domingo, 10 de mayo de 2026

MOLICIE

Está sentada (o recostada, tumbada: ¿pueden sentarse las palomas?) sobre las piedras que tapizan esta placita en la que yo también me he sentado a leer en un banco. Más que sobre: entre las piedras. Encajada en una molicie vespertina que la acuna inmóvil y silenciosa a esta hora en que sólo apetece estar así: inmerso en la vacancia o el arrullo del comienzo de la tarde. Está sentada o recostada entre las piedras, sobre la hierba que nace entre las piedras, entre la hierba que asoma como un suave tapiz en los huecos o intersticios que entre piedra y piedra se abren. Azul y verde y gris. Piedra y hierba y paloma sentada (que ahora mismo se incorpora para atusarse las alas). Está sentada en el límite entre el sol y la sombra, como si de ambos quisiera recibir dones y a la vez de ambos precisara ligeramente apartarse. Me acompaña, aunque no lo sabe. Los colegiales que a esta hora regresan a sus casas pasan junto a ella sin mirarla, provocando que vuelva a incorporarse, sin temerlos, para volver enseguida a su posición de descanso. De vez en cuando se estremece, introduce su pico en la pechera, bate sin ganas sus alas y mueve el cuello a un lado y a otro para mirar lo que ocurre a su alrededor. Las puntas de sus alas, enhiestas como alerones, sobresalen de su cuerpo sometido a la calma de la tarde que avanza cada vez con menos sol, nublándose como para demostrar que lo que ocurre en el cielo tiene acaso mayor importancia que toda esta molicie en la que la paloma (¿y yo?) quisiera dejarse subsumir acostada en el suelo. Formado por callaos redondeados por millones de olas, el pavimento la acuna y la paloma exhibe ahora una pechera arrugada por los escalofríos de una brisa que acaba de levantarse y que parece bajar directamente de las nubes que han taponado el sol. La paloma da entonces dos pasos, como si algo más adelante la hierba fuera más mullida, o la sombra menos pesada. Y, mientras se pellizca las alas con el pico, yo me dispongo a marcharme, no sin antes agradecerle este rato de inesperada compañía, de aprendizaje involuntario que me ha brindado sentada –o recostada–, y hasta imaginando que su descanso acabará a la vez queu el mío, que nos levantaremos a la vez (¡y lo imaginado ocurre ahora, ahora, ahora!) para continuar nuestras vidas por fuera de esta plaza que nos reunió.

            (Santa Cruz de La Palma, 24 de abril de 2026)

lunes, 13 de abril de 2026

TODAS LAS AZOTEAS DE LA URBANIZACIÓN

Soy tan invisible –o tan inconsistente– que la tórtola se posa en la jardinera de la terraza y no se asusta, no levanta el vuelo, como si una extraña sintonía pudiera conectarnos en medio de la nada.

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Y en esta terraza, ahora, la misma donde estuve sentado anoche esperando que él saliera de la ducha y volviera a acompañarme en nuestra poscoital conversación de madrugada, recuerdo lo que vi en ese intersticio.

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Alguien volvía dando tumbos por el pasillo de abajo hasta que se detuvo frente a la puerta de un apartamento. Encendió una linterna y se puso a alumbrar la puerta, o acaso el número –¿513, 514?– del apartamento. Al cabo de unos minutos, se encaramó a la ventana de la cocina, protegida con una reja que utilizó como escala para llegar hasta la gárgola del desagüe y de allí saltar hasta la azotea. Todo eso ocurrió en menos de cinco minutos. Entonces volvió él y retomamos nuestra conversación, cuerpos desnudos en la noche que se han amado entre carnívoros gemidos.

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Lo que imaginé sobre el turista –siempre lo son– en trance etílico encaramado a una azotea que era probablemente la del apartamento donde estaba alojado fue un viaje –y aquí la imaginación se transformó en fantasía– de exploración a través de todas las azoteas de la urbanización. ¿Iría dejando rastros de vómitos, meadas, caca, en cada una de ellas, como un lenguaje mudo que al día siguiente revelaría su presencia inquietante, la de una sombra capaz de ocupar las azoteas mientras los demás dormimos, follamos o charlamos?

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Acaba de salir el sol: ya echo de menos las nubes que me protegían, ya maldigo las nubes que me lo hurtaban.

