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lunes, 21 de marzo de 2016

LA LLUVIA (O EN LA PENSIÓN)

Lo veía todo borroso.

Orinaba espeso.

En algún lugar por encima de la habitación alguien martilleaba sin parar.

Me veía verme detrás de la ventana, como si el reflejo que de mí se proyectaba por fuera no fuese el reflejo de mí, sino el de alguien que estuviera viéndome verme.

La columna plantada en medio de la habitación: un monolito, un punzón, una estaca a punto de clavarse en lo que quedaba del cuerpo.

Dejé las gafas sobre la mesa y supe que la miopía --su manquedad de visión-- me acompañaría siempre.

No saldré de este cuarto hasta que no deje de llover.

Orinaba algo parecido a una flema que ardía.

Ido, estaba ido. Me había ido de mí mismo. Ido a dónde.

Por la noche apagaba la luz y cruzaba como un ciego una habitación que no terminaba nunca.

Alongaba las manos y tanteaba la columna para saber si de momento no chocaría con ninguna pared.

Me estaba reponiendo. Sentía acalambrados los dedos de los pies. Bebía agua cada quince minutos.

La ventana del cuarto daba a un patio de vecinos. Evitaba asomarme a esa ventana.

Al tercer día, por el motivo que fuera, aún no habían hecho la habitación. Las sábanas, las toallas, el lavabo, las mesas de noche, la bañera, el wáter, el suelo y el bidé seguían conservando los restos depositados en ellos por los cuerpos.

Cae ahora una lluvia que desquicia, una de esas lluvias que conducen a la locura o al suicidio. Yo espero aquí a que amaine.

Tumbado de costado en la cama.

Verlo todo borroso es el camino para verlo todo por fuera del dolor.

No estoy aquí porque lo haya elegido. No estoy aquí porque sepa el porqué. Estoy aquí porque no lo he elegido y porque no sé el porqué.

La lluvia se ha vuelto ahora más amable, quizá porque ya no cae con tanta compulsión. Cae como si estuviera a punto de dejar de caer. 

La lluvia cae detrás de las paredes.

Llegan clientes nuevos. Se oye el timbre. Ruido de maletas por los pasillos. Conversaciones en el vestíbulo. Puertas que se abren.

Todo pasa de largo.

Bebo un agua que casi cuesta tragar. 

La lluvia cae ahora dentro del armario. 

Esta noche, cuando la pensión esté en silencio, apagaré la luz, cruzaré la habitación a ciegas y me esconderé en el armario. 

Allí me acurrucaré al calor de la lluvia.

Estas pensiones que hace unos años eran sórdidas son ahora más cómodas y limpias. Menos propicias a las correrías por los pasillos.

El cubo de la basura rebosa de desperdicios: trozos de papel higiénico, bolsas de pan, cáscaras de mandarinas. Nadie lo vacía. 

Ya no llueve. La lluvia está escondida dentro del armario.

Hay un silencio denso en los pasillos. Aquí, en la habitación, lo único que se oye es el borboteo de la calefacción y mi voz mientras grabo estas líneas.

La lluvia se ha dormido. Yo sigo despierto.

Lo que orino no sé ya cómo se llama.

Creo que tampoco sé ya caminar en la oscuridad y que si lo intentara acabaría tropezando con la dichosa columna.

Tengo en mi cabeza los mapas de algunas pensiones donde he estado, pero de esta, en la que estuve hace muchos años, no guardo memoria.

La lluvia se despierta. Orino a ciegas. Me recuesto y uno en mi mente los dos repiqueteos.

Desvanecerse así, como el sonido de lo que se dice al oído de uno mismo.

Ahora lo que se oye es extraño, no ya la lluvia en su continuidad, en su insistencia, sino en su enfermedad, en su síncope. Una lluvia casi sin vida.

Me he dormido dentro del armario y sueño que me he dormido dentro del armario.




jueves, 8 de octubre de 2015

LOS CANTOS DE CENIZA DE JESÚS HERNÁNDEZ VERANO


Hace muchos años, tantos que ya pronto se cumplirán veinte años de aquello, Jesús Hernández Verano y quien les habla decidieron colaborar en un proyecto juntos: ocho dibujos y ocho poemas reunidos en una carpeta que se titularía Las cuerdas invisibles. El resultado de todo aquello –y de tantas horas de amistad, conversación, lectura y sueños compartidos, tantas horas, en definitiva, de conexión– lo tienen ustedes expuesto en la mesa que está a la entrada de esta sala. No traería aquí este recuerdo si creyera que lo que entonces fluctuó entre palabras e imágenes no ha seguido, de algún modo, alimentando la obra de Jesús durante todos estos años. Intermitentemente, en idas y venidas, pero también en largos silencios y distancias, he ido contemplando lo hecho, lo pensado por él, lo entredicho, lo proyectado, lo imaginado en su reconcentrado taller. De alguna manera, lo que aquí se muestra es un poco de ceniza, es decir, el resultado, todo lo incandescente y desgastado y disperso y fragmentado que se quiera, de una gran combustión: la de una vida al límite, siempre en busca de esos bordes en los que saltan las chispas, una vida (y conozco pocas así) tan entregada a una pasión secreta, a la seducción de un canto que casi nadie escucha, que se diría que aquí, entre nosotros, están ardiendo ahora mismo las sustancias con toda la intensidad con que en el alma arden las visiones. Porque de visiones se trata. No tanto quizá de visiones alimentadas por la alucinación, sino de visiones al borde de la ceguera. Ojos cosidos, ojos dorados, reflejos en un ojo dorado, que hubiera dicho Carson McCullers, ojos contra la pared, ojos abiertos a la trama imprevista de todas las imágenes, ojos embarcados, barcas ojeadas que atraviesan el estanque dorado que termina siempre en la ausencia o en lo innombrable, ¿para qué seguir ahora si también ustedes tienen ojos para ver y ojos para no ver, o bien ojos para sentir y para tocar? Vean, sientan, toquen lo que aquí se propone muy cerca de sus vidas, de nuestras vidas. Y, sin embargo, esto que aquí se dice o se susurra está dicho, en cierto modo, desde una conciencia plenamente consciente de las atrocidades del mundo contemporáneo. Una especie de afán o sueño de curación atraviesa todas estas piezas, estas, como hubiera dijo Benjamin, iluminaciones profanas. El sueño arrancó con un movimiento de vaivén, una travesía de sanación, quizá después de asomarnos a uno de esos charcos de la orilla, y entre las miríadas de peces apareció una almendra, una almendra que contenía un agua no hecha para saciar ninguna sed, un agua tan densa que era como la sed misma o como la sangre que circula por nuestros cuerpos, y cada día había que dibujar el ojo-almendra-barca-pez como si acabara de nacer y se lo hubiera visto entonces por primera vez, el ojo-lágrima-barca-almendra-pez que nos hería por dentro hasta la ceguera o la más cruda desolación. Recuerdo, la primera vez que conocí a Jesús, en Madrid, en un piso de la calle Monte Esquinza: unas láminas en el suelo, desdibujadas en mi memoria sus formas, pero grabada como a fuego la intensidad del color, esas múltiples capas que conversan con la fragilidad de la mirada, y siempre ese oro que se asoma con su magia, con la insobornable ambigüedad de su dicción. Cuando se entra por primera vez en una exposición como esta se asiste a algo parecido a una purga de silencio: dejamos fuera lo que hasta entonces habíamos sido y nos adentramos en otras posibilidades de nosotros mismos, nos disponemos a enredarnos con los hilos más gráciles, a asomarnos a las oquedades más elementales. Al mismo tiempo que dejamos a un lado las palabras, pues apenas hacen falta y, como enseguida comprobarán ustedes cuando yo me calle, se está mejor sin ellas, también dejamos de lado la mirada de siempre, nuestra convencional manera de acercarnos a las cosas. Nos quedamos, de algún modo, sin lengua, sin oídos, sin ojos (augenlos) y, como aquel extraordinario personaje de un documental de Werner Herzog, ciego y sordomudo, nos acercamos a las ramas (en este caso, a las piezas de Jesús) para sentirlas con el corazón casi convertido en el árbol o en las piezas mismas. Nos quedamos sin oídos para escuchar un canto de ceniza, una secuencia de laúdes hondos cuya verdad nos interroga. Hace unos días, cuando vine a ver la exposición mientras Jesús la estaba montando, le dije que la palabra alemana que aparece –verán que leve y misteriosamente modificada– en una de sus piezas, me recordaba a algún poema, quizá de Georg Trakl. Resultó que estaba equivocado. Augenlos, es decir, carente de ojos, aparece en un poema, sí, pero del gran Johannes Bobrowski, amigo de Paul Celan, de Ingeborg Bachmann y de Nelly Sachs, poeta de los paisajes destruidos (y de la convivencia de pueblos destruida) de las regiones bálticas de la Prusia Oriental. Un poema que habla de un pájaro blanco que vuela llevado por el aire sobre su propia muerte. Hacia 1996, precisamente en la época en que conocí a Jesús, yo vivía en Alemania y traduje ese poema de Bobrowski que ahora les leo en otra traducción, la del mexicano Daniel Bencomo.*



El pájaro, blanco

Johannes Bobrowski

El pájaro, blanco
llevado sobre su muerte
por un espasmo del aire,
con pálidas plumas
permanece velado
sobre una colina, un
abedul, sobre su propia
sombra. La sombra
sube del agua
y cubre la arena. 

