viernes, 12 de septiembre de 2014

UN PASEO POR LA LAGUNA


En 2007 unos amigos que coordinaban una revista de viajes me encargaron un texto que iba a publicarse en un monográfico sobre las ciudades españolas Patrimonio de la Humanidad. Yo me encargaría de escribir el dedicado a San Cristóbal de La Laguna. No pude entonces dejar de acordarme de uno de sus habitantes más ilustres, el poeta Arturo Maccanti. Quienes alguna vez tuvimos el privilegio de coincidir con él en uno de los paseos que daba por la pequeña ciudad no podremos olvidarnos nunca del entrañable modo con que Arturo se volcaba en la amistad, la poesía y la vida vivida sin tapujos. Esos instantes son uno más de sus muchos regalos. Ahora que Arturo se ha marchado, como un viajero insomne, y su vida empieza a convertirse en el eco del eco del resplandor que fue, quiero traer a este blog, en homenaje a su memoria, este texto que a él le gustó en su momento. Consuélenos pensar quizá que quien vivió sobre la vida muere también por encima de la muerte.
                                                           In memoriam Arturo Maccanti


¿Por qué no empezar a medianoche, o a una hora cualquiera de la madrugada de un sábado, y mezclarse entre los miles de estudiantes que abarrotan las calles del llamado cuadrilátero, esas pocas manzanas en que se concentran las tascas, los bares, los pubs, las discotecas y los afterhours? Entremos tambaleándonos en el Cholas, en el Búho, en el Strasse, en el Granero o en el Pecados: nuestros relucientes zapatos acabarán manchados por los pisotones y nuestros cuerpos resecos por la soledad o la abstinencia se bañarán de un sudor comunitario que alimentará cada vez más el afán de apretarnos, de frotar nuestros cuerpos con los cuerpos vecinos en una algarabía de roces, miradas, voces, músicas, gestos, empujones, recuerdos, deseos, tragos, besos y bailes. A esa misma hora (pero apenas lo recordamos, o tal vez ni siquiera lo sabemos) un cuerpo muy diferente del nuestro, radicalmente distinto de todos los cuerpos que nos rodean y nos seducen o desengañan, duerme incorrupto el sueño de la muerte. Recluido en un sarcófago en el interior de uno de los conventos más antiguos de la ciudad, el de Santa Catalina de Siena, el cuerpo venerable de la  Siervita de Dios permanece intacto a la corrupción de la materia, a las devastaciones de la muerte, al desgaste del tiempo. Podríamos decir que asiste impasible, desde su inmovilidad, al aquelarre de cánticos profanos, de impurezas, de acciones deshonestas y de vicios que ha ocupado la ciudad en que ella, Sor María de Jesús, vivió volcada en la virtud. ¿Nos bendice, magnánima, o nos condena, implacable? Nunca lo sabremos. Despreocupados, buscamos éxtasis sinténticos, intensidades de instantes imposibles, amistades que al día siguiente no recordaremos.



