domingo, 2 de agosto de 2026

EJEMPLARES LIBERADOS

 

Un escritor acababa de publicar un libro en el que compilaba los relatos escritos a lo largo de una década. Era un volumen grueso, desmesurado. La editorial le entregó tantos ejemplares que no sabía qué hacer con ellos. Organizó varias presentaciones en las que consiguió vender unos pocos. Regaló casi la mitad a amigos, conocidos, críticos literarios, periodistas culturales, artistas, músicos, políticos, empresarios, clérigos, pilotos de aviación y socorristas. Sin embargo, los ejemplares sobrantes seguían ocupando un amplio rincón de su dormitorio. Un día, temprano por la mañana, tomó la decisión de “liberar” al menos cinco.

1)     El primer ejemplar fue depositado en un banco del parque. El escritor dio un paseo circular que al cabo de diez minutos lo volvió a situar frente al banco en cuestión: allí yacía, intocado, el libro. Tras dar cinco vueltas, es decir, tras completar una hora de paseos, aquel ejemplar seguía estando tendido, en la misma posición, en el mismo banco donde el escritor lo había depositado. Entonces decidió tirarlo al contenedor de papel. 

2)  Un segundo ejemplar fue llevado al pedestal de una estatua que exaltaba los méritos del mayor escritor oriundo de la isla. Allí, frente a la rada, y rodeado de débiles chorros de agua que no lo rozaban, el libro pareció adquirir una nueva dimensión. Brillaba como con luz propia, y de su cubierta parecían desprenderse haces que los paseantes, casi todos varones que practicaban el footing, vislumbraban al pasar. Al cabo de un cuarto de hora, uno de ellos dio un ágil salto hasta el pedestal y, como si hubiera encontrado un lingote de oro, se guardó rápidamente el libro en la mochila. 

3)  El tercer ejemplar fue trasladado a las escalinatas de la entrada de una vetusta, pero emblemática, institución cultural. Era por la tarde, poco antes de que diera comienzo el concierto mensual en el que la banda de música tocaba, en un salón repleto, pasodobles, jotas, folías y rumbas. A medida que iban llegando los socios, contemplaban, sin agacharse, aquel volumen que algún maleducado había dejado tirado en las escalinatas. Uno llegó a darle un patadón que lo hizo descender atropelladamente unos peldaños, de modo que quedó magullado, con la cubierta doblada y el lomo lleno de rasguños. El presidente de la entidad fue conminado a retirar el libro de lugar tan señalado: cumpliendo órdenes, un bedel bajó hasta la entrada y lanzó el libro al contenedor más cercano. 

4)   Un cuarto ejemplar fue situado en la terraza de un conocido restaurante. Sobre una mesa en la que se leía el cartel de “reservado”, los camareros no se dieron cuenta de su presencia hasta que sentaron allí a una pareja elegante. Nada más acomodarse, uno de ellos empezó a hojear el libro. Siguió haciéndolo hasta que llegaron los entrantes. En ese momento preguntó si se trataba de una cortesía de la casa, a lo que el camarero sólo pudo asentir con la cabeza. Cuando llegaron los platos principales, el comensal estaba profundamente abstraído en la lectura del volumen, hasta el punto de que su acompañante empezó a carraspear, a revolverse en el asiento, a fumar y a poner morritos. Ya a la altura del postre, el comensal dejó de leer el libro: parecía alelado, transido, extático, como si la lectura lo hubiera dejado fuera de combate. 

5)   El quinto ejemplar fue transportado a un polígono industrial. Allí, sobre una acera, recibió varias miradas de desprecio, dos escupitajos, tres pisotones, una meada y varias acciones más de difícil clasificación, tanto por parte de seres humanos como de animales callejeros. Fue tal el maltrato que recibió que al final de la mañana se había confundido con el resto de residuos que cubrían la acera.

