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domingo, 19 de junio de 2011

BIOGRAFÍA DE NADIE

La vida está siempre afuera. Por eso el primer territorio de la búsqueda son los pasillos interiores, las deslizantes losetas moradas que una luz tenue ilumina a todas horas. Cuando sale de casa y se encuentra allí, en medio de los pasillos interiores, siente que su vida comienza a palpitar.

*

A veces se detiene en las escaleras. Se sienta como si el cuerpo le pesara demasiado para proseguir. El silencio se interrumpe de pronto cuando suena el chasquido del ascensor al que alguien ha llamado. Como si ejecutar el más mínimo movimiento pudiera traducirse en vibración perceptible en el interior del ascensor, permanece completamente inmóvil hasta que lo escucha detenerse unos pisos más arriba. Apenas distingue los pasos de quien ya está abriendo la puerta de su casa. Seguirá unos instantes más en las escaleras: ese incierto escondrijo en fuga, esa desamparada espiral entre su casa y la calle. Otro gallo le cantara si no padeciera fobia a los ascensores.

*

En la calle es ya, por fin, el otro que los otros conocen. No el hijo de mamá. No el huérfano del médico importante. No el hermano de sus hermanos muertos de sobredosis. En la calle es solo él, aunque no sea nadie, aunque apenas recuerde su infancia, la turbia adolescencia de inacabables fiestas, de antros mohosos en los que las pibitas solían preferir a sus amigos mientras él se drogaba como quien busca posponer la madrugada —por si acaso la noche accediera, finalmente, a regalarle una prenda. No es que no recuerde todo eso porque lo haya olvidado, sino porque, en cierto modo, continúa viviéndolo, de un modo fragmentario, a fogonazos, cada vez que se achispa. Milagrosamente, logró sobrevivir a aquellos años. No fue, sin duda, cuestión de voluntad. El empobrecimiento, los tratamientos no siempre eficaces pero persistentes, las muertes disuasorias de sus hermanos, el envejecimiento: todo contribuyó a que se convirtiera en un superviviente cuyo único consuelo es acabar las noches en brazos del alcohol.

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Tuvo siempre cara de niño. De niño ajado por la vida. Su pelo rubio de niño mimado por una madre perdida en vagos ensueños de grandeza. Sus ojos azules que conservaban un resto de inocencia cuando, convulsos o abotargados tras una noche al raso, miraban sin ver a los vecinos que se cruzaban con él en el portal. Allí, en el portal, se sentaba por la mañana. A su lado descansaba siempre la última lata de cerveza. No hablaba solo, pero había algo de conversación solitaria en su postura, como si creyera seguir enredado en alguna disputa toscalera de bar pringoso de la zona del puerto. El portal era el preámbulo del infierno. Y, como todo preámbulo, requería ser prolongado en la ilusión de sortear lo que vendría a continuación.

*

El infierno era, de nuevo, la casa. Los pasillos interiores eran ahora, si cabe, aún más tenebrosos. Las losetas moradas se tragaban su sombra renqueante a medida que subía hasta el quinto piso donde vivía con su madre. Las paredes, en las que iba apoyándose como si estuviera cargándose a sí mismo, le raspaban la piel. Pensaba que estaban hechas para eso, esas paredes ásperas, para que la piel de sus brazos y de sus mejillas, maltratada, manchara levemente de sangre las sábanas limpísimas en las que iba a acostarse. Abría silencioso la puerta. Pretendía que su madre, en pie desde temprano y con el delantal ya puesto en el trajín de la cocina, no lo escuchara llegar hasta su cuarto. A veces ni siquiera la saludaba al llegar.

