domingo, 24 de marzo de 2013
ZENTRIEGENHAUS
El respeto que impone verse de pronto viviendo en una casa de más de quinientos años de edad. La madera del suelo, las vigas de las paredes y del techo no solo crujen, sino que parecen atesorar no sé qué secretos o suciedades inconfesables.
Los primeros días se siente un deseo de aprender lenguas extrañas: albanés, retorrománico, rumano, guaraní… Luego se ponen los pies en la tierra y resulta mucho mas práctico aprender a preparar una ensalada fácil pero sabrosa o un muslo de pato al estilo del Valais.
La primera noche da un poco de miedo acostarse porque la mañana de ese mismo día uno se despertó en otro lugar y teme ahora despertarse en un tercer sitio que no sea este ni aquel y del que no se sepa ni siquiera cómo pudo llegarse hasta allí.
Los diez minutos que, haciéndome a medias el ingenuo y a medias el caradura, pasé en el vagon de primera clase del tren Ginebra-Visp me recordaron ese almuerzo que disfruté un día —por recomendación de un amigo que se las sabía todas— en un bufet libre de un hotel de Fuerteventura en el que el descontrol permitía llegar, hacerse con una bandeja, confundirse entre la clientela, recoger los platos que más apeteciera comer y sentarse luego en una mesa bajo unas palmeras o junto a una piscina a disfrutar de un almuerzo opíparo aunque convencional, apetitoso sobre todo por lo que tenía de furtivo. Aquellos, me temo, eran aún tiempos de vacas gordas o de morsas instaladas en las direcciones generales de turismo del Gobierno de Canarias.
Nadie en el mundo está más expuesto a un encuentro azaroso que un taxista… salvo el cliente de un taxista.
Una tumba a la que siempre llega un rayo de sol. Puesta frente al sol del atardecer que se esconde tras las montañas nevadas. Con una pequeña cruz de madera en la que solo figuran dos fechas y unas iniciales: 1875-1926, R. M. R. Un lugar en el que quien reposa parece seguir respirando en un aire que no es de este mundo. Respirando por las flores que la tierra transpira. Una tumba que casi nadie visita y junto a la que no se puede descansar mucho tiempo. Ya sé que no soy más que uno (o un par) de esos párpados que sueñan la rosa que no desea ser soñada por nadie y que por ello es pura contradicción. Si cierro los párpados ante la tumba estoy muriendo aquí antes de mi propia muerte aunque siga viviendo allá de donde vine. Un río corre siempre bajo los párpados que sueñan su propio sueño aquí arriba. O un mar encrespado como el de Duino. O un tajo silencioso como el de Ronda. Los ángeles se posan como ciervos que, sedientos, aletean sin saber que el agua que los sacie no ha brotado todavía.
No sé si con su cría o con su madre, tampoco si jugaba o si escapaba, pero aquel cervatillo que apareció desde la parte baja del bosque y atravesó los árboles brincando entre la nieve hizo que me detuviera y sintiera —o deseara sentir— que en aquel momento no había intervalo ni distancia entre la naturaleza y yo.
Una escritura pedregosa la de Maurice Chappaz en La haute route —pedregosa en el mejor sentido del término—, una escritura no previsible y laberíntica que siempre conduce adonde no se esperaba. Pero cuesta traducirla y a veces, en determinadas expresiones, no hay forma de descubrir a qué nos remite. Está íntimamente apegada a un paisaje que desconozco. Entonces solo me queda inventar o fantasear. O ponerme en camino para intentar vislumbrar algo del mundo que recrean las palabras. En este caso, el traductor tendría que calzarse los esquís y recorrer por sí mismo la alta ruta que quiere traducir.
Cuando ya había anochecido llegué hasta el río para escucharlo unos instantes. Me pareció que uno de los funiculares que suben la montaña llegaba en ese momento a la base. ¿Funcionan también por la noche? La gente se saluda en Raroña cuando se cruza por la calle. Dicen “Salü”, su saludo informal, o algo que se parece a “Guten Abend” pero que quizá sea otra cosa. Saludan como hacia dentro, aunque algunos sonríen. Al parecer, pronto se celebrará el carnaval. Prefiero no imaginármelo. Trajes de brujas o espantapájaros con latas de cerveza de medio litro en la mano. Los suizos ensucian más de lo que se cree, pero lo hacen en lugares escondidos, como con la peor de las conciencias.
