Un camino empinado me llevó hasta la inesperada visión de
unos bajíos. Pensé que al final habría más malezas, pero me encontré con unos
terraplenes en los que trabajaban un tractor, un camión y dos operarios. Los
huecos en el muro por los que se podía ver la costa (una vez recorrido el
camino empinado) eran como los ojos reconcomidos de una gran máscara ciega. El
mar se perpetuaba en los bajíos, ola va y ola viene, estremecimiento de las
piedras y estremecimiento de las piedras: tambor y celosía y estertores y
orgasmo. Los operarios estaban vestidos con unos monos de color naranja y
permanecían a una distancia prudente el uno del otro. El muro que recorría la
costa o, mejor, el borde superior de la costa (hasta el que llevaba el camino
empinado), estaba construido con las mismas piedras por las que el mar penetraba
o que el mar interpretaba en los bajíos. La hora era la del final del mediodía
y cualquier trabajo, por tanto, efectuado a aquella hora en los terraplenes contiguos
a la desolación de las malezas era un trabajo clandestino. Cuatro piedras de
aquellas recubiertas de musgo podían albergar muy bien un cuerpo que necesitaba
descansar tras recorrer aquel camino empinado y hallarse ante una visión
inesperada. Cuna de balancín en los bajíos o cuña para el bañista entrometido, cualquiera
de estas dos metáforas podría aplicarse a las cuatro piedras en las que el
cuerpo se encajaba para enfrentarse a la pleamar tras sus visiones. Quienes en épocas
de mayores necesidades levantaron los muros de estas fincas o invernaderos
hasta el mismo borde del mar sabían que el mar devora sin piedad y herrumbra
sin contemplaciones los desesperados ingenios de los hombres. Ni como signos de
nada permanecen ya estos muros semejantes a antiguas fortalezas con almenas y
todo. Y con esos ojos que las gaviotas han picoteado sin dejar más que unas
órbitas perplejas frente al mar. El tractor levanta tierra de los terraplenes
que deposita en el volquete del camión para que este la traslade a otros
terraplenes ─y así sucesivamente. Tierra y nubes de polvo y monos naranja y
operarios esquivos tras las malezas que un muro separa del mar de los bajíos.
Creí que el camino empinado llevaría más allá de los invernaderos, pero venía a
morir entre unas zarzas al borde del acantilado. Entre muros como estos se
suicidaban antes los maridos cornudos, las mujeres violadas, los adolescentes
humillados por sus compañeros de colegio, los maricones del pueblo, los
pastores trastornados. Dicen que usaban matarratas o herbicidas. A partir de
las zarzas el itinerario se volvía confuso y a estas alturas ya no sabía si era
en los bajíos donde me había bañado o en el volquete del camión, si el camino
llevaba hasta los ojos vacíos de una gaviota disecada o hasta el tractor que
levantaba unas malezas ardientes, si la cuna era el tractor o si el camión era
el camino. No había quien entendiera nada o quizá no había nada que entender.
viernes, 24 de agosto de 2012
sábado, 18 de agosto de 2012
RAFAEL ENTREVISTA A RAFAEL
El joven poeta venezolano Rafael Ayala Páez (Zaraza, Estado de Guárico, 1988) ha tenido a bien entrevistarme. Como algunos lectores malpensados sospecharán que se trata en realidad de una autoentrevista camuflada con seudónimo, diré que no es así, que Rafael Ayala Páez existe realmente y que en su página web está ya publicada la entrevista, con el añadido de una selección de poemas (la mayoría de los cuales refuta probablemente las disparatadas afirmaciones del entrevistado). He decidido colgarla aquí también por si algunos lectores de este blog quieren refocilarse sanamente. No todo van a ser parodias y profanaciones.
Rafael Ayala Páez: ¿Podría platicarnos un poco acerca de su
relación con la poesía?
Rafael-José Díaz: Sí, con mucho gusto. Se trata de una
relación visceral. Algunos poetas se jactan de escribir desde la más tierna
niñez (como si eso demostrara algo). En mi caso, intento olvidarme de cuándo
empecé a escribir y no me importa pensar que lo que escribo hoy pueda ser lo
último. La poesía a veces no es sino un lastre para vivir. Otras veces nos
endosa una careta de santones de la que tardamos años en desprendemos (si es
que lo logramos). A veces, muy raras veces, se escribe un poema como si se
diera un pasito para acceder a un mundo un poco distinto del nuestro. Entonces
hay que estar dispuesto a ver, a dejar de ver, a olvidar y, sobre todo, a no
arrodillarse ante ningún dios instantáneo.
R.A.P.: ¿Cuáles son sus influencias literarias?
¿Algún libro de poesía en particular ha tenido una decisiva importancia para
usted?
R.-J.D.: No reconozco ninguna influencia
literaria. Descreo de ese tipo de ansiedades. Fluencias, sí. Muchas fluencias,
flujos y reflujos literarios. Se puede pensar que mi primera afirmación
contiene una pizca de prepotencia. Que cada cual piense y sienta lo que en cada
momento le apetezca —siempre que no pretenda que los demás piensen y sientan lo
mismo. Cuando se escribe un poema —pero muy pocas veces se escribe un poema— se
está creando un mundo nuevo de la nada. Una vida dentro de la vida. Ahí no hay
influencias, dependencias o maestrías que valgan. Los maestros pretenden casi
siempre imprimir las marcas de sus fustas en los lomos de sus sufridos
discípulos. Estas relaciones sadomasoquistas en el seno de numerosas cortes
literarias me producen verdadera repugnancia. ¿Libros de poesía que haya leído
con agrado? Sobre todo aquellos que parten de la imposibilidad de decir y
terminan en la imposibilidad de decir. O aquellos que, sin pretender decir gran
cosa, dicen algo que en ese momento nos consuela, nos sana o nos enfurece.
R.A.P.: ¿Considera que el lenguaje, en particular
con respecto a su propia poesía, es un acto íntimo?
R.-J.D.: Bueno, desde luego no es tan íntimo como
otros actos… Y, por muy íntimo que sea, los poetas padecemos un exhibicionismo
contumaz, estamos permanentemente deseando mostrar nuestras intimidades. Un
lenguaje conservado en el desierto durante cuarenta días de soledad y de dolor
sí que sería un acto auténticamente íntimo. Desde luego, la poesía se vive en
una especie de clausura. Uno se emboza para alcanzar cierta separación de los
demás, una particular ausencia de miradas ajenas que nos permita fijarnos
exclusivamente en nosotros mismos. Entonces se saca lo que se pueda del
interior —casi siempre es muy poco lo que se saca— y lo que se obtiene es un
poema, es decir, un texto dotado del máximo grado posible de inutilidad.
R.A.P.: Usted ha traducido la obra de Arthur
Schopenhauer, Pierre Klossowski, Philippe Jaccottet, entre otros. ¿Puede
describirnos brevemente el oficio de un traductor literario?
R.-J.D.: El traductor literario es un señor que
siente cierta necesidad de leer textos literarios escritos en lenguas
extranjeras y que, en un momento determinado, se atrinchera como un valiente
entre diccionarios y gramáticas para ejercer uno de los pocos milagros que
existen en este mundo: el de trasladar o transformar o reescribir o transcrear
(dijo alguien) un libro escrito en esa lengua extranjera en la lengua propia
del traductor. Se trata de una actividad que en pocas ocasiones se lleva a cabo
con éxito rotundo. Es uno de los oficios más necesarios del mundo y, sin
embargo, es de los peor pagados y de los menos reconocidos.
R.A.P.: ¿Cree que el trabajo de los traductores a
veces se ignora? ¿Qué podemos hacer para
cambiar esto?
R.-J.D.: Creo que en la respuesta anterior
contesté ya en cierto modo a esta pregunta. Yo no sé qué se podría hacer para
mejorar las condiciones de vida de los traductores y la visión que se tiene de
su trabajo. Como en casi todo, imagino que habrá que resistir y que luchar
inventando permanentemente nuevas corazas y nuevas armas.
R.A.P.: ¿Cómo describiría la poesía contemporánea
española? En su opinión, ¿cuáles son sus limitaciones, sus profundidades con relación
a las generaciones anteriores?
