jueves, 20 de mayo de 2021

LAS FOTOS PERDIDAS DE LISBOA

Recuerdo que hizo muchas fotos. Fotos de la parte baja de la ciudad desde muchas partes altas –y la ciudad estaba llena de partes altas–, fotos mías con la ciudad al fondo, fotos suyas con la ciudad al fondo, fotos de los dos –más escasas, supongo, pedidas a algún transeúnte ocasional– con la ciudad al fondo. Sí, hizo muchas fotos desde muchos lugares distintos de la ciudad. No hacíamos sino caminar, subir en tranvía a las partes altas, buscar miradores, recorrer callejuelas, sentarnos en algún café y, por la noche, recogernos en el hotel. Aquí, en el hotel, empezaba la trastienda del viaje, su reverso, pues todo lo que de día parecía brillante, sonriente, compartido y hasta sensual, en el sentido en que podían serlo una foto en la que él salía con camiseta de asillas o, más escasas, supongo, aquellas en las que salíamos juntos, abrazados, de noche se convertía en oscuro, silencioso, solitario y frío. No teníamos sexo y creo que las últimas noches ni siquiera juntamos las camas para dormir. Lo habíamos intentado, el sexo, la primera noche. Él no se empalmó. Lo intentamos varias veces, pero, a pesar de su juventud, no había nada que hacer contra la flacidez obstinada. Alegaba estar desconcentrado, fuera de su lugar habitual, más pendiente del viaje que de otra cosa. Creo que todo eran mentiras, excusas. La noche que nos conocimos, en una discoteca de Madrid, el sexo había funcionado perfectamente. Claro que él llevaba ya varias horas drogándose y yo lo acompañé durante el resto de la noche. Fue entonces, al terminar lo que parecía una historia prometedora, cuando lo invité a venir conmigo a Lisboa dos días después. Yo tenía programado el viaje tiempo atrás. Iba a alquilar un coche y pensaba conducir las seis horas que separan Madrid de Lisboa. Se apuntó enseguida. El hotel ya estaba reservado (con habitación doble por cualquier eventualidad), la gasolina la pagué yo y a casi todas las comidas, que tampoco fueron muchas, lo invité. Para él fueron como unas vacaciones pagadas. Dijo que le hacía mucha ilusión visitar la tierra de sus ancestros portugueses, la madre  patria. Era uno de tantos brasileños blancos, fibrados, con un toque atezado en la piel y rasgos levemente exóticos, que había conocido en Madrid. Lo que ocurría en el hotel, al regresar de la cena en algún restaurante barato de la ciudad, creo que se debía a que el efecto de las drogas hacía tiempo que se le había pasado y yo ya no le resultaba atractivo. Lo veía sufrir cada noche intentando empalmarse mientras yo lo hacía nada más verlo semidesnudo: me quedaba esperándolo en la cama y, a medida que él daba vueltas por la habitación, dudando si quitarse el resto de la ropa, imaginaba lo que iba a pasar. Él se acercaría en algún momento a la cama, se quitaría los calzoncillos, buscaría excitarse acariciando mi pene, me miraría con ojos entre compasivos y ausentes, falsamente excitados, y acabaría alegando que no sabía qué le pasaba, que nunca antes, que seguro que mañana, que boa noite. Yo, claro, sentía más ganas cada noche y, mientras lo escuchaba dormir en la otra cama, daba vueltas a un lado y a otro mirando a veces la luz de la farola que se reflejaba en la ventana del balcón. No me masturbaba: hubiera sido humillante.

