viernes, 24 de agosto de 2012

LA CALETA DE INTERIÁN

Un camino empinado me llevó hasta la inesperada visión de unos bajíos. Pensé que al final habría más malezas, pero me encontré con unos terraplenes en los que trabajaban un tractor, un camión y dos operarios. Los huecos en el muro por los que se podía ver la costa (una vez recorrido el camino empinado) eran como los ojos reconcomidos de una gran máscara ciega. El mar se perpetuaba en los bajíos, ola va y ola viene, estremecimiento de las piedras y estremecimiento de las piedras: tambor y celosía y estertores y orgasmo. Los operarios estaban vestidos con unos monos de color naranja y permanecían a una distancia prudente el uno del otro. El muro que recorría la costa o, mejor, el borde superior de la costa (hasta el que llevaba el camino empinado), estaba construido con las mismas piedras por las que el mar penetraba o que el mar interpretaba en los bajíos. La hora era la del final del mediodía y cualquier trabajo, por tanto, efectuado a aquella hora en los terraplenes contiguos a la desolación de las malezas era un trabajo clandestino. Cuatro piedras de aquellas recubiertas de musgo podían albergar muy bien un cuerpo que necesitaba descansar tras recorrer aquel camino empinado y hallarse ante una visión inesperada. Cuna de balancín en los bajíos o cuña para el bañista entrometido, cualquiera de estas dos metáforas podría aplicarse a las cuatro piedras en las que el cuerpo se encajaba para enfrentarse a la pleamar tras sus visiones. Quienes en épocas de mayores necesidades levantaron los muros de estas fincas o invernaderos hasta el mismo borde del mar sabían que el mar devora sin piedad y herrumbra sin contemplaciones los desesperados ingenios de los hombres. Ni como signos de nada permanecen ya estos muros semejantes a antiguas fortalezas con almenas y todo. Y con esos ojos que las gaviotas han picoteado sin dejar más que unas órbitas perplejas frente al mar. El tractor levanta tierra de los terraplenes que deposita en el volquete del camión para que este la traslade a otros terraplenes ─y así sucesivamente. Tierra y nubes de polvo y monos naranja y operarios esquivos tras las malezas que un muro separa del mar de los bajíos. Creí que el camino empinado llevaría más allá de los invernaderos, pero venía a morir entre unas zarzas al borde del acantilado. Entre muros como estos se suicidaban antes los maridos cornudos, las mujeres violadas, los adolescentes humillados por sus compañeros de colegio, los maricones del pueblo, los pastores trastornados. Dicen que usaban matarratas o herbicidas. A partir de las zarzas el itinerario se volvía confuso y a estas alturas ya no sabía si era en los bajíos donde me había bañado o en el volquete del camión, si el camino llevaba hasta los ojos vacíos de una gaviota disecada o hasta el tractor que levantaba unas malezas ardientes, si la cuna era el tractor o si el camión era el camino. No había quien entendiera nada o quizá no había nada que entender.

sábado, 18 de agosto de 2012

RAFAEL ENTREVISTA A RAFAEL

El joven poeta venezolano Rafael Ayala Páez (Zaraza, Estado de Guárico, 1988) ha tenido a bien entrevistarme. Como algunos lectores malpensados sospecharán que se trata en realidad de una autoentrevista camuflada con seudónimo, diré que no es así, que Rafael Ayala Páez existe realmente y que en su página web está ya publicada la entrevista, con el añadido de una selección de poemas (la mayoría de los cuales refuta probablemente las disparatadas afirmaciones del entrevistado). He decidido colgarla aquí también por si algunos lectores de este blog quieren refocilarse sanamente. No todo van a ser parodias y profanaciones.  

Rafael Ayala Páez: ¿Podría platicarnos un poco acerca de su relación con la poesía?

Rafael-José Díaz: Sí, con mucho gusto. Se trata de una relación visceral. Algunos poetas se jactan de escribir desde la más tierna niñez (como si eso demostrara algo). En mi caso, intento olvidarme de cuándo empecé a escribir y no me importa pensar que lo que escribo hoy pueda ser lo último. La poesía a veces no es sino un lastre para vivir. Otras veces nos endosa una careta de santones de la que tardamos años en desprendemos (si es que lo logramos). A veces, muy raras veces, se escribe un poema como si se diera un pasito para acceder a un mundo un poco distinto del nuestro. Entonces hay que estar dispuesto a ver, a dejar de ver, a olvidar y, sobre todo, a no arrodillarse ante ningún dios instantáneo.

R.A.P.: ¿Cuáles son sus influencias literarias? ¿Algún libro de poesía en particular ha tenido una decisiva importancia para usted?

R.-J.D.: No reconozco ninguna influencia literaria. Descreo de ese tipo de ansiedades. Fluencias, sí. Muchas fluencias, flujos y reflujos literarios. Se puede pensar que mi primera afirmación contiene una pizca de prepotencia. Que cada cual piense y sienta lo que en cada momento le apetezca —siempre que no pretenda que los demás piensen y sientan lo mismo. Cuando se escribe un poema —pero muy pocas veces se escribe un poema— se está creando un mundo nuevo de la nada. Una vida dentro de la vida. Ahí no hay influencias, dependencias o maestrías que valgan. Los maestros pretenden casi siempre imprimir las marcas de sus fustas en los lomos de sus sufridos discípulos. Estas relaciones sadomasoquistas en el seno de numerosas cortes literarias me producen verdadera repugnancia. ¿Libros de poesía que haya leído con agrado? Sobre todo aquellos que parten de la imposibilidad de decir y terminan en la imposibilidad de decir. O aquellos que, sin pretender decir gran cosa, dicen algo que en ese momento nos consuela, nos sana o nos enfurece.

R.A.P.: ¿Considera que el lenguaje, en particular con respecto a su propia poesía, es un acto íntimo?

R.-J.D.: Bueno, desde luego no es tan íntimo como otros actos… Y, por muy íntimo que sea, los poetas padecemos un exhibicionismo contumaz, estamos permanentemente deseando mostrar nuestras intimidades. Un lenguaje conservado en el desierto durante cuarenta días de soledad y de dolor sí que sería un acto auténticamente íntimo. Desde luego, la poesía se vive en una especie de clausura. Uno se emboza para alcanzar cierta separación de los demás, una particular ausencia de miradas ajenas que nos permita fijarnos exclusivamente en nosotros mismos. Entonces se saca lo que se pueda del interior —casi siempre es muy poco lo que se saca— y lo que se obtiene es un poema, es decir, un texto dotado del máximo grado posible de inutilidad. 

R.A.P.: Usted ha traducido la obra de Arthur Schopenhauer, Pierre Klossowski, Philippe Jaccottet, entre otros. ¿Puede describirnos brevemente el oficio de un traductor literario?

R.-J.D.: El traductor literario es un señor que siente cierta necesidad de leer textos literarios escritos en lenguas extranjeras y que, en un momento determinado, se atrinchera como un valiente entre diccionarios y gramáticas para ejercer uno de los pocos milagros que existen en este mundo: el de trasladar o transformar o reescribir o transcrear (dijo alguien) un libro escrito en esa lengua extranjera en la lengua propia del traductor. Se trata de una actividad que en pocas ocasiones se lleva a cabo con éxito rotundo. Es uno de los oficios más necesarios del mundo y, sin embargo, es de los peor pagados y de los menos reconocidos.

R.A.P.: ¿Cree que el trabajo de los traductores a veces se ignora?  ¿Qué podemos hacer para cambiar esto?

R.-J.D.: Creo que en la respuesta anterior contesté ya en cierto modo a esta pregunta. Yo no sé qué se podría hacer para mejorar las condiciones de vida de los traductores y la visión que se tiene de su trabajo. Como en casi todo, imagino que habrá que resistir y que luchar inventando permanentemente nuevas corazas y nuevas armas.

R.A.P.: ¿Cómo describiría la poesía contemporánea española? En su opinión, ¿cuáles son sus limitaciones, sus profundidades con relación a las generaciones anteriores?

