El niño ha cruzado ya muchas veces ese pasillo que no se detiene nunca en su vértigo de cristalino aluvión. Como si traspasara las fronteras que separan una realidad de otra paralela, refleja, doble, proyectada, como si en el otro lado lo esperara su figura transformada en otro niño al que no conoce todavía bien y con el que se cartea cada vez que se encierra en su cuarto a estudiar alfabetos, estrofas, partituras. Sabe lo sólido que es todo y a la vez se siente, si se lo propone, capacitado para atravesarlo. El día que dibujó con la secreción de una mucosa secreta los labios soñados que había visto reflejados en el espejo del salón supo que estaría condenado para siempre a buscar el rostro del que aquellos se habían desgajado. No era siempre un motivo de sorpresa para él escudriñar los vórtices que el pasillo albergaba, pues los había estudiado tantas veces, tantas veces había procurado invisibilizarse en ellos, que los conocía casi de memoria. En vez de haber sido trazado sobre la base de dos líneas paralelas, el pasillo se iba quebrando a medida que se desplegaba, se fracturaba antes de llegar a la cocina, de nuevo cerca de la puerta de su cuarto y una última vez pasado el dormitorio de sus padres. Era un pasillo en zigzag en cuyos recovecos el niño había ido dejando como unas migas que aquel doble recogía. Esconderse significó alguna vez encontrar aquellas migas, o al menos recomponer las migajas que su amigo imaginario había ido recolectando como parte de un juego en el que ambos parecían estar igual de implicados. Esto último, sin embargo, no pudo constatarlo nunca: creía ser él, casi siempre, el que empezaba los juegos. El pasillo, a veces, zumbaba. Alguien tocaba a la puerta que daba al rellano mientras, en el fondo, su madre o su hermana acababan de abrir la puerta del balcón. Atravesaba entonces el pasillo, que hasta aquel momento dormitaba, algo parecido a un relámpago de voces, a una flecha de aromas o a un murmullo de bengalas, que dejaba a la altura de su cuarto una mirífica resonancia que él estiraba la mano, el oído o la nariz para capturar en el momento justo. Era lo que alguna vez llamó, mucho más tarde, la pesca submarina. Porque, aunque situada en un tercer piso, aquella casa en la que vivía le parecía estar sumergida bajo las aguas, o en otras ocasiones flotando sobre el lomo de unas nubes, así que cada vez que despertaba por la mañana no sabía si volvía a emerger o a sumergirse, a sobrevolar o a caerse, y por eso cada noche lloraba como el condenado a muerte que sabe que al día siguiente será un cadáver arrojado a una fosa común. Sin embargo, una vez que se desperezaba y coqueteaba frente al espejo del baño, antes de que hubiera habido tiempo para que se formara ningún vaho, sentía como si su cuerpo pisara el fondo de la tierra, como si aquel pasillo fuera una especie de catacumba sobreiluminada que tenía la virtud de protegerlo de todos los males desatados afuera. Al llegar a la cocina para desayunar, junto a la figura de su madre que portaba un tazón recién lleno de leche, la luz de la ventana lo encandilaba. Devoraba las tostadas como si se estuviera comiendo pedazos de luz crujiente untados de una mantequilla que parecía oro puesto a fundir. Entraba a la despensa como a una cámara acorazada en la que podía desnudarse para que aquella luz no lo destruyera, y entonces se convertía en una criatura tenebrosa, se agachaba hasta donde su madre guardaba las cajas que contenían las botellas de leche y gateaba como lo había hecho no tantos años atrás, gateaba con sus pezuñas entreveradas de telas de araña que se habían ido depositando en los rincones, gateaba entre las más brillantes criaturas, que hacían de aquel lugar una cueva estrellada. Debió de ser por entonces cuando empezó a amar las arañas. Creyó haber descubierto una afinidad entre ellas y él, aunque solo sería más tarde cuando entendería algo de lo que ellas querían decirle por entonces (aún sigue tratando de entenderlo un poco mejor). A la mitad del pasillo había, colgado en la pared, un cuadro. Era la reproducción de una montaña que escalaría muchos años más tarde, una montaña de nieves