Antes de volver a subir a la azotea, acuérdate de anoche: nada más abrir la puerta y dar el primer paso sobre las losetas exteriores, miraste al cielo, en dirección a la vertiente sur, y viste un filamento de luz, un mínimo resplandor que asomaba en ese preciso momento entre las nubes. La luz que así surgía fue aumentando y adquirió la forma de una barca: la proa afloraba con firmeza, como conducida por un timonel experto e invisible, y se dirigía hacia las montañas rebosantes de luminarias que no eran otra cosa sino las luces de las edificaciones y las farolas de las calles. La barca de la luna seguía sobresaliendo, cada vez con más pericia, de entre las nubes, que parecían una especie de mar de aguas espesas, no turbulentas pero sí cargadas de un peso que la barca debía superar, hender, apuntando con su proa hacia el cielo que podía adivinarse detrás de las montañas. Acuérdate. Hasta que, cuando volviste a girarte –porque no quisiste quedarte todo el tiempo mirando aquel viaje al que no estabas invitado–, la luna, cóncava como una trirreme o como una antigua nave egipcia, se había liberado por completo y resplandecía exenta, imponente, en medio del cielo, acuérdate, allí, en un claro entreabierto entre las nubes, en el corazón de un mar de aguas oscuras que parecían rodearla amenazantes. Así que seguiste fumando, despreocupado de lo que ocurría a tus espaldas. Miraste hacia la ventana en la que se transparenta a veces un torso dorado que, a punto de irse a dormir, capta toda tu atención con sus movimientos de felino encerrado tras las persianas entornadas. No estaba encendida anoche aquella ventana, así que recorriste con la mirada las azoteas de los alrededores, el cruce de la calle en la que vives con la avenida que circula en dirección al mar, las aceras, por las que transita a veces alguien que viene de trabajar en los hoteles o regresa a su casa una pareja acaramelada, pero que en aquel momento lucían solitarias. Y luego, aburrido de ese panorama que tienes más que visto cada noche, te volviste de nuevo hacia el lado del sur, acuérdate, y viste, como cuando saliste por primera vez anoche a la azotea, un filo irisado, el borde de una nube que ardía como si una antorcha lo estuviera alumbrando por detrás. ¡Y era otra vez la barca de la luna que, como si jugara contigo, había vuelto a esconderse tras las nubes, bajo las aguas de aquel mar de allá arriba, y aparecía ahora cautelosa, pero firme, impulsaba su proa con su mascarón de alabastro como si unos grumetes estuvieran tirando de ella con unas cuerdas desde la popa, y parecía ahora aún más decidida a dejar atrás todo aquel mar proceloso! La viste, acuérdate, y era una barca de verdad, o el sueño de una barca de verdad, aunque estuvieras despierto, y transportaba la luz de un lado al otro del cielo, de un mar a otro mar, a través de las montañas, sobre las habitaciones dormidas de los vivos y sobre los dormitorios despiertos de los muertos. Y tú estabas allá, en mitad de la azotea, sin sentirte ni vivo ni muerto, mero testigo de un viaje que duraba milenios, incapaz de montarte en aquella embarcación que, sin embargo, lo sabías, podía llevarte muy lejos, allí donde te esperaban todos aquellos que habían partido antes de ti, todos quienes, después de ti, algún día, habrían de llegar.
TRAVESÍAS
Cuaderno de apuntes de Rafael-José Díaz
sábado, 29 de noviembre de 2025
viernes, 28 de noviembre de 2025
jueves, 27 de noviembre de 2025
lunes, 24 de noviembre de 2025
domingo, 23 de noviembre de 2025
TESTIGO MUDO
Durante mucho tiempo me mantuve en silencio. Hojeaba los libros, de vez en cuando. Pasaba los dedos sobre sus cubiertas, deploraba algunas manchas que no recordaba haber visto en ellas, sin darme cuenta de que llevaba muchos años sin sacarlos de las estanterías en las que parecían haber estado durmiendo toda una eternidad. Me decía que algo así, una especie de sueño eterno, era lo que podía atribuirse a esos libros que estaban escondidos detrás de otros, encajonados al fondo de los estantes, como si ellos mismos hubieran decidido perderse para siempre. Me asombraban en algunos las dedicatorias, que no recordaba, o me sorprendía al recordar alguna casi literalmente. Jugaba a adivinar cuáles estaban dedicados y cuáles no. Los hojeaba normalmente con serenidad, en una ceremonia íntima que, en cierto modo, me reconciliaba con mi propio pasado. Leía algunas líneas