domingo, 22 de septiembre de 2019

FESTIVAL DE LITERATURA DE COPENHAGUE


Muy feliz de participar por primera vez en el Festival de Literatura de Copenhague. Comparto aquí el programa. Allí estaré entre el 25 y el 28 de este mes.

martes, 3 de septiembre de 2019

EL BORDILLO


En el último paseo que dio –el último hasta ese día o el último en sentido definitivo: eso está por saberse– trazó un imprevisible mapa que sólo le serviría, si acaso, para un siguiente paseo, si llegaba a producirse. Ese mapa representaba sus vaivenes por unas calles que nunca se habían combinado en sus paseos de aquella exacta e inintercambiable manera. Las calles habían sufrido muchas combinaciones, cientos, miles de combinaciones, azarosas o no, en los paseos que había dado hasta entonces. Habitualmente dejaba que sus pies caminaran solos, como culebrillas retozantes, en un ejercicio de autonomía y desprendimiento de su condición individual y consciente, de la impronta cerebral que casi siempre gobernaba su trato con el cuerpo y, por ende, con el mundo fuera de su cuerpo por el que este transitaba. Dejar que los pies caminaran solos no era, por tanto, un temerario ejercicio de irresponsabilidad, ni tampoco un alarde de libertad exacerbada: era únicamente una forma de huir, un modo de escapar de su penosa condición de individuo consciente. Si llegó a elevar a la categoría de mapa –mental, imaginario– el recorrido que había dado en aquel último paseo, fue porque le pareció haber encontrado en él un atisbo de extrañeza, un matiz que lo hacía distinto de otros recorridos igualmente aleatorios. Había llegado a un lugar en el que parecían concentrarse y anularse todos los demás recorridos. Era un punto de fricción entre el espacio y el tiempo. En ese preciso lugar al que había llegado –y lo curioso es que había pasado otras veces por allí, pero sin detenerse a considerar la importancia que aquel punto adquirió entonces para él– el espacio se arrugaba tanto que parecía estarse dejando comprimir por el tiempo. Se abrían grietas allí por las que la materia se convertía en un caleidoscopio que permitía asomarse a la multiplicación de los tiempos. Grietas físicas y grietas temporales. Pasar por allí no le había costado ningún esfuerzo, y tampoco se había detenido demasiado en aquel lugar: lo había rebasado tras titubear unos segundos, pero parecía que esos segundos hubieran bastado para ampliar de forma incalculable no sólo el tiempo que había permanecido allí sino las dimensiones mismas del lugar. Lo extraño es que se trataba de un bordillo. De un simple bordillo de acera hecho de asfalto y de cemento. Uno de esos límites que separan la calzada de la acera y que basta levantar un pie para franquear. Es verdad que había algo especial en aquel bordillo, y quizá eso tenía que ver con lo que le pareció sentir allí en relación con él: se trataba de una esquina. Era el bordillo de una acera en el cruce entre dos calles. La forma redondeada de ese bordillo intersectal, y el hecho de que las raíces de un árbol cercano hubieran formado bultos y oquedades en el cemento, daba a aquel lugar una especie de obstinación, una cierta soledad, casi un desamparo que permitían identificarse con él, verlo como el resto de una ciudad que ya no existía y a la vez como el último indicador de la decadencia de todo. Ese pequeño límite, ese lugar en el que nadie se fijaba pero que tantos pies debían de pisar cada día para pasar de una acera a la otra, de la calle a la acera y viceversa, parecía estar esperando una discreta redención. Lo que había más allá de ese bordillo era la absoluta dispersión, la desorientación, el sinsentido de una ciudad mal construida, de una vida difícilmente gestionada, la decadencia final, la disolución, el caos. Detenerse allí, por lo tanto, aunque no fuera más que unos segundos, y sentir alrededor los árboles como dadores de una vida más plena, las terrazas como centros de intercambio de ideas, el puerto como entrada y salida de viajeros, las escaleras de un edificio como el acceso a un mundo de intimidades y secretos, no era una acción del todo banal y no lo era, sobre todo, porque él no había decidido detenerse allí esos segundos. Dejaba que sus pies corretearan por la ciudad para huir de sí mismos y se encontraba con que sus pies habían querido detenerse un instante para huir de la huida. En las grietas por las que supuraba la resina que los árboles habían infiltrado desde hacía muchos años en el asfalto él veía una señal de que el tiempo se seguía contorsionando, aunque el contorsionista cada vez ostentara menos gracia y menos flexibilidad. La ciudad seguía siendo un lugar en el que perderse, aunque parecía que ya únicamente los bordillos, los bordillos que hacían esquina, sombreados por algunos árboles, constituyeran los lugares donde guarecerse de uno mismo. Así, en aquel último paseo –no se llegó a saber si era el último de ese día o el último en sentido definitivo– supo que el mapa que había trazado le serviría para futuros paseos hipotéticos, incluso serviría para futuros paseos que otros, quizá menos huidizos que él, darían hipotéticamente por una ciudad que iba desapareciendo. Supo que atenerse a ese mapa era la única manera de perderse definitivamente. Y que hacerlo era su única oportunidad de escapar.  