perpetuas que por entonces funcionaba como una imagen hipnótica, una turbina por la que su fantasía se perdía hasta lugares que estaban más allá de la montaña, o en su interior, lugares cuya inexistencia no tendría después nunca deseos de demostrar, pues ya por entonces, cuando dispuso de los medios para hacerlo, no le interesaban apenas los límites entre lo real y lo imaginario. Cuando salía de la cocina, desayunado de toda aquella luz untada en oro, viajaba a la velocidad del silencio hasta su cuarto, y a la velocidad del silencio significaba en aquella época dando pasos como para seguir durmiendo en sus sueños como si no se hubiera despertado aún y aquel caminar significara una fase atípica del sueño de un sonámbulo, es decir, que no terminaba nunca de llegar a su cuarto a pesar de que debía recoger su cartera, sus libros, sus partituras, las cartas a medio terminar, para salir luego a tiempo de llegar puntual al colegio. Aquella última visita, sigilosa, a su habitación, que terminaba en una ventana desde la cual tantas veces había vigilado el mundo en busca de milagros con los que soñar despierto, lo confrontaba con su cama, hecha ya mientras tanto por las laboriosas manos de su madre, con su mesa de estudio, en la que dejaba, repartidos entre gavetas de un escritorio de pared y pequeñas cajas de cartón que habían contenido grapadoras, perforadoras o lupas, cientos, si no miles, de papeles de diversos tamaños escritos como con tinta invisible en los que había dejado que su vida transcurriera vivida por otro, alguien parecido a él que se asomaba a los espejos para depositar en ellos la impronta de sus labios, alguien capaz de esconderse acurrucado durante días en el patinillo que servía como respiradero junto a la cocina, alguien que a veces, mientras leía una carta, se tumbaba debajo de su cama y le daba una mano que él sentía cuando dejaba caer una de las suyas hasta el suelo justo antes de dormirse. Quizá, en el último momento, antes de irse, cogía uno de aquellos papeles para pasarse el día intentando descifrarlo, pues allí, pensaba, estaba escrito parte de lo que era, parte de lo que hubiera debido o deseado ser.
TRAVESÍAS
Cuaderno de apuntes de Rafael-José Díaz
miércoles, 4 de marzo de 2026
martes, 24 de febrero de 2026
jueves, 5 de febrero de 2026
UN POETA MUGRIENTO EN LA MUGRIENTA CIUDAD
Inclinado sobre la mesa de la terraza en la que lleva sentado tanto tiempo que no recuerda a qué hora llegó, el poeta afina unos versos recién escritos; más que afinarlos, los relee, los mastica con la mente, los hace suyos y luego intenta desprenderse de ellos. Fijos en este cuaderno, se dice, lo mismo que yo estoy como atrapado en esta silla, no son sino corpúsculos incapaces de respirar. El poeta, ya anciano, sufre desde hace poco una leve insuficiencia respiratoria y se le hace fácil comparar su propio cuerpo, que fue siempre larguirucho, con los versos que se extienden como si quisieran dormir una siesta unos sobre otros, aplastándose, entreverándose, confundiéndose en la página mugrienta del mugriento cuaderno que los contiene. Están como los espaguetis cuando se pegan en el fondo del caldero, aventura, quizá porque se acerca la hora de comer y el desayuno de esta mañana fue más frugal que de costumbre. El poeta no levanta la vista del cuaderno. Lleva puesta su chaqueta de siempre, comprada cuando aún vivía con la que fue su mujer en unas rebajas. En los bolsillos, pero eso hoy no lo recuerda, lleva un paquete de chicles y una baraja de cartas, quizá incompleta, desde hace meses. Se le ha visto jugando a altas horas de la madrugada en un banco de la rambla unos solitarios. Lo mismo que ha desplegado los versos para volver a plegarlos sobre la página, o eso es lo que se imagina que ha hecho, en aquellas ocasiones dispone las cartas vertical u horizontalmente haciendo que rimen unas con otras según sus palos o sus números (sólo él conoce las reglas del solitario, que probablemente inventó cuando era joven). Se trata de un poeta al que nadie conoce. Se cree que ha publicado dos libros con un intervalo de veinticinco años entre uno y otro. Su nombre, de lo más común, le