Viene
una iglesia con féretros
bajo el alero,
con piedras blancas y granas
junto a los pies. Conversan
las voces de la espesura,
los labios de humo

de plumas,
de alas blancas,
de un pájaro sin ojos. 

* Palabras de presentación leídas en la inauguración de la exposición Cantos de ceniza, de Jesús Hernández Verano. Centro de Arte La Recova, Santa Cruz de Tenerife, 8-30 de octubre de 2015.  



lunes, 13 de enero de 2014

EL CHILAU (CHILL-OUT)

Estábamos, lector, en lo que se llama un chilau (chill-out). Una reunión de desconocidos que se juntan --o coinciden-- en casa de otro desconocido para apurar hasta la apoteosis --psicosomática, sexual, histérica-- la fiesta iniciada muchas horas antes. Te ahorraré los detalles más sórdidos. Si quieres --solo si quieres--, lector, puedes imaginar pegotes de sustancias no identificadas desparramados por las mesas, botes con lo que allí se llama chorri, que viene a ser una especie de ácido para el mantenimiento de baterías de coches que, usado por algunos desaprensivos, los convierte en simios desaforados capaces de magrearse hasta con la pata de una mesa. Y no solo eso: puedes imaginarte escenas aún más repulsivas, todo un surtido de muecas infrahumanas, desvergüenzas y babas propias de las más inmundas cloacas de la villa y corte, todo un repertorio de sordideces que quizá tu mente, púdica como la imagino --como la deseo--, prefiera, como yo, evitarte por tu propio bien. Imaginarás --pues, a pesar de tu pudicia, te adivino imaginativo-- que por allí también circulaban el tabaco, la marihuana, el hachís, los nevaditos de cocaína, el crac (crack) y hasta una nueva variedad de droga fumable que, según me contaron, se produce combinando un poco de plastilina, nitrito de isopropilo, salvia en polvo y unas gotas del líquido preseminal recién vertido por alguien que se haya mantenido virgen hasta los cincuenta años, y que se estila fumar en una pipa larga que va pasando de boca en boca. Personalmente, me abstuve de consumir este último producto, por lo que no pude comprobar por mí mismo sus efectos, pero sí que notaba que después de cada calada se producía en quienes lo consumían una reacción curiosa: se echaban al suelo y, mientras gateaban y se olisqueaban unos a otros, emitían unos sonidos mitad maullido mitad rebuzno que, mezclados con la efervescente música que ofrecía un improvisado diyey (deejay o dj), quizá el más sobrio del grupo con excepción de un servidor --dejemos las cosas claras--, componían una banda sonora impecable para aquel pandemónium. Puedes imaginar que el humo que soltaban todos aquellos cigarrillos y pipas rellenos de las más variopintas sustancias había convertido el salón en el que se desarrollaba el chilau (chill-out) en un espacio agobiante, en un lugar en el que costaba respirar, etc. Cuando a alguien se le ocurrió la idea de desplazarnos --como una caravana de lunáticos-- a un after de tarde, todos estuvieron de acuerdo, especialmente un chico israelí, bastante taciturno, que no fumaba nada y que se limitaba a beber a grandes sorbos chorri mezclado con cocacola. Dijo que le venía bien "coger aire" porque aquello --y presta ahora mucha atención, lector de mis amores-- empezaba a parecerse "a una cámara de gas". Alguien que posiblemente no entendió bien lo que dijo (el israelí hablaba un español más que modesto) le preguntó a que se refería. Entonces el israelí explicó que las cámaras de gas eran unos lugares en los que los alemanes habían "metido a muchas personas de mi país y las habían matado con gas tóxico". Le preguntó al otro si lo había escuchado alguna vez y el otro le respondió que sí. Luego siguieron charlando y recogiendo sus cosas --chaquetas, botes, tabaco, latas de cerveza-- porque ya todo el mundo quería marcharse. Así fue como terminó aquel chilau (chill-out). Quería, necesitaba contártelo, lector, tal y como lo viví. 

viernes, 22 de noviembre de 2013

VISITA A UNA EXPOSICIÓN DE MARTÍN CHIRINO

Una escultura de Martín Chirino —Lady Tenerife— va siempre conmigo como parte del paisaje de mi infancia. Asomada, casi en el borde, al barranco que cruza por detrás de la plaza del Colegio de Arquitectos, su rojo escandaloso, provocador, combinaba a la perfección con el gris del hormigón de una plaza y de un edificio que estaban construidos para demostrar que había entonces  —no sé si aún la hay— alguna posibilidad de transformar el territorio en una amalgama coherente de arquitectura y paisaje. Aquella escultura era en sí misma, como la plaza, un lugar habitable, era un reducto en el interior de un reducto, una cuna y un balancín, un espacio en el que se hubiera podido incluso dormir gracias a sus curvas adaptables a cualquier espalda humana, y si acaso no dormir sí al menos recostarse y charlar mientras contemplábamos el cono de montaña terrosa que se destacaba en el fondo como un extraño decorado para las noches de entonces. Estoy hablando de algunas noches de la adolescencia, de la primera juventud, en las que llegarse hasta aquella plaza, hasta Lady Tenerife, era una corta escapada para quien, como yo, vivía en el barrio del Toscal y no tenía más que bajar un pedazo de la rambla para encontrarse en un mundo que, estando tan cerca, era ya otro, apuntaba en otra dirección, anunciaba otra manera de mirar y de concebir el espacio que yo entonces apenas empezaba a vislumbrar. La ciudad quedó atrás, me fui alejando, viví durante años en otro país, en otra isla, me trasladé al continente, a la península, y algunas veces, cuando volvía, me daba un garbeo por la plaza, casi siempre de noche, circundaba la escultura, la tocaba, sentía el frío del metal, quizá cada vez menos atenuado por un rojo que me seguía gustando, pero que no me proporcionaba ya la comunión del principio sino algo parecido a lo que nos hace sentir un amigo de la infancia, una presencia y una complicidad que no dejaban nunca de estar allí aunque me hubiera alejado tanto. Volvía de aquellos paseos con la impresión de que había dejado de ver algo, de que no conseguía llegar hasta el final, como si una parte de mi vida se hubiera quedado en el camino, perdida, y yo quisiera convencerme de que era allí, en aquel lugar que alguna vez había significado una verdad incuestionable, donde debía recuperarla. Esto nunca ocurría. El tiempo, el curso de la vida, me fue mostrando otras esculturas de Chirino, algunas incluso mayores que Lady Tenerife, siempre de metal, blancas o sin pintar, a veces situadas en lugares privilegiados junto al mar, en otras ciudades de las islas, en otras plazas, curvas torturadas por una especie de baile brusco en busca del principio, como si el propio escultor, en cada una de sus obras, estuviera buscando una postura perdida, un aliento sentido en contacto directo con la tierra viva, palpitante, y luego olvidado para siempre. Vi también cabezas gigantescas, cráneos deformes, casi elefantiásicos. Estuve también frente a un aeróvoro, un objeto dibujado en el aire mitad pájaro mitad viento, grácil y desplegado, repentino, brillante, propiedad de un amigo que lo tenía entonces en el salón de su casa. Era la primera escultura de pequeño tamaño, íntima, recogida, que veía de Martín Chirino, y debo decir que me gustó, quizá porque era un objeto que no se imponía, que dejaba que cualquiera circulara a su alrededor, como esos pájaros que pasan muy cerca de nosotros y no nos rozan de milagro. Supe que se trataba de una obra antigua, quizá de los años sesenta o setenta —no lo recuerdo bien—, una especie de ramalazo o aleteo captado por los ojos y construido fielmente por las manos. Más adelante mi amigo la vendió, supongo que en respuesta a una oferta favorable por parte de algún museo de arte contemporáneo. Estuve mucho tiempo sin ver otras obras de Martín Chirino. Cuando regresaba a mi ciudad natal, apenas pasaba ya por la plaza del Colegio de Arquitectos a saludar a Lady Tenerife para contarle al oído aventurillas que ella, desgastado ya su maquillaje e inevitablemente decrépita como dama venida a menos que era, habría escuchado ya con una displicencia que solo podía hacerme daño. La miraba de reojo si pasaba por la rambla. Sé que estuvo casi agonizante y que luego la remozaron, le dieron una buena capa de colorete y pareció recobrar la lozanía que yo recordaba. Pero en el fondo no había nada que hacer. Todo aquel tiempo no había hecho más que alejarme a medida que ella, poco a poco, se oxidaba. Hoy, después de muchos años, un viernes frío de noviembre, he ido a ver una pequeña exposición de Martín Chirino en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Unas pocas piezas que formarán parte del fondo de su futura fundación en Las Palmas de Gran Canaria. No hubo ni una sola pieza que me conmoviera. Curvas en equilibrio decorativo, cabezas africanas de bronce con espirales por boca, una espiral de plomo en un cuadro sobre papel, otra espiral que se va hundiendo por el centro pero uno se pregunta para qué, dos piezas simétricas que parecen engranajes o mandíbulas dispuestas a morderlo a uno si pasa por el medio, una especie de instrumento de tortura cuyo título viene a ser algo similar a “máquina sin utilidad alguna”, dos figuras cónicas rellenas de piedrecillas —blancas y negras respectivamente— a las que el escultor ha dado el tópico nombre de aquel insufrible poema decimonónico de Nicolás Estévanez: Mi patria es una roca. Piezas todas que no lograba dejar de imaginarme pensadas y construidas para salones de casas o mansiones, acristaladas terrazas interiores con vistas al mar o a la montaña, jardines de lujosas residencias cuyos propietarios habían adquirido por precios exorbitantes piezas similares a aquellas, piezas de las mismas series que no lograban conmoverme. ¿Era tal vez que había quedado incapacitado para sentir algo ante obras como aquellas? ¿Me faltaban la perspectiva, el conocimiento, la información para lograr contemplar aquellas formas? Pero, aunque me preguntaba todo esto, no conseguía tampoco encontrar la coherencia del conjunto, la necesidad de aquel batiburrillo de obras sin duda maestras en cuanto a su ejecución, piezas impecables en su forjado, en su acabado, incluso en su instalación en la sala. Y, sin embargo, sentía que había un gran fracaso allí. El artista se había pasado media vida buscando escapar de las contorsiones que lo obsesionaban. Forzaba una y otra vez la materia metálica, el hierro, el bronce, para forjar formas que terminaban siempre por aprisionarlo. En las piezas más nuevas, esas curvas gráciles tan ornamentales, ante las que cualquiera se quedaría con la boca abierta preguntándose cómo el hierro podía parecer tan leve, o en esos obtusos hornos abiertos por arriba con una cruz que dejaba ver las piedrecillas blancas o negras que contenían, el artista proclamaba su legado final. Y lo que ese legado nos transmitía era una postura demasiado servil y complaciente ante la poderosa materia, el reconocimiento de que quizá solo nos era dado jugar con ella, retorcerla como un ilusionista, casi de modo histriónico, pues carecíamos de la fuerza para llegar a domarla y recrearla. Yo recordaba las formas que había visto en las rocas volcánicas, en los acantilados, en las grutas, en algunos barrancos de las islas, y me decía que esta sala no contenía en comparación más que sofisticados juguetes para ricos. Así de crudo y seguramente de equivocado era lo que pensaba. Pido disculpas. Y me preguntaba si acaso lo que alguna vez llegué a sentir junto a aquel barranco de Santa Cruz de Tenerife, en la plaza, acurrucado en el interior de Lady Tenerife, en aquellos rojos labios o cejas o pestañas o rizos que eran tan fríos al tacto pero tan entrañables junto al corazón, no tenía más que ver conmigo, con mi novedad en el mundo, con la brisa de la bahía cercana, con las tabaibas y las palomas que el barranco agitaba al atardecer, que con aquella escultura. Y a esa pregunta no quería contestar y no quisiera que se piense que con este texto lo hago.  