R.-J.D.: A la poesía española contemporánea la
describiría como una señora con peineta vestida con un modelito de lo más
fashion que cuando saca a pasear a sus caniches les recita haikus, alejandrinos
o versos blancos para que mejoren en lo posible su forma de ladrar. A la
segunda parte de la pregunta no sabría responderle. Las limitaciones que pueda
padecer no le impedirán a esa señora, la poesía española contemporánea, seguir
haciendo de las suyas en todos los saraos. Y en cuando a profundidades, no creo
que disponga de ninguna, por lo que, pura superficie brillante como es, posee
la virtud de reflejar todo lo que se le ponga por delante.
R.A.P.: ¿Tiene usted algún consejo para los
jóvenes poetas?
R.-J.D.: Que se alejen de los poetas y de la
poesía tanto como puedan.
R.A.P.: ¿Actualmente en qué proyectos literarios
está trabajando?
R.-J.D.: En el ahora más inmediato, acabo de
terminar una entrevista que muy amablemente ha tenido a bien enviarme un joven
poeta venezolano y en la que casi nunca respondo a lo que me pregunta —quizá
porque es el único modo de responder realmente a algo. En otro orden de
cosas, tengo dos libros de poemas huérfanos de editor y que muy probablemente
enfermarán de falta de cariño paterno y terminarán sus tristes días en algún
orfanato. También van apareciendo textos diversos, sobre todo en prosa, en el
blog que desde hace dos años mantengo como un —discúlpeme la pedantería—
laboratorio de escritura. Publico ahí no solo textos con los que abofeteo ciertas
actitudes estéticas de lo más ridículas y pintorescas, sino también relatos,
apuntes, poemas en prosa o fragmentos que recomiendo a todos aquellos que
quieran comprobar el ruinoso laberinto en el que acaba convirtiéndose el jardín
en el que una vez se creyó vivir en amena armonía.
martes, 7 de agosto de 2012
LOS CHICOS DE LA GASOLINERA
Yo no sabía que en lo alto de la montaña había un
campamento de verano. Me lo dijeron los chicos de la gasolinera. “Hay dos
maneras de llegar”, continuaron. “Las ventajas y las dificultades de ambos tipos
de acceso son similares, pero las consecuencias son completamente distintas”. “Eso”,
proseguí, “¿significa que, escoja la vía que escoja, el esfuerzo y el placer
serán proporcionales, pero que, una vez que llegue a lo alto de la montaña, mi
situación será radicalmente distinta dependiendo del camino que haya elegido?”.
“Lo ha entendido usted bien, solo que no se trata de caminos”, respondieron los
chicos de la gasolinera. Miré hacia lo alto de la montaña y vi un conjunto de
luces muy próximas las unas a las otras. “Los caminos que podrían conducirle a
la montaña fueron borrados a medida que los excursionistas los iban desbrozando
para llegar al campamento”. “Y aun así”, inquirí, “existe un modo de llegar
a lo alto de la montaña”. “Ya le hemos dicho que no existe un solo modo, sino
dos”. “Es verdad, lo había olvidado. Por cierto, ¿aquellas luces que se ven
allá arriba son las del campamento?” “Sí, aquellas luces son las luces del
campamento. Se trata de fogatas que los campistas encienden después de cenar
con la intención de ahuyentar a los depredadores”. “Pensaba que los únicos
depredadores que había por aquí eran las corujas que atrapan entre horribles
quejidos ratas y ratones”. Me equivocaba, al parecer, según los chicos de la
gasolinera, pues “la montaña abunda en seres que se esconden en la oscuridad a
la espera de una oportunidad para lanzarse contra sus víctimas”. Con las
mangueras de los surtidores bien agarradas mientras servían gasolina a sendos
clientes, los chicos me miraron con ese gesto a medias socarrón y a medias
compasivo que les conocía de otras ocasiones. (Debo aclarar que si acudía a
aquella gasolinera con más frecuencia de lo habitual era porque se trataba de
la más cercana a mi domicilio; no desearía que ningún lector pensara en otras
motivaciones menos transparentes o lógicas.) “¿Y no parecen más bien luces
artificiales en vez de fogatas, no tienen como un aura de fluorescencia
aquellos resplandores?”, me lancé a preguntarles, sobre todo por el prurito de
llevarles la contraria. “Se equivoca”, me dijeron. “Además, esas fogatas están
íntimamente relacionadas con uno de los dos modos de alcanzar lo alto de la
montaña”. “Ah, ya comprendo, se trata de señales luminosas para el posible
aterrizaje de helicópteros”. “No sea usted vulgar ni fantasioso”, me dijeron,
cortantes. “No tergiverse ni un ápice nuestras palabras, pues ya le dijimos
antes con meridiana claridad que las fogatas sirven para ahuyentar a los depredadores”.
“Es verdad, lo había olvidado, me había armado un lío o quizá es que no acabo
de creerme nada”. “Más le valdría creerse a pies juntillas todo lo que le
decimos”. “¿Quiénes se encuentran en el campamento?” “Lo desconocemos”. “Bueno,
menos mal que no lo sabéis todo”. Me miraron con una mezcla de asco y de
insolencia. “Es que, como sabéis, la ignorancia es el único camino hacia el
conocimiento”. “¿Y no será más bien que el conocimiento se alimenta de sí
mismo?”, preguntaron, redichos, sin darme opción a réplica alguna. “Usted ha
venido hoy aquí preguntando por esas luces que se ven en lo alto de la montaña
y por la manera de llegar hasta allí; nosotros, armándonos de toda nuestra
paciencia y empleando todas nuestras reservas de amabilidad, le hemos
respondido lo que sabíamos. Y entonces usted, en agradecimiento, se permite
cuestionar nuestras informaciones y nuestros consejos, insinúa que podemos
estar equivocados y plantea sus propias hipótesis sobre lo que dejó claro que
desconocía por completo”. No supe qué responderles. La gasolinera llevaba unos
minutos sin recibir clientela. El viento arrastraba hojas, trozos de
servilleta, mariposas y desconsuelo. Los chicos estaban sentados en unas sillas
blancas de plástico tomándose unas cervezas. Hacía ya un rato que había
repostado y creía estar en condiciones de emprender la exploración de aquella
montaña. Me apasionaba llegar de noche a lo más alto de las montañas de la isla
y llevarme algún recuerdo que luego clasificaba en las gavetas de mi escritorio
con una etiquetita en la que figuraban el nombre de la montaña y la fecha de la
visita. No era, desde luego, una colección muy original, pero para mí era
única. Había objetos de lo más variopintos. Uno de los más extraños, creo, era
una especie de homúnculo de arcilla de unos diez centímetros de largo con
sendos alfileres clavados en la boca y en salva la parte. A veces, en momentos
especiales, yo lo extraía del cajón, lo manoseaba, retiraba alguno de los
alfileres y volvía a clavarlo en su lugar original. Sentí sed y compré una
cerveza en la máquina expendedora. Les pregunté a los chicos de la gasolinera
si querían otra, pero ambos, al unísono, contestaron que no. Sus miradas eran a
estas alturas hoscas, arrogantes, incluso un poco desconfiadas. No había mucho
más que hacer allí, así que me marché.
