Lo que de aquel verano recuerda sobre todo son las horas que pasó imaginando su vida en la casa de la costa. Había llegado a Boca Cangrejo al final de la tarde, después de recorrer otras localidades costeras de más reciente creación, avenidas entreveradas de bloques de viviendas en los que los días transcurrirían, pensó, como supurantes heridas en una piel expuesta al más inclemente de los soles. Las urbanizaciones construidas al borde de los acantilados, sobre antiguos terrenos militares disputados por ricas familias latifundistas que acabaron recuperándolos en largos procesos judiciales, no le atrajeron demasiado. Había allí una paz impostada, una gravitación de sueño espurio que condenaba los chalés adosados, todos idénticos, a una vida sin vida, a un tiempo sin pasiones, a la más atroz inexistencia. Boca Cangrejo era otra cosa. Hasta allí llegaba únicamente una carretera de asfalto envejecido, apenas transitada, llena de baches, rodeada de escombreras, repleta de curvas. A pesar de que era verano, quienes vivían en Boca Cangrejo no se dejaban ver. Parecían estar recogidos en sus casas o, todo lo más, sentados en las hamacas de sus terrazas tomándose una caña mientras caía la tarde. Las casas habían sido construidas al borde del mar, aprovechando los recovecos de las rocas para disponer una despensa aquí, un dormitorio allá, un minúsculo aseo junto a una cocina bajo un saliente escarpado. A las terrazas se accedía por lo general por medio de escaleras exteriores que las unían a la parte construida de las casas. Disponían de hamacas, sombrillas, barandas y jardineras como cualquier terraza del mundo civilizado, pero lo singular aquí era que desde ellas podía accederse directamente al mar. El laberinto de casas amontonadas en la costa estaba atravesado por caminos que conectaban unas viviendas con otras. No parecía, sin embargo, que las visitas de extraños fueran bienvenidas, pues en las entradas de esos caminos se habían colocado cadenas que, aunque podían saltarse con facilidad, indicaban una cierta privacidad y hacían prever los riesgos que conllevaba internarse sin permiso. Imaginarse una vida allí era para él una más de sus fantasías sin destino, un juego al que se entregaba como parte de las extrañas visiones de aquel verano extraño. Solo más tarde supo que habría de olvidar casi todo lo que pensó o imaginó entonces excepto, precisamente, la vida que imaginó en Boca Cangrejo. A ello contribuyó quizá el hecho de que, en determinado momento, y confiado en la aparente tranquilidad que desprendía aquel momento del atardecer en el que todos los vecinos parecían estar preparando sus cenas —cenas que imaginó compuestas de samas o viejas recién pescadas, pulpos recién capturados o lapas preparadas a la plancha con el tradicional mojo verde de cilantro—, confiado, decía, en la calma aparente del lugar a aquellas horas, decidió internarse por uno de los caminos por los que se accedía al laberinto de viviendas. La noche empezaba a caer con la rapidez con que lo hace siempre en aquellas islas. Su figura, pensó, quedaría medio camuflada por las sombras del atardecer. Avanzó lentamente a través de los cercados, muros, terrazas y puertas sin que nadie diera muestras haberlo visto. Al llegar a una parte en la que el camino parecía desaparecer en medio de unas tabaibas resecas y de repuestos oxidados de automóviles, buscó el modo de llegar hasta un estrecho promontorio que le pareció adecuado para sentarse a escuchar el oleaje. De la casa más cercana le llegó entonces una especie de quejido que se repetía a un ritmo regular, como si alguien estuviese reconviniendo sin palabras a alguna otra persona reticente a sus deseos. No se trataba de gemidos eróticos ni tampoco parecía que fuera una madre hablando con sus hijos. Era una voz indeterminada, que tanto podía ser la de un hombre como la de una mujer, que no parecía ser capaz de vocalizar los sonidos que componen las palabras, sino que emitía como unas vocales prolongadas que sustituía por otras vocales más agudas o más graves componiendo unos quejidos con cierto tono de impostura. Escuchó aquello durante un tiempo que luego no supo si había sido corto o largo. Era una cantilena hipnótica. No entendía ni siquiera cómo podía escucharla con el mar tan cerca. Pensó que si se acercaba a la casa lograría escuchar palabras o al menos reconocer el sentido de todo aquello, si