Un día, o más bien una tarde, decidimos ir a buscar hachís. Supongo que la idea surgió como un recurso para alcanzar cierto estado de excitación por medio de esa droga, aunque por su inocuidad no podía compararse con las que habíamos compartido en Madrid, aquellas que nos habían llevado a un grado de salvajismo en la cama –o en la cabina del cuarto oscuro, ya no lo recuerdo– que, al menos yo, recordaba con una nostalgia punzante. Nos fuimos al Bairro Alto, poblado de decenas de cafés alternativos y en cuyas esquinas varios jóvenes, mestizos, blancos y negros, nos sisaban “hachís” cuando pasábamos. Yo había oído que ese hachís que vendían en la calle era de muy mala calidad. Él me creyó. Rechazamos varias propuestas. La desesperación, sin embargo, nos hizo fiarnos a medias de un camello un poco más insistente que los demás, que nos llevó al zaguán de un edificio y nos dio a probar un porro que acababa de hacerse con el hachís que se suponía que ofrecía para la venta. Yo creo que, con algún truco de manos, utilizó realmente otro, pues el porro al que cada uno le robó una calada estaba bastante pasable, mientras que los dos gramos de hachís que le compramos, por mucho que intentáramos encontrarles luego algún sabor, algún efecto, incluso aumentando la dosis que incorporábamos al tabaco, no nos producía absolutamente nada. No sabíamos qué era aquello salvo que había sido una estafa. Habíamos picado tontamente, y eso que estábamos más que avisados y que fue él, el brasileño, hablante nativo de la lengua, quien negoció la operación supuestamente ventajosa. Nos vimos varados en un bar con billares, de aspecto jugendstil, muy colorido aunque un poco mustio en cuanto a la clientela, y nos dio por jugar varias partidas sin chispa. Ninguno de los dos sabía jugar al billar. Nos bebimos un par de copas, también sosas, nos acomodamos en los sillones, esperando a que viniera más gente. Recuerdo que luego, ya de noche, cambiamos a un bar ruidoso tanto por fuera como por dentro. Nos mezclamos con otros turistas. Fingimos alegría. Debimos de comer en algún fast food y más pronto de lo que hubiéramos deseado llegó el momento de volver al hotel, es decir, a la decepcionante impotencia y al cada-uno-por-su-lado.

Tengo totalmente desdibujado nuestro regreso a Madrid. Sí recuerdo que el último día –y es un recuerdo que regresa ahora, mientras escribo– nos fuimos a almorzar, después de visitar el Mosteiro dos Jerónimos, a un enorme y moderno restaurante cercano a la Torre de Belém –fotos y más fotos–. Recuerdo la tristeza del almuerzo. El viaje se acababa y no había tenido ningún sentido. Yo pensaba en todo lo que hubiera podido hacer si hubiera ido solo. En todos los lugares pessoanos, pessanhianos, albertianos, sophiademelobreynessianos, pimentianos, vieiradasilvanos, bentianos y ramosrosianos que hubiera querido visitar, e incluso en alguna sauna de la Avenida da Liberdade que conocía de viajes anteriores, o locales nocturnos como el Finalmente, con sus semipenumbras y rincones, donde bastaba sentarse para suplir la soledad con una conversación difícilmente comprensible pero de rápida traducción en una visita a un hostal por horas. No sé en qué pensaba él, si en sus ancestros los conquistadores y navegantes, en la droga que se agenciaría en Madrid para el siguiente fin de semana o en lo bien que se lo había pasado sacando fotos en un viaje a Lisboa con todos los gastos pagados. Supongo que en el viaje de regreso vendríamos escuchando música. Pararíamos en algún lugar de Extremadura para desayunar o merendar. Siempre es grato volver a escuchar tu lengua cuando has pasado unos días en el extranjero medio mudo y medio sordo. Llegamos de noche a su casa de Madrid, muy cerca de la Puerta del Sol. Era un piso compartido. Por algún motivo no me fui inmediatamente, y él preparó unos espaguetis congelados que comimos en su habitación. Prometió llamarme al día siguiente. Prometió enviarme todas las fotos sacadas en Lisboa. Las había hecho, si no me equivoco, con una cámara digital. Yo tenía mucho interés en esas fotos, pues sabía que eran el testimonio de un viaje que había sido diferente a todos los demás: un viaje en el que, estando acompañado, me sentí todo el tiempo solo. Pensé que debían de haber resultado unas fotos chocantes, reveladoras, incluso con punctum barthesiano alguna de ellas. Después de cenar nos despedimos con afecto aparente. Nunca me llamó. Nunca más volví a verlo. No recuerdo su nombre. Perdí su número en uno de los cambios de móvil que hice por entonces. Esas fotos, sin embargo, existen, estoy seguro. En alguna de ellas aparezco con Lisboa al fondo y un extraño a mi lado, casi un fantasma, un desconocido, un nefasto ligue de tres días.