jueves, 29 de agosto de 2019

EL HURÓN DE TENERIFE, UN POEMA DE FABIO PUSTERLA


En el curso de nuestros intercambios epistolares, hace unos años, el poeta suizo de lengua italiana Fabio Pusterla (Mendrisio, 1957) me envió “El hurón de Tenerife”, que publicaría más tarde en su libro Corpo stellare, de 2010. Me explicaba el autor que escribió este hermoso poema tras visitar en Bolzano una exposición dedicada a las momias, tanto humanas como animales. Uno de los animales que más lo impresionó allí fue un pequeño hurón que debió de quedar atrapado en una iglesia en ruinas en Tenerife. Eso es, al menos, lo que indicaba la cartela correspondiente. Es posible que en mi respuesta al envío le explicara a Fabio, como curiosidad, que los aborígenes prehispánicos de Canarias, de origen líbico-bereber, conocían el arte de la momificación y constituyen, de hecho, según los expertos, una de las civilizaciones antiguas que mejor dominó ese arte funerario. 

En abril de este año el profesor Francisco José Rodríguez Mesa, de la Universidad de Córdoba, me invitó a participar en el II Seminario de Estudios Suizos con una conferencia sobre diversos escritores --entre otros Fabio Pusterla-- y dos talleres: uno de traducción de textos de lengua francesa y otro de traducción de textos italianos. El ejercicio final que propuse en este último taller fue, una vez divididos los alumnos en pequeños grupos, traducir "Il furetto di Tenerife". Me arrepiento ahora de no haber anotado las versiones que surgieron de la creatividad y el entusiasmo de aquellos jóvenes. Demostraban algo que todos los traductores sabemos pero que a veces se olvida: un texto admite muchas lecturas y traducciones en función de la sensibilidad de sus lectores y traductores. 

Hace unos días contactó conmigo el agregado cultural de la Embajada de Suiza en España, Alberto Giovanetti. Me consultaba la posibilidad de enviarle la traducción de un breve texto suizo relacionado con España para ser leído por él en el Hay Festival de Segovia. En recuerdo de los días de Córdoba, donde conocí a Alberto, y también para conmemorar --un homenaje íntimo y sentimental-- la lectura que hace diez años dio Fabio Pusterla en las 'Veladas poéticas' de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo con motivo de la publicación de mi traducción de su libro Bocksten (Quálea, 2008), lectura en la que tuve el privilegio de acompañarlo, he querido traducir "Il furetto di Tenerife". En un reciente viaje a Bogotá le hablé a mi amigo Cristian Garzón, uno de los editores de El Taller Blanco, de ese libro de Pusterla. Al día siguiente apareció con él, sacado en préstamo de la Biblioteca Luis Ángel Arango, encuadernado con tapas duras de protección (como debería hacer con los libros cualquier biblioteca que se precie). Al tercer día ya lo había leído y comentamos pasajes de ese libro inspirado en el Bokstenmannen sueco del siglo XIV. Que la poesía es un lenguaje capaz de unir realidades distantes parece una obviedad: quizá no lo sea tanto pensar que entre Suecia, el Tesino, Italia, Santander, Segovia, Tenerife y Bogotá se ha dibujado, gracias a la poesía de Fabio Pusterla, una extraña rayuela sobre la que seguir saltando mientras algunos se empeñan en destruir el mundo. 
 


