miércoles, 19 de abril de 2023
lunes, 3 de abril de 2023
viernes, 31 de marzo de 2023
CENIZA EN UN PUÑO PARA UN TIEMPO NUEVO
[Texto escrito el 5 de octubre de 2019, el día posterior al incendio del Ateneo de La Laguna.]
Ahora los tiempos son otros. Es difícil definirlos. Se podría decir que ahora todo se superpone a todo. Y que lo superpuesto y aquello a lo que se superpone no pueden distinguirse claramente. El porqué de esto cabe sospecharse, pero no hay modo de estar seguro de nada.
La ciudad se ha llenado de unas mariposas extrañas. No vuelan atolondradamente, sino compulsivamente. Se nos enredan entre las piernas y nos las tenemos que quitar de encima a manotazos. Son mariposas esquizofrénicas. Mariposas enloquecidas. Signos de un tiempo que no está hecho para la contemplación, sino para la desbandada.
Ayer –ya todos lo saben– ardió el Ateneo de La Laguna. Cuatro de octubre de dos mil diecinueve. Digámoslo con todas las letras, pues en cada una de ellas hay encerrado un pellizco de dolor o desazón. Hay ceniza en nuestros puños, como hubiera dicho Emilio Alfaro Hardisson, el poeta –y directivo del Ateneo– fallecido en 2004, el mismo año del centenario de la entidad que iba a homenajearlo precisamente el día del incendio.
Quede esa mesa de poetas en homenaje a Emilio Alfaro Hardisson, ese acto que no pudo celebrarse, que hubo de ser cancelado –como todos los programados para los meses venideros por las cinco secciones de la institución– como el parteaguas que definirá lo que el Ateneo de La Laguna será a partir de ahora: la nostalgia de lo que fue, el entusiasmo de lo que sigue siendo y el ensueño de lo que volverá a ser pronto, muy pronto. Tres líneas imaginarias se unen en esa ceniza que nuestros puños recogen –cerrados, con rabia, como se cierran todos los puños– para lanzarla al aire del futuro con la ilusión de que el Ateneo renazca como un fénix.
Quien no haya estado nunca en el Ateneo de La Laguna no puede imaginar cómo es posible que una institución de sus discretas dimensiones espaciales pueda albergar tanta riqueza cultural, más de un siglo de trayectoria intelectual y miles, millones de microrrecuerdos unidos a cada centímetro de madera, a cada peldaño, a cada porción del pasamanos de la escalera, a cada pieza artística, a cada silla del salón de actos, a cada rincón de la sala de arte, a cada tecla de su emblemático piano, que Bernardo Chevilly, en tardes que no mueren nunca, tocaba como quien dialoga con los que ya no están: música para hablar con lo invisible.
Llevo marcada en el corazón la imagen de Orbelinda Bermúdez, que ha sido durante décadas el alma del Ateneo, recuperando obras de arte una vez que se pudo extinguir el incendio. Estoy seguro de que Orbelinda, con su eficacia, su cordialidad, su ecuanimidad y su sabiduría, va a guiarnos para desenredar el nudo de esas tres líneas imaginarias. Y que gracias a ella desembocaremos en las límpidas playas del futuro.
Hay un tiempo para llorar, leí en alguno de los cientos de comentarios que han circulado estos días en las redes, y un tiempo para recomponerse. El del llanto dura quince minutos, decían, y el de la recomposición empieza ya, ahora mismo, desde el instante en que cada uno de nosotros reúne en su memoria los fragmentos –nódulos de fragilidad– de su ateneo imaginario para construir con ellos su ateneo futuro. Claro que no va a ser fácil y no va a bastar con el esfuerzo individual de cada uno de nosotros: hará falta una pulsión colectiva, la colaboración de las instituciones públicas y el reconocimiento por parte de la sociedad en su conjunto de la importancia que un lugar como este ha tenido y tiene en el tejido cultural de nuestras islas y, por qué no decirlo, del mundo cultural de lengua española.
En el Ateneo, cuando era joven, conocí a José Balza. Nos recuerdo, pipiolos resabiados como éramos algunos, conversando con el gran escritor venezolano de humildad a prueba de pipiolos resabiados. Hubo muchas lecciones como esas a lo largo de los años. Arturo Maccanti nos enseñó en el Ateneo que leer poesía es incorporarse con la voz a un texto que nos funde con nosotros mismos. Juan José Delgado, que también nos daba clases en la universidad, nos hizo ver en las tardes del Ateneo que la intensidad de la palabra tiene que ver sobre todo con lo que la palabra es capaz de decir al límite del silencio.