jueves, 23 de julio de 2026

EL MÁS PERFECTO DE LOS DESENMASCARAMIENTOS

Si hubiésemos querido escribir un libro que no se pareciera a ningún otro, probablemente habríamos decidido encerrarnos durante varios meses en un lugar parecido a un monasterio, una cueva o una casa al borde de un acantilado. Sin embargo, y esto lo teníamos meridianamente claro, el libro que nos apetecía escribir iba a estar siempre intentando escaparse de nosotros, y nosotros de él, así que lo que creímos más sensato fue quedarnos en nuestras respectivas casas y apechugar con el aislamiento que ya de por sí suponía el acto de escribir, es decir, la sujeción a un idioma, a una temática, a un género, a un subgénero y a una modalidad discursiva. La cuestión es que la experiencia de permanecer sujetos a todas aquellas exigencias autoimpuestas nos resultó muy pronto cansina, es más, cansífica, si puedo denominarla así, por lo que, a falta de la posibilidad del retiro soñado en algún lugar completamente aislado, tomamos la decisión de torpedear una y otra vez los patrones que nos maniataban, un sistema o un método que muy pronto bautizamos como el más perfecto de los desenmascaramientos. Consistía, dicho del modo más sucinto posible, en revertir a cada paso los moldes con los que íbamos construyendo el libro ambicionado. Por ejemplo, si empezábamos una frase en lengua española, como parecía lo más normal dados nuestros orígenes, nuestra formación y nuestros respectivos lugares de residencia, la frase siguiente debía formularse en una lengua de otra familia, o de ninguna, por ejemplo en albanés, en euskera o en tagalo; podía a continuación retomarse el discurso en lengua española, pero esto quedaba penalizado, por emplear un vocablo quizá demasiado injusto, con tres frases consecutivas escritas en tres idiomas de familias diversas o sin familia conocida, por ejemplo el albanés, el euskera o el tagalo, o cualesquiera otras tres lenguas elegidas. Y digo bien: elegidas. Porque estas decisiones nos implicaban como sujetos con capacidad de decisión, escritores que, en vez de aplicar a rajatabla las normas que más probables se les suponían, les daban la vuelta y desenmascaraban, en este caso, la propia argamasa con la que elaboraban su texto, la lengua o el idioma que empleaban, de modo que si el primer párrafo se componía, pongamos por caso, de quince oraciones, no más de cuatro venían escritas en español y el resto figuraban redactadas en lenguas de lo más variopinto. Y lo mismo ocurría, por ejemplo, con los temas, los géneros y los subgéneros. Una secuencia que abordaba, digamos, el insensato camuflaje en medio de la selva de un grupo de exploradores inexpertos pasaba a transformarse, en el párrafo siguiente, en un fragmento que trataba de las navegaciones submarinas de capitanes intrépidos en busca de seres monstruosos que habitaban en simas abisales. Un texto cuyo primer capítulo se podía leer como el comienzo de una novela se convertía de pronto en un poema de versos mínimos que se prolongaban sin puntuación durante páginas para continuar luego como un diálogo teatral de intervenciones larguísimas, como si los personajes, más que interactuar unos con otros, estuvieran hablando en sueños sobre asuntos completamente disímiles. De este modo, el más perfecto de los desenmascaramientos tenía como consecuencia un texto completamente ilegible, pues no eran únicamente el idioma, la temática, el género, el subgénero y la modalidad discursiva los principios que se subvertían, sino también todo tipo de reglas ortográficas, gramaticales, sintácticas y léxicas. Así, por ejemplo, un texto podía terminar con una coma, y la palabra guwantes, que en tagalo significa guante, se empleaba en realidad con el significado de nariz o de pie, lo que conducía a situaciones que, con toda probabilidad, algunos lectores habrían considerado cómicas, y otros, directamente absurdas. Muchos verbos en singular llevaban sujetos plurales, y viceversa. A los idiomas que poseían tres géneros gramaticales se les añadían dos más, y a los que solamente disponían de uno se les duplicaba. Los dos puntos, por otra parte, podían indicar una pausa de casi diez segundos en una lectura de ritmo medio, mientras que los puntos suspensivos, sin ir más lejos, se empleaban como una marca de sensualidad que afectaba a la oración subsiguiente, que debía leerse como si se acariciase la piel de una persona amada o tan sólo deseada. El sistema, es decir, el más perfecto de los desenmascaramientos, se fue perfeccionando a medida que escribíamos, y así cada frase era una completa sorpresa, no sabíamos, a priori, de qué iba a tratar, en qué idioma se iba a escribir, qué modalidad discursiva iba a emplear ni en qué género y subgénero podría encuadrarse. La escritura se convirtió en una caja de sorpresas y al mismo tiempo en un permanente galimatías. Podía decirse cualquier cosa y a la vez cualquier cosa era lo último que podía decirse. Como se comprenderá, una vez que terminamos el libro, el proceso de revisión nos llevó casi tanto tiempo como su escritura: donde uno había escrito un verso en gaélico sobre la ubre (o la urbe) más fecunda del reino, el otro consideraba que era preferible transformarlo en un pasaje en prosa búlgara sobre los rituales paleocristianos del conyugio entre personas del mismo sexo. Muchas veces no había manera de ponerse de acuerdo, por lo que se tiraba por el camino del medio, es decir, regresar a la lengua castellana o española y proponer o bien fragmentos de prosa o bien versos escritos en un estilo sobrio, antirretórico, llano. El libro original se convirtió en muchos libros posibles, pues todas las variantes se consignaban en notas al pie, que a su vez derivaban en otras notas al pie, y así hasta que para cada párrafo había un número, si no infinito, al menos incontable de versiones; y, más que para cada párrafo, incluso para cada frase. Cuando terminamos la revisión decidimos mandar imprimir un único ejemplar y borrar todos los archivos en los que habíamos trabajado a lo largo de tantos años. Una vez que estuvo impreso, ese único ejemplar quedaría en manos de uno de nosotros durante un día, al cabo del cual habría de enviárselo al otro por correo postal; a su vez, este último lo retendría durante un día, al cabo del cual se lo devolvería al primero por correo postal, de modo que, cuando transcurrieron varios meses, el único ejemplar, manoseado, deteriorado, arrugado y baqueteado por tantas idas y venidas en las sacas de correos, se transformó en un libro casi ilegible. Y así hasta que un día llegó completamente irreconocible, escuchimizado al fondo del paquete, convertido en una bola de papel envejecido que uno de nosotros, da lo mismo quién, tiró a la basura junto a unas cáscaras de naranja. Y ese fue el final de una de las obras más singulares de la literatura contemporánea: nadie la conoció, pero existió; nadie la leyó, pero no era del todo ilegible; nadie la conservó, pero ¿acaso hubiera merecido la pena hacerlo?