      Si una ciudad es sobre todo un tejido de calles y plazas, de edificios y jardines, de paseos y bancos, de árboles y coches, de personas y animales, no es menos cierto que una ciudad es también un tejido de sílabas, un nombre o muchos nombres. La Laguna sigue recordando en las sílabas que la sostienen lo que la emparenta con la antigua Tenochtitlan: su fundación junto a una laguna. Desecada hace ya mucho tiempo, esa laguna permanece en la sombra de un nombre. Y, en cierto modo, la fertilidad de toda la vega lagunera, es decir, de la extensa campiña que rodea la ciudad y con la que ésta se funde en sus extremos (a pesar de los desmanes urbanísticos de políticos y empresarios), recuerda también las aguas perdidas para los ojos pero ganadas para el suelo, para los terrenos, para la vida, al fin. Pero antes de ser La Laguna o, con mayor propiedad, San Cristóbal de La Laguna, pues bajo la advocación de ese santo la fundaron los conquistadores castellanos, la ciudad se llamaba Aguere (probablemente del sustantivo amazigh agaraw, que significaba 'laguna') para sus primitivos moradores. También ha recibido por metonimia el nombre de Nivaria, una de las denominaciones antiguas de la isla de Tenerife, «donde la gran pirámide nevada / Parece competir con las estrellas», como dijera uno de los grandes poetas canarios de los Siglos de Oro, Bartolomé Cairasco de Figueroa. Y son precisamente dos poetas, pero esta vez actuales, los que han rebautizado a la ciudad de La Laguna desde sus propios puntos de vista, desde sus personales visiones creadoras. Arturo Maccanti, que aunque no nació en La Laguna vive en ella y pasea infatigable por sus calles, la ha llamado Guerea en algunos de sus poemas. Combinando anagramáticamente los topónimos Nivaria y Aguere, pero aludiendo también a las nereas o nereidas, hijas del dios griego Nereo, hijo a su vez de Océano y Tetis, Maccanti traza un recorrido mítico y a la vez melancólico por una ciudad en la que los recuerdos deambulan al mismo ritmo que los pasos para acabar terminando en unas pocas palabras frágiles y valientes a la vez. Muy distinto, e incluso contrapuesto, es el caso de José Carlos Cataño: nace en La Laguna y la abandona a los veinte años. En una de las entradas de 1974, el año en que comienza su diario Los que cruzan el mar, se debate entre marcharse o quedarse en «esta ciudad a la que llamo Féretra». La ciudad, así pues, como un féretro, como una cárcel, como una condena. Y escribe: «Esto empieza a ser un infierno. No quedan más que vestigios sobre el alféizar. Vestigios opacos de un antiguo esplendor, acumulaciones, residuos.»



      Regresemos, aunque sea tarde, de nuestra desbocada salida. Tarde es aquí temprano, pues después de deslizarnos entre los zombis danzantes del psicodélico Barock hemos aterrizado en el BB+ (¡oh este siglo de siglas!) que abre a las seis de la mañana como afterhours para quienes se han procurado fuerzas contra el cansancio nocturno. Regresemos, aunque sea a las once o doce de la mañana y la humedad de la noche se haya convertido en benéficos rayos de un sol omnipresente. Deslicémonos desde el cuadrilátero, que en definitiva ya no nos interesa (pues nada histórico, antiguo o venerable hay en él: sus únicos vestigios son vómitos o bragas o vasos de plástico en las calles), hasta la Plaza del Adelantado. Decía don José Rodríguez Moure en su Guía histórica de La Laguna que «[en esta plaza] se realizaron otros hechos que mejor es callar, pues no todo debe decirse aunque se pueda». Todo centro guarda celosamente sus misterios. La plaza, que recibe el nombre del fundador de la ciudad, el adelantado Alonso Fernández de Lugo, está flanqueada por edificios emblemáticos como el Palacio de Nava, el Ayuntamiento, el convento de Santa Cantalina de Siena, ya mencionado, con su ajinez suspendido a la altura de las copas frondosas de los castaños de Indias. También da a la plaza la casa natal de José de Anchieta, poeta y evangelizador del Brasil, en la que viviría más tarde uno de los poetas canarios más interesantes del pasado siglo, Manuel Verdugo, heredero de los parnasianos y flâneur enclaustrado entre las tristes calles de La Laguna de su tiempo como lo siguen estando hoy en sus conventos las monjas clarisas y dominicas. En su último libro, Huellas en el páramo, Manuel Verdugo incluye un soneto titulado «Ciudad de La Laguna» que es, posiblemente, uno de los mejores poemas que podremos leer sobre esta ciudad: «Hace honor a su nombre: ella es una laguna / que nos brinda el reposo de la quietud inerte... / Amo su paz severa, claustral, cuando la luna / el hechizo magnético de su blanca luz vierte. // Aquí --grato refugio-- quizás como en ninguna / de las viejas ciudades, con sorpresa se advierte / un perpetuo contraste, algo extraño que aúna / optimismo de aurora y tinieblas de muerte. // Yo he soñado con cosas muy tristes y muy bellas / contemplando el remoto temblor de las estrellas, / en el hondo silencio de la ciudad dormida... // Y en sus campos feraces, una clara mañana / ya maduras las mieses, vibró mi alma pagana / al ritmo dionisiaco y triunfal de la vida.»