ha servido para trazar la leyenda de que esos libros no son suyos, que fue otro quien los escribió, que no pudo ser él quien estaba detrás de todo aquello; pero, al parecer, alguna vez se le ha visto con algún ejemplar sobre la mesa, como si quisiera desmentir los infundios que él mismo inventó, como si también él, de vez en cuando, sintiera la necesidad de reivindicarse como poeta. Han pasado ya tantos años, y las editoriales donde se publicaron esos poemarios son tan insignificantes (si es que no han dejado ya de existir), que nadie ha podido comprobar si efectivamente fue otro, como él afirma, quien los escribió, o si detrás de ese supuesto otro se esconde, con un nombre idéntico al suyo, él mismo. De todas formas, a quién puede importarle todo este asunto en una ciudad que no se interesa apenas por la poesía, por la literatura, por el arte ni por maldita la cosa que no tenga que ver con el fútbol, las procesiones y las verbenas populares. Alguien sentado así, inclinado como un cuervo o una gárgola sobre la mesa de una terraza, empuñando un bolígrafo en la mano derecha y sujetando con la izquierda un cuaderno mohoso en el que parece estar repasando los puntos sobre las íes, decorando los rabitos de las efes o empolvando la dudosa elegancia de las jotas, no tiene la menor posibilidad de que se fijen en él. Su barba vallinclanesca, su aceitosa pelambrera, sus lentes empañadas y unas ojeras como de no haber dormido en una semana lo aíslan entre el grupo de mesas arrimado a la jardinera acristalada. Dentro de su boca, en algún lugar entre el paladar y la garganta, gira, desde hace unos minutos, un trozo de salchichón que el poeta confunde con esa sílaba que le falta para rematar un verso que siente incompleto. No se plantea que quizá sería mejor dejarlo así, ahí, flotante en un espacio intermedio, o al menos indefinido, como el trozo de salchichón hipersalivado, un verso que, por su misma manquedad, precisamente por apuntar a lo que falta sin que se tenga la seguridad de si cabría completarlo con algo aún inexistente, podría convertirse en una genialidad involuntaria. El poeta no los recuerda, pero ha habido casos similares. Escritores más o menos conocidos, en algunos casos genios consumados, en otros no siempre tan relevantes como hubieran merecido, pero en cualquier caso nunca menores, se han ganado la fama o el prestigio al dejar inacabadas obras a las que nunca se les ha reclamado una continuación que, tras la muerte de sus autores, no tendría ya ningún sentido. ¿O qué pensaríamos si a alguien se le ocurriera añadir algún capítulo a las obras inconclusas de Kafka? ¿O si algún jovenzuelo desvergonzado se atreviera a completar la novela que compuso Macedonio Fernández prefaciándola con más de cincuenta prólogos? ¿O si, por poner un último ejemplo, le diera a algún mocoso por presumir de talento agregándole capítulos a la Suite francesa que la pobre Irène Némirovsky no pudo concluir por las razones que todo el mundo conoce? Los Süssmayr de la literatura serán siempre execrables. Pero, claro, el poeta asume que continuar la obra de otro que no es sino él mismo constituye un acto legítimo de creación literaria que nada habría de tener de autoplagio, palimpsesto, prórroga o coletazo final. Se ha montado en el verso que siente inconcluso y lo hace relinchar como a una yegua indomeñable. Aun encandilado por una última palabra que evoca en él la época más luminosa de su juventud, siente que podría seguir tirando del hilo para descubrir el otro lado, es decir, el momento más tenebroso de lo que le queda de vida. Considera ese verso como una extraña moneda cuya cara brillase como un sol hecho del más íntimo fuego y cuya cruz proyectara la más lóbrega de las oscuridades. Ese es su debate: cómo seguir bruñéndolo para mantener unidas la luz y las tinieblas. Cuando el camarero pasa a su lado en dirección a alguna de las demás mesas ocupadas, los pasos que oye sin levantar la mirada le sugieren que debe seguir fatigando los lomos de las letras. Se encarama a una o para hacer equilibrios en su parte superior y desafiar la ley de la gravedad mientras su cuerpo se estira como el