viernes, 7 de septiembre de 2012

LA URRACA


La urraca que pasó junto a mí parecía estar ciega. Esos pájaros nunca se acercan tanto si no es por alguna causa mayor como esa. Iba dando saltos, como si no se atreviera a volar, saltos de tres en tres o de cuatro en cuatro, saltos hacia delante como si solo supiera avanzar a tientas y casi a rastras, apoyándose al caer firmemente en la hierba, temerosa. Son unos bichos monstruosos las urracas. Esta, además de un pájaro ciego, parecía un autómata, una especie de máquina acorazada en su avance campo a través. Cuando pasó junto a mí yo alargué la mano como para comprobar si me veía. Aunque no llegué a tocarla, solo se desvió al escuchar el ruido involuntario que hice cuando me giraba hacia atrás en el banco donde estaba sentado. Creo que no vio mi brazo alargado hacia ella y que si yo hubiera sido más silencioso al girarme casi hubiera conseguido rozarla. Era un pájaro atroz que se impulsaba solo para saciar su compulsión de movimiento. No se le veían los ojos, quizá porque era ya una urraca anciana y los llevaba tapados con matas de pelo colgante. Debía de ser eso: no una ceguera producida por accidente o por enfermedad, sino la ceguera propia de quien ha envejecido más allá de lo razonable. Nadie, por supuesto, le había hecho el favor de cortarle las matas de pelo colgante que le impedían ver; no existe todavía un servicio municipal de atención a las urracas que pueblan nuestros parques. Se las consiente, pero nadie se ocupa de que nazcan sanas, de que crezcan sin enfermedades, de que se reproduzcan apropiadamente y de que mueran sin excesivo sufrimiento. Y aquella urraca, por la que acabé sintiendo lástima, pues en muy poco nos diferenciábamos si teníamos en cuenta el escaso presupuesto que las administraciones públicas destinan a quienes, a pesar de todo, seguimos considerándonos sus ciudadanos, parecía consciente de su destino aciago. Su búsqueda era la ansiosa persecución de una escapatoria imposible. Yo no podía quedarme toda la tarde sentado en aquel banco contemplándola. Cada día los tiempos se nos vuelven más exiguos y es menor el espacio de nuestras vidas que dedicamos a la provechosa actividad de la contemplación. De todas formas, en aquel preciso momento de la tarde, puedo asegurarlo, yo era el único habitante del universo —pues es ahí donde vivimos y es ese el único lugar al que podemos llamar nuestra maldita casa: el universo— que perseguía con la mirada a aquella urraca. Esta coincidencia no me volvía más importante que nadie ni tampoco convertía aquel instante en diferente de muchos otros vividos o atravesados sin apenas vivirlos. Es una mera constatación cuya única finalidad es que, en cierto modo, se perciba el inmenso abandono en que se encontraba la abuela urraca en aquel parque. Debía de haber cumplido ya hace tiempo su misión procreadora. Sus hijos, a los que sin duda había criado como cualquier urraca responsable, andarían ahora desperdigados entre las arboledas de aquel o de otro parque. Sus ocasionales compañeros en la procreación debían de haber acabado, la mayoría, aplastados contra el asfalto por las ruedas de coches y camiones. Era casi una urraca póstuma, una urraca conclusiva, una urraca de la que ya no dependía nada salvo su propia vida de saltos desorientados en la hierba. No podía pasarme mucho tiempo mirándola, así que me volví hacia la avenida, hacia las parejas que corrían, hacia las madres que paseaban sus carritos, hacia los otros bancos ocupados por gente solitaria. Y entonces me pareció escuchar un aleteo. Miré hacia donde estaba la urraca y no la vi. Creo que había echado a volar a través de los árboles.

lunes, 3 de septiembre de 2012

LA GRUTA

Queríamos nadar hasta meternos en la gruta
ya que el mar parecía estar en calma.
Negociamos, benévolos, con los abruptos
laberintos de lava de la costa
el punto en que nos lanzaríamos.
Desde allí hasta la gruta
unas pocas brazadas
en el mar centelleante, pero oscuro,
llevarían los cuerpos casi en abandono.
Gritos como los que daríamos
habría repetido ya la gruta otras veces,
gritos como los de quienes
ya no estarían allí porque un día estuvieron o porque
no estuvieron nunca y fueron engañados.
El mar era la herida
y el agua oscura era
la sangre que brotaba sin descanso.
Jadeantes nadaríamos hasta donde los otros niños
para gritarle al techo de la gruta
un revuelo de sílabas,
nuestra forma de dar
las gracias desde el fondo
como peces aún vivos.

viernes, 24 de agosto de 2012

LA CALETA DE INTERIÁN

Un camino empinado me llevó hasta la inesperada visión de unos bajíos. Pensé que al final habría más malezas, pero me encontré con unos terraplenes en los que trabajaban un tractor, un camión y dos operarios. Los huecos en el muro por los que se podía ver la costa (una vez recorrido el camino empinado) eran como los ojos reconcomidos de una gran máscara ciega. El mar se perpetuaba en los bajíos, ola va y ola viene, estremecimiento de las piedras y estremecimiento de las piedras: tambor y celosía y estertores y orgasmo. Los operarios estaban vestidos con unos monos de color naranja y permanecían a una distancia prudente el uno del otro. El muro que recorría la costa o, mejor, el borde superior de la costa (hasta el que llevaba el camino empinado), estaba construido con las mismas piedras por las que el mar penetraba o que el mar interpretaba en los bajíos. La hora era la del final del mediodía y cualquier trabajo, por tanto, efectuado a aquella hora en los terraplenes contiguos a la desolación de las malezas era un trabajo clandestino. Cuatro piedras de aquellas recubiertas de musgo podían albergar muy bien un cuerpo que necesitaba descansar tras recorrer aquel camino empinado y hallarse ante una visión inesperada. Cuna de balancín en los bajíos o cuña para el bañista entrometido, cualquiera de estas dos metáforas podría aplicarse a las cuatro piedras en las que el cuerpo se encajaba para enfrentarse a la pleamar tras sus visiones. Quienes en épocas de mayores necesidades levantaron los muros de estas fincas o invernaderos hasta el mismo borde del mar sabían que el mar devora sin piedad y herrumbra sin contemplaciones los desesperados ingenios de los hombres. Ni como signos de nada permanecen ya estos muros semejantes a antiguas fortalezas con almenas y todo. Y con esos ojos que las gaviotas han picoteado sin dejar más que unas órbitas perplejas frente al mar. El tractor levanta tierra de los terraplenes que deposita en el volquete del camión para que este la traslade a otros terraplenes ─y así sucesivamente. Tierra y nubes de polvo y monos naranja y operarios esquivos tras las malezas que un muro separa del mar de los bajíos. Creí que el camino empinado llevaría más allá de los invernaderos, pero venía a morir entre unas zarzas al borde del acantilado. Entre muros como estos se suicidaban antes los maridos cornudos, las mujeres violadas, los adolescentes humillados por sus compañeros de colegio, los maricones del pueblo, los pastores trastornados. Dicen que usaban matarratas o herbicidas. A partir de las zarzas el itinerario se volvía confuso y a estas alturas ya no sabía si era en los bajíos donde me había bañado o en el volquete del camión, si el camino llevaba hasta los ojos vacíos de una gaviota disecada o hasta el tractor que levantaba unas malezas ardientes, si la cuna era el tractor o si el camión era el camino. No había quien entendiera nada o quizá no había nada que entender.