subrayadas e intentaba adivinar por qué esas y no otras habían sido las elegidas. A veces recordaba el lugar donde los había comprado, una librería a la que había llegado de casualidad, paseando por algún barrio desconocido de la ciudad que estuviera visitando por entonces. Otras veces ni siquiera recordaba tener aquel libro. Sujetarlo entre las manos, incluso comprobar, por la fecha inscrita en la última página, que realmente lo había leído, se convertía en algo casi fantasmagórico. Hacía esfuerzos por acordarme del lugar donde lo había leído, si era en algún café o en una de las viviendas que había habitado, si estaba de vacaciones en el apartamento del sur o si me encontraba de viaje en el extranjero. Todos aquellos libros que ahora iba extrayendo uno a uno del fondo de la estantería se habían convertido en la existencia final, definitiva, de quien los había escrito: eran ya su único rostro. Era misterioso que alguien a quien había visto hablar, reír, alguien con quien había estado cenando o paseando después de cenar, alguien con quien había permanecido en silencio, mientras la luz se escapaba por las rendijas de las persianas que daban a un jardín, alguien de carne y hueso, con sus virtudes y defectos, alguien de quien me había despedido tantas veces y que, al hacerlo, me había transmitido el calor que cualquier mano infunde por el mero hecho de serlo; era misterioso, decía, que alguien así se hubiera quedado reducido a un conjunto de libros recluidos en un rincón de mi biblioteca. Y que esos libros hubieran permanecido allí durante tanto tiempo aunque, en cierto modo, estuvieran también dentro de mí, en la memoria que de ellos conservaba por haberlos leído en diversos momentos de mi vida, frases que me sabía de memoria, pausas que había hecho al leerlos entonces y que ahora, al releerlos después de tanto tiempo, volvía a hacer aunque no estuvieran pautadas sobre la página, todo un ritmo que se había transformado en parte de mi respiración, en parte de mi propio cuerpo, imágenes que me habían hecho soñar con otros mundos, visiones que había trasladado a lugares en los que ninguna visión parecía posible y que, por eso mismo, conservaban una fuerza que parecía volverlas indelebles.
Durante mucho tiempo me mantuve en silencio. Recordaba que en alguna de las cajas que había guardado en un trastero tras mis muchas mudanzas se encontraban las cartas que había recibido. Nunca había vuelto a leerlas. Debían de ser unas veinte. Fueron enviadas en una época en la que no existían los correos electrónicos. Algunas, de eso estaba seguro, eran manuscritas, y otras estaban escritas a máquina. En los sobres que las contenían debían de estar pegados todavía los sellos, que en aquella época lo eran de verdad, con sus matasellos de tinta negra estampados sobre las efigies del rey o de algún otro personaje ilustre. Recuerdo que me había comprado un abrecartas de carey. Sacaba las cartas del buzón situado en el vestíbulo de la residencia universitaria en la que vivía por entonces. Tras entrar en mi habitación y depositarlas en la mesa que daba a una ladera de la colina, las abría y las leía como si en aquellos momentos estuviera recibiendo una visita de muy lejos. De vez en cuando, miraba los manzanos que florecían en los jardines de enfrente. Quien haya vivido solo durante mucho tiempo, en el extranjero, sabe que recibir cartas de vez en cuando es uno de los placeres más extraordinarios que existen en esas circunstancias. A veces me demoraba antes de abrirlas, pues quería degustar esa sensación previa al encuentro, como quien sabe que ha venido a visitarlo un amigo y lo hace esperar en el vestíbulo mientras se recrea en la habitación de arriba, antes de bajar, con las alegrías imaginarias que dentro de muy poco serán de verdad, degustando los abrazos o los besos que se darán al verse después de tanto tiempo, posponiendo esa innombrable satisfacción acaso para poder recordarla después con mayor intensidad. Lo que las cartas en sí decían no era tan importante como el hecho de recibirlas, como haberlas esperado durante semanas, como haberlas deseado y tenerlas ahora entre las manos, dentro de esos frágiles sobres que ocultaban un mensaje secreto, acaso un dibujo regalado para combatir el invierno, o un poema escrito a mano con una letra que nos retrotraía a aquel mundo dejado atrás, a otra época que casi empezábamos a olvidar.