IL FURETTO DI TENERIFE

La iena striata del deserto
dal ventre squarciato, le lucertole,
lo scoiattolo dormiente sorpreso da qualcosa
nel sottotetto, ignaro dei suoi giorni, l’elefantino
dei ghiacci: ora riposano muti,
fermati sul confine della vita
e della morte, vane mummie rassegnate.
Solo il furetto, chiuso in una smorfia
di dolore di rabbia o stupore,
grida tutto l’inganno il desiderio
di correre nei prati per conigli e profumi,
di mordere o baciare tramutarsi
in luce sangue latte,
per svanire e rivivere in eterno,
come le nuvole e i fiumi.

[Corpo stellare, Marcos y Marcos, Milán, 2010]


EL HURÓN DE TENERIFE

La hiena manchada del desierto
de vientre rasgado, los lagartos,
la ardilla que duerme sorprendida por algo
en el desván, ignorante de sus días, el elefante
de los hielos: descansan ahora callados,
quietos en los confines de la vida
y de la muerte, vanas momias resignadas.
Sólo el hurón, capturado en un gesto
de dolor de rabia o estupor
grita todo el engaño grita todo el deseo
de correr por los prados tras conejos y perfumes,
de morder o besar o transformarse
en luz en sangre en leche,
para desvanecerse y revivir en lo eterno,
como las nubes y los ríos.


                        [Traducción al español de Rafael-José Díaz]

viernes, 19 de julio de 2019

EN LA MUERTE DE EMILIO BEAUTELL



 [Emilio Beautell --primero por la derecha-- en 1961 en la boda de mi tía María Cristina Díaz. Frente a él, mi padre, primero por la izquierda.]

Cuando se va alguien así, alguien que era un íntimo por razones familiares –Emilio era primo segundo de mi padre– y por razones personales –nos tratamos poco, pero siempre con el cariño de la verdadera amistad–, uno siente como si le arrancaran una parte de sí mismo. Hay un conjunto de recuerdos, de experiencias, de conocimientos, que está tan estrechamente ligado a esa persona que se ha ido, que de pronto se lo siente vacío, un conjunto vacío que un momento antes estaba repleto de todo lo que esa persona nos legó y compartió con nosotros.

A Emilio lo conocí desde niño. Era alguien singular, una persona destacada en los vagos aledaños de la vasta familia de mi padre, tan vasta que hay incluso ramas de ella que no conocemos o cuyo recuerdo se pierde en la noche de los tiempos. Emilio, en aquella época, era alguien mítico para mí: tenía una aureola que le daba un brillo especial. Además, era un vecino del barrio, había estado siempre vinculado a la calle Numancia, donde vivieron sus padres. En el edificio construido en el solar en que había estado la casa familiar, Emilio vivía en un ático desde el que tenía vistas al Parque García Sanabria, que tanto amaba, hasta que las dudosas reformas a que lo sometió el ayuntamiento hace unos años despertaron en él sentimientos encontrados de amor, odio, nostalgia y desasosiego hacia el parque.