R.-J.D.: A la poesía española contemporánea la describiría como una señora con peineta vestida con un modelito de lo más fashion que cuando saca a pasear a sus caniches les recita haikus, alejandrinos o versos blancos para que mejoren en lo posible su forma de ladrar. A la segunda parte de la pregunta no sabría responderle. Las limitaciones que pueda padecer no le impedirán a esa señora, la poesía española contemporánea, seguir haciendo de las suyas en todos los saraos. Y en cuando a profundidades, no creo que disponga de ninguna, por lo que, pura superficie brillante como es, posee la virtud de reflejar todo lo que se le ponga por delante.

R.A.P.: ¿Tiene usted algún consejo para los jóvenes poetas?

R.-J.D.: Que se alejen de los poetas y de la poesía tanto como puedan.

R.A.P.: ¿Actualmente en qué proyectos literarios está trabajando?

R.-J.D.: En el ahora más inmediato, acabo de terminar una entrevista que muy amablemente ha tenido a bien enviarme un joven poeta venezolano y en la que casi nunca respondo a lo que me pregunta —quizá porque es el único modo de responder realmente a algo. En otro orden de cosas, tengo dos libros de poemas huérfanos de editor y que muy probablemente enfermarán de falta de cariño paterno y terminarán sus tristes días en algún orfanato. También van apareciendo textos diversos, sobre todo en prosa, en el blog que desde hace dos años mantengo como un —discúlpeme la pedantería— laboratorio de escritura. Publico ahí no solo textos con los que abofeteo ciertas actitudes estéticas de lo más ridículas y pintorescas, sino también relatos, apuntes, poemas en prosa o fragmentos que recomiendo a todos aquellos que quieran comprobar el ruinoso laberinto en el que acaba convirtiéndose el jardín en el que una vez se creyó vivir en amena armonía.

martes, 7 de agosto de 2012

LOS CHICOS DE LA GASOLINERA

Yo no sabía que en lo alto de la montaña había un campamento de verano. Me lo dijeron los chicos de la gasolinera. “Hay dos maneras de llegar”, continuaron. “Las ventajas y las dificultades de ambos tipos de acceso son similares, pero las consecuencias son completamente distintas”. “Eso”, proseguí, “¿significa que, escoja la vía que escoja, el esfuerzo y el placer serán proporcionales, pero que, una vez que llegue a lo alto de la montaña, mi situación será radicalmente distinta dependiendo del camino que haya elegido?”. “Lo ha entendido usted bien, solo que no se trata de caminos”, respondieron los chicos de la gasolinera. Miré hacia lo alto de la montaña y vi un conjunto de luces muy próximas las unas a las otras. “Los caminos que podrían conducirle a la montaña fueron borrados a medida que los excursionistas los iban desbrozando para llegar al campamento”. “Y aun así”, inquirí, “existe un modo de llegar a lo alto de la montaña”. “Ya le hemos dicho que no existe un solo modo, sino dos”. “Es verdad, lo había olvidado. Por cierto, ¿aquellas luces que se ven allá arriba son las del campamento?” “Sí, aquellas luces son las luces del campamento. Se trata de fogatas que los campistas encienden después de cenar con la intención de ahuyentar a los depredadores”. “Pensaba que los únicos depredadores que había por aquí eran las corujas que atrapan entre horribles quejidos ratas y ratones”. Me equivocaba, al parecer, según los chicos de la gasolinera, pues “la montaña abunda en seres que se esconden en la oscuridad a la espera de una oportunidad para lanzarse contra sus víctimas”. Con las mangueras de los surtidores bien agarradas mientras servían gasolina a sendos clientes, los chicos me miraron con ese gesto a medias socarrón y a medias compasivo que les conocía de otras ocasiones. (Debo aclarar que si acudía a aquella gasolinera con más frecuencia de lo habitual era porque se trataba de la más cercana a mi domicilio; no desearía que ningún lector pensara en otras motivaciones menos transparentes o lógicas.) “¿Y no parecen más bien luces artificiales en vez de fogatas, no tienen como un aura de fluorescencia aquellos resplandores?”, me lancé a preguntarles, sobre todo por el prurito de llevarles la contraria. “Se equivoca”, me dijeron. “Además, esas fogatas están íntimamente relacionadas con uno de los dos modos de alcanzar lo alto de la montaña”. “Ah, ya comprendo, se trata de señales luminosas para el posible aterrizaje de helicópteros”. “No sea usted vulgar ni fantasioso”, me dijeron, cortantes. “No tergiverse ni un ápice nuestras palabras, pues ya le dijimos antes con meridiana claridad que las fogatas sirven para ahuyentar a los depredadores”. “Es verdad, lo había olvidado, me había armado un lío o quizá es que no acabo de creerme nada”. “Más le valdría creerse a pies juntillas todo lo que le decimos”. “¿Quiénes se encuentran en el campamento?” “Lo desconocemos”. “Bueno, menos mal que no lo sabéis todo”. Me miraron con una mezcla de asco y de insolencia. “Es que, como sabéis, la ignorancia es el único camino hacia el conocimiento”. “¿Y no será más bien que el conocimiento se alimenta de sí mismo?”, preguntaron, redichos, sin darme opción a réplica alguna. “Usted ha venido hoy aquí preguntando por esas luces que se ven en lo alto de la montaña y por la manera de llegar hasta allí; nosotros, armándonos de toda nuestra paciencia y empleando todas nuestras reservas de amabilidad, le hemos respondido lo que sabíamos. Y entonces usted, en agradecimiento, se permite cuestionar nuestras informaciones y nuestros consejos, insinúa que podemos estar equivocados y plantea sus propias hipótesis sobre lo que dejó claro que desconocía por completo”. No supe qué responderles. La gasolinera llevaba unos minutos sin recibir clientela. El viento arrastraba hojas, trozos de servilleta, mariposas y desconsuelo. Los chicos estaban sentados en unas sillas blancas de plástico tomándose unas cervezas. Hacía ya un rato que había repostado y creía estar en condiciones de emprender la exploración de aquella montaña. Me apasionaba llegar de noche a lo más alto de las montañas de la isla y llevarme algún recuerdo que luego clasificaba en las gavetas de mi escritorio con una etiquetita en la que figuraban el nombre de la montaña y la fecha de la visita. No era, desde luego, una colección muy original, pero para mí era única. Había objetos de lo más variopintos. Uno de los más extraños, creo, era una especie de homúnculo de arcilla de unos diez centímetros de largo con sendos alfileres clavados en la boca y en salva la parte. A veces, en momentos especiales, yo lo extraía del cajón, lo manoseaba, retiraba alguno de los alfileres y volvía a clavarlo en su lugar original. Sentí sed y compré una cerveza en la máquina expendedora. Les pregunté a los chicos de la gasolinera si querían otra, pero ambos, al unísono, contestaron que no. Sus miradas eran a estas alturas hoscas, arrogantes, incluso un poco desconfiadas. No había mucho más que hacer allí, así que me marché.     