domingo, 10 de mayo de 2026

MOLICIE

Está sentada (o recostada, tumbada: ¿pueden sentarse las palomas?) sobre las piedras que tapizan esta placita en la que yo también me he sentado a leer en un banco. Más que sobre: entre las piedras. Encajada en una molicie vespertina que la acuna inmóvil y silenciosa a esta hora en que sólo apetece estar así: inmerso en la vacancia o el arrullo del comienzo de la tarde. Está sentada o recostada entre las piedras, sobre la hierba que nace entre las piedras, entre la hierba que asoma como un suave tapiz en los huecos o intersticios que entre piedra y piedra se abren. Azul y verde y gris. Piedra y hierba y paloma sentada (que ahora mismo se incorpora para atusarse las alas). Está sentada en el límite entre el sol y la sombra, como si de ambos quisiera recibir dones y a la vez de ambos precisara ligeramente apartarse. Me acompaña, aunque no lo sabe. Los colegiales que a esta hora regresan a sus casas pasan junto a ella sin mirarla, provocando que vuelva a incorporarse, sin temerlos, para volver enseguida a su posición de descanso. De vez en cuando se estremece, introduce su pico en la pechera, bate sin ganas sus alas y mueve el cuello a un lado y a otro para mirar lo que ocurre a su alrededor. Las puntas de sus alas, enhiestas como alerones, sobresalen de su cuerpo sometido a la calma de la tarde que avanza cada vez con menos sol, nublándose como para demostrar que lo que ocurre en el cielo tiene acaso mayor importancia que toda esta molicie en la que la paloma (¿y yo?) quisiera dejarse subsumir acostada en el suelo. Formado por callaos redondeados por millones de olas, el pavimento la acuna y la paloma exhibe ahora una pechera arrugada por los escalofríos de una brisa que acaba de levantarse y que parece bajar directamente de las nubes que han taponado el sol. La paloma da entonces dos pasos, como si algo más adelante la hierba fuera más mullida, o la sombra menos pesada. Y, mientras se pellizca las alas con el pico, yo me dispongo a marcharme, no sin antes agradecerle este rato de inesperada compañía, de aprendizaje involuntario que me ha brindado sentada –o recostada–, y hasta imaginando que su descanso acabará a la vez queu el mío, que nos levantaremos a la vez (¡y lo imaginado ocurre ahora, ahora, ahora!) para continuar nuestras vidas por fuera de esta plaza que nos reunió.

            (Santa Cruz de La Palma, 24 de abril de 2026)

lunes, 13 de abril de 2026

TODAS LAS AZOTEAS DE LA URBANIZACIÓN

Soy tan invisible –o tan inconsistente– que la tórtola se posa en la jardinera de la terraza y no se asusta, no levanta el vuelo, como si una extraña sintonía pudiera conectarnos en medio de la nada.

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Y en esta terraza, ahora, la misma donde estuve sentado anoche esperando que él saliera de la ducha y volviera a acompañarme en nuestra poscoital conversación de madrugada, recuerdo lo que vi en ese intersticio.

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Alguien volvía dando tumbos por el pasillo de abajo hasta que se detuvo frente a la puerta de un apartamento. Encendió una linterna y se puso a alumbrar la puerta, o acaso el número –¿513, 514?– del apartamento. Al cabo de unos minutos, se encaramó a la ventana de la cocina, protegida con una reja que utilizó como escala para llegar hasta la gárgola del desagüe y de allí saltar hasta la azotea. Todo eso ocurrió en menos de cinco minutos. Entonces volvió él y retomamos nuestra conversación, cuerpos desnudos en la noche que se han amado entre carnívoros gemidos.

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Lo que imaginé sobre el turista –siempre lo son– en trance etílico encaramado a una azotea que era probablemente la del apartamento donde estaba alojado fue un viaje –y aquí la imaginación se transformó en fantasía– de exploración a través de todas las azoteas de la urbanización. ¿Iría dejando rastros de vómitos, meadas, caca, en cada una de ellas, como un lenguaje mudo que al día siguiente revelaría su presencia inquietante, la de una sombra capaz de ocupar las azoteas mientras los demás dormimos, follamos o charlamos?

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Acaba de salir el sol: ya echo de menos las nubes que me protegían, ya maldigo las nubes que me lo hurtaban.