Cuando, tiempo después, me vi por primera vez subido al estrado, detrás de la larga mesa, participando en un coloquio sobre poesía –pero qué puede saber de poesía un joven de veinte años que no ha vivido sino bagatelas–, supe que el Ateneo era de verdad una casa común, un lugar en el que podíamos conversar, visitarnos, compartir lo poquito que sabíamos, discutir y, sobre todo, conocernos un poco mejor.
Ernesto Suárez, que fue durante mucho tiempo el alma de la Sección de Literatura, me invitó a colaborar con una carpeta en la colección Libros de la Sabina. Los poemas de La azotea – Réquiem, la plaquette que me presentó Nilo Palenzuela en un Ateneo repleto de amigos hacia el año 2001, supuso para mí un lazo de unión inextinguible con la institución. Es emocionante –a pesar de la tristeza– pensar que ha sido precisamente una lectura poética de Nilo Palenzuela la última actividad, antes del incendio, en que pude participar como corresponsable, junto a Sandra Santana, de la Sección de Literatura de la nueva Junta Directiva presidida por Claudio A. Marrero y elegida a principios de este año.
Ahora los tiempos son otros y las mariposas recorren la ciudad poseídas por un frenesí desconocido. No se dejan contemplar. No podemos esperar nada de ellas. Es como si vinieran de otro mundo y nos dijeran que este de aquí es un sueño y que somos nosotros los que vivimos dentro de una pesadilla descontrolada. Nosotros, tercos como somos, ahuyentamos a las mariposas y nos alejamos de su mundo paralelo y desquiciado, pues nuestra labor ahora es afirmar que este mundo, aunque sea un sueño, es el nuestro y, aunque la destrucción lo amenace, vamos a seguir habitándolo y levantándonos cada día para ofrecérselo a los demás.
domingo, 26 de marzo de 2023
jueves, 23 de marzo de 2023
sábado, 18 de febrero de 2023
INDIAN GATE
El restaurante hindú estaba situado en la planta alta de un centro comercial de la zona turística del sur de la isla. Lo regentaba un paquistaní que era dueño también de una perfumería y una tienda de artículos de cuero en aquel mismo complejo. Se llamaba Dilawar y muchas veces era él en persona quien recogía la comanda. Otras veces se encargaba alguno de sus dos hijos varones, Imran y Khawar, que por entonces tenían, respectivamente, 28 y 25 años.
La primera vez que visité el restaurante lo hice tras un paseo vespertino por la zona comercial, plagada de tiendas, bares y restaurantes, y frecuentada en su mayor parte por turistas ingleses, alemanes o escandinavos. Me había sentado en una terraza a tomar un martini y me fijé en que en la acera de enfrente había una tienda de artículos de cuero que poca gente visitaba. El único dependiente era un joven alto, delgado, con una barba finamente recortada y ese tipo de rasgos faciales que provocan fácilmente una ensoñación. Con cada trago del martini, me imaginaba el laberinto de un zoco árabe en el que, de pronto, aquel joven aparecía en una puerta y me llamaba para invitarme a un hamam; o también, llevando mi fantasía mucho más atrás o más adentro en lo irreal, me representaba una ciudad oriental como las descritas en Las mil y una noches, la terraza superior de un palacio, la luz de la luna, unos ojos negros frente a mí, la súbita avidez de procurar la cercanía de los cuerpos en la noche. Algún tiempo después sabría que el joven que había visto despachando en la tienda era Khawar, el hijo menor de Dilawar.
El cartel del restaurante se veía también desde donde estaba tomándome el martini. Indian Gate. Escrito en un fluorescente con letras blancas que recordaban vagamente el alfabeto devanagari sobre fondo rojo carmesí. Sentí hambre enseguida. Hacía mucho tiempo que no comía en un restaurante hindú. La última vez, muchos años atrás, había estado con unos amigotes en el que por entonces se consideraba el único restaurante hindú de la isla. Todavía recordaba cómo, tras escandalizarse al verme usar el cuchillo y el tenedor y con la complicidad risueña de mis amigos, el dueño me dio a comer de su propia mano una samosa mojada en salsa de yogur.