sábado, 18 de agosto de 2012

RAFAEL ENTREVISTA A RAFAEL

El joven poeta venezolano Rafael Ayala Páez (Zaraza, Estado de Guárico, 1988) ha tenido a bien entrevistarme. Como algunos lectores malpensados sospecharán que se trata en realidad de una autoentrevista camuflada con seudónimo, diré que no es así, que Rafael Ayala Páez existe realmente y que en su página web está ya publicada la entrevista, con el añadido de una selección de poemas (la mayoría de los cuales refuta probablemente las disparatadas afirmaciones del entrevistado). He decidido colgarla aquí también por si algunos lectores de este blog quieren refocilarse sanamente. No todo van a ser parodias y profanaciones.  

Rafael Ayala Páez: ¿Podría platicarnos un poco acerca de su relación con la poesía?

Rafael-José Díaz: Sí, con mucho gusto. Se trata de una relación visceral. Algunos poetas se jactan de escribir desde la más tierna niñez (como si eso demostrara algo). En mi caso, intento olvidarme de cuándo empecé a escribir y no me importa pensar que lo que escribo hoy pueda ser lo último. La poesía a veces no es sino un lastre para vivir. Otras veces nos endosa una careta de santones de la que tardamos años en desprendemos (si es que lo logramos). A veces, muy raras veces, se escribe un poema como si se diera un pasito para acceder a un mundo un poco distinto del nuestro. Entonces hay que estar dispuesto a ver, a dejar de ver, a olvidar y, sobre todo, a no arrodillarse ante ningún dios instantáneo.

R.A.P.: ¿Cuáles son sus influencias literarias? ¿Algún libro de poesía en particular ha tenido una decisiva importancia para usted?

R.-J.D.: No reconozco ninguna influencia literaria. Descreo de ese tipo de ansiedades. Fluencias, sí. Muchas fluencias, flujos y reflujos literarios. Se puede pensar que mi primera afirmación contiene una pizca de prepotencia. Que cada cual piense y sienta lo que en cada momento le apetezca —siempre que no pretenda que los demás piensen y sientan lo mismo. Cuando se escribe un poema —pero muy pocas veces se escribe un poema— se está creando un mundo nuevo de la nada. Una vida dentro de la vida. Ahí no hay influencias, dependencias o maestrías que valgan. Los maestros pretenden casi siempre imprimir las marcas de sus fustas en los lomos de sus sufridos discípulos. Estas relaciones sadomasoquistas en el seno de numerosas cortes literarias me producen verdadera repugnancia. ¿Libros de poesía que haya leído con agrado? Sobre todo aquellos que parten de la imposibilidad de decir y terminan en la imposibilidad de decir. O aquellos que, sin pretender decir gran cosa, dicen algo que en ese momento nos consuela, nos sana o nos enfurece.

R.A.P.: ¿Considera que el lenguaje, en particular con respecto a su propia poesía, es un acto íntimo?

R.-J.D.: Bueno, desde luego no es tan íntimo como otros actos… Y, por muy íntimo que sea, los poetas padecemos un exhibicionismo contumaz, estamos permanentemente deseando mostrar nuestras intimidades. Un lenguaje conservado en el desierto durante cuarenta días de soledad y de dolor sí que sería un acto auténticamente íntimo. Desde luego, la poesía se vive en una especie de clausura. Uno se emboza para alcanzar cierta separación de los demás, una particular ausencia de miradas ajenas que nos permita fijarnos exclusivamente en nosotros mismos. Entonces se saca lo que se pueda del interior —casi siempre es muy poco lo que se saca— y lo que se obtiene es un poema, es decir, un texto dotado del máximo grado posible de inutilidad. 

R.A.P.: Usted ha traducido la obra de Arthur Schopenhauer, Pierre Klossowski, Philippe Jaccottet, entre otros. ¿Puede describirnos brevemente el oficio de un traductor literario?

R.-J.D.: El traductor literario es un señor que siente cierta necesidad de leer textos literarios escritos en lenguas extranjeras y que, en un momento determinado, se atrinchera como un valiente entre diccionarios y gramáticas para ejercer uno de los pocos milagros que existen en este mundo: el de trasladar o transformar o reescribir o transcrear (dijo alguien) un libro escrito en esa lengua extranjera en la lengua propia del traductor. Se trata de una actividad que en pocas ocasiones se lleva a cabo con éxito rotundo. Es uno de los oficios más necesarios del mundo y, sin embargo, es de los peor pagados y de los menos reconocidos.

R.A.P.: ¿Cree que el trabajo de los traductores a veces se ignora?  ¿Qué podemos hacer para cambiar esto?

R.-J.D.: Creo que en la respuesta anterior contesté ya en cierto modo a esta pregunta. Yo no sé qué se podría hacer para mejorar las condiciones de vida de los traductores y la visión que se tiene de su trabajo. Como en casi todo, imagino que habrá que resistir y que luchar inventando permanentemente nuevas corazas y nuevas armas.

R.A.P.: ¿Cómo describiría la poesía contemporánea española? En su opinión, ¿cuáles son sus limitaciones, sus profundidades con relación a las generaciones anteriores?