Durante mucho tiempo me mantuve en silencio. Que sean otros los que hablen, me dije. Yo estoy cansado de hacerlo y no sé bien para qué puede servir hablar si no creo tener nada que decir. Interrogar las imágenes que llegan a mí en ráfagas inesperadas es tarea más que suficiente para estos tiempos de silencio. Asisto con asombro a la apropiación que algunos hacen de un legado que creen que les pertenece. Se imaginan quizá que fueron elegidos para dar testimonio, pero el testigo no puede nunca ser designado. El testigo lo es siempre a su pesar. No hay legado que podamos considerar nuestro salvo el que se nos impone contra nuestra propia voluntad. Los libros de una vida se cargan con la impaciencia de quienes desearían desprenderse de ellos para aligerar sus mercancías en una larga travesía por el desierto. Es un almacenaje que nos interpela. Nos dice un libro: no eres digno de que yo esté frente a ti porque en mí reside un secreto que tú nunca sabrías desentrañar. Nos dice una carta: guárdame de nuevo en el sobre de donde me sacaste porque el mensaje que traigo era para otro que ya no eres tú. Así que lo difícil es saber estar a la altura de ese legado envenenado. A veces quisiéramos haber perdido esos libros. Con uno, dedicado, lo recuerdo bien, me ocurrió eso en un traslado en barco hasta el continente. Llevaba en el coche un saco con unos veinte libros que iban a ser mi alimento durante los meses que seguirían. Pero el primer día, mientras pasaba la noche en una triste pensión gaditana, asaltaron el coche, rompieron una de las ventanas y se llevaron, además de la maleta con la ropa, el saco con los libros. Tardé un par de años en comprar un nuevo ejemplar de aquel libro, pero este pálido sustituto quedó sin dedicatoria y fue leído bajo la mustia impronta de aquella sustracción. Era ya otro, otro libro. No era el que podía hablarme específicamente a mí como lo hubiera hecho aquel otro. Más o menos así tendría que gestionarse la sensación de tener que ocuparse del legado de quien nos ha dejado para siempre, de quien nos ha dejado, como única herencia, libros, cartas, manuscritos. Como en aquel libro que narraba cómo el propio protagonista se lo comía y, por tanto, el libro desaparecía dentro del protagonista y, a su vez, el protagonista desaparecía dentro del libro, se trata de adoptar la distancia adecuada para que el testimonio que nos creemos obligados a dar no nos termine devorando antes de deponerlo. Abriré la caja y revolveré entre las muchas cartas que contiene. Cuando encuentre la que busco, me quedaré en ese umbral entre la carta y mis ojos, me mantendré contemplando el sobre con mi dirección de entonces inscrita bajo los sellos. Imaginaré las palabras interiores. Haré que la lectura sea digna del silencio y que el silencio me permita mantener a raya la lectura. Devolveré cada uno de los libros extraídos al rincón en que dormían el sueño de los justos. Ya no pueden enseñarnos nada. Las sorpresas que nos brindaron lucen apagadas por el obstinado recuerdo de las primeras lecturas. Los versos deslumbrantes siguen iluminándonos por dentro y no nos darán más luz por mucho que los releamos. Este es el único legado del que puedo ser digo: dejar que quien durante mucho tiempo estuvo presente y durante mucho tiempo después, ausente, se quede flotando en ese limbo de la memoria imperfecta. Llevaré conmigo el legado de lo imprevisto: las manchas de humedad en las cubiertas, las correcciones de erratas hechas a mano, las dedicatorias que empiezan a palidecer, las palabras que esas cartas nunca releídas nos tienen reservadas, como si un mediodía se oscureciera de pronto, por causa de un eclipse o por habernos quedado ciegos de repente, condenados a un silencio que sabe más de nosotros que cualquier luz, que cualquier palabra leída sobre una página.
viernes, 21 de noviembre de 2025
EL ESTADO INTERMEDIO
Para Carlos A. Schwartz
I
En este exacto punto del universo
donde el cuerpo no siente ahora mismo
ningún tipo de malestar
pese a los cincuenta y cuatro años
recién cumplidos que lleva sobre los hombros
la brisa ligera que sopla
lo envuelve como un gran abanico
invisible y el cuerpo por lo tanto
siente el deseo de que el tiempo no corra
como si la quietud pudiera volverse eternidad.
II
Pero la brisa se transformó en un viento
racheado que llevaba gotas de lluvia cejada
y el cuerpo empezó a estremecerse
con leves escalofríos y una sensación
de estar sin necesidad a la intemperie
pudiendo recogerse en cualquier lugar cerrado
como por ejemplo el centro comercial que había enfrente
donde un vestíbulo con unas escaleras
invitaba a transformarse en un posible cliente
dispuesto a comprar su bienestar en las rebajas.
III
Y quien escribe con buena letra “el cuerpo” y “la intemperie”
contempla lo que lo rodea como desde un lugar muy lejano
aunque al mismo tiempo se sienta en medio de las cosas
como el fotógrafo que se detiene frente a un escaparate
buscando que el reflejo contraponga a la ausencia
la figura de un cuerpo que prefigura su muerte
mientras los maniquíes muertos que desde dentro lo miran
lo invitan a su doble refugio imposible
así que el que escribe busca un estado intermedio
para el cuerpo que flota entre bienestar e intemperie.
Nota: Mientras, sentado en una terraza cercana a la Plaza del Príncipe, me encontraba escribiendo en unas servilletas de papel este poema --en concreto, en el momento exacto en que estaba terminando la segunda estrofa--, vi pasar a mi amigo el fotógrafo Carlos A. Schwartz. Se detuvo al comienzo de la calle Emilio Calzadilla y enfocó con su cámara el escaparate de una tienda de uniformes. Enseguida supe que esa imagen --la imagen de Carlos frente al escaparate-- debía incorporarse al poema. Y que, de este modo, se abrirían varias capas de miradas diversas que lo harían expandirse hacia el interior y el exterior de sí mismo. En aquel momento no quise saludar a Carlos para no distraerlo de su actividad fotográfica. Llegué a pensar que frente a aquel escaparate se había limitado a ensayar una fotografía, a enfocar, a representarse mentalmente cómo podría crearse la imagen en su cámara. Pero, cuando una hora después le mandé, fotografiadas, las servilletas en las que había escrito el poema (las incorporo también a este post), me respondió adjuntando la fotografía que de aquel escaparate había realizado. El círculo se cerraba, así, con esa imagen que el poema imagina y que, entre el bienestar y la intemperie, hace que el cuerpo, por un instante, se quede flotando.
