miércoles, 6 de mayo de 2020

A UN KILÓMETRO A LA REDONDA


De repente, la ciudad no descansa (a determinadas horas).

Los pájaros mueren –muestran sus cuerpos muertos– a la vista de todos.

Esto es así porque han vivido al límite y poco les importa esconder de la vista su muerte.

Nadie sabe adónde va. Por cualquier calle aparece cualquiera. De todos es lo que ya era de todos.

Durará poco.

¿Es nuevo este edificio? O lo es o acaba de desprenderse de una costra de décadas.

En balcones que acaban de florecer los pájaros que van a morir os saludan.

Del interior de algunas viviendas rezuma un loco aroma de carcomida armonía.

Estos cielos no se habían visto nunca por aquí: cielos elásticos, que se desplazan sin apenas moverse porque... ¡giran dentro de nuestros ojos!

Ahora en este barranco, al norte de la ciudad, puede encontrarse de todo: pero da pereza bajar a recogerlo.

De pronto, sabemos que esta hora en que se hace de noche está ahí para que nos dejemos llevar. Y es fácil: basta con no mirar nada, la luz nos rodea y se queda en nuestra piel para morir.

Así de fácil era todo: lo difícil era saberlo.

La insistencia de los pájaros en desmentir la fragmentación de nuestras vidas: qué pesados, ¡venir a estas alturas a hablarnos de totalidades!

No es silencio: es pasmo. Y en el pasmo hay fragor. El fragor remueve por dentro nuestros órganos. El borboteo continuo de los líquidos del páncreas, del estómago, del bazo, del hígado y de los intestinos terminará matándonos. Eso sí se llamará silencio.

Además, qué necesidad hay de ponerle nombre a nada.

Ser esta inseguridad: un alfabeto despedazado.

Y que nuestros nombres empiecen por letras distintas cada día.

Antepuse el oráculo a la ausencia, el desamor al vacío, la condena a la vastedad, la renuncia al secreto. Pronto sabré si estaba equivocado.

Una soledad en la que todos nos hacemos compañía.
 
Ahora sabemos quiénes somos, o por lo menos junto a quiénes vivimos.

De niño aprendí a seguir a las personas a una distancia de diez metros: lo de ahora es pan comido para mí.

Una fuente dieciochesca nos contempla como si hubiéramos perdido la razón.

Alejándose avanza. No recuerdo quién escribió esto. Pero se equivocaba. O quiso decir: acercándose retrocede.

Mis estornudos son míos. Falso. Sus estornudos son suyos y de su vecino de acera.

Ahora que el aire está más limpio que nunca nos da miedo respirar.

Definitivamente, se nos escapa algo. Habrá que dar muchas más vueltas para descubrirlo. Cada día, un recorrido distinto. Lo que se nos escapa debe de esconderse en algún sitio.

Había olvidado que la luna nace del mar y que contemplar su nacimiento nos está permitido.

Ahora somos otros. No: somos los que éramos más otros que no somos. Somos nosotros, pero somos otros. Lo sabemos, pero no lo sabemos.

De repente, la ciudad se dio la vuelta. Caminamos boca abajo. Vemos los tejados, vemos el cielo, vemos los pájaros en una invertida transparencia.   

viernes, 1 de mayo de 2020

ESCRIBIR


Escribir no tiene fluidez.

Escribir es ir dando trompicones sobre cada letra y asomarse al final de cada letra al abismo de donde no se sabe nunca si saldrá de allí dentro otra letra.

Escribir es circular: más trazar una línea sin principio ni fin que una imagen corpórea en el papel.

Escribir es detenerse en cada mazo de palabras sin sentido.

Escribir es como el viento, que puede no venir, que puede irse y no volver, que puede no llegar nunca más.

Escribir es como un vómito que no es nunca el residuo de todo el ingerido, sino solo restos inconexos de los alimentos que un día fueron vida y ahora no son más que cosa caída de irreconocible sustancia.