R.-J.D.: A la poesía española contemporánea la describiría como una señora con peineta vestida con un modelito de lo más fashion que cuando saca a pasear a sus caniches les recita haikus, alejandrinos o versos blancos para que mejoren en lo posible su forma de ladrar. A la segunda parte de la pregunta no sabría responderle. Las limitaciones que pueda padecer no le impedirán a esa señora, la poesía española contemporánea, seguir haciendo de las suyas en todos los saraos. Y en cuando a profundidades, no creo que disponga de ninguna, por lo que, pura superficie brillante como es, posee la virtud de reflejar todo lo que se le ponga por delante.

R.A.P.: ¿Tiene usted algún consejo para los jóvenes poetas?

R.-J.D.: Que se alejen de los poetas y de la poesía tanto como puedan.

R.A.P.: ¿Actualmente en qué proyectos literarios está trabajando?

R.-J.D.: En el ahora más inmediato, acabo de terminar una entrevista que muy amablemente ha tenido a bien enviarme un joven poeta venezolano y en la que casi nunca respondo a lo que me pregunta —quizá porque es el único modo de responder realmente a algo. En otro orden de cosas, tengo dos libros de poemas huérfanos de editor y que muy probablemente enfermarán de falta de cariño paterno y terminarán sus tristes días en algún orfanato. También van apareciendo textos diversos, sobre todo en prosa, en el blog que desde hace dos años mantengo como un —discúlpeme la pedantería— laboratorio de escritura. Publico ahí no solo textos con los que abofeteo ciertas actitudes estéticas de lo más ridículas y pintorescas, sino también relatos, apuntes, poemas en prosa o fragmentos que recomiendo a todos aquellos que quieran comprobar el ruinoso laberinto en el que acaba convirtiéndose el jardín en el que una vez se creyó vivir en amena armonía.

martes, 7 de agosto de 2012

LOS CHICOS DE LA GASOLINERA

Yo no sabía que en lo alto de la montaña había un campamento de verano. Me lo dijeron los chicos de la gasolinera. “Hay dos maneras de llegar”, continuaron. “Las ventajas y las dificultades de ambos tipos de acceso son similares, pero las consecuencias son completamente distintas”. “Eso”, proseguí, “¿significa que, escoja la vía que escoja, el esfuerzo y el placer serán proporcionales, pero que, una vez que llegue a lo alto de la montaña, mi situación será radicalmente distinta dependiendo del camino que haya elegido?”. “Lo ha entendido usted bien, solo que no se trata de caminos”, respondieron los chicos de la gasolinera. Miré hacia lo alto de la montaña y vi un conjunto de luces muy próximas las unas a las otras. “Los caminos que podrían conducirle a la montaña fueron borrados a medida que los excursionistas los iban desbrozando para llegar al campamento”. “Y aun así”, inquirí, “existe un modo de llegar a lo alto de la montaña”. “Ya le hemos dicho que no existe un solo modo, sino dos”. “Es verdad, lo había olvidado. Por cierto, ¿aquellas luces que se ven allá arriba son las del campamento?” “Sí, aquellas luces son las luces del campamento. Se trata de fogatas que los campistas encienden después de cenar con la intención de ahuyentar a los depredadores”. “Pensaba que los únicos depredadores que había por aquí eran las corujas que atrapan entre horribles quejidos ratas y ratones”. Me equivocaba, al parecer, según los chicos de la gasolinera, pues “la montaña abunda en seres que se esconden en la oscuridad a la espera de una oportunidad para lanzarse contra sus víctimas”. Con las mangueras de los surtidores bien agarradas mientras servían gasolina a sendos clientes, los chicos me miraron con ese gesto a medias socarrón y a medias compasivo que les conocía de otras ocasiones. (Debo aclarar que si acudía a aquella gasolinera con más frecuencia de lo habitual era porque se trataba de la más cercana a mi domicilio; no desearía que ningún lector pensara en otras motivaciones menos transparentes o lógicas.) “¿Y no parecen más bien luces artificiales en vez de fogatas, no tienen como un aura de fluorescencia aquellos resplandores?”, me lancé a preguntarles, sobre todo por el prurito de llevarles la contraria. “Se equivoca”, me dijeron. “Además, esas fogatas están íntimamente relacionadas con uno de los dos modos de alcanzar lo alto de la montaña”. “Ah, ya comprendo, se trata de señales luminosas para el posible aterrizaje de helicópteros”. “No sea usted vulgar ni fantasioso”, me dijeron, cortantes. “No tergiverse ni un ápice nuestras palabras, pues ya le dijimos antes con meridiana claridad que las fogatas sirven para ahuyentar a los depredadores”. “Es verdad, lo había olvidado, me había armado un lío o quizá es que no acabo de creerme nada”. “Más le valdría creerse a pies juntillas todo lo que le decimos”. “¿Quiénes se encuentran en el campamento?” “Lo desconocemos”. “Bueno, menos mal que no lo sabéis todo”. Me miraron con una mezcla de asco y de insolencia. “Es que, como sabéis, la ignorancia es el único camino hacia el conocimiento”. “¿Y no será más bien que el conocimiento se alimenta de sí mismo?”, preguntaron, redichos, sin darme opción a réplica alguna. “Usted ha venido hoy aquí preguntando por esas luces que se ven en lo alto de la montaña y por la manera de llegar hasta allí; nosotros, armándonos de toda nuestra paciencia y empleando todas nuestras reservas de amabilidad, le hemos respondido lo que sabíamos. Y entonces usted, en agradecimiento, se permite cuestionar nuestras informaciones y nuestros consejos, insinúa que podemos estar equivocados y plantea sus propias hipótesis sobre lo que dejó claro que desconocía por completo”. No supe qué responderles. La gasolinera llevaba unos minutos sin recibir clientela. El viento arrastraba hojas, trozos de servilleta, mariposas y desconsuelo. Los chicos estaban sentados en unas sillas blancas de plástico tomándose unas cervezas. Hacía ya un rato que había repostado y creía estar en condiciones de emprender la exploración de aquella montaña. Me apasionaba llegar de noche a lo más alto de las montañas de la isla y llevarme algún recuerdo que luego clasificaba en las gavetas de mi escritorio con una etiquetita en la que figuraban el nombre de la montaña y la fecha de la visita. No era, desde luego, una colección muy original, pero para mí era única. Había objetos de lo más variopintos. Uno de los más extraños, creo, era una especie de homúnculo de arcilla de unos diez centímetros de largo con sendos alfileres clavados en la boca y en salva la parte. A veces, en momentos especiales, yo lo extraía del cajón, lo manoseaba, retiraba alguno de los alfileres y volvía a clavarlo en su lugar original. Sentí sed y compré una cerveza en la máquina expendedora. Les pregunté a los chicos de la gasolinera si querían otra, pero ambos, al unísono, contestaron que no. Sus miradas eran a estas alturas hoscas, arrogantes, incluso un poco desconfiadas. No había mucho más que hacer allí, así que me marché.     