Al principio no supe bien cómo llegar hasta el restaurante. No encontré ninguna escalera exterior que llevara a la planta alta del centro comercial. Aquello era un laberinto de tiendas que se extendían desde la zona exterior, que daba a la calle, a través de pasillos interiores con múltiples ramificaciones, hasta la zona posterior, en la que había una especie de plaza que colindaba con un bloque de apartamentos. Esa zona posterior, por cierto, estaba desierta, y las tiendas que había allí, cerradas a cal y canto. Volví sobre mis pasos hasta la que parecía la avenida principal en el interior del centro comercial. Entre una tienda de relojes y una perfumería encontré una puerta sobre la que figuraba un cartel con el indicativo del parquin y oficinas de abogados, inmobiliarias y consultorías. La abrí y me encontré con unas escaleras que bajaban, presumiblemente al parquin, y otras que subían. La planta alta era casi tan laberíntica como la baja, pero la situación de la calle me ayudó a orientarme para llegar al restaurante.
Había mesas dentro y fuera. Estas últimas ocupaban la parte más cercana al muro de una amplia terraza con vistas al exterior. Sólo una de ellas estaba ocupada. Una pareja joven, aparentemente extranjera, conversaba en voz baja mientras daba cuenta de platos con arroz, cordero, verduras. Me senté en una mesa relativamente alejada de la de ellos. Desde allí podía ver la mesa donde poco antes había estado sentado bebiéndome un martini, pero no la tienda de ropa regentada por el sugerente personaje de un cuento oriental. Pasaron bastantes minutos hasta que vinieron a atenderme, pero, como no tenía prisa y me dediqué a recrear la mirada en el tráfico de turistas que entraban y salían de tiendas y restaurantes, no noté la tardanza.
Me atendió un señor de entre cincuenta y sesenta años. Luego sabría que era Dilawar en persona, pero al principio pensé que se trataría de un camarero. Su español era pésimo, hasta el punto de que en algún momento creí preferible hablarle en inglés. En cualquier caso, la conversación se limitó a una serie de recomendaciones de algunos de los platos que había en la carta. Me decanté por un curry de cordero al estilo de Madrás, medianamente picante, bañado en una salsa de coco. Resultó estar delicioso.
Mientras cenaba, me fijé en los movimientos del restaurante. Ninguna de las mesas del interior estaba ocupada. Sólo una pareja más, también extranjera, pero esta vez algo mayores, llegó durante el tiempo en que estuve allí y se sentó en la terraza, en una mesa contigua a la mía. Había una barra al fondo, de madera lacada, y una puerta que parecía dar a la cocina. Allí se amontonaban unas cuatro o cinco personas, hombres todos, incluido Dilawar, del que en ningún momento pensé que se tratara del dueño. Parecía haber armonía y camaradería entre ellos, pero al mismo tiempo eran muy serios y formales. El más joven, que resultaría ser Imran, era el que menos integrado parecía. Me fijé en él enseguida, pues me recordó al dependiente de la tienda de artículos de cuero, sólo que Imran era ligeramente más bajo, pero también más fornido. Llevaba el pelo, de un negro brillante, algo más largo, peinado hacia atrás con un toque de gomina. Mientras el trasiego de platos y de vasos circulaba alrededor de él, permanecía abstraído, mirando hacia un punto indeterminado, como concentrado en un recuerdo o en una imagen de la mente.
Fue, sin embargo, Imran quien vino a preguntarme si me había gustado el curry de cordero y deseaba algo de postre. Le dije que todo había estado delicioso y le pedí un mango lassi. Su español era mejor que el de su padre, con un acento encantador. De hecho, Imran había dejado a un lado sus ensoñaciones y me atendió sonriente, quizá incluso demasiado. Sus ojos almendrados eran como lagos en los que si uno se bañaba se exponía a no poder salir nunca del agua. Un agua oscura, noctura, espesa, con una luz misteriosa en el fondo. El mismo Imran me trajo un mango lassi y, sin darme ninguna explicación, dejó junto al vaso un trozo de papel doblado.
Yo sabía que no era la cuenta, pues era un trozo de papel bastante pequeño. No quise abrirlo durante todo el tiempo que estuve bebiéndome el mango lassi. De vez en cuando miraba hacia el interior del restaurante y veía el acostumbrado grupo masculino de empleados charlando con viveza y seriedad, y a Imran junto a ellos, pero ensimismado, con un brazo apoyado en la barra y el otro estirado a lo largo del cuerpo. De vez en cuando él miraba hacia donde yo estaba, pero enseguida apartaba la mirada.
