viernes, 31 de agosto de 2018
miércoles, 1 de agosto de 2018
jueves, 19 de julio de 2018
EL TRADUCTOR
El traductor se despierta al amanecer. Va a hacer un buen día. El sol despunta sin una sola nube a su alrededor. Claridad. Luz sin ataduras. Calcinación de la materia para el renacimiento del espíritu. El traductor se prepara un café bien cargado. No desayuna, de momento, otra cosa, pues su sagrada labor debe comenzar en ayunas. “¿De qué lengua traduciré hoy?”, se pregunta. Repasa algunas de las menos frecuentes, con tradiciones poéticas sin duda valiosas pero poco conocidas en nuestro idioma. Romanche, galés, corso, esloveno, húngaro, bretón, gaélico, sami, letón, euskera. “Del letón”, dice. “Hoy voy a traducir del letón”. Consulta antologías de la poesía letona contemporánea. Lee a varios autores. Elige a Kārlis Blaumanis. Le seduce en sus poemas la irrupción de un mundo perdido, amado hasta la locura, en medio de la completa desesperación del presente. El traductor repasa su gramática letona. Incide sobre todo en los siete casos, especialmente en la sutil pero importante diferencia entre el instrumental y el locativo. Repasa también el vocabulario. Desempolva el refranero. Revisa sus conocimientos sobre la tradición poética letona, sobre la preceptiva métrica letona, sobre las figuras retóricas más frecuentes en la literatura letona. El sol se despereza. El mar resopla. Va a ser un día espléndido. Uno de esos días en los que cualquier texto que se traduzca reaparecerá mejorado en la lengua de llegada. Kārlis Blaumanis va a tener mucha suerte. ¿No dijo alguien que el mundo existe para desembocar en un poema y que todo poema existe para ser traducido? El traductor selecciona ocho textos de Blaumanis. Enviará sus traducciones a una revista argentina que las publicará en edición bilingüe, con notas al pie y con una breve introducción en la que el traductor resumirá la biografía del poeta y las características principales de su producción lírica. Al traductor le pagarán 8000 pesos argentinos por el trabajo, lo que no está nada mal en los tiempos que corren. El sol escala ya por el balcón. El cielo parece respirarlo y dejarse respirar. Los vencejos se desviven por anunciar la luz. Va a ser un día radiante, único, tal vez el más hermoso del verano. El traductor copia a mano los ocho poemas de Kārlis Blaumanis que va a traducir. Los lee varias veces. Se impregna de su sentido. Penetra entre las líneas. Se pierde en los paisajes de la lejana Letonia. En su pequeño territorio a caballo entre mundos contrapuestos. Se toma un segundo café. Siente un poco de hambre, pero se contiene. Esboza una versión de la primera estrofa de “Atmešana”, el primero de los poemas, que en español significa “El abandono”: “Sólo los que hemos atravesado la aurora de espaldas / sabemos hasta qué punto duele / llevar el corazón al otro lado del pecho / y no escuchar sino de lejos sus latidos.” La lee en voz alta. El resultado no le disgusta, pero hay algo que le rechina. No está seguro de haber conseguido reproducir la aliteración de las íes y úes letonas del primer verso mediante la de las aes españolas. Lee de nuevo el original: Tikai tie no mums, kas šķērsoja auroru mūsu mugurā. Corrige su traducción para incorporar otra a: “Tan sólo los que hemos atravesado la aurora de espaldas”. Ahora hay nueve aes por las diez íes y úes letonas, aunque haya tenido que añadir una sílaba. Retomará el verso más adelante. Se centra ahora en el último, donde la expresión “de lejos” no le termina de convencer. Ensaya: “y no escuchar sino a lo lejos sus latidos”. Esto se distancia un poco del original, pero mejora la prosodia castellana. Es verdad que parece como si ahora los latidos se produjeran fuera del cuerpo, y su sonido llegara desde allí al poeta que los escucha. En el original, sin embargo, los latidos (pārspēj) surgen de una parte del cuerpo a la que se le ha dado la espalda y por eso se escuchan lejanos, apagados. No importa. ¿No debe el auténtico traductor crear su propio poema a partir del original? Latidos provenientes de dentro o de fuera, en definitiva lo importante es que el poema que lean los lectores españoles, o argentinos, sea un buen poema, se parezca o no al escrito en su día por Blaumanis. Por cierto, ¿qué diría Kārlis Blaumanis, se pregunta el traductor, de este cielo que transpira, del mar desordenado allá