lunes, 26 de junio de 2017

BREVE DICCIONARIO DE POESÍA CANARIA ACTUAL

A



Aprendizaje: lento proceso mediante el cual un poeta canario interioriza un idiolecto procedente de otro poeta canario y lo transforma para adaptarlo a una realidad que, una vez completado el proceso, afirmará ser suya y exclusivamente suya. El aprendizaje en la poesía canaria termina siempre en una especie de ventriloquia: sobre la voz que se escucha --la voz del aprendiz inconfeso-- planea siempre la sombra de la voz de otro poeta, una voz superior e instigadora que, de alguna manera, dicta inconscientemente las palabras o, cuando menos, la melodía que las une. 



B



Baño: proceso de purificación ejecutado durante el verano en alguna playa por el cual el cuerpo de un poeta canario –no necesariamente atlético– se desmaterializa y se funde con la verdad del instante como si escuchara la llamada de los númenes telúricos. Un baño se realiza siempre al mediodía. Y el mediodía es siempre la morada de los dioses.



Beneplácito: acción mediante la cual un poeta canario concede a otro poeta canario el permiso para utilizar determinados rasgos de estilo que a partir de entonces lo identificarán como “miembro” de una determinada corriente. El poeta beneficiado con un beneplácito sólo tiene que escribir una reseña al año sobre algún libro del poeta benefactor; en algunos casos, basta con mencionarlo en una nota al pie o con invitarlo a un congreso.

Bucle: espiral de sentido mediante la que un grupo de poetas canarios puede sostener durante décadas las mismas e inalterables majaderías. Los bucles tienen en esta microtradición algo de las cárceles de Piranesi: los personajes que las habitan son los reyes de las sombras y emanan una fosforescencia que sólo los conduce cada vez más hacia el interior de su tenebrosa y autocomplaciente telaraña.



C



Can: estatuilla con forma canina hecha de telurio a la que algunos poetas canarios adoran a modo de ídolo y frente a la que, antes de escribir un poema, rezan una breve plegaria. En algunas ocasiones esa plegaria ha pasado a convertirse en el propio poema. A estos poemas prepóstumos se los denomina preces telúricas o cánones caninos.   




Concreta (poesía): estilo poético nacido en Brasil e imitado por poetas canarios de los años noventa con desiguales resultados. En homenaje a las Galaxias de Haroldo de Campos --aunque sin que necesariamente hayan leído ese libro--, estos poetas produjeron en unos casos galaxias a medianoche y, en otros, galaxias a mediodía. En algunos manuales se ha llegado a hablar de galaxitis. Lo más probable, en cualquier caso, es que el término galaxia sea para estos poetas una metáfora hiperbólica del archipiélago. Las islas serían, por tanto, soles, y los poetas, dioses generadores de la luz. Los autores de este tipo de textos son canarios concretos. Son entre tres y seis. Hay concretos mayores y concretos menores. Se considera barbarismo y no está aceptada por el Instituto de Estudios Canarios la expresión los concretos canarios.



Congreso: encuentro de tres o cuatro mesas redondas a lo largo de una semana organizado cada diez años –a veces cada veinte– por la sección de literatura de alguna institución centenaria de San Cristóbal de La Laguna. A los poetas que participan se los escoge según criterios contrastadamente objetivos y se busca en todo caso ofrecer la mayor pluralidad posible. Hay quienes afirman, sin embargo, que para organizar un congreso de poesía no hace falta saber una sola palabra de poesía ni media palabra de congresos. Los congresos de poesía canaria existen para que los poetas canarios se pongan finos los unos a los otros.   



Coralidad: subterfugio con el que los poetas menos dotados de una generación pretenden camuflar su medianía aprovechándose del lustre de otros miembros de la misma. En algunos casos, y con el paso del tiempo, la coralidad se ha revelado como un sistema de complicidades que permite a los poetas medianos ayudarse los unos a los otros a mantenerse a flote en los ambientes literarios.




Crítica: modalidad de escritura que en el caso de Canarias ha quedado reducida o bien al más empalagoso de los halagos o bien a la parodia más soez. La crítica de poesía es en esta comunidad autónoma especialmente repulsiva, pues ha elevado al olimpo a poetas pésimos, ha ignorado a poetas buenos, ha ridiculizado a poetas óptimos y ha dado a conocer a poetas que ni siquiera lo son.