domingo, 9 de noviembre de 2025
UNA CONVERSACIÓN
Que sí era posible hablar como con un lenguaje desprovisto de materia, dijiste. Y yo te miraba sorprendido, pues acababa de escuchar la Sinfonía Pastoral, de Beethoven, al menos sus tres últimos movimientos (ya estaba empezada cuando sintonicé el programa de radio que la emitía); y me decía, mientras me hablabas, que incluso aquellas notas casi susurradas, aquellas cadencias, aquellos pizzicatos que me habían evocado, mientras conducía, el ondear del viento sobre campos de colza o de lavanda (Jena, Grignan) no podían formarse sin una materia sonora. Y tú insistías (¿quién eras tú?) en que podía existir un lenguaje tan puro que partiera de los cerebros o las almas y llegara a otros cerebros u otras almas sin necesidad de un soporte físico, una especie de telepatía que, aclarabas, tan solo era posible en el terreno de la poesía, y no de cualquier poesía. Yo, que me había quedado unos minutos dentro del coche, en el garaje, esperando a que finalizara la Sinfonía Pastoral, a la que le siguieron unos aplausos tímidos, sobrecogidos, te escuchaba ahora en la calle, antes de dirigirme a casa, e intentaba imaginarme a qué te estabas refiriendo. Recordé que, si era verdad que el sol se convertiría dentro de cinco mil millones de años en una enana blanca, nada de cuanto creáramos, escribiéramos, grabáramos o dibujáramos quedaría como testimonio de nuestra existencia en el universo. ¿Era aquel lenguaje, aquella inscripción en el vacío, aquel conjunto de signos silenciosos pero reales lo que nos permitiría sobrevivir como especie? Me preguntaba de qué modo podríamos hacer viajar a través de las infinitas galaxias un habla de esas características, y si era posible que esa especie de lenguaje incorpóreo fuera universalmente comprensible. Pero para esto no tenías respuestas. Tu voz se había callado. Pasé junto al supermercado, donde un perro atado a la barandilla de la escalera lanzaba lastimeros gemidos mientras miraba hacia el resplandeciente interior del negocio. Continué por la siguiente calle: habían renovado el comedor de un viejo hotel y a través de las nuevas cristaleras podía verse, como en una pecera, a los comensales que ocupaban las mesas y se comunicaban en distintas lenguas que solo un políglota capaz de leer los labios podría comprender. Cerca ya de mi casa miré hacia una de las ventanas del edificio de enfrente y vi, a través de unas cortinas transparentes, los movimientos, como de danza, de lo que parecían una madre y su hija. Ya en el zaguán, justo antes de encender la luz, escuché en la vivienda del bajo el crujido de unos pasos que cruzaban regularmente un pasillo en ambas direcciones: parecía que alguien estuviera hablando consigo mismo de ese modo taciturno, obsesivo. Tú ya habías desaparecido. Te habías marchado sin despedirte, imagino que aprovechando el momento en que me peleaba con el mando para conseguir cerrar la puerta automática del garaje. O quizá entraste, sin darme cuenta, en el supermercado. “Es posible hablar como con un lenguaje desprovisto de materia”: tus palabras se habían quedado resonando en mi mente como un lenguaje desprovisto de materia. Pensaba también que ese hipotético lenguaje –pues nada confirmaba que existiera– debía de ser tan frágil como un conjunto de neuronas que está a punto de sufrir un proceso degenerativo y que, antes de apagarse para siempre, emiten una última luz, una chispa final, como un canto de cisne silencioso; tan frágil como algo así, y al mismo tiempo tan poderoso como para atravesar, a través de un hilo infinito, la entera longitud del universo para llegar hasta algún oído capaz de captarlo. Cuando encendí la luz, el zaguán quedó iluminado y me dije que ese era el lugar que atravesaba mi cuerpo cada mañana para ir al trabajo, o para dar un paseo por la tarde. Sentí que algún tipo de herrumbre o de excrecencia que los poros de la piel acaso habían soltado en todos estos años podría haberse depositado en los revoques de las paredes, o incluso quedado flotando en el aire a pesar de la ventilación que el zaguán sufría cada vez que se abría la puerta de la calle. Pero no eran sino fantasías de un pensamiento apocalíptico. El cuerpo volvía a subir los escalones que lo conducían a la primera planta en que estaba ubicada mi vivienda, y, aunque pasara la mano por el pasamanos de madera, aunque suspirara levemente al llegar al rellano, aunque rozara con el cabello la