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domingo, 26 de noviembre de 2017

T(R)AC / TO: O DE CÓMO CONVALECER MIENTRAS SE GUARDA UN SECRETO

Una de las lecciones del arte contemporáneo es la siguiente: los espacios expositivos son parte de la exposición, forman –o deberían formar– una unidad con lo que en ellos se muestra, sean piezas o cuerpos en movimiento, cuadros o esculturas, fotografías o instalaciones, la música o la nada. Sin embargo, con demasiada frecuencia en el arte expuesto en Canarias se percibe un cierto o completo desinterés por este principio que requiere aunar el contenido y el continente, poner a dialogar el lugar y la obra, hacer que lo expuesto brote del espacio que lo porta y que el espacio se transforme en lo que allí se traza sobre él. Sorprende, por eso, de forma muy especial encontrar una exposición que explore los límites del principio señalado hasta extremos poco transitados. Cuando esto ocurre nos decimos que el artista ha arriesgado sobremanera, que ha cruzado límites normalmente infranqueables o que la potencia de sus visiones lo ha llevado a recrear los espacios mediante su propia obra, que en estos casos no suele diferenciarse mucho de su propio cuerpo.


Es por el cuerpo, quizá, por donde tendríamos que empezar a reflexionar en torno a la fascinante exposición Trau / ter, de Jesús Hernández Verano. Un cuerpo escindido, como el título de la propia exposición parece ya indicar. Un cuerpo partido en dos: el propio y el ajeno. Un cuerpo doble, doblegado, duplicado. Un cuerpo forzado a incorporar otro. Quizá una de las claves –al menos en mi lectura personal– de esta exposición tiene que ver con esa necesidad del cuerpo propio de recuperar una relación natural, dulcificada, con el cuerpo de los demás. Ha habido, percibimos, un trau / ma, una trama cuyos pormenores desconocemos, pero que nos permite asomarnos al abismo de una escisión: el grito desencadenado por la partición del cuerpo, por el re / parto forzoso del cuerpo propio en el ajeno, es decir, por la incorporación empática, frágil, de la propia carne en filamentos decididamente extraños –pero sentidos como propios–, se refleja en el espacio de un modo tan impactante como en la pieza que da título a la exposición: trece puntales de obra sostenidos por sábanas contra las paredes de la sala como si formaran una maraña de voces que se disparan, de gritos que se ahogan, imbricados, alocuciones en el interior de los cuerpos, de un cuerpo a otro, a través de las sábanas, infiltraciones en un aire que se ha vuelto irrespirable de tan lleno de tensiones como está. Las tensiones –frágil equilibrio, movimiento congelado, ocupación aparentemente azarosa del espacio– introducen al espectador en una trama trau / mática, en una fantasmagoría de interpolaciones. El espectador avanza. Es un lugar de difícil acceso. Aventura un pie y el otro queda desequilibrado. Su cabeza se dobla para poder pasar, pero aún está a medio camino. El pie que dejó atrás se introduce en un hueco. El hueco lo descompensa, hace que el pie no pertenezca ya al mismo cuerpo, la cabeza queda atrapada entre dos vigas y se desliga del tronco, que consigue avanzar hasta el siguiente intersticio. El primer pie está a punto de alcanzar el borde, la pared del fondo, mientras el primero intenta tirar de la cabeza que quedó desgajada en una postura bastante poco cómoda. ¿Qué tratamos de decir con esto? Hay múltiples posibilidades en esta trama traurig* (triste, en alemán), esta pesadumbre de vigas metálicas sucias en las que el cuerpo se enreda para sentir una especie de desmembramiento o quizá un deseo vivísimo de huida. Una vez que has llegado al final te preguntas por qué no lo abordaste desde el otro lado, pero para llegar hasta allí habría ahora que volver a salir –salir con todo el cuerpo de la trama del cuerpo–, y qué pereza. Es curioso, nos preguntamos, haber empezado por este lado de la exposición, el lado del trauma, al menos del trauma más visible, enhiesto, arborescente. Quizá apenas nos hayamos fijado, mientras tanto, en dos cortezas de bronce, una a cada lado, como guardianas del abismo o figuras situadas a las puertas de la ley: extraídas o, casi mejor, soñadas en un bosque, emblemas de la pacificación y al mismo tiempo máscaras quemadas, su sinuosa trama es distinta de aquella a la que anteceden. Quien alguna vez, paseando por el bosque, ha llegado hasta un pino quemado –hay tantos, y están allí como esperándonos– y ha tocado la corteza, sabe que la ceniza que desprenden esconde una pureza: basta levantar una capa de corteza para encontrarse un mundo intacto, un mundo que sobrevivió al desenfreno de las llamas y espera con su color de carne de árbol la mano que lo toque, la desorganizadora de las identidades, la piadosa. 