Ha muerto el hermano de un tío político mío, según me ha contado mi padre. Se encontró mal anoche, acudió a la casa de un hijo suyo, médico, que estaba reunido con otros amigos médicos, pero no hubo nada que hacer. Para unos el final es cosa de un instante y para otros dura una eternidad. La sucursal de uno de los bancos radicados en Raroña me recuerda, por su fachada fría, a la vez esterilizada y acogedora, a una de esas clínicas a las que los millonarios deshauciados acuden para que les sea practicado el suicidio asistido.
Una casa en Visp, erigida como una enseñanza, como un teorema del equilibrio. Un grácil entramado de vigas, de estacas, de tablones y leños que parece sonreír. Más de quinientos años desde que el arquitecto tirolés —cuyo nombre olvidé apuntar— la levantó. Una casa teológica, se diría, una casa sacramental. Con las maderas —y uno casi las huele— de los bosques cercanos se ha levantado un templo cuyo dios es la geometría o la armonía. Las flores que la adornan no están ahí sino para que la recordemos mejor al marcharnos.
Es el escritor con mayor capacidad para perderse que conozco.
De un correo enviado a un amigo el 14 de enero: «Todas esas moles nevadas, con esas llagas blancas que parecen supurar una pus de otro mundo.» Y en su respuesta: «Esa pus de otro mundo tal vez se supure en el nuestro, o en nuestros ojos y, tal vez, no sea más que agua, más que aire lo que brilla y se oculta con tanta fuerza sobre las montañas.»
Pasan las avionetas entre las montañas. Imagino que van a aterrizar en el aeródromo. Habrán zigzagueado a gusto entre los desfiladeros. Su misión es decirnos lo arriba que se puede llegar.
Sueños escatológicos en estas noches profundas. Duermo como un tronco —y literalmente entre troncos—, pero me despierto como si hubiera estado manoseando excrementos de cuerpecitos inocentes. Una analidad turbia dialoga con miradas vírgenes en habitaciones atestadas de muñecos de peluche. O un profesor universitario alemán me enseña su culo sucio para que haga con él lo que nadie estaría dispuesto a hacer. No crean que no me preocupan todas estas imágenes que nada bueno dicen de mí. Soy consciente de que, a veces, cuando me preparo para acostarme, puede inciarse un ritual coprofágico en el que la caca y la leche de cualquiera se ofrecerán en el altar para que otros o yo las consagremos.
La letra de Rilke cambia según escriba alemán o francés. Sus vergeles o sus cuartetos valesanos son más gráciles, más ligeros, más luminosos que sus elegías duinesas o sus sonetos órficos. Y esto es así ya desde las figuras que la mano conforma sobre el papel.
Lejos lleva su plata el río, la plata que rezuma desde las cumbres nevadas y que baña silenciosa la última luz de la tarde. Dejo atrás la estación, cruzo el puente y, sin detenerme, miro a ambos lados para que origen y desmbocadura no se separen ni un instante de la corriente que fluye. El río frío, de aguas verdosas, que cruza como un animal agazapado entre las moles amenazadoras. He acariciado tu lomo, río. Ahora, si quieres, llévate lejos tu plata.
La traducción: qué extraordinaria oportunidad para perderse en el interior de un texto ―proceloso, radiante, perturbador o tierno― como quien se introduce en el interior de un cuerpo para explorarlo o disfrutarlo. El texto se abre o se resiste a abrirse, depende. El íntimo intercambio, el boca a boca o palabra a palabra que allí tiene lugar es uno de los procesos más secretos del mundo. El traductor y el texto, como el pintor y su musa, pasan horas, días, meses juntos en la misma habitación hasta que uno de los dos vence o desiste, rasga lo que ha hecho o se entrega ya sin cortapisas a la voluntad del otro.
No hay nada contra la tristeza salvo más tristeza, salvo tristeza de otro tipo, salvo tristeza procedente de otro dolor.
Hay un momento extraño, cerca del final de una traducción, cuando casi todo está corregido pero falta aún una última supervisión, el visto bueno final, en el que el traductor se da cuenta de que, en medio de la ilimitada inestabilidad que lo rodea, lo único estable, lo único seguro y lo único cierto es el texto original que está a punto de desaparecer para siempre para él.