sábado, 4 de agosto de 2012

PUNTA DEL HIDALGO

No se puede escribir desde la conmiseración, pero quizá sí en función de la misericordia. ¿Qué es la misericordia? Las palabras podrán significar lo que signifiquen, pero nunca significan más que una especie de olor. El olor de la misericordia es parecido al del salitre. Es una vaharada repugnante que acaba impregnando no solo la ropa sino incluso la propia piel de los misericordes. La piel, hace ya tiempo que la piel se olvidó de todos los potingues con que se engalanaba para encandilar a otras pieles una vez que se le ajó su brillo natural, pero aún es bastante sensible a la misericordia que algunas noches la visita en forma de salitre. Estas paredes desconchadas, por ejemplo, o el solar sin construir encajonado entre dos casas edificadas como prolongación de la roca, o también las barandillas oxidadas desde las que se contempla sin entusiasmo una recua de barcas varadas no lejos de la orilla. Todo esto no es más que la cara visible o palpable de la misericordia. La cara de su olor, la cara de su sudor tan agrio como esos pedos del mar filtrados a través de las alcantarillas lindantes con la cofradía de pescadores y los otros bares. El muellito, vaya. El muellito del cerveceo contumaz, de las ratas sanguinolentas que bajan de madrugada a limpiarse las heridas con el agua del mar, el muellito de las cuerdas de amarre podridas de tanto orín y de tanta grasa y alquitrán. Sigilosas, repentinas, aflautadas y ariscas, las corrientes de los vientos alisios pasan entre los resquicios o las escaleritas de vértigo en busca de un apareamiento con la calima africana, apareamiento que, una vez que tiene lugar, engendra el más asqueroso de los climas. Entonces la misericordia pasa a significar la pústula y el desafuero. A lo que apunta todo esto es a una enfermedad rara cuyos síntomas más evidentes vienen a coincidir con los de tres o cuatro trastornos neurológicos. El paseo se convierte enseguida en un marasmo de farallones, colmillos gigantes a modo de ensenadas, malpaíses correosos en los que unas figuras espectrales pescan al atardecer y turbios recovecos que solo en alguna pesadilla de otra época podrían haberse usado para darse baños de mar. A estas alturas avanzamos ya inmersos en una pesadez que no difiere tanto de una especie de levedad, pero no porque se haya sublimado o espiritualizado ninguno de los elementos constituyentes de dicha pesadez, sino porque lo que pesa parece al mismo tiempo levantarse a sí mismo. No es que la misericordia se haya convertido para entonces en una suerte de halterofilia del alma, ni en ninguna otra filia conocida, más bien al contrario: continúa identificándose con una supuración involuntaria, con un hálito pegajoso que nos va rodeando hasta que casi parece acogotarnos. Y a partir de entonces no nos suelta nunca, para que lo poco que consigamos respirar se lo debamos a esa presión de menos que nos imprime en su lento estrangulamiento. Ni las luces solitarias en dos o tres de las barquitas varadas, ni las risas dispersas de algunos grupos de jóvenes fiesteros, ni las antorchas de los tranquilos hoteles-balneario conseguirán raspar esa segunda piel nuestra, la lepra de la misericordia. Es inútil intentar escapar de ella por mucho que se camine en dirección al faro o en busca del pescado fresco de la cofradía. Cada paso es un desmoronamiento y una restitución del cuerpo a la nada en la que ya no habrá pasos (no he sabido decirlo con menos pedantería). Es completamente inútil imaginarse e incluso sentir lo que quiera que sea, pues la única costra verdadera es la de la misericordia purulenta, el olor a desagües, la pátina rasposa que no sale nunca, el vertedero o el silencio de más allá del tiempo en este lado del tiempo.

sábado, 21 de julio de 2012

PLENO VERANO

Pleno verano, tórrido, insistente. Y yo pensando en el invierno. Obsesionado por las olas mansas de una lengua de arena de la que pude haberme posesionado si fuera hombre de más arrestos. (Hombre de arrestos como mis ancestros, combatientes en guerras africanas e ibéricas, abuelos, tíos abuelos, conquistadores, guerreros y gigantes de plácidas vejeces irascibles.) Pero como todo consiste en dejarse ir y en no ganar sino calvicies de oportunidades que una vez ostentaron pobladas cabelleras, el invierno regresa en pleno verano para intentar seducirme con sus ensenadas solitarias, con su sol domesticado y con su balanceo en el más frío mar, esa delicia. Hablaba de posesionarme en el sentido de aprehender, en el sentido de incorporar al propio bagaje un espacio contemplado con seriedad y rigor. Las montañas de agua o las montañas desde las que se divisaba el agua a lo lejos no parecían haber sido nunca habitadas. Un sol perecedero, el sol de las tardes del invierno, retozaba conmigo sobre la arena. Esa arena se transformaba hacia el interior en rocas desgastadas que se entremezclaban con arbustos a medida que la cala se iba convirtiendo en un inhóspito barranco. Al bañista de invierno, o sea a mí, le parecía increíble poder disponer de ese lugar entero solo para él y se dedicaba a  caracolear en la arena mojada, a tenderse en las lascas apenas rugosas de los riscos o a imprimir las huellas de sus pies como fugaces remansos para los bocados del mar. Estaba escondido allí en la contraluz de un atardecer de atardeceres y no expuesto como ahora a las arremetidas de un sol descomunal. No practicaba la meditación trascendental ni me comunicaba con los dioses mitológicos, sin duda por la ya mencionada falta de arrestos, y perdía el tiempo reblandeciendo mi piel en un mar desprovisto de prestigio, el invertido mar del contraluz de invierno, esa delicia o esa aridez. Hay que ser un verdadero memo para quedarse en casa en pleno verano estrujando la esponja de un día pisoteado por el resto de los días del invierno, un día pequeñito al que ni siquiera el microscopio del recuerdo preciso y obsesivo puede retrotraer o revivir. Retrotraernos hasta él es una operación absurda que solo se explica como una manera (quizá válida como cualesquiera otras) de vaciar el presente para apreciar mejor su tufillo de nada, su insolvencia y su amargura. Pero así son las cosas en estas islas infernales. El pleno verano no es, me temo, sino un remedo de la vaporosa canícula de las sabelotodas sibilas; y el invierno, en cambio, es una gasa apropiada para casi cualquier herida que no sea del cuerpo. No hay que pedirles acaso a los momentos de máximo esplendor sino el hilo que los mantenga milagrosamente unidos a cualquier momento del presente por insidioso que sea. Se liberan entonces unas energías desconocidas, unas fuerzas de distanciamiento y de retracción que nos dejan solos frente al vacío del tiempo: este instante solo existe como sustento de aquel otro, este pensamiento no es más que el sostén de una desaparición. No se trata de un desprecio consciente de la cotidianidad en que se vive, sino de lo contrario: de la aceptación de que esa cotidianidad no puede ofrecernos más que el vacío de que está hecha, un vacío poblado de fantasmas, ectoplasmas y miasmas siempre demasiado locuaces.       