sábado, 4 de agosto de 2012

PUNTA DEL HIDALGO

No se puede escribir desde la conmiseración, pero quizá sí en función de la misericordia. ¿Qué es la misericordia? Las palabras podrán significar lo que signifiquen, pero nunca significan más que una especie de olor. El olor de la misericordia es parecido al del salitre. Es una vaharada repugnante que acaba impregnando no solo la ropa sino incluso la propia piel de los misericordes. La piel, hace ya tiempo que la piel se olvidó de todos los potingues con que se engalanaba para encandilar a otras pieles una vez que se le ajó su brillo natural, pero aún es bastante sensible a la misericordia que algunas noches la visita en forma de salitre. Estas paredes desconchadas, por ejemplo, o el solar sin construir encajonado entre dos casas edificadas como prolongación de la roca, o también las barandillas oxidadas desde las que se contempla sin entusiasmo una recua de barcas varadas no lejos de la orilla. Todo esto no es más que la cara visible o palpable de la misericordia. La cara de su olor, la cara de su sudor tan agrio como esos pedos del mar filtrados a través de las alcantarillas lindantes con la cofradía de pescadores y los otros bares. El muellito, vaya. El muellito del cerveceo contumaz, de las ratas sanguinolentas que bajan de madrugada a limpiarse las heridas con el agua del mar, el muellito de las cuerdas de amarre podridas de tanto orín y de tanta grasa y alquitrán. Sigilosas, repentinas, aflautadas y ariscas, las corrientes de los vientos alisios pasan entre los resquicios o las escaleritas de vértigo en busca de un apareamiento con la calima africana, apareamiento que, una vez que tiene lugar, engendra el más asqueroso de los climas. Entonces la misericordia pasa a significar la pústula y el desafuero. A lo que apunta todo esto es a una enfermedad rara cuyos síntomas más evidentes vienen a coincidir con los de tres o cuatro trastornos neurológicos. El paseo se convierte enseguida en un marasmo de farallones, colmillos gigantes a modo de ensenadas, malpaíses correosos en los que unas figuras espectrales pescan al atardecer y turbios recovecos que solo en alguna pesadilla de otra época podrían haberse usado para darse baños de mar. A estas alturas avanzamos ya inmersos en una pesadez que no difiere tanto de una especie de levedad, pero no porque se haya sublimado o espiritualizado ninguno de los elementos constituyentes de dicha pesadez, sino porque lo que pesa parece al mismo tiempo levantarse a sí mismo. No es que la misericordia se haya convertido para entonces en una suerte de halterofilia del alma, ni en ninguna otra filia conocida, más bien al contrario: continúa identificándose con una supuración involuntaria, con un hálito pegajoso que nos va rodeando hasta que casi parece acogotarnos. Y a partir de entonces no nos suelta nunca, para que lo poco que consigamos respirar se lo debamos a esa presión de menos que nos imprime en su lento estrangulamiento. Ni las luces solitarias en dos o tres de las barquitas varadas, ni las risas dispersas de algunos grupos de jóvenes fiesteros, ni las antorchas de los tranquilos hoteles-balneario conseguirán raspar esa segunda piel nuestra, la lepra de la misericordia. Es inútil intentar escapar de ella por mucho que se camine en dirección al faro o en busca del pescado fresco de la cofradía. Cada paso es un desmoronamiento y una restitución del cuerpo a la nada en la que ya no habrá pasos (no he sabido decirlo con menos pedantería). Es completamente inútil imaginarse e incluso sentir lo que quiera que sea, pues la única costra verdadera es la de la misericordia purulenta, el olor a desagües, la pátina rasposa que no sale nunca, el vertedero o el silencio de más allá del tiempo en este lado del tiempo.

sábado, 21 de julio de 2012

PLENO VERANO

Pleno verano, tórrido, insistente. Y yo pensando en el invierno. Obsesionado por las olas mansas de una lengua de arena de la que pude haberme posesionado si fuera hombre de más arrestos. (Hombre de arrestos como mis ancestros, combatientes en guerras africanas e ibéricas, abuelos, tíos abuelos, conquistadores, guerreros y gigantes de plácidas vejeces irascibles.) Pero como todo consiste en dejarse ir y en no ganar sino calvicies de oportunidades que una vez ostentaron pobladas cabelleras, el invierno regresa en pleno verano para intentar seducirme con sus ensenadas solitarias, con su sol domesticado y con su balanceo en el más frío mar, esa delicia. Hablaba de posesionarme en el sentido de aprehender, en el sentido de incorporar al propio bagaje un espacio contemplado con seriedad y rigor. Las montañas de agua o las montañas desde las que se divisaba el agua a lo lejos no parecían haber sido nunca habitadas. Un sol perecedero, el sol de las tardes del invierno, retozaba conmigo sobre la arena. Esa arena se transformaba hacia el interior en rocas desgastadas que se entremezclaban con arbustos a medida que la cala se iba convirtiendo en un inhóspito barranco. Al bañista de invierno, o sea a mí, le parecía increíble poder disponer de ese lugar entero solo para él y se dedicaba a  caracolear en la arena mojada, a tenderse en las lascas apenas rugosas de los riscos o a imprimir las huellas de sus pies como fugaces remansos para los bocados del mar. Estaba escondido allí en la contraluz de un atardecer de atardeceres y no expuesto como ahora a las arremetidas de un sol descomunal. No practicaba la meditación trascendental ni me comunicaba con los dioses mitológicos, sin duda por la ya mencionada falta de arrestos, y perdía el tiempo reblandeciendo mi piel en un mar desprovisto de prestigio, el invertido mar del contraluz de invierno, esa delicia o esa aridez. Hay que ser un verdadero memo para quedarse en casa en pleno verano estrujando la esponja de un día pisoteado por el resto de los días del invierno, un día pequeñito al que ni siquiera el microscopio del recuerdo preciso y obsesivo puede retrotraer o revivir. Retrotraernos hasta él es una operación absurda que solo se explica como una manera (quizá válida como cualesquiera otras) de vaciar el presente para apreciar mejor su tufillo de nada, su insolvencia y su amargura. Pero así son las cosas en estas islas infernales. El pleno verano no es, me temo, sino un remedo de la vaporosa canícula de las sabelotodas sibilas; y el invierno, en cambio, es una gasa apropiada para casi cualquier herida que no sea del cuerpo. No hay que pedirles acaso a los momentos de máximo esplendor sino el hilo que los mantenga milagrosamente unidos a cualquier momento del presente por insidioso que sea. Se liberan entonces unas energías desconocidas, unas fuerzas de distanciamiento y de retracción que nos dejan solos frente al vacío del tiempo: este instante solo existe como sustento de aquel otro, este pensamiento no es más que el sostén de una desaparición. No se trata de un desprecio consciente de la cotidianidad en que se vive, sino de lo contrario: de la aceptación de que esa cotidianidad no puede ofrecernos más que el vacío de que está hecha, un vacío poblado de fantasmas, ectoplasmas y miasmas siempre demasiado locuaces.       