viernes, 14 de mayo de 2021

ENCUENTRO EN UN HOTEL DE LISBOA

Hay entonces como una sustancia liberadora, pero al mismo tiempo viscosa, que se interpone entre los dos. Su piel es casi albina, desnutrida, amelocotonada al tacto, como sometida suavemente a diario a extrañas radiaciones emblanquecedoras. No sé si llego a tocarla. Difunde junto a la ventana la sensación de una lejanía como no la he sentido nunca. Y, sin embargo, los cuerpos están muy juntos, diría que uno de mis muslos se ha adelantado hasta casi retener su cuerpo por un lado, mientras que mi brazo del lado contrario se apoya en la cortina, sin tocar su cintura, como para retenerlo un instante que dura lo que ninguno de los dos imaginaría nunca que un instante pudiera durar. Tras la ventana, Lisboa. Compartimos un hotel de cierta categoría que nos permite ver tramos de la ciudad decadente, tejados apelotonados que conforman un delicioso entramado en el que querríamos caer como en paracaídas, juntos como estamos, pero sin apenas tocarnos, y aterrizar en el patio interior de una casona, en una pequeña plaza de la Alfama, entre los pináculos radiantes de la estación del Rossio, en algún lugar protegido de la vista de los viandantes que nos permitiera prolongar allá abajo esta escena de hotel inesperadamente íntima. Él me ha invitado a pasar a su habitación, o yo he tocado en la puerta sin haber sido invitado, pero a qué preguntarse ya por detalles como esos. Diría que su habitación es de mayor categoría que la mía, pero no nos sentamos en los sillones, y mucho menos nos atrevemos a aproximarnos a la cama, sino que directamente, vestidos para salir como estamos (pues hemos concertado una cita para salir a cenar), nos dirigimos a la ventana atraídos quizá por la luz que declina, por uno de esos atardeceres en que Lisboa es el lugar de la tierra con más fuego retenido, concentrado en las florestas de nubes arremolinadas en la desembocadura del Tajo, hacia Occidente, como un manantial ferruginoso, una fuente de vertiginosos rubedos: y esa visión nos mantiene tan juntos que bajo nuestra ropa elegante abultan los miembros excitados, no porque nos imaginemos ninguna escena de sexo (¡qué pésimo hubiera sido el sexo con él, pienso siempre!), sino porque hay un arrebato muy extraño en ese momento en que estamos a punto de salir a cenar –no recuerdo de quién surgió la idea– y, sin embargo, nos hemos olvidado por completo de lo que íbamos a hacer y nos quedamos extasiados contemplando el crepúsculo con mi cuerpo enroscado en torno al suyo, pero sin tocarlo, como un dragón inofensivo que rodea a un joven en peligro y, no obstante, resulta más peligrosa su supuesta protección que el peligro real en que el joven se encontraba. Allí, en la habitación de hotel donde nadie nos situaría, donde nadie nos buscaría ni nos descubriría si nuestro rastro se perdiera en la turbia inclinación de Lisboa por las desapariciones, permanecimos con los rostros muy cerca el uno del otro, incluso en algún momento creo haber sentido sus labios sobre los míos, aunque no hay en mi memoria certeza de ello, pues puedo haberlo imaginado muchos años después, pero, en todo caso, en ese recuerdo, inventado o no, subyace la seguridad de que él no ha aprendido nunca a besar, pues son besos dados hacia dentro, sin entrega: besos que intentan torpemente devorar los labios besados y que no saben que los besos suculentos son aquellos en los que los labios se entregan para ser devorados, y entonces, en vez de esa devoración, encuentran a su vez la entrega de otros labios, que deben acoger para volver a devolverla, y así una y otra vez en una pulsión que podría prolongarse hasta el infinito. Pocas veces, pero que me han quedado bien grabadas en la mente, he sentido después esa forma de besar, que por entonces tampoco yo, también estoy seguro de ello, conocía. Éramos casi de la misma altura, pero había una delicadeza en su cuerpo perfectamente definido, una especie de imposible apertura a lo desconocido, que me hacía sentir que podía rodearlo por completo con mi cuerpo y hacerlo sentir pequeño y resguardado dentro de mí. No me hacía falta sentirme realmente dentro de él para saber lo que él habría sentido al sentirme dentro de sí. Esto lo veo, lo percibo ahora mismo en su sonrisa desvalida mientras contempla los resquebrajamientos silenciosos del arrebol lisboeta. Sólo más tarde, mientras cenábamos arroz caldoso en un restaurante popular, sabría quién era: el heredero de uno de los museos más importantes de los Estados Unidos. Su estancia en Lisboa obedecía a una visita de intercambio a la Fundación Gulbenkian. Nunca he hablado de esa extraña melodía que inventamos junto a la ventana del hotel y son muy pocas las veces que la he recordado a lo largo de los años, pero ha estado siempre ahí como para declararme que hubo un momento de mi vida en que el cuerpo tenía otro significado, las conexiones se producían con un nivel de sutileza que pocas veces se ha repetido después y, sobre todo, que lo que allí nos dijimos y yo no recuerdo quedó resonando de algún modo en mí, y quizá también en él, y que las palabras que quedaron sin decirse aún no han sido dichas y probablemente nunca lo serán.