lunes, 16 de julio de 2012

CHIRCHE

Segunda intentona. Veamos. Apuremos. Concentración. “El origen del caserío se remonta a la época de las roturaciones del siglo XVII”, señalaba implacable un panel informativo. Barajemos los datos, las imágenes, los fragmentos rescatados. En el siglo XVIII, en no recuerdo qué actas diocesanas o constituciones sinodales, continuaba el panel, se contabilizaban unos 17 vecinos, es decir, 85 habitantes. No alcanzo a entender bien qué regla se ha utilizado para calcular el número de habitantes a partir del número de vecinos. ¿Un vecino con su cabra sería un solo vecino, un habitante más una cabra o dos habitantes? En fin, da igual. Esta gente debió de trastornarse, en su mayoría, al cabo de unos años viviendo en un lugar doblemente y hasta triplemente aislado: lejos del núcleo municipal de Guía de Isora, núcleo a su vez alejado de la capital de la isla, isla a su vez alejadísima de su continente de referencia. Además, estos vecinos o familias arracimadas padecían la condena de tener que tratarse a todas horas, todos los días, día tras día sin descanso alguno. Veamos más datos. La iglesia fue construida en la época franquista, si no recuerdo mal en la siguiente fecha inscrita en la fachada: MCMXLVI. Una fecha que da repelús nada más descifrada. De una de las casas surge un reguero de agua con espuma que llega hasta cerca de la plaza. A continuación, de la misma casa, sale un joven afeminado con lo que parece una leve acromegalia; miro de reojo al interior de la casa y no distingo nada, pues de una oscuridad tenebrosa emerge una señora, a todas luces la madre del joven, que cierra con lo que parece una de esas grandes llaves antiguas de hierro la casona que acaban de limpiar. Tras esta escena que no voy a calificar, me quedo contemplando un rato la plaza vacía, con el escenario de la verbena aún sin desmantelar y las ramas secas de palmeras utilizadas en no sé qué tipo de algarada religiosa. La bienvenida no se le da aquí a nadie, cada cual que se las arregle como pueda y si te he visto no me acuerdo. Busco el sendero que conduce de Chirche a Aripe, el otro caserío, situado unos kilómetros más abajo. Las antiguas tarjeas han sido sustituidas por tuberías, decenas de tuberías de metal unas junto a las otras sin pudor ni adecentamiento alguno. Una de las tarjeas, sin embargo, que va bordeando la medianía con la elegancia de una equilibrista satisfecha, lleva agua todavía. No mucha, ni demasiado fresca, pero al menos se puede meter la mano y dejar que el agua fluya entre los dedos mientras prosigue su camino. Y es que la mano está sucia, está manchada de una sangre de mentira desde que encontré una tunera llena de cochinilla y estallé el cuerpecito de uno de esos parásitos para ver el color del carmín bajo la luz del sol del sur. Resultó ser casi como la sangre humana. Una sangre que permanece escondida en los racimos blanquísimos de las cochinillas que absorben la savia de las tuneras. Casi tan blanca era la paloma que se refugió en un entrante de roca y se puso a observar al milano que planeaba como quien no quiere la cosa hasta que enfiló hacia la roca en que se encontraba la paloma. Recuerda al romance de doña Alda, pero no diré qué ocurrió; supongo que es indiferente para lo que viene a continuación. A continuación hay un burro que, recluido en un corral, come tranquilamente su pienso; a este que nadie le cuente milongas, que lo dejen en paz. ¿Que lo que es pan para hoy es hambre para mañana? No lo dirán por él, desde luego. Su caso es justo el contrario: lo que fue hambre ayer se ha convertido hoy en pienso y pan. Y bien que se lo merece, pues lo que cargó por todas esas lomas en su juventud nadie lo sabe sino él. No está dispuesto a que le ocurra en su vejez lo que al viudo reciente del que hablan dos magos sentados a uno y otro lado de la calle principal: “ese se vuelve ahora más flaco que un cangallo”. Así se habla por aquí. A los lados del sendero hay varias eras, esos recintos circulares casi siempre empedrados que hoy nos parecen lugares casi mágicos. Aguzando el oído, quizá pueda escucharse todavía el ruido de los cascos de las bestias, los jaleos, el viento que ayudaba a separar el grano de la paja. Una imagen, un fragmento más. Una cazadora de talla infantil, sucia y polvorienta, con capucha, cuelga de las ramas de una tabaiba reseca. ¿Descuido, infanticidio, casualidad, pedofilia o una señal para alguien? No encuentro nada sospechoso en los alrededores, pero tampoco voy a convertirme en uno de esos inspectores de la nueva novela negra canaria. El crimen de Chirche no es, creo, mal título para un próximo éxito de ventas. Que alguien se anime y escriba la primera novela policíaca-histórica-autóctona-rural de Canarias. Yo le ofrezco desinteresadamente, además del título, la primera pista: esa cazadora de niño encontrada cerca de Chirche.

jueves, 12 de julio de 2012

CUADERNO DE RECIENVENIDO

Un lugar caracterizado por su población flotante y por la inconsistencia de sus identidades que, sin embargo, está plagado de recuerdos y constituye el soporte de gran parte de mi memoria de la infancia. Una paradoja que vuelve a este lugar más inquietante aún de lo que de por sí ya es. Una playa en la que uno se baña siempre en el mismo mar aunque el mar no parezca reconocerlo a uno nunca. 

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Lejanos gritos de gaviotas. Como algo que se recuerda de pronto. En un fondo que pareciera estar esperándonos, sin creer demasiado en ello, y que confiara en que habremos de llegar porque siempre hemos vuelto.

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Conviene luchar contra “las primeras impresiones”. No son más que una zancadilla que nos impide sentirnos de verdad recienvenidos. Creo que los recienvenidos no sienten nada especial, solo, si acaso, la extrañeza de encontrarse de nuevo en donde nunca pensaron volver a estar.

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No mirar para ver ni ver para mirar. (Tampoco, por supuesto, ver para creer ni creer para ver.) Simplemente, dejar que los ojos miren o vean aunque no miren ni vean nada concreto o especial. Irse hasta dejarse ir en un movimiento de perpetua fuga hacia donde no se crea ver nada y pueda mirarse todo una vez más.

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¿Qué hace que un texto sea relevante o irrelevante? ¿Qué lo sitúa en primera, en segunda o en tercera fila? Me lo estoy preguntando porque el otro día, hablando con un amigo, me dijo que algunos textos míos publicados en el blog le parecían irrelevantes y de tercera fila. (Creo que empleó esas exactas palabras.) Se refería a ciertos textos polémicos, circunstanciales, incómodos, pertenecientes a lo que he etiquetado en el blog como “parodias y profanaciones”. Ni le di la razón ni se la quité. Me quedé pensando en lo que me dijo, pues es un amigo al que quiero desde hace muchos años y sé que me habló con el corazón. Sin duda muchos de esos textos no tienen la más mínima importancia y son solo pataletas escritas desde la indignación, desde la irreverencia o desde la perplejidad. Con una pizca de mala uva casi todos, sin duda. Con el deseo de que algunas cosas se estremezcan un poco, no con el objetivo de que se derrumben sino con la ilusión de que sus distintas partes se recoloquen o se reinventen para que surja algo nuevo, algo auténtico, algo más. Algunos se toman estos textos a pecho, otros con más gracejo. Hablar de asuntos de tercera fila conlleva el riesgo de que se acaben escribiendo textos de tercera fila. Ninguno de los textos publicados en mi blog tiene la más mínima relevancia, pero si tuviera que salvar algunos salvaría uno o dos que han pretendido poner el dedo en llagas hasta ese momento sacrosantas aunque no por ello menos irrelevantes.

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Que la actividad de escribir solo sirva para dejarlo a uno más solo de lo que ya está no es sino un falso inconveniente que se revela ventaja en cuanto nos damos cuenta de que no hay otro modo de avanzar en la propia desaparición salvo verse y sentirse solo en esa especie de desierto que es el vacío de las palabras. 

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El hecho de que haya menos cucarachas rondando por los alrededores del apartamento no es un asunto baladí. Me permite subir a la azotea o bajar a la terraza por la noche sin que me obsesione encontrarme con un ejemplar de esos insectos perfectamente diseñados para horrorizar. Sin embargo, ellas están siempre ahí. Son indestructibles. Como especie, al parecer, poseen una capacidad de supervivencia mucho mayor que la nuestra. Es decir, que toda nuestra supuesta adaptación al medio, nuestra presunta inteligencia, nuestra aparente superioridad sobre el resto de los animales no nos va a servir de mucho cuando se trate de competir con las cucarachas en lo realmente decisivo: sobrevivir.

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Está uno siempre trajinando con cuadernos, bolígrafos, libretas, libros, lápices. Como quien no da puntada sin hilo, no se desplaza uno sin un cuaderno o un libro a dondequiera que vaya. ¿No será para ocultar alguna tara, para tapar un vacío, para cubrir una rotura? Objetos con los que se escribe negro sobre blanco o con los que se sustituye una página con otra o con los que el rostro se esconde detrás de unos papeles. Cachivaches sobrados de prestigio con los que fabricamos trajes relucientes que no dejen a la vista las naderías que cubren.

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No da más de sí el día. No se lo puede estirar para que desembuche lo que lleva dentro precisamente porque no lleva nada dentro. En un pretencioso alarde de funambulismo, podría atravesarse el recuerdo de este día para acabar ofreciéndole al expectante lector unas vísceras inútiles, un reverso pálido, unas imágenes mudas. Aceptemos que no da más de sí, que se ha terminado y basta. Durmamos como benditos y despertemos como adanes embobados. 

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El gran sol, el suntuoso, el que en unos segundos seca los cuerpos chorreantes, el creador de las sombras más profundas, el altivo, el incuestionable, el que hormiguea bajo la piel aturdida, el que abraza sin contemplaciones y muerde y hiere en la herida cavada un año tras otro, el siemprealto, el nuncaesquivo, el perforador de los presentimientos, el adalid de los veranos mágicos. Ya nunca vienes por aquí, gran sol. Te extraño algunos mediodías. Tu sustituto no está, me temo, ni mucho menos a tu altura.