lunes, 16 de julio de 2012

CHIRCHE

Segunda intentona. Veamos. Apuremos. Concentración. “El origen del caserío se remonta a la época de las roturaciones del siglo XVII”, señalaba implacable un panel informativo. Barajemos los datos, las imágenes, los fragmentos rescatados. En el siglo XVIII, en no recuerdo qué actas diocesanas o constituciones sinodales, continuaba el panel, se contabilizaban unos 17 vecinos, es decir, 85 habitantes. No alcanzo a entender bien qué regla se ha utilizado para calcular el número de habitantes a partir del número de vecinos. ¿Un vecino con su cabra sería un solo vecino, un habitante más una cabra o dos habitantes? En fin, da igual. Esta gente debió de trastornarse, en su mayoría, al cabo de unos años viviendo en un lugar doblemente y hasta triplemente aislado: lejos del núcleo municipal de Guía de Isora, núcleo a su vez alejado de la capital de la isla, isla a su vez alejadísima de su continente de referencia. Además, estos vecinos o familias arracimadas padecían la condena de tener que tratarse a todas horas, todos los días, día tras día sin descanso alguno. Veamos más datos. La iglesia fue construida en la época franquista, si no recuerdo mal en la siguiente fecha inscrita en la fachada: MCMXLVI. Una fecha que da repelús nada más descifrada. De una de las casas surge un reguero de agua con espuma que llega hasta cerca de la plaza. A continuación, de la misma casa, sale un joven afeminado con lo que parece una leve acromegalia; miro de reojo al interior de la casa y no distingo nada, pues de una oscuridad tenebrosa emerge una señora, a todas luces la madre del joven, que cierra con lo que parece una de esas grandes llaves antiguas de hierro la casona que acaban de limpiar. Tras esta escena que no voy a calificar, me quedo contemplando un rato la plaza vacía, con el escenario de la verbena aún sin desmantelar y las ramas secas de palmeras utilizadas en no sé qué tipo de algarada religiosa. La bienvenida no se le da aquí a nadie, cada cual que se las arregle como pueda y si te he visto no me acuerdo. Busco el sendero que conduce de Chirche a Aripe, el otro caserío, situado unos kilómetros más abajo. Las antiguas tarjeas han sido sustituidas por tuberías, decenas de tuberías de metal unas junto a las otras sin pudor ni adecentamiento alguno. Una de las tarjeas, sin embargo, que va bordeando la medianía con la elegancia de una equilibrista satisfecha, lleva agua todavía. No mucha, ni demasiado fresca, pero al menos se puede meter la mano y dejar que el agua fluya entre los dedos mientras prosigue su camino. Y es que la mano está sucia, está manchada de una sangre de mentira desde que encontré una tunera llena de cochinilla y estallé el cuerpecito de uno de esos parásitos para ver el color del carmín bajo la luz del sol del sur. Resultó ser casi como la sangre humana. Una sangre que permanece escondida en los racimos blanquísimos de las cochinillas que absorben la savia de las tuneras. Casi tan blanca era la paloma que se refugió en un entrante de roca y se puso a observar al milano que planeaba como quien no quiere la cosa hasta que enfiló hacia la roca en que se encontraba la paloma. Recuerda al romance de doña Alda, pero no diré qué ocurrió; supongo que es indiferente para lo que viene a continuación. A continuación hay un burro que, recluido en un corral, come tranquilamente su pienso; a este que nadie le cuente milongas, que lo dejen en paz. ¿Que lo que es pan para hoy es hambre para mañana? No lo dirán por él, desde luego. Su caso es justo el contrario: lo que fue hambre ayer se ha convertido hoy en pienso y pan. Y bien que se lo merece, pues lo que cargó por todas esas lomas en su juventud nadie lo sabe sino él. No está dispuesto a que le ocurra en su vejez lo que al viudo reciente del que hablan dos magos sentados a uno y otro lado de la calle principal: “ese se vuelve ahora más flaco que un cangallo”. Así se habla por aquí. A los lados del sendero hay varias eras, esos recintos circulares casi siempre empedrados que hoy nos parecen lugares casi mágicos. Aguzando el oído, quizá pueda escucharse todavía el ruido de los cascos de las bestias, los jaleos, el viento que ayudaba a separar el grano de la paja. Una imagen, un fragmento más. Una cazadora de talla infantil, sucia y polvorienta, con capucha, cuelga de las ramas de una tabaiba reseca. ¿Descuido, infanticidio, casualidad, pedofilia o una señal para alguien? No encuentro nada sospechoso en los alrededores, pero tampoco voy a convertirme en uno de esos inspectores de la nueva novela negra canaria. El crimen de Chirche no es, creo, mal título para un próximo éxito de ventas. Que alguien se anime y escriba la primera novela policíaca-histórica-autóctona-rural de Canarias. Yo le ofrezco desinteresadamente, además del título, la primera pista: esa cazadora de niño encontrada cerca de Chirche.

jueves, 12 de julio de 2012

CUADERNO DE RECIENVENIDO

Un lugar caracterizado por su población flotante y por la inconsistencia de sus identidades que, sin embargo, está plagado de recuerdos y constituye el soporte de gran parte de mi memoria de la infancia. Una paradoja que vuelve a este lugar más inquietante aún de lo que de por sí ya es. Una playa en la que uno se baña siempre en el mismo mar aunque el mar no parezca reconocerlo a uno nunca. 