lunes, 10 de mayo de 2021

BOSQUE PARA UN GUERRERO

 













Aquel sol era como el de millones de incendios reducidos a un solo azote leve, continuo, sobre las sienes. Se escondía y se mostraba entre las ramas de los pinos. A veces la sombra alargadísima del cuerpo, detenido para saborear con los dedos un poco de resina anaranjada, parecía querer deslizarse hasta el mar y acompañar al transatlántico que, aunque se estaba despidiendo de la isla, parecía quieto, varado en medio del azul imperturbable del océano. La resina era como una miel, pegajosa, agelatinada, y el árbol la desprendía desde un ojo vertical abierto en la corteza, lágrimas ambarinas, secreción de una vulva impúdicamente expuesta en el más solitario de los pinos, al final de un promontorio, donde el mar parecía tan a mano que hubiera podido recortar el barco que se alejaba para guardarlo en mi colección de naves de miniatura. Y sólo en aquel pino, y no en ningún otro, estaba a la vista esa resina rasposa que me manchó los dedos y por la que acudieron unos cuantos insectos voladores. También aparecieron poco después unos pájaros y se posaron en la rama más alta de otro pino, pero debían de sentirse inseguros allí porque enseguida cruzaron a otro más bajo, y luego a unos arbustos. Su vuelo era ondulante, ascendente y descendente, y no permitía verles los colores del cuerpo, que imaginé turbadores, intensos. Eran tres, cuatro pájaros a lo sumo, seguro que de alguna especie autóctona portadora de secretos milenarios e incomunicables sobre la isla. Veía, cuando el sol me dejaba, el inmenso pinar en lo alto, las copas entretejidas de todos aquellos árboles, y de vez en cuando un ejemplar más alto, espigado, quizá más antiguo o acaso no afectado nunca por incendio alguno. Otras veces, junto al camino, llegué a ver árboles que habían sido rodeados por círculos de piedras. Como si fueran lugares de adoración. Eran pinos especialmente hermosos, bajo los que uno podía imaginar a una pareja celebrando una ceremonia nupcial o a una familia reunida para un cumpleaños. Sentí que retirar una de aquellas piedras hubiera sido como un sacrilegio. También había piedras amontonadas verticalmente en montículos junto a bidones llenos de cemento, sobre todo en algunas zonas sin árboles. No fui capaz de encontrarle sentido a esas señales, si es que lo eran de algo, pues claramente el cemento permitía que a los bidones no se los llevara el viento, pero no veía qué utilidad podía haber en colocar junto a unas piedras amontonadas unos bidones tan pesados. Seguro que la explicación era fácil. No hay más misterios que los que tenemos a la vista. Y es la vista la que crea los misterios. Pensé también que el único sonido, muchas veces, era el del desplazamiento de mis pies sobre la grava del camino: un acompasado martilleo, como el de una azada que va cavando en la tierra, sólo que aquí no era una tumba lo que se formaba, sino el hueco que el cuerpo dejaba camino de la tumba. Ese ruido de los pasos al caminar sobre la tierra era el reverso o el negativo del silencio del cuerpo enterrado bajo tierra. Y saberlo era tranquilizador, pues cuando me paraba y escuchaba el silencio, salvo que zumbara algún abejorro o silbara algún pájaro, era preferible el silencio al sonido de los pasos. Ese silencio se correspondía mejor con el paisaje majestuoso, con el inmenso pinar, con las