No le parecía lógico que los fluidos, las secreciones, los líquidos, los reflujos, las emanaciones, los borbotones, las filtraciones, los jugos, los néctares y las concentraciones hubieran dejado de brotar de la noche a la mañana. Se preguntaba qué era lo que estaba fallando. Si se hubiera tratado de un fenómeno puntual, lo hubiera atribuido a una momentánea reducción del entusiasmo, pues desde hacía tiempo era sabedor de que el entusiasmo es la sal de estos procesos en los que el cuerpo se desprende de sustancias sobrantes, gelatinosas, emulsivas. Sin embargo, ni había notado fisura alguna en su entusiasmo, que se mantenía incólume a pesar de los estragos del tiempo (que no arrasa con todo, como afirman los cenizos), ni se trataba de algo que hubiera ocurrido sólo una vez. Se había vuelto, según había observado, un comportamiento habitual, una secuencia recurrente, lo que lo había llevado a plantearse qué podía haber generado tal desplome de sus pericias eyectivas. (No se trataba ahora de evocar récords de lanzamientos a distancias inimaginables, pues ni la edad era propicia a tales proezas ni, aparte de unos pocos devaneos juveniles, formaba parte de sus necesidades expulsar en arrebatos desmedidos lo retenido a lo largo del día o de los días.) Quiso recordar si había habido indicios o señales que lo hubieran puesto sobre aviso ante la sequedad propia de su malhadado presente. Se acordó de haber expelido, tiempo atrás, unas pocas gotas cicateras en una acción de la que habría cabido haber esperado auténticos chorros de espeso licor. No quiso, en aquel momento, someter tal inanición a análisis alguno, pues las expectativas no siempre se cumplían, y tampoco lo hacían a la inversa: de fruiciones más bien menesterosas podían derivarse veneros descomunales. Así que se dijo entonces que era preciso comprender como algo perfectamente normal que entre lo esperable y lo efectivo se dieran desajustes como aquellos. Sin embargo, ya llevaba un tiempo preocupado: noche tras noche, o semana tras semana, se repetían sus bloqueos polutivos, como si se tratara de una dinámica que, de pronto, se hubiera instalado cómodamente en sus aposentos interiores, es decir, que hubiera llegado para quedarse. Se imaginaba que allí dentro, en las cavidades en las que se producían los fluidos que luego transitaban por esquivos meandros hasta su feliz desembocadura, debía de haber minúsculos cazadores furtivos que se llevaban las presas hacia sus propios, alejados territorios. Se los figuraba dotados de cazos incansables en los que acumulaban lo arrebatado para transportarlo en sus viajes clandestinos. El lugar al que iban nadie lo conocía. Se los figuraba, incluso, una vez que se habían quedado sin recipientes, transportando con sus propias bocas los bienes caudalosos de los que se apoderaban. Bocas rezumantes de líquidos robados en la clandestinidad de un cuerpo ajeno, inerme. Pero ¿adónde podían ir con aquellas recolecciones tan inútiles esas bocas o esas cazuelas rebosantes de babas que no les pertenecían? Se los representaba microscópicos, como ácaros que hubieran traspasado la epidermis para llegar hasta las anfractuosidades de la pelvis, parásitos que se alimentaban de los fluidos de otros y los dejaban más secos que la mojama. Pero aquella no era para él la única explicación plausible. Imaginaba también enfermedades, procesos psicológicos adversos, efectos secundarios de medicamentos, alergias, reacciones somáticas a situaciones cotidianas. Lo cierto es que aquellos fluidos, secreciones, líquidos, reflujos, emanaciones, borbotones, filtraciones, jugos, néctares y concentraciones habían desaparecido. Se habían evaporado, literalmente. Finito. Finis aquae. Se obligó a pensar que habían quedado reducidos a una parte irrecuperable de su pasado. A partir de ahora sería un hombre seco, enjuto, deshidratado, consumido, ajado, pálido, desabrido. Conocía a otros así. Cero dramas. Cabeza alta. Tronco tieso. Mirada al frente. Boca abierta de par en par. Toque de queda. Toque de queda. Todo se queda. Dentro, dentro, ay, por desgracia.
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