Tras ser recibidos con honores
y ramos de flores locales, los poetas foráneos
serán alojados en un imponente hotel de montaña
en el que disfrutarán de vistas al mar, jacuzzis
y jardines tropicales. Allí departirán entre ellos,
serán entrevistados por los medios de comunicación locales,
radio, prensa y televisión, y contarán
lo mucho que admiran el clima bondadoso del lugar. En cambio,
los poetas locales acudirán, por su cuenta y riesgo, al festival
en transporte público (que para eso tienen su bono de residente) o,
quienes dispongan de ellos,
en sus vehículos particulares (por supuesto, sin dietas para combustible);
periódicos, radios y televisiones locales
no los entrevistarán, pues, en definitiva, el público local
ya los conoce bastante
y no necesita leer o escuchar de nuevo sus bobadas.
Los poetas foráneos serán convenientemente alimentados
(desayunos, almuerzos, meriendas y cenas)
para que los poemas que escriban sean sublimes, perfectos, estratosféricos.
A los poetas locales, en cambio, se les matará de hambre
para que, de ese modo, escriban poemas escuálidos, cursis, prescindibles.
Se procurará que los poetas foráneos no interactúen
con los poetas locales, para que nada de lo que estos producen
pueda contaminar la excelencia de aquellos.
De este modo, se salvaguardará la destreza superior
de los poetas foráneos, y se conseguirá que los locales
sigan empantanados en sus patéticos empeños.
Se intentará, es más, se exigirá, en la práctica,
que los poetas locales acudan a los recitales protagonizados
por los poetas foráneos
para que la sala se vea lo más llena posible (y, además,
para que cojan algunos recortes, si se sienten capacitados
para ello). Sin embargo,
a los poetas foráneos se los liberará
del triste espectáculo de asistir a las aburridas lecturas
de los poetas locales. Igualmente,
se les sugerirá a estos, los poetas locales, que compren
todos los libros que puedan de los poetas foráneos,
para que, de este modo, las cifras de sus ventas
se vean aumentadas. En cambio,
los libros de los poetas locales serán colocados en lugares menos visibles
para que, cuando, por delante de la mesa de la librería, pasen
los poetas foráneos, les sea ahorrado el lamentable trance
de tener que comprar libros que no van a ningún lado,
pues no hay nada que estos, los poetas foráneos,
puedan aprender de los primeros (es sabido
que lo que escriben los poetas locales
no tiene la menor importancia).
Por la noche, los poetas foráneos
serán convocados en la sede del festival
a la hora exacta en que los poetas locales
ya habrán terminado de hacer el ridículo en sus recitales
para, desde allí, llevarlos (a los poetas foráneos exclusivamente)
a disfrutar de una opípara cena en la que departirán
con los concejales del pueblo, con próceres locales
y hasta con el cacique principal del municipio. En cambio,
a los poetas locales que hayan venido en sus coches
se les cobrará hasta la tarifa del parking
en el que los aparcaron
para que, en la medida de lo posible, abandonen, hambrientos,
el pueblo y no permanezcan
en él más tiempo del necesario.
De este modo, el festival preservará
su carácter internacional
y evitará ser contaminado por tanto supuesto vate local,
por tanto advenedizo, por tanto gilipollas
con ínfulas de poeta.