sábado, 4 de agosto de 2012
PUNTA DEL HIDALGO
No se puede escribir desde la conmiseración, pero quizá sí en función de
la misericordia. ¿Qué es la misericordia? Las palabras podrán significar lo que
signifiquen, pero nunca significan más que una especie de olor. El olor de la
misericordia es parecido al del salitre. Es una vaharada repugnante que acaba
impregnando no solo la ropa sino incluso la propia piel de los misericordes. La
piel, hace ya tiempo que la piel se olvidó de todos los potingues con que se
engalanaba para encandilar a otras pieles una vez que se le ajó su brillo
natural, pero aún es bastante sensible a la misericordia que algunas noches la
visita en forma de salitre. Estas paredes desconchadas, por ejemplo, o el solar
sin construir encajonado entre dos casas edificadas como prolongación de la
roca, o también las barandillas oxidadas desde las que se contempla sin
entusiasmo una recua de barcas varadas no lejos de la orilla. Todo esto no es
más que la cara visible o palpable de la misericordia. La cara de su olor, la
cara de su sudor tan agrio como esos pedos del mar filtrados a través de las
alcantarillas lindantes con la cofradía de pescadores y los otros bares. El
muellito, vaya. El muellito del cerveceo contumaz, de las ratas sanguinolentas que
bajan de madrugada a limpiarse las heridas con el agua del mar, el muellito de
las cuerdas de amarre podridas de tanto orín y de tanta grasa y alquitrán. Sigilosas, repentinas, aflautadas y ariscas,
las corrientes de los vientos alisios pasan entre los resquicios o las
escaleritas de vértigo en busca de un apareamiento con la calima africana,
apareamiento que, una vez que tiene lugar, engendra el más asqueroso de los
climas. Entonces la misericordia pasa a significar la pústula y el desafuero. A
lo que apunta todo esto es a una enfermedad rara cuyos síntomas más evidentes
vienen a coincidir con los de tres o cuatro trastornos neurológicos. El paseo
se convierte enseguida en un marasmo de farallones, colmillos gigantes a modo
de ensenadas, malpaíses correosos en los que unas figuras espectrales pescan al
atardecer y turbios recovecos que solo en alguna pesadilla de otra época
podrían haberse usado para darse baños de mar. A estas alturas avanzamos ya
inmersos en una pesadez que no difiere tanto de una especie de levedad, pero no
porque se haya sublimado o espiritualizado ninguno de los elementos
constituyentes de dicha pesadez, sino porque lo que pesa parece al mismo tiempo
levantarse a sí mismo. No es que la misericordia se haya convertido para
entonces en una suerte de halterofilia del alma, ni en ninguna otra filia
conocida, más bien al contrario: continúa identificándose con una supuración
involuntaria, con un hálito pegajoso que nos va rodeando hasta que casi parece acogotarnos.
Y a partir de entonces no nos suelta nunca, para que lo poco que consigamos
respirar se lo debamos a esa presión de menos que nos imprime en su lento estrangulamiento.
Ni las luces solitarias en dos o tres de las barquitas varadas, ni las risas
dispersas de algunos grupos de jóvenes fiesteros, ni las antorchas de los tranquilos
hoteles-balneario conseguirán raspar esa segunda piel nuestra, la lepra de la
misericordia. Es inútil intentar escapar de ella por mucho que se camine en
dirección al faro o en busca del pescado fresco de la cofradía. Cada paso es un
desmoronamiento y una restitución del cuerpo a la nada en la que ya no habrá
pasos (no he sabido decirlo con menos pedantería). Es completamente inútil
imaginarse e incluso sentir lo que quiera que sea, pues la única costra
verdadera es la de la misericordia purulenta, el olor a desagües, la pátina
rasposa que no sale nunca, el vertedero o el silencio de más allá del tiempo en
este lado del tiempo.
sábado, 21 de julio de 2012
PLENO VERANO
Pleno verano, tórrido,
insistente. Y yo pensando en el invierno. Obsesionado por las olas mansas de
una lengua de arena de la que pude haberme posesionado si fuera hombre de más
arrestos. (Hombre de arrestos como mis ancestros, combatientes en guerras
africanas e ibéricas, abuelos, tíos abuelos, conquistadores, guerreros y
gigantes de plácidas vejeces irascibles.) Pero como todo consiste en dejarse ir
y en no ganar sino calvicies de oportunidades que una vez ostentaron pobladas
cabelleras, el invierno regresa en pleno verano para intentar seducirme con sus
ensenadas solitarias, con su sol domesticado y con su balanceo en el más frío mar,
esa delicia. Hablaba de posesionarme en el sentido de aprehender, en el sentido
de incorporar al propio bagaje un espacio contemplado con seriedad y rigor. Las
montañas de agua o las montañas desde las que se divisaba el agua a lo lejos no
parecían haber sido nunca habitadas. Un sol perecedero, el sol de las tardes
del invierno, retozaba conmigo sobre la arena. Esa arena se transformaba hacia
el interior en rocas desgastadas que se entremezclaban con arbustos a medida
que la cala se iba convirtiendo en un inhóspito barranco. Al bañista de
invierno, o sea a mí, le parecía increíble poder disponer de ese lugar entero
solo para él y se dedicaba a caracolear
en la arena mojada, a tenderse en las lascas apenas rugosas de los riscos o a imprimir
las huellas de sus pies como fugaces remansos para los bocados del mar. Estaba
escondido allí en la contraluz de un atardecer de atardeceres y no expuesto
como ahora a las arremetidas de un sol descomunal. No practicaba la meditación
trascendental ni me comunicaba con los dioses mitológicos, sin duda por la ya
mencionada falta de arrestos, y perdía el tiempo reblandeciendo mi piel en un
mar desprovisto de prestigio, el invertido mar del contraluz de invierno, esa
delicia o esa aridez. Hay que ser un verdadero memo para quedarse en casa en
pleno verano estrujando la esponja de un día pisoteado por el resto de los días
del invierno, un día pequeñito al que ni siquiera el microscopio del recuerdo
preciso y obsesivo puede retrotraer o revivir. Retrotraernos hasta él es una
operación absurda que solo se explica como una manera (quizá válida como
cualesquiera otras) de vaciar el presente para apreciar mejor su tufillo de
nada, su insolvencia y su amargura. Pero así son las cosas en estas islas
infernales. El pleno verano no es, me temo, sino un remedo de la vaporosa
canícula de las sabelotodas sibilas; y el invierno, en cambio, es una gasa
apropiada para casi cualquier herida que no sea del cuerpo. No hay que pedirles
acaso a los momentos de máximo esplendor sino el hilo que los mantenga
milagrosamente unidos a cualquier momento del presente por insidioso que sea.
Se liberan entonces unas energías desconocidas, unas fuerzas de distanciamiento
y de retracción que nos dejan solos frente al vacío del tiempo: este instante
solo existe como sustento de aquel otro, este pensamiento no es más que el
sostén de una desaparición. No se trata de un desprecio consciente de la
cotidianidad en que se vive, sino de lo contrario: de la aceptación de que esa
cotidianidad no puede ofrecernos más que el vacío de que está hecha, un vacío
poblado de fantasmas, ectoplasmas y miasmas siempre demasiado locuaces.
lunes, 16 de julio de 2012
CHIRCHE
Segunda intentona. Veamos. Apuremos. Concentración. “El origen del
caserío se remonta a la época de las roturaciones del siglo XVII”, señalaba implacable
un panel informativo. Barajemos los datos, las imágenes, los fragmentos
rescatados. En el siglo XVIII, en no recuerdo qué actas diocesanas o
constituciones sinodales, continuaba el panel, se contabilizaban unos 17
vecinos, es decir, 85 habitantes. No alcanzo a entender bien qué regla se ha
utilizado para calcular el número de habitantes a partir del número de vecinos.