La galería que fundó, y que fue su último proyecto profesional, estaba también en el barrio que compartíamos. Mácula: no parece un nombre elegido al azar. Dice probablemente algo de su vida, de ese sentimiento de haber sido quizá un verso suelto en la historia familiar, alguien con un halo misterioso, con un carisma que no necesariamente compartía con los demás, que lo hacía a la vez extremadamente sociable y celosamente solitario. Fue allí, en Mácula, donde empecé a visitarlo: acudí a varias de las inauguraciones, pero recuerdo sobre todo algunas tardes en que me acerqué cuando no había nadie en la galería mientras Emilio, sentado en su mesa del fondo, ocupaba su tiempo en consultar catálogos y páginas de internet. Allí tuvieron lugar nuestras primeras conversaciones sobre arte, rodeados de cuadros o esculturas que él había escogido para su última colectiva, en la penumbra del fondo de la galería. Algún libro mío le llevé por entonces. Él los quería dedicados con buena letra.

Cuando surgieron las redes sociales, Emilio se convirtió en un apasionado feisbuquero. Creo que para él era sobre todo un juego, una plataforma donde declarar sus desacuerdos con el mundo que lo rodeaba, con el deterioro de la ciudad, con el abandono de las buenas costumbres. Ironizaba sobre las batucadas que el ayuntamiento organizaba en el parque, sobre las ínfulas de los restaurantes en los que, a falta de buena cocina, se ofrecían los platos sobre “tablas de pizarra”. No había aspecto irrisorio de este grotesco mundo provinciano donde le había tocado vivir que no fuera objeto de subversión por su parte. También yo, en aquellos tiempos, lanzaba mis parodias e invectivas a los cuatro vientos virtuales de la red. La única vez que se enfadó conmigo fue cuando puse en tela de juicio la calidad de Pedro González como pintor. Era lógico: él lo adoraba y había sido su amigo. Ojalá todo el mundo se enfadara como Emilio: como si no hubiera pasado nada, al día siguiente ya nos estábamos riendo de nuevo.

Recuerdo sobre todo dos encuentros de hace unos años. Los dos frente a whiskies que íbamos pidiendo a su ritmo, superior al mío, y que hicieron que no quedara títere con cabeza en tres horas que se nos pasaron volando. En el último de ellos, en un lugar coqueto de Santa Cruz llamado Macusamba –por entonces Emilio no estaba enfermo todavía–, desplegamos nuestra inofensiva artillería para descabezar a popes y santurrones, a vacas sagradas y generalísimos, a todo aquel que había creído tener la sartén por el mango y al final se había quemado (o iba camino de quemarse). Creo que esos whiskies deliciosos nos hicieron darnos cuenta de todo lo que compartíamos, de todo aquello que se nos había quedado por decir en aquellos tiempos en que nuestra amistad era más ceremonial y estaba más teñida de impronta familiar que de cercanía intelectual.

Cuando se va alguien así, alguien como Emilio Beautell López, es toda un época la que se marcha; toda una sección del mundo la que desaparece. Sé que había muchos Emilio Beautell: el de su juventud de nadador, el de los viajes, el de los amigos, el de la familia, el del savoir vivre, el gourmet… Quiero pensar, sin embargo, que en esas últimas horas que compartimos en el Macusamba, antes de que enfermara, frente a la tarde que caía a lo lejos, quiso asomar algún fragmento del Emilio desconocido para todos, el más íntimo, el solitario, el entrañable, el entregado a la pura intensidad de vivir. Es así, al menos, como me gustaría recordarlo. 