martes, 4 de enero de 2011

EINE DEUTSCHE FRAU

Acaso la coincidencia de su nombre con el de la protagonista de unos idílicos dibujos animados que nos tenían hechizados cuando éramos niños suavizaba la aspereza de su trato, el rudo recibimiento que alguna vez nos dio cuando tocábamos el timbre de su apartamento para que sus hijos nos acompañaran en nuestras expediciones infantiles a lo largo y a lo ancho de la urbanización. Su voz ronca pronunciaba con dificultad nuestro idioma; a pesar de que debía de llevar media vida entre nosotros, no lo había aprendido sino a un nivel muy básico, como si su lengua nativa la mantuviera aprisionada en un mundo del que, en el fondo, tampoco ella estaba segura de querer liberarse. Su apartamento no dejó nunca de sorprendernos, las dos o tres veces que estuvimos en él, porque el suelo estaba cubierto de moqueta y porque era tal el abigarramiento del vestíbulo y del salón que casi nos sentíamos mareados después de permanecer unos segundos allí. Nos resultaba curioso que su apartamento, del todo idéntico por fuera a los de nuestros padres, pudiera albergar en su interior un mundo tan distinto, un aroma extraño, señales de un origen lejano, referencias a una vida que no era ni había sido como la de nuestros padres. Tenía algo de bruja, de dama solitaria caída en desgracia, de madre celestina que tal vez un día había sido joven, de prostituta envejecida, de gruñona madrastra de cuentos de hadas. Un día, mientras ella iba a la cocina para buscar algo que debíamos llevarles a nuestras madres, leímos furtivamente una lista de nombres masculinos que se encontraba junto al teléfono en la mesita del vestíbulo. Elucubramos, como niños diabólicos que éramos. Acaso llegamos alguna vez a preguntar en nuestras casas por ella, a qué se dedicaba, quién era el padre de sus hijos, pero cualquier respuesta obtenida, si alguna se obtenía, venía envuelta en velos, disimulada por el silencio que cubre aquello de lo que no puede o debe hablarse. Sus hijos eran y no eran nuestros amigos. Parecían estar muy apegados a su madre y, al mismo tiempo, desear siempre salir de aquel ambiente opresivo del apartamento enmoquetado. Se casaron pronto, y ella se quedó sola. En mis esporádicas visitas a la urbanización, en todos estos años que han pasado desde entonces, la he visto con frecuencia entrar y salir del apartamento, siempre sola, cada vez más gruesa y avejentada. Casi nunca me ha reconocido, e incluso yo he hecho lo posible por pasar desapercibido —oculto tras mis gafas de sol, en aparente duermevela en una hamaca de la piscina. No eran ya los tiempos en que estábamos todos juntos, aquellos niños diabólicos, un día tras otro del verano. La soledad de ella se fue convirtiendo, creo, en un abandono cada vez más acusado. Murió sola, el otro día. Su hijo mayor encontró su cadáver en el apartamento. Una investigación rutinaria confirmó que había muerto por causas naturales.

viernes, 8 de octubre de 2010

EL HUÉSPED

Aunque viniera de lejos —del otro extremo del mundo— podíamos comunicarnos en una lengua que ambos habíamos aprendido por razones diversas: él, porque en su país era obligatoria en la educación primaria y secundaria; yo, porque había pasado unos años de mi vida en un país donde se hablaba esa lengua. Si le propuse que se quedara unos días conmigo, que se instalara por una corta temporada en mi casa —en un pequeño cuarto que yo no utilizaba—, no fue solo porque supe que había dejado el hotel en el que había pasado las primeras noches en nuestro país y estaba buscando habitación, sino también porque sus ojos me encandilaron a la primera mirada: sentí que me decían algo que yo debía intentar descifrar, aunque muy bien podría estarme equivocando —pensé también desde el principio— al vislumbrar en ellos otra cosa distinta de su brillo exterior. Nunca le había abierto tan rápidamente las puertas de mi casa a nadie; era incluso bastante celoso con mi intimidad, pues después de tantos años como llevaba viviendo solo cualquier insinuación de convivencia me parecía una intrusión que debía evitar. Así que la noche en que lo estaba esperando —me había llamado para confirmarme que vendría, pero tenía que ir al hotel a recoger su equipaje, y luego tomaría un taxi hasta mi casa—, fue extraña para mí: de pronto, por un arranque de hospitalidad tal vez extravagante, alguien estaba a punto de abrir una brecha en el caparazón que yo había ido labrando, consciente o inconscientemente, a lo largo de muchos años; temía el desequilibrio que eso conllevaría; pero, por otro lado, había asimismo una emoción indefinible, la sensación de que esa brecha y ese desequilibrio acabarían con cierto letargo, con una especie de insensibilidad en la que había ido hundiéndome sin duda como un modo de protección frente a lo que consideraba un sinfín de amenazas invisibles —no contra mi integridad física, sino contra mi salud mental o espiritual. Así que me encontraba en una encrucijada y el único culpable era yo. No había, es verdad, ninguna intención en mí más que la de brindar un sitio de tránsito a alguien que, en su juventud y en su relativo desamparo, me recordaba a mí mismo cuando tenía su edad y deambulaba por las ciudades de un país extranjero. Pero no menos cierto es que fantaseaba con la posibilidad de una convivencia más larga, con el desencadenamiento de una serie de encuentros, de aproximaciones, que esa misma convivencia podría propiciar, sin que a la vez quisiera pensar que mi finalidad al proponérsela hubiese sido precisamente tenderle una trampa de la que le fuera difícil escapar. Buscaba reforzar en mí la creencia de que lo único que ocurría era que, de pronto, mi soledad había encontrado la ocasión perfecta para ponerme a prueba, para preguntarme si estaba ya saciado de ella o si el amor que le profesaba —por decirlo de algún modo— era más fuerte que la monotonía que ella me imponía. Me vi obligado a recoger un poco el cuarto que iba a cederle: solo me servía para ir acumulando trastos que no usaba. Recogí un poco mi mesa de estudio, la cocina, el baño. Me afeité. Vaporicé un poco de ambientador en el aire. Todo lo demás lo dejé como estaba. Me consideraba muy lejos de batir ningún récord de limpieza y de orden, pero tampoco vivía en una leonera. Luego me senté a esperar. Me di cuenta de que era incapaz de ninguna actividad que requiriera concentración, tranquilidad y despreocupación. Aquella ansiedad me paralizaba al mismo tiempo que me vigorizaba. Cuando escuché el sonido del portero automático —estaba en el baño, pasándole un último trapo al lavabo—, me dije que todo aquel tiempo de espera había terminado y que en cuanto subiera las escaleras y me lo encontrara con su maleta en el umbral de mi puerta empezaría otro tiempo distinto, desconocido.