vaguadas, los calveros, la costa achocolatada entrevista a lo lejos, la gran isla vecina recortada en el horizonte, el mar de un azul profundo, más profundo que el cielo. El silencio y yo no armonizábamos bien. Yo no era sino una perturbación para todo aquello que allí se recortaba perfectamente bajo la transparencia de la luz y un mutismo absoluto. Era mucho más lo que yo obtenía de aquello que lo que podía entregarle, que era nada, o acaso tan sólo un pensamiento invisible, o un texto esbozado en lo difuso de la mente, o unas palabras escritas en una pequeña libreta –y esa libreta, negra, era casi una obscenidad en medio del verde virginal de aquellos bosques–. Así que continué caminando, siempre hacia arriba, pues el camino seguía adentrándose en el bosque, y el bosque ocupaba toda aquella ladera detrás de la cual, lo sabía, se encontraban las calderas volcánicas, los terrenos quemados, las cenizas de antiguas erupciones. Amaba los árboles, con sus ramas retorcidas, nunca iguales, inaccesibles, como si me estuvieran amamantando en aquel mismo instante, y a veces me abrazaba a ellos para saborear sus sabrosas cortezas, dejaba que todo aquel bosque iluminado por un sol que un día se apagaría, según decían, me cegara, me desfigurara, me suprimiera, me hiciera, diría, el amor, y me sentía pequeño en los brazos de los pinos gigantescos, individuos bellísimos que me salían al paso como dioses dispuestos a desnudarme y acariciarme y poseerme. Si jadeaba mientras subía por el camino serpenteante era también porque la pendiente era acentuada y yo no estaba todo lo en forma que había estado en otros tiempos, el cuerpo tampoco era el mismo, quiero decir la edad, la energía, la capacidad pulmonar y cardiovascular. Hacía mucho que ya no era joven, pero no me lo acababa de creer. Pero sacaba fuerzas de flaqueza y seguía caminando, caminando. ¿Quién me hubiera dicho que iba a encontrarme, cerca del final del recorrido, con una casa abandonada? Poco antes, y no lo estoy inventando, había fabulado con escribir una historia que incluía un encuentro en una casa abandonada en medio de un bosque. Esta que encontré era la única casa en muchos kilómetros a la redonda, y estaba completamente aislada. A diferencia de otras muchas con las que me he topado en mis paseos, esta no estaba completamente en ruinas. El tejado no se había derrumbado; y las paredes resistían, aunque muy carcomidas. Todo indicaba que había resistido a lluvias, temporales, vientos y hasta nevadas. En una de las habitaciones había tres asientos hechos con piedras amontonadas. Varias higueras, con higos incipientes en sus ramas, habían crecido frente a la casa, desde la que además se dominaban tres o cuatro bancales de cultivo que en otro tiempo debieron de bastar a la subsistencia de sus habitantes. Todo lo que yo había fabulado estaba al margen de aquella casa que me había salido al paso inesperadamente. Allí podía imaginarme cualquier cosa excepto lo que ya me había imaginado. Es lo que pasa con la realidad: que espanta a la imaginación y la convierte en una réproba, una traidora. Es justamente entonces, al cometer esa traición contra sí misma, cuando la imaginación se confunde con la realidad y nacen los verdaderos relatos. Me senté en uno de los rústicos asientos esperando que apareciera un murciélago desde un rincón del techo o creyendo poder encontrar restos de un