D



Dios: escrito en minúscula, entidad simbólica frecuentemente utilizada por algunos poetas canarios para referirse a sí mismos como contempladores privilegiados de la realidad o, según otras interpretaciones, para aludir a la realidad misma transubstanciada por la mirada privilegiada del poeta. Completado a menudo con el adjetivo “diurno”, el término supone la cristalización más acendrada de toda una poética de la divinización del ser que constituye una de las líneas más radicales (o más radiantes, según otros manuales) de la poesía española actual.



E

Escritura: acto con el que la existencia cobra sentido y queda trascendida. Escribir no es simplemente emborronar unas cuartillas. Escribir es prometerse escribir. Escribir es proclamar que se escribe. Escribir es renunciar a escribir. Escribir en Canarias no es llorar: es, sobre todo, no escribir. 


Existencia: sinónimo de escritura en la poesía canaria actual. Para un poeta canario, existir es escribir. Sólo se existe para escribir. Y la escritura es la mejor de las existencias posibles. De hecho, aquellos que no escriben no existen. Y existir sin escribir es la mayor de las vilezas posibles. (Para la definición de escribir, véase la entrada anterior.)
 
F

Fiesta: revoltijo extático de luz o de palabras. Se usa casi siempre en las expresiones “fiesta del lenguaje”, “fiesta de la luz”, “fiesta de las palabras”. La poesía canaria es festiva por naturaleza. Es más, a veces ese gozo lumínico o verbal se denomina con el término aún más exultante de festín

G

Genio: sinónimo de poeta en la poesía canaria actual. La genialidad se demuestra sobre todo publicando lo menos posible. Es más, si un poeta logra publicar sin ni siquiera escribir su genialidad se considerará absoluta.  

H 


Hornada: grupo de poetas que se reúnen en los bares de San Cristóbal de La Laguna para recitar delante de un micrófono. Se habla, así, de la "hornada" de El Siete o de la "hornada" de El Otro o incluso de la "hornada" de Los Nibelungos Tristes. 


I



Isla: en la poesía canaria actual, porción de materia divinizada elevada a residencia mística de las potencias irradiadoras de verdad y protección. A la tautología “Una isla es una isla” los poetas canarios han respondido con valentía solar: “La isla soy yo”. A los habitantes de las islas puede llamárselos "isleños" o "insulares". La única diferencia entre un isleño y un insular es que el primero rezuma isla y el segundo ve islas donde no las hay. 



J



Jefe: dícese del ur-poeta, del poeta primordial del que derivan todas las temáticas y estilemas. La poesía canaria actual constituye una estructura jerárquica en la que las jefaturas se van distribuyendo según la cantidad de temas y recursos que se es capaz de poner en circulación. En última instancia, el jefe o ur-poeta de la poesía canaria actual es un griego llamado Odysséas Elýtis.



K



Kamikaze: poeta que dispara contra sí mismo, poeta que se estrella contra su propio destino, poeta que se lanza contra su propia sombra, poeta que desaparece en los abismos de su propia nada, poeta que combate su mismísimo y mesmérico ser. Los kamikazes afloran de vez en cuando en la poesía canaria, pero, por su propia esencia y condición, no duran mucho. El lema de los kamikazes es: Hacia ninguna parte.



L



Levedad: sensación de ingravidez que el poeta canario debe sentir inmediatamente después de la escritura de un poema. Se escribe para perder peso. Se escribe para sentirse más cerca de los dioses. Un poeta canario que no se vuelva más leve al escribir o no es poeta o no es canario. También puede ocurrir que sufra sobrepeso y quede, por tanto, exceptuado del duro precepto de la levedad.  



M



Mar: término que en la poesía canaria puede simbolizar la voz del inconsciente colectivo, la profunda imbricación coral de las mentes sintonizadas o el correlato objetivo de la conexión del poeta con las divinidades del fondo, oceánicas, tenebrosas. El mar es, de algún modo, el sueño eterno de los poetas-dioses canarios.

Metafísica: Preñez del ser acogotado por la luz, unción de soledad y de palabra, de una casa solitaria y de un desierto de juguete, misterio de la inconcebible materia encumbrada a puro perfil del aire por la pulverizada palabra de los poetas canarios. Metafísicas son la poesía, la pintura, la música, la fotografía, la danza, el cine, el teatro hechos en Canarias desde el momento en que las islas son también, por definición y sin remedio, entidades metafísicas.  