domingo, 24 de marzo de 2013

ZENTRIEGENHAUS


El respeto que impone verse de pronto viviendo en una casa de más de quinientos años de edad. La madera del suelo, las vigas de las paredes y del techo no solo crujen, sino que parecen atesorar no sé qué secretos o suciedades inconfesables.

Los primeros días se siente un deseo de aprender lenguas extrañas: albanés, retorrománico, rumano, guaraní… Luego se ponen los pies en la tierra y resulta mucho mas práctico aprender a preparar una ensalada fácil pero sabrosa o un muslo de pato al estilo del Valais.

La primera noche da un poco de miedo acostarse porque la mañana de ese mismo día uno se despertó en otro lugar y teme ahora despertarse en un tercer sitio que no sea este ni aquel y del que no se sepa ni siquiera cómo pudo llegarse hasta allí.

Los diez minutos que, haciéndome a medias el ingenuo y a medias el caradura, pasé en el vagon de primera clase del tren Ginebra-Visp me recordaron ese almuerzo que disfruté un día —por recomendación de un amigo que se las sabía todas— en un bufet libre de un hotel de Fuerteventura en el que el descontrol permitía llegar, hacerse con una bandeja, confundirse entre la clientela, recoger los platos que más apeteciera comer y sentarse luego en una mesa bajo unas palmeras o junto a una piscina a disfrutar de un almuerzo opíparo aunque convencional, apetitoso sobre todo por lo que tenía de furtivo. Aquellos, me temo, eran aún tiempos de vacas gordas o de morsas instaladas en las direcciones generales de turismo del Gobierno de Canarias.

Nadie en el mundo está más expuesto a un encuentro azaroso que un taxista… salvo el cliente de un taxista.

Una tumba a la que siempre llega un rayo de sol. Puesta frente al sol del atardecer que se esconde tras las montañas nevadas. Con una pequeña cruz de madera en la que solo figuran dos fechas y unas iniciales: 1875-1926, R. M. R. Un lugar en el que quien reposa parece seguir respirando en un aire que no es de este mundo. Respirando por las flores que la tierra transpira. Una tumba que casi nadie visita y junto a la que no se puede descansar mucho tiempo. Ya sé que no soy más que uno (o un par) de esos párpados que sueñan la rosa que no desea ser soñada por nadie y que por ello es pura contradicción. Si cierro los párpados ante la tumba estoy muriendo aquí antes de mi propia muerte aunque siga viviendo allá de donde vine. Un río corre siempre bajo los párpados que sueñan su propio sueño aquí arriba. O un mar encrespado como el de Duino. O un tajo silencioso como el de Ronda. Los ángeles se posan como ciervos que, sedientos, aletean sin saber que el agua que los sacie no ha brotado todavía.

No sé si con su cría o con su madre, tampoco si jugaba o si escapaba, pero aquel cervatillo que apareció desde la parte baja del bosque y atravesó los árboles brincando entre la nieve hizo que me detuviera y sintiera —o deseara sentir— que en aquel momento no había intervalo ni distancia entre la naturaleza y yo.

Una escritura pedregosa la de Maurice Chappaz en La haute route —pedregosa en el mejor sentido del término—, una escritura no previsible y laberíntica que siempre conduce adonde no se esperaba. Pero cuesta traducirla y a veces, en determinadas expresiones, no hay forma de descubrir a qué nos remite. Está íntimamente apegada a un paisaje que desconozco. Entonces solo me queda inventar o fantasear. O ponerme en camino para intentar vislumbrar algo del mundo que recrean las palabras. En este caso, el traductor tendría que calzarse los esquís y recorrer por sí mismo la alta ruta que quiere traducir.

Cuando ya había anochecido llegué hasta el río para escucharlo unos instantes. Me pareció que uno de los funiculares que suben la montaña llegaba en ese momento a la base. ¿Funcionan también por la noche? La gente se saluda en Raroña cuando se cruza por la calle. Dicen “Salü”, su saludo informal, o algo que se parece a “Guten Abend” pero que quizá sea otra cosa. Saludan como hacia dentro, aunque algunos sonríen. Al parecer, pronto se celebrará el carnaval. Prefiero no imaginármelo. Trajes de brujas o espantapájaros con latas de cerveza de medio litro en la mano. Los suizos ensucian más de lo que se cree, pero lo hacen en lugares escondidos, como con la peor de las conciencias.

Ha muerto el hermano de un tío político mío, según me ha contado mi padre. Se encontró mal anoche, acudió a la casa de un hijo suyo, médico, que estaba reunido con otros amigos médicos, pero no hubo nada que hacer. Para unos el final es cosa de un instante y para otros dura una eternidad. La sucursal de uno de los bancos radicados en Raroña me recuerda, por su fachada fría, a la vez esterilizada y acogedora, a una de esas clínicas a las que los millonarios deshauciados acuden para que les sea practicado el suicidio asistido.

Una casa en Visp, erigida como una enseñanza, como un teorema del equilibrio. Un grácil entramado de vigas, de estacas, de tablones y leños que parece sonreír. Más de quinientos años desde que el arquitecto tirolés —cuyo nombre olvidé apuntar— la levantó. Una casa teológica, se diría, una casa sacramental. Con las maderas —y uno casi las huele— de los bosques cercanos se ha levantado un templo cuyo dios es la geometría o la armonía. Las flores que la adornan no están ahí sino para que la recordemos mejor al marcharnos.

Es el escritor con mayor capacidad para perderse que conozco.

De un correo enviado a un amigo el 14 de enero: «Todas esas moles nevadas, con esas llagas blancas que parecen supurar una pus de otro mundo.» Y en su respuesta: «Esa pus de otro mundo tal vez se supure en el nuestro, o en nuestros ojos y, tal vez, no sea más que agua, más que aire lo que brilla y se oculta con tanta fuerza sobre las montañas.»