pared, nada suyo iba a convertirse en ese lenguaje sin palabras capaz de trasladarlo a otra dimensión a través del tiempo y el espacio. El cuerpo, me dije, ¿o volvía a ser tu voz la que me hablaba?, estaba encerrado en el drama de su propia finitud, y por mucho que se volcara en el mundo, incluso en otros cuerpos, por mucho que esos otros cuerpos recibieran –lo que yo jamás había intentado practicar– una semilla suya capaz de engendrar vida, nunca lograría escapar de ese encierro, salir de sí mismo transformado en otra cosa, acaso en ese lenguaje incorpóreo que tú declarabas como posible. La llave abrió la puerta con un clic y el mundo de la vivienda apareció ante mis ojos. Libros en el sofá, libros bajo el televisor, libros sobre la cómoda, libros, libros, libros. Objetos que eran como talismanes, como si en una etapa desconocida de mi vida me hubiera convertido a una religión sincrética en la que el pensamiento mágico paliara la ausencia de los dioses. Esos libros se transformarían un día en polvo –y dudo mucho que en polvo estelar–, pero ahora formaban parte del mundo en el que mi cuerpo vivía. Jugaba con ellos como si fueran naipes a juegos a vida o muerte –aquí, estoy seguro, eras tú quien me hablabas, siempre tan pomposo y funesto–, los cambiaba de lugar, los colocaba unos sobre otros, probaba diversas combinaciones, diversas alturas para las montañas de dudoso equilibrio que abarrotaban la cheslón. Y luego, tarde o temprano, ese cuerpo se sentaba para escribir. Podía ser, como ahora, antes de cenar, al recordar las palabras que me dijiste aquel día, mientras volvíamos del norte de la isla y en la radio había empezado a sonar el tercer movimiento de la Sinfonía Pastoral. Un lenguaje desprovisto de materia: ¿era eso lo que querías que buscara mediante la escritura? Yo no soy un explorador de los polos; tampoco un alpinista. Los únicos extremos, los únicos límites que puedo traspasar son los que me separan de mí mismo. ¿Querías decirme entonces que la muerte es ese poema que escribimos con un lenguaje incorpóreo?
martes, 4 de noviembre de 2025
CARTA ABIERTA A LA SUBCOMISIÓN DE LA PAU DE LENGUA ESPAÑOLA Y LITERATURA II (COMUNIDAD AUTÓNOMA DE CANARIAS)
Como algunos lectores sabrán, las pruebas PAU (Prueba de Acceso a la Universidad) de todas las materias han sido modificadas para la convocatoria de 2026 con el objetivo de avanzar hacia un modelo homogéneo de examen en todo el estado español.
Si escribo esta carta abierta y la publico en mi blog y en mis redes sociales es porque ya planteé en el foro correspondiente (la reunión de junio de la Subcomisión) algunas de estas cuestiones, sin que la respuesta que se me diera entonces me resultara en absoluto satisfactoria.
Lo que escribo a continuación lo hago a título individual y no en representación de ningún colectivo.
Me centraré en el tercer bloque de la prueba de Lengua castellana y Literatura II, “Educación literaria”, pues me parece el que peor resuelto ha quedado por parte de la Subcomisión en la nueva estructura de la prueba.
En primer lugar, me parece absolutamente inadmisible que en junio se propusiera un conjunto de relatos por cada uno de los tres periodos como lectura obligatoria seleccionable por los departamentos, y que, sin embargo, en septiembre esa selección haya pasado a ser “material complementario”.
Pasaré ahora a comentar algunos asuntos sobre la pregunta 7, es decir, el bloque de diez cuestiones teóricas que “abarcan los principales hitos de la historiografía literaria de los tres períodos”, según la Subcomisión. Esta pomposa descripción es más que discutible. Las diez cuestiones son estas:
1. Indica las características de la generación del 98,
2. Comenta el tema del España en la generación del 98.
3. Enuncia y explica las características de la generación del 27,
4. Señala y describe las etapas de la generación del 27.
5. Señala los elementos más destacados de la poesía social de posguerra.
6. Comenta las características del teatro o la narrativa social de posguerra (con ayuda de las lecturas en el aula, si se considera necesario).
7. Señala los rasgos temáticos y formales del realismo mágico.
8. Explica las innovaciones técnicas que aparecen en la novela o el teatro de los años 60 y 70 (con ayuda de las lecturas en el aula, si se considera necesario).
9. Menciona y explica las tendencias narrativas o teatrales actuales (con ayuda de las lecturas en el aula, si se considera necesario).