Ningún libro de verdad es un libro más. Escribir para prolongar una trayectoria, un nombre, la imagen que uno se ha hecho de sí mismo, es una imbecilidad y, lo que es peor, una patética triquiñuela. Cualquier libro que se escriba habrá de ser el libro al que el escritor se entrega, el último libro de su vida, el libro en el que muere sin saber si habrá otros.
miércoles, 20 de marzo de 2013
UN POEMA DE CLAUDE AUBERT
En una nota al pie de la magnífica edición que en 2011
realizó Pierre-François Mettan de Journal intime d’un pays, una minuciosa
recopilación de los artículos que Maurice Chappaz publicó en periódicos y
revistas entre 1940 y 2009, el año de su muerte, se habla de la amistad que
unió durante casi treinta años a Chappaz con Claude Aubert. En los años en que
Chappaz vivió en un pequeño pueblo del Alto Valais, Geesch, es decir, entre
1943 y 1947, después de su participación como soldado en los trabajos de defensa
de la frontera suiza ante el peligro de la invasión alemana, con frecuencia
venía a visitarlo Claude Aubert. En una ocasión se fueron caminando desde
Geesch hasta Lugano, es decir, atravesaron casi media Suiza. Claude Aubert,
nacido en Ginebra en 1915 y fallecido en 1972, era tan solo un año mayor que
Chappaz. Viajero empedernido --como el propio Chappaz y como su paisano Nicolas
Bouvier--, Aubert pasará largas temporadas en España y traducirá al francés a
poetas españoles e hispanoamericanos. También realizará numerosos viajes a
Alemania, en donde le interesarán especialmente las grandes ciudades
portuarias. Sus libros, desde Paysages (1941) o Découvrir (1944) hasta L’unique
Belladonne (1968) y Soleil et Venin (1969), componen una obra poco conocida incluso
en la propia Suiza, una trayectoria de la que forma también parte el legado de
textos manuscritos que, depositados actualmente en la Universidad de Ginebra,
permanecen inéditos. En palabras de Jacques Chessex, «en la obra de Claude
Aubert, como en un palimpsesto, se puede leer constantemente otro texto, más
abrupto, más afilado, doloroso hasta el pánico: como si el poema ahí legible, y
deseado, publicado por Claude, fuera el resto de un canto casi borrado,
salvaje, rebelde, un canto del que él reescribe hoy una versión clara, a menudo
luminosa, atravesada, es cierto, por zarpazos, por fallas abiertas, pero de una
franciscana sencillez armoniosa». El poema que he traducido, «Diálogo»,
pertenece al libro Le Passager, de 1948.
DIÁLOGO
Sorprender los objetos en su loca materia
cuando el cielo es más fluido que el trigo de
los mares.
Sorprender los objetos, las raíces de las
piedras
Hacer que bailen todos en los huevos de luz
cuando duerme la noche como un ave solar.
Sorprender los objetos en los muros soñados
escuchar las antiguas palabras de las sillas
que cavan en la mente extraños orificios.
Revolver los objetos en aladas ventanas
cuando el dedo del día se aproxima a un desierto
donde oro, espigas, hierro gobiernan nuestros párpados.
Tocar esos objetos en días de miseria
acoger a los cuervos en las mesas de fiesta
cuando ciegos los árboles reinan sobre el
invierno.
Examinar las nubes, la abeja del cristal
mechones de cabello ocultos en armarios
cuando sombra y ceniza nos lanzan a los ojos
mil astrágalos negros.
DIALOGUE
Surprendre les objets dans leur folle matière
quand le ciel est plus fluide que les épis des
mers.
Surprendre les objets, les racines des pierres
Faire danser les objets sur l’œuf de sa lumière
quand le soir est plus calme que les oiseaux
solaires.
Surprendre les objets sur les murs de ses rêves
écouter les paroles très anciennes des chaises
qui creusent dans nos songes d’étranges
fondrières.
Mêler tous les objets sur l’aile de ses fenêtres
quand les doigts du matin s’approchent d’un
désert
où l’or, les blés, le fer sont rois de nos
paupières.
Toucher tous les objets dans les jours de misère
accueillir les corbeaux sur nos tables de fête
quand les arbres sont princes aveugles de
l’hiver.
Contempler les nuages, les abeilles des vitres
les cheveux solitaires cachés dans les armoires
quand l’ombre et la poussière jettent dans nos
regards
mille jonquilles noires.