abajo, del sol helénico cuya luz tamizada entre cortinas acaricia esta mesa en que sus poemas se transmutan y renacen? ¿Escribiría otra vez eso de “la aurora atravesada de espaldas”? “Vaya una manera de desdeñar la luz”, se dice el traductor, “por muy nórdico y letón que se sea”. Definitivamente, no entiende a los poetas que no se desnudan como neófitos para recibir la bendición de la caricia solar. Nunca los ha entendido, es más, los desprecia, por mucho que se vea obligado a traducirlos para revistas argentinas, bolivianas o españolas. “Sólo los que no nos hemos negado a sacrificar un pedazo de alma / en pro de la integridad del corazón / sabemos que los días no nos devolverán jamás / el recuerdo de aquellos a los que abandonamos”. “¿Esto es lo que dice literalmente el cretino de Blaumanis en la segunda estrofa?” Indignado, el traductor le da vueltas a lo que ha escrito. ¿Sacrificar un pedazo de alma no es sacrificar el alma entera? ¿Se puede salvar el corazón sacrificando el alma? ¿Qué empanada mental es esta? “O mis conocimientos de letón no son todo lo buenos que recordaba o este tipo se está contradiciendo”. Lo rehace: “Sólo los que no nos hemos negado a sacrificar el alma / para salvar la integridad del corazón / sabemos que los días no nos devolverán jamás / el recuerdo de aquellos que nos abandonaron”. Siguen pareciéndole unos versos romos, pero ahora al menos tienen sentido. Recuerda haber leído que en algún momento Blaumanis fue abandonado por su novia y que para combatir el dolor “decidió seguir amándola platónicamente para toda la vida”, según su biógrafo Arvis Menedis. ¿Pero no tenía otra forma de expresarlo? El traductor, que lleva ya más de una hora traduciendo estas dos primeras estrofas, decide hacer una pausa para desayunar. En la nevera encuentra huevos revueltos de la noche anterior, que se sirve en unas tostadas de pan integral. En este otro lado de la casa no hay tanta luz como en el despacho y el traductor aprovecha para intentar comprender mejor el mundo de Blaumanis, esas auroras atravesadas de espaldas, esas almas sacrificadas, esos latidos escuchados a lo lejos. Echa de menos los bosques, las estepas, las nubes de plomo, los obuses, los agridulces crepúsculos que asocia con Letonia. “Quizá debí de elegir a un poeta galés”, se dice. Acaso, en el fondo, lo que lamenta es que Kārlis Blaumanis se parezca demasiado a él, al traductor, y que al traducirlo no esté sino poniendo palabras a su propio vacío. Regresa a la zona noble de la casa. El sol está ahora justo delante de su cara, ya a una distancia inalcanzable para el mar. El sol lo mira y lo interpela. Es un rostro con el que, si se tuviera, podría intercambiarse luz. El traductor baja un poco la persiana, se concentra en la última estrofa. “Abandonar o ser abandonado es la clave de la vida, / al menos para quienes viven esperando / alcanzar la pureza que perdieron / a manos del dolor, en brazos del hastío.” Esto ya es demasiado. Las antologías describen a Kārlis Blaumanis como uno de los poetas letones contemporáneos más destacados, pero lo que ha traducido no pasa de ser cursilería en verso. “¿O será que no estoy captando todas las sutilezas?” Lo intenta de nuevo: “Abandonarse al abandono es el secreto de la vida, / al menos para quienes viven en la espera / de una transparencia que no fue nunca suya / en los tiempos de la desolación y del vacío”. No le disgusta esta nueva versión. “Va mejorando, ya lo creo”. La pasa a limpio. Al final, cuando haya traducido los ocho poemas, volverá a corregirla. Se prepara un tercer café. Son ya las once de la mañana. El sol es una gema que cuelga del cuello del cielo. Y el mar, un turbante de color índigo, sedoso. El traductor ya está preparado para abordar el segundo poema. Lo lee detenidamente, lo estudia. Cuando termine este día tan radiante y el sol haya vuelto a hundirse en el mar, convertido ya en un pozo de terrorífica negrura, el trabajo del día brillará en el cuaderno: ocho poemas de Kārlis Blaumanis traducidos por primera vez a nuestra lengua. Como si se les hubiera insuflado nueva luz. Una luz que ellos harán irradiar por el mundo.
sábado, 30 de junio de 2018
OJO AVIZOR
* Jesús Hernández Verano, Affatus. Exposición de la residencia artística Tarquis Robayna 2017. Museo de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife. Del 1 de junio al 7 de julio de 2018.