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Encuentro un juego de tacitas de café minúsculas, con un asa estilizada y una decoración floral ya bastante marchita. En esas tacitas tomábamos café con mi abuela cuando pasaba con nosotros unos días de verano en el apartamento. Servido en una de ellas, el café sabía y sabe realmente bien. Se va tomando a sorbitos, mientras las hojas resecas del pompadú liberan sus secretos zarandeadas por el viento que cruza la sala aireada.

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Un cuaderno no debe parecerse a otro. Lo que escribí hace un par de veranos ya no importa. No se puede arrancar si no se olvida lo que se deja atrás. ¿Qué sentido tiene trazar un arco perfecto que lleve desde un punto cualquiera del pasado a un punto cualquiera del presente o del futuro? ¿Para qué perder un solo segundo de esta vida que es lo único que tenemos en sentarse a elaborar con las palabras monumentos perfectos e inútiles que siempre acabarán por reflejar nuestra profunda incoherencia e imperfección? Si uno está dispuesto a malgastar unos instantes de su vida, que sea para sorprenderse a sí mismo, para reírse solo, para patalear como un niño travieso o, si acaso puede esto lograrse, para crecer como persona.

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Mientras nadaba pensé que era la última vez que lo hacía. Pensé en la cantidad de gente que estaba sufriendo o muriendo mientras yo nadaba. Pensé en cómo se vería mi cuerpo desde el borde de la piscina si sufría un colapso mientras nadaba. Pensé en lo mal que nadaba y en que ello se debía a que nunca me había esforzado en nadar mejor. La piscina era el lugar en el que yo existía en ese momento, era una especie de refugio contra todos los demás lugares en los que no existía, contra la infinitud de posibilidades que, no se sabe por qué extrañas derivas del destino, mi cuerpo había descartado para estar entonces allí, exactamente en ese instante, nadando, en la piscina.

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Llegué a un lugar en el que las olas confluían desde dos direcciones distintas y poco después de juntarse volvían a bifurcarse para morir cada una por su lado en la orilla. Era una de las puntas de la isla. El viento soplaba como podría imaginárselo uno en los sures chilenos. Tanta era la fuerza de aquella parte de la costa que después de décadas de urbanización y acondicionamiento se resistía a perder su encanto salvaje. Como un paseante más, deambulaba adormecido por el vaivén del mar y no me detuve hasta que vi al fondo los acantilados de la montaña de Guaza.

*

También llegué a un puerto. Estuve a punto de entrar a cenar en un restaurante de pescado fresco situado en un edificio estrambótico que recuerdo haber comentado siempre con mis padres cuando era pequeño. Lo dejé atrás, sin embargo, y me interné por las callejuelas que desembocan en la playa principal. El escaparate de una tienda de pesca me sorprendió con sus anzuelos, sus cañas y sus barcos en miniatura. Soñé o me estremecí durante una milésima de segundo. Qué alejado del mar —de mar adentro— he estado para haber nacido en una isla. Tres adolescentes de rostros felinos secreteaban apoyados en la barandilla del paseo. Podría continuar, pero qué sentido tiene el recuento de cada paso dado. Prosa oficinesca, prosa de procesión. Mis disculpas.

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Sería mucho mejor un recuento de los ruidos de la casa. El estallido que, no se sabe si procedente del reloj de pared, del cuadro de la luz o de algún otro objeto no identificado, suena de pronto a la una de la madrugada. Los crujidos del pompadú que el viento produce, sin que, como dije antes extralimitándome, las hojas liberen ningún secreto, pues, ¿qué secretos va a tener un árbol? Los gritos lejanos de las gaviotas que, aunque emitidos a mucha distancia del apartamento, es aquí donde se escuchan y donde, por lo tanto, existen. La voz de una mujer y la de un hombre que regresan a la una y media de la mañana existen también para mí porque las escucho mientras leo tumbado en el sofá; cristalina la de ella y cavernosa la de él, como un arroyo que resonara en el interior de una gruta. Y, ya que nos hemos puesto poéticos, se podría terminar con el silencio, que es el ruido que resume y absorbe los anteriormente mencionados y cualesquiera otros que alcancen a ser emitidos.

*

En el taxi de regreso desde el pueblo de pescadores me senté en el asiento delantero. Es lo que se estila —lo recordé a última hora— en las islas cuando se monta uno solo. Costumbres de épocas pasadas menos dadas a la desconfianza. La cercanía con el taxista me obligó casi a darle conversación. Me imaginé que había tenido un abuelo medianero y otro cabrero. Continué trepando por su árbol genealógico mientras él me hablaba de las pérdidas que le habían generado las confusiones etílicas de clientes ingleses o alemanes que no recordaban bien en qué hotel se alojaban. Su cara me decía que había tenido un tatarabuelo morisco. Y ahora él era chófer de este taxi que, carrera va y carrera viene, recogía a mocosos pequeñoburgueses al borde de un coma etílico. Se despidió de mí con grandes parabienes a pesar de que no le dejé sino diez céntimos de propina.

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Hablemos de la frutería. A diferencia de los centros comerciales, la tradicional frutería, aunque se invista —ya iba a decir “se embista”— de un toque turístico con sus carteles en inglés y sus frutas exóticas, como esta que he visitado hoy, es un lugar en el que se convive. Nadie viene aquí a pasear ni a practicar ese malsano zapping de escaparates tan característico de los centros comerciales. A la frutería se va a rozarse con los demás, a asegurarse el primer lugar en la caja, a pasear frente a las manzanas, los albaricoques y los higos el nuevo bikini comprado en las rebajas. Hay quienes se plantan frente a un manojo de acelgas como si tuvieran delante un pelotón enemigo. La frutería constriñe, fija y no da ningún esplendor. Todos son allí bienvenidos y cualquiera puede llevarse unos melocotoncitos, unas uvas o un melón por un módico precio. La gente se roza, se huele, paga y sale.

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Hace más de un cuarto de siglo pasaban las vacaciones en estos apartamentos unos niños que decidieron un día bañarse en todas las piscinas de hotel que les fueran saliendo al paso. Les pidieron a sus padres que les prepararan unos bocadillos y, después de desayunar, iniciaron su periplo. Lograron colarse en unos siete u ocho hoteles. Atravesaban los vestíbulos fingiendo los andares y los gestos de los hijos de cualquier turista nórdico y, mirando con el rabillo del ojo a los recepcionistas, casi siempre ocupados, se dirigían hacia las piscinas. Algunas eran tan grandes y ofrecían tantas atracciones —cascadas, puentes, pasadizos, toboganes, surtidores— que los retenían más tiempo del previsto. Ese día volvieron a los apartamentos cuando ya estaba oscureciendo. Sus padres, lógicamente preocupados, les tenían preparadas las correspondientes recriminaciones y broncas. Esto, que recuerda a un relato en el que un acomodado donjuán americano atraviesa nadando, ante el asombro de los respectivos propietarios, varias piscinas de un complejo residencial, es más un recuerdo que un relato.

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Hago esfuerzos por mantener a raya muchas otras incitaciones al recuerdo que no conducen a nada. En un lugar como este —para que se entienda bien: el sitio en el que pasé ininterrumpidamente todos los veranos hasta aproximadamente mis veinte años— es preferible poner a prueba la capacidad de vivir el presente. No ayuda demasiado el hecho de que todo esté tan calmado porque no hay apenas nadie en la urbanización: si hubiera más movimiento, más ruido, más vaivén de visitas, me digo, los recuerdos encontrarían menos fisuras por las que colarse hasta mí. Así que debo estar vigilante y no dejarme llevar por las ensoñaciones, pues el silencio está cargado de peligros. Algunos de los apartamentos, vacíos ahora y mudos estandartes de la disolución de todo, me susurran historias cuyos detalles conozco al dedillo. Los árboles del parque, cuyas copas se agitan con un viento inconstante, parecen hacerme señas para repare en lo que ocurrió junto a ellos muchos años atrás. Incluso los gatos, que este verano no han aparecido, insisten con su ausencia en recordarme otros gatos, tantos, tantos gatos distintos de un verano tras otro. Así que no es al instante al que le pediría que se detuviera —pues, ¿cómo vivirlo si deja de transcurrir?—, sino a los recuerdos; o, más bien, a las alevosas incitaciones al recuerdo.