martes, 19 de marzo de 2013
CASI UNA DESPEDIDA
Para José Andrés Dulce
Qué raro es todo. Me quedé mirando una terraza
y supe que había pasado al otro lado. Al otro lado de qué, me decía. La terraza
me recordaba algo, algo antiguo, algo no del todo cancelado, algo vivo quizá en
el otro lado de algún otro lado. Luego descubrí un mapa tirado entre unos
arbustos. Un croquis hecho a mano. En él se señalaban siete partes de lo que
parecía un edificio, cada una de las cuales ostentaba una letra mayúscula
destacada con un color diferente. En la esquina superior izquierda una leyenda contenía
las instrucciones que debían seguirse en la construcción o rehabilitación de
cada parte y, además, otras informaciones de interés, por ejemplo: A) La rampa
debe ser de madera y no podrá permanecer cerrada más de tres meses o E) Junto
al garaje, que dispondrá de un techo desplegable, se situará la caja del
restaurante. El croquis era un laberinto de letras, colores, líneas, palabras y
espacios que no logré descifrar. Quiero decir que no fui capaz de descubrir cuál
era el lugar que representaba, aparte de tratarse de un conglomerado de rampas,
tribuna, restaurante, garaje, caja, piscina y biblioteca. Si no hubiera sido
por este último elemento perturbador, hubiera pensado que se trataba de un
complejo de ocio, una especie de macrodiscoteca o sala de espectáculos
multiusos. Me desorientaban el mapa, la terraza, el camino —Judenweg— en el que había desembocado después
de saltar un par de cercas metálicas de lo que parecía una granja abandonada.
Detenerme unos cuantos segundos más significaba tal vez lograr permanecer en
ese otro lado o perderlo para siempre. La terraza pentagonal me invitaba a que
siguiera mirándola, a que intentara desentrañarla. Había un vacío, una
desolación en su limpieza impecable, en su trazado perfecto, en la serenidad
que desprendía. Yo he estado jugando ahí en alguna otra vida, pensé tontamente.
Quizá el otro lado en el que me encontraba era el de la locura. Pero no era la
primera vez aquella tarde que un lugar me retrotraía a otro, fantasmagórico, de
mi memoria. Descubrí un club de tenis. Solitario, de tres pistas, con pelotas
desperdigadas en las jardineras que rodeaban las canchas. Las puertas de una
oficina, unos paneles informativos de campeonatos y clases, un bar con una
pequeña terraza. Todo se correspondía de un modo demasiado simétrico con ese
otro club que nunca ha dejado de rondar mis recuerdos. Qué raro es todo. Ahora
mismo, mientras escribo, acaricio la concha de un caracol que recogí junto a
una capilla. En vez de contener un molusco, contenía tierra. No se sabía si era
un caracol que había terminado sus días en el jardín que rodeaba la capilla o
si se trataba de un concha puesta a propósito allí con devoción mucho
tiempo después de que muriera el molusco. Era una tarde en la que no había
manera de saber nada. Cañerías que no transportaban agua. Un tronco cortado en
medio de una esbelta hilera de abedules. Planchas de metal abandonadas en medio
de un cruce de caminos. Arroyos tan delgados que no se sabía cómo podían seguir
existiendo. Montículos cubiertos de una hierba pajiza de la que de pronto se
alzaban unas plantas finísimas, casi transparentes, que el viento
desequilibraba. Un perro desapareció con su dueño detrás de uno de esos
montículos. Se los tragaron la hierba, el arroyo, los árboles o los caminos, no
sé. Parecían tan felices. Y después no hubo tampoco manera de desentrañar nada,
pues caminar era el más frágil de los ejercicios. El corazón no daba ninguna
seguridad de volver a bombear la sangre que ya había transitado por él. Podía
detenerse en cualquier momento y dejar como únicos testigos unos ojos abiertos
en medio del campo que miraban sin verla la media luna de algodón apenas
insinuada en el cielo. Qué más daba, en el fondo, si el mapa de la verdad nunca
podría descifrarse, si estas y las otras vivencias, y todas las del tiempo
todo, las mías y las de cualquiera no eran más que rasguños en la piel de lo
inconmensurable, la caricia que un gorgojo le hace a un gigante dormido. La
iglesia con su torre puntiaguda empezaba a entrar lentamente en un sueño. Decía
el epitafio de aquella tumba célebre que había un sueño de nadie y que eran muchos
los párpados que se cerraban para dormirlo o soñarlo. Y que la contradicción es
la flor que somos. ¿La concha de un
caracol sigue indicando tras su muerte el camino que trazó, la espiral
permanente en que se arrastró mientras vivía? Vi lo que eran quizá las primeras
flores, diminutas, tan blancas como si acabaran de nacer, como si no pudieran
decirse. Todo lo demás era la hierba cansada y la amarga andadura y la vencida
tozudez y la impaciencia. El otro lado no era ningún asunto metafísico. Yo
estaba simplemente donde me había imaginado otras veces estar cuando no estaba
aquí. Una coincidencia, un espejismo, una contradicción. Algo parecido a una
lejanía mental, como un aire entretejido de vibraciones extrañas, me había
transportado de donde yo creía pertenecer adonde no sabía si estaba a punto de
extinguirme. Eso era, sencillamente, el otro lado. La tarde, de repente,
parecía expulsarme. Tenía que encontrar un modo de volver. Quedarme quieto
frente a aquella terraza para siempre conllevaba el riesgo de que empezara a
llenarme de tierra, de que con el aire que respiraba entrara más polvo que
oxígeno, de que las venas se fueran convirtiendo en cañerías que llevaban una
sangre cada vez más espesa, de que también yo me convirtiera en un objeto inservible
abandonado en medio del campo, en un mapa sin significado.