      ¿También nuestra mañana es clara y dionisiaca? Dejamos la plaza. Apenas somos conscientes de que estamos en la primera ciudad-territorio, la primera ciudad no amurallada, modelo de las nuevas ciudades americanas y construida a partir de los mapas de navegación de la época: cada punto representa una estrella que nos guía en nuestro recorrido. Ciudad-constelación, ciudad de paz, ¿ciudad-paraíso? Atravesamos la calle de San Agustín con sus casonas barrocas, manieristas, neoclásicas o a veces todo esto a la vez. Una de ellas albergará próximamente la Fundación Cristino de Vera, que ligará para siempre la obra del gran pintor de lo humilde a la ciudad de La Laguna. Llegamos a la Iglesia y Ex-Convento de San Agustín, con sus dos claustros que parecen construidos por ángeles. Y ahora, en este silencio, ya apenas recordamos el estruendo de anoche. Podríamos continuar hasta el Camino Largo: nos cruzaríamos tal vez con el gran escritor Isaac de Vega. Pero desviémonos más bien hasta la Plaza del Cristo y escuchemos, como en sueños, nuestras propias risas de niños montados en los caballitos del carrusel que hace tiempo retiraron. Nos adentramos en la calle Viana y, como en un túnel del tiempo, venimos a desembocar en el edificio central de la Universidad de La Laguna. Como un hombre de luz, el profesor Alberto Giordano sube unas escaleras hasta abrazarnos sonriente antes de sus mágicas clases sobre literatura portuguesa. Murió hace años pero aún sigue estando, como todo o casi todo en esta ciudad. Bajamos por la calle paralela al campus. Se ha hecho tarde y apenas hemos notado el paso del tiempo. El tranvía, otro resucitado, vuelve a conectar desde hace poco La Laguna con su antiguo puerto, la actual ciudad de Santa Cruz de Tenerife. Nos montamos en él: dejamos atrás los jolgorios, los cuerpos incorruptos, la opresión conventual, pero también los años universitarios con sus luces y sombras, las tardes de paseos familiares, las citas amorosas, los encuentros anónimos, las conversaciones eruditas, La Laguna. Subimos al tranvía. Bajémonos junto al mar.  

viernes, 13 de junio de 2014

LA NUEVA EDAD DE ORO EN LOS BAÑOS DE ARGEL

En consecuencia (con secuencias), el hombre (él, hombre) sacudió (sssss... acudió) vigorosamente (vigor + oro + osamenta: ja, ja, ja) y a contrapelo (¿a... pelo?) el huso (el hueso) sin cumplidos (sin cupidos) que la naturaleza (natural... ¡esa!) habíale otorgado (le otorgado había). Remolona, removiola (remó: lona, galera, la moviola), lenta lanza larga (lenta danza larga) con soltura (con cintura) tan adentro (tan, tan dentro) que el paje puso paja al peje (el peje puja paja pija). Cabalga el caballero (cava, cava, valga lo que valga), embiste de cuclillas (¿eh, viste?, ¡de cuclillas!), por si la quisicosa se resiste (¿qué cosa, quisicosa?). Mano de almirez (o pierna de almirante) no obsta (no, no, ostras) para que el trípode trilingüe (centrípeto, cum linguis) revista de esplendor (¡revista de esplendor!) la grupa imberbe (el grupo imberbe). Metiosela (tío, se lame) hasta la cueva de Montesinos (la cueva del Monta Si No...), de donde no quería (no, no quería) salir el elixir (¿seguir sin elixir? ¡Eso jamás!). Así que, sin turbante (ni turbarse), trocó el caballero su cabalgadura (eso, eso: su cabalgadura) por tabla ríspida de surf (ras, ris, surf del sur) y cogió olas (cogiolas) a toda máquina (oh máquina del universo). Las olas iban y venían (venían e iban) como las damas de antaño ("les dames d'antan") hasta que se subió a las ancas (cual con zancos) para gozarlas desde lo alto (gozo, alas, gózala, mi arma) y repiquetearlas (repique, etc.). Zumbón y caballuno (moscón equinoccial), se relamía el caballero del relajo moruno (se la lamía un caballero de refajo moruno) allá en los baños de Argel (allá en los baños de Onán) entre vapores turbios (va por estupro) y sonrisas leves (aleve todo allí, sin abanico). El paje berberisco (y su peje berberecho) se brinda (y se embrida) a los más canoros arrebatos (masca, can, más oro, más, a rebato). Toca su flauta Pan (su flauta mágica de un solo ojuelo) y toda Edad de Oro, rediviva (redicha, redí: viva), florece en este tiempo de todos los demonios. 