10. Comenta los rasgos de la poesía de la experiencia.
En primer lugar, no aparece por ninguna parte el modernismo, a pesar de haber sido el primer movimiento verdaderamente moderno (de ahí su nombre) de la literatura en lengua española (sin embargo, hay dos preguntas sobre la generación del 98). En segundo lugar, en vez de incluir dos preguntas sobre la generación del 27, ¿por qué no se dedicó una de ellas a los movimientos de vanguardia, algunos de los cuales tanta importancia tuvieron en Canarias? En tercer lugar, ¿por qué toda la literatura de posguerra se limita a la literatura social, nada menos que en dos cuestiones, la quinta y la sexta? ¿Qué ocurre con el postismo, con Cirlot, con Fetasa, con los poetas del mediosiglo, etc., etc.? Seguimos: ¿cómo es posible que la única de las diez preguntas dedicada a la literatura hispanoamericana sea la referida al realismo mágico? ¿Y el resto de la literatura hispanoamericana?
Pero el delirio se manifiesta sobre todo en las tres últimas preguntas. La octava, que no se sabe si se refiere a la literatura española o a la hispanoamericana, o a ambas, pretende que se expliquen las “innovaciones técnicas que aparecen en la novela o el teatro de los años 60 y 70 (con ayuda de las lecturas en el aula, si se considera necesario)”. Fíjense en primer lugar en esa “o”: novela o teatro. Pero es que, entre las obras de narrativa y teatro propuestas por la Subcomisión, las únicas escritas en ese periodo son Los cachorros (1967), de Mario Vargas Llosa, y, con suerte, Pic-nic, de Fernando Arrabal, compuesta entre 1952 y 1961. En cuanto a la penúltima pregunta, que es casi un calco de la anterior, pero situada en el presente, reza: “Menciona y explica las tendencias narrativas o teatrales actuales (con ayuda de las lecturas en el aula, si se considera necesario).” Definan ustedes “actuales”, por favor. ¿Se han dado cuenta de que la Subcomisión se ha cargado cuatro décadas de un plumazo: los 80, los 90, la década de 2000 y la de 2010? ¡Décadas prodigiosas, eh! Porque lo “actual” no va más allá (más atrás) de 2020, digo yo.
El colmo del disparate, sin embargo, lo reserva la Subcomisión para la última pregunta: “Comenta los rasgos de la poesía de la experiencia.” Es decir, que, en cuanto a poesía (recuerden que la última pregunta de este género fue la número 5: poesía social de posguerra, es decir, años 50 y 60), la Subcomisión obvia la poesía del mediosiglo (Valente, Brines, Atencia, Gamoneda, Manuel Padorno, Luis Feria, Arturo Maccanti) y pasa directamente a una de tantas corrientes surgidas en los años 80: la poesía de la experiencia. ¿Pero por qué la poesía de la experiencia, que no tuvo representación en Canarias, y no los novísimos, justamente anteriores, o la poesía del silencio, que tan buenos ejemplos dio en Canarias? ¿Y la poesía actual, por qué se la destierra de todo esto, mientras que sí se atiende a la narrativa y el teatro actuales? Con este cúmulo de arbitrariedades, incoherencias y despropósitos tendrá que enfrentarse el alumnado que se presente este año a la PAU en Canarias.
Pero el desaguisado no termina aquí. Si pasamos a la tercera pregunta (dejaré para el final la segunda), nos encontramos con que la Subcomisión da a elegir, pero no demasiado. Es decir, determina una serie de libros (cuatro en concreto: dos novelas y dos obras teatrales por cada periodo) de entre los cuales cada centro (o cada docente) debe seleccionar uno por cada periodo. Es decir, que los alumnos leerán tres libros a lo largo del curso. No se sabe cuál es el criterio que se ha seguido para la selección de los títulos (ni falta que hace, dirá alguno; pese a lo cual, yo creo que algún criterio debió de haberse seguido y, por qué no, explicado en los foros oportunos).
La selección en cuestión es esta:
Primer período: desde finales del XIX hasta 1936
Novela
Él, de Mercedes Pinto
Crimen, de Agustín Espinosa
Segundo período: desde la Posguerra hasta 1975
Nada, de Carmen Laforet
Los cachorros, de Mario Vargas Llosa
Tercer período: desde 1975 hasta la actualidad
Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez
Panza de burro, de Andrea Abreu
Teatro
Primer período: desde finales del XIX hasta 1936
Luces de Bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán
La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca
Segundo período: desde la Posguerra hasta 1975
Historia de una escalera, de Antonio Buero Vallejo
Pic-nic, de Fernando Arrabal
Tercer período: desde 1975 hasta la actualidad
La piedra oscura, de Alberto Conejero
Primera sangre, de María Velasco
Basta leer esta lista detenidamente para llevarse las manos a la cabeza. Empecemos por el primer periodo. ¿Desde cuándo es Crimen una novela y a qué alumno de 2º de Bachillerato puede interesarle? ¿Qué alumno de 2º de Bachillerato puede comprender y disfrutar uno de los textos más complejos de la literatura española de vanguardia? En cuanto a las obras teatrales, se ha pisado terreno firme: bien.
Si avanzamos al segundo periodo, uno se pregunta qué interés puede tener Nada, de Carmen Laforet, para un alumno del Bachillerato actual. Nada de nada. En cuanto a Los cachorros, ninguna objeción, salvo que sea la única obra hispanoamericana elegida. ¿Por cierto, no se ha escrito teatro en Hispanoamérica a lo largo de los siglos XX y XXI? ¡Ni una sola obra de teatro hispanoamericano elegida!