Un buen rato después de haberme bebido el mango lassi vino Dilawar a preguntarme, ya directamente en inglés, si deseaba algo más. Le dije que sólo me faltaba la cuenta. Cuando se marchó, desdoblé el papelito y leí en él un número de teléfono junto a un nombre: Imran. La letra tenía un punto tembloroso. Poco después, cuando ya me habían traído la cuenta y había depositado un billete en la bandejita de metal, vi llegar al empleado de la tienda de artículos de cuero, entrar en el restaurante, saludarlos a todos y entrar en la cocina.
En mis muchos encuentros con Imran, que comenzaron a partir del día siguiente, iría conociendo la compleja historia de su familia, su propia historia, nada sencilla tampoco, e incluso la de su hermano Khawar. Cada una de ellas daría para otro relato.
martes, 14 de febrero de 2023
lunes, 6 de febrero de 2023
miércoles, 25 de enero de 2023
domingo, 15 de enero de 2023
lunes, 2 de enero de 2023
UNA RATA EN GENETO
Parece como si algunos animales me persiguieran. Debo escribir esto lo más rápido posible antes de que se borre la impresión primaria, la experiencia inmediata. Incluso escribirlo ahora, por la noche, cerca de las dos de la madrugada, en vez de haberlo hecho al mediodía, o a primera hora de la tarde, me parece arriesgado, pero es verdad, por otra parte, que no se puede elegir el momento de la escritura. Lo cierto es que ahora mismo no tengo demasiado tiempo si quiero acostarme a una hora razonable. Y voy a hablar de algo que ocurrió esta mañana, algo que, en la memoria, empieza a difuminarse, aunque creo que presenta todavía la suficiente fortaleza como para no tener que impostar una voz o, lo que sería aún peor, adulterar el propio recuerdo, la misma imagen de lo vivido. Esas mixtificaciones, esos constructos o implantes engastados en el vacío, la desaparición o la borradura de lo experimentado producen siempre la sensación de una escritura forzada, frígida, un discurso retórico al que es fácil encontrarle los tres pies del gato, basta con tirar de aquí o de allá y nos quedamos con un tronco sin patas que no le sirve al posible lector sino para echarse a llorar de impotencia. Son los “apagones” de la escritura, las articulaciones inútiles de una voluntad que se tira a sí misma de la coleta para salir del atolladero, en cualquier caso ficticio, pues no lo habría, no sería tal si se reconociera que no puede escribirse sino sobre una base sólida de vida incorporada o legada o sobrevenida a la propia vida. Lo demás es patraña, infundio, triquiñuela, pose. Esto, que todo el mundo sabe o al menos intuye, no parece que lo reconozcan con meridiana claridad muchos de quienes se presentan ante el mundo como escritores; pero no cabe duda de que basta rascar un poco en sus voluntariosas producciones para darse cuenta de que en su mayor parte no son sino castillos en el aire, globos agujereados listos para desinflarse, construcciones de cartón piedra en un parque de atracciones.
Pero vayamos a lo nuestro, rápido. Esta mañana vi una rata. Estaba tendida en una acera de la carretera de Geneto. Eran las diez de la mañana y yo iba a retirar el coche del taller tras una revisión. Junto a esa acera hay una fila de adosados de clase media alta, cada uno con un pequeño jardín junto a la entrada, dos plantas, balcón. Es una zona en la que comienza a notarse que la ciudad ya va quedando atrás y estamos entrando en el campo. Pero todavía no es realmente el campo. Así que esa rata podía ser una rata de ciudad que hubiera querido retirarse a zonas rurales o, al contrario, una rata de campo que pretendiera llegar a la ciudad. Estaba varada en la acera y lo primero que pensé es que estaba muerta. Iba a seguir de largo, pues, aunque no he visto muchas ratas muertas en mi vida, las que he visto me han bastado para hacerme una idea de lo que representa o supone el cadáver de un animal así. Sin embargo, volví a mirarla y me di cuenta de que estaba viva.
La rata respiraba, movía lentamente la cabeza, como con dificultad, y su cuerpo, inmóvil, parecía estar temblando débilmente. Estaba paralizada por alguna razón. No se advertían heridas externas, por lo que supuse que habría comido veneno. Sí, me dije que estaba sufriendo los efectos de alguno de esos productos que los ayuntamientos esparcen por determinadas zonas para desratizarlas. Pero también es posible que su paralización se debiera a algún otro motivo. Me agaché a un metro de donde estaba. La encontré bella. No sé qué tipo de belleza había en aquel animal, pero sin duda tenía que ver con el hecho de que no estuviera completamente viva ni completamente muerta. Las razones por las que me había detenido no me resultaban claras. Yo no iba –¿cómo hubiera podido hacerlo?– a ayudar a la rata de ninguna manera. Sin duda lo habría hecho si hubiera sabido cómo. Pero aquella rata, me dije, estaba condenada, no iba a salir de la desgracia que había caído sobre ella, y a lo que estaba asistiendo era a una lenta agonía. Por mi cabeza pasó, como un relámpago, la posibilidad de acortarla, pero no habría sabido cómo hacerlo. No soy capaz de pisotear a otro animales más pequeños y repelentes, cómo iba hacerlo con la rata.
