jueves, 10 de enero de 2019

TAMPOCO YO ESTUVE NUNCA EN TUBINGA. UNA CARTA A ADALBER SALAS SOBRE "LA CIENCIA DE LAS DESPEDIDAS"


Tampoco yo estuve nunca en Tubinga, mi querido Adalber,
y seguro que cuando pronuncio “Tübingen” o “Túbingen” lo hago mal,
posiblemente porque el alemán es ese idioma que no se aprende nunca
por mucho que se viva durante años en el país de Hölderlin,
es ese idioma que te expulsa, lengua de dientes afilados como los de las fauces
de un cocodrilo o de un caimán (de estos últimos, por cierto, vi hace poco imponentes ejemplares
en el Parque del Este de Caracas y estoy convencido
de que sus mandíbulas producen sílabas sangrientas, cortantes
enunciados que la ciudad difunde hasta los barrios por sus arterias colapsadas
y que demuestran que la lengua del origen lleva ya incorporada su propia perversión;
hablando de Caracas, es curioso que tan sólo en cuatro poemas hablas de ella en este libro,
como si todo el resto dibujara, en filigrana, la despedida o la ausencia de esa ciudad,
los tiempos de penuria en que la lejanía es un rapto en modo alguno divino).
Pero, volviendo a Tubinga y a Hölderlin, que es como decir a Grecia y a Odiseo,
a ciertos héroes o dioses más o menos añorados,
¿qué fue del inmigrante ilegal que naufragó en las costas de una isla cuyo nombre no era Ítaca?
¿Moriría de hambre o asesinado a cuchilladas por el otro mendigo?
Es la historia de tantos, en Europa, en Norteamérica, que dejan atrás la guerra
y cambian su destino de muertos por un presente de excluidos,
hasta que tarde o temprano viene la muerte a tocar a su puerta, como a todos,
sólo que ellos llevan escuchando los golpes de la famosa caníbal desde casi antes de nacer.
Los golpes, esos mismos golpes que no escuchaba sino que sufría en propia carne
Adrian Jones, el hijo de Michael A. Jones, el ciudadano de Kansas que en 2017 confesó
haber asesinado de una paliza a su hijo dos años antes,
cuando Adrian tenía siete años, y haber utilizado sus restos para darles de comer a los cerdos.
Como en un raro privilegio, estos, los cerdos, se convierten en tu poema
en los depositarios de las historias que les cuentan los huesos del niño,
pues cuando uno muere, dice Adrian, aprende un montón de palabras nuevas.
¿Es esta, acaso, la ciencia nueva que hemos nosotros de aprender,
la ciencia de las despedidas,
Osip Mandelstan, Adalber Salas,
la sinrazón de lo que yace enterrado en nuestro mundo racional,
unas palabras nuevas para cada horror nuevo, para cada nuevo tiempo de miseria?
Esa ciencia nueva, sin embargo, habría de fundarse en conocimientos antiguos,
sería necesario rescatar, como hacen los peces, las voces de los dos esclavos tirados por la borda
de un barco esclavista de 1724, esas voces de la rebelión que fueron acalladas,
como lo es actualmente cualquier rebelión contra las tiranías:
cuerpos apaleados en plena calle para escarnio de todos,
torturas sistemáticas y atroces de las que sólo se filtran rumores
para que el miedo se infiltre hasta en las mentes más audaces.
Que no sepamos los nombres, que desconozcamos los rostros de las víctimas,
que las sospechemos amontonadas en fosas comunes tan anónimas como aquel mar,
¿no es este el propósito de todas las dictaduras?
Borrar, hacer desaparecer, arrasar la memoria, mutilar
cualquier posibilidad de reconocimiento y testimonio,
¿no es este el lenguaje heredado que renueva cada tiranía,
por mucho que se disfrace de democracia parlamentaria?
Pero las cabezas, aun decapitadas, siguen hablando,
quizá no de un modo tan elocuente
como la de aquella, encantada, que Don Quijote escuchó en casa de Antonio Moreno, en Barcelona;
siguen hablando, digo, las cabezas desenterradas, profanadas, extirpadas
de sus cuerpos, aunque no sea sino una baba tenaz lo que susurren.
En la memoria llueve todo el tiempo, dices, mi querido Adalber,
consciente de que recorremos terrenos pantanosos
cada vez que nos acercamos al origen, sobre todo
cuando en el origen está marcada a fuego la violencia de un tiroteo
que destruye una ventana mientras un niño de cuatro años
mira en la televisión unos dibujos de Bugs Bunny.
La erosión por la lluvia, que no es sino una metáfora
del desgaste y de la fuga que es la vida, se inscribe en el análisis geológico
de la piel y la memoria, cuántas capas es preciso raspar
para acceder a la primera, originaria, al albor de la vida, a esa escena
en un piso tranquilo que de pronto es lanzado al aluvión de la historia,
en pleno intento de golpe de estado de 1992 en Venezuela.
Tenemos todos cuatro años y nos reímos con Bugs Bunny antes de leer ese poema.