es que lo tenía. Regresó por el camino. Cuando pasó junto a la casa vio, a través de la única ventana —era una casa como de juguete, que parecía tener solo una pequeñísima habitación, salvo que hubieran excavado otros cuartos en el interior de la roca—, una cama en la que estaba recostado un hombre de mediana edad con la cabeza proporcionalmente más grande que el cuerpo. No logró distinguir a nadie más. El hombre tenía la mirada perdida y no lo vio pasar. No quiso permanecer durante mucho tiempo por fuera de la casa, un poco por el extraño respeto que nos imponen las vidas privadas de los demás y un poco porque temía que alguien le reprochara haber llegado hasta allí sin permiso. El rumor quejumbroso se fue apagando a medida que regresaba hasta donde había dejado aparcado su coche. Era un sonido inequívocamente humano, pero no estaba seguro de que fuera aquel señor afectado de acromegalia quien lo emitía desde la cama en la que parecía convalecer. En el camino de vuelta no se encontró con nadie. Cuando estaba ya sentado al volante, pensó en aquella casa junto a la costa como un lugar misterioso, la vivienda de seres que han llevado vidas muy distintas de la suya, quizá un matrimonio sin hijos o con criaturas afectadas por la misma enfermedad que su padre. Imaginó la casa como un lugar de padecimiento y soledad. La imaginó años después, abandonada por los hijos ya adultos de unos padres muertos entre insoportables dolores. Se imaginó llegando entonces, después de muchos años, otra vez hasta allí, hasta el recodo en el que el camino se borra, y escuchando de nuevo el quejido sin palabras, escuchándolo nacer de su propia boca o incorporado quizá a su propia escucha desde entonces. Imaginó su vida allí, en aquella casa, como un modo de seguir diciendo frente al mar lo que no puede decirse.
domingo, 2 de diciembre de 2012
LO QUE NO PUEDE DECIRSE
Lo que de aquel verano recuerda sobre todo son las horas que pasó imaginando su vida en la casa de la costa. Había llegado a Boca Cangrejo al final de la tarde, después de recorrer otras localidades costeras de más reciente creación, avenidas entreveradas de bloques de viviendas en los que los días transcurrirían, pensó, como supurantes heridas en una piel expuesta al más inclemente de los soles. Las urbanizaciones construidas al borde de los acantilados, sobre antiguos terrenos militares disputados por ricas familias latifundistas que acabaron recuperándolos en largos procesos judiciales, no le atrajeron demasiado. Había allí una paz impostada, una gravitación de sueño espurio que condenaba los chalés adosados, todos idénticos, a una vida sin vida, a un tiempo sin pasiones, a la más atroz inexistencia. Boca Cangrejo era otra cosa. Hasta allí llegaba únicamente una carretera de asfalto envejecido, apenas transitada, llena de baches, rodeada de escombreras, repleta de curvas. A pesar de que era verano, quienes vivían en Boca Cangrejo no se dejaban ver. Parecían estar recogidos en sus casas o, todo lo más, sentados en las hamacas de sus terrazas tomándose una caña mientras caía la tarde. Las casas habían sido construidas al borde del mar, aprovechando los recovecos de las rocas para disponer una despensa aquí, un dormitorio allá, un minúsculo aseo junto a una cocina bajo un saliente escarpado. A las terrazas se accedía por lo general por medio de escaleras exteriores que las unían a la parte construida de las casas. Disponían de hamacas, sombrillas, barandas y jardineras como cualquier terraza del mundo civilizado, pero lo singular aquí era que desde ellas podía accederse directamente al mar. El laberinto de casas amontonadas en la costa estaba atravesado por caminos que conectaban unas viviendas con otras. No parecía, sin embargo, que las visitas de extraños fueran bienvenidas, pues en las entradas de esos caminos se habían colocado cadenas que, aunque podían saltarse con facilidad, indicaban una cierta privacidad y hacían prever los riesgos que conllevaba internarse sin permiso. Imaginarse una vida allí era para él una más de sus fantasías sin destino, un juego al que se entregaba como parte de las extrañas visiones de aquel verano extraño. Solo más tarde supo que habría de olvidar casi todo lo que pensó o imaginó entonces excepto, precisamente, la vida que imaginó en Boca Cangrejo. A ello contribuyó quizá el hecho de que, en determinado momento, y confiado en la