Ñ



Ños: Interjección que algunos poetas canarios utilizan en sustitución de la canónica "ah" o incluso, a veces, del elegante "oh". Así, hay versos de la poesía canaria que suenan de un modo tan curioso como: "Ños, el horizonte límpido bendice nuestros besos" o "Supiste, ¡ños, dios!, del declinar del día". 



O



Orilla: lugar definitorio de la insularidad en el que los poetas canarios suelen acampar en verano con el objetivo de escuchar lo que el mar viene a decirles al oído. Hasta la orilla llegan a veces naranjas (cosa que la mar no tiene), pero la mayor parte de las veces sólo llegan los pecios del gran buque naufragado de la poesía canaria, que sería algo así como una nave de los locos, pero con poetas en vez de locos.



P


Pintura: arte hermanado con la poesía que puede servirle a un poeta canario para una de las dos siguientes cosas: 1) Para practicarlo en los momentos en que no escribe poesía (y en estos casos el resultado es lo de menos; para ellos, como para Leonardo, la pintura es una “cosa mentale”); 2) Para escribir y conferenciar sobre arte, demostrando que con sensibilidad, unos cuantos poemas publicados y unos buenos contactos se puede ser el mejor crítico de arte de la isla aunque no se sepa casi nada de pintura.



Plaquette: publicación de tirada corta que todo poeta canario debe publicar al menos una vez en la vida y que algunos publican una vez al mes.

Poesía: género literario en el que las palabras surgen súbitas como chispas de una luz primordial y salvífica. Quienes nacen tocados por la magia de la poesía son seres iluminados, impolutos, sabios y silenciosos. Los "poetas", como se los conoce, son a veces tan silenciosos que se muestran incapaces de escribir absolutamente nada. Esa nada que no escriben pero que con frecuencia publican es un silencio precioso que debería ser admirado como la decantación más pura del lenguaje. El verdadero poeta es también, necesariamente, un excelente crítico de arte, de cine, de literatura. Puede ser también pintor, bailarín, músico. Puede ser lo que quiera, pues lo esencial ya lo lleva consigo: su capacidad de no decir nada sin por ello callarse nunca. 



Q



Quietud: estado místico alcanzado unas cuantas veces por dos o tres poetas canarios inmediatamente después de escribir un poema. Logran estarse quietos, es decir, no escribir nada a continuación. Nada de nada. En alguna ocasión la quietud ha sido total y han dejado de escribir para siempre. Ese tipo de quietud es la meta más sublime que un poeta canario puede ponerse a sí mismo.



R


Revista: publicación colectiva y periódica cuya finalidad esencial es dotar de pensamiento único, solidario, riguroso y coral a la poesía canaria, aunque para ello haya que arruinarse enviando ejemplares a México o a Francia, pagando honorarios a los colaboradores --que tienen derecho a cobrar por su trabajo, ¿o no?-- o supliendo con el propio bolsillo las subvenciones municipales que no llegan o llegan tarde y mal (¡Ej que no pue habé perras pa' to', mi niño!). Todos contra uno y uno contra todos: ese ha sido siempre el lema de las mejores revistas canarias.
  

S



Silencio: mecanismo retórico que permite acumular la mayor cantidad de palabras posible para decir lo mínimo imprescindible. La mejor poesía del silencio será, por tanto, aquella que, con el más suntuoso de los discursos, sea capaz de no decir absolutamente nada. 



T



Támara: véase “dios”. Canarismo en desuso que en algún libro se utiliza como epítome de la incandescencia matricial de la materia, es decir, como nódulo del que irradia la luz primordial del ser, del yo, del mundo y de la isla.

U



Ubicuidad: método o capacidad que les permite a los poetas canarios actuales participar en tres recitales al mismo tiempo sin que por eso se les eche de menos en ninguna parte.



Umbral: territorio difuso que algunos poetas canarios han confundido con no se sabe bien qué estado del espíritu con la exclusiva finalidad de parecer sublimes y apasionados. Quienes hablan de canto en el umbral hacen, así, el ridículo ante sus semejantes al proponerse como seres transmisores, iluminados y más sensibles que la mayoría.