Pasan las avionetas entre las montañas. Imagino que van a aterrizar en el aeródromo. Habrán zigzagueado a gusto entre los desfiladeros. Su misión es decirnos lo arriba que se puede llegar.

Sueños escatológicos en estas noches profundas. Duermo como un tronco —y literalmente entre troncos—, pero me despierto como si hubiera estado manoseando excrementos de cuerpecitos inocentes. Una analidad turbia dialoga con miradas vírgenes en habitaciones atestadas de muñecos de peluche. O un profesor universitario alemán me enseña su culo sucio para que haga con él lo que nadie estaría dispuesto a hacer. No crean que no me preocupan todas estas imágenes que nada bueno dicen de mí. Soy consciente de que, a veces, cuando me preparo para acostarme, puede inciarse un ritual coprofágico en el que la caca y la leche de cualquiera se ofrecerán en el altar para que otros o yo las consagremos.

La letra de Rilke cambia según escriba alemán o francés. Sus vergeles o sus cuartetos valesanos son más gráciles, más ligeros, más luminosos que sus elegías duinesas o sus sonetos órficos. Y esto es así ya desde las figuras que la mano conforma sobre el papel.

Lejos lleva su plata el río, la plata que rezuma desde las cumbres nevadas y que baña silenciosa la última luz de la tarde. Dejo atrás la estación, cruzo el puente y, sin detenerme, miro a ambos lados para que origen y desmbocadura no se separen ni un instante de la corriente que fluye. El río frío, de aguas verdosas, que cruza como un animal agazapado entre las moles amenazadoras. He acariciado tu lomo, río. Ahora, si quieres, llévate lejos tu plata.

La traducción: qué extraordinaria oportunidad para perderse en el interior de un texto ―proceloso, radiante, perturbador o tierno― como quien se introduce en el interior de un cuerpo para explorarlo o disfrutarlo. El texto se abre o se resiste a abrirse, depende. El íntimo intercambio, el boca a boca o palabra a palabra que allí tiene lugar es uno de los procesos más secretos del mundo. El traductor y el texto, como el pintor y su musa, pasan horas, días, meses juntos en la misma habitación hasta que uno de los dos vence o desiste, rasga lo que ha hecho o se entrega ya sin cortapisas a la voluntad del otro.

No hay nada contra la tristeza salvo más tristeza, salvo tristeza de otro tipo, salvo tristeza procedente de otro dolor.

Hay un momento extraño, cerca del final de una traducción, cuando casi todo está corregido pero falta aún una última supervisión, el visto bueno final, en el que el traductor se da cuenta de que, en medio de la ilimitada inestabilidad que lo rodea, lo único estable, lo único seguro y lo único cierto es el texto original que está a punto de desaparecer para siempre para él.

Ningún libro de verdad es un libro más. Escribir para prolongar una trayectoria, un nombre, la imagen que uno se ha hecho de sí mismo, es una imbecilidad y, lo que es peor, una patética triquiñuela. Cualquier libro que se escriba habrá de ser el libro al que el escritor se entrega, el último libro de su vida, el libro en el que muere sin saber si habrá otros.

sábado, 3 de diciembre de 2011

SALA DE ESPERA DEL DOCTOR CORDOVERO

En la sala de espera del doctor Cordovero —el conocido traumatólogo, afectado por un ostensible encorvamiento, lleva una plaquita con su apellido en la parte superior derecha de su bata grasienta— las dos monjas esperan sentadas una enfrente de la otra. Podría pensarse que fueran madre e hija si determinados impedimentos confesionales no las hubieran destinado desde jóvenes a la más estricta virginidad; sin embargo, nunca se sabe. Lo más probable es que su parecido se deba únicamente al hecho de que, circunscritas sus caras por las tocas apretadas, sus facciones presentan alarmantes rasgos hombrunos, el mismo rictus de severidad, la misma torva y ceñuda expresión de féminas descarriadas a quienes la religión rehabilitó, desde muy pronto, encaminándolas a una vida honorable. Una de ellas, la de mediana edad, luce todavía una agilidad que le permite ayudar a la otra, anciana, a sentarse, a levantarse cuando el médico las llama, a sentarse de nuevo para esperar las recetas, a volverse a levantar para marcharse. La agarra del brazo con contundencia, la maneja a su antojo, pues la anciana no es ya más que un cuerpo sin fuerzas, visiblemente aquejado de intensos dolores en las piernas. Durante la media hora aproximada de espera logran sentarse juntas  —pues la sala está llena— unos cinco minutos. La más joven, en vista de cómo se le desencaja la cara de dolor a la mayor, intenta cogerle la mano con la suya, pero recibe un respingo por respuesta, un gesto brusco de rechazo terminante que la anciana realiza con un resto de fuerzas. Otras señoras, seglares, pacientes de distintas edades que esperan igualmente su turno en la consulta, juegan con un niño de unos tres años, probable nieto de una de ellas. Una le presta su bastón, que es transformado inmediatamente en un caballito sobre el que el niño cabalga por toda la sala como un aprendiz de hidalgo castellano; otra le deja tocar los pendientitos presumidos que suenan como campanillas que el niño, quizá futuro campanillero de iglesia o batería roquero, hace tañer para regocijo de las señoras de la sala. Solo las dos monjas permanecen impávidas delante del niño. Este las mira asustado, como a dos estatuas de diosas de una religión desconocida y tenebrosa, y ellas lo miran como si el niño no debiera estar allí, como si su mera presencia les estuviera reprochando alguna renuncia del pasado. No muestran el más mínimo gesto de ternura hacia un niño que no sabe qué son, si maniquíes disfrazados a la última moda o sombras encarnadas a punto de desvanecerse. La monja más anciana, sobre todo, revela una completa incomprensión hacia la simple existencia del niño: para ella no existe más que su dolor. Ya casi ni siquiera se acuerda de su dios.

miércoles, 20 de julio de 2011

UNA CONVERSACIÓN DE OTROS

La vida sucede a la vida. Esa conversación que escuchas, en el apartamento de al lado, y en la que nunca podrás participar, esas risas casi adolescentes que parecen estallar como en el centro del corazón de la vida, te recuerdan a otras, a otras conversaciones y a otras risas que se alejaron para siempre y en las que participaste o no, ¿qué importa ahora? La melancolía es como una sed de lejanías, una mano que sueña con agarrar otras manos fantasmales, una cadencia que horada cada tejido del presente como esas gotas que logran, después de muchos siglos, agujerear una piedra sin que el agujero que forman le sirva al prisionero para escapar de la celda. Unas risas lejanas, impalpables ―pues hay risas palpables―, que resuenan perdidas después de que los labios hayan dejado hace mucho de enmarcar una boca. Se deslizan a lo largo de la noche, de una primera noche de verano en el sur, como un presentimiento o como una advertencia. Convocan y amenazan, no son descifrables, aunque vengan aderezadas de palabras audibles, casi demasiado audibles y por ello indeseadas, innecesarias, incómodas. Cómo preferirías escuchar una música sin significado, la canción silenciosa de otras noches de julio, aquí mismo, o la voz con que alguien casi dormido, a tu lado, te pedía que apagaras la luz ―y era como un abrazo esa voz, como el lento abanico de unas piernas que se enlazan, como la progresiva sujeción de una cintura por parte de unos brazos cálidos y firmes. Pero tan solo te cabe ahora escuchar, tendido en el salón del apartamento, sin pretender recordar o pensar nada que te arrebate a este instante, una conversación de otros, volátil sucesión de incoherencias casi gritadas, ningún diálogo auténtico. Y esperar que detrás de esas palabras, en el revés que alienta todo lo que vive, descubras otra vida capaz de ser vivida por otro que no seas exactamente tú.

lunes, 27 de junio de 2011

SOBRE UNA TARDE DE JUNIO

Para Antonio Anaya

No debí haber salido, pues, ¿en qué tonalidad cantar un poco más adentro, junto a unos árboles de los que solo caían hojas cuando un balón los golpeaba enfurecido, frente a la devastada llanura de un cielo de canícula, bajo vencejos que se pisaban los unos a los otros y gritaban formando una escala inservible para dejar atrás el suelo caldeado de esta tarde de junio? No debí haber salido, vencido como estaba ya antes de salir, aunque me complaciera engañarme pensando que no había otra paz que la de estar tendido en el reposo de la cama, entregado a una lectura que me hablaba de adioses y de pasos taciturnos, de noches de convalecencia y de confusos fervores. No, no debí haber salido si era solo para esto, para enredarme un poco más en la maraña de voces, en ese griterío de la feria cercana, en una música que retumbaba como producida por batanes infernales, sin otra ilusión que la de vindicar el movimiento de mi cuerpo, vana, desde luego, como cualquier ilusión, sobre todo si estaba originada en la atrocidad de la indolencia, en la sudorosa quietud de quien resiste acostado los calores, las dudas, la propia inexistencia. No debí haber salido para seguir encerrado en la inmovilidad de la vida, si no iba a ser capaz de cantar un poco más adentro, de saltar con los niños hasta el vapor con que eran fumigados en las terrazas sus padres, de hablar por los codos, por las caderas, por la nariz y hasta por las sonrisas como aquellos aprendices de malabaristas que apenas conseguían mantener el equilibrio y, sin embargo, bebían el instante con más intensidad que yo. No debí haber salido, de ninguna manera, hasta no haber encontrado el modo de salir primero de mí mismo, pues acercarme hasta el parque era tan solo el pretexto para encontrar otro tono, otro color en el alma, una tonalidad distinta a la del gris monocorde que la cubre hace tanto, pinceladas que afloran cuando alguien raspa en el cuadro, bajo los ojos, junto a la boca, sobre el mentón. No debí haber salido porque toda salida ha de ser como un viaje que implica regresar transformado, mezclarse con el aire, enjuagarse en las fuentes, trenzarse con la hierba, adormecerse de sí, aligerarse del peso que se carga sin ganas, sin paciencia, sin fe. No, no debí haber salido con la mueca de siempre, con los dedos que cuelgan de unas manos marchitas, con los torpes andares, con las vísceras frías que ya no sienten nada.