aparente tranquilidad que desprendía aquel momento del atardecer en el que todos los vecinos parecían estar preparando sus cenas —cenas que imaginó compuestas de samas o viejas recién pescadas, pulpos recién capturados o lapas preparadas a la plancha con el tradicional mojo verde de cilantro—, confiado, decía, en la calma aparente del lugar a aquellas horas, decidió internarse por uno de los caminos por los que se accedía al laberinto de viviendas. La noche empezaba a caer con la rapidez con que lo hace siempre en aquellas islas. Su figura, pensó, quedaría medio camuflada por las sombras del atardecer. Avanzó lentamente a través de los cercados, muros, terrazas y puertas sin que nadie diera muestras haberlo visto. Al llegar a una parte en la que el camino parecía desaparecer en medio de unas tabaibas resecas y de repuestos oxidados de automóviles, buscó el modo de llegar hasta un estrecho promontorio que le pareció adecuado para sentarse a escuchar el oleaje. De la casa más cercana le llegó entonces una especie de quejido que se repetía a un ritmo regular, como si alguien estuviese reconviniendo sin palabras a alguna otra persona reticente a sus deseos. No se trataba de gemidos eróticos ni tampoco parecía que fuera una madre hablando con sus hijos. Era una voz indeterminada, que tanto podía ser la de un hombre como la de una mujer, que no parecía ser capaz de vocalizar los sonidos que componen las palabras, sino que emitía como unas vocales prolongadas que sustituía por otras vocales más agudas o más graves componiendo unos quejidos con cierto tono de impostura. Escuchó aquello durante un tiempo que luego no supo si había sido corto o largo. Era una cantilena hipnótica. No entendía ni siquiera cómo podía escucharla con el mar tan cerca. Pensó que si se acercaba a la casa lograría escuchar palabras o al menos reconocer el sentido de todo aquello, si es que lo tenía. Regresó por el camino. Cuando pasó junto a la casa vio, a través de la única ventana —era una casa como de juguete, que parecía tener solo una pequeñísima habitación, salvo que hubieran excavado otros cuartos en el interior de la roca—, una cama en la que estaba recostado un hombre de mediana edad con la cabeza proporcionalmente más grande que el cuerpo. No logró distinguir a nadie más. El hombre tenía la mirada perdida y no lo vio pasar. No quiso permanecer durante mucho tiempo por fuera de la casa, un poco por el extraño respeto que nos imponen las vidas privadas de los demás y un poco porque temía que alguien le reprochara haber llegado hasta allí sin permiso. El rumor quejumbroso se fue apagando a medida que regresaba hasta donde había dejado aparcado su coche. Era un sonido inequívocamente humano, pero no estaba seguro de que fuera aquel señor afectado de acromegalia quien lo emitía desde la cama en la que parecía convalecer. En el camino de vuelta no se encontró con nadie. Cuando estaba ya sentado al volante, pensó en aquella casa junto a la costa como un lugar misterioso, la vivienda de seres que han llevado vidas muy distintas de la suya, quizá un matrimonio sin hijos o con criaturas afectadas por la misma enfermedad que su padre. Imaginó la casa como un lugar de padecimiento y soledad. La imaginó años después, abandonada por los hijos ya adultos de unos padres muertos entre insoportables dolores. Se imaginó llegando entonces, después de muchos años, otra vez hasta allí, hasta el recodo en el que el camino se borra, y escuchando de nuevo el quejido sin palabras, escuchándolo nacer de su propia boca o incorporado quizá a su propia escucha desde entonces. Imaginó su vida allí, en aquella casa, como un modo de seguir diciendo frente al mar lo que no puede decirse.
martes, 27 de noviembre de 2012
GÉNESIS DE UN RELATO*
El relato surgió de una conjunción azarosa. Los caramelos y
la botellita de poppers habían coincidido no en la misma mesa, ni siquiera en
la misma habitación, sino en una cadena de acontecimientos que se habían
desarrollado a lo largo de un único día. La botellita señalaba, por decirlo
así, la plenitud del instante, el momento de máxima tensión, la fusión de los
cuerpos, el éxtasis de una penetración sin condiciones. Los caramelos, dejados en la mesa del
salón junto a una nota de despedida y gratitud, eran como un colofón, el
epítome azucarado y un poco nostálgico de todos aquellos momentos turbadores que habíamos compartido.