Nada voy a decir sobre la ausencia. Querer hablar sobre lo
que está atrapado en infinitas capas de silencio superpuestas solo puede ser
obsceno o ridículo. Los patios de atrás, las losetas descoloridas, las fuentes
secas, los codos y recodos del camino de los cuerpos tristes: emítanse ahí
alaridos, derrámense lágrimas desde lagrimales sin ojos o hágase retumbar el
eco por las cámaras que se encierran las unas en las otras; eso, solo eso o
mándense a mudar calladitos y en fila india todos los que crean saber decir lo
que aquí debe decirse, declamarse. Vates, críticos, artistas, comisarios: mutis
por el foro. Pero volvamos al principio. Sacúdanse las palabras de las palabras
mismas, lo mismo que los pigmentos, con los años, se sacudieron el polvo con
capas sucesivas de parasitarios pigmentos. Espolvoréense aquí las palabras con
el barniz más delicado y dígase algo como esto: pena más allá de la cual se
abren todas las posibilidades, pasión destinada a que los cuerpos se exalten en
su carne sufriente, gangrena de lo blanco contra las dentelladas del rojo desquiciado.
Huesos, carne, brazos, nucas, ojos, lenguas, bocas, dedos, labios, dientes,
pechos, manos, huesos, carne, brazos, nucas, ojos, lenguas. Descoyuntado, el
cuerpo declaró no estar en condiciones de levantarse para saludar: si acaso, exigió
que sus verdugos, una vez ejecutado el tormento, dejaran los maderos de la cruz
apoyados contra el muro y transformaran sus maldiciones en cánticos, bañaran las
llagas con sus lenguas de lobos destetados y formaran con la sangre recogida en
tales libaciones un mísero arroyuelo que desembocara algún día en el estanque
de las mitigaciones. Final, si lo hubo, que no satisfizo a ninguna de las
partes, pues ni las llagas curaron ni los lobos fueron aplacados; ni, mucho
menos, quedó mitigado lo que fuera que hubiera que mitigar en el estanque. Se
creyó buena idea atenuar entonces la luz para que la mirada pudiera atravesar
el paseo de la gloria sin ser fulminada. Venir a desvanecerse justo ahora, en
este instante en que parecía superado el desafío, no parecía la mejor de las
opciones para llegar intactos al final del suplicio. Y luego esto: yace un
corazón partido en dos sobre una mesa a la que se sienta un joven soldado. Su
víctima, otro joven soldado, yace en el suelo sin marca alguna de tortura. ¿Cómo
pudo serle extraído el corazón? ¿Acaso va a comerse el soldado victorioso el
corazón de su víctima? ¿Sobre qué más cabe meditar una vez que se ha cumplido en
otro ser el destino de uno? Preguntas que inadvertidamente nos planteamos sin
pretensión de contestar, pues lo importante aquí está en otra parte. Hay que
tumbarse a escuchar en el suelo. O bien sentémonos o, incluso mejor,
acostémonos boca abajo y dejemos que sobre nosotros se posen capas de tiempo,
costras de revelación, paños de silencio, sábanas de olvido. Envolvámonos con
ese sudario de todos los demonios durante el tiempo suficiente para expulsar de
nosotros a los demonios de compacta osamenta. No se irán lejos, pero al menos
nos dejarán por un tiempo solos con nuestros propios huesos, a los que podremos
preguntarles a través de nuestra carne de seda qué esconden en sus médulas, qué
hay más allá de sus formas sinuosas de uroboros siniestros. Callarán nuestros
huesos, pero nos ofrecerán flores. Con estas flores, además de dejar por
escrito que sean llevadas al pie de nuestras tumbas, traspasaremos el umbral.
