miércoles, 14 de marzo de 2018

NODOS




FRENTE AL LLANO DE UCANCA

Ahora que,
por primera vez en todo el día,
ves un poco de azul
entreabierto en el cielo por encima
de las últimas nubes, después de conducir
por curvas siempre iguales a través
de la niebla de abril ─en este último
invierno de la isla sin inviernos─,
miras
todos esos caprichos que una vez fueron dones,
el llano estremecido bajo el paso
de las nubes que viajan tenaces sin destino,
las piruetas que traza, equilibrista, la lava
desde hace milenios
o la pasividad de las retamas,
cuya fuerza reside en saberse estar quietas cuando la niebla decide atravesarlas;
miras
lo que siempre has venido aquí a mirar
y sientes, por primera vez,
que no hay nada que ver, que todo
lo mirado otras veces no fue acaso mirado
o que un ojo que mira
es una forma de estar más cerca del abismo
donde no hay ojo ni abismo
ni retamas ni nubes ni volcanes ni nada.*


* "Frente al Llano de Ucanca" es uno de los cinco poemas míos que se han publicado en Nodos (Next Door Publishers, 2017), libro coordinado por Gustavo A. Schwartz y Víctor E. Bermúdez. 

lunes, 8 de enero de 2018

REGRESO DE VACACIONES


El profesor regresa de sus vacaciones. Entra en el aula. Los alumnos se encuentran sentados, en silencio. Repasan sus cuadernos, leen sus libros, afilan los lápices. El profesor ha saludado al entrar, pero no recibe respuesta. A su “Buenos días” le contesta un espeso silencio. Los alumnos no parecen haber estado esperándolo, ni siquiera repasar las lecciones que explicó antes de las vacaciones. Cada uno lee algo diferente o repasa el cuaderno de una asignatura que se diría elegida al azar. El profesor piensa que un silencio tan extraño sólo podría obedecer a la conmoción de volver a clase después de las vacaciones, conmoción que él también experimenta pero que preferiría combatir con algo de conversación, sonrisas, un intercambio de ideas. Los alumnos no levantan sus cabezas de los pupitres, parecen estar leyendo algo que realmente les interesa. De hecho, el profesor duda de que los alumnos se hayan percatado de su presencia. Ni siquiera durante sus explicaciones más apasionadas se han mostrado nunca tan concentrados, tan atentos. Se sienta en su mesa y repite el saludo: “Buenos días”. Nadie le responde. Se levanta y pasea entre los pupitres. Apuntes, libros de texto, fotocopias, gráficos, esquemas, resúmenes, ejercicios, fracciones. Regresa a la parte delantera del aula, junto a la pizarra. Mira a cada alumno a la cara: son los suyos, no se ha equivocado de aula. Las vacaciones, que no han durado tanto, no han producido cambios en sus rostros. Ni siquiera otro peinado, un piercing nuevo, gafas de otro color. Siguen siendo Ramiro, Inés, Gonzalo, Julieta, Fran y todos los demás. El profesor enciende el ordenador y conecta el cañón de proyección. Introduce su lápiz de memoria en la ranura correspondiente. Abre una presentación preparada hace unos días: “La Celestina: autoría, temas, personajes”. La repasa mentalmente para recordar los datos más útiles. Carraspea. Anuncia: “Hoy, mis queridos alumnos, comenzaremos el estudio de La Celestina, uno de los libros más relevantes de nuestra literatura”. Pasa a la segunda diapositiva. Aparece el retrato de un caballero medieval, de mirada torva, junto a la cubierta de un incunable de difícil lectura. Nada demasiado apasionante, desde luego. Los alumnos continúan su estudio concentrado, en completo silencio. “Durante mucho tiempo se creyó que La Celestina era un libro de autor anónimo, pero un día se descubrió un acróstico…” Silencio. “Por cierto, ¿alguien sabe lo que es un acróstico?” Los alumnos pasan tranquilamente las páginas, uno afila su lápiz, otro opera con la calculadora. El profesor proyecta la siguiente diapositiva. “Fernando de Rojas afirma haber encontrado el primer acto de una obra dialogada y haberla completado en quince días. ¿Les importaría tomar apuntes de lo que voy diciendo, por favor?” Gráficos, fracciones, esquemas, resúmenes. Nadie se inmuta. El profesor despliega su sonrisa más benevolente y dice: “Ya sé, cabrones, que La Celestina es un petardo de obra, pero tengan la más completa seguridad de que estoy dispuesto a arruinarles la vida a todos si no se saben hasta la última coma de lo que estoy explicando”. Ni un murmullo. El profesor se rasca los sobacos, se tira un pedo, saca la lengua, cacarea. Ni por esas. Cuando quedan unos minutos para el final de la clase, se baja los pantalones y les enseña el culo a sus alumnos. Estos, que parecen cada vez más ensimismados en sus apuntes, ni siquiera se dan cuenta. Se oye de pronto el timbre que indica el cambio de clase. Los alumnos guardan su material en las mochilas, se levantan, salen del aula en silencio.