Pero después, cuando lo leemos, nos damos cuenta, cada uno de nosotros,
de que hubo para nuestra piel una primera capa, un rasguño preciso
que la marcó para siempre y sobre el que se superpusieron,
instante tras instante, día tras día, año tras año,
muchos otros rasguños, rasguños sobre los que llueve
comme il pleut dans mon coeur, que diría Verlaine.
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento,
habríamos de recordar aquel primer rasguño,
pues en ese momento final en que la despedida se inscribe en nuestra piel
las capas se transparentan y descubren las unas a las otras.
Y lo que más nos sorprende es darnos cuenta de la cantidad de vidas
que conviven dentro de nosotros: no hay diferencia alguna
entre lo auténtico y lo apócrifo, pues con el agua que cae la memoria moldea
figuras de barro que presumimos verdaderas
hasta que caemos en la cuenta de que no somos quienes somos, sino otros o nadie,
dependiendo de si ese día hayamos estado releyendo a Homero o a Rimbaud.
Dubia et spuria, esto es, las obras dudosas y las espurias
forman parte de la edición completa de nuestra vida encuadernada,
son fragmentos que conservamos en estados a veces muy precarios,
ideas rotas de nosotros mismos,
borradores que no estamos seguros de haber escrito nunca
pero que nos descubren el otro lado de esta vigilia perezosa en que solemos vivir.
Nuestro cuerpo asediado es tanto más nuestro cuanto más asediado se ve,
pero tampoco el cuerpo de los demás se diferencia del nuestro,
no al menos cuando se ha convertido en cadáver, y es necesaria entonces
la creación de una agencia para la protección de los derechos civiles de los muertos,
que en el poema vigésimo del libro reclaman su condición de ciudadanos,
su reconocimiento como posibles candidatos a las elecciones,
y obtienen tanta fuerza –pues quién puede dudar de que los muertos son poderosos–
que las encuestas más recientes vaticinan
que pronto el país podría hallarse gobernado por un muerto.
No sabemos, Adalber, si se tratará de un muerto embalsamado
o carcomido por la podre, como diría un mal traductor de Baudelaire,
pero en cualquier caso esa perspectiva, la de ser gobernados por un muerto,
a nosotros, los españoles, nos resulta cada vez menos lejana e inviable.
Bromas aparte, a estas alturas no cabe ya la menor duda
de que cualquier indicio de muerte aparece en primer lugar en la lengua,
quiero decir en la lengua del Tercer Imperio o Tercer Reich,
la lengua manipulada, retorcida, adulterada, prostituida,
por medio de la cual la farsa de este mundo pretende convertirse en verdad absoluta,
hasta que la única verdad, como bien supo Victor Klemperer,
acaba siendo el ostracismo, la persecución y el holocausto.
Frente a esta nueva neolengua de la posverdad de nuestro tiempo, la poesía acude
con su palabra truncada, interrogante, amiga del subsuelo y de los extrarradios,
puesta frente a nosotros como un espejo parlante.
Lo mismo que un corazón de res, diseccionado a los quince años
en clase de biología, constituye el mejor correlato objetivo de nuestra fragilidad,
así la lengua que se habla nos permite distanciar el dolor, verlo escrito en el aire.
Desde el aire, o desde Google Earth, los barracones
de Auschwitz-Birkenau son cráneos relucientes, puro esqueleto:
no hay allí carne ni ceniza,
la carne que fue quemada y convertida en ceniza quedó dispersada por el soplo de un ángel
que ya Rilke o Klee, en los años 20, habían presentido.
Cráneos relucientes, fríos esqueletos,
objetos abandonados en una pantalla de ordenador, como si la historia no fuera
un largo toque de queda donde realmente nada concilia el sueño por completo.
Porque esto es así, porque a los sueños se transfieren los cuerpos dolientes de los otros,
el sufrimiento que hemos vivido junto a quienes amamos,
o incluso el que se infiltra en nuestra locura al conocer ciertas tragedias,
deportaciones, exilios, persecuciones, diásporas, genocidios,
no es concebible que la palabra nos libere, sino que hemos de ser nosotros,
los cautivos, quienes intentemos liberar la palabra en el poema,
a sabiendas de que los poemas son vísceras que cuelgan de los ganchos de una carnicería.
En definitiva, liberar la palabra,
aprender la ciencia de las despedidas,
es convertir la propia vida en un viaje infinito,
en un poema que cruza de una lengua a otra lengua, como un cuerpo que traspasa las fronteras,
llegar al último poema y poder declarar los motivos del viaje
sin que lo que dejamos atrás nos pese demasiado, pero sin olvidarlo.    