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Nostalgia o maldición han hecho que las nubes vuelvan: toca ahora echar de menos el sol, y maldecirlo.

martes, 7 de abril de 2026

HABITACIONES DONDE PASAR LA NOCHE

                                                                                        (Con José Herrera y Alvin Lucier)

El que, después de comparecer durante el día, regresó en algún momento de la noche; permaneció escuchando el sonido del silencio, sentado en una habitación, el silencio de los mil agazapados sonidos de la noche; se reconcomió para no hablar, se tragó sus palabras, apalabró sus tragaderas, se desnudó sin mostrar de sus partes más de lo que sus partes hubieran mostrado de él; gateó, reptó, se arrastró por la tierra, escarbó bajo el solar, investigó las fibras que, dispersas en el humus, llevan amarradas a sus cintas de carne la sustancia de lo que vendrá; bebió lo que rezuma de cada supuración y se preguntó a qué sabía, cuál sería el siguiente sabor en la escala descendente del convite nocturno; ese, el que se introdujo entre los resquicios, el que rozó con sus yemas las vigas de encofrado, silueteó la memoria y puso de perfil todo horizonte; el que advirtió lo yacente, separó lo sobrante, salivó lo incandescente y se alió con lo bastante; quien supo irse y volver, quien descubrió que si se vuelve es sólo para marcharse, el que, de noche, sentado en una habitación, se quedó para probar y para aprender, para prender y aprobar, para desprenderse y desprobarse, para reprobarse y reprenderse. (1)

      (1)   Y así ad infinitum. Y ad libitum. Aunque, en realidad, este de quien se habla nunca llegó, así que tampoco pudo nunca marcharse. Amagó con llegar, envió a sus representantes, que informaron de que estaba en camino, si bien ciertos incidentillos sin importancia lo habían retenido a la mitad del tal, por lo que había hecho de él, del camino, su residencia, su habitación, su centro de operaciones y su radio de influencias. (1) 

(1)    En realidad, el camino donde se había detenido el viajero reptante era un bar, uno de esos bares de mala muerte donde ni la muerte es tan mala ni tan mala es la muerte, que viene a ser casi lo mismo, al menos desde el punto de vista de un ser que ya sólo está en condiciones de reptar. El incidentillo de marras, se conoce, fue una de esas últimas copichuelas de amanecida y el sonido del silencio un blues de nostálgicos acordes. (1) 

(1)     No llegó a saberse el nombre del tal bar, pero unos notas del barrio con los que yo (permítanme que me presente: narrador ecuánime, pero anónimo, de esta francachela) me encontré a los pocos días me contaron que nada, que fue por la calle de La Marina, ese bar que hace esquina, donde la vida fulmina y el amor no es sino inquina, etc. Los dejé ripiando solos y preferí seguir otro rastro, que me llevó al barrio de Buenos Aires. (1) 

(1)     El barrio de Buenos Aires era por aquellos días una barracópolis alimentada por flujos de población eminentemente rural desplazada hasta la periferia de la ciudad en busca de un futuro mejor. Cuando se habla de futuro mejor se pone en evidencia un desconocimiento flagrante acerca de las muy precisas coordenadas temporales en que transcurre la vida de los seres humanos. Lo único que puede ser siempre mejor es el pasado. El futuro, por no ser, no puede ni ser. El presente sólo puede ir a peor, pues, según los principios de la entropía, como quise explicarles al par de malotes que me encontré menudeando entre el polígono 4 y el 29 de Buenos Aires, la degradación es inherente a la línea temporal, si bien las variables del proceso pueden multiplicarse hasta el punto de que de vez en cuando se dé alguna excepción, lo que ellos dijeron entender cabalmente. (1) 

(1)      Quisieron saber más sobre el asunto, pero las excepciones al principio de entropía me parecieron muy complejas para aquellas mentes de barriada, por lo que nuestra conversación transcurrió por otros palos casi que tanto o más sesudos. Me enseñaron los dientes y les dije que toda aquella mugre tenía arreglo y solución. Me enseñaron las manos y les dije que no, que no había nada que hacer. Me enseñaron la cocorota y les dije que pocos eran los sabios que en el mundo… ¡sabían bailar la jota! (1) 

(1)       La jota. Ejem. Lo que pocos saben es que una jota es una jota es una jota. ¡Se empieza por la jota y se acaba enjotajamás! Tal vez por eso el abecedario no empieza por la jota. Si los abecedarios empezaran por la jota los cuentos no terminarían nunca con un reloj, un carcaj o una perdiz. (1) 

(1)       Érase una vez una espina que le dijo a su rosa: “Quiero oler como tú”. La rosa le dijo: “Ya hueles como yo”. La espina le dijo: “Demuéstramelo”. La rosa le dejó caer un pétalo. El pétalo cayó sobre la espina y perdió todo su olor. “Yo no huelo como tú”, le dijo la espina a su rosa. “Sí que hueles”, le dijo la rosa, “pero no lo sabes”. “Y cada vez que intentas saberlo”, añadió, “tu olor se desvanece”. (1) 

(1)        El que, después de comparecer durante el día, regresó en algún momento de la noche; permaneció escuchando el sonido del silencio, sentado en una habitación, el silencio de los mil agazapados sonidos de la noche…

lunes, 23 de marzo de 2026

CARTA ABIERTA A JOSÉ CARLOS ACHA, CONSEJERO DE CULTURA DEL CABILDO DE TENERIFE


Al Ilmo. Sr. D. José Carlos Acha Domínguez, Consejero Insular de Cultura, Museos y Deportes del Cabildo Insular de Tenerife. 


Apreciado consejero, estimado José Carlos: 


Es posible que recuerdes que el 25 de septiembre de 2023, hace ya dos años y medio, nos reunimos con la finalidad de hacerte llegar una serie de propuestas en torno a la literatura de posible aplicación por parte del área que en aquel momento llevabas unos meses dirigiendo. 