(Texto publicado en el catálogo de la exposición El arte en la ínsula de Don Quijote, inaugurada ayer en la Fonda Medina de Güímar, Tenerife)

martes, 10 de junio de 2014

UN SIMPLE DATO

En una entrada publicada ayer u hoy en su blog y titulada "La obcecación de la crítica y la poesía de Melchor López", Francisco León afirma lo siguiente sobre el segundo libro del poeta canario: "Pese a tratarse de un libro escrito bajo el influjo de un rigor lírico inaudito hasta ese momento entre las jóvenes promociones de la poesía canaria, El estilita no recibió ni ha recibido hasta el momento, doce años después de su publicación, la escucha crítica que sin duda merece." No me corresponde a mí determinar si fue la escucha crítica que se merecía o no, pero quisiera señalar aquí que en 1997, el mismo año de la publicación de ese libro, escribí una reseña del mismo titulada "El canto vulnerado", que se publicó, si no recuerdo mal, en algún suplemento literario de los que por entonces agonizaban en la prensa de las islas. En 2007 recogí esa reseña en mi libro Rutas y rituales, publicado por la editorial Idea. He encontrado el enlace en red y lo pongo a disposición de los lectores de este blog. En ese mismo libro incluí también el texto de una ponencia que tuve el honor de pronunciar en un congreso organizado por el profesor Javier Gómez Montero en Berlín en 1998 y que, titulada "Palabra y espacio en algunos jóvenes poetas canarios", dedicaba, entre otros poetas, a Melchor López, y concretamente a su libro El estilita, algunas reflexiones en relación al espacio insular y al lugar que su palabra ocupaba en ese espacio. 

Es evidente que cuando uno se sienta a escribir un artículo supuestamente exhaustivo sobre la desafección de la crítica en torno a la obra de cierto autor y se atreve, incluso, a recriminar a determinados escritores canarios, nombrándolos uno a uno, no haberlo mencionado en no sé qué cuestionario en torno a los diez poetas de las Islas que consideran imprescindibles, una de dos: o uno se documenta con todo el rigor (lírico o no) que el asunto merece o corre el riesgo de hacer el ridículo y de, lo que sin duda es mucho peor, falsear caprichosamente la realidad.*

* Nota del 16 de junio de 2014. Me permito añadir un dato más acerca de mi modesta, aunque no por ello inexistente, contribución a la difusión de la --según León-- maltratada e ignorada obra de López. En 1999 organicé un ciclo de poetas españoles en Leipzig. Se tituló "Sonnenworte. Spanische Lyriker lesen in Leipzig" y se celebró en la Haus des Buches con la colaboración de la Embajada de España y la Universidad de Leipzig. Invité a Melchor López, que fue uno de los siete poetas que participaron. Al poeta lo acompañó Ines Griebel, una estudiante mía que tradujo estupendamente los poemas de López al alemán. Al día siguiente presenté a López en la ciudad de Jena, en lo que fue su segunda lectura en esa minigira alemana que, aun mínimamente, espero que contribuyera a la difusión de su obra más allá de las fronteras insulares y nacionales.

PRESENTACIÓN EN ATENAS DE LA ANTOLOGÍA DE POESÍA HISPÁNICA CONTEMPORÁNEA DE ATI SOLERTI

La estupenda poeta y traductora griega Ati Solerti nos ha escrito a quienes formamos parte de la antología de poesía hispánica contemporánea publicada por la editorial griega Vakxikon para anunciarnos que el libro se presentará el próximo 13 de junio en el Instituto Cervantes de Atenas. Me siento muy honrado al haber sido incluido en un trabajo hecho con tanto entusiasmo y calidad. El entusiasmo lo conozco porque, desde que Mario Domínguez Parra, "instigador" del proyecto y autor del epílogo del volumen, me habló de esta antología que ahora se ha hecho realidad, el diálogo con Ati Solerti ha sido fértil, simpático y constante. De ahí también la calidad que, a pesar de mi completo desconocimiento de la lengua griega, atribuyo a unas traducciones que han sido revisadas varias veces, consultadas con los autores de los poemas y, finalmente, publicadas en la antología con las garantías que un trabajo tan serio como ese concede a una labor tan delicada como es la traducción de un puñado de poemas de autores vivos. Me siento muy feliz, además, de compartir antología con poetas de la talla de Bruno Mesa, Iván Cabrera Cartaya, Julieta Valero, Juan Manuel Macías o Jesús Jiménez Domínguez, entre otros. Vaya mi más sincera gratitud a Ati Solerti y a Mario Domínguez Parra por su excelente trabajo. ¡Cuánto me encantaría estar el día 13 en Atenas! Estoy seguro de que será una presentación calurosa, entrañable. Dejo aquí la traducción y el original de uno de los tres poemas míos, inéditos, que se incluyen en la antología.