¿Un vecino con su cabra sería un solo vecino, un habitante más una cabra o dos
habitantes? En fin, da igual. Esta gente debió de trastornarse, en su mayoría, al
cabo de unos años viviendo en un lugar doblemente y hasta triplemente aislado:
lejos del núcleo municipal de Guía de Isora, núcleo a su vez alejado de la
capital de la isla, isla a su vez alejadísima de su continente de referencia. Además,
estos vecinos o familias arracimadas padecían la condena de tener que tratarse
a todas horas, todos los días, día tras día sin descanso alguno. Veamos más
datos. La iglesia fue construida en la época franquista, si no recuerdo mal en
la siguiente fecha inscrita en la fachada: MCMXLVI. Una fecha que da repelús nada más descifrada. De una de las
casas surge un reguero de agua con espuma que llega hasta cerca de la plaza. A
continuación, de la misma casa, sale un joven afeminado con lo que parece una
leve acromegalia; miro de reojo al interior de la casa y no distingo nada, pues
de una oscuridad tenebrosa emerge una señora, a todas luces la madre del joven,
que cierra con lo que parece una de esas grandes llaves antiguas de hierro la
casona que acaban de limpiar. Tras esta escena que no voy a calificar, me quedo
contemplando un rato la plaza vacía, con el escenario de la verbena aún sin
desmantelar y las ramas secas de palmeras utilizadas en no sé qué tipo de algarada
religiosa. La bienvenida no se le da aquí a nadie, cada cual que se las arregle
como pueda y si te he visto no me acuerdo. Busco el sendero que conduce de
Chirche a Aripe, el otro caserío, situado unos kilómetros más abajo. Las
antiguas tarjeas han sido sustituidas por tuberías, decenas de tuberías de
metal unas junto a las otras sin pudor ni adecentamiento alguno. Una de las
tarjeas, sin embargo, que va bordeando la medianía con la elegancia de una
equilibrista satisfecha, lleva agua todavía. No mucha, ni demasiado fresca,
pero al menos se puede meter la mano y dejar que el agua fluya entre los dedos
mientras prosigue su camino. Y es que la mano está sucia, está manchada de una
sangre de mentira desde que encontré una tunera llena de cochinilla y estallé
el cuerpecito de uno de esos parásitos para ver el color del carmín bajo la luz
del sol del sur. Resultó ser casi como la sangre humana. Una sangre que permanece
escondida en los racimos blanquísimos de las cochinillas que absorben la savia
de las tuneras. Casi tan blanca era la paloma que se refugió en un entrante de
roca y se puso a observar al milano que planeaba como quien no quiere la cosa
hasta que enfiló hacia la roca en que se encontraba la paloma. Recuerda al
romance de doña Alda, pero no diré qué ocurrió; supongo que es indiferente para
lo que viene a continuación. A continuación hay un burro que, recluido en un
corral, come tranquilamente su pienso; a este que nadie le cuente milongas, que
lo dejen en paz. ¿Que lo que es pan para hoy es hambre para mañana? No lo dirán
por él, desde luego. Su caso es justo el contrario: lo que fue hambre ayer se
ha convertido hoy en pienso y pan. Y bien que se lo merece, pues lo que cargó por
todas esas lomas en su juventud nadie lo sabe sino él. No está dispuesto a que
le ocurra en su vejez lo que al viudo reciente del que hablan dos magos
sentados a uno y otro lado de la calle principal: “ese se vuelve ahora más
flaco que un cangallo”. Así se habla por aquí. A los lados del sendero hay
varias eras, esos recintos circulares casi siempre empedrados que hoy nos parecen
lugares casi mágicos. Aguzando el oído, quizá pueda escucharse todavía el ruido
de los cascos de las bestias, los jaleos, el viento que ayudaba a separar el
grano de la paja. Una imagen, un fragmento más. Una cazadora de talla infantil,
sucia y polvorienta, con capucha, cuelga de las ramas de una tabaiba reseca.
¿Descuido, infanticidio, casualidad, pedofilia o una señal para alguien? No
encuentro nada sospechoso en los alrededores, pero tampoco voy a convertirme en
uno de esos inspectores de la nueva novela negra canaria. El crimen de Chirche no es, creo, mal título para un próximo éxito
de ventas. Que alguien se anime y escriba la primera novela
policíaca-histórica-autóctona-rural de Canarias. Yo le ofrezco desinteresadamente, además
del título, la primera pista: esa cazadora de niño encontrada cerca de Chirche.
jueves, 12 de julio de 2012
CUADERNO DE RECIENVENIDO
Un lugar caracterizado por su población flotante y por la
inconsistencia de sus identidades que, sin embargo, está plagado de recuerdos y
constituye el soporte de gran parte de mi memoria de la infancia. Una paradoja
que vuelve a este lugar más inquietante aún de lo que de por sí ya es. Una
playa en la que uno se baña siempre en el mismo mar aunque el mar no parezca
reconocerlo a uno nunca.
*
Lejanos gritos de gaviotas. Como algo que se recuerda de
pronto. En un fondo que pareciera estar esperándonos, sin creer demasiado en
ello, y que confiara en que habremos de llegar porque siempre hemos vuelto.
*
Conviene luchar contra “las primeras impresiones”. No son
más que una zancadilla que nos impide sentirnos de verdad recienvenidos. Creo
que los recienvenidos no sienten nada especial, solo, si acaso, la extrañeza de
encontrarse de nuevo en donde nunca pensaron volver a estar.
*
No mirar para ver ni ver para mirar. (Tampoco, por supuesto,
ver para creer ni creer para ver.) Simplemente, dejar que los ojos miren o vean
aunque no miren ni vean nada concreto o especial. Irse hasta dejarse ir en un
movimiento de perpetua fuga hacia donde no se crea ver nada y pueda mirarse
todo una vez más.
*
¿Qué hace que un texto sea relevante o irrelevante? ¿Qué lo
sitúa en primera, en segunda o en tercera fila? Me lo estoy preguntando porque
el otro día, hablando con un amigo, me dijo que algunos textos míos publicados
en el blog le parecían irrelevantes y de tercera fila. (Creo que empleó esas
exactas palabras.) Se refería a ciertos textos polémicos, circunstanciales, incómodos,
pertenecientes a lo que he etiquetado en el blog como “parodias y
profanaciones”. Ni le di la razón ni se la quité. Me quedé pensando en lo que
me dijo, pues es un amigo al que quiero desde hace muchos años y sé que me habló
con el corazón. Sin duda muchos de esos textos no tienen la más mínima
importancia y son solo pataletas escritas desde la indignación, desde la
irreverencia o desde la perplejidad. Con una pizca de mala uva casi todos, sin
duda. Con el deseo de que algunas cosas se estremezcan un poco, no con el
objetivo de que se derrumben sino con la ilusión de que sus distintas partes se
recoloquen o se reinventen para que surja algo nuevo, algo auténtico, algo más.
Algunos se toman estos textos a pecho, otros con más gracejo. Hablar de asuntos
de tercera fila conlleva el riesgo de que se acaben escribiendo textos de
tercera fila. Ninguno de los textos publicados en mi blog tiene la más mínima
relevancia, pero si tuviera que salvar algunos salvaría uno o dos que han pretendido
poner el dedo en llagas hasta ese momento sacrosantas aunque no por ello menos
irrelevantes.
*
Que la actividad de escribir solo sirva para dejarlo a uno
más solo de lo que ya está no es sino un falso inconveniente que se revela
ventaja en cuanto nos damos cuenta de que no hay otro modo de avanzar en la
propia desaparición salvo verse y sentirse solo en esa especie de desierto que
es el vacío de las palabras.
*
El hecho de que haya menos cucarachas rondando por los
alrededores del apartamento no es un asunto baladí. Me permite subir a la
azotea o bajar a la terraza por la noche sin que me obsesione encontrarme con
un ejemplar de esos insectos perfectamente diseñados para horrorizar. Sin
embargo, ellas están siempre ahí. Son indestructibles. Como especie, al
parecer, poseen una capacidad de supervivencia mucho mayor que la nuestra. Es
decir, que toda nuestra supuesta adaptación al medio, nuestra presunta
inteligencia, nuestra aparente superioridad sobre el resto de los animales no
nos va a servir de mucho cuando se trate de competir con las cucarachas en lo
realmente decisivo: sobrevivir.
*
Está uno siempre trajinando con cuadernos, bolígrafos,
libretas, libros, lápices. Como quien no da puntada sin hilo, no se desplaza uno sin un cuaderno o un libro a
dondequiera que vaya. ¿No será para ocultar alguna tara, para tapar un vacío,
para cubrir una rotura? Objetos con los que se escribe negro sobre blanco o con
los que se sustituye una página con otra o con los que el rostro se esconde
detrás de unos papeles. Cachivaches sobrados de prestigio con los que
fabricamos trajes relucientes que no dejen a la vista las naderías que cubren.
*
No da más de sí el día. No se lo puede estirar para que
desembuche lo que lleva dentro precisamente porque no lleva nada dentro. En un
pretencioso alarde de funambulismo, podría atravesarse el recuerdo de este día
para acabar ofreciéndole al expectante lector unas vísceras inútiles, un
reverso pálido, unas imágenes mudas. Aceptemos que no da más de sí, que se ha
terminado y basta. Durmamos como benditos y despertemos como adanes embobados.
*
El gran sol, el suntuoso, el que en unos segundos seca los
cuerpos chorreantes, el creador de las sombras más profundas, el altivo, el
incuestionable, el que hormiguea bajo la piel aturdida, el que abraza sin
contemplaciones y muerde y hiere en la herida cavada un año tras otro, el
siemprealto, el nuncaesquivo, el perforador de los presentimientos, el adalid
de los veranos mágicos. Ya nunca vienes por aquí, gran sol. Te extraño algunos
mediodías. Tu sustituto no está, me temo, ni mucho menos a tu altura.