lunes, 30 de mayo de 2011

LAS ATARJEAS

– Las atarjeas –dijo, señalando hacia lo alto y entrecerrando los ojos, como si de ese modo quisiera aislar el sonido del agua del resto de rumores que nos rodeaban. Habíamos llegado al final del camino. A partir de allí la montaña se convertía en una fortaleza inaccesible, al menos para unos meros caminantes, como nosotros, sin posibilidades de escalarla. Su voz había sonado cristalina, tal vez porque llevábamos un rato sin hablar, mudos por el cansancio o por el ensimismamiento de quienes visitan por primera vez un paraje de ensueño.

– Cuando era niño había muchas más que ahora. A veces caminaba sin miedo, como un equilibrista, a lo largo de una de ellas. Miraba bajo mis pies el agua que corría a una velocidad que entonces me parecía de vértigo. Me agachaba a tocarla, hundía mis manos en lo que sentía como una gran piel transparente y viva. Llegaba a beberla, incluso.

– Los caminos se cruzan como las atarjeas. También nuestras vidas trazan curvas, se entremezclan o se desvían para conducir a lugares remotos, aislados, de los que no sabemos si habremos de volver. Aquí termina el camino y un poco más adelante están las atarjeas que se adentran en el interior de la isla. Pero no estamos en condiciones de seguirlas.

– Imaginaba, cuando era pequeño, que mi cuerpo podría deslizarse flotando en el agua hasta desembocar en un lugar imprevisto. Creía que era para eso para lo que se habían construido las atarjeas, para que un niño como yo viajara a una velocidad de vértigo contemplando las palmeras, las lomas, los cardones, los cernícalos, las tabaibas, el mar.

– ¿No nos habremos perdido? La isla es pequeña salvo cuando uno se pierde en ella. Los caminos se borran como los recuerdos. La noche llega pronto y cubre sin piedad, como la bóveda de una cueva infinita, los cuerpos ateridos, exhaustos. Hay que pisar entonces con cuidado, atender al más mínimo rumor, a las indicaciones de los grillos, al peso de las piedras que pueden desprenderse.

– O hay que saber entonces dejarse guiar por la verdad del aire. Pisar como si se flotara, oler como si se escuchara, hablar como si se desde siempre se hubiera enmudecido –mi voz me sonó extraña, como si no fuera la mía. Creo que, en efecto, nos habíamos perdido, pues eran tantas las bifurcaciones que habíamos tomado que cualquier retirada estaba condenada al fracaso. Las atarjeas resonaban como si fueran cargadas de agua, pero lo cierto es que estábamos en la mitad del verano. ¿Tanta agua llevaban, que no se evaporaba? Decidimos sentarnos a la sombra de una higuera. Se veían algunas casas a lo lejos, pero parecía imposible llegar hasta ellas. Aunque sabíamos que pronto atardecería, se sentía la luz, bajo las ramas, como una cascada que no va a cesar nunca.

martes, 10 de mayo de 2011

OTRO NOMBRE DE LA VIDA

Para Mario Martín Gijón

Alojada en la indeterminación del lugar que ocupo ahora mismo en el centro de la sala (pero ni esta tiene un centro ni yo ocupo un lugar, por muy indeterminado que pudiera ser, ni siquiera diría que existe dicha sala o un tiempo que nadie pueda llamar ahora), la angustia es un goteo sordo que daría igual denominar desesperación si no fuera porque al leer esta palabra se piensa enseguida en mechones de pelos arrancados, en golpes de la propia cabeza contra la pared, en frustrados intentos de suicidio. La angustia es una palabra más discreta, quizás demasiado eufónica, para un sentimiento que está más cerca del silencio que del grito, de la reclusión que de la errancia, de la mirada perdida que de las automutilaciones. Y aun así, no es la palabra justa. Giro en medio de la sala tres cuartos de circunferencia en un movimiento que despliega ante mí sucesivos momentos de la misma luz desgastada. Tal vez la clave esté en la luz, en su pobreza, en la desgana con que llega esta tarde hasta el lugar que ahora ocupo (sin que haya, repito, lugar ni ahora ningunos, ni ocupación ni tarde), pálida, desnutrida, anémica. Estoy quieto, o me dispongo a estarlo, frente al balcón cuya puerta he abierto con la vaga impresión de que la tarde espera un gesto, un chasquido cualquiera, un paso, una breve salida a contemplar el cielo. Pienso que no debería estar aquí. Me he quedado y lo pago con este goteo de negaciones indeterminadas. No sé qué quiero, no sé qué hacer, no sé hacia dónde mirar, no sé qué decir, no sé a quién llamar, no sé si sentarme o si quedarme de pie, no sé si salir al balcón o a la calle, no sé si sí o si no, si esto o si lo otro, si una y otra vez o si nunca jamás. Así que me detengo. Me quedo escuchando los nauseabundos chirridos de unos pájaros que parecen escupidos por otros mayores en su fuga del mundo. Luego, casi silencio. Aquí estoy, en la callada indeterminación de un lugar cualquiera abatido por una luz que cava cada vez más adentro en mis entrañas una oscuridad a la que aún no he podido darle nombre. No hay, como dijo alguien, ya para nosotros aventuras. La mirada no puede escapar de sí misma. Y todo seguirá así mientras yo no me mueva de este lugar no elegido como escenario de un dolor que no es sino otro nombre de la vida.

lunes, 18 de abril de 2011

CAUTIVERIO

El primer paso habría de ser ordenar un poco tu casa. O no solo un poco, sino a fondo. Recoger los papeles tirados sobre la mesa, las bolsas de plástico ya desprovistas de contenido —medicamentos, comida, ropa, cachivaches—, las migajas esparcidas en el poyo, los libros apilados en los bordes de la estantería, las camisas colgadas en los respaldos de las sillas, la vajilla amontonada en el escurridor, los lápices, las gomas, los bolígrafos que alguna vez empleas para apuntar cualquier cosa. A partir de ahí, todo podría mejorar. Dejarías tal vez de tener sueños turbulentos, sueños como el de anoche, en el que aparecías de pronto perdido entre callejuelas desconocidas a pesar de que visitabas, supuestamente, una localidad con la que estás familiarizado desde niño; abrías luego una verja y te adentrabas por lo que parecía uno de esos pasillos ajardinados entre los adosados de una urbanización hasta que divisabas un perro enorme que al verte empezaba a correr hacia ti; entonces dabas la vuelta para alcanzar de nuevo la entrada, pero en el momento preciso en que abrías la verja sentías en el muslo una dentellada que acabó con el sueño —aunque la seguías sintiendo, en cierto modo, al despertarte. Ahora que ya sabes cuál es el primer paso que has de dar, dalo. Empantanarte en la conmiseración de ti mismo, dejarte mecer por las voces que te atan a la inmovilidad, asilvestrarte, por decirlo así, en el interior de los bosques de tu propia desgana, no es más que un camino de perdición que conduce al abismo. Mira: el sol ha declinado, la tarde es apacible, fuera respirarás el mundo de otro modo, aunque creas ahora que allí nada te espera. Igual que esta mañana te hiciste la pregunta de si en aquella terraza vacía, en sombra, caería el sol por la tarde, y enseguida pensaste que no era el sol lo que podría llegar a caer sino su luz —¡qué compulsiva pasión por las metonimias la de esta lengua nuestra, te dijiste!—, del mismo modo, si sales esta tarde, estarán esperándote nuevas preguntas, nuevas palabras, nuevos retorcimientos de la lengua, imágenes, presencias, desapariciones, expectativas, movimientos, vacilaciones, fisuras, rostros, terrazas, pasos, emociones, a ti que, ahora cautivo, sin que, en cambio, nada ni nadie te retenga, sabes ya cuál es el primer paso que has de dar para llegar hasta la puerta, abrirla y recorrer con nuevos pasos la ciudad. Sé como esos fantasmas de la película que viste anoche: emprenden un viaje para encarnarse de nuevo en un ser vivo, huyen de las voces de sus propios pasados, se enfrentan a criaturas infernales que quisieran retenerlos en las convulsas prisiones de la culpa, de la melancolía y de la postración. Arráncate el vestido espectral que ahora te cubre y sé de nuevo un vivo entre los vivos.