miércoles, 6 de marzo de 2013
GEESCH
Para José-Flore Tappy
También yo fui un extranjero que buscaba al atardecer una orientación para sus pasos. No encontré en Geesch la casa de la que me habían hablado. Solo había unos antiguos graneros destartalados que, según dejaban ver los buzones que aún seguían ostentando los nombres de los inquilinos junto a las puertas, se habían usado alguna vez como viviendas. Los únicos rastros de vida comunitaria o vecinal en Geesch son un panel y una cruz. En el panel se exponen anuncios de conciertos de música de cámara en las iglesias del cantón, convocatorias de conferencias, ordenanzas municipales referentes a la tenencia de animales domésticos, cursos de musicoterapia y los horarios de los autobuses cantonales. En cuanto a la cruz, se encarga de velar por la incorruptibilidad de los vivos y por la devota memoria de los muertos. En el momento exacto en el que ya no se distingue a un metro del propio torso el contorno de los dedos de la mano, es decir, cuando ya es más de noche que de día, se encienden las luces del alumbrado público, que no son ni blancas ni amarillas, sino de un color entre anaranjado y rojizo que se acentúa a medida que uno se aleja de las poblaciones. Tomar por una de las calles que no conducen sino a un par de casas solitarias más allá de lo que en Geesch se considera el núcleo y desviarse de pronto por la llanura en dirección al río no es sino un modo de cambiar la perspectiva, de retroceder para darse la vuelta cada cierto tiempo y de ver el racimo de las viviendas como flotando por encima del mundo, allá en su nimbo anaranjado o rojizo, silencioso y voraz. También yo fui un extranjero que buscaba al atardecer una orientación para sus pasos. La noche descendía como una manada de lobos que empieza a dispersarse entre las casas asustadas. Uno de ellos, pensé, se enredará con mis piernas en busca no sé si de calor o de palabra. Dejé que anduviera por allí ese lobo concreto que no me pareció muy peligroso. Pasó un par de veces bajo mis piernas, gruñó casi como un bebé y luego se quedó esperando no sé si a que lo acariciara o a que lo espantara. Lo que debían de ser pastos no eran entonces más que encharcados barrizales de espigas aplastadas sobre los que los días anteriores se había derretido la nieve. Algo nacerá de todo esto, pensé, de estos pastos que deben de ser comunales dado que no se impide el acceso mediante ningún cercado o protección. Me atrajo un grupo de árboles a los que luego ignoré porque me parecieron estar confabulando demasiado apegados los unos a los otros. Quien escapa de una población opresiva como Geesch necesita total libertad no solo en la determinación de su destino sino también en todos y cada uno de los elementos con que se va conformando su vida de supuesto paria irrisorio. Dejé los árboles a un lado y continué por la llanura. Llegué a una parte en la que el sol no incidía nunca a lo largo del día y que por eso seguía cubierta por la nieve. Unos pasos se hundían más que otros. El cuerpo parecía el de un torpe plantígrado que, sin compostura alguna, sin la mís mínima coordinación de sus miembros, se lanza a atravesar una llanura nevada. A nadie se le ocurre sino al extraviado de turno. La nieve crujía con cada golpetazo de los pies. El hundimiento era a veces tan fuerte que me desestabilizaba. Veía Geesch a lo lejos como un lugar repelente en el que una serie de extranjeros debían de haberse refugiado hacía más de cuarenta años y de cuyas vidas solo restaban las placas con sus nombres en algunos buzones oxidados. Apellidos portugueses, quién sabe si de refugiados políticos o de emigrantes económicos, por emplear dos términos acaso en el fondo sinónimos. La casa que buscaba debía de estar en la parte más alta del pueblo. Allí iría otro día. También yo fui un extranjero que buscaba al atardecer una orientación para mis pasos. De pronto me encontré con una pequeña hondonada: ¡un arroyo! Pensé que iba a ser el final del camino porque me obligaría a dar la vuelta, pero, como en estos divinos cantones está todo previsto, un tablón de madera sólidamente encajado entre una orilla y otra estaba puesto allí para salvar el obstáculo —y acaso una ordenanza señalaba sobre el tablón comunal las penas para todo aquel que se atreviera a retirarlo. Geesch no se divisaba ya sino como una muy remota posibilidad de encontrar almas no sé si gemelas la mayoría de ellas entregadas a la musicoterapia, la tenencia de animales, el estudio de la música de cámara o la preparación de una conferencia sobre el mejor aprovechamiento del ganado caprino en los establos de la región. También yo fui un extranjero que buscaba al atardecer una orientación para mis pasos. Poco después de atravesar los últimos metros de la llanura me encontré con un obstáculo peor que el arroyo finalmente salvado hasta con un poco de gracia —el tablón resultó no ser tan sólido ni seguro y dio ocasión para alguna