*
Encuentro un juego de tacitas de café minúsculas, con un asa
estilizada y una decoración floral ya bastante marchita. En esas tacitas
tomábamos café con mi abuela cuando pasaba con nosotros unos días de verano en
el apartamento. Servido en una de ellas, el café sabía y sabe realmente bien.
Se va tomando a sorbitos, mientras las hojas resecas del pompadú liberan sus
secretos zarandeadas por el viento que cruza la sala aireada.
*
Un cuaderno no debe parecerse a otro. Lo que escribí hace un
par de veranos ya no importa. No se puede arrancar si no se olvida lo que se
deja atrás. ¿Qué sentido tiene trazar un arco perfecto que lleve desde un punto
cualquiera del pasado a un punto cualquiera del presente o del futuro? ¿Para
qué perder un solo segundo de esta vida que es lo único que tenemos en sentarse
a elaborar con las palabras monumentos perfectos e inútiles que siempre
acabarán por reflejar nuestra profunda incoherencia e imperfección? Si uno está
dispuesto a malgastar unos instantes de su vida, que sea para sorprenderse a sí
mismo, para reírse solo, para patalear como un niño travieso o, si acaso puede esto
lograrse, para crecer como persona.
*
Mientras nadaba pensé que era la última vez que lo hacía.
Pensé en la cantidad de gente que estaba sufriendo o muriendo mientras yo
nadaba. Pensé en cómo se vería mi cuerpo desde el borde de la piscina si sufría
un colapso mientras nadaba. Pensé en lo mal que nadaba y en que ello se debía a
que nunca me había esforzado en nadar mejor. La piscina era el lugar en el que
yo existía en ese momento, era una especie de refugio contra todos los demás
lugares en los que no existía, contra la infinitud de posibilidades que, no se
sabe por qué extrañas derivas del destino, mi cuerpo había descartado para
estar entonces allí, exactamente en ese instante, nadando, en la piscina.
*
Llegué a un lugar en el que las olas confluían desde dos
direcciones distintas y poco después de juntarse volvían a bifurcarse para
morir cada una por su lado en la orilla. Era una de las puntas de la isla. El
viento soplaba como podría imaginárselo uno en los sures chilenos. Tanta era la
fuerza de aquella parte de la costa que después de décadas de urbanización y
acondicionamiento se resistía a perder su encanto salvaje. Como un paseante
más, deambulaba adormecido por el vaivén del mar y no me detuve hasta que vi al
fondo los acantilados de la montaña de Guaza.
*
También llegué a un puerto. Estuve a punto de entrar a cenar
en un restaurante de pescado fresco situado en un edificio estrambótico que
recuerdo haber comentado siempre con mis padres cuando era pequeño. Lo dejé
atrás, sin embargo, y me interné por las callejuelas que desembocan en la playa
principal. El escaparate de una tienda de pesca me sorprendió con sus anzuelos,
sus cañas y sus barcos en miniatura. Soñé o me estremecí durante una milésima
de segundo. Qué alejado del mar —de mar adentro— he estado para haber nacido en
una isla. Tres adolescentes de rostros felinos secreteaban apoyados en la
barandilla del paseo. Podría continuar, pero qué sentido tiene el recuento de
cada paso dado. Prosa oficinesca, prosa de procesión. Mis disculpas.
*
Sería mucho mejor un recuento de los ruidos de la casa. El
estallido que, no se sabe si procedente del reloj de pared, del cuadro de la
luz o de algún otro objeto no identificado, suena de pronto a la una de la
madrugada. Los crujidos del pompadú que el viento produce, sin que, como dije
antes extralimitándome, las hojas liberen ningún secreto, pues, ¿qué secretos va a tener un árbol? Los gritos lejanos de las gaviotas que, aunque
emitidos a mucha distancia del apartamento, es aquí donde se escuchan y donde,
por lo tanto, existen. La voz de una mujer y la de un hombre que regresan a la
una y media de la mañana existen también para mí porque las escucho mientras
leo tumbado en el sofá; cristalina la de ella y cavernosa la de él, como un
arroyo que resonara en el interior de una gruta. Y, ya que nos hemos puesto
poéticos, se podría terminar con el silencio, que es el ruido que resume y
absorbe los anteriormente mencionados y cualesquiera otros que alcancen a ser emitidos.
*
En el taxi de regreso desde el pueblo de pescadores me senté
en el asiento delantero. Es lo que se estila —lo recordé a última hora— en las
islas cuando se monta uno solo. Costumbres de épocas pasadas menos dadas a la
desconfianza. La cercanía con el taxista me obligó casi a darle conversación.
Me imaginé que había tenido un abuelo medianero y otro cabrero. Continué
trepando por su árbol genealógico mientras él me hablaba de las pérdidas que le
habían generado las confusiones etílicas de clientes ingleses o alemanes que no
recordaban bien en qué hotel se alojaban. Su cara me decía que había tenido un
tatarabuelo morisco. Y ahora él era chófer de este taxi que, carrera va y
carrera viene, recogía a mocosos pequeñoburgueses al borde de un coma etílico. Se despidió de mí
con grandes parabienes a pesar de que no le dejé sino diez céntimos de propina.
*
Hablemos de la frutería. A diferencia de los centros
comerciales, la tradicional frutería, aunque se invista —ya iba a decir “se
embista”— de un toque turístico con sus carteles en inglés y sus frutas
exóticas, como esta que he visitado hoy, es un lugar en el que se convive.
Nadie viene aquí a pasear ni a practicar ese malsano zapping de escaparates tan característico de los centros
comerciales. A la frutería se va a rozarse con los demás, a asegurarse el
primer lugar en la caja, a pasear frente a las manzanas, los albaricoques y los
higos el nuevo bikini comprado en las rebajas. Hay quienes se plantan frente a
un manojo de acelgas como si tuvieran delante un pelotón enemigo. La frutería
constriñe, fija y no da ningún esplendor. Todos son allí bienvenidos y cualquiera
puede llevarse unos melocotoncitos, unas uvas o un melón por un módico precio.
La gente se roza, se huele, paga y sale.
*
Hace más de un cuarto de siglo pasaban las vacaciones en
estos apartamentos unos niños que decidieron un día bañarse en todas las
piscinas de hotel que les fueran saliendo al paso. Les pidieron a sus padres
que les prepararan unos bocadillos y, después de desayunar, iniciaron su
periplo. Lograron colarse en unos siete u ocho hoteles. Atravesaban los
vestíbulos fingiendo los andares y los gestos de los hijos de cualquier turista
nórdico y, mirando con el rabillo del ojo a los recepcionistas, casi siempre
ocupados, se dirigían hacia las piscinas. Algunas eran tan grandes y ofrecían
tantas atracciones —cascadas, puentes, pasadizos, toboganes, surtidores— que
los retenían más tiempo del previsto. Ese día volvieron a los apartamentos
cuando ya estaba oscureciendo. Sus padres, lógicamente preocupados, les tenían
preparadas las correspondientes recriminaciones y broncas. Esto, que recuerda a un
relato en el que un acomodado donjuán americano atraviesa nadando, ante el
asombro de los respectivos propietarios, varias piscinas de un complejo
residencial, es más un recuerdo que un relato.
*
Hago esfuerzos por mantener a raya muchas otras incitaciones
al recuerdo que no conducen a nada. En un lugar como este —para que se entienda
bien: el sitio en el que pasé ininterrumpidamente todos los veranos hasta
aproximadamente mis veinte años— es preferible poner a prueba la capacidad de
vivir el presente. No ayuda demasiado el hecho de que todo esté tan calmado
porque no hay apenas nadie en la urbanización: si hubiera más movimiento, más
ruido, más vaivén de visitas, me digo, los recuerdos encontrarían menos fisuras
por las que colarse hasta mí. Así que debo estar vigilante y no dejarme llevar
por las ensoñaciones, pues el silencio está cargado de peligros. Algunos de los
apartamentos, vacíos ahora y mudos estandartes de la disolución de todo, me
susurran historias cuyos detalles conozco al dedillo. Los árboles del parque,
cuyas copas se agitan con un viento inconstante, parecen hacerme señas para
repare en lo que ocurrió junto a ellos muchos años atrás. Incluso los gatos,
que este verano no han aparecido, insisten con su ausencia en recordarme otros
gatos, tantos, tantos gatos distintos de un verano tras otro. Así que no es al
instante al que le pediría que se detuviera —pues, ¿cómo vivirlo si deja de
transcurrir?—, sino a los recuerdos; o, más bien, a las alevosas incitaciones
al recuerdo.