lunes, 10 de junio de 2019

PAPIERMÜHLE

Empieza dejándose recomendar una cerveza. La camarera, de ojos brillantes como si desprendieran luz desde el fondo, le señala con el dedo en la carta. Le dice: creo que a usted le gustará la Jenaer Burschenpils. Lo dice convencida y sonriente, sin atisbo de duda. Prepara las cervezas un camarero elegante, vestido con chaleco, espigado, de porte aristocrático, que dispone las jarras debajo de un puente de latón con seis o siete surtidores. Vierte un poco de cerveza y deja que la espuma se asiente sobre el líquido. Echa otro poco de cerveza y vuelve a esperar. Al principio la espuma llena casi toda la jarra, pero mediante ese paciente proceso se consigue servir las cervezas con la cantidad de espuma justa. La espuma cumple una función fundamental que él desconoce. El camarero con sus jarras de cerveza es como un organista con sus tubos. Ninguna jarra está a la misma altura de espuma, ningún tubo da la misma nota. Le sirven la cerveza. Tiene que darle la razón a la camarera y concordar con ella en que la Jenaer Burschenpils es perfecta para él: suave, aromática, con un leve toque picante. Un licor de dioses. Debieron haber bajado, los dioses, si no los del Olimpo al menos los del Valhalla, alguna vez hasta aquí, hasta la primera fábrica de cerveza de Jena, para saciar su sed divina. Los dioses. Esos que vivían en las rocas y en los árboles, en las piedras y las cuevas, los que curaban la lepra y obtenían la unión de los amantes desavenidos. Pero poco a poco, mientras escribe —aunque no ha venido aquí a escribir— se le ha ido terminando la cerveza. El dorado marrón del líquido viscoso sube y baja a través de su cuerpo. Se le sube a la cabeza y casi se le baja hasta los pies. Empieza a flotar mientras se siente pesado, anclado al suelo. Las mesas y las sillas del local, de una madera antigua y pesada, están pensadas para anclar a los clientes, lo mismo que la lengua que hablan exhibe unas raíces profundas que se hunden en la noche de los tiempos. Un bosque rodea el Papiermühle, más allá hay rocas mágicas, claros en los que se derramó sangre en batallas no hace tanto tiempo, heces de jabalíes, una luz que es ya incapaz de competir con la iluminación envolvente del local. La camarera de ojos radiantes se ha marchado. Él se ve obligado a llamar al camarero espigado, que amablemente le explica las características de la Alt Jenaer, aunque lo único que capta —aquí no hay sonrisas ni ojos coruscantes— es que se trata de un producto original de sabor caramelizado y condiciones especiales de fermentación. Vuelve a sonar la música de órgano. Bach, Buxtehude. Cuando otro camarero le sirve la Alt Jenaer y la prueba, siente, en efecto, que no tiene nada que ver con la anterior. Ahora no hay nada leñoso ni chispeante. Sospecha que esta cerveza va a bajar más que a subir. Es como una savia, pero al revés, una savia que lo empezará a convertir en una raíz enroscada alrededor de la madera rugosa de la mesa. Cuando quiera levantarse no podrá. Lo que ocurre es que a la Alt Jenaer le sale al paso el Mutzbraten (asado de escápula de cerdo) que le acaban de servir y que, en cuanto empieza a ocupar, trozo a trozo, un lugar indeterminado entre pecho y espalda, le cierra el paso a la cerveza, que rompe a burbujear en la zona situada entre el estómago y el intestino grueso. Allí se va depositando, turbulenta, con su caramelizado espesor empujando hacia las partes inferiores del cuerpo, pero cada vez más obstaculizada a medida que los pedazos del Mutzbraten, debidamente cortados y deglutidos, van bajando camino del estómago. Lutero, Goethe y Napoleón vivieron a dos pasos de aquí, en el castillo del landgrave, del que no quedan más que las ruinas de la puerta de entrada, y aun así probablemente reconstruidas. Gente como esa debía de disponer de algún conducto especial entre el estómago y los pies, pues no dejaron de comer y de moverse, de atracarse y de bailar y hasta de manducar y de joder, esto último algunos de ellos, si