sábado, 6 de enero de 2018

LOS ANTSCHETSCH

Decían que vivía allí enfrente, pero nunca lo vimos entrar o salir, acaso alguna vez creyéramos haber imaginado verlo asomado a la cristalera del balcón, o por lo menos haber visto lo que parecía su silueta recortada al atardecer detrás de unas cortinas: la figura bien formada, corpulenta, de un hombre de mediana edad, extranjero, rubio, alemán, tenista. Decían incluso que era el director de aquel hotel, aunque ni siquiera estábamos seguros de que aquello fuera un hotel y no tan sólo un complejo de apartamentos; y quienes lo decían afirmaban haberlo visto jugando, casi siempre a la misma hora, a media tarde, en la cancha de tenis del hotel (o lo que fuera) con un joven que podría ser su hijo. Mira, los Antschetsch, decían. Sin embargo, se creía que el hijo no vivía con el padre. Únicamente se los veía juntos, o se decía haberlos visto juntos, en la cancha de tenis, por la tarde, cuando posiblemente el trabajo del padre como director del hotel –o como administrador del complejo de apartamentos– ya había terminado, incluso dejando un rato en la sobremesa para dormir la siesta. 

Zumban las pelotas que se lanzan a un lado y otro de la red: el joven juega de un modo más agresivo, saca con efecto, sube hasta la red, espera la volea, salta, remata, regresa a la línea de fondo para volver a sacar. Le está dando una paliza a su padre, pero, como este podrá luego relajarse con un baño en su habitación, intentará olvidar que, inexorablemente, su juventud ya ha quedado atrás y ahora tiene casi sesenta años. El señor Antschetsch, cuya familia procedía de los Sudetes alemanes, se ha hecho a sí mismo. Después de la guerra, su madre, viuda, lo envió a estudiar a Múnich, donde aprendió el italiano en unos cursos organizados por la Cámara de Comercio con vistas a formar a jóvenes alemanes dispuestos a ejercer de guías turísticos para los grupos de turistas culturales procedentes del norte de Italia. El señor Antschetsch estudió también rudimentos de contabilidad. Su buena planta, su capacidad para hacer amigos incluso donde parecía imposible hacerlos, su sonrisa generadora de confianza y su irresistible atractivo para hombres y mujeres lo situó muy pronto en un puesto de cierta responsabilidad en una empresa dedicada a la promoción inmobiliaria en la frontera de Baviera con Austria. No le resultó muy complicado dar el salto a Italia, donde acabó conociendo a un empresario de la restauración convencido de que invertir en Canarias –años setenta– no era ni mucho menos descabellado. 

El señor Antschetsch llegó a Tenerife como contable de uno de los primeros restaurantes que se abrieron en la isla; Bertini, su jefe, sin embargo, prescindió de él muy pronto, pues no conseguía que se le acercaran ni las empleadas ni las clientas, que caían todas en brazos de Antschetsch y, tras la consabida noche de amor, acababan fugándose o dándose a la bebida. Fruto de una de esas noches, se dice, fue el hijo de Antschetsch, quien, por aquel entonces, y tras aprender algo de inglés y español, ya se había convertido en recepcionista de uno de los primeros hoteles del sur. Se ha oído decir que ella era una joven holandesa que trabajaba en un restaurante como camarera, pero también se dice que podría haber sido una canaria casada con un empresario catalán a quienes Antschetsch agasajó una noche con una cena en uno de los restaurantes de moda en Los Cristianos, cena que tuvo como resultado que el empresario volviera al hotel borracho como un piojo y que su mujer se quedara un rato más con Antschetsch en lo que se supone que pudo ser un rápido encuentro amoroso. 