*
Si no se deja vivir, para qué insiste la vida. La literatura
es en cierto modo la deserción de la vida, pero sin un poco de vida la
literatura nace muerta. Un texto nace muerto cuando no hay aire para que
respire, cuando no ha sido alimentado con los nutrientes de la vida, cuando es
un mero producto de la fertilización in
rhetorica. Oigo fragmentos musicales que se acoplan en una única partitura
distorsionada. Son la música de la vida, que transcurre lejos de quien la
escucha y, sin embargo, lo transporta a sus diferentes estratos como en un
vuelo mágico. Es una música que se oye raras veces pero que, una vez escuchada,
nunca se olvida.
*
En esta urbanización toda historia comienza con un clic. El
clic de una persiana que se cierra en el dormitorio de la prostituta checa. El
clic de la puerta del vallado exterior que alguien abre a altas horas de la
madrugada para caer herido de arma blanca sobre el césped. El clic de la puerta
de acceso a la piscina que nadie debería abrir pasadas las diez de la noche
pero que, de pronto, se oye junto a las risas de dos amantes que se lanzan
borrachos al agua. Alguna vez he pensado tirar del hilo de uno de estos clics.
Pero, si lo hago, ¿no sonará entonces otro clic?
viernes, 6 de julio de 2012
TARDE METÁLICA
Bajo a la ciudad y me compro un cuaderno. Las tinajas siguen
donde siempre. Al gran hotel le han maquillado las fachadas y, es de suponer,
le han revestido las entrañas de algún tipo de piedra extraída de canteras situadas
en montañas protegidas por la ley.
Promete ser una tarde metálica, pues me dirijo a la
inauguración de una exposición titulada Metales.
Me intriga saber si se trata de metales pintados o de pinturas metalizadas. Por
lo pronto, el nombre de la artista es prometedor: Maribel Nazco.
En el cuaderno escribiré lo que sigue. Unos apuntes como quien
no quiere la cosa. Para no aburrirme demasiado mientras me tomo un barraquito
en una terraza de la calle San José.
En la zona de chabolas ─o vestigios de chabolas─ que rodea
el hotel, un barrio que algunos llaman Las Lavanderas, exactamente en una calle
sin salida que desemboca en medio del barranco, unos pánfilos musculados estaban
jugando a un deporte precursor del fútbol local y que consiste en emitir unos
sonidos caprinos cada vez que se toca con los pies un balón del tamaño de un cráneo
humano.
Al apuesto camarero que atiende en la terraza podría
contarle, si me atreviera a darle conversación, lo que sé de la ciudad, de esta
misma ciudad en la que ahora estamos aunque él no estuviera ─lo intuyo─ cuando
estuve yo y yo solo esté de paso ahora que él vive aquí. Poco más podría
contarle, teniendo en cuenta la diferencia de edad, el desconocimiento mutuo,
mi incapacidad para avanzar temáticamente en las conversaciones y su aparente
curiosidad por el mundo que lo rodea.
Al menos dos bares he visto ya con las persianas de metal bajadas
hasta la mitad, como si estuvieran abriendo o cerrando en ese momento, supongo
que para evitar que entre calor desde la calle.
Escucho ciertas voces masculinas genuinamente canarias que
discuten alrededor de unos cubatas. Son las voces de tres presuntos padres de
familia de edad avanzada. Voces gangosas ─iba a decir fangosas─, cascadas por el tabaco y la bebida.
Voces cavernosas escuchadas en esta gruta al aire libre que es la parte baja de
la ciudad.
El templo masónico ─me animo a hacer un poco de turismo─
continúa cerrado, cada vez más ruinoso, sin placa alguna que lo identifique,
encajonado entre edificios de viviendas multicolores quizá promocionadas por el
primo o el hermano del alcalde anterior. Un templo más a la orilla del olvido.
(Un día el actual alcalde ordenará demolerlo por la noche y al día siguiente nadie
se dará cuenta de su ausencia.)
Peluquerías donde hubo restaurantes. Farmacias de diseño
donde hubo tiendas de enmarcado de cuadros. Franquicias de asesoramiento de
dietas eficaces donde hubo videoclubs o merenderos. Y todo vacío, a la espera
de los clientes para los que se pensaron estos establecimientos que pasado
mañana tendrán que ser desmantelados porque el mercado ha cambiado o porque
triunfó la competencia.
La pareja formada por el escritor de inminente renombre y el
cuarentón de aspecto siempre juvenil que lleva más de veinte años frecuentando
sin pretensiones lo más chic de lo chic de la noche chicharrera.
La sensación de estar en una ciudad que se parece a otra
nunca visitada, una ciudad rioplatense, pero con un desfase de décadas entre
una y otra, como si el tiempo hubiera pasado aquí de otro modo o como si los
desajustes se debieran no tanto al desorden de los tiempos como a la
desquiciada visión de quien no es bienvenido a pesar de haber sido invitado.
Flamboyanes en las plazas, moscas en los bares. Las flores
rojas conforman tras caer alfombras de ensueño en rotondas acondicionadas con
bancos y columpios para solaz de las familias biempensantes. Las moscas se
posan en las orejas de los borrachos tragaperras de los bares.
No hay demasiados poetas en la inauguración de Metales. Algún crítico de arte
abotargado, pulcro y relamido a quien tuve que dejar de leer porque perdió por
completo el criterio, es decir, la capacidad de discernir entre lo mediocre y
lo brillante. Como no hay apenas poetas, pocos, si no ninguno, serán mañana los
artículos sesudos que reflexionen en la prensa local sobre la metálica intriga de esta exposición:
¿cuadros hechos con metales o metales pintados? Yo no la he visto con demasiada
paciencia y prefiero no opinar. Me gustaron más, eso sí lo diré, algunos
cuadros en los que los metales buscaban sus orígenes terrestres hasta llegar a
parecerse a una colada de lava ya fría que otros en los que los metales se
erizaban intentando imitar la rozadura de dos cuerpos.
El cuaderno ha cumplido su misión. Lo mejor sería arrancar
las páginas en blanco, casi todas. Y, de paso, también las escritas. Pero no:
sentimos la recalcitrante necesidad de decir y de decirnos. No sabemos simplemente
dejarnos decir ─o dejar de decirnos.
sábado, 16 de junio de 2012
ARGUAMUL
Quienes nunca hayan estado en Arguamul quizá no consigan
imaginarse bien lo que quisiera describir aquí. (Quien ha estado en un lugar
posee la arrogancia de una certeza: la certeza de haber estado en un lugar;
quien ha estado en un lugar apartado posee, además, la arrogancia de una
singularidad: la singularidad de haber estado en un lugar apartado. Cualquiera
de estas dos arrogancias, me parece, es perfectamente disculpable.) Haré todo
lo posible por canalizar los torrentes de imágenes que me ofrece mi abundante
recuerdo en pinceladas accesibles, pues de otro modo estaría abusando de la
imaginación y la paciencia del incauto lector. Me esmeraré en trasladar a las
palabras una cierta sensación de apartamiento, quizá recurriendo a símiles o
tropos un tanto exagerados pero justamente por ello, así lo espero, eficaces.
Para llegar a Arguamul debe conducirse, después de dejar la
carretera dorsal de la isla, por un laberinto de pistas de tierra que concluye
abruptamente y da paso a lo que podría denominarse un simple camino de cabras.
Se deja el coche arrimado a un borde del barranco y se echa a andar con el mapa
en la mano durante kilómetros en lo que a partir de entonces parece casi una
isla desierta. La soledad retumba bajo los pies. Se suda solo para aplacar la
sed de un viento racheado que sube por los costados del barranco. Se orina
después de un par de horas sobre una tierra verdosa que acoge la deposición
como parte del riego celeste que da vida a los numerosos bosques de palmeras.