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Si no se deja vivir, para qué insiste la vida. La literatura es en cierto modo la deserción de la vida, pero sin un poco de vida la literatura nace muerta. Un texto nace muerto cuando no hay aire para que respire, cuando no ha sido alimentado con los nutrientes de la vida, cuando es un mero producto de la fertilización in rhetorica. Oigo fragmentos musicales que se acoplan en una única partitura distorsionada. Son la música de la vida, que transcurre lejos de quien la escucha y, sin embargo, lo transporta a sus diferentes estratos como en un vuelo mágico. Es una música que se oye raras veces pero que, una vez escuchada, nunca se olvida.

*

En esta urbanización toda historia comienza con un clic. El clic de una persiana que se cierra en el dormitorio de la prostituta checa. El clic de la puerta del vallado exterior que alguien abre a altas horas de la madrugada para caer herido de arma blanca sobre el césped. El clic de la puerta de acceso a la piscina que nadie debería abrir pasadas las diez de la noche pero que, de pronto, se oye junto a las risas de dos amantes que se lanzan borrachos al agua. Alguna vez he pensado tirar del hilo de uno de estos clics. Pero, si lo hago, ¿no sonará entonces otro clic?



       

viernes, 6 de julio de 2012

TARDE METÁLICA

Bajo a la ciudad y me compro un cuaderno. Las tinajas siguen donde siempre. Al gran hotel le han maquillado las fachadas y, es de suponer, le han revestido las entrañas de algún tipo de piedra extraída de canteras situadas en montañas protegidas por la ley.

Promete ser una tarde metálica, pues me dirijo a la inauguración de una exposición titulada Metales. Me intriga saber si se trata de metales pintados o de pinturas metalizadas. Por lo pronto, el nombre de la artista es prometedor: Maribel Nazco.

En el cuaderno escribiré lo que sigue. Unos apuntes como quien no quiere la cosa. Para no aburrirme demasiado mientras me tomo un barraquito en una terraza de la calle San José.

En la zona de chabolas ─o vestigios de chabolas─ que rodea el hotel, un barrio que algunos llaman Las Lavanderas, exactamente en una calle sin salida que desemboca en medio del barranco, unos pánfilos musculados estaban jugando a un deporte precursor del fútbol local y que consiste en emitir unos sonidos caprinos cada vez que se toca con los pies un balón del tamaño de un cráneo humano.

Al apuesto camarero que atiende en la terraza podría contarle, si me atreviera a darle conversación, lo que sé de la ciudad, de esta misma ciudad en la que ahora estamos aunque él no estuviera ─lo intuyo─ cuando estuve yo y yo solo esté de paso ahora que él vive aquí. Poco más podría contarle, teniendo en cuenta la diferencia de edad, el desconocimiento mutuo, mi incapacidad para avanzar temáticamente en las conversaciones y su aparente curiosidad por el mundo que lo rodea.

Al menos dos bares he visto ya con las persianas de metal bajadas hasta la mitad, como si estuvieran abriendo o cerrando en ese momento, supongo que para evitar que entre calor desde la calle.

Escucho ciertas voces masculinas genuinamente canarias que discuten alrededor de unos cubatas. Son las voces de tres presuntos padres de familia de edad avanzada. Voces gangosas ─iba a decir fangosas, cascadas por el tabaco y la bebida. Voces cavernosas escuchadas en esta gruta al aire libre que es la parte baja de la ciudad.

El templo masónico ─me animo a hacer un poco de turismo─ continúa cerrado, cada vez más ruinoso, sin placa alguna que lo identifique, encajonado entre edificios de viviendas multicolores quizá promocionadas por el primo o el hermano del alcalde anterior. Un templo más a la orilla del olvido. (Un día el actual alcalde ordenará demolerlo por la noche y al día siguiente nadie se dará cuenta de su ausencia.)

Peluquerías donde hubo restaurantes. Farmacias de diseño donde hubo tiendas de enmarcado de cuadros. Franquicias de asesoramiento de dietas eficaces donde hubo videoclubs o merenderos. Y todo vacío, a la espera de los clientes para los que se pensaron estos establecimientos que pasado mañana tendrán que ser desmantelados porque el mercado ha cambiado o porque triunfó la competencia.

La pareja formada por el escritor de inminente renombre y el cuarentón de aspecto siempre juvenil que lleva más de veinte años frecuentando sin pretensiones lo más chic de lo chic de la noche chicharrera.

La sensación de estar en una ciudad que se parece a otra nunca visitada, una ciudad rioplatense, pero con un desfase de décadas entre una y otra, como si el tiempo hubiera pasado aquí de otro modo o como si los desajustes se debieran no tanto al desorden de los tiempos como a la desquiciada visión de quien no es bienvenido a pesar de haber sido invitado.

Flamboyanes en las plazas, moscas en los bares. Las flores rojas conforman tras caer alfombras de ensueño en rotondas acondicionadas con bancos y columpios para solaz de las familias biempensantes. Las moscas se posan en las orejas de los borrachos tragaperras de los bares.

No hay demasiados poetas en la inauguración de Metales. Algún crítico de arte abotargado, pulcro y relamido a quien tuve que dejar de leer porque perdió por completo el criterio, es decir, la capacidad de discernir entre lo mediocre y lo brillante. Como no hay apenas poetas, pocos, si no ninguno, serán mañana los artículos sesudos que reflexionen en la prensa local sobre la metálica intriga de esta exposición: ¿cuadros hechos con metales o metales pintados? Yo no la he visto con demasiada paciencia y prefiero no opinar. Me gustaron más, eso sí lo diré, algunos cuadros en los que los metales buscaban sus orígenes terrestres hasta llegar a parecerse a una colada de lava ya fría que otros en los que los metales se erizaban intentando imitar la rozadura de dos cuerpos.  

El cuaderno ha cumplido su misión. Lo mejor sería arrancar las páginas en blanco, casi todas. Y, de paso, también las escritas. Pero no: sentimos la recalcitrante necesidad de decir y de decirnos. No sabemos simplemente dejarnos decir ─o dejar de decirnos.  

sábado, 16 de junio de 2012

ARGUAMUL

Quienes nunca hayan estado en Arguamul quizá no consigan imaginarse bien lo que quisiera describir aquí. (Quien ha estado en un lugar posee la arrogancia de una certeza: la certeza de haber estado en un lugar; quien ha estado en un lugar apartado posee, además, la arrogancia de una singularidad: la singularidad de haber estado en un lugar apartado. Cualquiera de estas dos arrogancias, me parece, es perfectamente disculpable.) Haré todo lo posible por canalizar los torrentes de imágenes que me ofrece mi abundante recuerdo en pinceladas accesibles, pues de otro modo estaría abusando de la imaginación y la paciencia del incauto lector. Me esmeraré en trasladar a las palabras una cierta sensación de apartamiento, quizá recurriendo a símiles o tropos un tanto exagerados pero justamente por ello, así lo espero, eficaces.

Para llegar a Arguamul debe conducirse, después de dejar la carretera dorsal de la isla, por un laberinto de pistas de tierra que concluye abruptamente y da paso a lo que podría denominarse un simple camino de cabras. Se deja el coche arrimado a un borde del barranco y se echa a andar con el mapa en la mano durante kilómetros en lo que a partir de entonces parece casi una isla desierta. La soledad retumba bajo los pies. Se suda solo para aplacar la sed de un viento racheado que sube por los costados del barranco. Se orina después de un par de horas sobre una tierra verdosa que acoge la deposición como parte del riego celeste que da vida a los numerosos bosques de palmeras.