jueves, 31 de marzo de 2011

TRISTEZA: RESQUICIOS

Lo que a mí me interesa no son las aglomeraciones, sino los resquicios. La última mesa de la terraza, la que linda con los primeros arbustos del parque, solitaria, pero de una soledad en la que se diría que estuviera engendrándose ya una presencia, o como si alguien, yo mismo, otro, el inimaginable, el inesperado, hubiera acabado de dejar esa mesa y resonaran todavía sus pasos a su alrededor. Algo así. O el camino desandado esta vez por la misma acera para evitar el muro que rodea un edificio en el que sitúo, no sé por qué, secuencias de tortura ocurridas hace mucho tiempo. Esas apelaciones. Esos susurros de lo que permanece escondido. No me interesa el tráfago de matrimonios presuntuosos, de grupos de corredores sudorosos, de paseantes de perros amenazadores. Abomino —qué verbo— del ir y venir de un lado para otro que convierte estas calles en meros lugares de paso en los que no ocurre nada porque no se da tiempo a que nada madure o cuaje o emerja. Me asusta el modo en que intento respirar el final de esta tarde como si con un poco de aire quisiera curar la sangre trastornada. No logro escuchar de verdad nada en medio del bullicio. Me exasperan el jadeo de los perros que han soltado en el parque, el bramido de una moto que pasa a velocidad de autopista, las risas desaforadas que afloran de unos labios pintados de un rojo chillón en claro juego con otros dos complementos que ya no recuerdo. No sé qué suciedad es peor para el aire: si el humo o si los ruidos. Todo este malestar, sin embargo, procede en realidad de dentro, de mí, y no tanto de fuera. Está relacionado con una desgana integral, con el hecho de que, acertada o equivocadamente, me parezca estar asomado a un abismo sin retorno. Paparruchadas, tal vez. La tristeza es un viento que sopla cuando quiere: durante un tiempo no existe, parece haberse marchado para siempre, pero de pronto regresa, para que no olvidemos que nunca dejó de estar muy cerca, rondándonos, como si habitara dentro de nosotros.

lunes, 28 de marzo de 2011

EN UNA DE ESTAS ÚLTIMAS TARDES

No era la luz filtrada por una persiana lo que, en el breve instante en que entró en el piso para dejar la chaqueta y la cartera antes de bajar a almorzar al restaurante, parecía tener amordazados el suelo, las paredes, la estantería, la mesa, el sofá, todos los muebles del salón, el aire mismo, no, no era una luz externa la que cubría como con manchas púrpuras, del mismo color oscuro que la sangre acumulada bajo una uña enferma, todo lo que vio en un abrir y cerrar de ojos —y ojalá hubiera entrado a ciegas en el piso y se hubiera adentrado hasta el salón palpando las paredes—: era una luz apelmazada en el interior de los objetos, o en los vados que se abrían entre ellos, una luz purulenta parecida a la luz del piso anterior en que había vivido. Era una luz cuyo nombre habría podido intercambiarse fácilmente con el de la oscuridad si no hubiera sido porque de ella se desprendían los filamentos suficientes para saber que ante los ojos había algo, aunque ese algo estuviera ya tan alejado de ellos, de los ojos, y los pedazos de ese algo, a su vez, tan separados los unos de los otros, tan irreconciliables, que se tenía la sensación de que los ojos se ahogaban, de que la luz que respiraban, la luz que estaban hechos para respirar, se había enrarecido hasta volverse irrespirable. No podía quedarse allí mucho tiempo. Antes de irse, se dio la vuelta para mirar una vez más hacia el salón. Aquella luz había regresado. Se maldijo a sí mismo por haberla convocado, por no haber sabido mantenerla a distancia. Se veía como un espectro que regresaba a su país de sombras después de haber estado caracoleando sin fin en pleno mediodía. Su cuerpo, pues aún lo tenía, a pesar de todos los abusos a los que lo había sometido, se arrastraba tumefacto, crujía, tiraba de él hacia fuera del piso, su cuerpo encorvado como si cargara con incontables pesadumbres, y al mismo tiempo vacío, desposeído de deseo, de energía, de la vitalidad más elemental. Así que has regresado, le habló con un hilo de voz a aquella luz que había tomado posesión de su piso, has regresado como un topo que excava los más inverosímiles pasadizos hasta dar con su presa, con la babosa que se arrastra de un lado para otro y que se acaba escondiendo en un piso cualquiera sin saber que un día llegará la luz irrespirable, la luz ciega, para devorarla.

viernes, 28 de enero de 2011

VENTANA: QUISTES

Se apostó junto a la ventana. Era el momento más ocioso de su horario semanal: el viernes al mediodía justo después de salir del trabajo. Siempre había habido ventanas, atrás, en el pasado, sobre tantos paisajes nunca repetidos aunque la ventana fuera la misma, pero aquella en la que estaba ahora le parecía única, como si fuera a dispensarle una visión casi imposible, insólita, secreta. Un autobús que pasaba cada quince minutos. Gente ociosa como él, pero más animada, habladora, que se reunía a esa hora para tomar cañas y aperitivos y no un café como él. Muchos jóvenes también en esa cafetería, pues había un instituto cerca: cuerpos espléndidos, entrenados, cuyas siluetas destacaban desde lejos en el día aterido, gris. Ahora se colaba el sol, un sol novicio, hasta el fragmento de calle que contemplaba, y enseguida se escondía entre los nubarrones para seguir intentándolo más tarde como un animal asustado que no acaba de atreverse a cruzar un río. Él no se escondía, pero tampoco se mostraba. No escuchaba las conversaciones vertiginosas que lo rodeaban, pero no dejaba de oírlas. El fútbol, el tráfico, la nueva ley antitabaco, trabajos, mujeres, comida, paro, política, familia: la misma cantinela de otras veces, siempre aderezada con tacos, carcajadas, gritos e improperios, un murmullo de fondo al que al final la mente acababa acostumbrándose aunque nunca dejara de intentar alejarse. Autobuses de ida y autobuses de vuelta: en algún punto se cruzaban y los conductores se saludaban. Líneas que no se desviaban nunca de su recorrido, aunque un día, pensaba, se montaría en una de ellas y aparecería en cualquier sitio. Ya casi era imposible distinguir entre estudiantes y vándalos. Uno podía optar por destruirse a sí mismo o por destruir aquello que en su interior insistía en destruirlo a uno. No había ninguna otra opción. Con unos prismáticos (siempre los prismáticos, aunque apenas los había usado en un par de ocasiones) o, simplemente, con un poco de atención, podría ver quiénes formaban el grupo congregado junto al columpio de aquel pequeño parque en el que alguna vez había estado o quién se asomaba en ese instante a alguna de las ventanas de los dos edificios que tenía a la vista. ¿Por qué temblaba el agua de aquel charco si no estaba lloviendo? Podría ser el viento, se dijo, pero son tan uniformes las ondulaciones del agua marrón que había llenado aquel pequeño cuadrilátero (¿cuál sería su nombre?) en que estaba plantado un árbol raquítico: parecía como si el agua estuviera siendo movida desde dentro. Y desde dentro, como en un sueño, iba él pasando la mirada por esos nódulos o quistes que se le iban formando a la realidad.

