Un escritor acababa de publicar un libro en el que compilaba los relatos escritos a lo largo de una década. Era un volumen grueso, desmesurado. La editorial le entregó tantos ejemplares que no sabía qué hacer con ellos. Organizó varias presentaciones en las que consiguió vender unos pocos. Regaló casi la mitad a amigos, conocidos, críticos literarios, periodistas culturales, artistas, músicos, políticos, empresarios, clérigos, pilotos de aviación y socorristas. Sin embargo, los ejemplares sobrantes seguían ocupando un amplio rincón de su dormitorio. Un día, temprano por la mañana, tomó la decisión de “liberar” al menos cinco.
1) El primer ejemplar fue depositado en un banco del parque. El escritor dio un paseo circular que al cabo de diez minutos lo volvió a situar frente al banco en cuestión: allí yacía, intocado, el libro. Tras dar cinco vueltas, es decir, tras completar una hora de paseos, aquel ejemplar seguía estando tendido, en la misma posición, en el mismo banco donde el escritor lo había depositado. Entonces decidió tirarlo al contenedor de papel.
2) Un segundo ejemplar fue llevado al pedestal de una estatua que exaltaba los méritos del mayor escritor oriundo de la isla. Allí, frente a la rada, y rodeado de débiles chorros de agua que no lo rozaban, el libro pareció adquirir una nueva dimensión. Brillaba como con luz propia, y de su cubierta parecían desprenderse haces que los paseantes, casi todos varones que practicaban el footing, vislumbraban al pasar. Al cabo de un cuarto de hora, uno de ellos dio un ágil salto hasta el pedestal y, como si hubiera encontrado un lingote de oro, se guardó rápidamente el libro en la mochila.
3) El tercer ejemplar fue trasladado a las escalinatas de la entrada de una vetusta, pero emblemática, institución cultural. Era por la tarde, poco antes de que diera comienzo el concierto mensual en el que la banda de música tocaba, en un salón repleto, pasodobles, jotas, folías y rumbas. A medida que iban llegando los socios, contemplaban, sin agacharse, aquel volumen que algún maleducado había dejado tirado en las escalinatas. Uno llegó a darle un patadón que lo hizo descender atropelladamente unos peldaños, de modo que quedó magullado, con la cubierta doblada y el lomo lleno de rasguños. El presidente de la entidad fue conminado a retirar el libro de lugar tan señalado: cumpliendo órdenes, un bedel bajó hasta la entrada y lanzó el libro al contenedor más cercano.
4) Un cuarto ejemplar fue situado en la terraza de un conocido restaurante. Sobre una mesa en la que se leía el cartel de “reservado”, los camareros no se dieron cuenta de su presencia hasta que sentaron allí a una pareja elegante. Nada más acomodarse, uno de ellos empezó a hojear el libro. Siguió haciéndolo hasta que llegaron los entrantes. En ese momento preguntó si se trataba de una cortesía de la casa, a lo que el camarero sólo pudo asentir con la cabeza. Cuando llegaron los platos principales, el comensal estaba profundamente abstraído en la lectura del volumen, hasta el punto de que su acompañante empezó a carraspear, a revolverse en el asiento, a fumar y a poner morritos. Ya a la altura del postre, el comensal dejó de leer el libro: parecía alelado, transido, extático, como si la lectura lo hubiera dejado fuera de combate.
5) El quinto ejemplar fue transportado a un polígono industrial. Allí, sobre una acera, recibió varias miradas de desprecio, dos escupitajos, tres pisotones, una meada y varias acciones más de difícil clasificación, tanto por parte de seres humanos como de animales callejeros. Fue tal el maltrato que recibió que al final de la mañana se había confundido con el resto de residuos que cubrían la acera.
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