Lo primero que me pareció fue una llamarada, muy a lo lejos, como una estrella que brillara demasiado. (Pero yo sabía que no era una estrella.) Había pocas viviendas iluminadas a esa hora. Atento, como le estaba siempre en la azotea a esas horas, no podía observar ninguna de las dos que se habían vuelto mis preferidas. (La vivienda del joven de pelo negro, largo, que no se vestía nunca para dormir; la vivienda de la pareja que leía en la cama situada justo debajo de la ventana.) Era casi una atadura contra la que me rebelaba estar tan atento a esas horas. Paseando por los pasillos de la azotea, buscaba dejarme dormir, o al menos entrar con mayor fluidez en la oscuridad. No siempre recordaba lo que había visto la noche anterior. El olvido de la noche anterior era como un ritual de paso para acceder a lo que cada noche veía desde la azotea. Pensé en lo impensable: una nave de otra galaxia. Se movía de un modo que recordaba aquellas visitas extraterrestres que había visto en películas. (Sobre todo de niño.) Ojo con un cuerpo que ha llegado a despojarse de buena parte de sus rémoras y que, en una noche de luna demediada, atraviesa los pasillos entre los distintos cubículos de una azotea. Se puede hablar para decir lo que no se sabe, siempre y cuando se emplee el truco de inventar un lenguaje y de desconocer que se sabe más de lo que se sabe. (Esto último es como cuando nos decimos que seríamos incapaces de abalanzarnos desde la azotea: resultaría tan fácil ponerlo en práctica, y quizá por eso mismo nos parece dificilísimo.) El cuerpo se nutre de adormecimiento y gozaría acurrucándose en una esquina de la azotea para dormirse. No ha habido cucarachas allá arriba este verano. Ni tampoco una triste rata. Ni siquiera estos inmundos animales se brindan a hacerme compañía. (La belleza que yace en la inmundicia: la avidez de un roedor dispuesto a perpetuarse hasta el fin del mundo; el brillo de las alas de estos blatodeos cuando, de improviso, se posan en la mano que fuma.) Se acerca cada vez más y empieza a escucharse el sonido de un motor, las contracciones –casi lamentos– de los frenos accionados por la cercanía del aeropuerto. Es un avión. Como casi todas las noches. Pero hay en él algo singular, algo que lo distingue de los aviones que cruzan el cielo casi todas las noches. La primera vez que vi al joven de pelo negro, largo, a través de la ventana, parecía estar jugando a un juego que lo obligaba a rodear lo que parecía la cama, a sentarse, acostarse, levantarse, salir del dormitorio, pararse frente a la ventana, darse la vuelta, apagar la luz, encenderla, cerrar la persiana, abrirla, acostarse, sentarse, levantarse. Y todo ello con unos pectorales que brillaban en la oscuridad de la noche como si el juego le obligara a exhibirlos, como si –aunque esto es imposible– pudiera verme desde su ventana, a mí, que me parapeto en la oscuridad y cuyo único trazo de vida para los demás es la colilla encendida como un ascua en el centro de una hoguera apagada. (Unos pectorales que juegan con los ojos de quienes los contemplan.) Dormirme, sí, allí mismo, en la noche tórrida. Una vez vi un búho que se posó en la azotea de enfrente. Creo que luego escribí sobre él. Fue mucho antes de que aquella ventana atrapara mi atención, o aquella otra, más abajo, que puedo contemplar como lo haría un ave rapaz, desde lo alto, las dos camas juntas bajo el alféizar, un individuo en cada cama, a veces solo, o más que a veces, quizá porque los horarios de la pareja no coinciden o quién sabe por qué, ella con más frecuencia que él, y él parecido al otro, al chico de pelo negro, largo, y pectorales marcados. Espero que no sea el mismo, pues entonces pensaría que están confabulándose para que enloquezca. Y ahora que lo pienso: nunca los he visto a ambos a la vez. Quién sabe. La blatofobia se combate con la constatación de la belleza que las alas despliegan cuando atraviesan el aire tórrido en busca de un cuerpo sobre el que posarse. De un cubículo a otro, atravesando los pasillos, deambulo como un sonámbulo que soñara con morir mientras echa a volar por última vez desde el murete de la azotea. Los rugidos del aeroplano han aumentado de volumen: lo extraño es que no parece estar descendiendo. Unos sesenta kilómetros lo separan del aeropuerto y se diría que asciende levemente hasta la línea recta de la luna cortada por un cuchillo lorquiano. Ya es tarde, supongo, para que sigan despiertos mis admirados vecinos de una vivienda y otra. No se puede estar desvelado tan tarde. Debería dejarme ir, no permanecer tan atento a los contornos de las cosas, fundirme con la materia tenebrosa de la noche que sigue escondiendo a ratas y cucarachas. (Sé que andarán por ahí, en los desagües y las tuberías, gritando con su lenguaje mudo las incandescencias que solo ellas pueden sentir.) El cuerpo, como el de un vigía, sigue escudriñando la noche, siente ahora unas gotas finísimas que le acarician la piel, se descubre apaciguado por ese chirimiri. La aeronave ha atravesado el corazón de la luna y se dirige hacia el mar, donde acaso americe. Los chicos duermen. Los animales nocturnos no se dejan ver. El cigarrillo no da más de sí. Es hora de acostarse. (Dormir es un castillo diáfano y distante.)
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