pirueta. Se trataba de un bosquecillo, si puede llamárselo así, de árboles enmarañados, con ramas partidas caídas de un modo caprichoso sobre otras ramas aún unidas a los troncos. Tenía que internarme en ese selvático madreporario de malezas y troncos de dudosa confianza para intentar alcanzar el camino que, sobre eso no albergaba dudas, transcurría paralelo al río. Me armé de valor, aparté una rama aquí, bordeé un tronco allá, escalé taludes cubiertos de nieve con ayuda de arbolillos esqueléticos a los que me agarraba y al final, sin mucha dificultad, alcancé el sendero comunal. Aclaro que aquí todo es comunal desde el momento en que no resulta inequívocamente señalado como privado. Los extranjeros, a los que nada privado nos está permitido, tenemos que limitarnos a ocupar los espacios comunales para, desde ellos o a través de ellos, acceder a otros espacios comunales; y, así, sucesivamente. Mi finalidad, extranjero como era yo también, no era sino buscar una orientación para mis pasos. La encontré en cuanto accedí al sendero comunal. Y esto ocurrió del modo que diré a continuación: acompañado por el río, que, aunque cambia en todo momento de color, permanece siempre estable en el mismo cauce y dirige sus aguas siempre en la misma dirección, supe que me encontraba en lo que llaman «el sendero que va por la orilla del río» y supe, por tanto, que al final de ese sendero se encontraba la población donde había podido instalar mi residencia provisional en aquellos tiempos. Hay en ese camino un lugar especial que descubrí no hace mucho —no sé si sobre las huellas de otros descubridores—: un mirador escondido desde el que uno puede ponerse a contemplar el paso del Ródano apartado de todo y de todos, en una abigarrada simbiosis de las innumerables realidades que somos y la simplicidad alentadora del curso de agua que se limita a correr sin más preguntas hacia donde quiera que esté su destino. También yo fui un extranjero que buscaba al atardecer una orientación para sus pasos. Me senté en las tablas preparadas al efecto y dejé que los pensamientos nunca suficientemente serenos o coherentes armonizaran por un instante con la fluidez inmutable del río. No sé si lo que entonces busqué, dada mi condición de extranjero a estas alturas ya perfectamente conocida por el lector, fue lo que alguna religión llama «la hermosura del retorno» o simplemente un lugar donde seguir siendo en secreto el extranjero que era entonces, tan en secreto que nadie pudiera decir que lo era.
También yo fui un extranjero que buscaba al atardecer una orientación para sus pasos. No encontré en Geesch la casa de la que me habían hablado. Solo había unos antiguos graneros destartalados que, según dejaban ver los buzones que aún seguían ostentando los nombres de los inquilinos junto a las puertas, se habían usado alguna vez como viviendas. Los únicos rastros de vida comunitaria o vecinal en Geesch son un panel y una cruz. En el panel se exponen anuncios de conciertos de música de cámara en las iglesias del cantón, convocatorias de conferencias, ordenanzas municipales referentes a la tenencia de animales domésticos, cursos de musicoterapia y los horarios de los autobuses cantonales. En cuanto a la cruz, se encarga de velar por la incorruptibilidad de los vivos y por la devota memoria de los muertos. En el momento exacto en el que ya no se distingue a un metro del propio torso el contorno de los dedos de la mano, es decir, cuando ya es más de noche que de día, se encienden las luces del alumbrado público, que no son ni blancas ni amarillas, sino de un color entre anaranjado y rojizo que se acentúa a medida que uno se aleja de las poblaciones. Tomar por una de las calles que no conducen sino a un par de casas solitarias más allá de lo que en Geesch se considera el núcleo y desviarse de pronto por la llanura en dirección al río no es sino un modo de cambiar la perspectiva, de retroceder para darse la vuelta cada cierto tiempo y de ver el racimo de las viviendas como flotando por encima del mundo, allá en su nimbo anaranjado o rojizo, silencioso y voraz. También yo fui un extranjero que buscaba al atardecer una orientación para sus pasos. La noche descendía como una manada de lobos que empieza a dispersarse entre las casas asustadas. Uno de ellos, pensé, se enredará con mis piernas en busca no sé si de calor o de palabra. Dejé que anduviera por allí ese lobo concreto que no me pareció muy peligroso. Pasó un par de veces bajo mis piernas, gruñó casi como un bebé y luego se quedó esperando no sé si a que lo acariciara o a que lo espantara. Lo que debían de ser pastos no eran entonces más que encharcados barrizales de espigas aplastadas sobre los que los días anteriores se había derretido la nieve. Algo nacerá de todo esto, pensé, de estos pastos que deben de ser comunales dado que no se impide el acceso mediante ningún cercado o protección. Me atrajo un grupo de árboles a los que luego ignoré