Tacto, tracto es nuestra vida. Conductos que llevan de una zona a la otra. Antes de todo esto, no lo hemos olvidado, existe un umbral. Palabra fácil de pronunciar, difícil de pensar. El umbral físico es aquí una pieza de tela blanca colgada a la entrada de la sala. Con su aire japonés, o en cualquier caso zen, parece decirnos que lo traspasado somos nosotros mismos, el instante que somos y no somos, el cuerpo abrazado a la tela y el que se desembaraza de ella. Quizá hubiéramos hecho mejor en quedarnos allí, en el interior de esa tela, que de hecho dispone de pliegues como para acogernos. Quizá todo lo demás forma parte de un trasfondo demasiado personal: de algún modo, parece decirnos que hemos de entrar allí protegidos y dispuestos a desguarnecernos, atentos a los detalles y no pendientes de nada en concreto, respetuosos ante lo ajeno y a la vez dispuestos a hacerlo nuestro, a incorporárnoslo.

Una vez dentro, las ventanas clausuradas por telas blancas, finísimas, tapizan la luz y conforman un mundo desiluminado. Caemos en la desubicación: estamos dentro, pero no hay afuera. Estamos en una especie de dentro absoluto, pero dentro de ese dentro hay capas que atravesar, afueras dentro de las cuales no se debería entrar, adentros fuera de los cuales no convendría salir. Es a esto a lo que me refería al principio cuando decía que el artista ha reinventado con su cuerpo el espacio. Lo ha purificado para contaminarnos. Se ha esterilizado para que nos contagiemos. Trauma, trampa. Cuanto más en silencio se permanezca en este espacio, tantos más alaridos se escucharán, más llantos. Permanecer quietos aquí dentro es traicionarnos a nosotros mismos, pues todo invita a derramarse, a desvanecerse, a infiltrarse en un lugar, en otro. Prosigamos, pues.


Tal vez todo nos lleve ahora, después de la maraña de la que nunca logramos salir del todo, al otro lado de la sala. Como unas ramas de oro, sin árbol que las sostenga, sin cortezas ahora, meras inscripciones doradas, surgen en la pared unas marcas. Es una pieza casi invisible, pero reveladora: revela lo que la pared contiene, un trasluz de sangre dorada, una articulación de trazos desgarrados. Estamos ahora fuera del cuerpo, que ha querido inscribirse ahí, en la propia pared, en un vaivén de venas que chorrean, ramas desnudas que fueron purificadas tras sangrar durante mucho tiempo. Es el mundo después de la corteza.


Y empezamos a escuchar. Oímos la sonoridad del desgarro: el punzón hiere la carne y la carne se deshoja en ramas verticales, como si fueran la filigrana de un descendimiento. Si antes había que tener cuidado, es decir, literalmente, practicar el cuidado de uno mismo y el de los demás, sobre todo en lo que a los aspectos más delicados del cuerpo se refiere, ahora nos adentramos en el terreno de lo sin cuidado. Nos trae sin cuidado desgarrarnos, abalanzarnos contra el muro del tiempo, pues lo importante ahora no somos ya nosotros, sino una cierta purificación que consiste en desistir de nosotros. En esa carga y descarga contra la pared, una vez apuntalado el dolor, incorporado como la verdad última del cuerpo, no nos importa ya sino sentir el desgarro, un desgarro que no es ya de nadie, un desgarro sin sujeto, que flota contra el muro y es el más paradójico sinónimo de la pureza. La desgracia como reverso del más irreprochable amor. Lo incuestionable nos sale al paso ahora como una flor dorada abierta en medio de la rotura: es una flor hecha de rotura.


