos brinda el reposo de la quietud inerte... / Amo su paz severa, claustral, cuando la luna / el hechizo magnético de su blanca luz vierte. // Aquí --grato refugio-- quizás como en ninguna / de las viejas ciudades, con sorpresa se advierte / un perpetuo contraste, algo extraño que aúna / optimismo de aurora y tinieblas de muerte. // Yo he soñado con cosas muy tristes y muy bellas / contemplando el remoto temblor de las estrellas, / en el hondo silencio de la ciudad dormida... // Y en sus campos feraces, una clara mañana / ya maduras las mieses, vibró mi alma pagana / al ritmo dionisiaco y triunfal de la vida.»



      ¿También nuestra mañana es clara y dionisiaca? Dejamos la plaza. Apenas somos conscientes de que estamos en la primera ciudad-territorio, la primera ciudad no amurallada, modelo de las nuevas ciudades americanas y construida a partir de los mapas de navegación de la época: cada punto representa una estrella que nos guía en nuestro recorrido. Ciudad-constelación, ciudad de paz, ¿ciudad-paraíso? Atravesamos la calle de San Agustín con sus casonas barrocas, manieristas, neoclásicas o a veces todo esto a la vez. Una de ellas albergará próximamente la Fundación Cristino de Vera, que ligará para siempre la obra del gran pintor de lo humilde a la ciudad de La Laguna. Llegamos a la Iglesia y Ex-Convento de San Agustín, con sus dos claustros que parecen construidos por ángeles. Y ahora, en este silencio, ya apenas recordamos el estruendo de anoche. Podríamos continuar hasta el Camino Largo: nos cruzaríamos tal vez con el gran escritor Isaac de Vega. Pero desviémonos más bien hasta la Plaza del Cristo y escuchemos, como en sueños, nuestras propias risas de niños montados en los caballitos del carrusel que hace tiempo retiraron. Nos adentramos en la calle Viana y, como en un túnel del tiempo, venimos a desembocar en el edificio central de la Universidad de La Laguna. Como un hombre de luz, el profesor Alberto Giordano sube unas escaleras hasta abrazarnos sonriente antes de sus mágicas clases sobre literatura portuguesa. Murió hace años pero aún sigue estando, como todo o casi todo en esta ciudad. Bajamos por la calle paralela al campus. Se ha hecho tarde y apenas hemos notado el paso del tiempo. El tranvía, otro resucitado, vuelve a conectar desde hace poco La Laguna con su antiguo puerto, la actual ciudad de Santa Cruz de Tenerife. Nos montamos en él: dejamos atrás los jolgorios, los cuerpos incorruptos, la opresión conventual, pero también los años universitarios con sus luces y sombras, las tardes de paseos familiares, las citas amorosas, los encuentros anónimos, las conversaciones eruditas, La Laguna. Subimos al tranvía. Bajémonos junto al mar.