Se sigue caminando hasta que se atraviesa un grupo de casas
de barro en las que viven unos jipis alemanes que parecen drogados con leche de
tabaiba. Una niña cuelga de los brazos de su supuesta madre y mira al caminante
con unos ojos que no contienen traza alguna de desamparo sino, más bien,
visiones impenetrables de la tierra nutricia. Vale más atravesar deprisa esas
casas, pues no se sabe quién más habita en ellas, si algún patriarca
desmemoriado o loco o si alguna antigua bruja lugareña contratada por los jipis
para confeccionar brebajes de tomo y lomo.
Quienes nunca hayan estado en Arguamul, ya lo avisé al
principio, tendrán dificultades para sentir que lo que digo pueda ser el comienzo o el final de una vivencia auténtica. Aseguro, sin embargo, a quienes
desconfíen por ignorancia o por costumbre que hago todo lo posible por no
alejarme ni un ápice de la sacrosanta veracidad de la experiencia. Así, cuando
volví la vista, ya estaban lejos las casas de los jipis y me encontraba en lo
alto de un promontorio casi antediluviano que atesoraba, al parecer, más de una
cueva natural quizá hasta no muchos años atrás habitada. Sin embargo, mi
destino era la playa de Arguamul y todo lo que me distrajese de él debía ser desechado, ya
fueran cuevas de guanches o casas de mugrientos jipis alemanes.
Desde el promontorio antedicho contemplé la playa de
Arguamul extendida a lo lejos. Pude haber detenido allí mi periplo, pues ver a
lo lejos no es menos (o es incluso a veces más) que pisar de cerca, sobre todo
si hay que seguir caminando un par de kilómetros para llegar a una monótona
playa de pedruscos perdida en una isla que parece estar durmiendo una siesta
perpetua. Por alguna razón, supe que debía bajar hasta la orilla, descalzarme y
sentir en mi piel aquel solitario mar de Arguamul. Quizá lo supe entonces
porque sospechaba que un día querría hablar de ello con conocimiento de causa,
es decir, con la seguridad que da la constatación de unos hechos vividos y
depositados para siempre en la alcancía del recuerdo.
Quienes no hayan estado nunca en Arguamul podrán quizá decir
que estuvieron un día allí después de leer estas palabras mías que serán para
ellos el sustituto de la vida, la prótesis de una experiencia de la que siempre
carecieron, el simulacro de una memoria en blanco. Así que prosigamos. Qué
podría decir de ese momento único, extático, en que pisé la playa de Arguamul.
En kilómetros a la redonda, no solo si miraba hacia el bendito horizonte, sino
también si recreaba la vista en las alturas boscosas o en el agreste y
caprichoso dédalo de roques diseminados a lo largo de los acantilados, no se
veía ni un alma. Yo era allí una especie de náufrago salvado en el mismo momento
en el que había naufragado. No sabía qué hacer con mi cuerpo, pues los juegos
solitarios son bastante aburridos cuando no hay ni siquiera la posibilidad de
un espectador escondido al acecho. Cumplí el ritual de descalzarme y dejar que
unas olas mansas como corderos bíblicos lamieran mis pies llenos de llagas. Lo
confesaré, sí: me desnudé, pero no me bañé, no me creí digno de tanta
perfección, de tanta inmensidad. Me daba miedo profanar aquel mar con mi cuerpo
sucio en todos los sentidos. Verán: quería que Arguamul siguiera siendo para mí
un santuario, un lugar intacto al que peregrinar a partir de entonces al menos en
mi imaginación. Y para defenderlo de mis ansias posesivas tuve que abandonarlo
rápido, no recrearme demasiado en él, regresar por el mismo camino hasta las
casas de los jipis y luego hasta el coche de alquiler arrimado al borde del
barranco. Tuve que renunciar a él para poder volver siempre a él.
Quienes no hayan estado en Arguamul no sabrán nunca, y bien
que lo siento por ellos, cómo es de verdad Arguamul, qué puede dejarse y qué no
puede dejarse allí, qué nos regala y qué nos roba, qué nos pregunta y qué no nos responde,
cuánto se pierde, cuánto se deja de ganar allí.
domingo, 10 de junio de 2012
EL BULEVAR
Lo han llamado mucho tiempo después el bulevar del faro, seguramente
porque el término francés le garantiza mucho más glamur que palabras de nuestro
idioma como “avenida” o “paseo” a la zona de perfumerías, restaurantes, tiendas
de ropa y discotecas que se ha creado en torno a un faro que poco tiene ya, al
parecer, del aislamiento de antaño. Unos amigos me hablaron de un artista que
lo pintó hace unas décadas, una y otra vez, como un verdadero faro obsesivo,
totémico, en la lejanía de una de las puntas perdidas de la isla. El pintor fallecería
luego en accidente de tráfico —y sus obras quedarían no solo como las huellas
de otro tiempo más auténtico o esperanzado que el nuestro, sino como testimonios
de una mirada intensa y deslumbrada. Imagino que quienes recuerden ese faro de
otro tiempo no sabrán decidir si el proceso de rehabilitación consistió en un
mero revoque del material original o en una reconstrucción completa desde sus
cimientos. El faro erigido allí, en cualquier caso, se ha convertido en un
símbolo de la prosperidad turística de la zona. Cada tarde llegan al bulevar
decenas de autocares cargados de rubicundos tentetiesos nórdicos que son
depositados junto a sus cónyuges en las aceras por las que se accede a la
relumbrante avenida costera. No recuerdo qué hacía yo aquella tarde en que vi
descender de uno de esos autocares al suizo. Enseguida me llamó la atención su
aspecto de escritor de tercera fila, su delgadez enfermiza, sus lentes redondas
a lo Hermann Hesse, su tiesura. Muy pronto se separó del grupo con el que había
venido e hizo gala de una curiosidad solitaria que lo llevó a alejarse cada vez
más de los paseos centrales y a adentrarse, después de media hora, en un
palmeral desde el que se veía el faro ya muy desdibujado y que yo conocía por
otras visitas en pos de otros curiosos como aquel. No se percató de mi
presencia hasta que me aposté a la distancia de un par de palmeras y apoyé mi
espalda contra el tronco de una de ellas, que emitió un ligero crujido. Me
pareció sentir que no se asustó y que, por el contrario, agradeció la compañía
que con mi aparición allí se le brindaba. No tardó en acercarse. Para entonces
yo ya me había quitado la camiseta y exhibía como un reclamo que sabía
infalible mi torso de descendiente de antiguos esclavos africanos trasladados a
Cuba. Recordé, no sé por qué, unos versos del prócer José Martí en los que
hablaba de un paseo por la jungla en compañía de una de sus damas. No sé si me
identifiqué en ese momento con el héroe o con la puta, pero lo cierto es que la
conversación que, en un inglés medianamente correcto, reforzó mis sentimientos
patrióticos, me devolvió perdidos sones cubanos, intensificó mi nostalgia de la
isla y, de resultas de tanto sentimiento incontrolable, acepté la proposición
de acompañar al turista a su apartamento. Le ahorraré al paciente lector los
detalles de mis andanzas patrióticas. El suizo se congestionaba, sudaba como un
pollo, dulcificaba su dicción a cada una de mis embestidas y ejecutaba unos
extraños movimientos encadenados que me hicieron pensar que quizá en su juventud
hubiera practicado el ballet. Cuando terminamos la faena en el dormitorio
salimos a un balconcito que daba al bulevar y allí, arropados por una brisa que
yo hubiera preferido menos cálida, nos fumamos unos cigarrillos mientras
contemplábamos el atardecer. El suizo me propuso que me quedara con él unos
días. Yo dejé que mi mirada vagara por el horizonte durante un par de segundos
antes de contestarle. Recordé la bala perdida que mató a Martí. No sabía si me
estaba internando en terrenos pantanosos o si, después de mucho tiempo, se me
brindaba una oportunidad de prosperar. El suizo entró en el apartamento y, al
cabo de unos minutos, volvió con un par de billetes de doscientos euros en la
mano. Los colocó sobre la mesa, junto al cenicero, y me dijo que serían míos
—en aquel momento me pareció ver cuatro, pero luego supe que eran cinco— si me
quedaba unos días con él y continuaba cumpliendo con mis deberes patrióticos
(traduzco a un lenguaje honesto lo que él me espetó con términos soeces). Me
está comprando, recuerdo que pensé. Este suizo asqueroso se cree que puede encerrarme
aquí unos días con cuatro cochinos billetes de doscientos euros. Ni aunque me
pagara uno de esos billetes por cada una de las arrugas que he tenido que sufrirle
hace un rato me quedaría yo aquí. Le dije que se equivocaba conmigo, que yo era
una persona trabajadora e independiente y que la cantidad que había en ese
mismo momento sobre la mesa era el precio del servicio de lujo que acababa de
prestarle. Me miró como un basilisco entre sus ridículos cristalitos empañados.