Solo más tarde, cuando empecé a chuparlos con fruición —acto inhabitual en mí,
poco dado a la confitería—, me di cuenta de que, junto a uno de limón y otro de
café, había sobre todo caramelos de anís. No recordé haber probado nunca
caramelos de anís. Mientras desleía el primero desplazándolo suavemente hacia
arriba y hacia abajo, a un lado y a otro de la cavidad bucal, dejando que su sabor
pasara de mi lengua a la garganta y de esta al estómago hasta subir al cerebro,
notaba un cierto ritmo, una cierta sensación sustitutoria de algo. Fue luego,
cuando estaba saboreando el segundo, cuando me dije que el ritmo del saboreo,
el paso agitado de un caramelo al otro recordaban un poco al ritmo de la inhalación del
poppers, esa sustancia al parecer vasodilatadora que convierte la experiencia
sexual en un desbocado galope de todos los sentidos. Chupaba los caramelos
con las mismas ganas con que inhalaba el poppers, salvo en un detalle: ahora se
trataba de un acto póstumo, por decirlo así, un acto solipsista en el que el
cuerpo se recreaba consigo mismo en una acción demorada a falta ya de la otra
parte de la brava coyunda de horas antes. Así que, de pronto, sentí que, de
algún modo, caramelos y poppers, saboreo e inhalación debían de mantener un
vínculo y que ese vínculo me estaba siendo comunicado desde el mismo instante
en que me di cuenta de la rara conjunción de ambas presencias. Puede que
influyera también la relativa abundancia de caramelos que me fueron depositados como regalo improvisado
junto a la nota de agradecimiento en la mesa del salón. Puede que también
tuviera algo que ver el hecho de encontrarme al regresar a casa la botella de
poppers en la mesilla de noche, fuera de su lugar habitual, como una señal de la
incruenta batalla. Lo que nos habla no son quizá los objetos, como tantas veces
hemos leído en poemas o relatos sin duda demasiado fantasiosos, sino los
encuentros con objetos y sus conjunciones en un determinado momento o lugar. Entonces asociamos,
preguntamos, recordamos u olvidamos. Y esa asociación, esa pregunta, ese
recuerdo o ese olvido desencadenan una secuencia de palabras que estamos
obligados a transcribir de un modo casi ansioso, inexorable. Lo demás —lo que
no forma parte de esta armazón esencial— son los vericuetos propios de las
palabras que se han puesto en marcha. Un albornoz para cuando se sale de la ducha. Unas sábanas revueltas al amanecer. Un viaje a oscuras por el interior de una casa. Doblamos por aquí, nos desviamos por
allá, seguimos hasta ese punto, nos detenemos en esta coma, meditamos un poco
al final de algún párrafo y perdemos en todo momento la orientación, pues no
logramos estar nunca en el centro de nosotros mismos. Pero algo nos guía, un
estremecimiento inicial que tenía que ver con la propia disposición de los
caramelos sobre la mesa o con sus envoltorios blanquiazules. Seguimos sintiendo un
olor persuasivo, la sensualidad incrementada por la vaharada del poppers que
entra en nuestro cuerpo como una descarga y nos convierte en machos cabríos
completamente fuera de sí. El relato nace de todo esto aunque se dirige hacia
otro lugar. No intenta reconquistar nada de lo que se ha perdido, tampoco
celebrarlo o lamentarlo, ni persuadir a quien lo escribe de que ha comprendido
nada, y mucho menos azuzar a un lector hipotético a engañarse a sí mismo
durante un par de minutos. No: el relato es quizá la única manera de permanecer
atado —si bien por un hilo muy frágil y durante la escasa duración de su
escritura— a unos instantes que no son ni siquiera los mismos que entonces se
vivieron —algo del todo imposible—, sino otros instantes que se viven como una
conmoción paralela a la otra, casi, se diría, emanada de la otra, pero no por
ello menos auténtica.
* Este texto hace referencia al relato "La inhalación", publicado hace unos días en este mismo blog.
* Este texto hace referencia al relato "La inhalación", publicado hace unos días en este mismo blog.
lunes, 26 de noviembre de 2012
LA INHALACIÓN
La
inhalación de aquel nuevo producto le causó, a altas horas de la madrugada,
unas convulsiones que lo despertaron. No había contado con ningún efecto
secundario y, por lo tanto, no se las esperaba. El inductor —no cabe llamarlo facultativo ni nada
por el estilo— de aquella
novedosa terapia le había recomendado que combinara la inhalación del producto
con la ingesta de dos o tres caramelitos de anís que podían despacharle en
cualquier tienda de chucherías. Quizá se había propasado con la dosis inhalada —que debía ser la equivalente a la exposición de la
nariz al producto durante tres o cuatro segundos— o con la cantidad de caramelitos
ingeridos, pero lo cierto es que cuando se despertó de madrugaba sudaba un
sudor frío, se retorcía como alma que lleva el diablo, sentía las arremetidas
de impacientes retortijones y unas palpitaciones que le hacían estremecerse desde
la coronilla hasta las uñas de los pies. La botellita que contenía el producto
que le habían inducido a inhalar se encontraba en la mesita de noche. Dos o
tres caramelitos de anís, reservados para la siguiente inhalación —que, según el programa prescrito,
debía tener lugar a las seis de la mañana, antes del primer café—, permanecían envueltos en sus
envoltorios de plástico adornado de unos puntos azules que rodeaban la palabra anís. Se levantó y fue al baño. Instaló
el calefactor cuyo chorro de calor lo resarcía durante sus duchas de primera
hora de la mañana. Faltaban todavía dos horas para las seis, pero decidió que
no iba a poder dormirse de nuevo y que era preferible buscarles remedio a las
convulsiones, sudores, retortijones y palpitaciones que lo habían despertado.