crimen o de algún encuentro pasional. En el suelo había multitud de indicios, pero qué sentido tenía ponerse a rebuscar. El sol me esperaba fuera, ahora aún más templado. Seguía iluminando con prestancia el pinar, pero ahora dejaba correr algo de brisa y poco a poco se iba anunciando el momento de volver. La casa parecía un destino no buscado. La fotografié desde diferentes ángulos y distancias, pensando que quizá un día podría olvidarla y que esas fotos, que trazaban como una secuencia de su aparición, me ayudarían a recordarla y servirían, además, para demostrar que el texto que pensaba escribir dejando a un lado lo imaginado tenía su base en experiencias reales. El sol me cegaba cuando las saqué: creo que es mejor así. Sobre el descenso no hay mucho que contar. Lo hice casi sin fijarme en nada. Venía deslumbrado por todo lo vivido, lleno de imágenes que no quería que se disiparan y que, sin embargo, sabía condenadas a desaparecer. Me pareció escuchar unas motos a lo lejos y temí ver perturbada aquella maravillosa soledad. Haber estado allí, después de tanto tiempo encerrado en casa, haber descubierto aquel camino que llevaba directamente al corazón del más hermoso pinar, en un día vibrante, sin una sola nube en el cielo, con el mar en una calma casi irreal, bajo un sol firme pero benévolo, provisto de un cuerpo bien pertrechado todavía para este tipo de excursiones, de un corazón de casi cincuenta años aún capaz de ascensos importantes, y no sentir ni un ápice de intranquilidad, ni un solo pensamiento angustioso, tan sólo la extraordinaria locura de quien se dejaría arrebatar allí mismo y se transformaría gustoso en un pino más, en uno más de aquellos dioses de dulces cortezas: aquello, haber estado allí, no podía olvidarse, pero al mismo tiempo era imposible reproducirlo en el pensamiento o conservarlo en la memoria. Cada segundo debía ser sacrificado y convertido en un simulacro, en una sombra de lo que había sido. Pero eso significaba que había sido vivido, que cada segundo había existido de verdad. El descenso fue apenas un testimonio ofrecido a la autenticidad de lo vivido allí arriba, como si un guerrero, tras las maravillosas e inimaginables batallas de una guerra ya terminada, regresara a casa arrastrando los pies pero seguro de que todo había ocurrido de verdad, de que la vida y la muerte habían jugado con él como si fuera un niño. 

jueves, 6 de mayo de 2021

ROSTROS Y RASTROS DE POETAS

El próximo martes día 11 de mayo, a las 19.30 h., participaré, junto a Aida González Rossi, en una lectura de poemas, presentada por Bruno Mesa, con motivo de la exposición 'Rostros y rastros de poetas'. Se trata de una colección de retratos de poetas canarios elaborados por los fotógrafos Carlos A. Schwartz y Tato Gonçalves. La lectura tendrá lugar en el mismo lugar donde se exponen las obras: el Espacio Cultural La Capilla, de la Universidad de La Laguna. Toda la información, tanto de este como de otros actos paralelos a la exposición, figura en el cartel que comparto aquí. 




viernes, 30 de abril de 2021

ENTREVISTA EN LA REVISTA 'CIPSELAS'

Comparto la entrevista que Antonio Martín Piñero me ha hecho para el número 9 de la revista Cipselas, comandada por jóvenes estudiantes de la Universidad de La Laguna. Puede leerse entre las páginas 34 y 43 en este enlace

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