  


domingo, 23 de diciembre de 2018

DESCENSO AL VACÍO DE LOS TRONCOS



Por un resquicio se asoma, por el otro se pierde. Transforma la verdad en ceniza y la ceniza en verdad. Desordena los órdenes y solivianta las seguridades. Se conduce por el filo de un abismo entre la decadencia y la cadencia. Rescata, inimaginables, los trazos por los que circula, las huellas que deja al pasar. Carcelero y preso a la vez, carcelero de sí mismo, preso de su propia sinrazón, raspa con la impaciencia de un hambre de espacios los muros que levantó y, a través de orificios incalculables, se balancea entre la invisibilidad del cuerpo y la ominosa materialización del espíritu. Florece en un abismo. Desencadena estancias, reúne pedazos de un discurso intangible, estudia con detenimiento los cauces por los que nunca discurrirá. Ha levantado una piedra que pesa y, en el asombro del peso y de la piedra, se ha detenido a escuchar lo que no pesa, la piedra de la memoria, la impiedad de la piel. Encuentra en los resquicios el único lugar estable, y destila en cada impune reducto la atesorada minucia de una materia tierna, especiada, lavada mil veces entre las telas del corazón. Descorre las cortinas para una carrera entre el espacio y el tiempo, entre la tortuga y Aquiles, entre la almendra y el ojo. Vencen siempre, se vencen, las cortinas, que, corridas, descorridas, corridas, descorridas, balanceadas por el paso de los sudorosos contendientes, guardan un aliento que las hace ecuánimes, protectoras, salvíficas. 


Ha construido un telar de revelaciones, mesas para la meditación, la viva efigie de la desmesura que se contenta con parecerse a la nada. Declara las bodas del oro y el basalto, que suman sus brillos como los cuerpos negros y dorados de los pobladores de una selva permutan sus extasiados miembros en devoraciones incesantes. Da a entender lo indescifrable, lo que queda agarrado a un ápice del sentido, a punto de desvanecerse en la decoloración. Posibilita los asombros que nadie espera porque ya nadie espera nada y regala los resquicios que nadie regala porque nadie ha regalado nunca nada: dueño y señor de los asombros y de los resquicios, dadivoso y desprendido vasallo de sí mismo. Navega a través de las cortezas que flotan. Sume sueños enmarañados en la maraña del fieltro. Retuerce los nudos y los alfileres, distorsiona los sentidos de la desnudez y de la unción. 