La primera solución que se le ocurrió fue una ducha de agua fría. Preparó las
dos toallas y el albornoz en los que se envolvería después del amargo —pero, pensó, necesario— trago, reguló el calefactor a la
máxima potencia, dejó correr un poco el agua como para acostumbrar el tacto por
medio de la vista y el oído —pensamiento absurdo, pues, pese a lo que creyeran los poetas simbolistas,
no hay ninguna correspondencia entre
nuestros sentidos, que no son, ay, más que compartimentos estancos— y entró precavido en el plato de
ducha. Lo cierto es que, después de unos minutos de estéril sufrimiento, sus
convulsiones habían aumentado, el sudor frío se había transformado en una
costra helada que le cubría todo el cuerpo, los retortijones habían dejado paso
a unos pinchazos atroces en el bajo vientre que solo pudo aliviar a medias
dejándose evacuar en plena ducha y, por último, el corazón ya no le latía sino
que gemía y aullaba desde que la cascada de agua fría parecía haber empezado a filtrarse
hasta la cueva en la que vivía encerrado. Al cabo de dos o tres minutos, decidió
interrumpir el suplicio, apagó el calefactor, cuyos servicios habían sido esta
vez inútiles, se enfundó en las dos enormes toallas como para dejarse morir dentro
de ellas y remató su propio embalsamamiento con un albornoz a modo de sudario
que se amarró con un doble nudo alrededor de lo que unos minutos atrás había
sido su cuerpo. Ahora, se dijo, voy a regresar a la cama. Atravesó como un alma
en pena —salvo que las
almas, se dice, no sufren ya los tormentos corporales— el salón en que otro tiempo había
leído tratados de álgebra, libros de viajes por el extremo oriente, novelas
sobre la paz y sobre la guerra y poemas del cancionero tradicional, ese mismo
salón en donde había sido feliz viendo películas mudas, escuchando preludios
wagnerianos, bebiendo selectos whiskies escoceses y haciendo el amor a mansalva,
y llegó al dormitorio. Contempló con una mezcla de escepticismo, candor, rabia
y delectación la botellita que contenía el producto inhalable y los dos o tres
caramelitos de anís. Eran aproximadamente las cuatro y cuarto de la mañana
cuando decidió adelantar su próxima dosis, dispuesto a reventar de una vez o a
tirarlo todo por la borda con la insana esperanza de alcanzar con el
acabamiento una migaja de paz. Cuando se metió en la cama y se tapó, podía
decirse que lo que quedaba de su cuerpo, allá perdido en el fondo, rodeado de
mantas, sábanas, albornoces y toallas, no era más que un miasma balbuciente,
una mindundez recorcovada, un guiñapo o un gorgojo infectos, contraídos. Aun así,
consiguió liberar dos dedos de una mano, una de las ventanas de la nariz y un pequeño
recodo de la comisura derecha de su boca, que le sirvieron, respectivamente,
para agarrar y destapar la botellita, inhalar durante unos segundos el producto
y embutirse los dos o tres caramelitos preceptivos. Lo que ocurrió entonces no
podía extrañarle a nadie, y menos a él. Imaginemos —pues hay cosas de este mundo que solo
pueden contarse por medio de metáforas— un bulto formado por tripas desgajadas de las
entrañas de las más inmundas bestias, un bulto irreconocible para la supuesta
conciencia que a aquel bulto animó en un tiempo ya del todo inexistente, un
bulto cuyas tripas comienzan a rebullir en todas direcciones en medio de una
batalla campal con el único objetivo de estrujarse unas a otras y escapar al
tormento atenazante de unas mantas, unas sábanas, un albornoz, unas toallas. Al
cabo de unas horas, después de un largo y profundo sueño, amaneció curado. La
única señal de lo que le había ocurrido era un leve sabor a anís en la boca del
estómago.*
* La génesis de este relato se relata en el relato titulado "Génesis de un relato", que constituye la entrada posterior a esta en el blog.