Se alteró. Gritó como un condenado. Me dijo que me marchara, que nuestra
relación había terminado. Yo entré con dignidad en el salón para dirigirme
hacia la puerta. Sabía que estaba traicionando a mi patria, que el suizo estaba
a punto de burlarse de mi ingenuidad y de mi entrega. Le pedí que me diera al
menos uno de aquellos billetes. Se negó. Entonces lo abofeteé, ni siquiera
demasiado fuerte, y cayó al suelo. Desde allí se puso a patalear, a darles
patadas a los muebles, una patada a la mesa, otra al sofá, otra a la
estantería. El espectáculo era bochornoso. Lo agarré del pelo y le zumbé otra
bofetada que lo dejó seminconsciente. Se dedicó a gemir y a contonearse como si
estuviera representando algún paso de El
lago de los cisnes en el Zúrich de la posguerra. Le di un tercer golpe,
aunque esta vez con el puño, que lo dejó inmóvil y en silencio. Me acerqué
hasta la mesa del balcón y recogí los billetes. Cuando salí a la calle ya era
casi de noche y en el bulevar solo quedaban unos pocos grupos que regresaban a sus
autocares después de cenar. El faro, cuya luz ya no es más que parte de un decorado
comercial, parecía señalarme un camino en la noche.
sábado, 2 de junio de 2012
EL BOTARATE
Para Miguel Pérez Alvarado
1
Cuando algunos amigos me preguntan (una de tantas preguntas
a las que no se puede responder) si echo de menos las islas, si no me falta el
mar, si sobrevivo en el secano de una ciudad sin mar, en esa lejanía del mar
que está a tantos kilómetros que incluso a la memoria le cuesta a veces trabajo
recordarlo, esbozo una sonrisa y no sé qué contestarles. El mar que se pierde,
les digo a unos pocos, no se recupera nunca. El mar al que se regresa, me
lanzo, presocrático, a creer, no es nunca el mismo mar. El mar tenebroso
atesorado dentro, en los vericuetos de quien lo recuerda a su pesar, no es más
que una tiniebla sin rayo que la cruce. Si van un poco más allá, a veces no
solo algunos amigos sino también meros conocidos o recién conocidos, y me
plantean la socorrida ecuación que identifica el acto de escribir con la
pasividad de la nostalgia, me exalto un poco y les respondo que no se escribe
nunca para recuperar nada, que no hay nunca nada que recuperar y que lo único
que se consigue escribiendo es alejar por un rato el aburrimiento cotidiano.
Así, con este exabrupto, los mantengo a distancia. Pues quien mucho curiosea
acaba como la mayoría de los gatos: saltando a la desesperada a su siguiente
vida. Quizá haya en mi respuesta una pequeña parte de verdad. Escribir puede
ser una protección contra el aburrimiento o también, a veces, el acto más
aburrido del mundo. ¿No se escribe siempre a falta de algo mejor? A ver quién
es el guapo (escritor) que no preferiría estar bañándose en una de esas calas
rodeadas de rocas caprichosas moldeadas por el viento antes que inclinado y
destrozándose la espalda mientras escribe unas frases casi siempre obsoletas
que no van a leerle, si acaso, más que un par de amigos compasivos. Y quien
dice bañándose dice también refocilándose en cualquier situación placentera
imaginable. Escribir no es en el fondo más que traicionarse a sí mismo. Así que
esas monsergas de que debería escribirse arrodillado como quien reza ante un
altar o que con la escritura se salva y se celebra para siempre la realidad que
se escapa o, incluso, que a través de la escritura alcanzamos cierto estado de
conocimiento superior que nos permite tomar mayor conciencia de nosotros mismos,
en fin: no son más que eso, monsergas, componendas para no tener que reconocer
la verdad del asunto. Desde luego, de cara a la galería (a la galería de uno
mismo), suenan maravillosamente bien todas esas loables misiones de la
escritura. En realidad, se escribe porque uno no ha sido capaz de vivir como la
vida manda.
2
Por eso no es más que una aberración ver a ese escritor, que
puede ser uno mismo, sentarse al atardecer en una terraza del paseo, a la
altura de la calle Portugal, y sacar un cuaderno. La imagen revela todo su
patetismo cuando al cuaderno se le agrega un bolígrafo con el que el escritor
comienza a arañar una de las hojas. Acaba de salir de un establecimiento masculino
situado en la calle Portugal y ha decidido disfrutar del contraste entre el
aire viciado de esa gruta posmoderna y la brisa marina que sopla desde el mar.
Como se siente una especie de botarate que pierde su tiempo en esfuerzos casi
siempre infructuosos por intercambiar un poco de placer momentáneo con otros
individuos, decide investirse de su personalidad provechosa, es decir, tener al
alcance el cuaderno y el bolígrafo con los que se redimirá de tanta miseria.
Veámoslo cómo primero recorre con la mirada la playa en el atardecer, cuenta
los pocos bañistas que aún resisten, se demora en algún gesto o en alguna
postura, continúa hasta el final de la playa y percibe, a lo lejos, el fastuoso
auditorio, regresa repasando la fila de edificios de variadas alturas que
constituyen la primera línea del paseo, atrapa un instante a alguno de los
paseantes, gente solitaria, parejas, grupos, jóvenes en camisetas de asillas,
corredores, familias que conversan tomándose un helado. Regresa con la mirada a
su cuaderno y escribe. Ha elegido una terraza poco asocada y, por lo tanto,
poco concurrida. Su figura solitaria es triste, sentado allí como el último y ya
casi trastornado defensor de un puesto fronterizo, su cerveza a medio beber en
una mano y el bolígrafo pensativo en la otra, apartado del verdadero transcurso
de la vida, de las conversaciones y de los paseos, de las callejuelas que
llevan al centro de la ciudad y de los balcones desde donde quienes han
decidido vivir plenamente contemplan por un instante, mientras preparan la
cena, a los últimos chicuelos subidos a la barra. No se sabe qué escribe.
Quisiera, acaso, ser capaz de interrogarse por su propia vida, enunciarse a sí
mismo los problemas que arrastra, dibujar, si hace falta, sus deformidades, sus
carencias, todo ese lado monstruoso que aflora, por ejemplo, en el
establecimiento de la calle Portugal. Pero, por alguna razón, da numerosos
rodeos, evita ciertos términos, se traza un plan en el que apenas cabe una
parte de su vida y termina escribiendo una especie de poema breve y estilizado
que podría leerse como un mantra o una letanía. La playa empieza a vaciarse. El
paseo se extiende a lo largo de kilómetros como una serpentina repleta de
lugares, rincones, tiendas, casas, placitas, bancos, miradores que él casi se
conoce de memoria. Arranca la página escrita del cuaderno y hace con ella una
bolita que guarda en el bolsillo derecho del pantalón. Está de nuevo frente a
una página en blanco. Lo conmueve la brisa, esa brisa racheada que parece
desprenderse del mar y que lo envuelve como si quisiera encerrarlo, a él solo,
en una burbuja que le permita mirar la realidad sin tener que participar en
ella. Intenta no pensar en el final de ese instante, en el momento en que
tendrá que pagar lo consumido y regresar al coche, aparcado en la misma calle
Portugal, para atravesar la ciudad y dirigirse, por autopista, al pueblo donde
vive. Guarda el cuaderno en la mochila y el bolígrafo en el bolsillo izquierdo del
pantalón. Aún le queda un poco de cerveza. Se queda un poco más contemplando
las montañas de la costa norte de la isla, ya difuminadas. Aprovecha el único momento
sin brisa para marcharse.
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