martes, 27 de abril de 2010

LA MARIPOSA Y EL MILPIÉS

Uno pasa arrastrándose, sin prisa, con incontables patitas que se mueven al unísono a ambos lados de su cuerpo cilíndrico, negro, brillante. La otra revolotea en su ebriedad caprichosa y sus pequeñas alas blancas, opacas, torpes, parecen no saber hacia dónde la llevan. Yo paso en medio de los dos, mis piernas me sostienen sobre el suelo pero el equilibrio es precario, mi cabeza está erguida en el aire sin que por ello pueda volar. Y, sin embargo, soy capaz de imaginar, aun someramente, el rodaje obsesivo del milpiés a ras del suelo y el vuelo parpadeante de la mariposa arrastrada por la brisa. No sé si ellos imaginan algo, pero creo que ni siquiera se perciben el uno al otro, atentos solo a los avances de los cuerpos y a los pocos estímulos que sus sentidos les deparan. ¿O me equivoco? Paso sin recordar ya hacia dónde en medio de estos insectos que tal vez me perciben, que podrían estar mejor situados en el mundo que yo, que incluso podrían ser infinitamente más sabios que yo si la sabiduría fuera, como tal vez lo es, la plena comprensión intuitiva del ser en su enigmático estar en este mundo. Depositados sin saber por qué en un instante concreto de materia, rodeados de lo que no somos, irremediablemente encerrados en aquello que somos, coincidimos los tres en este espacio, en este tiempo, el milpiés, la mariposa y yo, y enseguida pienso (pienso por los tres) que coincidir aquí y ahora es una especie de milagro, un milagro tal vez vacío de sentido que, sin embargo, convierte este momento en algo único, en algo que rebosa y se dice a sí mismo a través de estas palabras; y que estas palabras, que no son pies de milpiés ni alas de mariposa y tampoco ni siquiera pensamientos de hombre, permiten que este instante de presencia compartida, de convivencia, de encuentro, se prolongue y perviva como si fuera ese su destino. Vanidoso lenguaje que se arroga el derecho o el privilegio de hacer durar lo impermanente, obtusa necedad de las palabras que no saben unirse al aleteo ligero de unas alas blancas y frágiles ni a la marcha paciente de unas minúsculas patitas que solo saben fluir, pasar, temblar, balancearse, y no posarse ni pararse o descansar o ceder petrificadas a ninguna inmovilidad refractaria a la vida. Y así, el lenguaje que soy se sabe dentro de la vida y quisiera estar al mismo tiempo fuera de ella, explicándola, revelándola o cifrándola: y en ese vano empeño se disuelve, se pierde, hasta que ya no sabe si callarse o seguir parloteando, si bajar hasta los mínimos detalles del cuerpo del milpiés o subir hasta el reflejo del sol que parpadea en las alas sonámbulas de la mariposa, si acercarse o alejarse, si enfatizarse o cancelarse, si mirar o soñar, si sentir o pensar, si ser o no ser. Y a veces quiere, incluso, hacer todo esto a la vez, y acaba deteniéndose, abrumado, dentro de esa cáscara reseca que es a veces un cráneo que allá arriba, en el frágil extremo de un esqueleto humano, transita una tarde entre un simple milpiés y una sencilla mariposa.