* La génesis de este relato se relata en el relato titulado "Génesis de un relato", que constituye la entrada posterior a esta en el blog.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
UN TEXTO DE JOSÉ CARLOS CATAÑO
Generoso como solo pueden serlo quienes nos
quieren de verdad, José Carlos Cataño ha publicado en su blog unos
apuntes --llenos de vivencias-- sobre mi cuaderno Disolución, publicado el año pasado en la colección Léucade de Tenerife. Disolverse es quizá el destino de algunos textos --o de todos. Lo que resulta ya más insólito es la pertinacia con que un cuadernillo escrito en tiempos más felices que los actuales insiste en perderse una y otra vez en los vericuetos que José Carlos describe tan bien en su texto. Lo
comparto aquí, por si alguien quiere inmiscuirse en estas peripecias de
vida y escritura.
http://josecarloscatano.blogspot.com.es/2012/11/perdida-disolucion-rafael-jose-diaz.html
http://josecarloscatano.blogspot.com.es/2012/11/perdida-disolucion-rafael-jose-diaz.html
lunes, 12 de noviembre de 2012
SORIA
Para
Julián, Susana y Violeta
¿De qué estaba huyendo cuando vine a Soria? Creo que llevaba demasiadas semanas sin salir de la ciudad espesa, abotargada, de su cargamento de seres extraviados e inhóspitos, de los atardeceres sin más expectativa que la de alcanzar en un breve paseo el principio de la Dehesa de la Villa para, en un giro de noventa grados, atroz como el movimiento de un autómata, volver al piso sin aprendizaje ni ganancia algunos. O quizá solo quería ponerles un rostro a las imágenes, un atrezzo a los nombres, una presencia a las palabras. Las palabras leídas en la adolescencia, en clases de instituto poco aprovechadas, clases en las que un profesor —parecido al que soy yo ahora, con mis mismas canas y con mi misma parsimonia— nos leía pasajes de un libro memorable, versos que no comprendíamos, descripciones de sitios imposibles, hacinados topónimos que nada nos decían, todo lejano y muerto, mudo e inservible. Todo, sin embargo, capaz de infiltrarse misteriosamente en alguna capa del espíritu, como esas palabras que se escuchan en sueños, se olvidan, pasan de contrabando a otro sueño, quedan como raspadas en la corteza de ese sueño y luego, al despertar, regresan a nosotros como palabras de una lengua extraña. Alcores, curva de ballesta, barbacana, cresta, San Saturio. Así que, cuando, después de perderme entre las calles de la ciudad moderna intentado encontrar el hostal donde iba alojarme, fui paseando por El Espolón, atravesé la calle de El Collado, pasé junto a la Concatedral y llegué hasta el puente sobre el Duero, me dije: no has llegado hasta aquí para saber ni para recordar, ni tampoco para sentir o para ver, sino para olvidar. Y olvidar significaba haber conseguido huir y, sin embargo, incorporar la huida al propio temblor de quien huía, huir hacia dentro de una huida distinta o huir de la propia huida que es huir. Ya empezamos con los juegos grotescos de palabras. Qué extraño, ahora que lo pienso, el verbo huir, sus sílabas que huyen y proliferan cuando se lo conjuga, en fin, las cosas de esta lengua macarrónica que hablamos. El puente sobre el Duero es un lugar a partir del cual puede comenzar otra historia. Uno se detiene allí y comprende que un río es una especie de lenta circulación entre lugares diversos, una compañía que respeta nuestro ritmo y a cuyo ritmo nos acomodamos porque no hay en él entrega ni imposición, sino ternura. La curva de ballesta surge entonces como dibujada en un paisaje de palabras: las palabras son fechas que se grabaron hace mucho en las cortezas de los árboles, insinuaciones de una brisa que sigue soplando desde entonces, una mirada aterida, un embozo del tiempo, una verdad a través de lo imposible. Somos los comensales de un banquete del aire y los chopos nos ofrecen su carne suculenta para que, irrigados con el vino de la memoria estremecida, nos deleitemos como príncipes vestidos con andrajos. El claustro de San Juan de Duero es una especie de mandala, pero un mandala en el que no hay reposo posible porque todo es allí