V



Verdad: Conciencia de la realidad del mundo que un poeta canario, por el mero hecho de serlo, concibe en su mente y defiende a capa y espada por medio de su poesía. La verdad es aquello que justifica el poema. Y un poema es la sede más visible de la verdad. Poesía y verdad son, por tanto, en Canarias –ese otro “país donde florece el limonero”, como cantaba Goethe–, una sola e indisoluble cosa.  



W



Whisky: bebida que algún poeta canario bebe antes de recitar para que su voz suene borboteante, mística, irreverente y zafia.



X



Xilófono: instrumento de percusión que un poeta canario menor identificó en una ocasión con el brillo del sol repercutido en un acantilado a lo largo de todo un día. La majadería de tal comparación, tanto más cuanto que el susodicho no sabía ni papa de música, ha sido uno de los momentos más ridículamente sublimes de toda la historia de la poesía canaria.



Y



Yoga: conjunto de ejercicios que todo poeta canario debería realizar antes de componer un poema. El poema es el doble del cuerpo, ¿no? Entonces habría que disponer el cuerpo de un modo propicio antes de escribir. La incomprensión de este principio ha llevado a muchos poetas canarios a escribir gran cantidad de poemas sin cuerpo, sin eje, sin peso ni contrapeso. No en vano para algunos poetas canarios escribir una columna semanal es casi tan relajante como una asana



Z


Zen: Estética oriental a la que se adscriben unos cuantos poetas canarios que, tras haber leído alguna antología del haiku japonés y las Sendas de Oku traducidas al castellano por Octavio Paz y tras haber visto sin comprender nada tres o cuatro películas de Ozu, se declaran poetas zen y escriben a partir de entonces poemas de incalculable brevedad capaces de transformar el mundo con la callada por respuesta. La imagen emblemática del zen canario es una roca a la que se llega desde otra roca por un puente colgante hecho de bambú: en medio del puente el poeta canario ve saltar una rana, croa un breve poema, se calla, reza a un can, pim, pam, pum.

martes, 13 de junio de 2017

LAS COSAS


Es cosa de decir las cosas: las cosas que se ven, las cosas que se tocan, las cosas que se hacen, las cosas que se dicen, las cosas que se sienten, todas las cosas que, sin dejar de ser cosas, se transforman en otra cosa que cosas, en cosas que no son, en cosas que no se ven, en cosas que no se tocan, en cosas que no se hacen, en cosas que no se dicen, en cosas que no se sienten y, sin embargo, están ahí porque son cosas que estuvieron a punto de no ser cosas, que están ahí porque no eran cosas, sino otra cosa: qué cosa, las cosas, qué cosa, sí, qué cosa, y entonces intentamos aproximarnos a las cosas, verlas de nuevo a la luz nueva que nace junto a ellas, la luz de cada cosa, la cosa con su lumbre, la cosa con su orilla, su pátina de cosa, su transparencia, su certeza, su sombra, su palidez y su silencio de cosa, ese sombrero, qué cosa, esa lámpara, qué cosa, ese cojín, qué cosa, esa camisa, qué, qué cosa. Hay cosas en la vida, hay cada cosa, hay cada cosa en esta vida, cada cosa, cada cosa, que cada cosa que hacemos está sembrada de cosas, hay cosas de más y hay cosas de menos, cosas enteras y cosas sin coser, cosas en orden y cosas agitadas. Y cada cosa que dejamos de hacer por hacer otra cosa