Escribir no se parece a dibujar porque las letras son lo contrario de un dibujo: en las letras no hay sino vacío concentrado en llamar a otro vacío para completarse, salvo que el vacío solo se completa al dejar de escribir, en el silencio.

Escribir es alargar los brazos en un cuarto oscuro donde otros brazos se alargan para nunca toparse con los brazos en espera del contacto de otro: escribir es esa ausencia en medio de la plenitud.

Escribir es ir dando saltos de una palabra a otra, en el vacío que las liga y las separa: escribir es ese instante suspendido en el que nada puede ocurrir sino caerse hacia delante o hacia atrás.

Escribir es dibujar a ciegas, pero sin imagen que guíe la deriva de las manos: escribir es sostenerse en esa pérdida que no encuentra nunca su nombre.

Escribir es tropezar con lo ya escrito y lo borrado y luego con lo no necesariamente dicho antes que nada pueda decirse.

Escribir es alargar el suplicio de no tener que decir sino lo que más recónditamente se esconde en el silencio.

Escribir es ese nido de contradicciones, la suposición de que estamos cerca de decir lo que es difícilmente concebible.

Escribir no tiene fluidez: es pararse ante un abismo y saltar hasta la palabra siguiente, que no existe.


sábado, 4 de abril de 2020

CARTAS ADOLESCENTES QUE ME QUEMARON EL ALMA

Si tuviera que hacer el recuento de los lugares más extraños donde he dormido –pero qué aburrido es hacer recuentos de lo que quiera que sea–, no podría olvidarme de la noche que dormí en el que era por entonces el dormitorio de dos de mis amigos de la infancia. Los hermanos se llevaban apenas un año entre ellos, y yo era un poco más joven que el mayor y un poco mayor que el pequeño. No es que hayamos dormido los tres en el mismo cuarto –eso hubiera dado para otro relato, pero tendría que inventarlo, y no tengo ahora mismo tiempo ni ganas de hacerlo–, sino que por alguna razón que no consigo recordar mis dos amigos estaban pasando una temporada fuera de casa, acaso porque era verano y estaban en la playa o quizá porque estaban quedándose en casa de sus abuelos para cedernos a nosotros, a mis padres, a mi hermana y a mí, el mayor espacio posible dentro de su casa. No recuerdo dónde durmió aquella noche mi hermana, ni dónde durmieron mis padres. Supongo que habría una tercera habitación, aparte del dormitorio de los padres de mis amigos, reservada para mis padres. Y es posible que hubiera incluso un cuarto dormitorio donde mi hermana pasó la noche, no recuerdo si sola o en compañía de la hermana menor de mis amigos, que era de la misma edad que la mía. Lo cierto es que en un momento determinado, cuando ya todos estaban durmiendo y cerré la puerta de aquel dormitorio con dos camas enteramente reservado para mí, en vez de acostarme tranquilamente a dormir, me dediqué a curiosear: abrí los armarios, me probé camisetas, toqué las cuerdas de una guitarra –pianissimo el rasgueo–, acaricié la piel rugosa de un balón de baloncesto, me demoré en las estatuillas de superhéroes que estaban repartidas sobre una cómoda. Por allí había de todo. Una vez explorado cada rincón de la habitación, e incluso el piso debajo de las camas, donde no había nada más que las pelusas de un gato que se habían llevado no sé si al salón o al dormitorio de los dueños de la casa, me senté en la cama arrimada a la ventana, que daba a un patio interior por el que se escuchaba regularmente el sonido de una cañería, como si los vecinos del edificio se hubieran puesto de acuerdo en ir al baño por la noche. Miré hacia la cómoda y descubrí que no había abierto la gaveta inferior. Me puse de rodillas y la abrí con sigilo, pues el silencio era ya profundo a esas horas y la gaveta chirriaba al ceder y apoyarse contra el suelo. Lo que allí me encontré irá siempre conmigo hasta el final de mis días. Dentro de una pequeña carpeta como las que se usaban para guardar postales o folios doblados a la mitad, había unas cartas. Muchas cartas recibidas por el hermano menor. Cartas de amor que varias novias le habían enviado en diferentes momentos de su corta vida. Tendríamos por entonces catorce, quince años a lo sumo. Yo era un gran lector de enciclopedias y de volúmenes abultados sobre psicoanálisis o antropología. Pero no sabía nada de la vida. Nunca había tenido novia –no sé si luego la tuve alguna vez– y aquel lenguaje era exótico para mí. Algunas de las cartas, apasionadas, revelaban una relación que se iniciaba, con toda la ingenuidad y la ilusión que el mutuo descubrimiento suponía; otras eran acaso declaraciones que no fueron atendidas; las