inquietante y subversivo. Los rituales se han desvanecido y solo queda un teatro de piedra en el que cabe imaginarse cualquier cosa. Los templetes del interior de la capilla nos invitan a ir más allá, hasta el ábside desnudo, aunque sepamos que cualquier más allá no es sino una visión ilusoria. Ángeles encadenados a la boca del infierno, patrañas labradas en los más bellos capiteles, una voz exaltada que acabó adormecida después de un largo viaje. La tarde concluye en una librería en la que, en vez de comprar algún tomo de enjundiosa poesía castellana, me hago con la traducción de la obra de un poeta romántico alemán. Solo por ver cómo suenan el Danubio y el Rin en los brazos del Duero. Regreso al hostal y la recepcionista me informa de que el spa está disponible —es el primer hostal con spa que me encuentro, aunque “solo consiste en dos saunas, una turca y otra finlandesa”, me explica — siempre y cuando no me importe compartirlo con un chico y una chica “que no son pareja”. A mí, claro, no me importa nada compartir nada, pero no dispongo del bañador ni de las zapatillas que se requieren para acceder a ese servicio. Me tumbo, por lo tanto, en la cama y me dispongo a escuchar el ruido de los coches que, cada cierto tiempo, circulan por una calle más que secundaria. Pasan dos chicos africanos que se quedan mirando hacia la ventana desde la que fumo arriesgándome a contraer la peor gripe de mi vida. Pasan luego dos vándalos, es decir, dos lugareños que empuñan sendas litronas y golpean a su paso papeleras, retrovisores, puertas y contenedores. Entonces me doy cuenta de que he llegado a la Soria profunda, a la Soria de los locutorios regentados por hoscos ecuatorianos cuyos clientes son jóvenes dominicanos que buscan en internet putas brasileñas. San Saturio queda lejos. Allí el “santero”, como lo denominaban, vivía en otros tiempos en el interior de la ermita, cuidaba sus instalaciones, se dejaba una larga barba en imitación de la del santo y paseaba por la ciudad tocando una campanilla y pidiendo limosna. Yo sigo asomado a la ventana mientras el televisor muestra en directo la rueda de prensa en la que la alcaldesa de la gran capital, rodeada de concejales con aspecto de mafiosos, explica los detalles de una catástrofe en la que, a pesar de haber ocurrido en unas instalaciones propiedad del ayuntamiento, el ayuntamiento no ha tenido, según la alcaldesa, ninguna responsabilidad. Basta ver su cara ojerosa, sus mejillas mal maquilladas, su ceño fruncido, su mirada turbia, su hocico viperino y su postura inquisitorial para saber que miente. La puesta en escena se parecía a la de los dirigentes de un clan que ha convocado a sus subordinados para explicarles que, a pesar de que las cosas se puesto muy cuesta arriba, han decidido llevar la mascarada hasta el final. Sería desolador pasar un invierno aquí, pensé. Meses y meses bajo cero. Unas orillas blancas, un parque con el quiosco de música más ridículo que haya podido imaginarse, el más rancio casino en el que todos los poetas —¡bendita sea su memoria!— celebraron tertulias, la plomiza sensación de estar por debajo del nivel del mar, hundidos en una pequeña ciudad sumergida, fantasmal. Huyera de lo que huyera, no era aquel el lugar en el que resolver mis problemas. Volvería siempre, sí, al menos para asomarme a las orillas de los álamos cantores o para ver desde El Mirón el monte de las ánimas. Al menos para saber que las palabras no logran casi nunca salvar la realidad.
lunes, 29 de octubre de 2012
EL NACIMIENTO DE UN NUEVO BLOG
Acabo de abrir un blog destinado a
confabulaciones, dispepsias, liviandades y elucubraciones varias. Se
titula 'Parodias y profanaciones' y contiene un archivo (que unos
llamarán tesoro y otros, azote) de textos que una vez figuraron en estas 'Travesías'.
Aquí el enlace o desenlace:
www.parodiasyprofanaciones.blogspot.com
www.parodiasyprofanaciones.blogspot.com
viernes, 5 de octubre de 2012
EL BARRIO DE BUENOS AIRES
Para Javier Hernández Velázquez, que nos trajo sueños desde Goslar
No sé quién me habló del barrio de Buenos Aires.