Lo cierto es que su hijo, que fue, que Antschetsch supiera, el único que tuvo, no había conocido a su madre. Se había criado inicialmente con su padre, pero a los quince años se había ido de casa y se había amancebado con una mujer de treinta, divorciada, vital, independiente, que lo había convertido en su amante y le había enseñado las artes de la mancebía. Padre e hijo, por tanto, no tenían muchas ocasiones de verse, y ni siquiera se soportaban demasiado (el hijo le reprochaba al padre los graves secretos que atenazaron en vano su infancia y el padre al hijo su marcha, su amancebamiento, su vida malgastada). Con el paso del tiempo, los momentos en los que se juntaban para jugar al tenis se convirtieron en fugaces reconciliaciones que, aunque invariablemente terminaran con la victoria del hijo, suponían al menos un reencuentro, les permitían intercambiar alguna palabra sobre sus respectivas vidas y los emplazaban hasta una próxima ocasión. 

Puede decirse que el tenis los había mantenido precariamente unidos. El juego del padre, a diferencia del del hijo, era defensivo, socarrón, inteligente, sólo que las piernas ya no le respondían como cuando era joven y ahora ya no llegaba a pelotas que para él, entonces, eran pan comido: canchanchaneaba por la cancha y eso, junto a las derrotas, lo dejaba de mal humor. A pesar del baño posterior, a pesar de la cena, muchas veces en la agradable terraza del hotel (apartotel), el señor Antschetsch se iba a la cama malpuesto, con un disgusto que nunca era capaz de prevenir. Quienes lo habían visto asomado a la cristalera del balcón de su habitación hablaban de una sombra de mal agüero, de alguien que degustaba durante mucho tiempo una copa tras otra. Nosotros nunca lo vimos, pese a que vivíamos enfrente. Acaso alguna vez creyéramos haber imaginado verlo asomado a la cristalera del balcón, o por lo menos haber visto lo que parecía su silueta recortada al atardecer detrás de unas cortinas. Nos aseguraban que allí había vivido Antschetsch, el alemán que se suicidó lanzándose por el balcón a los dos años de instalarnos. Toda esa época fue difícil y algunos no estaban hechos para sobrevivirla. Nosotros también teníamos por entonces nuestros propios problemas, pero no debían de ser tan graves como los del señor Antschetsch, pues seguimos viviendo allí un tiempo más, hasta que nos mudamos. 

domingo, 26 de noviembre de 2017

T(R)AC / TO: O DE CÓMO CONVALECER MIENTRAS SE GUARDA UN SECRETO

Una de las lecciones del arte contemporáneo es la siguiente: los espacios expositivos son parte de la exposición, forman –o deberían formar– una unidad con lo que en ellos se muestra, sean piezas o cuerpos en movimiento, cuadros o esculturas, fotografías o instalaciones, la música o la nada. Sin embargo, con demasiada frecuencia en el arte expuesto en Canarias se percibe un cierto o completo desinterés por este principio que requiere aunar el contenido y el continente, poner a dialogar el lugar y la obra, hacer que lo expuesto brote del espacio que lo porta y que el espacio se transforme en lo que allí se traza sobre él. Sorprende, por eso, de forma muy especial encontrar una exposición que explore los límites del principio señalado hasta extremos poco transitados. Cuando esto ocurre nos decimos que el artista ha arriesgado sobremanera, que ha cruzado límites normalmente infranqueables o que la potencia de sus visiones lo ha llevado a recrear los espacios mediante su propia obra, que en estos casos no suele diferenciarse mucho de su propio cuerpo.