Entre el desfondamiento y la recuperación, entre la respiración y la maraña, Trau / ter nos lleva hasta un territorio en el que al dolor se le han habilitado respiraderos, drenajes, vías de escape para salir, quizá, a un mundo igualmente desesperado, pero dotado ya de mecanismos capaces de regular la desesperación, o de hacer al menos que esta no se desboque. Escribo todo esto con tinta roja, y me doy cuenta de que el rojo, que no existe en la superficie de esta exposición, es el ausente pensado, el fantasma exorcizado. Quizá esas sábanas estuvieron un día manchadas de rojo y ahora las soñamos blancas, lo mismo que el umbral que parece interponerse entre nosotros y ese mundo construido al calor o al abrazo de lo atroz: estuvo manchado durante mucho tiempo de sangre, pero se nos ofrece lavado, prístino, porque, ¿qué otra cosa sino un testimonio de curación es todo esto que aquí dentro ocurre, desgracia aventada lejos, purga de todos los amaneceres sombríos.*

* Jesús Hernández Verano, Trau / ter, Sala de Exposiciones del Ateneo de La Laguna. Del 6 de octubre al 1 de noviembre de 2017. Texto publicado en La Opinión de Tenerife el 20 de noviembre de 2017.

jueves, 27 de agosto de 2015

CHISPAZO

Se trata tan sólo de una de esas cosas que uno entrevé al pasar, casi siempre en un cruce de calles, de un rápido vistazo, por medio quizá de la cruz que forman la calzada y un bloque de viviendas, uno de esos chispazos que se quedan luego revoloteando en la mente, reconcomiéndose en el interior de sí mismos, como si un chispazo pudiera tener bordes y todo un laberinto de capas que se superponen y como si, en esos pocos instantes en los que el chispazo se prolonga en nuestra mente, esta recorriera muchas de esas capas en busca de un ilusorio origen, en pos del núcleo original de ese chispazo, un núcleo que no existe, un fondo que no es más que un abismo, como esa trastienda desvencijada en la que acaban cayendo todos los recuerdos, tarde o temprano, para descomponerse y desaparecer: una de esas cosas que se entrevén al pasar y que contienen acaso mucha más verdad que todo lo que vemos con claridad en los momentos plenos de la vida, pues esa verdad, por frágil que sea, por inasible que nos parezca –pues enseguida se disipa y nos quedamos tan sólo con la sensación de haber vivido un mero escarceo con la verdad y no un auténtico encuentro con ella–, nos reconforta y nos suspende, nos conmueve y nos turba como no consiguen hacerlo tantos momentos aparentemente verdaderos que no son, a poco que se raspe su engañosa superficie, sino un mero, prescindible relleno. Se trata, digo, de una de esas cosas que la vida nos brinda como con desgana, a hurtadillas, clandestinamente, en un momento de iluminación que no acabamos de comprender porque entendemos que algo así no ocurre en un mundo como el nuestro, o porque creemos que no lo merecemos o simplemente porque no nos sentíamos preparados para recibirlo. No se trata, sin embargo, de nada extraordinario, de nada que no podamos encajar sin apenas notarlo y seguir caminando como si tal cosa, de nada definitivo o insoportable, de nada brusco o peligroso. O quizá sí, quizá se trate de algo definitivo, insoportable, brusco y peligroso pero no nos damos cuenta en ese momento, es decir, de algo que se dulcifica en el instante de darse, de algo que esconde su lado menos amable para que lo acojamos como un regalo que nos conviene y nos emociona. Se trata tan sólo de una de esas cosas, fundamentalmente paradójicas, que ocurren pasado mucho tiempo, como si para darse hubieran tenido que tejerse durante años las telas de múltiples arañas y entonces, en un momento preciso que hubiera podido no llegar, zas, la conjunción insólita de todas esas telas en una posición concreta en la que el sol incide solo un segundo para obtener un súbito reflejo procura, zas, que ocurra algo, zas, que algo se revele, zas, el prístino instante de la revelación inesperada. Se trata, creo saber ahora, de algo que ocurre una sola vez en la vida, de algo que puede dejarse pasar para que la vida continúe como estaba previsto que lo hiciera o de algo que puede capturarse al vuelo, como con un cazamariposas, para dejar que continúe luego su viaje después de habernos impregnado el alma con su maravillosa y turbadora y obsesiva y letal pigmentación. Se trata de algo así, de algo que se cruza con nosotros cuando vamos, por ejemplo, a comprar unos tornillos a la ferretería, o cualquier otra cosa en cualquier otro negocio, algo que, por haber girado la cabeza en el momento oportuno, se adelanta y nos dice que sí, que en ese mismo lugar que ahora ocupamos  –con la leve y efímera manera de ocupar un lugar que es propia de los hombres–, podemos asistir, desde el otro lado del tiempo, a lo que fuimos, a lo que éramos cuando aún no había tenido tiempo el tiempo de perseguirnos hasta aquí, asomarnos como desde una ventana repentina, espiar como a través de una mirilla horadada en las puertas del tiempo el tiempo sin tiempo que nos fue dado vivir ahí mismo, unas pocas calles más allá, en el mismo barrio, y sentir cómo era todo lo perdido y cómo, si lo perdimos, fue para llegar a sentirlo perdido como ahora y poder, no recuperarlo, sino precisamente sentirlo perdido y, de algún modo, recobrarlo. Se trata de algo así, de algo entre la sumisión y la revuelta, entre la pérdida y la gloria, entre el desconocimiento y la iluminación, una de esas cosas que uno entrevé al pasar y luego, casi siempre, termina olvidando. 