¿Qué umbral? El que separa nuestro cuerpo mutilado de nuestro cuerpo inmutable.
El que se abre entre las palabras y los vacíos infinitos. El que se interpone
entre las sombras del deseo y los éxtasis de la carne. El umbral que está lejos
de todo y solo cerca de sí mismo. Las flores son la clave, amigos. Y el ojo
avizor. Sin ojo avizor no hay nada que hacer. Y aviso que sin nada que hacer no
hay ojo avizor que valga. Si lo hay, y si no hay nada que hacer, basta con no hacer
nada. Pues eso, no hacer nada, es lo que hacen las flores. Desaparecen de
nuestra vista cuando las miramos. Se desdibujan y quedan impresas en el fondo
de nuestros ojos. No de nuestro ojo avizor. Lo que está a la vista no significa
otra cosa sino que va a desaparecer para que no sigamos mirándolo. Lo que no
está a la vista encuentra su sentido en permanecer oculto para ser descubierto
en el momento menos pensado. Dicen que hay precipicios donde crecen las flores para
no ser vistas sino por las aves de paso.
viernes, 22 de junio de 2018
DE TRADUCTOR A EDITOR, CON UN ABRAZO (HOMENAJE A MAURICIO JALÓN)
Los
traductores estamos acostumbrados a trabajar en silencio, en soledad, “lejos
del mundanal ruido”. Practicamos una labor casi autista, una especie de retraída
cantería en la que cada piedra es labrada y trasladada de un lugar a otro no
tanto para construir sino para reconstruir a la vez que deconstruimos: pieza a
pieza, un texto desaparece para reaparecer transformado en otro texto. Solemos
perpetrar este tipo de operaciones casi clandestinas con la sensación de que el
resultado no estará nunca a la altura. Bifrontes, seres divididos, incluso
bífidos, aunque pocas veces venenosos, los traductores somos paladines de la
ambigüedad y titiriteros de las sombras, asumimos que nuestro trabajo implica el
uso dudoso de máscaras que deforman nuestras voces y sobrellevamos nuestra
silenciosa tarea con poca esperanza de que alguna vez nos comprendan. Cuando un
traductor se encuentra con un editor como Mauricio Jalón, experimenta algo que
se repetirá pocas veces en su vida: el toque finísimo de la complicidad, la
impresión de estar siendo escuchado y comprendido de verdad, una sabiduría compartida
de la forma más natural posible.
Cuando le propuse a Mauricio publicar la traducción de El paseo bajo los árboles nunca pensé que ese libro se convertiría en una auténtica promenade también para mí, un recorrido por nombres, autores, libros, vinculaciones, lecturas compartidas, descubrimientos. A través, primero, de cartas, luego de correos electrónicos y, por último, de encuentros personales en Madrid –creo que el primero fue en la cafetería-pecera del Círculo de Bellas Artes–, el libro de Philippe Jaccottet fue trenzando entre nosotros una amistad y una conversación que, a pesar de las distancias, se ha mantenido hasta hoy. Un traductor no está acostumbrado a que un editor se tome un libro tan en serio como para componer una exhaustiva cronología del autor, buscar las referencias de todas las citas, incluir notas explicativas de lo más pertinentes, revisar con solvencia la propia traducción y proponer sus sugerencias sin traza alguna de imposición o autoritarismo. Cuando Mauricio me regaló otros libros de la editorial Cuatro me fui dando cuenta de que el de Jaccottet no era una excepción: todos ellos eran libros singulares, en los que el editor había intervenido con suma discreción, con elegancia pero con pasión, para ofrecer una edición única, no sólo increíblemente rigurosa e inteligente sino también delicada, hermosa, como un regalo pensado para determinados lectores.
Amigo, cómplice, lector apasionado, conocedor sin igual del autor a quien el traductor está traduciendo, cuando se trabaja o se conversa con Mauricio se tiene la impresión de estar atravesando un bosque en el que a cada paso se pueden descubrir rincones sorprendentes. Recuerdo oírle hablar de Camilo Castelo Branco, de Agustina Bessa-Luis, de Juan Benet, de Yves Bonnefoy, de Foucault, por supuesto, de tantos otros autores pasados y presentes, y la sensación era siempre la de estar asistiendo a auténticas vivencias, a lecturas hechas desde lo profundo del ser que, quizá por eso mismo, eran capaces de compartirse y despertar tanta curiosidad, tanto deseo.