Una de aquellas propuestas —eran unas diez, y te las dejé en papel a petición tuya— era la puesta en funcionamiento de la Casona Estévanez-Borges como casa de la literatura de Tenerife. 


Entre las otras propuestas (ninguna de las cuales, que yo sepa, has llevado nunca a la práctica) estaban: retomar las publicaciones de libros de narrativa, poesía, teatro y ensayo por parte del Cabildo; crear becas de creación literaria para autores/as de Tenerife; convocar un premio literario —o varios—; organizar ciclos de encuentros literarios tanto con autores/as no tinerfeños/as como con escritores/as de la isla; apoyar la traducciones de obras literarias de autores/as de Tenerife; organizar un festival literario anual que ponga a la isla en el mapa de la literatura a nivel nacional; apoyar las movilidades de autores/as de Tenerife a actos literarios fuera de la isla; etc. 


En dos años y medio no he vuelto a tener noticias tuyas. Ni una sola vez has contactado conmigo para consultarme por la posibilidad de llevar a la práctica alguna —al menos una— de estas propuestas. ¿Para qué me pediste entonces que te las dejara por escrito? 


Si en aquel momento te hubieras tomado con un mínimo de seriedad la propuesta de creación de un espacio literario con programación regular, ahora no tendría que estar escribiéndote esta carta. Te dije en su momento que no era de recibo que en Tenerife no hubiera ni una sola casa-museo dedicada a un escritor, mientras que el Cabildo de Gran Canaria disponía de al menos tres: las dedicadas a Pérez Galdós, Tomás Morales y León y Castillo, cada una de ellas con su programación regular. 


Te escribo esta carta abierta tras la iniciativa de la revista Trasdemar, apoyada por más de 200 personalidades del mundo de la cultura insular, para que la Casona Estévanez-Borges sea destinada a actividades literarias (tal y como yo te propuse hace dos años y medio) y no a una segunda sede del Centro de Fotografía. 


No voy a enumerar de nuevo las ventajas y las razones de esa iniciativa ni por qué la Casona Estévanez-Borges no debe en ningún caso destinarse a la fotografía (ni, por supuesto, convertirse en un espacio de “uso compartido”). Basta leer la iniciativa de la revista Trasdemar para hacerse una idea muy clara de este asunto. A ella me remito. 


En nuestra reunión de hace dos años y medio te dije que la literatura de la isla necesitaba apoyo por parte del Cabildo. Ya ha pasado más de la mitad de la legislatura y no se ha hecho efectivo ese apoyo. No basta con unas pocas migajas presupuestarias, no basta con un par de convocatorias farragosas para cumplir el expediente. El Cabildo de Tenerife no dispone, a diferencia, de nuevo, del Cabildo de Gran Canaria, de una biblioteca insular, ni de un teatro insular. La cultura de esta isla no puede limitarse al Auditorio de Tenerife (arréglenlo, por favor, antes de que ocurra una desgracia) ni a la Sinfónica (que ha vivido tiempos mejores) ni a TEA Tenerife Espacio de las Artes (cuya programación, por cierto, ha dejado completamente de lado la literatura: ya te dije en aquella ocasión lo vergonzoso que era que se organizara una exposición del poeta y artista peruano Jorge Eduardo Eielson sin que se celebrara un recital en homenaje suyo). 


Tenerife vive un momento literario excepcional. Hay autores/as jóvenes escribiendo y publicando literatura de gran calidad. Coinciden hasta al menos cuatro o cinco generaciones en activo. Diría que por primera vez la literatura escrita en esta maltratada isla es reconocida fuera de nuestras fronteras por su capacidad para proponer mundos imaginarios novedosos y lenguajes propios. Lo único que hace falta es un poco de voluntad y altura políticas para que estos logros puedan cobrar una dimensión aún mayor gracias a un espacio dotado de una programación regular, con proyectos serios y de calidad, con talleres, clubes de lectura, encuentros, recitales, jornadas, festivales y conferencias en torno a la literatura. Y ese lugar no debe ser otro —por historia, por ubicación y por el famoso almendro cantado por Nicolás Estévanez, por muy deteriorado que esté: él lo volvió eterno— que la Casona Estévanez-Borges. 