ΠΑΙΔΙ ΠΑΡΑΔΟΜΕΝΟ

Το παραδομένο παιδί
που νιώθει το φύλο βυθισμένο στα σπλάχνα του
να φτερουγίζει όπως το ράμφος
από ένα αποχαυνωμένο κολιμπρί
ή όπως ολάκερο το κορμί
ενός νεαρού κι εκστατικού ερπετού

είναι το κέντρο του κόσμου σ’ αυτή την παραλία
την απομακρυσμένη απ’ τον κόσμο
αν το δέρμα του επιχριστεί με άμμο
καθώς βράζουν κυριευμένα τα σπλάχνα του
και τα μάτια του δεν βλέπουν
περισσότερο από ένα αμάλγαμα της θάλασσας και της επιθυμίας.

Εγώ είμαι ένα τίποτα, αυτό είναι τα πάντα
αυτό στη στιγμή αυτή, αυτό που παραδίδεται
στους χίλιους σπασμούς
του οποίου η άσπλαχνη μετάφραση είναι πως ο χρόνος του είναι άλλος,
ένα λουλούδι σχεδιασμένο
χωρίς ορατά περιγράμματα, μια πηγή στο κέντρο του κορμιού του.

Κάν’ το να στριφογυρίσει
μέχρι, εξαντλημένο, να νομίσει πως χόρεψε
σε οποιαδήποτε φανταστική στάση,
να συλλογιστεί τη φθορά του σαν μια υποταγή, σαν μια παράδοση,
δεν είναι περισσότερο από το πενιχρό βραβείο
γι’ αυτόν που φύλαξε τις πύλες της Εδέμ.

MUCHACHO ENTREGADO

El muchacho entregado
que siente el sexo hundido en sus entrañas
revolotear como el pico
de un colibrí alelado
o como el cuerpo entero
de una serpiente joven y extasiada

es el centro del mundo en esta playa
apartada del mundo
si su piel se embadurna con la arena
mientras hierven poseídas sus entrañas
y sus ojos no ven
más que una amalgama de mar y de deseo.

Yo nada soy, lo es todo
él en este instante, el que se entrega
a las mil convulsiones
cuya atroz traducción es que su tiempo es otro,
una flor dibujada
sin contornos visibles, una fuente en el centro de su cuerpo.

Hacer que se retuerza
hasta que, exhausto, piense que ha danzado
en cualquier posición imaginable,
contemplar su desgaste como una rendición, como una entrega,
no es más que el premio exiguo
para quien ha cuidado las puertas del edén.  

lunes, 19 de mayo de 2014

UNA ACLARACIÓN SOBRE MI RELATO "PALAZÓN. UNA CRÓNICA"

En una entrada malintencionada publicada ayer en su blog, el traductor José Aníbal Campos sugiere la posibilidad de que mi relato "Palazón. Una crónica" esté dedicado al traductor José Luis Reina Palazón, amigo mío desde los tiempos en que ambos residíamos en Alemania. En absoluto es esto así. El protagonista de ese relato está inspirado en una persona a la que, en mi infancia, solíamos ver mi madre y yo paseando por las calles del barrio de El Toscal de Santa Cruz de Tenerife. Mi madre me decía entonces que aquel señor encorvado, adusto, que rondaba en aquella época los ochenta años, "había tirado al mar a gente metida en sacos durante la guerra". El apellido Palazón, habitual en Canarias, lo escogí por su sonoridad, por su evocación de las paladas de tierra con que se enterró a tanta gente en fosas comunes después de palizas y fusilamientos en masa. Nada tiene que ver, por supuesto, con José Luis Reina Palazón, poeta y traductor sevillano que residió durante mucho tiempo en Fráncfort, con quien me une, como digo, una vieja amistad y a quien envío desde aquí un gran abrazo. Considero absolutamente despreciable que el señor Campos, en su afán por atacarme, haya pretendido meter cizaña mediante un recurso tan torpe, tan gratuito, como es interpretar la coincidencia del apellido de mi protagonista con el segundo apellido del traductor sevillano como una alusión por mi parte. Y me parece que semejante disparate, producto de la peor de las sañas, invalida por sí solo las descalificaciones que sobre mi persona se vierten en esa entrada de su blog. 