En definitiva, yo seguía contemplándola con una especie de extraña compasión. Entendía, por un lado, que no podía permitirse que las ratas camparan a sus anchas por las urbanizaciones de adosados, que entraran a las casas, se alimentaran de la comida guardada en las despensas, atacaran acaso a los que allí residían, mordieran a sus hijos, transmitieran, quién sabe, la rabia u otras enfermedades. En cambio, me decía que aquel animal no era distinto a mí, no era menos que yo, compartía conmigo no sé cuánto porcentaje de materia genética. Su sufrimiento no se diferenciaba apenas del que yo habría experimentado si hubiera ingerido una cantidad de veneno proporcional al volumen de mi cuerpo. Me hubiera quedado paralizado, tumbado en el suelo, víctima de terribles dolores que hubiera sobrellevado, seguro, con menos dignidad que la rata, que no gritaba ni emitía sonido alguno. En esos momentos la hubiera acariciado, si toda una tradición cultural no me hubiera inculcado que se trataba de animales repugnantes a los que había que aborrecer porque constituían una clase de terribles enemigos de nuestro modo de vida. Pero yo sabía que en aquella circunstancia ese sentimiento era completamente obsoleto y, lo que era más grave, estaba seguro de que para la rata yo no era en aquellos instantes ninguna clase de enemigo, quizá, en su estado, ni siquiera pudiera percibirme, pero si lo estaba haciendo debía de verme como una presencia casi sobrenatural, como un ser desconocido que ocupaba su campo de visión en un momento en el que se le hacía muy difícil ver nada con nitidez, sentir, oler, oír nada con claridad.
Dos trabajadores de una obra que se estaba llevando a cabo en una rotonda cercana pasaron en aquel momento a mi lado. Se quedaron por un momento contemplando la rata. Uno de ellos dijo: “Mira, no se ha muerto; todavía sigue viva”. Comprendí que, de algún modo, ya la habían visto antes y que daban por hecho que tendría que haber muerto. Pensé que ellos sí la rematarían, pero siguieron de largo, quizá debido a que yo permanecía allí mirando a la rata con un alelamiento que no debía de parecerles muy comprensible. El rabo formaba una curva alrededor del cuerpo. La cabeza denotaba toda una comprensión del mundo en retirada, mustia, aletargada, aturdida. Dentro del cuerpo había algo que no marchaba bien. Las patas no reaccionaban. La rata estaba como pegada a la acera, ¿sería que los productos que utilizaba el ayuntamiento contenían algún componente adherente y hacían que las ratas quedaran atrapadas en el pavimento? Surge ahora la tentación de inventar, y acaso no se notaría que lo estaría haciendo, que en aquel momento crucé la carretera para hacerme con la rama rota de un árbol (había varias por allí) y azuzar con ella al animal para ver si reaccionaba. Lo cierto es que no lo hice. No hice nada por la rata. La dejé allí y seguí de largo. Creo que no era capaz de ver nada, en ningún momento pude comprobar si tenía los ojos abiertos. Pero seguía moviendo ligeramente la cabeza, como si fuera esa la parte del cuerpo que todavía conservaba algo de energía. Sé que son unos animales fascinantes y he leído algunas cosas sobre ellos, no tantas como para considerarme un conocedor, y mucho menos un experto en ratas, pero lo suficiente para saber que su mundo, tan diferente del nuestro, presenta, sin embargo, un par de características comunes. La necesidad del calor proporcionado por otros individuos. Su agresividad territorial. Su capacidad para ponerse de acuerdo en una serie de objetivos comunes. Su vida entregada a las funciones elementales de la sexualidad y la alimentación. Un mundo muy parecido al nuestro.
A esa rata de Geneto quise llamarla Atrapada –¿esto me lo estoy inventado?– porque, como cualquiera de nosotros, lo estaba en medio de la vida, al borde la muerte.
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