Un cordial saludo,


Rafael-José Díaz



miércoles, 4 de marzo de 2026

A LA VELOCIDAD DEL SILENCIO

El niño ha cruzado ya muchas veces ese pasillo que no se detiene nunca en su vértigo de cristalino aluvión. Como si traspasara las fronteras que separan una realidad de otra paralela, refleja, doble, proyectada, como si en el otro lado lo esperara su figura transformada en otro niño al que no conoce todavía bien y con el que se cartea cada vez que se encierra en su cuarto a estudiar alfabetos, estrofas, partituras. Sabe lo sólido que es todo y a la vez se siente, si se lo propone, capacitado para atravesarlo. El día que dibujó con la secreción de una mucosa secreta los labios soñados que había visto reflejados en el espejo del salón supo que estaría condenado para siempre a buscar el rostro del que aquellos se habían desgajado. No era siempre un motivo de sorpresa para él escudriñar los vórtices que el pasillo albergaba, pues los había estudiado tantas veces, tantas veces había procurado invisibilizarse en ellos, que los conocía casi de memoria. En vez de haber sido trazado sobre la base de dos líneas paralelas, el pasillo se iba quebrando a medida que se desplegaba, se fracturaba antes de llegar a la cocina, de nuevo cerca de la puerta de su cuarto y una última vez pasado el dormitorio de sus padres. Era un pasillo en zigzag en cuyos recovecos el niño había ido dejando como unas migas que aquel doble recogía. Esconderse significó alguna vez encontrar aquellas migas, o al menos recomponer las migajas que su amigo imaginario había ido recolectando como parte de un juego en el que ambos parecían estar igual de implicados. Esto último, sin embargo, no pudo constatarlo nunca: creía ser él, casi siempre, el que empezaba los juegos. El pasillo, a veces, zumbaba. Alguien tocaba a la puerta que daba al rellano mientras, en el fondo, su madre o su hermana acababan de abrir la puerta del balcón. Atravesaba entonces el pasillo, que hasta aquel momento dormitaba, algo parecido a un relámpago de voces, a una flecha de aromas o a un murmullo de bengalas, que dejaba a la altura de su cuarto una mirífica resonancia que él estiraba la mano, el oído o la nariz para capturar en el momento justo. Era lo que alguna vez llamó, mucho más tarde, la pesca submarina. Porque, aunque situada en un tercer piso, aquella casa en la que vivía le parecía estar sumergida bajo las aguas, o en otras ocasiones flotando sobre el lomo de unas nubes, así que cada vez que despertaba por la mañana no sabía si volvía a emerger o a sumergirse, a sobrevolar o a caerse, y por eso cada noche lloraba como el condenado a muerte que sabe que al día siguiente será un cadáver arrojado a una fosa común. Sin embargo, una vez que se desperezaba y coqueteaba frente al espejo del baño, antes de que hubiera habido tiempo para que se formara ningún vaho, sentía como si su cuerpo pisara el fondo de la tierra, como si aquel pasillo fuera una especie de catacumba sobreiluminada que tenía la virtud de protegerlo de todos los males desatados afuera. Al llegar a la cocina para desayunar, junto a la figura de su madre que portaba un tazón recién lleno de leche, la luz de la ventana lo encandilaba. Devoraba las tostadas como si se estuviera comiendo pedazos de luz crujiente untados de una mantequilla que parecía oro puesto a fundir. Entraba a la despensa como a una cámara acorazada en la que podía desnudarse para que aquella luz no lo destruyera, y entonces se convertía en una criatura tenebrosa, se agachaba hasta donde su madre guardaba las cajas que contenían las botellas de leche y gateaba como lo había hecho no tantos años atrás, gateaba con sus pezuñas entreveradas de telas de araña que se habían ido depositando en los rincones, gateaba entre las más brillantes criaturas, que hacían de aquel lugar una cueva estrellada. Debió de ser por entonces cuando empezó a amar las arañas. Creyó haber descubierto una afinidad entre ellas y él, aunque solo sería más tarde cuando entendería algo de lo que ellas querían decirle por entonces (aún sigue tratando de entenderlo un poco mejor). A la mitad del pasillo había, colgado en la pared, un cuadro. Era la reproducción de una montaña que escalaría muchos años más tarde, una montaña de nieves perpetuas que por entonces funcionaba como una imagen hipnótica, una turbina por la que su fantasía se perdía hasta lugares que estaban más allá de la montaña, o en su interior, lugares cuya inexistencia no tendría después nunca deseos de demostrar, pues ya por entonces, cuando dispuso de los medios para hacerlo, no le interesaban apenas los límites entre lo real y lo imaginario. Cuando salía de la cocina, desayunado de toda aquella luz untada en oro, viajaba a la velocidad del silencio hasta su cuarto, y a la velocidad del silencio significaba en aquella época dando pasos como para seguir durmiendo en sus sueños como si no se hubiera despertado aún y aquel caminar significara una fase atípica del sueño de un sonámbulo, es decir, que no terminaba nunca de llegar a su cuarto a pesar de que debía recoger su cartera, sus libros, sus partituras, las cartas a medio terminar, para salir luego a tiempo de llegar puntual al colegio. Aquella última visita, sigilosa, a su habitación, que terminaba en una ventana desde la cual tantas veces había vigilado el mundo en busca de milagros con los que soñar despierto, lo confrontaba con su cama, hecha ya mientras tanto por las laboriosas manos de su madre, con su mesa de estudio, en la que dejaba, repartidos entre gavetas de un escritorio de pared y pequeñas cajas de cartón que habían contenido grapadoras, perforadoras o lupas, cientos, si no miles, de papeles de diversos tamaños escritos como con tinta invisible en los que había dejado que su vida transcurriera vivida por otro, alguien parecido a él que se asomaba a los espejos para depositar en ellos la impronta de sus labios, alguien capaz de esconderse acurrucado durante días en el patinillo que servía como respiradero junto a la cocina, alguien que a veces, mientras leía una carta, se tumbaba debajo de su cama y le daba una mano que él sentía cuando dejaba caer una de las suyas hasta el suelo justo antes de dormirse. Quizá, en el último momento, antes de irse, cogía uno de aquellos papeles para pasarse el día intentando descifrarlo, pues allí, pensaba, estaba escrito parte de lo que era, parte de lo que hubiera debido o deseado ser.  