de un contorsionista para abarcar la totalidad de la letra y estar al mismo tiempo arriba y abajo. Si se encuentra luego con una uve, vence en él la fantasía de acurrucarse en el vórtice, abrirse de patas siguiendo la delineación de los vectores y tomar impulso para salir despedido como una piedra desde un tirachinas camino del infinito. Algo extraño le ocurre cuando llega ante una hache, pues se estremece como ante un trono inabordable en el que, sin embargo, quisiera sentarse para contemplar desde allá arriba el ancho mundo a la vez que su persona se vuelve muda, invisible, inexistente. En su juventud quiso ser un mago, pero acabó trabajando como cajero en un banco. Siempre pensó que aquel destino, el de contar billetes, había sido una venganza de los dioses en los que no creía por haber aspirado a producir con sus manos las fantasías, los sueños y los inventos de su imaginación. Durante muchos años sintió cómo el papel moneda se deslizaba entre sus dedos como si careciera de valor: un billete pesaba lo mismo que otro, y cuando cerraba los ojos no podía distinguirlos. Era como rozar con las yemas una irrealidad hecha textura. Imaginaba los microbios que se desplazaban por entre sus poros, todo el sudor de quienes le habían precedido en la manipulación de los billetes de cien, de quinientas, de mil, de cinco mil pesetas, toda la mugre que en ellos se había acumulado, líquidos, alimentos, fluidos corporales, polvo, desechos, incrustaciones, ácidos, bacterias. Sentía en el fondo de su corazón que todo aquello debía transformarlo, si de verdad era capaz de convertirse en un mago, en una sustancia parecida a los sueños, formas que brotarían de sus dedos contaminados para iluminar el mundo gris que lo rodeaba, aquella caterva de oficinistas malévolos, corrompidos muchas veces por unos pocos miles de pesetas que afanar sin que el director de la sucursal se diera cuenta. La magia residía por entonces únicamente en su imaginación. En los momentos en que descansaba, sin billetes en las manos, cerraba los ojos y veía cómo sus dedos exudaban figuras irreconocibles, como los conejos que había visto sacar de una chistera a un mago al que su padre, cuando niño, lo había llevado a ver actuar en la trasera de la plaza de toros. Con el paso del tiempo, y sobre todo a raíz de su jubilación, se acostumbró a trasladar aquellas figuras imaginarias a palabras, palabras que escribía en cuadernos de tapas grasientas, palabras sobre las que volvía una y otra vez, acaso porque no le convencían del todo o, más bien, porque, a su modo de ver, no trasladaban con total precisión las figuras que había sentido brotar de sus dedos. Al principio pasaba las noches en vela recorriendo con su mirada mustia aquellos versos desvencijados. Luego, a medida que comprendió lo inútil de sus desvelos, se acostumbró a sentarse en diversas terrazas de la ciudad. No se sabe si buscaba allí la inspiración de lo exterior, cansado como estaba de la esterilidad de sus pesquisas hogareñas, o si lo hacía porque era consciente de que encerrado entre cuatro paredes no iba a dar nunca con el grial de la palabra exacta. El poeta, que, una vez que ocupaba una mesa no la abandonaba hasta haber modificado al menos uno de los versos que escribía, sabía, sin embargo, que aquellas operaciones eran siempre afanes inconclusos, pues lo que un día suprimía al siguiente lo recuperaba; la sílaba que una semana había descubierto para darle un nuevo ritmo al verso renqueante a la semana siguiente le parecía excesivamente previsible; la expresión con la que había logrado parafrasear lo que hasta ese momento le parecía torpe y fastidioso un mes después le resultaba caduca, imprecisa o artificiosa. En definitiva, se trataba de un poeta que había asumido la derrota de cualquier esfuerzo por afinar sus poemas, pero que, al mismo tiempo, estaba empeñado en no dar nunca el brazo a torcer. La mugre, en su caso, era una especie de pátina o aureola que lo rodeaba como si quien estuviera sentado allí, más que un poeta, fuera un derviche de la inmovilidad: siempre girando, girando, como los astros que no saben que llevan millones de años muertos.