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Nostalgia o maldición han hecho que las nubes vuelvan: toca ahora echar de menos el sol, y maldecirlo.

martes, 7 de abril de 2026

HABITACIONES DONDE PASAR LA NOCHE

                                                                                        (Con José Herrera y Alvin Lucier)

El que, después de comparecer durante el día, regresó en algún momento de la noche; permaneció escuchando el sonido del silencio, sentado en una habitación, el silencio de los mil agazapados sonidos de la noche; se reconcomió para no hablar, se tragó sus palabras, apalabró sus tragaderas, se desnudó sin mostrar de sus partes más de lo que sus partes hubieran mostrado de él; gateó, reptó, se arrastró por la tierra, escarbó bajo el solar, investigó las fibras que, dispersas en el humus, llevan amarradas a sus cintas de carne la sustancia de lo que vendrá; bebió lo que rezuma de cada supuración y se preguntó a qué sabía, cuál sería el siguiente sabor en la escala descendente del convite nocturno; ese, el que se introdujo entre los resquicios, el que rozó con sus yemas las vigas de encofrado, silueteó la memoria y puso de perfil todo horizonte; el que advirtió lo yacente, separó lo sobrante, salivó lo incandescente y se alió con lo bastante; quien supo irse y volver, quien descubrió que si se vuelve es sólo para marcharse, el que, de noche, sentado en una habitación, se quedó para probar y para aprender, para prender y aprobar, para desprenderse y desprobarse, para reprobarse y reprenderse. (1)

      (1)   Y así ad infinitum. Y ad libitum. Aunque, en realidad, este de quien se habla nunca llegó, así que tampoco pudo nunca marcharse. Amagó con llegar, envió a sus representantes, que informaron de que estaba en camino, si bien ciertos incidentillos sin importancia lo habían retenido a la mitad del tal, por lo que había hecho de él, del camino, su residencia, su habitación, su centro de operaciones y su radio de influencias. (1) 

(1)    En realidad, el camino donde se había detenido el viajero reptante era un bar, uno de esos bares de mala muerte donde ni la muerte es tan mala ni tan mala es la muerte, que viene a ser casi lo mismo, al menos desde el punto de vista de un ser que ya sólo está en condiciones de reptar. El incidentillo de marras, se conoce, fue una de esas últimas copichuelas de amanecida y el sonido del silencio un blues de nostálgicos acordes. (1) 

(1)     No llegó a saberse el nombre del tal bar, pero unos notas del barrio con los que yo (permítanme que me presente: narrador ecuánime, pero anónimo, de esta francachela) me encontré a los pocos días me contaron que nada, que fue por la calle de La Marina, ese bar que hace esquina, donde la vida fulmina y el amor no es sino inquina, etc. Los dejé ripiando solos y preferí seguir otro rastro, que me llevó al barrio de Buenos Aires. (1) 

(1)     El barrio de Buenos Aires era por aquellos días una barracópolis alimentada por flujos de población eminentemente rural desplazada hasta la periferia de la ciudad en busca de un futuro mejor. Cuando se habla de futuro mejor se pone en evidencia un desconocimiento flagrante acerca de las muy precisas coordenadas temporales en que transcurre la vida de los seres humanos. Lo único que puede ser siempre mejor es el pasado. El futuro, por no ser, no puede ni ser. El presente sólo puede ir a peor, pues, según los principios de la entropía, como quise explicarles al par de malotes que me encontré menudeando entre el polígono 4 y el 29 de Buenos Aires, la degradación es inherente a la línea temporal, si bien las variables del proceso pueden multiplicarse hasta el punto de que de vez en cuando se dé alguna excepción, lo que ellos dijeron entender cabalmente. (1) 

(1)      Quisieron saber más sobre el asunto, pero las excepciones al principio de entropía me parecieron muy complejas para aquellas mentes de barriada, por lo que nuestra conversación transcurrió por otros palos casi que tanto o más sesudos. Me enseñaron los dientes y les dije que toda aquella mugre tenía arreglo y solución. Me enseñaron las manos y les dije que no, que no había nada que hacer. Me enseñaron la cocorota y les dije que pocos eran los sabios que en el mundo… ¡sabían bailar la jota! (1) 

(1)       La jota. Ejem. Lo que pocos saben es que una jota es una jota es una jota. ¡Se empieza por la jota y se acaba enjotajamás! Tal vez por eso el abecedario no empieza por la jota. Si los abecedarios empezaran por la jota los cuentos no terminarían nunca con un reloj, un carcaj o una perdiz. (1) 

(1)       Érase una vez una espina que le dijo a su rosa: “Quiero oler como tú”. La rosa le dijo: “Ya hueles como yo”. La espina le dijo: “Demuéstramelo”. La rosa le dejó caer un pétalo. El pétalo cayó sobre la espina y perdió todo su olor. “Yo no huelo como tú”, le dijo la espina a su rosa. “Sí que hueles”, le dijo la rosa, “pero no lo sabes”. “Y cada vez que intentas saberlo”, añadió, “tu olor se desvanece”. (1) 

(1)        El que, después de comparecer durante el día, regresó en algún momento de la noche; permaneció escuchando el sonido del silencio, sentado en una habitación, el silencio de los mil agazapados sonidos de la noche…

lunes, 23 de marzo de 2026

CARTA ABIERTA A JOSÉ CARLOS ACHA, CONSEJERO DE CULTURA DEL CABILDO DE TENERIFE


Al Ilmo. Sr. D. José Carlos Acha Domínguez, Consejero Insular de Cultura, Museos y Deportes del Cabildo Insular de Tenerife. 