jueves, 5 de febrero de 2026

UN POETA MUGRIENTO EN LA MUGRIENTA CIUDAD

Inclinado sobre la mesa de la terraza en la que lleva sentado tanto tiempo que no recuerda a qué hora llegó, el poeta afina unos versos recién escritos; más que afinarlos, los relee, los mastica con la mente, los hace suyos y luego intenta desprenderse de ellos. Fijos en este cuaderno, se dice, lo mismo que yo estoy como atrapado en esta silla, no son sino corpúsculos incapaces de respirar. El poeta, ya anciano, sufre desde hace poco una leve insuficiencia respiratoria y se le hace fácil comparar su propio cuerpo, que fue siempre larguirucho, con los versos que se extienden como si quisieran dormir una siesta unos sobre otros, aplastándose, entreverándose, confundiéndose en la página mugrienta del mugriento cuaderno que los contiene. Están como los espaguetis cuando se pegan en el fondo del caldero, aventura, quizá porque se acerca la hora de comer y el desayuno de esta mañana fue más frugal que de costumbre. El poeta no levanta la vista del cuaderno. Lleva puesta su chaqueta de siempre, comprada cuando aún vivía con la que fue su mujer en unas rebajas. En los bolsillos, pero eso hoy no lo recuerda, lleva un paquete de chicles y una baraja de cartas, quizá incompleta, desde hace meses. Se le ha visto jugando a altas horas de la madrugada en un banco de la rambla unos solitarios. Lo mismo que ha desplegado los versos para volver a plegarlos sobre la página, o eso es lo que se imagina que ha hecho, en aquellas ocasiones dispone las cartas vertical u horizontalmente haciendo que rimen unas con otras según sus palos o sus números (sólo él conoce las reglas del solitario, que probablemente inventó cuando era joven). Se trata de un poeta al que nadie conoce. Se cree que ha publicado dos libros con un intervalo de veinticinco años entre uno y otro. Su nombre, de lo más común, le ha servido para trazar la leyenda de que esos libros no son suyos, que fue otro quien los escribió, que no pudo ser él quien estaba detrás de todo aquello; pero, al parecer, alguna vez se le ha visto con algún ejemplar sobre la mesa, como si quisiera desmentir los infundios que él mismo inventó, como si también él, de vez en cuando, sintiera la necesidad de reivindicarse como poeta. Han pasado ya tantos años, y las editoriales donde se publicaron esos poemarios son tan insignificantes (si es que no han dejado ya de existir), que nadie ha podido comprobar si efectivamente fue otro, como él afirma, quien los escribió, o si detrás de ese supuesto otro se esconde, con un nombre idéntico al suyo, él mismo. De todas formas, a quién puede importarle todo este asunto en una ciudad que no se interesa apenas por la poesía, por la literatura, por el arte ni por maldita la cosa que no tenga que ver con el fútbol, las procesiones y las verbenas populares. Alguien sentado así, inclinado como un cuervo o una gárgola sobre la mesa de una terraza, empuñando un bolígrafo en la mano derecha y sujetando con la izquierda un cuaderno mohoso en el que parece estar repasando los puntos sobre las íes, decorando los rabitos de las efes o empolvando la dudosa elegancia de las jotas, no tiene la menor posibilidad de que se fijen en él. Su barba vallinclanesca, su aceitosa pelambrera, sus lentes empañadas y unas ojeras como de no haber dormido en una semana lo aíslan entre el grupo de mesas arrimado a la jardinera acristalada. Dentro de su boca, en algún lugar entre el paladar y la garganta, gira, desde hace unos minutos, un trozo de salchichón que el poeta confunde con esa sílaba que le falta para rematar un verso que siente incompleto. No se plantea que quizá sería mejor dejarlo así, ahí, flotante en un espacio intermedio, o al menos indefinido, como el trozo de salchichón hipersalivado, un verso que, por su misma manquedad, precisamente por apuntar a lo que falta sin que se tenga la seguridad de si cabría completarlo con algo aún inexistente, podría convertirse en una genialidad involuntaria. El poeta no los recuerda, pero ha habido casos similares. Escritores más o menos conocidos, en algunos casos genios consumados, en otros no siempre tan relevantes como hubieran merecido, pero en cualquier caso nunca menores, se han ganado la fama o el prestigio al dejar inacabadas obras a las que nunca se les ha reclamado una continuación que, tras la muerte de sus autores, no tendría ya ningún sentido. ¿O qué pensaríamos si a alguien se le ocurriera añadir algún capítulo a las obras inconclusas de Kafka? ¿O si algún jovenzuelo desvergonzado se atreviera a completar la novela que compuso Macedonio Fernández prefaciándola con más de cincuenta prólogos? ¿O si, por poner un último ejemplo, le diera a algún mocoso por presumir de talento agregándole capítulos a la Suite francesa que la pobre Irène Némirovsky no pudo concluir por las razones que todo el mundo conoce? Los Süssmayr de la literatura serán siempre execrables. Pero, claro, el poeta asume que continuar la obra de otro que no es sino él mismo constituye un acto legítimo de creación literaria que nada habría de tener de autoplagio, palimpsesto, prórroga o