Me da mucha pena no poder acompañarte hoy, Mauricio, en este homenaje que te hacen tus amigos. Y agradezco a Félix Gómez Crespo la oportunidad que me ha brindado de escribir estas líneas para, de algún modo, poder abrazarte. Estoy seguro de que somos muchos los que, estando en deuda contigo por el saber y por los libros, queremos decirte hoy que lo que más nos conmueve es, sin embargo, tu amistad, esa pasión casi amorosa sin la que el saber y los libros no serían sino lugares comunes, sin alma, sin verdadera importancia. *
Cuando le propuse a Mauricio publicar la traducción de El paseo bajo los árboles nunca pensé que ese libro se convertiría en una auténtica promenade también para mí, un recorrido por nombres, autores, libros, vinculaciones, lecturas compartidas, descubrimientos. A través, primero, de cartas, luego de correos electrónicos y, por último, de encuentros personales en Madrid –creo que el primero fue en la cafetería-pecera del Círculo de Bellas Artes–, el libro de Philippe Jaccottet fue trenzando entre nosotros una amistad y una conversación que, a pesar de las distancias, se ha mantenido hasta hoy. Un traductor no está acostumbrado a que un editor se tome un libro tan en serio como para componer una exhaustiva cronología del autor, buscar las referencias de todas las citas, incluir notas explicativas de lo más pertinentes, revisar con solvencia la propia traducción y proponer sus sugerencias sin traza alguna de imposición o autoritarismo. Cuando Mauricio me regaló otros libros de la editorial Cuatro me fui dando cuenta de que el de Jaccottet no era una excepción: todos ellos eran libros singulares, en los que el editor había intervenido con suma discreción, con elegancia pero con pasión, para ofrecer una edición única, no sólo increíblemente rigurosa e inteligente sino también delicada, hermosa, como un regalo pensado para determinados lectores.
Amigo, cómplice, lector apasionado, conocedor sin igual del autor a quien el traductor está traduciendo, cuando se trabaja o se conversa con Mauricio se tiene la impresión de estar atravesando un bosque en el que a cada paso se pueden descubrir rincones sorprendentes. Recuerdo oírle hablar de Camilo Castelo Branco, de Agustina Bessa-Luis, de Juan Benet, de Yves Bonnefoy, de Foucault, por supuesto, de tantos otros autores pasados y presentes, y la sensación era siempre la de estar asistiendo a auténticas vivencias, a lecturas hechas desde lo profundo del ser que, quizá por eso mismo, eran capaces de compartirse y despertar tanta curiosidad, tanto deseo.
Me da mucha pena no poder acompañarte hoy, Mauricio, en este homenaje que te hacen tus amigos. Y agradezco a Félix Gómez Crespo la oportunidad que me ha brindado de escribir estas líneas para, de algún modo, poder abrazarte. Estoy seguro de que somos muchos los que, estando en deuda contigo por el saber y por los libros, queremos decirte hoy que lo que más nos conmueve es, sin embargo, tu amistad, esa pasión casi amorosa sin la que el saber y los libros no serían sino lugares comunes, sin alma, sin verdadera importancia. *
* Texto enviado para el homenaje que sus amigos, compañeros y discípulos brindaron a Mauricio Jalón, profesor de Matemáticas de la Universidad de Valladolid, además de historiador de la ciencia, pensador, editor y traductor, el pasado día 19 de junio en la Biblioteca de Castilla y León (Valladolid).
miércoles, 30 de mayo de 2018
viernes, 25 de mayo de 2018
jueves, 24 de mayo de 2018
martes, 15 de mayo de 2018
jueves, 3 de mayo de 2018
LAS OTRAS CRUCES
No las cruces hechas con flores, burguesas, ostentosas. Las cruces cursis, no. Las cruces escondidas. Esas, las que casi no se ven. Las recordadas sólo por los deudos. O las cruces locas, trastornadas, anémicas, cruces con el síndrome de Diógenes, rodeadas de ladrillos y botellas de plástico. Esas sí.
