sábado, 2 de agosto de 2014

CUEVA DEL BARRANCO DE SANTOS

El pie holla.

Eh, usted, sí, el que está ahí en medio del barranco, ¿no sabe que está prohibido entrar en él, que la ciudad es lo que se despliega a ambos lados del barranco pero no el barranco mismo, no la hendidura, el cauce, el nervio, la espina, el vientre, el eje, el núcleo, el conducto, la vía y la garganta?

El ojo es un milano que aletea a la caza de minucias con las que nutrirse.

Serán acusados de los delitos de desorden en la vía pública, desobediencia, escándalo, exhibicionismo, provocación, intrusismo, apología de la libertad, prácticas obscenas y usurpación de identidad todos los vecinos que se adentren en el barranco sin previa autorización de las autoridades competentes.

Las manos podrían agarrarse a las lianas que llegan hasta el cauce y ascender hasta los muñones de casas construidas al borde del barranco. Esas lianas son en realidad troncos o muñones de árboles que nunca fueron, como no fueron nunca las casas o el borde o el barranco mismo salvo en el tiempo al trasluz en que todo existió sin existir.

Lo que respira en la cueva todavía es el aliento a tabaco negro de la prostituta alcoholizada. Ni sus palabras en los instantes de rememoraciones ni el aciago color de sus pupilas anaranjadas al amanecer son ya otra cosa que pasto de inmemoria.

Determínate a seguir, tú que creíste haber estado aquí, di lo que sepas sobre lo que esto será cuando ya nada sepas, sabedor de que toda sabiduría que se aparte del no saber, del no saber nada, es vana y no conduce sino al más meridiano de los embrutecimientos.

En una de las casas muñón, en su azotea muñón, ondean al viento unas camisas blancas que deben de llevar allí unos cuantos meses sin que nadie las recoja. Su blanco es el del descolor, el que asoma a la tela que ha sido despojada del color, el blanco de la desmemoria, el color sin color de lo que ha sido humillado hasta no tener ya ninguno.  

La entrada de la cueva está pintada de un blanco que es justo el blanco opuesto al de las camisas de la casa muñón en la azotea muñón. Es un blanco de reconocimiento, el blanco de los que señalan el lugar donde malvivirán las noches de vida apalabrada. Es el blanco del sinvivir, de la no vida embutida en la no casa no muñón, el blanco del collar de caracolas que rodea la entrada de la cueva como una dentadura postiza encajada en una boca en descomposición que no por eso deja de parlotear.

Vivimos al borde del lecho de los desagües, en la encrucijada de los desechos, asomados a los restos de las deposiciones de nuestros conciudadanos, disueltas en el cauce para que nazcan estas raquíticas tomateras con las que nos alimentamos.

Recogí unos cuantos de esos tomates. Nadie se los come ya, salvo las ratas.

Además de un pintalabios y un mechero, había ejemplares de la revista Hola, una tienda de campaña aplastada, latas de cerveza, botellas de vino, tetrabriks, colillas, toda la inmundicia imaginable, todo lo que justifica la erradicación de estos habitáculos inmundos, su desinfección, su desratización, su desinsectación, su recuperación para un futuro museo temático sobre el patrimonio arqueológico de nuestro barranco municipal.

En los aledaños del barranco, en las plantas bajas de los párkings, en las terrazas del nuevo parque urbano en completo estado de abandono, en los extremos de los puentes por los que casi nadie cruza, junto a las ruinas de la grúa cuya función se ha olvidado, al pie de las escaleras manchadas de orines mezclados con cáscaras de pipas: ahí, en los aledaños del barranco, merodean todavía los caminadelado, los que, contra las paredes, encorvados, se inyectan sucedáneos de vida directamente en vena, los que, en la alucinación y la videncia, bajan hasta las cuevas, se desnudan junto a las madrigueras de las ratas y hacen el amor hueso contra hueso. Es la calaña, la escoria.

Es como si el barranco ─voy a delirar un poco yo también─ se avergonzara cuando atraviesa la ciudad, ya cerca de su desembocadura, él que viene de la cumbre, él que fue un lugar sagrado en tiempos inmemoriales, él que conservó los restos de la civilización originaria, él que ahora tiene que arrastrarse entre las casas muñón, pasar humillado bajo hoteles escuela, bajo estadios de fútbol, bajo pabellones deportivos, bajo párkings, bajo la vulgar prepotencia de una ciudad que lo ignora o lo desprecia.

En esa cueva convivieron la prostituta alcoholizada y el escritor homosexual. Tras las palizas, en los amaneceres turbios, se arrastraban hasta la cueva, se dejaban caer en los colchones y encendían un fuego que los protegía del relente y los invitaba a conversar. Algunas de las historias que la prostituta contaba pasaron luego a una novela que ganó un premio, fue extraviada por su autor y aparecerá un día enterrada en una de estas cuevas.