jueves, 13 de marzo de 2014

EL HERPES


Hoy ha vuelto a aflorar el herpes zóster. Hace un tiempo que creo que su periodicidad tiene que ver con los recuerdos de aquello, pero lo que me genera algunas dudas es que no siempre esa periodicidad ha sido igual de regular. Cuando la doctora me preguntó con qué frecuencia aparecía, estuve dudando unos instantes. “Entre dos y tres meses” fue mi respuesta. Pero sabía que no siempre había sido así. Las ampollas con que se manifiesta suelen ser tres, cuatro, cinco. En ocasiones han aparecido solo dos y muy raramente una sola o más de cinco. Las primeras veces —pero esto lo recuerdo ya muy vagamente, como si hubiera ocurrido en otra vida, en otro cuerpo o simplemente en sueños— las ampollas brotaron en el dedo anular de la mano izquierda, a media altura, entre la primera y la segunda falange. Pero un día abandonaron el dedo para siempre y se trasladaron a la palma de la mano. Allí han seguido surgiendo, año tras año, hasta ahora. Las ampollas que han brotado hoy son cuatro. Están situadas entre las dos rayas centrales, casi en el centro exacto de la palma. Son como un pequeño campamento levantado en medio de dos ríos. El proceso es siempre el mismo: el primer día apenas si se notan salvo por una ligera comezón acompañada de un leve enrojecimiento; luego, entre el segundo y el tercer día, crecen, se llenan de lo que yo pensaba que era pus pero, según la doctora, no es más que el líquido propio que producen las ampollas del herpes zóster; hacia el cuarto día ese líquido parece haber sido absorbido por el interior de la piel y las ampollas se endurecen, se agrandan y dejan de arder; al quinto o sexto día, adquieren una ligera costra de piel reseca y, en lo que había sido la protuberancia ardorosa, aparece ahora una bolsita crujiente que luego, al séptimo u octavo día, acaba cayéndose y dejando entrever la piel nueva que se ha formado debajo y que, inequívocamente, es de un color más sonrojado que la que la rodea. Al principio, cuando aún no sabía que se trataba de un herpes, pinchaba las ronchas con un alfiler al segundo o tercer día, dejaba que saliera lo que yo creía que era pus, limpiaba por dentro, con alcohol, los agujeritos que se formaban, les recortaba con un cortaúñas la piel de los bordes, dejaba al aire esos pequeños cráteres cuyo origen desconocía y terminaba así, de un modo tan brutal y, según creía yo entonces, efectivo, con esas intromisiones en mi extremidad superior izquierda. Llegué a pensar, cuando aún no sabía que se trataba de un herpes, que aquella saña, aquella intolerancia mía del principio, había podido ser la causa —o una de las causas— de que las ronchas no hubieran dejado de aparecer. Pero la doctora me dijo que los herpes se caracterizan por eso: por que permanecen siempre ahí, en estado latente, y afloran periódicamente en la misma zona del cuerpo. Así que ahora convivo con él. Sigo pensando que sus apariciones no tienen nada de casual, que son los recuerdos de aquello los que lo convocan y atraen, o al menos los que lo hacen abandonar su “estado latente”. Unos recuerdos como esos no regresan de balde. Tampoco, y aunque a veces me lo propongo y creo casi conseguirlo, resulta fácil borrarlos. Me digo que el precio que tengo que pagar es mínimo, que, en definitiva, mientras el herpes se limite a esas tres, cuatro o cinco ampollas de nada en la palma de la mano izquierda, será inocuo e indoloro. He oído hablar, sin embargo, de herpes que afectan a regiones más sensibles, o que atacan con más virulencia zonas como las caderas, los genitales, incluso los ojos o la boca. Ahora, a diferencia de como lo trataba al principio, he acabado mimando a mi herpes, lo unto con una crema que me recetó la doctora, lo vigilo y protejo durante todo el proceso, incluso diría que, cuando tarda en regresar, me preocupo y me inquieto. Forma parte de mí. Hasta ahora —y ténganse quienes estén leyendo esto por privilegiados— nadie sabía de su existencia y, en cierto modo, constituye una marca que, si he de creer a la doctora, permanecerá indeleble hasta el final de mis días, por lo que, en momentos como este, cuando surge de nuevo, bendigo siempre su precaria lealtad, que me acompañará mientras pueda afirmar que esto es mi cuerpo o que este cuerpo es mío.   