no todos. Vaya tíos. La de Mutzbraten que se habrán echado al coleto, guerra va, Fausto viene, tesis por aquí, coronaciones por allá. Le retiran el plato vacío —no dejó ni un corpúsculo de Sauerkraut— y pide un Apfelstrudel y una Jenaer Schnellenbier. Ya ni siquiera le consulta al camarero. Esta, según acaba de leer, es negra. Su nombre, la rápida, es ya suficientemente amenazador. La graduación que figura en la carta supera a la de todas las demás. Bien. Que suenen los tubos del órgano cervecero. En el mostrador situado bajo el puente de surtidores de latón luce ya un tubo lleno de espuma. La gente ríe, juega a las cartas, habla una lengua de raíces profundas, espesa, cada vez más pastosa. Una lengua de madera anclada a la madera. Ahora recuerda haber estado aquí en una de sus despedidas de Jena, pero puede ser un recuerdo impostado, un ramalazo falso sugerido por los últimos tragos de la Alt Jenaer. Ya hay ocho tubos más junto al tubo negro, brillante, cuya espuma está casi asentada. Aleluya. Vayamos todos después al bosque misterioso y desnudémonos como elfos o corderos. Despedacémonos los unos a los otros y hagamos salchichas con nuestra sangre tratada con especias. La negra espera. Le falta el último chorrito. Se la ve amenazadora, como un bloque de obsidiana con poderes mágicos. Desprende un brillo espeso y negro, la cabrona, que da repelús mirar. Se la plantan sobre la mesa. Menos mal que acaban de servirle el Apfelstrudel con su salsita de vainilla y una coqueta bola de helado junto al espectacular hojaldre relleno de manzana. ¿Qué probar primero? La negra lo tiene hipnotizado, así que deja un momento el cuaderno donde escribe (casi no ha parado, el condenado) y la saborea. Es la bomba, como se temía. Rasposa, punzante, persuasiva. Toda una puta cabrona. Apfelstrudel, Apfelstrudel, ¡ah! Frío, caliente, hojaldre, helado, manzana, vainilla, frío, caliente. ¡Apfelstrudel! Todo menos dejarse conquistar por la negra, que parece capaz de volarle la tapa de los sesos. Pero, sin saber cómo ni cuándo, ya le queda menos de la mitad de la Jenaer Schnellenbier. No sabe adónde habrá ido, pues flota y se hunde al mismo tiempo, mientras los comensales de la mesa de enfrente, menos los jugadores de cartas (pues allí unos reían y otros jugaban seriamente a las cartas), se despiden y salen a la oscuridad de jabalíes, batallas y dioses. Algunos caminan casi como soldaditos de plomo. No es un recurso literario. Como si les hubieran dado cuerda, caminan por impulsos mecánicos, adelantan la mano de un solo golpe y mueven la cabeza como si se la sostuviera un resorte. Los jugadores de cartas se cambian de mesa y se sientan en una al lado de la suya. Una mesa saca a bailar a un camarero que, descontento por algún motivo, le lanza sillas para mitigar sus insinuaciones sensuales. El camarero espigado ha pasado media hora limpiando a fondo el mostrador y el puente de los grifos, pero hay que servir más cerveza, tocar más música, y los tubos vuelven a sonar para los jugadores de cartas. La negra es divina. Fuerte y sensual como una valkiria. Saldría a bailar con ella al bosque, se bañaría en ella y con ella, se hundiría en ella hasta perder la conciencia, la convertiría en su Jeanne Duval, en su négresse, haría de ella un mameluco al que acompañaría en una escaramuza contra el enemigo, una emboscada en el bosque, una claridad en el claro, una negrura en lo negro, una tragura en el trago, otro más, otro trago, más rápido, y ya se siente descender al fondo del aire, al torbellino de la historia, al desconcierto de la geografía, y es un jabalí que busca perseguido la manada, un soldado perdido —pero no de plomo— en la maraña desconocida, con la conciencia repentina de que va a morir, es un consejero áulico que cree haber encontrado la paz pero sabe que su mejor amigo, al que ama por su belleza y odia por saberlo más inteligente que él, no la encontrará. Último trago de la Schnellenbier. Fin.  

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