jueves, 5 de febrero de 2026

UN POETA MUGRIENTO EN LA MUGRIENTA CIUDAD

Inclinado sobre la mesa de la terraza en la que lleva sentado tanto tiempo que no recuerda a qué hora llegó, el poeta afina unos versos recién escritos; más que afinarlos, los relee, los mastica con la mente, los hace suyos y luego se desprende de ellos. Fijos en este cuaderno, se dice, lo mismo que yo estoy como atrapado en esta silla, no son sino corpúsculos incapaces de respirar. El poeta, ya anciano, sufre desde hace poco una leve insuficiencia respiratoria y se le hace fácil comparar su propio cuerpo, que fue siempre larguirucho, con los versos que se extienden como si quisieran dormir una siesta unos sobre otros, aplastándose, entreverándose, confundiéndose en la página mugrienta del mugriento cuaderno que los contiene. Están como los espaguetis cuando se pegan en el fondo del caldero, aventura, quizá porque se acerca la hora de comer y el desayuno de esta mañana fue más magro que de costumbre. El poeta no levanta la vista del cuaderno. Lleva puesta su chaqueta de siempre, comprada cuando aún vivía con la que fue su mujer en unas rebajas. En los bolsillos, pero eso hoy no lo recuerda, lleva un paquete de chicles y una baraja de cartas, que quizá no esté completa, desde hace ya unas cuantas semanas. Se le ha visto jugando a altas horas de la madrugada en un banco de la rambla unos solitarios. Lo mismo que ha desplegado los versos para volver a plegarlos sobre la página, o eso es lo que se imagina que ha hecho, en aquellas ocasiones dispone las cartas vertical u horizontalmente haciendo que rimen unas con otras según sus palos o sus números (sólo él conoce las reglas del solitario, que probablemente inventó cuando era joven). Se trata de un poeta al que no conoce nadie. Se cree que ha publicado dos libros con un intervalo de veinticinco años entre uno y otro. Su nombre, de lo más común, le ha servido para trazar la leyenda de que esos libros no son suyos, que fue otro quien los escribió, que no pudo ser él quien estaba detrás de todo aquello; pero, al parecer, alguna vez se le ha visto con algún ejemplar sobre la mesa, como si quisiera desmentir los infundios que él mismo inventó, como si también él, de vez en cuando, tuviera necesidad de reivindicarse como poeta. Han pasado ya tantos años, y las editoriales donde se publicaron esos poemarios son tan insignificantes (si es que no han dejado ya de existir), que nadie ha podido comprobar si efectivamente fue otro, como él afirma, quien los escribió, o si detrás de ese supuesto otro se esconde, con un nombre idéntico al suyo, él mismo. De todas formas, a quién puede importarle todo este asunto en una ciudad que no se interesa apenas por la poesía, por la literatura, por el arte ni por maldita la cosa que no tenga que ver con el fútbol, las procesiones y las verbenas populares. Alguien sentado así, inclinado como un cuervo o una gárgola sobre la mesa de una terraza, empuñando un bolígrafo en la mano derecha y sujetando con la izquierda un cuaderno mohoso en el que parece estar repasando los puntos sobre las íes, decorando los rabitos de las efes o empolvando la dudosa elegancia de las jotas, no tiene la menor posibilidad de que se fijen en él. Su vallinclanesca barba, su aceitosa pelambrera, sus lentes empañadas y unas ojeras como de no haber dormido en una semana lo aíslan entre el grupo de mesas arrimado a la jardinera acristalada. Dentro de su boca, en algún lugar entre el paladar y la garganta, gira desde hace unos minutos, un trozo de salchichón que el poeta confunde con esa sílaba que le falta para rematar un verso que siente incompleto. No se plantea que quizá sería mejor dejarlo así, ahí, flotante en un espacio intermedio, o al menos indefinido, como el trozo de salchichón hipersalivado, un verso que, por su misma manquedad, precisamente por apuntar a lo que falta sin que se tenga la seguridad de si cabría completarlo con algo aún inexistente, podría convertirse en una genialidad involuntaria. El poeta no los recuerda, pero ha habido casos similares. Escritores más o menos conocidos, en algunos casos genios consumados, en otros no siempre tan relevantes como hubieran merecido, pero en cualquier caso nunca menores, se han ganado la fama o el prestigio al dejar inacabadas obras a las que nunca se les ha reclamado una continuación que, tras la muerte de sus autores, no tendría ya ningún sentido. ¿O qué pensaríamos si a alguien se le ocurriera añadir algún capítulo a las obras inconclusas de Kafka? ¿O si algún jovenzuelo desvergonzado se atreviera a completar la novela que compuso Macedonio Fernández prefaciándola con más de cincuenta prólogos? ¿O si, por poner un último ejemplo, le diera a algún mocoso por presumir de talento añadiéndole capítulos a la Suite francesa que la pobre Irène Némirovsky no pudo concluir por razones que todo el mundo conoce? Los Süssmayr de la literatura serán siempre execrables. Pero, claro, el poeta asume que continuar la obra de otro que no es sino él mismo constituye un acto legítimo de creación literaria que nada habría de tener de autoplagio, palimpsesto, prórroga