No se sitúa enfrente del dolor, sino en el interior del dolor: ha metido las manos en la masa sufriente y ha amasado con toda la fortaleza de la que ha sido capaz las estatuillas del duelo, que no ve nadie a menos que se funda con esa misma masa sufriente que hierve, tampoco esto se ve, como la lava recién brotada de un volcán. No se sitúa enfrente del dolor: salta sobre él después de haberse hundido en él. Se abraza a las cortezas para respirar el vacío de los troncos, el interior desnudo de la vida, y cada corteza que atrapa, cada corteza que lo atrapa, se desmaterializa y se desorganiza: aparece a su través un mundo nuevo que no es el del origen ni el del fin de los tiempos, sino el mundo del instante, el mundo del resquicio, el de la rugosidad del tiempo. Hace que la ceniza cante porque la voz ha perdido carne. Renueva en la ceniza la carne que ha perdido su voz. Vence en la voz la ceniza que revela el yugo vacío de la carne. Amedrenta con sólo sugerir. Atesora con nada más que malograr. Aturde con tan sólo mostrar. Revela el corazón que palpita cada miles de años y que por ello parece muerto, cuando es su salmo, el salmo del corazón que palpita cada miles de años lo que realmente merece la pena detenerse a escuchar. Dora con oro de vida lo dormido, lo muerto, lo que no existió nunca, lo solo, lo desaparecido, lo que estuvo y se fue. Se desembaraza de las sombras dibujándolas en su propio cuerpo y se desembaraza del cuerpo clavándolo en la diana del desamparo y de la sombra.


Habla sin hablar, nace sin acabar de nacer, muere para no morir, vive sin vivir en sí, respira para dejar de respirar y rumia sin dejar nunca de rumiar, pues lo que rumia es su propio rumiar.


Cuánto, qué difícil, desde dónde, con quiénes, dando lugar a qué, cómo, hasta cuándo.

La herida viva, la paz buscada, la ceniza compartida, el amor desfigurado, el sueño abierto, la verdad rasgada, la pared insomne, el peso muerto, la piedra levantada, la sábana interpuesta, la desazón temida, el canto cancelado, el ojo expuesto, la verdad herida, la busca apaciguada, la vida amada, la figura partida, la abertura soñada, el insomnio emparedado, la muerte en peso, la piedra levantada, el miedo cancelado entre las sábanas.

O no, o como si entráramos en la devastación más luminosa. En las entrañas de lo irrecuperable. Hay una acidez en el interior de la gracia. Más acá o más allá, alguien ha carcomido con sus uñas prehistóricas los perfiles de la luz. Inoculada, la gota de oro arde en las entrañas de la vida. Allí se transforma en un río de oro por el que navegan las barcas que atraviesan el orco. Al final del viaje no renacen los cuerpos, no se reconstituyen las memorias ni se revitalizan los sentidos. No. El extremo de los suspiros que lanzan al abismo las almas capturadas es un canto inaudible que sólo se escucha cuando se ha alcanzado el territorio de la indefinición: reducidos a la materia más viscosa o más etérea, por alguno de los poros que transpiran aún nuestro sudor calcificado, ceniciento, se escapa el hilo de una canción perdida. Quien la escucha puede decir que está más allá de la vida o la muerte.



* Jesús Hernández Verano, Rumia, SAC (Sala de arte contemporáneo), Casa de la Cultura de Santa Cruz de Tenerife. Del 16 de noviembre de 2018 al 4 de enero de 2019. Todas las fotografías son de Sergio Acosta.  