porque me parecieron estar confabulando demasiado apegados los unos a los otros. Quien escapa de una población opresiva como Geesch necesita total libertad no solo en la determinación de su destino sino también en todos y cada uno de los elementos con que se va conformando su vida de supuesto paria irrisorio. Dejé los árboles a un lado y continué por la llanura. Llegué a una parte en la que el sol no incidía nunca a lo largo del día y que por eso seguía cubierta por la nieve. Unos pasos se hundían más que otros. El cuerpo parecía el de un torpe plantígrado que, sin compostura alguna, sin la mís mínima coordinación de sus miembros, se lanza a atravesar una llanura nevada. A nadie se le ocurre sino al extraviado de turno. La nieve crujía con cada golpetazo de los pies. El hundimiento era a veces tan fuerte que me desestabilizaba. Veía Geesch a lo lejos como un lugar repelente en el que una serie de extranjeros debían de haberse refugiado hacía más de cuarenta años y de cuyas vidas solo restaban las placas con sus nombres en algunos buzones oxidados. Apellidos portugueses, quién sabe si de refugiados políticos o de emigrantes económicos, por emplear dos términos acaso en el fondo sinónimos. La casa que buscaba debía de estar en la parte más alta del pueblo. Allí iría otro día. También yo fui un extranjero que buscaba al atardecer una orientación para mis pasos. De pronto me encontré con una pequeña hondonada: ¡un arroyo! Pensé que iba a ser el final del camino porque me obligaría a dar la vuelta, pero, como en estos divinos cantones está todo previsto, un tablón de madera sólidamente encajado entre una orilla y otra estaba puesto allí para salvar el obstáculo —y acaso una ordenanza señalaba sobre el tablón comunal las penas para todo aquel que se atreviera a retirarlo. Geesch no se divisaba ya sino como una muy remota posibilidad de encontrar almas no sé si gemelas la mayoría de ellas entregadas a la musicoterapia, la tenencia de animales, el estudio de la música de cámara o la preparación de una conferencia sobre el mejor aprovechamiento del ganado caprino en los establos de la región. También yo fui un extranjero que buscaba al atardecer una orientación para mis pasos. Poco después de atravesar los últimos metros de la llanura me encontré con un obstáculo peor que el arroyo finalmente salvado hasta con un poco de gracia —el tablón resultó no ser tan sólido ni seguro y dio ocasión para alguna pirueta. Se trataba de un bosquecillo, si puede llamárselo así, de árboles enmarañados, con ramas partidas caídas de un modo caprichoso sobre otras ramas aún unidas a los troncos. Tenía que internarme en ese selvático madreporario de malezas y troncos de dudosa confianza para intentar alcanzar el camino que, sobre eso no albergaba dudas, transcurría paralelo al río. Me armé de valor, aparté una rama aquí, bordeé un tronco allá, escalé taludes cubiertos de nieve con ayuda de arbolillos esqueléticos a los que me agarraba y al final, sin mucha dificultad, alcancé el sendero comunal. Aclaro que aquí todo es comunal desde el momento en que no resulta inequívocamente señalado como privado. Los extranjeros, a los que nada privado nos está permitido, tenemos que limitarnos a ocupar los espacios comunales para, desde ellos o a través de ellos, acceder a otros espacios comunales; y, así, sucesivamente. Mi finalidad, extranjero como era yo también, no era sino buscar una orientación para mis pasos. La encontré en cuanto accedí al sendero comunal. Y esto ocurrió del modo que diré a continuación: acompañado por el río, que, aunque cambia en todo momento de color, permanece siempre estable en el mismo cauce y dirige sus aguas siempre en la misma dirección, supe que me encontraba en lo que llaman «el sendero que va por la orilla del río» y supe, por tanto, que al final de ese sendero se encontraba la población donde había podido instalar mi residencia provisional en aquellos tiempos. Hay en ese camino un lugar especial que descubrí no hace mucho —no sé si sobre las huellas de otros descubridores—: un mirador escondido desde el que uno puede ponerse a contemplar el paso del Ródano apartado de todo y de todos, en una abigarrada simbiosis de las innumerables realidades que somos y la simplicidad alentadora del curso de agua que se limita a correr sin más preguntas hacia donde quiera que esté su destino. También yo fui un extranjero que buscaba al atardecer una orientación para sus pasos. Me senté en las tablas preparadas al efecto y dejé que los pensamientos nunca suficientemente serenos o coherentes armonizaran por un instante con la fluidez inmutable del río. No sé si lo que entonces busqué, dada mi condición de extranjero a estas alturas ya perfectamente conocida por el lector, fue lo que alguna religión llama «la hermosura del retorno» o simplemente un lugar donde seguir siendo en secreto el extranjero que era entonces, tan en secreto que nadie pudiera decir que lo era.