es una cosa que dice que las cosas importan, que no podemos decirnos “a otra cosa, mariposa” sin dejar de sentir la huella de esa cosa impresa en su cáscara, en su vacío de cosa no hecha, en su reproche de cosa por hacer, qué cosa, saber que cada cosa ocupa su lugar, cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa, dice mi madre que decía mi abuelo, cosas, cosas, todas esas cosas que quedan en el aire para que alguien las escuche mucho tiempo después, cosas que no se dijeron en vano, cosas legadas, cosas de antes que llegan a ser cosas de después, las cosas, sí, las cosas, eso tan importante que no sabemos cómo se llama y por eso lo llamamos así, con la palabra cosa, que es una de las más importantes que tenemos, la palabra cosa y la palabra casa, sí, esas dos palabras juntas son toda nuestra vida, y la palabra vida, la vida de las cosas de la casa, esas tres palabras juntas y la palabra palabras, palabras para la vida de las cosas de la casa, esas cuatro palabras juntas, qué palabras, qué cosas, qué vida la de esa casa de palabras de cosas que son palabras que son cosas. Porque las cosas no siempre son cosas. Las cosas son muchas veces el espejo de lo que no son. O el destello de lo que fueron. Cosas de nada, se decía antes. Eso es una cosa de nada, decían nuestros mayores para dar a entender las cosas que en su enorme importancia no importaban nada, las cosas que podían dejarse pasar pero que debían tenerse en cuenta si se quería mantener la vida en orden. Es cosa de pensar un poco las cosas. Una cosa es una cosa es una cosa. Ser, sí, lo son, las cosas, pero, más que ser, las cosas están, son porque están unas junto a otras. Esa cosa de ahí, la silla, esa silla que está junto a la ventana, esa cosa que no es la ventana ni la cama ni la pared ni la mano, esa cosa desnuda en forma de silla que no es tampoco la silla ni una pared ni una cama ni una mano, y que es todas esas cosas a la vez, cosa de silla, cosa de cama, cosa de mano, cosa de pared, ¿qué es? ¿Qué es esa cosa que sufre, esa cosa que mira, esa cosa que siente? Esa cosa de cosa, ¿qué es? ¿Qué es esa cosa de nada, esa cosa de mí, esa cosa de aire, esa cosa del ojo, esa cosa de piel? Cosas, cosas, cosas entre las cosas, cosas solitarias en medio de cosas solitarias, cosas dentro de cosas, cosas por fuera de las cosas, cosas de ahora, cosas de siempre, cosas con cara, cosas sin ayer. Las cosas nos miran y no sabemos qué decir. Miramos a las cosas y las cosas ¿qué nos dicen? Cosas por aquí, cosas por allá, cosas en casa, cosas en la calle, cosas dentro de mí, cosas olvidadas, cosas que recuerdo, cosas sin lecho, cosas sin ahora, cosas con futuro, cosas desde cuándo, cosas sin porqué. Más cosas no hay: sólo hay las cosas de ahora, de este mismo instante, cosas de un segundo, cosas o burbujas, cosas en el aire, cosas sin perfil. Las cosas nos circundan y las cosas nos hieren. Las cosas nos sobreviven y las cosas nos matan. Las cosas nos embadurnan y las cosas nos desvisten. Cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa. Las cosas del querer. Cosas de dónde y de cuándo. Cosas de cómo y de por qué. Es cosa de decir las cosas: esta mesa, ese lápiz, aquella baraja. Cada cosa es un mundo, no hay cosa que no podamos ser. Es cosa de ser las cosas, cosa de dejarnos ser.   