sábado, 17 de mayo de 2014

PALAZÓN. UNA CRÓNICA

Apuesto a que si Palazón leyera estas líneas —pero todos sabemos que nunca las leerá— su primera reacción sería plantarse delante del espejo, atusarse el bigote, anudarse la corbata, ponerse su traje más oscuro y salir en dirección a la Plaza de los Amaneceres Turbios. Una vez allí, se sentaría en uno de los bancos de azulejos desgastados, se fumaría un habano cuya ceniza, a medida que le fuera cayendo sobre el traje y la corbata, iría barriendo indolentemente con la mano y esperaría a la apertura de la sección de apartados de la oficina de Correos. En uno de esos apartados, cuyo número no existe, pues se trata de un escondrijo que Palazón negoció hace muchos años con el jefe de la oficina de Correos y que le fue concedido en pago de un servicio, guarda Palazón un pequeño revólver, de uno de los modelos menos aparatosos del mercado, que solo utiliza en ocasiones especiales. Apuesto a que si Palazón leyera estas líneas —pero todos sabemos que nunca las leerá— metería la mano hasta el interior de su apartado secreto, que se encuentra oculto entre dos apartados auténticos cuya titularidad ostenta el propio Palazón, cogería el revólver, lo escondería en el bolsillo interior de la chaqueta y se dirigiría al Callejón de los Garbanzos Podridos. Es ahí donde vivo. Seguramente ustedes no sepan que en los tiempos en que la ciudad se componía de unas pocas avenidas aderezadas de palmeras y cuatro callejuelas sucias por una de las cuales rechinaba cada cuatro horas un tranvía oxidado, en aquellos tiempos en que posiblemente ninguno de nosotros vivía todavía, Palazón, que ni siquiera era entonces tan joven como pudiera pensarse, frecuentaba las bodegas de las calles aledañas al puerto, salía de ellas a altas horas de la madrugada con la mirada empañada y el corazón a punto de estallarle y atravesaba la Avenida de los Héroes Vencidos sin detenerse a mirar el amanecer a lo lejos. Cualquiera pensaría que, en esas madrugadas, Palazón se dirigía a dormir a su casa. Sin embargo, una vez que atravesaba el Puente de los Cochinos, tomaba la empinada Calle de los Jardines Muertos y desembocaba en la Plaza del Caudillo, Palazón, a eso de las seis de la mañana, entraba en el bar de la Posada de los Cándidos y se tomaba su último whisky. Solía ser, a esas horas, el primer cliente, pero ya el maestro Antonio, el dueño de la posada, había tenido tiempo de charlar con residentes que, de madrugada, lo habían llamado para pedirle un té o una toalla nueva. Palazón escuchaba perezosamente las novedades que el maestro Antonio le contaba en relación con los clientes de la posada, con los viajeros llegados en el último barco, con las familias de las autoridades recién destinadas en el gobierno civil. Palazón no anotaba nada ni nada memorizaba. Entre los árboles de la Plaza del Caudillo cruzaba de vez en cuando una de esas solteronas macilentas encargadas de abrir las tiendas de telas y recambios a las siete de la mañana. La turbia mirada de Palazón se clavaba a veces en ellas y entonces, por una serie de asociaciones inconscientes, involuntarias, su memoria regresaba a uno de los pocos momentos felices de su vida: el día en que, en el salón de la casa de su tía abuela Mencía, cuando tenía seis años, un sarontontón se le había posado en el dedo pulgar de la mano derecha y había permanecido allí, alelado, durante casi diez minutos. Apuesto a que si Palazón leyera estas líneas —pero todos sabemos que nunca las leerá— entraría en el portal del número 11 del Callejón de los Garbanzos Podridos, que es donde yo vivo, atravesaría el patio de la ciudadela, depositaría en el retrete su cagalera siempre refinada —luego verán por qué— y entraría en el cuarto donde escribo mis crónicas de la ciudad con el revólver en la mano. Nadie sabe en qué momento de su juventud Palazón se convirtió en el hombre de confianza del gobernador civil. Lo cierto es que un día, mientras se tomaba un cortado en el bar de la Calle de los Tapujos, dos hombres vestidos de blanco entraron y se sentaron junto a él. Una hora más