jueves, 20 de enero de 2011

SÍNTOMAS

Ya anoche se dijo que era extraña esa necesidad de orinar que sentía con tanta frecuencia. Confió, al acostarse, en que no sería más que un pasajero desarreglo de las funciones urológicas. Por la mañana no notó nada extraño, salvo ese corte brusco al final de la micción, como si algún músculo estuviera siendo presionado y le impidiera a la uretra seguir descargando orina desde la vejiga. Acudió con normalidad al trabajo. No notó allí ningún otro síntoma distinto a la frecuencia algo más alta de lo normal de sus visitas al baño: dos o tres durante la mañana. Curiosamente, habló con un compañero de literatura y enfermedad, que —no lo sabía— había sido el tema de su tesina de licenciatura. Se mencionaron algunos nombres de autores de lengua alemana, entre otros el de uno al que estaba leyendo esos días, por cuya prosa desgarrada pasa constantemente un viento helado que abre una y otra vez agujeros por los que se pierde todo equilibrio, toda serenidad. No fue hasta esta tarde cuando se dio cuenta de que las gotas finales no eran exactamente del mismo color de la orina, sino que estaban teñidas de un ligero color rojizo; además, notaba un ardor, o un leve dolor como en el interior de la uretra, hacia el final de la micción, que terminaba con el corte brusco que ya sintió anoche. Al ver lo que identificó como sangre mezclada con la orina, en unas milésimas de segundo cruzaron por su mente las más terribles enfermedades, sobre todo tumores alojados en distintos lugares del aparato urológico. Se dedicó a caminar de un lado a otro del piso a través del pasillo. Le faltaba el aire, jadeaba, se mesaba los cabellos, resoplaba, rozaba con una mano la pared, sudaba, palpitaba. Justamente ahora, se decía, cuando estaba a punto de disfrutar de unas semanas de vacaciones. En el mismo instante en que su vida estaba saliendo a flote tras tantos y tantos meses de naufragio. En esa exacta parte del cuerpo que siempre ha sido para él el centro de su vitalidad, la fuente de los más altos goces por los que merece la pena vivir, el arpón o la ballesta, el pico travieso del colibrí, la lengua del camaleón, el aguijón imposible de domar, la jiribilla, el latiguillo, la serpentina, el diábolo. Así que ojo por ojo, se dijo. Consultó en internet las enfermedades que pueden ocultarse en lo que, tras varias micciones finalizadas con unas gotas de sangre, no le parecieron ya unos síntomas pasajeros. Infecciones varias, de orina, de la uretra, de los riñones. Cálculos. Y una amplia lista en la que figuraban, desde luego, varios tipos de tumores. Cuando acudió al médico, ya había cerrado la consulta. Al regresar a casa, empezó a anotar la hora de cada micción, la cantidad de agua que bebía —un cuarto de litro tras cada micción, pues había leído que la ingesta de líquido era recomendable para las infecciones— y los síntomas que se daban en cada micción: más o menos ardor al finalizar y más o menos gotas de sangre. Mantuvo esta dinámica de registro minucioso durante varias horas, y lo cierto es que no solo le ayudó a concentrarse medianamente en su trabajo, sino que le fue convenciendo de que lo más probable es que se tratara de alguna infección inofensiva, tratable a partir del día siguiente con antibióticos que la harían desaparecer en poco tiempo. Leyó un poco después de cenar, se tomó su somnífero habitual, se acostó y se durmió.

martes, 18 de enero de 2011

LÍNEA CIRCULAR

En menos de cinco minutos se les han caído al suelo dos monedas a dos personas distintas.

Decido tomar la línea circular en el sentido contrario al que había pensado después de comprobar que el recorrido será dos estaciones más corto.

El tiempo pasa de un modo diferente en el andén y en el vagón: más lento en uno que en otro. En el andén la gente se mueve, ansiosa, desesperada, impaciente. En el vagón se quedan quietos, entregados a un movimiento que no pueden dominar.

Está a punto de llegar el tren: la escritura sufrirá en cuanto me monte en él los vaivenes de un movimiento que tampoco ella podrá dominar.

Quería sentarme, pero me toca estar de pie.

Un sábado por la tarde la gente sale, en general, acompañada o para reunirse con su compañía: a quienes están solos o han salido en busca de acompañamiento pasajero se les nota en la cara.

Me siento. La chica sentada a mi derecha (tapo con los dedos lo que escribo para que no pueda leer que hablo de ella) se perfuma el cuello con un botecito que saca del bolso: el perfume es intenso, pues hasta yo, que tengo poco olfato, lo huelo.

Acaba de levantarse. Ya se han ido: su perfume y ella.

En estos trenes nuevos (rectifico aquí algo que dije antes) cuyos vagones están unidos, por lo que pueden considerarse, en cierto modo, como un único y larguísimo vagón, hay gente que pasea de un lado para otro: en ese doble movimiento pueden elegir caminar en la misma dirección del tren o a contracorriente.

Imagino que uno puede sentarse en un vagón de la línea circular y permanecer en él el tiempo que quiera mordiéndole constantemente la cola al tiempo.

Se podría incluso venir aquí a escribir, una vez por semana, por ejemplo: instalarse, con un termo de café con leche, en un asiento situado frente a una de las puertas, como ahora (y esta idea no es nueva: se me ocurrió hace tiempo), y escribir un relato cuyos protagonistas vayan adoptando los rostros de los pasajeros que entran y salen.

Los rostros significan las miradas; las miradas significan las palabras no dichas o los sueños; los sueños significan los deseos; los deseos significan las vidas no vividas; las vidas no vividas significan la vida o el relato.

Mi destino se acerca: he atravesado media ciudad en media hora. ¿Es esto, que todo acabara disipándose, lo que andaba buscando?

He dejado escapar cientos, quizás miles de oportunidades de desvíos, de encuentros, de experiencias, de rutas, de transformaciones. Pero, en cierto modo, todas esas oportunidades desperdiciadas se reúnen aquí, en esto que escribo como un mapa subterráneo, paralelo a la realidad.

jueves, 13 de enero de 2011

EL CORO DEL ESTUPOR

Desde mi exiguo, ¿cómo llamarlo?, tablero o pupitre, es decir, desde el lugar al que estoy sentado para consultar internet —y revisar de paso una traducción que debo enviar hoy mismo a quien me la encargó—, escucho las conversaciones simultáneas o sucesivas que se mantienen en las cabinas telefónicas del locutorio, además de las negociaciones o charlas del dueño del establecimiento con diversos clientes, proveedores, comerciales, policías y amigos que van desfilando por el local sin detenerse en él mucho tiempo. Llega un momento en que tengo que taparme los oídos con los dedos anulares de ambas manos —los más gruesos de que disponemos a excepción de los pulgares— para poder concentrarme en lo que estoy intentando releer. Una madre española que ha entrado con dos niños —creo que gemelos— de unos cinco o seis años de edad y un anciano al que trata como a un padre parlotea al teléfono con algún familiar mientras sus hijos se encaraman a las sillas con tal griterío, compulsión y descaro que el dueño del local tiene que reconvenir —en vano— al abuelo de los críos hasta que la madre, que a la vez que parloteaba con su interlocutor en la cabina les gritaba a los niños que dejaran ya de molestar, termina su conversación, le pasa el teléfono al abuelo, arrastra a duras penas hasta la puerta a sus hijos, le pide a su padre que no se entretenga, grita cada vez más a medida que se vuelven cada vez más estridentes los berridos de los niños y, finalmente, una vez que el abuelo termina de hablar, paga y sale por fin con su prole a la calle. El espectáculo me hace pensar que nos encaminamos hacia un mundo de completa desidia, de deterioro profundo de los vínculos humanos, de falta absoluta de modales, de continua brusquedad en el trato, de aspavientos, griterío, aspereza, estridencia. Un joven caribeño hablaba por teléfono —creo que con una novia reciente— y toda su conversación consistía en fragmentos de exclamaciones, retazos de excusas, peticiones deshilvanadas, en medio de una evidente incapacidad de escuchar. Otro personaje de este entremés de locuaces tardó menos de dos minutos en amenazar a no sé quién con pasar por su casa a buscarlo o buscarla para hacerle saber lo que vale un peine. Mientras tanto, en el ordenador contiguo al mío un joven oriental jugaba al póquer o a algún otro juego de cartas: de vez en cuando chascaba los dientes o suspiraba, al mismo tiempo que el programa emitía sonidos, musiquillas o tonos indicadores, supongo, de determinados lances del juego. Este, pensé, es el coro del estupor, la gran fanfarria del sinsentido, el aderezo sonoro del silencio que somos. Y, después de pensarlo, volví a incorporarme a él con mi teclear compulsivo, con mis pulsaciones perdidas, como quien se zambulle en un naufragio.