En fin, como casi siempre, el delirio se deja para el final. Los girasoles ciegos (se verán la película); Panza de burro: una primera novela notable, atrevida y estilísticamente innovadora, pero ¿quién la elevó a los altares de las obras maestras y del canon insular? ¿Los 100.000 ejemplares vendidos? De resto, dos obras de teatro, de las cuales Primera sangre es un batiburrillo de fragmentos bastante infumable y La piedra oscura es quizá la obra más atractiva de este periodo para el alumnado, sin que la obra sea gran cosa.
Por lo visto, no hay teatro canario escrito en ninguna época que haya merecido ser incluido en la selección. Grave la cosa, ¿verdad?
En fin, llegamos ya al final de esta carta, que tiene que ver con la pregunta 8, es decir, una cuestión sobre uno de los treinta y seis poemas seleccionados. Ya dije en la reunión de junio que me parecía una barbaridad pasar de tres poemas (los de las convocatorias anteriores) a treinta y seis; que si se quería “fomentar el gusto por la lectura”, como allí afirmaron, podían haberse seleccionado cinco de cada periodo, es decir, quince poemas en total. Pero ni caso.
Lo que ocurre es que el problema no es solo la cantidad de los poemas, sino también qué poemas se han elegido. Y de quiénes. Y de quiénes no. Algunos de ustedes ya habrán leído las cartas que envié a los maestros Juan Ramón Jiménez, Pablo Neruda y Gabriela Mistral solidarizándome con su malestar por no haber sido tenidos en cuenta por la Subcomisión. Pero otras ausencias son igualmente flagrantes: José Lezama Lima, Octavio Paz, Alejandra Pizarnik, Ida Vitale, Luis Feria, Manuel Padorno o tantos otros.
Pero lo peor no son las ausencias, que haberlas siempre habrá de haberlas, sino algunos de los poetas y poemas seleccionados. Enumero los casos que me parecen más inverosímiles:
1. El poema de Unamuno, “¡Ay, triste España de Caín!”, es probablemente uno de los peores que escribió, con términos abstrusos como “regüeldo” o “chafarote”. ¡Si tendrá grandes poemas Unamuno! ¡Y hasta poemas vinculados con Canarias!
2. El poema de Alonso Quesada me parece una auténtica pesadilla para el alumnado de Bachillerato: no solamente es complejo, imposible de entender sin cierto contexto (que el profesorado no podrá ofrecer por no disponer de tiempo material), sino que no es nada representativo de su obra. ¡Si tendrá poemas maravillosos Alonso Quesada! Lo que han hecho con él es imperdonable.
3. No menos imperdonable me parece el poema escogido de Lorca, “Infancia y muerte”, que no está recogido en ningún libro suyo sino que se publicó póstumamente. ¿No valía con alguno de los maravillosos romances gitanos, con alguno de los bellísimos poemas de Nueva York, con un estremecedor fragmento del “Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías”, con alguno de los sublimes sonetos del amor oscuro? No: había que rizar el rizo. En fin.
4. El poema de Ernestina de Champourcin: ¿de verdad, señores? ¿Teniendo a Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Julia de Burgos?
5. Lo de Gloria Fuertes no es un poema: es una venganza.
6. El poema de José Hierro me parece el mejor ejemplo de lo que debe ofrecerse a un adolescente para que odie para siempre la poesía.
7. Los “Grafitti”, de Félix Francisco Casanova: siendo el poeta con el que mejor podrían conectar los adolescentes canarios actuales, han elegido un poema poco menos que infumable (en cualquiera de los sentidos de la palabra).
8. El poema de José Luis García Martín es como haber dejado en blanco ese lugar en la página.
9. El poema siguiente, de Begoña Abad: lo mismo que el anterior.
10. En el poema escogido de Gata Cattana, la malograda autora maldice a Machado, a Federico, etc. Lo enarbolarán los alumnos cuando les hagamos leer a Machado, a Federico, etc. Por cierto: ¿el rap es poesía? Lo pregunto por ignorancia.
11. En el poema “Encuentro con Ezra Pound”, de Antonio Colinas, se habla, lógicamente, de Ezra Pound, un autor con el que el alumnado canario lleva mucho tiempo familiarizado. Lo mismo que con todas las referencias topográficas de Venecia. ¡Chapeau, Subcomisión!
12. El poema de Natalia Sosa Ayala, bastante aceptable, implica, sin embargo, referencias biográficas que el profesorado, querida Subcomisión, no está en condiciones materiales –temporales—de abordar.
13. El poema de Camila Sosa Villada es el cuarto y último de los poemas hispanoamericanos incluidos. Es decir: Rubén Darío, César Vallejo, Clemente Padín (con un poema visual) y Camila Sosa Villada. ¡Agüita!