O las cruces que alguien cuida en medio de huertas y aljibes. Junto a las cañerías. Tres cruces de madera como un gólgota de juguete o de entretierra. Siempre hay algún secreto junto a estas cruces. Nos dicen algo, hacen que nos detengamos, nos advierten en un cruce de caminos: por ahí no, por ahí sí.
Y cuando queremos mirar a lo lejos, otra cruz: la que forman el horizonte y las montañas. Alguien se va, pero al marcharse deja un estela que se cruzará con otra: cruces y más cruces sobre el mar. Escapar es aquí sustituir las cruces de madera por las de espuma. ¿Cuáles prefiere? Escoja.
Subiendo, subiendo, encontré este aljibe que reflejaba las nubes –o lo intentaba– y que parecía a punto de convertirse en cementerio, él también, por obra y gracia de la cruz que se obstinaban en formar un tronco y una cañería. ¿Las cruces abastecen, pues? ¿Alimentan, irrigan?
Y ahora, el cíclope. O el tuerto. Con la boca a un lado y la nariz partida. En menudas pendencias no se habrá metido este pájaro. La cruz la lleva por dentro, claro, pero nadie va a venir a sacársela. En las cuencas de los ojos anidan, dicen, los cernícalos, esos pájaros de mírame y no me toques.
Este es el momento en que el caminante, cual náufrago gongorino, se inmiscuye en un formidable bostezo de la tierra, móvil modo linterna en mano, y se encomienda a la luz del otro lado, al ruido del agua –que ya no corre, pero él escucha– por la atarjea y a la protección de las ánimas benditas.
Llega por fin al pueblo de las escaleras. No valen aquí las teorías escalonadas de Cortázar. Cualquier peldaño que se suba da lugar a dos peldaños más que quedan por subir. Imagínense cómo es la cosa. Y, sin embargo, he visto, lo confieso, he visto a ancianos encorvados subirlas como locuelos.
Sí, tú mimetízate, rey. Que para ti esto es como coser y cantar. Escalones a mí. Ya sé que no te gusto. Voy en busca de un secreto y resulta que eres tú quien lo atesoras. Acabo de descubrirlo. Podemos jugar al ratón y al gato en este laberinto de peldaños grises, pero ya sabes lo que quiero. Y ahora, a correr, minino.
Y cuando queremos mirar a lo lejos, otra cruz: la que forman el horizonte y las montañas. Alguien se va, pero al marcharse deja un estela que se cruzará con otra: cruces y más cruces sobre el mar. Escapar es aquí sustituir las cruces de madera por las de espuma. ¿Cuáles prefiere? Escoja.
Subiendo, subiendo, encontré este aljibe que reflejaba las nubes –o lo intentaba– y que parecía a punto de convertirse en cementerio, él también, por obra y gracia de la cruz que se obstinaban en formar un tronco y una cañería. ¿Las cruces abastecen, pues? ¿Alimentan, irrigan?
Y ahora, el cíclope. O el tuerto. Con la boca a un lado y la nariz partida. En menudas pendencias no se habrá metido este pájaro. La cruz la lleva por dentro, claro, pero nadie va a venir a sacársela. En las cuencas de los ojos anidan, dicen, los cernícalos, esos pájaros de mírame y no me toques.
Este es el momento en que el caminante, cual náufrago gongorino, se inmiscuye en un formidable bostezo de la tierra, móvil modo linterna en mano, y se encomienda a la luz del otro lado, al ruido del agua –que ya no corre, pero él escucha– por la atarjea y a la protección de las ánimas benditas.
Llega por fin al pueblo de las escaleras. No valen aquí las teorías escalonadas de Cortázar. Cualquier peldaño que se suba da lugar a dos peldaños más que quedan por subir. Imagínense cómo es la cosa. Y, sin embargo, he visto, lo confieso, he visto a ancianos encorvados subirlas como locuelos.
Sí, tú mimetízate, rey. Que para ti esto es como coser y cantar. Escalones a mí. Ya sé que no te gusto. Voy en busca de un secreto y resulta que eres tú quien lo atesoras. Acabo de descubrirlo. Podemos jugar al ratón y al gato en este laberinto de peldaños grises, pero ya sabes lo que quiero. Y ahora, a correr, minino.
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Un escritor acababa de publicar un libro en el que compilaba los relatos escritos a lo largo de una década. Era un volumen grueso, desme...








