domingo, 19 de junio de 2011
BIOGRAFÍA DE NADIE
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A veces se detiene en las escaleras. Se sienta como si el cuerpo le pesara demasiado para proseguir. El silencio se interrumpe de pronto cuando suena el chasquido del ascensor al que alguien ha llamado. Como si ejecutar el más mínimo movimiento pudiera traducirse en vibración perceptible en el interior del ascensor, permanece completamente inmóvil hasta que lo escucha detenerse unos pisos más arriba. Apenas distingue los pasos de quien ya está abriendo la puerta de su casa. Seguirá unos instantes más en las escaleras: ese incierto escondrijo en fuga, esa desamparada espiral entre su casa y la calle. Otro gallo le cantara si no padeciera fobia a los ascensores.
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En la calle es ya, por fin, el otro que los otros conocen. No el hijo de mamá. No el huérfano del médico importante. No el hermano de sus hermanos muertos de sobredosis. En la calle es solo él, aunque no sea nadie, aunque apenas recuerde su infancia, la turbia adolescencia de inacabables fiestas, de antros mohosos en los que las pibitas solían preferir a sus amigos mientras él se drogaba como quien busca posponer la madrugada —por si acaso la noche accediera, finalmente, a regalarle una prenda. No es que no recuerde todo eso porque lo haya olvidado, sino porque, en cierto modo, continúa viviéndolo, de un modo fragmentario, a fogonazos, cada vez que se achispa. Milagrosamente, logró sobrevivir a aquellos años. No fue, sin duda, cuestión de voluntad. El empobrecimiento, los tratamientos no siempre eficaces pero persistentes, las muertes disuasorias de sus hermanos, el envejecimiento: todo contribuyó a que se convirtiera en un superviviente cuyo único consuelo es acabar las noches en brazos del alcohol.
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Tuvo siempre cara de niño. De niño ajado por la vida. Su pelo rubio de niño mimado por una madre perdida en vagos ensueños de grandeza. Sus ojos azules que conservaban un resto de inocencia cuando, convulsos o abotargados tras una noche al raso, miraban sin ver a los vecinos que se cruzaban con él en el portal. Allí, en el portal, se sentaba por la mañana. A su lado descansaba siempre la última lata de cerveza. No hablaba solo, pero había algo de conversación solitaria en su postura, como si creyera seguir enredado en alguna disputa toscalera de bar pringoso de la zona del puerto. El portal era el preámbulo del infierno. Y, como todo preámbulo, requería ser prolongado en la ilusión de sortear lo que vendría a continuación.
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El infierno era, de nuevo, la casa. Los pasillos interiores eran ahora, si cabe, aún más tenebrosos. Las losetas moradas se tragaban su sombra renqueante a medida que subía hasta el quinto piso donde vivía con su madre. Las paredes, en las que iba apoyándose como si estuviera cargándose a sí mismo, le raspaban la piel. Pensaba que estaban hechas para eso, esas paredes ásperas, para que la piel de sus brazos y de sus mejillas, maltratada, manchara levemente de sangre las sábanas limpísimas en las que iba a acostarse. Abría silencioso la puerta. Pretendía que su madre, en pie desde temprano y con el delantal ya puesto en el trajín de la cocina, no lo escuchara llegar hasta su cuarto. A veces ni siquiera la saludaba al llegar.
martes, 4 de enero de 2011
EINE DEUTSCHE FRAU
viernes, 8 de octubre de 2010
EL HUÉSPED
viernes, 30 de julio de 2010
EL HIPNÓFILO
El hipnófilo va circulando por los pasillos vestido únicamente con una toalla en la cintura. Se detiene en la puerta de cada una de las habitacioncitas donde duermen más o menos confiadamente sobre sucios colchones hombres de todas las edades. Con la mano apoyada en el marco de la puerta, parece velar el sueño de cada uno de ellos: así lo indica el rictus de arrobamiento y de concentración que aflora siempre en su cara. Sin embargo, lo que hace no es velar, sino adorar. En algunos umbrales se detiene algo más. Es en ellos donde se recrea. Recorre entonces el cuerpo inerme con ojos desorbitados, pasea su mirada por los pliegues, por la forma en que las piernas inauguran la línea sinuosa que acabará en la cabeza. Adorables cuerpos dormidos boca arriba, de lado, boca abajo. Cuerpos que susurran como si atravesaran un bosque, cuerpos que rugen como si lucharan contra gladiadores o dragones, cuerpos que silban como si flotaran en lo alto del mástil de un galeón, cuerpos silenciosos como si se estuvieran adentrando en galaxias desconocidas. El hipnófilo suda. Contiene la respiración. Quisiera dar el paso que lo separa del cuerpo doblegado a su alcance, pero no se atreve. Él no es el ángel exterminador. Despertarlo sería destruirlo. Acariciarlo sería maltratarlo. Ese cuerpo que duerme desnudo boca arriba mientras ostenta sus imponentes atributos. Ese otro que duerme desnudo boca abajo apuntando al hipnófilo con sus nalgas de estatua. Ese tercero que lo esconde todo mientras duerme no porque enseñarlo sea vergonzante sino porque desconoce incluso el poder que contiene lo que oculta. A nadie molesta el hipnófilo porque a nadie toca y porque ninguno de sus objetos de deseo, salvo los que fingen dormir, tramposos, percibe sus miradas, nota su aliento desatado, el sudor que cae por su piel. No se siente nunca rechazado, pero tampoco deseado. Puede mirar hasta la saciedad sin ser mirado, y no del modo furtivo en que un voyeur tiene que esconderse para observar, sino abierta y hasta inocentemente. Su delicia es el cuerpo tumbado y casi desposeído de sí, el cuerpo que ha entrado en otra vida que no es aún la muerte pero que se le parece: la vida misteriosa del sueño. Su mayor enemigo es el insomnio, pero puede decirse (o él lo cree así) que ha logrado vencerlo, pues todo el mundo parece dormir menos precisamente él. Y, en efecto, se diría que el hipnófilo es el insomne perfecto, pues prefiere siempre ver dormir a los demás antes que dormir él mismo.
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