había, posteriores, que contenían reproches, dudas, advertencias, reparos, pero seguían dejando entrever un amor aún no destruido, ese filo de la pasión que aún corta porque no se ha desgastado del todo; otras, en fin, eran de despedida, contenían adioses nostálgicos o airados, invitaciones a dejar este mundo o arrumacos a la desesperada para evitar la ruptura definitiva. Había cartas de varias novias, cada una con su letra esmerada o expeditiva, en distintos tipos de papel, dobladas de diferente modo, pero sin ordenar, sin agrupar en paquetitos atados con cordones, cartas de amor dispersas que podían, leídas al azar como lo hice aquella noche –y pasé la noche en vela leyéndolas todas–, conformar un collage o una panoplia de discursos amorosos que ya quisiera Barthes, mientras que yo, por entonces, todavía no había escuchado ni una sola palabra de amor dirigida a mi persona –algo que tardaría años en ocurrir–. Me miraba en aquellas cartas como en un espejo negro y lo que veía era el vacío de mi vida hasta entonces, mi absoluta inexistencia como adolescente, la sensación de que había estado perdiendo el tiempo, una especie de continente desconocido que aparecía en el horizonte y al que sabía que tardaría mucho en acercarme, pero que a partir de entonces no dejó de obsesionarme, de mortificarme, cartas guardadas como un tesoro de juventud que yo nunca podría mostrar un día a los amigos, cartas que no podría releer pasados los años como el testimonio del adolescente que no fui, cartas que no tendría para quemarlas el día que decidiera pasar definitivamente la página de un pasado convertido desde entonces en un rincón de humeante ceniza. Con el temor de no dejar las cartas en la misma posición en que las había encontrado, las volví a guardar, pero pensé que no había ningún orden y que posiblemente estaban guardadas allí sin que su destinatario se hubiera propuesto releerlas, pues andaría ya enamorado de otras chicas, viviendo un presente que yo tampoco podía emular porque para hacerlo necesitaba haber vivido un pasado del que había sido privado. A partir de aquella noche, quedó en mí, como una mala costumbre o un vicio secreto, un vicio que, sin embargo, yo intentaba justificarme a mí mismo por mi desmedida pasión por las ficciones de lo real, que, cada vez que dormía en casa de un amigo, si tenía ocasión, revolvía entre sus papeles en busca de cartas de amor, o no necesariamente de amor, como quien se asoma a la ventana a espiar a sus vecinos, pero sin prismáticos ni cámaras: todo filtrado por la inmaterialidad de la escritura. No siempre las circunstancias me permitían ser exhaustivo, pues mi amigo podía haber salido solo un rato, o llegar en cualquier momento, o bien porque algunas cartas, lo sospechaba, estaban guardadas bajo llave –hacía bien–, pero casi siempre podía hacerme una idea somera de cómo habían sido sus relaciones, al menos la parte del amor o la amistad contada por los otros, por las otras, novios o novias, amigos o amigas que habían dejado sus palabras expuestas al saqueo de mi mirada. Cada vez que lo hacía me arrepentía de ello, pero, como si fuese un cleptómano, no podía evitar absorber todas aquellas pasiones a flor de piel, todas aquellas confidencias y complicidades, como si leer esas cartas me permitiera revivirlas y como si revivirlas fuera lo que las cartas me exigían aunque luego tuviera que sufrir el peso conciencia. No siempre lo aliviaba algo que ocurría con relativa frecuencia: me encontraba cartas mías en aquella correspondencia, cartas que yo había enviado desde las distintas ciudades en las que había vivido ese futuro que entonces, en aquel cuarto de los quince años, no creí nunca que fuera a concedérseme y que ahora se había transformado en un pasado escrito en cartas guardadas que el invitado que yo era estaba profanando, una vez más, con su despreciable lectura. Convertido ya en un adulto más o menos experimentado –aunque siempre pensé que mi experiencia adolecía de torpeza, de escasez–, las cartas que leía en rapiñas silenciosas me permitían comparar la mezquindad de mis aventuras, si así podía llamarlas, con las ricas vidas –amorosas, intelectuales, creativas, viajeras– de mis anfitriones. Volvía siempre, de algún modo, a aquella escena inicial en el cuarto de mis dos amigos, al descubrimiento de que la adolescencia podía no ser únicamente la segunda parte de una infancia prolongada sino también los primeros y atrevidos pasos en el complejo mundo de los adultos: en la pasión, el deseo, la rabia, el desencanto, la nostalgia y la locura de amar y ser amado.