viernes, 30 de julio de 2010

EL HIPNÓFILO

El hipnófilo va circulando por los pasillos vestido únicamente con una toalla en la cintura. Se detiene en la puerta de cada una de las habitacioncitas donde duermen más o menos confiadamente sobre sucios colchones hombres de todas las edades. Con la mano apoyada en el marco de la puerta, parece velar el sueño de cada uno de ellos: así lo indica el rictus de arrobamiento y de concentración que aflora siempre en su cara. Sin embargo, lo que hace no es velar, sino adorar. En algunos umbrales se detiene algo más. Es en ellos donde se recrea. Recorre entonces el cuerpo inerme con ojos desorbitados, pasea su mirada por los pliegues, por la forma en que las piernas inauguran la línea sinuosa que acabará en la cabeza. Adorables cuerpos dormidos boca arriba, de lado, boca abajo. Cuerpos que susurran como si atravesaran un bosque, cuerpos que rugen como si lucharan contra gladiadores o dragones, cuerpos que silban como si flotaran en lo alto del mástil de un galeón, cuerpos silenciosos como si se estuvieran adentrando en galaxias desconocidas. El hipnófilo suda. Contiene la respiración. Quisiera dar el paso que lo separa del cuerpo doblegado a su alcance, pero no se atreve. Él no es el ángel exterminador. Despertarlo sería destruirlo. Acariciarlo sería maltratarlo. Ese cuerpo que duerme desnudo boca arriba mientras ostenta sus imponentes atributos. Ese otro que duerme desnudo boca abajo apuntando al hipnófilo con sus nalgas de estatua. Ese tercero que lo esconde todo mientras duerme no porque enseñarlo sea vergonzante sino porque desconoce incluso el poder que contiene lo que oculta. A nadie molesta el hipnófilo porque a nadie toca y porque ninguno de sus objetos de deseo, salvo los que fingen dormir, tramposos, percibe sus miradas, nota su aliento desatado, el sudor que cae por su piel. No se siente nunca rechazado, pero tampoco deseado. Puede mirar hasta la saciedad sin ser mirado, y no del modo furtivo en que un voyeur tiene que esconderse para observar, sino abierta y hasta inocentemente. Su delicia es el cuerpo tumbado y casi desposeído de sí, el cuerpo que ha entrado en otra vida que no es aún la muerte pero que se le parece: la vida misteriosa del sueño. Su mayor enemigo es el insomnio, pero puede decirse (o él lo cree así) que ha logrado vencerlo, pues todo el mundo parece dormir menos precisamente él. Y, en efecto, se diría que el hipnófilo es el insomne perfecto, pues prefiere siempre ver dormir a los demás antes que dormir él mismo.

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