viernes, 6 de diciembre de 2013

ENEMISTADES HEREDADAS

Hace unos años recibí una carta en la que un amigo me comunicaba que dejaba de serlo porque, según él, yo había ofendido a un amigo de un amigo suyo. Tiempo después, un amigo de un amigo mío recibía una carta en la que un amigo de unos amigos suyos le comunicaba que dejaba de serlo porque, según él, me había ofendido a mí. Al cabo de unos meses, le envié una carta a uno de los amigos de un amigo mío para comunicarle que dejaba de serlo porque, en mi opinión, había ofendido a un amigo suyo. Algún tiempo más tarde, este amigo suyo me mandó una carta a mí para comunicarme que dejaba de serlo --ya a estas alturas no se sabía muy bien el qué-- porque, según él, yo había ofendido a un amigo mío. Esto que cuento, amigos, y que he dado en llamar las enemistades heredadas, es estricto y verídico. Si no me creen, permanezcan atentos a sus buzones de ahora en adelante. 

miércoles, 26 de enero de 2011

PARA LIZA LIM

Y, en cambio, esos sonidos se quedan aferrados al borde de ese lugar interior del oído por el que pasan y acaban esfumándose todos los demás… no sé si ya muy cerca del corazón o de una memoria que recuerda lo que no se oyó nunca, una canción ancestral, un llanto de mujer atormentada por su propio hijo en el momento de alumbrarlo, un retorcido nudo del viento en el que una vez se encontraron la voz del padre que llamaba y la del hijo que se alejaba para siempre, un martilleo, una fisura, el ulular de la noche en la llanura infinita, el quejido de una iguana hembra en el momento de la cópula… todo aquello que nunca pudo oírse pero que siempre está ahí… en esos sonidos de instrumentos heridos, maltratados, en los que vuelven a escucharse, transformados, los ruidos antiguos de las cosas, los que van unidos a ellas desde siempre, los ruidos casi inaudibles, los que el oído casi no soporta, los inimaginables, los que ningún silencio puede hacer olvidar, los sumergidos, los que nacen en la fuente misma del aire, los corpóreos, los que siembra el sol en el aire aún no respirado, los cavernosos, los ácidos, los ciegos, los ruidos ciegos que circulan por el mundo como recién nacidos o como nunca extinguidos. No es fácil escucharlos. Uno quisiera a veces taparse los oídos. Pero ellos insisten, lamen o taladran las membranas innúmeras que conforman la escucha hasta llegar a ese lugar profundo, mucho más adentro del tímpano, a cuyo borde se aferran. En sueños, luego, o cuando de pronto nos encontramos desamparados, abandonados en alguno de nuestros páramos o laberintos, desgastados por la vida, ateridos, sucios, culpables, heridos o brutales, volvemos a escucharlos, de pronto, como una luz punzante que se clava en los ojos, los escuchamos para dejar de vernos o de oírnos, regresan a nosotros como un cuerpo apartado que siguiera deseándonos, como las sensaciones de un miembro amputado hace mucho tiempo, y resuenan en la escabrosa melodía de nuestras vidas como una melodía mucho más pura o más atroz. Entonces, a veces, logramos dormir, como acunados.

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