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Lejanos gritos de gaviotas. Como algo que se recuerda de pronto. En un fondo que pareciera estar esperándonos, sin creer demasiado en ello, y que confiara en que habremos de llegar porque siempre hemos vuelto.

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Conviene luchar contra “las primeras impresiones”. No son más que una zancadilla que nos impide sentirnos de verdad recienvenidos. Creo que los recienvenidos no sienten nada especial, solo, si acaso, la extrañeza de encontrarse de nuevo en donde nunca pensaron volver a estar.

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No mirar para ver ni ver para mirar. (Tampoco, por supuesto, ver para creer ni creer para ver.) Simplemente, dejar que los ojos miren o vean aunque no miren ni vean nada concreto o especial. Irse hasta dejarse ir en un movimiento de perpetua fuga hacia donde no se crea ver nada y pueda mirarse todo una vez más.

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¿Qué hace que un texto sea relevante o irrelevante? ¿Qué lo sitúa en primera, en segunda o en tercera fila? Me lo estoy preguntando porque el otro día, hablando con un amigo, me dijo que algunos textos míos publicados en el blog le parecían irrelevantes y de tercera fila. (Creo que empleó esas exactas palabras.) Se refería a ciertos textos polémicos, circunstanciales, incómodos, pertenecientes a lo que he etiquetado en el blog como “parodias y profanaciones”. Ni le di la razón ni se la quité. Me quedé pensando en lo que me dijo, pues es un amigo al que quiero desde hace muchos años y sé que me habló con el corazón. Sin duda muchos de esos textos no tienen la más mínima importancia y son solo pataletas escritas desde la indignación, desde la irreverencia o desde la perplejidad. Con una pizca de mala uva casi todos, sin duda. Con el deseo de que algunas cosas se estremezcan un poco, no con el objetivo de que se derrumben sino con la ilusión de que sus distintas partes se recoloquen o se reinventen para que surja algo nuevo, algo auténtico, algo más. Algunos se toman estos textos a pecho, otros con más gracejo. Hablar de asuntos de tercera fila conlleva el riesgo de que se acaben escribiendo textos de tercera fila. Ninguno de los textos publicados en mi blog tiene la más mínima relevancia, pero si tuviera que salvar algunos salvaría uno o dos que han pretendido poner el dedo en llagas hasta ese momento sacrosantas aunque no por ello menos irrelevantes.

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Que la actividad de escribir solo sirva para dejarlo a uno más solo de lo que ya está no es sino un falso inconveniente que se revela ventaja en cuanto nos damos cuenta de que no hay otro modo de avanzar en la propia desaparición salvo verse y sentirse solo en esa especie de desierto que es el vacío de las palabras. 

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El hecho de que haya menos cucarachas rondando por los alrededores del apartamento no es un asunto baladí. Me permite subir a la azotea o bajar a la terraza por la noche sin que me obsesione encontrarme con un ejemplar de esos insectos perfectamente diseñados para horrorizar. Sin embargo, ellas están siempre ahí. Son indestructibles. Como especie, al parecer, poseen una capacidad de supervivencia mucho mayor que la nuestra. Es decir, que toda nuestra supuesta adaptación al medio, nuestra presunta inteligencia, nuestra aparente superioridad sobre el resto de los animales no nos va a servir de mucho cuando se trate de competir con las cucarachas en lo realmente decisivo: sobrevivir.

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Está uno siempre trajinando con cuadernos, bolígrafos, libretas, libros, lápices. Como quien no da puntada sin hilo, no se desplaza uno sin un cuaderno o un libro a dondequiera que vaya. ¿No será para ocultar alguna tara, para tapar un vacío, para cubrir una rotura? Objetos con los que se escribe negro sobre blanco o con los que se sustituye una página con otra o con los que el rostro se esconde detrás de unos papeles. Cachivaches sobrados de prestigio con los que fabricamos trajes relucientes que no dejen a la vista las naderías que cubren.

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No da más de sí el día. No se lo puede estirar para que desembuche lo que lleva dentro precisamente porque no lleva nada dentro. En un pretencioso alarde de funambulismo, podría atravesarse el recuerdo de este día para acabar ofreciéndole al expectante lector unas vísceras inútiles, un reverso pálido, unas imágenes mudas. Aceptemos que no da más de sí, que se ha terminado y basta. Durmamos como benditos y despertemos como adanes embobados. 

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El gran sol, el suntuoso, el que en unos segundos seca los cuerpos chorreantes, el creador de las sombras más profundas, el altivo, el incuestionable, el que hormiguea bajo la piel aturdida, el que abraza sin contemplaciones y muerde y hiere en la herida cavada un año tras otro, el siemprealto, el nuncaesquivo, el perforador de los presentimientos, el adalid de los veranos mágicos. Ya nunca vienes por aquí, gran sol. Te extraño algunos mediodías. Tu sustituto no está, me temo, ni mucho menos a tu altura.

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Encuentro un juego de tacitas de café minúsculas, con un asa estilizada y una decoración floral ya bastante marchita. En esas tacitas tomábamos café con mi abuela cuando pasaba con nosotros unos días de verano en el apartamento. Servido en una de ellas, el café sabía y sabe realmente bien. Se va tomando a sorbitos, mientras las hojas resecas del pompadú liberan sus secretos zarandeadas por el viento que cruza la sala aireada.

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Un cuaderno no debe parecerse a otro. Lo que escribí hace un par de veranos ya no importa. No se puede arrancar si no se olvida lo que se deja atrás. ¿Qué sentido tiene trazar un arco perfecto que lleve desde un punto cualquiera del pasado a un punto cualquiera del presente o del futuro? ¿Para qué perder un solo segundo de esta vida que es lo único que tenemos en sentarse a elaborar con las palabras monumentos perfectos e inútiles que siempre acabarán por reflejar nuestra profunda incoherencia e imperfección? Si uno está dispuesto a malgastar unos instantes de su vida, que sea para sorprenderse a sí mismo, para reírse solo, para patalear como un niño travieso o, si acaso puede esto lograrse, para crecer como persona.

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Mientras nadaba pensé que era la última vez que lo hacía. Pensé en la cantidad de gente que estaba sufriendo o muriendo mientras yo nadaba. Pensé en cómo se vería mi cuerpo desde el borde de la piscina si sufría un colapso mientras nadaba. Pensé en lo mal que nadaba y en que ello se debía a que nunca me había esforzado en nadar mejor. La piscina era el lugar en el que yo existía en ese momento, era una especie de refugio contra todos los demás lugares en los que no existía, contra la infinitud de posibilidades que, no se sabe por qué extrañas derivas del destino, mi cuerpo había descartado para estar entonces allí, exactamente en ese instante, nadando, en la piscina.