Es por el cuerpo, quizá, por donde tendríamos que empezar a reflexionar en torno a la fascinante exposición Trau / ter, de Jesús Hernández Verano. Un cuerpo escindido, como el título de la propia exposición parece ya indicar. Un cuerpo partido en dos: el propio y el ajeno. Un cuerpo doble, doblegado, duplicado. Un cuerpo forzado a incorporar otro. Quizá una de las claves –al menos en mi lectura personal– de esta exposición tiene que ver con esa necesidad del cuerpo propio de recuperar una relación natural, dulcificada, con el cuerpo de los demás. Ha habido, percibimos, un trau / ma, una trama cuyos pormenores desconocemos, pero que nos permite asomarnos al abismo de una escisión: el grito desencadenado por la partición del cuerpo, por el re / parto forzoso del cuerpo propio en el ajeno, es decir, por la incorporación empática, frágil, de la propia carne en filamentos decididamente extraños –pero sentidos como propios–, se refleja en el espacio de un modo tan impactante como en la pieza que da título a la exposición: trece puntales de obra sostenidos por sábanas contra las paredes de la sala como si formaran una maraña de voces que se disparan, de gritos que se ahogan, imbricados, alocuciones en el interior de los cuerpos, de un cuerpo a otro, a través de las sábanas, infiltraciones en un aire que se ha vuelto irrespirable de tan lleno de tensiones como está. Las tensiones –frágil equilibrio, movimiento congelado, ocupación aparentemente azarosa del espacio– introducen al espectador en una trama trau / mática, en una fantasmagoría de interpolaciones. El espectador avanza. Es un lugar de difícil acceso. Aventura un pie y el otro queda desequilibrado. Su cabeza se dobla para poder pasar, pero aún está a medio camino. El pie que dejó atrás se introduce en un hueco. El hueco lo descompensa, hace que el pie no pertenezca ya al mismo cuerpo, la cabeza queda atrapada entre dos vigas y se desliga del tronco, que consigue avanzar hasta el siguiente intersticio. El primer pie está a punto de alcanzar el borde, la pared del fondo, mientras el primero intenta tirar de la cabeza que quedó desgajada en una postura bastante poco cómoda. ¿Qué tratamos de decir con esto? Hay múltiples posibilidades en esta trama traurig* (triste, en alemán), esta pesadumbre de vigas metálicas sucias en las que el cuerpo se enreda para sentir una especie de desmembramiento o quizá un deseo vivísimo de huida. Una vez que has llegado al final te preguntas por qué no lo abordaste desde el otro lado, pero para llegar hasta allí habría ahora que volver a salir –salir con todo el cuerpo de la trama del cuerpo–, y qué pereza. Es curioso, nos preguntamos, haber empezado por este lado de la exposición, el lado del trauma, al menos del trauma más visible, enhiesto, arborescente. Quizá apenas nos hayamos fijado, mientras tanto, en dos cortezas de bronce, una a cada lado, como guardianas del abismo o figuras situadas a las puertas de la ley: extraídas o, casi mejor, soñadas en un bosque, emblemas de la pacificación y al mismo tiempo máscaras quemadas, su sinuosa trama es distinta de aquella a la que anteceden. Quien alguna vez, paseando por el bosque, ha llegado hasta un pino quemado –hay tantos, y están allí como esperándonos– y ha tocado la corteza, sabe que la ceniza que desprenden esconde una pureza: basta levantar una capa de corteza para encontrarse un mundo intacto, un mundo que sobrevivió al desenfreno de las llamas y espera con su color de carne de árbol la mano que lo toque, la desorganizadora de las identidades, la piadosa. 

Tacto, tracto es nuestra vida. Conductos que llevan de una zona a la otra. Antes de todo esto, no lo hemos olvidado, existe un umbral. Palabra fácil de pronunciar, difícil de pensar. El umbral físico es aquí una pieza de tela blanca colgada a la entrada de la sala. Con su aire japonés, o en cualquier caso zen, parece decirnos que lo traspasado somos nosotros mismos, el instante que somos y no somos, el cuerpo abrazado a la tela y el que se desembaraza de ella. Quizá hubiéramos hecho mejor en quedarnos allí, en el interior de esa tela, que de hecho dispone de pliegues como para acogernos. Quizá todo lo demás forma parte de un trasfondo demasiado personal: de algún modo, parece decirnos que hemos de entrar allí protegidos y dispuestos a desguarnecernos, atentos a los detalles y no pendientes de nada en concreto, respetuosos ante lo ajeno y a la vez dispuestos a hacerlo nuestro, a incorporárnoslo.