También hay algunos poemas emblemáticos, faltaría más: “Donde habite el olvido”, de Cernuda; “Se querían”, de Aleixandre; “Insomnio”, de Dámaso Alonso; “Apología y petición”, de Jaime Gil de Biedma. Poemas de esos que algún alumno aventajado se aprenderá incluso de memoria.
Para cada poema la Subcomisión ha preparado tres preguntas. En la pregunta 8 del examen caerá uno de estos treinta y seis poemas con una de las preguntas. ¡Lancen sus apuestas!
Y mi planteamiento final ante todo este panorama es el siguiente: teniendo en cuenta los avances tecnológicos actuales, las posibilidades de crear documentos compartidos y las nubes virtuales, ¿no podía haberse planteado toda esta selección de un modo mucho más democrático y participativo? ¿Tan complicado era darle al profesorado que imparte Lengua castellana y Literatura II la posibilidad de opinar, intervenir, proponer?
Un saludo,
Rafael-José Díaz, profesor de instituto.
martes, 21 de octubre de 2025
martes, 7 de octubre de 2025
UNOS CUANTOS AFORISMOS
BENEFICIOS DE LOS FESTIVALES LITERARIOS
El único beneficio de los festivales literarios es que, mientras se celebran, sus directores, por lo increíblemente ocupados que están, no tienen tiempo de lanzar a las redes sociales sus pasmosas perogrulladas.
LEGADO
Su afán por permanecer en la memoria de sus contemporáneos no contó con la galopante desmemoria de sus contemporáneos.
Llegó un momento en que tenía más amigos muertos que vivos.
CADUCIDAD
En el museo le impidieron fotografiar unas fotografías en las que aparecía de joven; protestó alegando que no le habían pedido permiso para exhibir su imagen. La directora del museo le dijo que esa imagen de hacía treinta años ya no le pertenecía.
AVISO
No son despistes: son pistas.
ELOCUENCIA
Se atragantó con la primera palabra y vomitó un poema infinito elaborado con los restos de su desmoronado ser.
ACICALARSE
Le dijeron que al escribir se despojara de todo ornamento: acudió desnudo a la entrega del premio.
FAMILIA NUMEROSA O EL AMOR INTERESADO
Los únicos hijos que lo quisieron fueron sus hijos literarios.
ESTATUTOS (1)
"Esta fundación apoyará con entusiasmo la cultura local, para lo cual cobrará nada más que 2000 euros a los escritores que deseen presentar su nuevo libro en nuestra sede (excepto en el caso de los escritores afines a la fundación, que quedan exentos de pago)."
ACICATE
Un editor le dijo que incuestionablemente debía seguir escribiendo. Cuando le envió el libro terminado, el editor le contestó que indudablemente debía seguir corrigiéndolo.
POLLUELO
Quiso probar sus alas, pero con un afilado manifiesto coral se las cortaron.
AUTOFICCIÓN
Decidió convertirse en el protagonanista de su propia novela.
DESPARPAJO
Cayó en desgracia, se levantó, estornudó unos versos, escupió unas prosas, visitó a un pope, publicó unos artículos, se probó mil disfraces, se casó con su editor, montó una agencia literaria, se divorció de su editor, ganó pasta con concursos, ponencias y recitales, se compró un ático en el centro, se suicidó tirándose a la calle.
CANCIÓN DE CUNA
Duérmete para siempre, sueño de inmortal vanagloria.
SENTIDO DEL RIDÍCULO
Cuando le ofrecieron salir a recitar un poema suyo, declinó la invitación con el siguiente argumento: "Preferiría recitar cinco".
PAREJA DE EDITORES
¿Y si nos hiciéramos de oro publicando los libros escritos por quienes conceden las subvenciones?
CORAZA
Dícese de lo que rodea el corazón enamorado de un poeta.
ESTATUTOS (2)
"Los jurados de los premios que convoca esta fundación estarán compuestos por especialistas de reconocido prestigio, es decir, que el premio de novela será fallado por destacados cuentistas; el premio de cuentos, por insignes poetas; y el premio de poesía, por celebrados autores de novela rosa."
AQUÍ MANDO YO
--¡No va a participar, repito, no va a participar, al menos mientras yo esté con vida, y pienso vivir muchos años! ¡Si participa lo hará por encima de mi cadáver! ¡Te digo y te repito que ustedes no lo van a invitar aunque se comprometa por escrito a dedicarme una oda de arrepentimiento cada día, leñe! ¡Y me importa un pepino si a esto lo llaman veto, censura o cancelación!
RUEDA DE PRENSA
Aunque le escribieron lo que tenía que decir, se empeñó en improvisar su discurso. Afirmó que "el arte, sin duda, eleva las almas", que "la música está escrita con mucho amor" y que "la producción de esta ópera está casi al nivel de La Scala de Nueva York".
UN ESCRITOR CABAL
Nunca publicó nada, pero no dejó de escribir hasta el penúltimo día de su vida; el último, por fin, lo destruyó todo.
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