viernes, 27 de marzo de 2020

EN LA AZOTEA


Lo bueno de no escribir es que todo queda suspendido en sus potencialidades, o por lo menos no se ve contaminado por palabras que no sabrían nombrarlo. Hay quienes, una vez descubierto el rincón de anoche en la azotea, una especie de nudo de las orientaciones, un lugar desde el que poder contemplar el mar, la ciudad, el parque y la montaña, cada cosa en una dirección distinta, como vectores que convergieran en el hombre que fuma recostado en el pretil, hay quienes, decía, se desgañitarían para lanzar a los cuatro vientos –nunca mejor dicho– su hallazgo innombrable. Hace poco, en cambio, nada era como lo es ahora, y lo razonable era más bien estar callado. La ventaja de estarlo era, además de lo dicho anteriormente, que uno podía seguir atesorando la brisa de lo desconocido –suena cursi, sí, pero no lo es: me refiero a todo aquello que nos sucede sin posible explicación lógica y que, como una brisa, llega desde algún lugar alejado de nosotros– y que, cuanto más y mejor se atesorara, más libres podríamos sentirnos en un futuro de desprendernos de ella. No era, ese rincón de anoche en la azotea, algo especialmente difícil de descubrir. De hecho, estaba allí desde que el edificio fue renovado y la azotea se compartimentó en distintos cubículos, uno para cada vivienda. El que le correspondía a la del hombre que fumaba era el del extremo sur de la azotea –manejemos con cierta libertad los puntos cardinales–, es decir, el orientado hacia la parte alta de la calle. Podía apoyarse allí en una posición no del todo escorada hacia ninguno de los dos lados de la esquina, estirar un poco las piernas como para acomodarse en la proa de un barco a la deriva, encender el cigarrillo y mirar hacia la montaña, por ejemplo, para ver allá arriba un árbol gigantesco que en realidad era uno de los árboles del parque del otro lado de la calle. Eso, en la noche, y bajo los efectos del tabaco aromatizado, se le volvía una imagen vagamente amenazadora: un árbol así era como una sombra que se proyectaba sobre la ciudad o, al contrario, la proyección de todos los temores que, desde las azoteas solitarias de la ciudad, se materializaban en lo alto de la montaña. O bien, y esto también ocurría, con un pequeño movimiento del cuello, podía el hombre que fumaba dirigir la mirada hacia donde, de día, se entreveía un rectángulo de mar, y una sirena, o su recuerdo, le traía la cantilena de los muelles frotados por las olas, la sudorosa respiración de la marinería en los buques atestados. Sí, ocurría que la ciudad, a aquellas horas, no daba más señales de vida que las luces inconformes de los semáforos: verde para los peatones y rojo para los coches, o verde para los coches y rojo para los peatones, y así sucesiva, monótonamente, hasta que, de tanto mirar hacia la calle de donde esas luces provenían, ambos colores se confundían, se entremezclaban y resultaba de ellos una sombra verdirroja en la pared amarilla de una casa o un reflejo rojiverde en el asfalto azulado tras la lluvia. También las farolas, colocadas a unos cincuenta metros de distancia unas de otras, tapizaban con su resplandor las paredes de los edificios, y mientras un gato solitario cruzaba tranquilamente de una acera a otra, los ojos, a través del humo