sábado, 15 de diciembre de 2018

LECUONA

La simple mención del apellido Lecuona me hizo recordar esta tarde un lugar muy preciso: abrió un abismo en el tiempo, hizo que los biombos se fueran apartando unos detrás de otros, los biombos de las estancias secretas que todo lo guardan y todo lo oscurecen, los biombos pesados como mármoles que cada vez es más difícil desplazar. Que el dueño de la licorería mencionara, hablando por teléfono, el apellido Lecuona, cuando yo estaba a punto de pagar mi Glenfiddich semanal, me hizo retroceder cuarenta años, me devolvió a mi tierna y lacerada infancia, a un apartamento junto a la piscina, lleno de niñas malcriadas y ancianas caprichosas a quienes, cada vez que llegábamos de la playa, nos encontrábamos ocupando ya las mejores hamacas bajo los parasoles. El apellido Lecuona era entonces, para nosotros, sinónimo de prepotencia, estupidez y cursilería. Es muy probable que lo siga siendo. Aquellas niñas, junto a sus abuelas (de sus madres nunca se supo, y mucho menos de sus padres), jugaban con nosotros de mala gana, y cuando lo hacían pretendían adoptar el papel de domadoras de circo o de reinas del carnaval. Sólo que nosotros no teníamos nada de focas domesticables ni de alcaldes de provincia y no nos dejábamos embaucar fácilmente. Las provocábamos con nuestras cacofonías y les hacíamos la vida imposible jugando a juegos que ideábamos in situ. Ellas, que presumían de conocer todas las palabras, se quedaban pensativas estrujando sus adorables cabecitas para encontrar el significado de aquellas que nosotros inventábamos: pichino, conrima, epaminondo, ritroto, apostalar. Intentaban comprender las reglas de nuestros juegos inventados y cada vez que pretendían haber ganado les decíamos que no, que eso que ellas creían victoria significaba un empate; y cuando creían haber empatado nos sacábamos de la chistera una nueva regla que obligaba a considerar ese empate como una rotunda derrota. Yo no sé por qué el licorero hablaba de Lecuona, ni tampoco de cuál de los Lecuona hablaba –pues eran varias las ramas de Lecuonas y no todas estaban emparentadas–, pero lo cierto es que en mi recuerdo visualicé a aquellas niñas de la piscina, con sus sonrisas ladeadas, sus labios fruncidos, las piernas en alto y la más infatuada propensión al exhibicionismo, a aquellas niñas, las Lecuona, que un día llegarían a ser, lo sabíamos ya entonces, abogadas, empresarias, arquitectas. Sus abuelas las miraban desde las hamacas a la sombra imaginando con fervor las notarías, las inmobiliarias, las embajadas donde trabajarían. Bastó que el dueño de la licorería mencionara el apellido Lecuona para que hiciera su aparición, al final de los biombos, un recuerdo de cuarenta años atrás, el de un apartamento junto a la piscina y sus habitantes de aquel verano en el que las acrobacias pretendieron sustituir a las barajas; las ñoñerías, a los calambures; y, ¡horror!, la natación olímpica, a los saltos de bomba. No sé con quién hablaría el dueño de la licorería; no sé por qué hablarían de Lecuona ni de qué Lecuona estarían hablando, pero en mi memoria Lecuona es la piscina de un verano saturado de niñas y de abuelas que pretendieron adueñarse del verano y la piscina (lo que nosotros, de armas tomar, nunca les consentimos). Lecuona es una niña que no quiere jugar con nosotros porque una vez la empujamos al agua mientras ensayaba un battement. Lecuona es una señora gruesa con bikini estampado que nos riñe porque la salpicamos en una de nuestras tiradas-todos-juntos-al-agua. Lecuona es un apartamento lleno de futuras farmacéuticas, de futuras estudiantes de ingeniería que no nos invitan nunca a jugar al parchís o a la pelota. Pero aquel verano pasó. Llegaron otros veranos con sus respectivos veraneantes. Los apartamentos se llenaron de niños nuevos. Sufrimos persecución, muchas veces fuimos zaheridos, pero también perseguimos y zaherimos, asaltamos y fuimos asaltados, y hubo cartas, bombas, peces, gatos, trompos, bochas, discos, ruedas, cromos, bicis, risas, pasos, voces, besos, lapas, riscos, playas, coches, bolas, canchas, días, noches, niños. De todo esto hubo y de todo esto dejó de haber. Por eso, cuando ahora, al escuchar mencionar el apellido Lecuona, me he retrotraído a aquel verano, no he podido dejar de recordar también todos los veranos anteriores y posteriores, todos aquellos veranos en los que ninguno de nosotros hubiera cambiado una lagartija por una acrobacia, una colchoneta por una competición, todos aquellos veranos en los que no había niñas ni abuelas Lecuona en la piscina.

ENTRADA DESTACADA

PÓDCAST SOBRE 'LOS ONANISTAS'

 

ENTRADAS POPULARES