Apreciado consejero, estimado José Carlos: 


Es posible que recuerdes que el 25 de septiembre de 2023, hace ya dos años y medio, nos reunimos con la finalidad de hacerte llegar una serie de propuestas en torno a la literatura de posible aplicación por parte del área que en aquel momento llevabas unos meses dirigiendo. 


Una de aquellas propuestas —eran unas diez, y te las dejé en papel a petición tuya— era la puesta en funcionamiento de la Casona Estévanez-Borges como casa de la literatura de Tenerife. 


Entre las otras propuestas (ninguna de las cuales, que yo sepa, has llevado nunca a la práctica) estaban: retomar las publicaciones de libros de narrativa, poesía, teatro y ensayo por parte del Cabildo; crear becas de creación literaria para autores/as de Tenerife; convocar un premio literario —o varios—; organizar ciclos de encuentros literarios tanto con autores/as no tinerfeños/as como con escritores/as de la isla; apoyar la traducciones de obras literarias de autores/as de Tenerife; organizar un festival literario anual que ponga a la isla en el mapa de la literatura a nivel nacional; apoyar las movilidades de autores/as de Tenerife a actos literarios fuera de la isla; etc. 


En dos años y medio no he vuelto a tener noticias tuyas. Ni una sola vez has contactado conmigo para consultarme por la posibilidad de llevar a la práctica alguna —al menos una— de estas propuestas. ¿Para qué me pediste entonces que te las dejara por escrito? 


Si en aquel momento te hubieras tomado con un mínimo de seriedad la propuesta de creación de un espacio literario con programación regular, ahora no tendría que estar escribiéndote esta carta. Te dije en su momento que no era de recibo que en Tenerife no hubiera ni una sola casa-museo dedicada a un escritor, mientras que el Cabildo de Gran Canaria disponía de al menos tres: las dedicadas a Pérez Galdós, Tomás Morales y León y Castillo, cada una de ellas con su programación regular. 


Te escribo esta carta abierta tras la iniciativa de la revista Trasdemar, apoyada por más de 200 personalidades del mundo de la cultura insular, para que la Casona Estévanez-Borges sea destinada a actividades literarias (tal y como yo te propuse hace dos años y medio) y no a una segunda sede del Centro de Fotografía. 


No voy a enumerar de nuevo las ventajas y las razones de esa iniciativa ni por qué la Casona Estévanez-Borges no debe en ningún caso destinarse a la fotografía (ni, por supuesto, convertirse en un espacio de “uso compartido”). Basta leer la iniciativa de la revista Trasdemar para hacerse una idea muy clara de este asunto. A ella me remito. 


En nuestra reunión de hace dos años y medio te dije que la literatura de la isla necesitaba apoyo por parte del Cabildo. Ya ha pasado más de la mitad de la legislatura y no se ha hecho efectivo ese apoyo. No basta con unas pocas migajas presupuestarias, no basta con un par de convocatorias farragosas para cumplir el expediente. El Cabildo de Tenerife no dispone, a diferencia, de nuevo, del Cabildo de Gran Canaria, de una biblioteca insular, ni de un teatro insular. La cultura de esta isla no puede limitarse al Auditorio de Tenerife (arréglenlo, por favor, antes de que ocurra una desgracia) ni a la Sinfónica (que ha vivido tiempos mejores) ni a TEA Tenerife Espacio de las Artes (cuya programación, por cierto, ha dejado completamente de lado la literatura: ya te dije en aquella ocasión lo vergonzoso que era que se organizara una exposición del poeta y artista peruano Jorge Eduardo Eielson sin que se celebrara un recital en homenaje suyo). 


Tenerife vive un momento literario excepcional. Hay autores/as jóvenes escribiendo y publicando literatura de gran calidad. Coinciden hasta al menos cuatro o cinco generaciones en activo. Diría que por primera vez la literatura escrita en esta maltratada isla es reconocida fuera de nuestras fronteras por su capacidad para proponer mundos imaginarios novedosos y lenguajes propios. Lo único que hace falta es un poco de voluntad y altura políticas para que estos logros puedan cobrar una dimensión aún mayor gracias a un espacio dotado de una programación regular, con proyectos serios y de calidad, con talleres, clubes de lectura, encuentros, recitales, jornadas, festivales y conferencias en torno a la literatura. Y ese lugar no debe ser otro —por historia, por ubicación y por el famoso almendro cantado por Nicolás Estévanez, por muy deteriorado que esté: él lo volvió eterno— que la Casona Estévanez-Borges. 


Un cordial saludo,


Rafael-José Díaz



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ODYSSÉAS ELÝTIS EN EL CLUB DE LECTURA DE POESÍA 'LUIS FERIA'

 

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