Se sigue caminando hasta que se atraviesa un grupo de casas de barro en las que viven unos jipis alemanes que parecen drogados con leche de tabaiba. Una niña cuelga de los brazos de su supuesta madre y mira al caminante con unos ojos que no contienen traza alguna de desamparo sino, más bien, visiones impenetrables de la tierra nutricia. Vale más atravesar deprisa esas casas, pues no se sabe quién más habita en ellas, si algún patriarca desmemoriado o loco o si alguna antigua bruja lugareña contratada por los jipis para confeccionar brebajes de tomo y lomo.

Quienes nunca hayan estado en Arguamul, ya lo avisé al principio, tendrán dificultades para sentir que lo que digo pueda ser el comienzo o el final de una vivencia auténtica. Aseguro, sin embargo, a quienes desconfíen por ignorancia o por costumbre que hago todo lo posible por no alejarme ni un ápice de la sacrosanta veracidad de la experiencia. Así, cuando volví la vista, ya estaban lejos las casas de los jipis y me encontraba en lo alto de un promontorio casi antediluviano que atesoraba, al parecer, más de una cueva natural quizá hasta no muchos años atrás habitada. Sin embargo, mi destino era la playa de Arguamul y todo lo que me distrajese de él debía ser desechado, ya fueran cuevas de guanches o casas de mugrientos jipis alemanes.

Desde el promontorio antedicho contemplé la playa de Arguamul extendida a lo lejos. Pude haber detenido allí mi periplo, pues ver a lo lejos no es menos (o es incluso a veces más) que pisar de cerca, sobre todo si hay que seguir caminando un par de kilómetros para llegar a una monótona playa de pedruscos perdida en una isla que parece estar durmiendo una siesta perpetua. Por alguna razón, supe que debía bajar hasta la orilla, descalzarme y sentir en mi piel aquel solitario mar de Arguamul. Quizá lo supe entonces porque sospechaba que un día querría hablar de ello con conocimiento de causa, es decir, con la seguridad que da la constatación de unos hechos vividos y depositados para siempre en la alcancía del recuerdo.

Quienes no hayan estado nunca en Arguamul podrán quizá decir que estuvieron un día allí después de leer estas palabras mías que serán para ellos el sustituto de la vida, la prótesis de una experiencia de la que siempre carecieron, el simulacro de una memoria en blanco. Así que prosigamos. Qué podría decir de ese momento único, extático, en que pisé la playa de Arguamul. En kilómetros a la redonda, no solo si miraba hacia el bendito horizonte, sino también si recreaba la vista en las alturas boscosas o en el agreste y caprichoso dédalo de roques diseminados a lo largo de los acantilados, no se veía ni un alma. Yo era allí una especie de náufrago salvado en el mismo momento en el que había naufragado. No sabía qué hacer con mi cuerpo, pues los juegos solitarios son bastante aburridos cuando no hay ni siquiera la posibilidad de un espectador escondido al acecho. Cumplí el ritual de descalzarme y dejar que unas olas mansas como corderos bíblicos lamieran mis pies llenos de llagas. Lo confesaré, sí: me desnudé, pero no me bañé, no me creí digno de tanta perfección, de tanta inmensidad. Me daba miedo profanar aquel mar con mi cuerpo sucio en todos los sentidos. Verán: quería que Arguamul siguiera siendo para mí un santuario, un lugar intacto al que peregrinar a partir de entonces al menos en mi imaginación. Y para defenderlo de mis ansias posesivas tuve que abandonarlo rápido, no recrearme demasiado en él, regresar por el mismo camino hasta las casas de los jipis y luego hasta el coche de alquiler arrimado al borde del barranco. Tuve que renunciar a él para poder volver siempre a él.

Quienes no hayan estado en Arguamul no sabrán nunca, y bien que lo siento por ellos, cómo es de verdad Arguamul, qué puede dejarse y qué no puede dejarse allí, qué nos regala y qué nos roba, qué nos pregunta y qué no nos responde, cuánto se pierde, cuánto se deja de ganar allí.  

domingo, 10 de junio de 2012

EL BULEVAR

Lo han llamado mucho tiempo después el bulevar del faro, seguramente porque el término francés le garantiza mucho más glamur que palabras de nuestro idioma como “avenida” o “paseo” a la zona de perfumerías, restaurantes, tiendas de ropa y discotecas que se ha creado en torno a un faro que poco tiene ya, al parecer, del aislamiento de antaño. Unos amigos me hablaron de un artista que lo pintó hace unas décadas, una y otra vez, como un verdadero faro obsesivo, totémico, en la lejanía de una de las puntas perdidas de la isla. El pintor fallecería luego en accidente de tráfico —y sus obras quedarían no solo como las huellas de otro tiempo más auténtico o esperanzado que el nuestro, sino como testimonios de una mirada intensa y deslumbrada. Imagino que quienes recuerden ese faro de otro tiempo no sabrán decidir si el proceso de rehabilitación consistió en un mero revoque del material original o en una reconstrucción completa desde sus cimientos. El faro erigido allí, en cualquier caso, se ha convertido en un símbolo de la prosperidad turística de la zona. Cada tarde llegan al bulevar decenas de autocares cargados de rubicundos tentetiesos nórdicos que son depositados junto a sus cónyuges en las aceras por las que se accede a la relumbrante avenida costera. No recuerdo qué hacía yo aquella tarde en que vi descender de uno de esos autocares al suizo. Enseguida me llamó la atención su aspecto de escritor de tercera fila, su delgadez enfermiza, sus lentes redondas a lo Hermann Hesse, su tiesura. Muy pronto se separó del grupo con el que había venido e hizo gala de una curiosidad solitaria que lo llevó a alejarse cada vez más de los paseos centrales y a adentrarse, después de media hora, en un palmeral desde el que se veía el faro ya muy desdibujado y que yo conocía por otras visitas en pos de otros curiosos como aquel. No se percató de mi presencia hasta que me aposté a la distancia de un par de palmeras y apoyé mi espalda contra el tronco de una de ellas, que emitió un ligero crujido. Me pareció sentir que no se asustó y que, por el contrario, agradeció la compañía que con mi aparición allí se le brindaba. No tardó en acercarse. Para entonces yo ya me había quitado la camiseta y exhibía como un reclamo que sabía infalible mi torso de descendiente de antiguos esclavos africanos trasladados a Cuba. Recordé, no sé por qué, unos versos del prócer José Martí en los que hablaba de un paseo por la jungla en compañía de una de sus damas. No sé si me identifiqué en ese momento con el héroe o con la puta, pero lo cierto es que la conversación que, en un inglés medianamente correcto, reforzó mis sentimientos patrióticos, me devolvió perdidos sones cubanos, intensificó mi nostalgia de la isla y, de resultas de tanto sentimiento incontrolable, acepté la proposición de acompañar al turista a su apartamento. Le ahorraré al paciente lector los detalles de mis andanzas patrióticas. El suizo se congestionaba, sudaba como un pollo, dulcificaba su dicción a cada una de mis embestidas y ejecutaba unos extraños movimientos encadenados que me hicieron pensar que quizá en su juventud hubiera practicado el ballet. Cuando terminamos la faena en el dormitorio salimos a un balconcito que daba al bulevar y allí, arropados por una brisa que yo hubiera preferido menos cálida, nos fumamos unos cigarrillos mientras contemplábamos el atardecer. El suizo me propuso que me quedara con él unos días. Yo dejé que mi mirada vagara por el horizonte durante un par de segundos antes de contestarle. Recordé la bala perdida que mató a Martí. No sabía si me estaba internando en terrenos pantanosos o si, después de mucho tiempo, se me brindaba una oportunidad de prosperar. El suizo entró en el apartamento y, al cabo de unos minutos, volvió con un par de billetes de doscientos euros en la mano. Los colocó sobre la mesa, junto al cenicero, y me dijo que serían míos —en aquel momento me pareció ver cuatro, pero luego supe que eran cinco— si me quedaba unos días con él y continuaba cumpliendo con mis deberes patrióticos (traduzco a un lenguaje honesto lo que él me espetó con términos soeces). Me está comprando, recuerdo que pensé. Este suizo asqueroso se cree que puede encerrarme aquí unos días con cuatro cochinos billetes de doscientos euros. Ni aunque me pagara uno de esos billetes por cada una de las arrugas que he tenido que sufrirle hace un rato me quedaría yo aquí. Le dije que se equivocaba conmigo, que yo era una persona trabajadora e independiente y que la cantidad que había en ese mismo momento sobre la mesa era el precio del servicio de lujo que acababa de prestarle. Me miró como un basilisco entre sus ridículos cristalitos empañados. Se alteró. Gritó como un condenado. Me dijo que me marchara, que nuestra relación había terminado. Yo entré con dignidad en el salón para dirigirme hacia la puerta. Sabía que estaba traicionando a mi patria, que el suizo estaba a punto de burlarse de mi ingenuidad y de mi entrega. Le pedí que me diera al menos uno de aquellos billetes. Se negó. Entonces lo abofeteé, ni siquiera demasiado fuerte, y cayó al suelo. Desde allí se puso a patalear, a darles patadas a los muebles, una patada a la mesa, otra al sofá, otra a la estantería. El espectáculo era bochornoso. Lo agarré del pelo y le zumbé otra bofetada que lo dejó seminconsciente. Se dedicó a gemir y a contonearse como si estuviera representando algún paso de El lago de los cisnes en el Zúrich de la posguerra. Le di un tercer golpe, aunque esta vez con el puño, que lo dejó inmóvil y en silencio. Me acerqué hasta la mesa del balcón y recogí los billetes. Cuando salí a la calle ya era casi de noche y en el bulevar solo quedaban unos pocos grupos que regresaban a sus autocares después de cenar. El faro, cuya luz ya no es más que parte de un decorado comercial, parecía señalarme un camino en la noche.