domingo, 2 de enero de 2011

TUMBAS DE MÁS ALLÁ DEL TIEMPO

En aquellas islas (europeas para unos, africanas para otros y tricontinentales para casi todos los demás) los coleccionistas de momias, procedentes de los más ilustres gabinetes científicos de las grandes ciudades europeas, habían expoliado, al parecer desde mediados del siglo dieciocho, todas las cuevas empleadas por los antiguos habitantes de las islas a modo de necrópolis. El resultado era que las pocas momias que habían sobrevivido (extraña combinación de términos, lo sé) a las manipulaciones descuidadas, a los saqueos y rapiñas de los propios nativos ignorantes, a las largas travesías, a la humedad de las bodegas de los barcos, a los naufragios innúmeros, a los rigores de los inviernos nórdicos, descansaban hoy en día, casi tres siglos después, en polvorientos museos europeos como tristes despojos de quienes, junto al fuego escondido en las entrañas de la tierra, fueron los únicos señores de sus islas durante casi un milenio y medio. (Y lo más triste es que algunos museos insulares se habían hecho también con momias o con restos de momias que eran exhibidos como cualquier otra cosa detrás de rancias e infames vitrinas.) Ya no había, así pues, lugares en los que brindarle un pensamiento a la memoria de los antepasados. El misterioso afán con que estos habían intentado (¡y en muchos casos, logrado!) arrebatarle a la corrupción de la muerte, mediante las técnicas del mirlado, la posesión de sus cuerpos, destinar sus cadáveres a una permanencia en el tiempo que acaso sirviera a sus descendientes como testimonio de su paso por la tierra, había caído, casi literalmente, en saco roto: quiero decir que sus huesos se habían desparramado, que las momias, apoyadas, según se decía, en las paredes rugosas de las cuevas, o acostadas sobre tablas de noble madera de tea, envueltas siempre en varias pieles de cabra, como signos de una precaria victoria sobre el tiempo, habían sido mancilladas, expoliadas, profanadas. Con el paso de los siglos, algunos habitantes de estas islas perdidas habían recuperado la memoria de sus antepasados y habían comenzado la búsqueda de las antiguas cuevas funerarias. El resto de la población, sin embargo, es decir, la inmensa mayoría, no solo desconocía cualquier dato sobre su propio pasado, sino que hubiera estado dispuesto a un nuevo expolio, esta vez mucho menos científico e ilustrado, de cualquier huella de un mundo que ya nada tenía que ver con el suyo, con el mundo del presente, el de los centros comerciales y los parques temáticos, el de los hoteles de lujo y los campos de golf, el de los puertos deportivos y los bloques de adosados. Se encontraron, es cierto, muy pocas cuevas funerarias, casi todas ellas vacías. Llegaron a descubrirse en sus alrededores terraplenes destinados a antiguos rituales o dibujos inscritos en piedras en lo alto de riscos majestuosos: no pudo revelarse el emplazamiento de ninguno de estos lugares, ninguno de ellos pudo acondicionarse para que fuera visitado, en homenaje a sus antepasados, por la población actual, pues esta los habría arrasado, los habría convertido en vertederos o en lugares de esparcimiento, borracheras y reyertas, en comederos, meaderos o picaderos públicos. Algún idolillo descubierto en el fondo de barrancos resecos, entre las grietas abiertas en otro tiempo por el agua en la piedra, fue reproducido a tamaño natural por las autoridades culturales y vendido, junto a camisetas, jarras decoradas con el mapa de las islas y bombones rellenos de crema de plátano, como suvenir en la tienda de algún mirador recién restaurado.

domingo, 19 de diciembre de 2010

EN UN LOCUTORIO DEL NORTE DE MADRID

Lo primero que escucho es un murmullo, como si estuviera hablando en voz muy baja para que no se la escuche fuera de la cabina o como si —así es, al menos, como el murmullo se proyecta en mi imaginación— tuviera la boca muy pegada al auricular, como si, por apurar hasta el máximo la imagen, todo su cuerpo estuviera enroscado en torno al teléfono en un último intento, desesperado, de salvarse. Susurraba, casi lloriqueante, y su voz, al principio, me pareció la de un hombre. La de un hombre sumiso, acabado, postrado. Sin embargo, cuando luego empezó a transformar sus susurros en frases plenamente articuladas, e incluso, más tarde, en gritos recriminatorios o interrogativos, quedó claro que era una mujer. Su voz era ronca, como la de una mujer que ha fumado o que ha bebido mucho. Acusaba al hombre con quien hablaba de mentir, de mentir como un bellaco, y le preguntaba si, por la virgen santísima, no le daba vergüenza mentir como un bellaco. Le estaba dando, le advertía, la última oportunidad antes de enviarlo a la guardia civil. Le preguntaba dónde se encontraba, en qué localidad, y le proponía un encuentro para esa misma noche, aun si cada uno de ellos tenía que desplazarse cientos de kilómetros. Daba la impresión de que él no aprobaba ese encuentro. Si ella estaba dispuesta a desplazarse trescientos, por qué, le gritaba, no podía él desplazarse cien. Le pedía que la dejara hablar, ya que era ella quien había tomado la iniciativa de llamarlo y quien iba a pagar la llamada. Le decía que no, una y otra vez, y en un momento determinado lo llamó con su nombre completo, nombre de pila compuesto y dos apellidos, como si con esa mención casi bautismal pudiera conseguir más atención o impedir que él hiciera lo que quiera que estuviera planeando hacer. Le dijo que, si no podía mover el camión de donde lo tenía aparcado, alquilara un coche para poder venir. Volvió a bajar la voz, como si nada de lo que había estado gritando sirviera para algo, y, casi llorando, le dijo que no tenía ni para comprar tabaco, que se arrastraba todas las noches por las calles de la ciudad de un lado para otro, que lo único que quería era mirarlo a los ojos. Cuando acabé mi sesión de internet y atravesé el pasillo hasta la salida, miré hacia la cabina donde ella estaba, pero no pude verle la cara. Era una mujer de estatura media, melena rubia teñida y, me pareció, no demasiado limpia, abrigo, bolso. Estaba, como la había imaginado al principio, como enroscada en torno al teléfono, agarrada a él quizá con las dos manos. Era una mujer sin nombre que hablaba, creo, con un hombre que ya no la quería.

domingo, 5 de diciembre de 2010

CALLE BERNABÉ RODRÍGUEZ

- ¿Por dónde quieres que empecemos?
- Dejemos más bien que las imágenes vayan poco a poco empujando las cáscaras invisibles que parecen envolverlas: las que logren salir acaso puedan guiarnos a medida que hablamos.
- ¿Fueron tú y él compañeros de clase?
- Sí, desde los primeros cursos del colegio, desde que tengo memoria. Y lo seguimos siendo hasta que yo dejé el colegio por un instituto público. Siempre estuvimos en la misma clase, pues ninguno de los dos repitió curso.
- ¿Frecuentaste mucho su casa?
- Calculo que habré estado unas quince o veinte veces en ella, a lo largo de los años. Allí vi por primera vez un ordenador personal, que sus padres le habían regalado. Nos recuerdo tumbados en la cama de su dormitorio, obnubilados con aquella pantalla en la que unas figuras que hoy serían irrisorias conformaban unos juegos en los que ya no había juguetes.
- ¿Es ese tu recuerdo más intenso de aquella casa?
- No sabría decirte. La ropa que caía de los armarios empotrados a lo largo del pasillo cuando a algún otro compañero y a mí se nos ocurría abrir una de sus puertas nos hacía retorcernos de risa. En eso éramos crueles y, en cierto modo, creo que inconscientemente nos descolocaba esa cultura de la acumulación, proliferante, en la que la ropa, en cantidades industriales, parecía introducida a presión en aquellos armarios y abandonada allí durante un tiempo indefinido como si no hubieran podido o querido desprenderse de ella. También hay otros recuerdos, claro.
- ¿Te refieres a las fotos gigantescas de familiares muertos rodeadas de flores y de varas de incienso?
- Sí, y era como si su presencia siguiera flotando de algún modo en el aire. De hecho, llegué a conocer a un abuelo suyo que murió poco tiempo después. Cuando vi el altar en que lo recordaban, la inmensa fotografía en que lo habían fijado para siempre, en medio del salón, me dio realmente la impresión de que siguiera vivo.
- ¿Te hablaba mucho de su país?
- Casi nunca. Ni siquiera cuando volvía al colegio después del verano, tras haber pasado uno o dos meses allí, hablaba demasiado de su país. No recuerdo que me haya dicho de qué parte era su familia. Tampoco recuerdo que hablaran entre ellos otra lengua que no fuera el inglés o el español. Parecían querer borrar, al menos de cara a los demás, cualquier huella de su diferencia. Debían de haber heredado de la generación anterior el desprecio o la antipatía con que fueron acogidos en la isla.
- ¿Qué más podrías decirme?
- Eran sonrientes, pero también melancólicos. Te contaré una anécdota. Creo que habían pasado ya algunos años desde que yo había dejado el colegio cuando un día visité a mi amigo. Es posible, incluso, que haya sido la última vez que estuve en su casa. (Luego se mudaron a otro piso, que ya no conocí.) Al despedirnos, él en el descansillo y yo en el ascensor, nos dimos la mano y noté que durante unos instantes no me la soltó: sintió siempre hacia mí un verdadero cariño, pero sabía que en ese instante la vida iba a separarnos, como en efecto ocurrió. Y creo que lo supo con más lucidez que yo. No nos habían separado las religiones, las lenguas ni las costumbres, pero iba a separarnos el tiempo, contra el que nada se puede. Esa imagen contiene uno de los momentos más tristes de mi adolescencia.
- ¿Nunca más lo viste?
- Años más tarde me puse en contacto con él. Yo era ya profesor en un instituto del norte de la isla. Él era director de un hotel en esa misma zona. Me invitó a almorzar allí, junto con dos de sus subordinados. La conversación fue insulsa, protocolaria. Había engordado. Seguía igual de sonriente y de atento. Se había casado y tenía un hijo. Nos despedimos en la calle, junto al hotel, y nunca más lo he visto.
- ¿Sabes algo más de él?
- Dejó el hotel y pasó a trabajar con su padre en lo que siempre le gustó: la informática. Sufrió la tragedia de ver morir de cáncer a una hermana menor. Lo llamé cuando me lo contaron, pero no lo localicé: tal vez haya cambiado de número. Sé que viaja con frecuencia a su país por asuntos de trabajo. Y sé que volveremos a encontrarnos un día, de casualidad, en alguna de las calles de nuestra pequeña ciudad, y que al mirarnos a los ojos seguiremos reconociéndonos como si el tiempo nunca hubiera pasado.

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