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Llegué a un lugar en el que las olas confluían desde dos direcciones distintas y poco después de juntarse volvían a bifurcarse para morir cada una por su lado en la orilla. Era una de las puntas de la isla. El viento soplaba como podría imaginárselo uno en los sures chilenos. Tanta era la fuerza de aquella parte de la costa que después de décadas de urbanización y acondicionamiento se resistía a perder su encanto salvaje. Como un paseante más, deambulaba adormecido por el vaivén del mar y no me detuve hasta que vi al fondo los acantilados de la montaña de Guaza.

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También llegué a un puerto. Estuve a punto de entrar a cenar en un restaurante de pescado fresco situado en un edificio estrambótico que recuerdo haber comentado siempre con mis padres cuando era pequeño. Lo dejé atrás, sin embargo, y me interné por las callejuelas que desembocan en la playa principal. El escaparate de una tienda de pesca me sorprendió con sus anzuelos, sus cañas y sus barcos en miniatura. Soñé o me estremecí durante una milésima de segundo. Qué alejado del mar —de mar adentro— he estado para haber nacido en una isla. Tres adolescentes de rostros felinos secreteaban apoyados en la barandilla del paseo. Podría continuar, pero qué sentido tiene el recuento de cada paso dado. Prosa oficinesca, prosa de procesión. Mis disculpas.

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Sería mucho mejor un recuento de los ruidos de la casa. El estallido que, no se sabe si procedente del reloj de pared, del cuadro de la luz o de algún otro objeto no identificado, suena de pronto a la una de la madrugada. Los crujidos del pompadú que el viento produce, sin que, como dije antes extralimitándome, las hojas liberen ningún secreto, pues, ¿qué secretos va a tener un árbol? Los gritos lejanos de las gaviotas que, aunque emitidos a mucha distancia del apartamento, es aquí donde se escuchan y donde, por lo tanto, existen. La voz de una mujer y la de un hombre que regresan a la una y media de la mañana existen también para mí porque las escucho mientras leo tumbado en el sofá; cristalina la de ella y cavernosa la de él, como un arroyo que resonara en el interior de una gruta. Y, ya que nos hemos puesto poéticos, se podría terminar con el silencio, que es el ruido que resume y absorbe los anteriormente mencionados y cualesquiera otros que alcancen a ser emitidos.

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En el taxi de regreso desde el pueblo de pescadores me senté en el asiento delantero. Es lo que se estila —lo recordé a última hora— en las islas cuando se monta uno solo. Costumbres de épocas pasadas menos dadas a la desconfianza. La cercanía con el taxista me obligó casi a darle conversación. Me imaginé que había tenido un abuelo medianero y otro cabrero. Continué trepando por su árbol genealógico mientras él me hablaba de las pérdidas que le habían generado las confusiones etílicas de clientes ingleses o alemanes que no recordaban bien en qué hotel se alojaban. Su cara me decía que había tenido un tatarabuelo morisco. Y ahora él era chófer de este taxi que, carrera va y carrera viene, recogía a mocosos pequeñoburgueses al borde de un coma etílico. Se despidió de mí con grandes parabienes a pesar de que no le dejé sino diez céntimos de propina.

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Hablemos de la frutería. A diferencia de los centros comerciales, la tradicional frutería, aunque se invista —ya iba a decir “se embista”— de un toque turístico con sus carteles en inglés y sus frutas exóticas, como esta que he visitado hoy, es un lugar en el que se convive. Nadie viene aquí a pasear ni a practicar ese malsano zapping de escaparates tan característico de los centros comerciales. A la frutería se va a rozarse con los demás, a asegurarse el primer lugar en la caja, a pasear frente a las manzanas, los albaricoques y los higos el nuevo bikini comprado en las rebajas. Hay quienes se plantan frente a un manojo de acelgas como si tuvieran delante un pelotón enemigo. La frutería constriñe, fija y no da ningún esplendor. Todos son allí bienvenidos y cualquiera puede llevarse unos melocotoncitos, unas uvas o un melón por un módico precio. La gente se roza, se huele, paga y sale.

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Hace más de un cuarto de siglo pasaban las vacaciones en estos apartamentos unos niños que decidieron un día bañarse en todas las piscinas de hotel que les fueran saliendo al paso. Les pidieron a sus padres que les prepararan unos bocadillos y, después de desayunar, iniciaron su periplo. Lograron colarse en unos siete u ocho hoteles. Atravesaban los vestíbulos fingiendo los andares y los gestos de los hijos de cualquier turista nórdico y, mirando con el rabillo del ojo a los recepcionistas, casi siempre ocupados, se dirigían hacia las piscinas. Algunas eran tan grandes y ofrecían tantas atracciones —cascadas, puentes, pasadizos, toboganes, surtidores— que los retenían más tiempo del previsto. Ese día volvieron a los apartamentos cuando ya estaba oscureciendo. Sus padres, lógicamente preocupados, les tenían preparadas las correspondientes recriminaciones y broncas. Esto, que recuerda a un relato en el que un acomodado donjuán americano atraviesa nadando, ante el asombro de los respectivos propietarios, varias piscinas de un complejo residencial, es más un recuerdo que un relato.

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Hago esfuerzos por mantener a raya muchas otras incitaciones al recuerdo que no conducen a nada. En un lugar como este —para que se entienda bien: el sitio en el que pasé ininterrumpidamente todos los veranos hasta aproximadamente mis veinte años— es preferible poner a prueba la capacidad de vivir el presente. No ayuda demasiado el hecho de que todo esté tan calmado porque no hay apenas nadie en la urbanización: si hubiera más movimiento, más ruido, más vaivén de visitas, me digo, los recuerdos encontrarían menos fisuras por las que colarse hasta mí. Así que debo estar vigilante y no dejarme llevar por las ensoñaciones, pues el silencio está cargado de peligros. Algunos de los apartamentos, vacíos ahora y mudos estandartes de la disolución de todo, me susurran historias cuyos detalles conozco al dedillo. Los árboles del parque, cuyas copas se agitan con un viento inconstante, parecen hacerme señas para repare en lo que ocurrió junto a ellos muchos años atrás. Incluso los gatos, que este verano no han aparecido, insisten con su ausencia en recordarme otros gatos, tantos, tantos gatos distintos de un verano tras otro. Así que no es al instante al que le pediría que se detuviera —pues, ¿cómo vivirlo si deja de transcurrir?—, sino a los recuerdos; o, más bien, a las alevosas incitaciones al recuerdo.