lunes, 19 de enero de 2026
martes, 13 de enero de 2026
martes, 16 de diciembre de 2025
lunes, 15 de diciembre de 2025
martes, 9 de diciembre de 2025
miércoles, 3 de diciembre de 2025
LA CENA
Voy encendiendo luces para llegar a la cocina, luces que comienzan con la del dormitorio, cuyo interruptor alcanzo con un simple movimiento de la mano sin ni siquiera necesidad de levantarme de la cama; luces como la del pasillo, que enciendo una vez que he apagado la del dormitorio y me permite atravesar el piso como si circulara por una columna vertebral que fuera dando acceso a las ramificaciones de los cuartos; luces como la del salón, que enciendo una vez que he apagado la del pasillo, y que, en un parpadeo, me permite percibir las estatuillas que lucen mustias en la estantería, el televisor apagado, el sofá sobrecargado de libros, los manojos de llaves en un cesto próximo a la puerta; luces como la de la cocina, que en realidad no es una sino dos: la luz del techo, que enciendo una vez que he apagado la del salón, y, por último, la luz del extractor colocado sobre la vitrocerámica, que enciendo una vez que he apagado la luz del techo de la cocina.
Entonces me asomo a un caldero en el que estoy cocinando media coliflor, una batata y una papa. Esa será mi cena de hoy. Me quedo un momento contemplando esos alimentos que bullen en el agua hirviendo en la que hace unos diez minutos los eché junto a sal en cantidad suficiente para que, cuando estén cocinados, tengan algo de sabor. La media coliflor flota con su blanca piel rugosa mientras gira como una peonza sin mucho equilibrio en medio del agua; la batata, acostada en el fondo del caldero, parece contemplarla con socarronería, preguntándose si realmente es necesaria una danza tan ridícula para asistir poco después a una extinción que yo llamaré –lo he hecho ya– mi cena; la papa, por su parte, juega un papel intermedio, pues, voluminosa, oronda, consistente, parece todo el tiempo estar queriendo sacar a bailar a la coliflor, esa jiribilla, pero, torpe como es, demasiado pesada, se retira siempre hacia el fondo y no sabe qué hacer con su impracticable, cargante deseo. Estoy asomado a ese caldero como si fuera un brujo, un adivino. Los alimentos llevan poco tiempo cocinándose y tienen que seguir allí un buen rato más. Tienen que hacerlo, de hecho, en soledad, a oscuras.
Voy apagando luces para volver al dormitorio, luces que comienzan con las de la cocina. Una vez que he apagado la luz del extractor colocado sobre la vitrocerámica, enciendo la luz del techo de la cocina, que me permite contemplar con el rabillo del ojo ese caldero del que obtendré el alimento para esta noche hechizada; una vez que he apagado la luz de la cocina, enciendo la del salón, que esta vez, al atravesarlo, fija mi atención momentánea en la persiana que recubre la ventana, que da a un patio y deja entrever un resplandor que viene de los pisos superiores, habitados unos por inquilinos antiguos y otros por inquilinos nuevos; una vez que he apagado la luz del salón, enciendo la del pasillo, que atravieso esta vez sin fijarme en nada, pues voy pensando en las vidas de los otros y en cómo se entretejen con la propia sin que nos demos apenas cuenta muchas veces; una vez que he apagado la luz del pasillo, enciendo la del dormitorio, que tiene otro interruptor junto a la puerta, lo que me permite no atravesarlo a oscuras, hasta que llego a la cama y me tumbo para seguir leyendo un rato. Sé que dentro de diez minutos habré de volver a iniciar todo el proceso para poder, zahorí empijamado, asomarme al caldero en el que estarán ya cocinados los alimentos que compondrán esta noche mi cena.