perfumado, podían intentar, no siempre con éxito, distinguir los colores que las farolas imprimían caprichosamente en las fachadas. Lo más sorprendente, sin embargo, era darse cuenta, y reconocer, que ese rincón de la azotea no era el único lugar de la calle en el que podían producirse tales extorsiones inéditas de la mirada; no: allí enfrente, en una pequeña azotea particular, casi escondida entre dos azoteas comunales, se distinguía el brillo parpadeante de una colilla, tras el cual era previsible que alguien, cuyo bulto apenas se notaba, estuviera fumando a aquellas horas y, acaso, percibiéndolo todo desde el otro lado, o al menos desde el lado de enfrente. Calada va, calada viene, de una azotea a otra, de un rincón al otro, los viajeros inmóviles del barco suspendido sobre la ciudad no se sentían vigilados el uno por el otro. Las miradas no estaban a la vista. El mortecino brillo de las últimas caladas no indicaba necesariamente que ninguno de ellos fuera a retirarse. Podían estar allí más tiempo, pues, por ejemplo, había todo un mundo en el parque que empezaba en la calle de al lado, un parque al que en otro tiempo se accedía casi directamente desde la montaña, como si fuera una prolongación suya, pero que ahora estaba aislado en medio de las calles, como un oasis tenebroso por la noche, un oasis lleno de imperceptible misterio, rumoroso incluso bajo el más pesado silencio, ese mismo parque en el que destacaba un árbol cuyas ramas, leídas contra la oscuridad de la montaña, se magnificaban de tal modo que era como si en lo más alto, al final de las luces de las últimas urbanizaciones, un árbol inmenso los estuviera protegiendo. Sí, bastaba con que se reclinara en la esquina de la azotea, una vez terminado el cigarrillo, silencioso como el vecino de enfrente, para dejarse llevar por la impresión de que era muy pequeño comparado con el árbol, y que ese árbol, que estaba al mismo tiempo en el parque y la montaña, que era a la vez de dimensiones naturales y extraordinarias, se erguía allí más para protegerlo que para amenazarlo. Esto, que el hombre que había estado fumando en un rincón de la azotea sintió un rato después de terminar su cigarrillo, no era algo que fuera apremiante decir ni dar a conocer de ningún modo. Bastaba con atesorarlo, como el humo que, expulsado, le había entrado en el cuerpo dejando su aroma en el interior de los pulmones. Atesorarlo sin decirlo para nadie o para nada, como un secreto que la azotea había guardado hasta entonces y que quería, con su complicidad –la del hombre acomodado en el rincón de los secretos–, seguir guardando. Allí estaban: el hombre, los semáforos, el árbol, las pisadas del gato, silenciosas, la luz de las farolas, las azoteas tristes, las sirenas, la brisa de lo desconocido (cursi, incluso). Y nada podía decirse si se quería que siguiese siendo lo que era.  

sábado, 21 de marzo de 2020

UNA MUTUA DOMESTICACIÓN

Aunque llevaba mucho tiempo sordo,
escuché
lo que allí se susurraba:
tenía que ver con algo de mi vida,
algo ocurrido mucho tiempo atrás,
un instante
que ahora me vería obligado a buscar
aquí durante años en el bosque,
transformado en fantasma,
en la pura compañía de los pájaros
que mimetizan sus cuerpos
entre los helechos
y descienden hasta los helados
entresijos del silencio.