sábado, 2 de junio de 2012

EL BOTARATE

Para Miguel Pérez Alvarado


1

Cuando algunos amigos me preguntan (una de tantas preguntas a las que no se puede responder) si echo de menos las islas, si no me falta el mar, si sobrevivo en el secano de una ciudad sin mar, en esa lejanía del mar que está a tantos kilómetros que incluso a la memoria le cuesta a veces trabajo recordarlo, esbozo una sonrisa y no sé qué contestarles. El mar que se pierde, les digo a unos pocos, no se recupera nunca. El mar al que se regresa, me lanzo, presocrático, a creer, no es nunca el mismo mar. El mar tenebroso atesorado dentro, en los vericuetos de quien lo recuerda a su pesar, no es más que una tiniebla sin rayo que la cruce. Si van un poco más allá, a veces no solo algunos amigos sino también meros conocidos o recién conocidos, y me plantean la socorrida ecuación que identifica el acto de escribir con la pasividad de la nostalgia, me exalto un poco y les respondo que no se escribe nunca para recuperar nada, que no hay nunca nada que recuperar y que lo único que se consigue escribiendo es alejar por un rato el aburrimiento cotidiano. Así, con este exabrupto, los mantengo a distancia. Pues quien mucho curiosea acaba como la mayoría de los gatos: saltando a la desesperada a su siguiente vida. Quizá haya en mi respuesta una pequeña parte de verdad. Escribir puede ser una protección contra el aburrimiento o también, a veces, el acto más aburrido del mundo. ¿No se escribe siempre a falta de algo mejor? A ver quién es el guapo (escritor) que no preferiría estar bañándose en una de esas calas rodeadas de rocas caprichosas moldeadas por el viento antes que inclinado y destrozándose la espalda mientras escribe unas frases casi siempre obsoletas que no van a leerle, si acaso, más que un par de amigos compasivos. Y quien dice bañándose dice también refocilándose en cualquier situación placentera imaginable. Escribir no es en el fondo más que traicionarse a sí mismo. Así que esas monsergas de que debería escribirse arrodillado como quien reza ante un altar o que con la escritura se salva y se celebra para siempre la realidad que se escapa o, incluso, que a través de la escritura alcanzamos cierto estado de conocimiento superior que nos permite tomar mayor conciencia de nosotros mismos, en fin: no son más que eso, monsergas, componendas para no tener que reconocer la verdad del asunto. Desde luego, de cara a la galería (a la galería de uno mismo), suenan maravillosamente bien todas esas loables misiones de la escritura. En realidad, se escribe porque uno no ha sido capaz de vivir como la vida manda.

2

Por eso no es más que una aberración ver a ese escritor, que puede ser uno mismo, sentarse al atardecer en una terraza del paseo, a la altura de la calle Portugal, y sacar un cuaderno. La imagen revela todo su patetismo cuando al cuaderno se le agrega un bolígrafo con el que el escritor comienza a arañar una de las hojas. Acaba de salir de un establecimiento masculino situado en la calle Portugal y ha decidido disfrutar del contraste entre el aire viciado de esa gruta posmoderna y la brisa marina que sopla desde el mar. Como se siente una especie de botarate que pierde su tiempo en esfuerzos casi siempre infructuosos por intercambiar un poco de placer momentáneo con otros individuos, decide investirse de su personalidad provechosa, es decir, tener al alcance el cuaderno y el bolígrafo con los que se redimirá de tanta miseria. Veámoslo cómo primero recorre con la mirada la playa en el atardecer, cuenta los pocos bañistas que aún resisten, se demora en algún gesto o en alguna postura, continúa hasta el final de la playa y percibe, a lo lejos, el fastuoso auditorio, regresa repasando la fila de edificios de variadas alturas que constituyen la primera línea del paseo, atrapa un instante a alguno de los paseantes, gente solitaria, parejas, grupos, jóvenes en camisetas de asillas, corredores, familias que conversan tomándose un helado. Regresa con la mirada a su cuaderno y escribe. Ha elegido una terraza poco asocada y, por lo tanto, poco concurrida. Su figura solitaria es triste, sentado allí como el último y ya casi trastornado defensor de un puesto fronterizo, su cerveza a medio beber en una mano y el bolígrafo pensativo en la otra, apartado del verdadero transcurso de la vida, de las conversaciones y de los paseos, de las callejuelas que llevan al centro de la ciudad y de los balcones desde donde quienes han decidido vivir plenamente contemplan por un instante, mientras preparan la cena, a los últimos chicuelos subidos a la barra. No se sabe qué escribe. Quisiera, acaso, ser capaz de interrogarse por su propia vida, enunciarse a sí mismo los problemas que arrastra, dibujar, si hace falta, sus deformidades, sus carencias, todo ese lado monstruoso que aflora, por ejemplo, en el establecimiento de la calle Portugal. Pero, por alguna razón, da numerosos rodeos, evita ciertos términos, se traza un plan en el que apenas cabe una parte de su vida y termina escribiendo una especie de poema breve y estilizado que podría leerse como un mantra o una letanía. La playa empieza a vaciarse. El paseo se extiende a lo largo de kilómetros como una serpentina repleta de lugares, rincones, tiendas, casas, placitas, bancos, miradores que él casi se conoce de memoria. Arranca la página escrita del cuaderno y hace con ella una bolita que guarda en el bolsillo derecho del pantalón. Está de nuevo frente a una página en blanco. Lo conmueve la brisa, esa brisa racheada que parece desprenderse del mar y que lo envuelve como si quisiera encerrarlo, a él solo, en una burbuja que le permita mirar la realidad sin tener que participar en ella. Intenta no pensar en el final de ese instante, en el momento en que tendrá que pagar lo consumido y regresar al coche, aparcado en la misma calle Portugal, para atravesar la ciudad y dirigirse, por autopista, al pueblo donde vive. Guarda el cuaderno en la mochila y el bolígrafo en el bolsillo izquierdo del pantalón. Aún le queda un poco de cerveza. Se queda un poco más contemplando las montañas de la costa norte de la isla, ya difuminadas. Aprovecha el único momento sin brisa para marcharse.

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