sábado, 29 de noviembre de 2025
ANOCHE, EN LA AZOTEA
Antes de volver a subir a la azotea, acuérdate de anoche: nada más abrir la puerta y dar el primer paso sobre las losetas exteriores, miraste al cielo, en dirección a la vertiente sur, y viste un filamento de luz, un mínimo resplandor que asomaba en ese preciso momento entre las nubes. La luz que así surgía fue aumentando y adquirió la forma de una barca: la proa afloraba con firmeza, como conducida por un timonel experto e invisible, y se dirigía hacia las montañas rebosantes de luminarias que no eran otra cosa sino las luces de las edificaciones y las farolas de las calles. La barca de la luna seguía sobresaliendo, cada vez con más pericia, de entre las nubes, que parecían una especie de mar de aguas espesas, no turbulentas pero sí cargadas de un peso que la barca debía superar, hender, apuntando con su proa hacia el cielo que podía adivinarse detrás de las montañas. Acuérdate. Hasta que, cuando volviste a girarte –porque no quisiste quedarte todo el tiempo mirando aquel viaje al que no estabas invitado–, la luna, cóncava como una trirreme o como una antigua nave egipcia, se había liberado por completo y resplandecía exenta, imponente, en medio del cielo, acuérdate, allí, en un claro entreabierto entre las nubes, en el corazón de un mar de aguas oscuras que parecían rodearla amenazantes. Así que seguiste fumando, despreocupado de lo que ocurría a tus espaldas. Miraste hacia la ventana en la que se transparenta a veces un torso dorado que, a punto de irse a dormir, capta toda tu atención con sus movimientos de felino encerrado tras las persianas entornadas. No estaba encendida anoche aquella ventana, así que recorriste con la mirada las azoteas de los alrededores, el cruce de la calle en la que vives con la avenida que circula en dirección al mar, las aceras, por las que transita a veces alguien que viene de trabajar en los hoteles o regresa a su casa una pareja acaramelada, pero que en aquel momento lucían solitarias. Y luego, aburrido de ese panorama que tienes más que visto cada noche, te volviste de nuevo hacia el lado del sur, acuérdate, y viste, como cuando saliste por primera vez anoche a la azotea, un filo irisado, el borde de una nube que ardía como si una antorcha lo estuviera alumbrando por detrás. ¡Y era otra vez la barca de la luna que, como si jugara contigo, había vuelto a esconderse tras las nubes, bajo las aguas de aquel mar de allá arriba, y aparecía ahora cautelosa, pero firme, impulsaba su proa con su mascarón de alabastro como si unos grumetes estuvieran tirando de ella con unas cuerdas desde la popa, y parecía ahora aún más decidida a dejar atrás todo aquel mar proceloso! La viste, acuérdate, y era una barca de verdad, o el sueño de una barca de verdad, aunque estuvieras despierto, y transportaba la luz de un lado al otro del cielo, de un mar a otro mar, a través de las montañas, sobre las habitaciones dormidas de los vivos y sobre los dormitorios despiertos de los muertos. Y tú estabas allá, en mitad de la azotea, sin sentirte ni vivo ni muerto, mero testigo de un viaje que duraba milenios, incapaz de montarte en aquella embarcación que, sin embargo, lo sabías, podía llevarte muy lejos, allí donde te esperaban todos aquellos que habían partido antes de ti, todos quienes, después de ti, algún día, habrían de llegar.
viernes, 28 de noviembre de 2025
ENTRADA DESTACADA
A LA VELOCIDAD DEL SILENCIO
El niño ha cruzado ya muchas veces ese pasillo que no se detiene nunca en su vértigo de cristalino aluvión. Como si traspasara las fronter...
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