o coletazo final. Se ha montado en el verso que siente inconcluso y lo hace relinchar como a una yegua indomeñable. Aun encandilado por una última palabra que evoca en él la época más luminosa de su juventud, siente que podría seguir tirando del hilo para descubrir el otro lado, es decir, el momento más tenebroso de lo que le queda de vida. Considera ese verso como una extraña moneda cuya cara brillase como un sol del más íntimo fuego y cuya cruz proyectara la más lóbrega de las oscuridades. Ese es su debate: cómo seguir bruñéndolo para mantener unidas la luz y las tinieblas. Cuando el camarero pasa a su lado en dirección a alguna de las demás mesas ocupadas, los pasos que oye sin levantar la mirada le sugieren que debe seguir fatigando los lomos de las letras. Se encarama a una o para hacer equilibrios en su parte superior y desafiar la ley de la gravedad mientras su cuerpo se estira como el de un contorsionista para abarcar la totalidad de la letra y estar al mismo tiempo arriba y abajo. Si se encuentra luego con una uve, vence en él la fantasía de acurrucarse en el vórtice, abrirse de patas siguiendo la delineación de los vectores y tomar impulso para salir despedido como una piedra desde un tirachinas camino del infinito. Algo extraño le ocurre cuando llega ante una hache, pues se estremece como ante un trono inabordable en el que, sin embargo, quisiera sentarse para contemplar desde allá arriba el mundo a la vez que su persona se vuelve muda, invisible, inexistente. En su juventud quiso ser un mago, pero acabó trabajando como cajero en un banco. Siempre pensó que aquel destino, el de contar billetes, había sido una venganza de los dioses en los que no creía por haber aspirado a producir con sus manos las fantasías, los sueños y los inventos de su imaginación. Durante muchos años sintió cómo el papel moneda se deslizaba entre sus dedos como si careciera de valor: un billete pesaba lo mismo que otro, y cuando cerraba los ojos no podía distinguirlos. Era como rozar con las yemas una irrealidad hecha textura. Imaginaba los microbios que se desplazaban por entre sus poros, todo el sudor de quienes le habían precedido en la manipulación de los billetes de cien, de quinientas, de mil, de cinco mil pesetas, toda la mugre que en ellos se había acumulado, líquidos, alimentos, fluidos corporales, polvo, desechos, incrustaciones, ácidos, bacterias. Sentía en el fondo de su corazón que todo aquello debía transformarlo, si de verdad era capaz de convertirse en un mago, en una sustancia parecida a los sueños, formas que brotarían de sus dedos contaminados para iluminar el mundo gris que lo rodeaba, aquella caterva de oficinistas malévolos, corrompidos muchas veces por unos pocos miles de pesetas que afanar sin que el director de la sucursal se diera cuenta. La magia residía por entonces únicamente en su imaginación. En los momentos en que descansaba, sin billetes en las manos, cerraba los ojos y veía cómo sus dedos exudaban figuras irreconocibles, como los conejos que había visto sacar de una chistera a un mago al que su padre, cuando niño, lo había llevado a ver actuar en la trasera de la plaza de toros. Con el paso del tiempo, y sobre todo a raíz de su jubilación, se acostumbró a trasladar aquellas figuras imaginarias a palabras, palabras que escribía en cuadernos de tapas grasientas, palabras sobre las que volvía una y otra vez, acaso porque no le convencían del todo o, más bien, porque, a su modo de ver, no trasladaban con total precisión las figuras que había sentido brotar de sus dedos. Al principio pasaba las noches en vela recorriendo con su mirada mustia aquellos versos desvencijados. Luego, a medida que comprendió lo inútil de sus desvelos, se acostumbró a sentarse en diversas terrazas de la ciudad. No se sabe si buscaba allí la inspiración de lo exterior, cansado como estaba de la esterilidad de sus pesquisas hogareñas, o si lo hacía porque era consciente de que encerrado entre cuatro paredes no iba a dar nunca con el grial de la palabra exacta. El poeta, que, una vez que ocupaba una mesa no la abandonaba hasta haber modificado al menos uno de los versos que traía escritos, sabía, sin embargo, que aquellas operaciones eran siempre afanes inconclusos, pues lo que un día suprimía al siguiente lo recuperaba; la sílaba que una semana había descubierto para darle un nuevo ritmo al verso renqueante a la semana siguiente le parecía excesivamente previsible; la expresión con la que había logrado parafrasear lo que hasta ese momento le parecía torpe y fastidioso un mes después le resultaba caduca, imprecisa o artificiosa. En definitiva, se trataba de un poeta que había asumido la derrota de cualquier esfuerzo por afinar sus poemas, pero que, al mismo tiempo, estaba empeñado en no dar nunca el brazo a torcer. La mugre, en su caso, era una especie de pátina o aureola que lo rodeaba como si quien estuviera sentado allí, más que un poeta, fuera un derviche de la inmovilidad: siempre girando, girando, como los astros que no saben que llevan millones de años muertos. 

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