Prácticamente incomunicado, conectado con el centro por una única línea de
microbús que cuando se aproximaba a las primeras casas del barrio empezó a
traquetear a medida que iba superando los baches, los socavones, los montículos
de asfalto sin nivelar y los cadáveres aplastados de gatos o de ratas, Buenos
Aires estaba constituido por tres calles paralelas de las que la central ostentaba
el título de avenida y cuyos lados presentaban la siguiente disposición: el
lado occidental, orientado hacia el centro, colgaba, por decirlo así, sobre uno
de los ramales de la autovía de circunvalación, a la que podía accederse por
medio de unas escaleras que nadie utilizaba, en previsión de asaltos,
violaciones, reyertas o hurtos; el lado oriental, a apenas un kilómetro del
mar, desembocaba en una especie de vía de servicio en la que se sucedían: 1) Una
gasolinera minúscula compuesta de dos surtidores y una tiendita de repuestos; 2)
Un negocio de aparejos de pesca —cañas, redes, anzuelos, trajes de neopreno y ballestas
submarinas—; 3) Una discoteca que ocupaba una antigua nave de almacenamiento de
maquinaria industrial; y 4) Una pajarería. Creo que fue al dueño de la
pajarería a quien me recomendaron que preguntara por los pisos en alquiler. Según
me dijeron, la pestilencia constante que infundían al aire de la zona los
tanques de la cercana refinería de petróleo —orgullo de la ciudad—, el
aislamiento y la incomunicación del barrio —más de una hora tardaba el microbús
en salvar la distancia entre el extrarradio y el centro— y las frecuentes
violaciones y reyertas protagonizadas por bandas absolutamente fuera de control
habían tenido como consecuencia el despoblamiento parcial de la barriada y la
consiguiente bajada del precio de los alquileres. Se conseguían verdaderas
gangas, me habían dicho para animarme, pisos de tres habitaciones con balcón y
vistas al mar por menos de doscientos euros mensuales con los gastos incluidos.
Los carteles que anunciaban pisos en alquiler sobresalían, en efecto, de
numerosas ventanas. Sin embargo, mientras recorría las calles —en cinco minutos
se visitaba el barrio entero—, sentí como si, a pesar de que no había nadie en
los balcones, nadie parado en los portales ni asomado a las ventanas,
estuvieran vigilándome desde varios sitios distintos para comprobar que ya me
marchaba. No había un solo negocio, un solo bar, ni siquiera una mísera tienda
de comestibles como las que todavía podían encontrarse en los demás barrios de
la capital. Parecía como si todos se hubieran marchado de allí pero al mismo
tiempo siguieran al acecho por si llegaba alguien nuevo. El único lugar amable
parecía ser el local de una asociación que anunciaba cursos de yoga, bicicletas
en préstamo, actividades de senderismo para padres con bebés de cero a tres
años —una modalidad nueva recién llegada a nuestro país en la que se usaban
cochecitos especiales de montaña— y talleres de escritura creativa. El horario
de la asociación, sin embargo, no figuraba por ninguna parte y el aspecto
externo del local no permitía saber si abriría por la tarde o si había sido
abandonado años atrás. El dueño de la pajarería desconocía que hubiera pisos en
alquiler. Según sus palabras casi literales, aquel no era un barrio adecuado
para mudarse a vivir sino para mandarse a mudar. No parecía darse cuenta de que
de sus palabras se deducía la idea —por otra parte fácil de entender— de que, a
medida que la gente se marchara, irían quedando pisos libres para nuevos
inquilinos. Los chicos de la gasolinera, a los que fui a preguntar a
continuación, en vez de responderme, me preguntaron si necesitaba algún
repuesto de la tienda. Por pura dignidad, y hasta con rabia, me fui de allí sin
contestarles, decidido a llamar directamente a alguno de los números anunciados
en los carteles de los pisos en alquiler. Aunque todos los edificios se parecían,
me dio la impresión de que había algunos en los que unas macetas de geranios
bien regados puestas al sol en los balcones les daban un toque algo más
elegante que a los demás. Llamé a un número de teléfono y no contestó nadie. Lo
mismo ocurrió con los cuatro números siguientes. Cuando me dirigía hacia la
parada del microbús, por la puerta del negocio de aparejos de pesca apareció un
señor de ojos de mero —uno de esos especímenes de ojos saltones y ojeras como
bolsas en las que parecen haber depositado la lenta pus del sueño de la vida—
que me hizo una señal para que me acercara. No somos muy amigos de extraños por
aquí, me dijo; los únicos extraños que aceptamos somos nosotros mismos, pero de
eso, de cuando nos instalamos aquí como forasteros sin que realmente lo
fuéramos, hace ya mucho tiempo.
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