Sordo como estaba desde hacía tanto tiempo,
tuve que escuchar y salir
en busca de lo deshecho: la imagen
de dos cuerpos con la ropa al lado,
la huella
de una mutua domesticación,
una enseñanza perdida
que había que recobrar aunque los tiempos fueran otros,
menos propicios para la insensatez,
capaces de filtrar toda aquella locura
tan solo como un residuo,
vaharada que el bosque oculta con su celo,
sudor de la memoria,
infiltración dormida.

martes, 17 de marzo de 2020

EL BÚHO


Lo imprevisto es tan solo uno de los nombres que para los descreídos recibe todo aquello que estaba prefijado o previsto en alguno de los mapas de las apariciones repentinas. Esto lo supe después de que aquello ocurriera. Lo que ocurrió ocurrió mucho antes de lo que ocurre ahora. No es que lo de ahora no sea también imprevisto, pero, tratándose de dos realidades tan disímiles, daría en llamar más bien a lo de ahora sobrevenido y a lo de entonces imprevisto. No hay sinónimos, como se sabe, en las caprichosas marejadas de la realidad. Cabría sostener que lo de entonces y lo de ahora tuvieran algún vínculo que uniera dos momentos inesperados –valga este término como aglutinador de lo disímil– a través o por encima de la calma chicha de lo previsible. Pero son pocas las posibilidades de que así sea, sobre todo porque aquello duró unos pocos segundos y esto de ahora parece estar destinado a prolongarse durante semanas, si no durante meses. Otra de las razones por las que parece difícil asociar ambos acontecimientos –si es que ambos lo son– es la absoluta desemejanza de su naturaleza: en nada se parece el vuelo de un ave a una pandemia. Las aves, o los pájaros, lo sabemos, pueden también convertirse en una amenaza, en una invasión absoluta capaz de desestabilizarlo todo; esto, al menos, en teoría, es decir, en alguna película. Pero aquella ave que yo vi –discúlpenme– era un ave solitaria. No estoy seguro de que no fuera amenazadora, aunque posiblemente todo, incluso lo más inocuo, tiene capacidad para amenazar a otro ente más inocuo todavía, y así hasta lo infinitesimal, hasta lo microscópico. Es cosa sabida. Amenazar, estoy seguro de que amenazaría al menos a los roedores que campan por sus respetos en las noches sin luna de la ciudad. Antes de las desinfecciones, antes de los zafarranchos de limpieza, antes de la contaminación compulsiva que nos ha llevado adonde estamos, la ciudad, por las noches, era territorio de gatos, ratas, juerguistas, delincuentes, borrachos y putañeros. Esa era la ciudad que, bajo la ventana, hormigueaba entonces, aunque silenciosa, cuando apareció aquel búho y se posó en el borde de la azotea de enfrente. Era un búho, el primero que yo veía en cuarenta y ocho años como habitante de esta ciudad –con unas cuantas ausencias de por medio–, un búho que no parecía perdido, que venía desde otra azotea, acaso, pues hay una notable distancia entre las primeras montañas que nos rodean y el barrio donde vivo, o quizá desde algún árbol del parque, ese sí muy cercano, al que habría llegado, imaginé, tras un largo vuelo descendente desde los primeros pinos que asoman allá arriba, en la parte superior de las montañas, que los conservan casi por milagro. Ver un búho enseñorearse de una azotea en plena ciudad, a una hora en la que no hay nadie asomado a las ventanas, y ni siquiera una luz encendida en los pisos de alrededor –incluso yo, que estaba asomado, tenía la luz apagada–, tiene algo de grandioso, de increíble, de mágico. Es un ave enorme que, cuando está posada, no lo parece tanto, pero que cuando emprende el vuelo despliega una envergadura realmente imponente. El búho