Una vez dentro, las ventanas clausuradas por telas blancas, finísimas, tapizan la luz y conforman un mundo desiluminado. Caemos en la desubicación: estamos dentro, pero no hay afuera. Estamos en una especie de dentro absoluto, pero dentro de ese dentro hay capas que atravesar, afueras dentro de las cuales no se debería entrar, adentros fuera de los cuales no convendría salir. Es a esto a lo que me refería al principio cuando decía que el artista ha reinventado con su cuerpo el espacio. Lo ha purificado para contaminarnos. Se ha esterilizado para que nos contagiemos. Trauma, trampa. Cuanto más en silencio se permanezca en este espacio, tantos más alaridos se escucharán, más llantos. Permanecer quietos aquí dentro es traicionarnos a nosotros mismos, pues todo invita a derramarse, a desvanecerse, a infiltrarse en un lugar, en otro. Prosigamos, pues.


Tal vez todo nos lleve ahora, después de la maraña de la que nunca logramos salir del todo, al otro lado de la sala. Como unas ramas de oro, sin árbol que las sostenga, sin cortezas ahora, meras inscripciones doradas, surgen en la pared unas marcas. Es una pieza casi invisible, pero reveladora: revela lo que la pared contiene, un trasluz de sangre dorada, una articulación de trazos desgarrados. Estamos ahora fuera del cuerpo, que ha querido inscribirse ahí, en la propia pared, en un vaivén de venas que chorrean, ramas desnudas que fueron purificadas tras sangrar durante mucho tiempo. Es el mundo después de la corteza.


Y empezamos a escuchar. Oímos la sonoridad del desgarro: el punzón hiere la carne y la carne se deshoja en ramas verticales, como si fueran la filigrana de un descendimiento. Si antes había que tener cuidado, es decir, literalmente, practicar el cuidado de uno mismo y el de los demás, sobre todo en lo que a los aspectos más delicados del cuerpo se refiere, ahora nos adentramos en el terreno de lo sin cuidado. Nos trae sin cuidado desgarrarnos, abalanzarnos contra el muro del tiempo, pues lo importante ahora no somos ya nosotros, sino una cierta purificación que consiste en desistir de nosotros. En esa carga y descarga contra la pared, una vez apuntalado el dolor, incorporado como la verdad última del cuerpo, no nos importa ya sino sentir el desgarro, un desgarro que no es ya de nadie, un desgarro sin sujeto, que flota contra el muro y es el más paradójico sinónimo de la pureza. La desgracia como reverso del más irreprochable amor. Lo incuestionable nos sale al paso ahora como una flor dorada abierta en medio de la rotura: es una flor hecha de rotura.


Entre el desfondamiento y la recuperación, entre la respiración y la maraña, Trau / ter nos lleva hasta un territorio en el que al dolor se le han habilitado respiraderos, drenajes, vías de escape para salir, quizá, a un mundo igualmente desesperado, pero dotado ya de mecanismos capaces de regular la desesperación, o de hacer al menos que esta no se desboque. Escribo todo esto con tinta roja, y me doy cuenta de que el rojo, que no existe en la superficie de esta exposición, es el ausente pensado, el fantasma exorcizado. Quizá esas sábanas estuvieron un día manchadas de rojo y ahora las soñamos blancas, lo mismo que el umbral que parece interponerse entre nosotros y ese mundo construido al calor o al abrazo de lo atroz: estuvo manchado durante mucho tiempo de sangre, pero se nos ofrece lavado, prístino, porque, ¿qué otra cosa sino un testimonio de curación es todo esto que aquí dentro ocurre, desgracia aventada lejos, purga de todos los amaneceres sombríos.*

* Jesús Hernández Verano, Trau / ter, Sala de Exposiciones del Ateneo de La Laguna. Del 6 de octubre al 1 de noviembre de 2017. Texto publicado en La Opinión de Tenerife el 20 de noviembre de 2017.

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