tarde encontramos a Palazón en el despacho del gobernador civil con un sobre en la mano que contiene las instrucciones de su primer encargo. Durante años Palazón recibirá sobres como ese, directamente en el despacho del gobernador civil, en los que se le indica quién, cómo, cuándo y dónde debe ser eliminado. Es importante que ustedes entiendan esto: Palazón no es más que un brazo ejecutor de los designios del gobernador civil, no está ni siquiera autorizado a inventar o improvisar el modo en que se deshará de sus víctimas. Con el paso del tiempo, el gobernador civil descubrirá en Palazón unas aptitudes tan extraordinarias para la obediencia, para el más estricto cumplimiento de las instrucciones recibidas, que acabará prescindiendo de sus demás hombres de confianza para quedarse solo con Palazón; es más, acabará encargando a Palazón que se deshaga de ellos. Durante diez años, hasta la llegada del nuevo régimen político, Palazón será el terror de las viudas depositarias de secretos de alcoba, de los huérfanos de líderes obreros, de los deportistas de élite entregados a la sodomía, de los gitanos, de los dueños de imprentas poco proclives al acatamiento, de los poetas sociales y de las cabareteras enamoradas de marineros extranjeros. A todos ellos, y siguiendo las puntillosas instrucciones del gobernador civil, Palazón los vigilará, los perseguirá y los asesinará en lo que se conoce como El Terror de los Setenta en la historia de nuestra ciudad. La penúltima de las instrucciones que contenían los famosos sobres que Palazón recogía en el despacho del gobernador civil se refería al modo en que el crimen podía —y debía— hacerse pasar por un suicidio, por un accidente o por una ajuste de cuentas entre bandas criminales. La última de esas instrucciones era invariablemente la orden de que Palazón se presentara en el despacho del gobernador civil en la fecha indicada y con el sobre que contenía las instrucciones para que, en presencia del gobernador civil, y sin mucha dilación, Palazón procediera a tragarse el sobre con las instrucciones —para lo que podía, si así lo deseaba, cortarlo previamente en varios pedazos. Ustedes se preguntarán, y con razón, qué beneficios le reportaban a Palazón los servicios prestados. Verán: al principio, después de cada servicio  —que acababa, como hemos visto, con la deglución del sobre con las instrucciones—, a Palazón se le entregaba otro sobre en el que iban, doblados, unos cuantos billetes. Con el dinero que fue acumulando de este modo, durante los primeros años, Palazón pudo comprarse un piso en la Calle de los Chivos de Chano. Lo decoró muy modestamente, se compró un televisor y, que sepamos, allí sigue viviendo, sin que nadie sospeche su vida pasada, hasta el día de hoy. Sin embargo, y al principio con las más variadas excusas, llegó un momento en que a Palazón dejaron de pagarle y le hicieron ver que lo único que debía esperar a cambio de sus servicios era la exclusividad de su puesto y la seguridad que esa misma exclusividad le proporcionaba. Vistas así las cosas, a Palazón le quedó claro que tendría que buscarse otro trabajo si quería completar el pago de su hipoteca y pagar mensualmente sus alimentos y sus escasos caprichos. Debió de encontrar ese otro trabajo, pero hasta ahora no he logrado descubrir en qué consiste. Apuesto a que si Palazón leyera estas líneas —pero todos sabemos que nunca las leerá— me apuntaría con el revólver, me diría que me levantara, que me pusiera contra la pared y que me arrodillara. Se trata de uno de sus métodos habituales. En varias de las instrucciones que recibió del gobernador civil se especifica que “el objetivo debe ser eliminado mediante un fusilamiento en distancia corta”, método que Palazón interpretó siempre invariablemente como un disparo en la nuca contra una persona arrodillada de cara a la pared. En otras ocasiones, las instrucciones hablaban de “capturar vivo al objetivo, introducirlo en un saco, llevarlo hasta el Muelle de los Mástiles de Antaño y dejarlo caer al agua con una piedra atada al cuello”, método que implicaba mucho