se mantuvo quieto, posado en el borde de la azotea, durante diez segundos, sin dejar de mover su cabeza a izquierda y a derecha, inmóvil el resto del cuerpo, y cuando movía la cabeza hacia la derecha, aunque yo no le veía los ojos, sabía que él sí me veía, que veía al menos una sombra asomada en un lugar frente a él, la sombra de lo incomprensible, la irradiación de lo silencioso, lo mismo quizá que yo sentía frente a su aparición inesperada, eso que al principio llamé lo imprevisto y que, con razón o sin ella, definí como uno de los nombres que para los descreídos recibe todo aquello que estaba prefijado o previsto en alguno de los mapas de las apariciones repentinas. Menuda pedantería. Pero, en fin, que el búho alzara el vuelo, pese a mi completo silencio, diez segundos después de posarse, y desapareciera de mi vista para siempre, perdiéndose en la oscuridad de los edificios que bajan hasta el puerto, me ha hecho recordarlo ahora como una especie de presagio de lo que estaba por venir. Un búho solitario que vigila una ciudad solitaria, un habitante solitario que contempla la ciudad arrasada en la que el búho olfatearía a sus presas desaparecidas en el subsuelo tras la desinfección producida frente a la emergencia solitaria. ¿Lo sabía entonces todo el búho? ¿Vino a alimentarse por última vez de los ratones y las ratas que aprovechaban todas las inmundicias para desfogarse por la noche en los rincones de las aceras, entre los árboles del parque, en las fuentes echadas a perder por el desuso? ¿O era más bien un búho mitológico, el anunciador de la desgracia inminente, la señal de que era preciso escapar para sobrevivir? ¿Por qué entonces? ¿Por qué ahora? Hubiera querido oírlo ulular, pero el búho permaneció en silencio. Era absolutamente inasequible, increíblemente poderoso en su insonoridad, que mantuvo o hasta incrementó al echar a volar: un vuelo que era una pincelada de silencio en la oscuridad de la noche y que anunciaba solo silencio, soledad o muerte. Yo he estado muchas veces asomado a esa ventana y allí he visto de todo. He visto despedidas desgarradoras y deambulares inexplicables, he visto sensuales ebriedades y sobriedades deslumbrantes, he visto miradas que retenían la mía sin verla y he visto, o he escuchado, palabras que guardo porque hay palabras que es mejor guardar una vez escuchadas. Pero ese búho era el primero, y sospecho que será el último –no dispondré de cuarenta y ocho años más en esta ciudad, ni en ninguna–, que he visto desde esa ventana. Si es verdad que vino para anunciar lo que nos ocurre ahora, no padezco el síndrome de quien necesita matar al mensajero. Me inclino reverente ante él. El mensajero es sagrado porque anuncia lo que está por pasar. El hombre asomado a la ventana que recibe, aunque no la entienda, la noticia de lo incalculable, de lo absolutamente imprevisible, es el testigo al que el mensajero escoge para transmitir un mensaje que no va a ser comprendido. No importa. Nadie hubiera podido comprenderlo entonces. Entonces, cuando vivíamos en la más absoluta despreocupación. Ahora todos sabemos más o menos lo que nos espera, a corto o largo plazo, y algunos agradecemos, no tanto haberlo sabido antes –pues eso nunca ocurrió–, sino acaso comprenderlo mejor gracias a que, a fin de cuentas, era algo que estaba en el aire, que voló hasta nosotros rasante y silencioso como un búho que cruza la más pétrea de las noches.  

ENTRADA DESTACADA

EJEMPLARES LIBERADOS

  Un escritor acababa de publicar un libro en el que compilaba los relatos escritos a lo largo de una década. Era un volumen grueso, desme...

ENTRADAS POPULARES