lunes, 12 de junio de 2017

POR LA GRACIA DE LA DESMESURA

Y así, un día descubrió un acceso de otro tipo. Llegó hasta el final de una calle sin salida. El lugar era glamuroso, uno de esos barrios de las partes altas de la ciudad desde donde el típico millonario local mira por encima del hombro –desde arriba, literalmente– al resto de sus conciudadanos. (Si fuera por esta gente, se dijo, privatizarían las calles, les pondrían cancelas y vigilantes, garitas y carteles de “Propiedad privada y exclusiva”.) Le extrañaba que, a pesar del lujo circundante, el muro que taponaba el final de la calle no estuviera revestido. Era una simple tapia de ladrillos medio escondida detrás de una jardinera. Por unas escaleras que daban al rellano de entrada del último edificio accedió a un pequeño pasillo exterior que se prolongaba hasta el lateral del muro. ¡Allí estaba, imprevista, la brecha! El pasillo terminaba a pico en una esquina del muro que, por alguna razón, había permanecido sin cerrar. Quizá los urbanistas hubieran debido obedecer una normativa municipal. Desde la esquina del muro en la que se encontraba vio la otra calle: ¡estaba a un nivel distinto, mucho más abajo! Creyó comprender que lo que allí se había planteado era un amago de comunicación, un principio de trasvase que difícilmente podía cumplirse dado que las dos calles se encontraban a diferentes niveles. Era extraño toparse con esa irregularidad: dos calles, una al lado de la otra, separadas por un muro, pero a alturas distintas, pertenecientes a sectores, a mundos radicalmente separados. No parecía que aquella brecha hubiera sido abierta por nadie en particular, no se trataba de una de esas aberturas practicadas por vándalos o por libertarios: era una brecha creada a propósito, una comunicación prevista de antemano. Eso era quizá lo más perturbador. Al asomarse a la otra calle tuvo que ser precavido: se encontraba casi tres metros por debajo. De algún modo, era muy fácil bajar hasta ella, pues el muro disponía de salientes mediante los que, con un par de zancadas, dejarse caer sin mayores percances. Al menos, eso fue lo que pensó. Sin embargo, más difícil parecía subir desde el otro lado: en el saliente más bajo no era fácil montarse salvo que uno fuera impulsado por alguien o se ayudara de cuerdas o de otro tipo de instrumentos. Esta clase de brechas no eran frecuentes en la ciudad. La compartimentación de los barrios se había llevado a cabo de modo que cada uno estuviera perfectamente delimitado y separado de los demás. No entendía bien el sentido de permitir el paso entre un sector y otro. Tampoco sabía si ese paso era utilizado habitualmente por alguien, pero era de suponer que, por lo antes mencionado, si lo era a la ida no lo sería a la vuelta, y viceversa. Todas estas averiguaciones, con las que entretuvo la tarde, no conducían a ninguna conclusión, se dijo, y mientras tanto observaba un coche que se había detenido al final del aparcamiento –la calle se ensanchaba para ofrecer a los vecinos un amplio aparcamiento que era casi privado; no cabía duda de que lo tenían todo muy bien pensado. Un hombre de mediana edad parecía concentrado consultando el móvil. Mientras estuvo detrás de la jardinera, en el margen izquierdo del muro, inspeccionando la zona de comunicación entre las calles, permaneció fuera de la vista de aquella persona. Si lo había visto llegar hasta allí, desaparecer en lo que parecía la entrada del edificio para después continuar por el pasillo hasta deslizarse en la brecha que unía las dos calles, habría pensado que se trataba quizá de un perturbado, o de alguien que no albergaba buenas intenciones, incluso, pensó, podría haber pensado que se trataba de algún tipo de inspector municipal en el ejercicio de sus funciones pese a lo tardío de la hora (pues, como todos sabemos, en este ayuntamiento no se descansa nunca). Al volver de detrás del muro –si bien no era exactamente de “detrás” del muro de donde volvía, sino de “al lado” del muro o incluso de “dentro” del muro–, tuvo la impresión de que aquel señor lo había estado observando aunque continuara consultando concentradamente el móvil. Volvió sobre sus pasos. Llegó al principio de la calle y se giró. Desde allí nadie podría decir que todo aquello era cierto, que había una posibilidad de asomarse a una calle que no se adivinaba, una calle de otro mundo a tres metros por debajo de donde uno se encontraba; pensó que ese era quizá el sentido de todo aquello: ofrecerle a alguien como él, un simple paseante distraído, un hacedor de pasos, un mirón cualquiera sin intenciones sexuales, la oportunidad de descubrir algo, aunque ese algo fuera tan baladí como una brecha entre dos calles, algo nimio e inofensivo que, una vez descubierto, se transformara, por la gracia de la desmesura, que es lo mismo que decir que por la magia del arte, en un pequeño tesoro personal.   