más desgaste que el anterior, sobre todo porque, en el caso de los varones adultos, no resulta tan sencillo introducirlos vivos en un saco. La gran corpulencia de Palazón, no obstante, logró siempre vencer las resistencias que se le oponían y, salvo en una ocasión en la que debió dejar inconsciente a un líder obrero que se resistió más allá de lo esperable, el resto de las veces sus víctimas fueron introducidas vivas y conscientes en el saco. Había mucha gente en la ciudad que conocía o sospechaba el vínculo que existía entre Palazón y el gobernador civil. Mucha de esa gente ya no existe. Por las tardes, cuando regresa a su casa, a veces después de ver en el cine de la Calle de los Desamparados una película porno, Palazón camina arrastrando los pies, encorvado, embutido entre las solapas de su gruesa chaqueta, con los ojos empequeñecidos tras los cristales de culo de botella de sus gafas negras de pasta. Es entonces cuando las vecinas que están en uno de los portales criticando a las restantes se dispersan e introducen cada una en su casa, cuando los niños que juegan con sus bicicletas en los paseos del parque, al verlo pasar, pierden el equilibrio y se caen, cuando el antiguo líder revolucionario convertido en aburguesado padre de familia, al verlo de lejos, siente una punzada en el pecho y se acuerda de la vida que no pudo llevar. Palazón continúa subiendo la Cuesta de los Tuerceversos. Resopla, tose, eructa. Se acuerda de una tarde, muchos años atrás, en la que, por esa misma cuesta, llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta un sobre con instrucciones. Se dirigía al Hotel San Pancracio, donde, según las instrucciones, se alojaba un actor nacional de vida disoluta. El método de ejecución consistía esa vez en la denominada “caída accidental del balcón a la calle”. A Palazón no le preocupaba entonces ninguna otra cosa sino la remota posibilidad de que su objetivo, al caer contra el suelo, no muriera. No había nada en las instrucciones que indicara lo que debía hacerse en un caso así, en el caso de que fallara, pues Palazón nunca fallaba y, por lo tanto, no se esperaba que fallara. A veces, mientras se dirigía a uno de sus destinos, le daba por pensar en aquellas solteronas. Las hubiera seguido hasta un portal, pensaba, y les hubiera dado su merecido. Les hubiera dado un buen achuchón. Sin embargo, siempre terminaba metiéndose en el cine de la Calle de los Desamparados y, allí, en la sórdida oscuridad, rodeado de tres o cuatro sabandijas como él, se masturbaba con la ayuda de un primer plano glorioso de una teta o de una vagina. Siempre lo mismo. Aquellas instrucciones, recuerda, indicaban que el actor nacional al que debía visitar “lleva una vida deshonrosa y es un conocido pederasta que ha practicado la sodomía incluso en lugares públicos”. En el fondo, deshacerse de todas esas ratas le había dado sentido a su vida. Gracias a él se respiraba en esta ciudad un aire más puro, los niños podían ahora pasear tranquilamente en bicicleta por los paseos del parque, los ciudadanos no sufrían la amenaza de atentados, los padres y madres de familia tenían una vida más digna, eran felices y libres. En el fondo, la labor de Palazón había sido necesaria: en aquella época la ciudad estaba llena de violadores, ladrones, pederastas, maleantes, comunistas y traidores. Alguien tenía que librarnos de ellos. El gobernador civil velaba entonces por nuestra seguridad y Palazón no hacía sino cumplir las órdenes que, siempre dentro del cumplimiento de la ley, le daba el gobernador. De todo esto estoy convencido y lo afirmo en uso de mi libertad y con plena posesión de mis facultades mentales. Digo y repito que le debemos a Palazón la vida en paz y en libertad que todos llevamos hoy en día. Se equivoca quien diga lo contrario. Nunca le estaremos lo suficientemente agradecidos. Firmo esta crónica en la muy noble ciudad de Cruz de los Santos Lugares a 17 de mayo de 1980.       

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LOS ONANISTAS - VÍDEO 4/8

 

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