martes, 7 de abril de 2026

HABITACIONES DONDE PASAR LA NOCHE

                                                                                        (Con José Herrera y Alvin Lucier)

El que, después de comparecer durante el día, regresó en algún momento de la noche; permaneció escuchando el sonido del silencio, sentado en una habitación, el silencio de los mil agazapados sonidos de la noche; se reconcomió para no hablar, se tragó sus palabras, apalabró sus tragaderas, se desnudó sin mostrar de sus partes más de lo que sus partes hubieran mostrado de él; gateó, reptó, se arrastró por la tierra, escarbó bajo el solar, investigó las fibras que, dispersas en el humus, llevan amarradas a sus cintas de carne la sustancia de lo que vendrá; bebió lo que rezuma de cada supuración y se preguntó a qué sabía, cuál sería el siguiente sabor en la escala descendente del convite nocturno; ese, el que se introdujo entre los resquicios, el que rozó con sus yemas las vigas de encofrado, silueteó la memoria y puso de perfil todo horizonte; el que advirtió lo yacente, separó lo sobrante, salivó lo incandescente y se alió con lo bastante; quien supo irse y volver, quien descubrió que si se vuelve es sólo para marcharse, el que, de noche, sentado en una habitación, se quedó para probar y para aprender, para prender y aprobar, para desprenderse y desprobarse, para reprobarse y reprenderse. (1)

      (1)   Y así ad infinitum. Y ad libitum. Aunque, en realidad, este de quien se habla nunca llegó, así que tampoco pudo nunca marcharse. Amagó con llegar, envió a sus representantes, que informaron de que estaba en camino, si bien ciertos incidentillos sin importancia lo habían retenido a la mitad del tal, por lo que había hecho de él, del camino, su residencia, su habitación, su centro de operaciones y su radio de influencias. (1) 

(1)    En realidad, el camino donde se había detenido el viajero reptante era un bar, uno de esos bares de mala muerte donde ni la muerte es tan mala ni tan mala es la muerte, que viene a ser casi lo mismo, al menos desde el punto de vista de un ser que ya sólo está en condiciones de reptar. El incidentillo de marras, se conoce, fue una de esas últimas copichuelas de amanecida y el sonido del silencio un blues de nostálgicos acordes. (1) 

(1)     No llegó a saberse el nombre del tal bar, pero unos notas del barrio con los que yo (permítanme que me presente: narrador ecuánime, pero anónimo, de esta francachela) me encontré a los pocos días me contaron que nada, que fue por la calle de La Marina, ese bar que hace esquina, donde la vida fulmina y el amor no es sino inquina, etc. Los dejé ripiando solos y preferí seguir otro rastro, que me llevó al barrio de Buenos Aires. (1) 

(1)     El barrio de Buenos Aires era por aquellos días una barracópolis alimentada por flujos de población eminentemente rural desplazada hasta la periferia de la ciudad en busca de un futuro mejor. Cuando se habla de futuro mejor se pone en evidencia un desconocimiento flagrante acerca de las muy precisas coordenadas temporales en que transcurre la vida de los seres humanos. Lo único que puede ser siempre mejor es el pasado. El futuro, por no ser, no puede ni ser. El presente sólo puede ir a peor, pues, según los principios de la entropía, como quise explicarles al par de malotes que me encontré menudeando entre el polígono 4 y el 29 de Buenos Aires, la degradación es inherente a la línea temporal, si bien las variables del proceso pueden multiplicarse hasta el punto de que de vez en cuando se dé alguna excepción, lo que ellos dijeron entender cabalmente. (1) 

(1)      Quisieron saber más sobre el asunto, pero las excepciones al principio de entropía me parecieron muy complejas para aquellas mentes de barriada, por lo que nuestra conversación transcurrió por otros palos casi que tanto o más sesudos. Me enseñaron los dientes y les dije que toda aquella mugre tenía arreglo y solución. Me enseñaron las manos y les dije que no, que no había nada que hacer. Me enseñaron la cocorota y les dije que pocos eran los sabios que en el mundo… ¡sabían bailar la jota! (1) 

(1)       La jota. Ejem. Lo que pocos saben es que una jota es una jota es una jota. ¡Se empieza por la jota y se acaba enjotajamás! Tal vez por eso el abecedario no empieza por la jota. Si los abecedarios empezaran por la jota los cuentos no terminarían nunca con un reloj, un carcaj o una perdiz. (1) 

(1)       Érase una vez una espina que le dijo a su rosa: “Quiero oler como tú”. La rosa le dijo: “Ya hueles como yo”. La espina le dijo: “Demuéstramelo”. La rosa le dejó caer un pétalo. El pétalo cayó sobre la espina y perdió todo su olor. “Yo no huelo como tú”, le dijo la espina a su rosa. “Sí que hueles”, le dijo la rosa, “pero no lo sabes”. “Y cada vez que intentas saberlo”, añadió, “tu olor se desvanece”. (1) 

(1)        El que, después de comparecer durante el día, regresó en algún momento de la noche; permaneció escuchando el sonido del silencio, sentado en una habitación, el silencio de los mil agazapados sonidos de la noche…

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