coletazo final. Se ha montado en el verso que siente inconcluso y lo hace relinchar como a una yegua indomeñable. Aun encandilado por una última palabra que evoca en él la época más luminosa de su juventud, siente que podría seguir tirando del hilo para descubrir el otro lado, es decir, el momento más tenebroso de lo que le queda de vida. Considera ese verso como una extraña moneda cuya cara brillase como un sol hecho del más íntimo fuego y cuya cruz proyectara la más lóbrega de las oscuridades. Ese es su debate: cómo seguir bruñéndolo para mantener unidas la luz y las tinieblas. Cuando el camarero pasa a su lado en dirección a alguna de las demás mesas ocupadas, los pasos que oye sin levantar la mirada le sugieren que debe seguir fatigando los lomos de las letras. Se encarama a una o para hacer equilibrios en su parte superior y desafiar la ley de la gravedad mientras su cuerpo se estira como el de un contorsionista para abarcar la totalidad de la letra y estar al mismo tiempo arriba y abajo. Si se encuentra luego con una uve, vence en él la fantasía de acurrucarse en el vórtice, abrirse de patas siguiendo la delineación de los vectores y tomar impulso para salir despedido como una piedra desde un tirachinas camino del infinito. Algo extraño le ocurre cuando llega ante una hache, pues se estremece como ante un trono inabordable en el que, sin embargo, quisiera sentarse para contemplar desde allá arriba el ancho mundo a la vez que su persona se vuelve muda, invisible, inexistente. En su juventud quiso ser un mago, pero acabó trabajando como cajero en un banco. Siempre pensó que aquel destino, el de contar billetes, había sido una venganza de los dioses en los que no creía por haber aspirado a producir con sus manos las fantasías, los sueños y los inventos de su imaginación. Durante muchos años sintió cómo el papel moneda se deslizaba entre sus dedos como si careciera de valor: un billete pesaba lo mismo que otro, y cuando cerraba los ojos no podía distinguirlos. Era como rozar con las yemas una irrealidad hecha textura. Imaginaba los microbios que se desplazaban por entre sus poros, todo el sudor de quienes le habían precedido en la manipulación de los billetes de cien, de quinientas, de mil, de cinco mil pesetas, toda la mugre que en ellos se había acumulado, líquidos, alimentos, fluidos corporales, polvo, desechos, incrustaciones, ácidos, bacterias. Sentía en el fondo de su corazón que todo aquello debía transformarlo, si de verdad era capaz de convertirse en un mago, en una sustancia parecida a los sueños, formas que brotarían de sus dedos contaminados para iluminar el mundo gris que lo rodeaba, aquella caterva de oficinistas malévolos, corrompidos muchas veces por unos pocos miles de pesetas que afanar sin que el director de la sucursal se diera cuenta. La magia residía por entonces únicamente en su imaginación. En los momentos en que descansaba, sin billetes en las manos, cerraba los ojos y veía cómo sus dedos exudaban figuras irreconocibles, como los conejos que había visto sacar de una chistera a un mago al que su padre, cuando niño, lo había llevado a ver actuar en la trasera de la plaza de toros. Con el paso del tiempo, y sobre todo a raíz de su jubilación, se acostumbró a trasladar aquellas figuras imaginarias a palabras, palabras que escribía en cuadernos de tapas grasientas, palabras sobre las que volvía una y otra vez, acaso porque no le convencían del todo o, más bien, porque, a su modo de ver, no trasladaban con total precisión las figuras que había sentido brotar de sus dedos. Al principio pasaba las noches en vela recorriendo con su mirada mustia aquellos versos desvencijados. Luego, a medida que comprendió lo inútil de sus desvelos, se acostumbró a sentarse en diversas terrazas de la ciudad. No se sabe si buscaba allí la inspiración de lo exterior, cansado como estaba de la esterilidad de sus pesquisas hogareñas, o si lo hacía porque era consciente de que encerrado entre cuatro paredes no iba a dar nunca con el grial de la palabra exacta. El poeta, que, una vez que ocupaba una mesa no la abandonaba hasta haber modificado al menos uno de los versos que escribía, sabía, sin embargo, que aquellas operaciones eran siempre afanes inconclusos, pues lo que un día suprimía al siguiente lo recuperaba; la sílaba que una semana había descubierto para darle un nuevo ritmo al verso renqueante a la semana siguiente le parecía excesivamente previsible; la expresión con la que había logrado parafrasear lo que hasta ese momento le parecía torpe y fastidioso un mes después le resultaba caduca, imprecisa o artificiosa. En definitiva, se trataba de un poeta que había asumido la derrota de cualquier esfuerzo por afinar sus poemas, pero que, al mismo tiempo, estaba empeñado en no dar nunca el brazo a torcer. La mugre, en su caso, era una especie de pátina o aureola que lo rodeaba como si quien estuviera sentado allí, más que un poeta, fuera un derviche de la inmovilidad: siempre girando, girando, como los astros que no saben que llevan millones de años muertos. 

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