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Si no se deja vivir, para qué insiste la vida. La literatura es en cierto modo la deserción de la vida, pero sin un poco de vida la literatura nace muerta. Un texto nace muerto cuando no hay aire para que respire, cuando no ha sido alimentado con los nutrientes de la vida, cuando es un mero producto de la fertilización in rhetorica. Oigo fragmentos musicales que se acoplan en una única partitura distorsionada. Son la música de la vida, que transcurre lejos de quien la escucha y, sin embargo, lo transporta a sus diferentes estratos como en un vuelo mágico. Es una música que se oye raras veces pero que, una vez escuchada, nunca se olvida.

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En esta urbanización toda historia comienza con un clic. El clic de una persiana que se cierra en el dormitorio de la prostituta checa. El clic de la puerta del vallado exterior que alguien abre a altas horas de la madrugada para caer herido de arma blanca sobre el césped. El clic de la puerta de acceso a la piscina que nadie debería abrir pasadas las diez de la noche pero que, de pronto, se oye junto a las risas de dos amantes que se lanzan borrachos al agua. Alguna vez he pensado tirar del hilo de uno de estos clics. Pero, si lo hago, ¿no sonará entonces otro clic?



       

viernes, 6 de julio de 2012

TARDE METÁLICA

Bajo a la ciudad y me compro un cuaderno. Las tinajas siguen donde siempre. Al gran hotel le han maquillado las fachadas y, es de suponer, le han revestido las entrañas de algún tipo de piedra extraída de canteras situadas en montañas protegidas por la ley.

Promete ser una tarde metálica, pues me dirijo a la inauguración de una exposición titulada Metales. Me intriga saber si se trata de metales pintados o de pinturas metalizadas. Por lo pronto, el nombre de la artista es prometedor: Maribel Nazco.

En el cuaderno escribiré lo que sigue. Unos apuntes como quien no quiere la cosa. Para no aburrirme demasiado mientras me tomo un barraquito en una terraza de la calle San José.

En la zona de chabolas ─o vestigios de chabolas─ que rodea el hotel, un barrio que algunos llaman Las Lavanderas, exactamente en una calle sin salida que desemboca en medio del barranco, unos pánfilos musculados estaban jugando a un deporte precursor del fútbol local y que consiste en emitir unos sonidos caprinos cada vez que se toca con los pies un balón del tamaño de un cráneo humano.

Al apuesto camarero que atiende en la terraza podría contarle, si me atreviera a darle conversación, lo que sé de la ciudad, de esta misma ciudad en la que ahora estamos aunque él no estuviera ─lo intuyo─ cuando estuve yo y yo solo esté de paso ahora que él vive aquí. Poco más podría contarle, teniendo en cuenta la diferencia de edad, el desconocimiento mutuo, mi incapacidad para avanzar temáticamente en las conversaciones y su aparente curiosidad por el mundo que lo rodea.

Al menos dos bares he visto ya con las persianas de metal bajadas hasta la mitad, como si estuvieran abriendo o cerrando en ese momento, supongo que para evitar que entre calor desde la calle.

Escucho ciertas voces masculinas genuinamente canarias que discuten alrededor de unos cubatas. Son las voces de tres presuntos padres de familia de edad avanzada. Voces gangosas ─iba a decir fangosas, cascadas por el tabaco y la bebida. Voces cavernosas escuchadas en esta gruta al aire libre que es la parte baja de la ciudad.

El templo masónico ─me animo a hacer un poco de turismo─ continúa cerrado, cada vez más ruinoso, sin placa alguna que lo identifique, encajonado entre edificios de viviendas multicolores quizá promocionadas por el primo o el hermano del alcalde anterior. Un templo más a la orilla del olvido. (Un día el actual alcalde ordenará demolerlo por la noche y al día siguiente nadie se dará cuenta de su ausencia.)

Peluquerías donde hubo restaurantes. Farmacias de diseño donde hubo tiendas de enmarcado de cuadros. Franquicias de asesoramiento de dietas eficaces donde hubo videoclubs o merenderos. Y todo vacío, a la espera de los clientes para los que se pensaron estos establecimientos que pasado mañana tendrán que ser desmantelados porque el mercado ha cambiado o porque triunfó la competencia.

La pareja formada por el escritor de inminente renombre y el cuarentón de aspecto siempre juvenil que lleva más de veinte años frecuentando sin pretensiones lo más chic de lo chic de la noche chicharrera.

La sensación de estar en una ciudad que se parece a otra nunca visitada, una ciudad rioplatense, pero con un desfase de décadas entre una y otra, como si el tiempo hubiera pasado aquí de otro modo o como si los desajustes se debieran no tanto al desorden de los tiempos como a la desquiciada visión de quien no es bienvenido a pesar de haber sido invitado.

Flamboyanes en las plazas, moscas en los bares. Las flores rojas conforman tras caer alfombras de ensueño en rotondas acondicionadas con bancos y columpios para solaz de las familias biempensantes. Las moscas se posan en las orejas de los borrachos tragaperras de los bares.

No hay demasiados poetas en la inauguración de Metales. Algún crítico de arte abotargado, pulcro y relamido a quien tuve que dejar de leer porque perdió por completo el criterio, es decir, la capacidad de discernir entre lo mediocre y lo brillante. Como no hay apenas poetas, pocos, si no ninguno, serán mañana los artículos sesudos que reflexionen en la prensa local sobre la metálica intriga de esta exposición: ¿cuadros hechos con metales o metales pintados? Yo no la he visto con demasiada paciencia y prefiero no opinar. Me gustaron más, eso sí lo diré, algunos cuadros en los que los metales buscaban sus orígenes terrestres hasta llegar a parecerse a una colada de lava ya fría que otros en los que los metales se erizaban intentando imitar la rozadura de dos cuerpos.  

El cuaderno ha cumplido su misión. Lo mejor sería arrancar las páginas en blanco, casi todas. Y, de paso, también las escritas. Pero no: sentimos la recalcitrante necesidad de decir y de decirnos. No sabemos simplemente dejarnos decir ─o dejar de decirnos.  

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