miércoles, 10 de mayo de 2017

UNA ESPECIE DE RELÁMPAGO




Nos encontramos esta noche en una situación extraña: estamos hablando de una exposición que ya no está, presentando un catálogo que resulta ser el testimonio de unas piezas que habitaron, como invitadas, un lugar concebido para otros fines. Sucedió entonces, en aquel tiempo mítico que quienes lo vivimos recordamos como irrepetible, que este lugar se transformó en otra cosa: en un espacio de reflexión, no digo de pensamiento, digo de reflexión, que no es lo mismo. Un espacio desde el que uno podía pararse a contemplarse o a escucharse a sí mismo, pero no como en un espejo, sino como en una encrucijada, más allá de lo que diariamente sabemos de nosotros, por fuera de lo que creemos ser, del otro lado de lo que encarnamos para quienes nos conocen por lo menos un poco. La reflexión se producía en el interior de un espacio por el que circulábamos con una cierta perplejidad, con precaución, pues estábamos al borde de lo frágil, como en aquel cuadro de Giorgione en el que está a punto de estallar una tormenta y todo se ha fijado en una espera amenazante. Se producían silencios aunque no los deseáramos y nos veíamos flotando entre sombras que no habían producido nuestros cuerpos. Afuera, en aquel espacio de allá, el barranquillo de lo cotidiano, el asfalto de las inclemencias, el chisporroteo de todas las fugacidades, nada había cambiado. Lo que aquí ocurría era como un reflejo de un cambio que sólo se había dado en el interior de cada uno. Así, si uno se detenía a pensar quizá no llegaba a ninguna conclusión más que la de encontrarse en un momento distinto de su vida, uno más; sin embargo, el paso siguiente, el de la reflexión, implicaba un movimiento hacia el interior, un paso atrás, podríamos decir, o un paso al lado, un ejercicio de desmemoria en medio de todos los recuerdos. Quiero decir que algo así, un cambio de esta especie, no significaba volver a ningún estadio anterior ni que uno se convirtiera súbitamente en otro; tampoco era un desdoblamiento ni una mascarada. No, no, nada de eso. De lo que aquí se trataba era de una decantación, de un lento apartamiento de capas sucesivas, como si en algún momento fuéramos a encontrarnos con el hueso último de nosotros mismos, con nuestra propia sustancia reducida a cero. Recuerdo que era aquel un tiempo de infiltraciones: había que dejarse poseer por verdades contrarias a las propias creencias, había que entrar en pasadizos laterales que desembocaban en cámaras recónditas. El lugar de magia nos había brindado la posibilidad de soñar sueños que no eran previsibles, que ninguno de nosotros debía haber soñado porque quizá no eran esos los sueños que nos convenía soñar o los que nuestras vidas requerían en aquellos momentos. ¿Dependía entonces todo de que ese lugar, ese universo transformado en un juego de esferas reflectantes, se prolongara en el espacio el tiempo suficiente para alcanzar la decantación definitiva? Así lo pensé en alguna ocasión, me dije que era necesario insistir y dejarse llevar cada vez más adentro hasta el torbellino final en el que la mente se desharía de todas las adherencias. Lo que no sabía, sin embargo, era que ese lugar, así transformado, era una especie de relámpago. No existía propiamente en el espacio, era un mera fulguración, un instante de intensidad en nuestra precaria existencia. Bastaba haberse acercado una sola vez hasta aquí para sentirse desnivelado, para desconcretizarse, para ignorarse a sí mismo, en el sentido en el que el poeta Philippe Jaccottet ha hablado de ignorancia: es decir, como conmoción expandida, como síntoma de una disponibilidad absoluta, como espejismo de una sabiduría sin conocimientos ni saberes. Díganme entonces si no resulta extraño estar ahora aquí, en esta situación en cierto modo póstuma: desmaterializada la costra que nos envolvía durante la fulguración, aquella fijeza, y celebrando el testimonio escrito, visual, de esos instantes de desrealización, de espesura, hubiera dicho Juan de la Cruz, que aquí fueron vividos. Seríamos ahora, de alguna manera, los fantasmales apócrifos de aquellos seres afortunados, intrusos en el festín de las decapitaciones, por evocar a Lezama Lima y no dejar así títere con cabeza, en esa cena de luz masticada en la pulpa de la verdad vacía, ese rito de ratos y de retos rotos una y otra vez frente al muro que ciega, frente a la atronadora caída de todas las certezas. Pese a lo cual, pese a nuestra mortaja de cadavéricos revenants, podemos hoy, de alguna manera, presentarnos ante ustedes como portadores o manipuladores de uno de esos hilos de mil puntas con que fueron cosidas aquí las imágenes para que no fueran sólo imágenes: para que, al trasluz, con la irrelevancia de lo que no pesa y la dignidad de lo que no existe, podamos ofrecer el testimonio de un viaje a ninguna parte. A ninguna parte, sí, porque es ahí adonde hay que atreverse a viajar. No supongan, sin embargo, que resulta fácil hablar de algo que fue como una vuelta de tuerca del silencio: lo que la memoria contiene, desbocada, es un camarín de sinuosidades, un territorio vago en el que las cosas sucedían al instante, pero sucedían no es el verbo, quizá mejor aparecían o sobrevenían, pues no había preparación ni consecuencia. Imagínense un lugar en el que lo que se cuece es justamente la pregunta por la propia existencia del lugar, del cuerpo, del instante. E intenten figurarse una mente que crea ese lugar, ese cuerpo y ese instante en el interior de la nada en que se ha convertido. Algo así era Tinnitus.*


* Texto leído el 28 de abril de 2017 en Bibli durante la presentación del catálogo de la exposición Tinnitus, de José Herrera y Luis Palmero. 

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