jueves, 21 de febrero de 2013
ARTHUR PARCHET
Me intriga el destino de Arthur Parchet (1878-1946),
compositor del Valais que triunfa en la Alemania anterior a la Primera
Guerra Mundial como director de orquesta y joven promesa de la música. Vive en
Berlín, Mannheim, Stuttgart. Admirado por una novelista inglesa, Aline Wakley,
quizá en gran medida debido a su porte, a su estatura, al exotismo
salvaje de su aspecto, se convierte en el protagonista de su novela Un hijo de
Helvecia. Al estallar la guerra, se ve obligado a volver, empobrecido, a su
pueblo de origen, Vouvry. Allí lo acompañan más tarde su mujer y su hijo. Se
dedica a dar clases de alemán en colegios de la región. Critica la música
local, las fanfarrias, los acordeones, las armónicas. Sufre todo tipo de
críticas, se gana enemigos, el pueblo lo rechaza. Pasa a trabajar en el
campo, con otro refugiado como él, pero en este caso rumano: Panait Istrati. Se
hacen grandes amigos. Comparten penas y labores, recorren las tabernas. Istrati
le presenta a Romain Rolland, exiliado entonces en Villeneuve. Parchet
intenta elevar la calidad de la enseñanza musical, se propone introducir nuevos
métodos, se empeña en incorporar ideas novedosas sobre la cultura y el arte
a una sociedad cerrada, provinciana, sorda para todo lo que no provenga
de la tradición. Ninguna de sus propuestas es aceptada. Al cabo de unos años
muere su mujer. Parchet se queda, viudo, al cuidado de su hijo. También este
muere unos años más tarde. Parchet está ahora solo en Vouvry. Istrati se ha ido
y con el tiempo se convertirá en un escritor famoso. El piano que le regala
a su viejo amigo compositor aún se conserva en el museo local. Al final de
su vida, Parchet funda un coro de aficionados al que logra elevar
a niveles de calidad inusitada. Compone para él piezas hoy en día olvidadas.
Vive prácticamente de la mendicidad, de las limosnas de unos vecinos para los
que no es sino un estorbo, un loco, un trastornado, un inútil, un frustrado y
un alborotador. Parchet enferma. En 1944 le escribe a René-Pierre Bille,
hermano de S. Corinna Bille y uno de sus pocos amigos: «Todo mi arte es para mí
y la vida solo me es valiosa en la medida en que me permite cultivarlo. La
imposibilidad de hacerlo es para un artista peor que la muerte. Y este estado
de cosas me ha convertido en un rebelde...». Arthur Parchet muere en la clínica
Saint-Amé de Saint-Maurice el 20 de febrero de 1946.
domingo, 17 de febrero de 2013
LAUSANA
En una habitación de hotel alguien se pudre. Contempla la
foto de los dos cerditos ―¿o es un grabado, una litografía?― y se pregunta qué
le estará contando el uno al otro al oído. Es tanto lo que ha olvidado que ni
siquiera recuerda en qué hotel durmió años atrás cuando visitó esa misma
ciudad. ¿Habrá sido en el mismo que ahora, incluso en esa misma habitación? No
es que recordarlo pudiera servirle para nada, pero quizás se sentiría un poco
menos abandonado en ese atolladero, en esa desgana que lo roe por dentro. Hay
tres espejos en la habitación del hotel, pero en ninguno podría reflejarse otra
imagen de sí mismo distinta a la de un ser derrotado. De resto, unos visillos,
unas colchas, unas sillas, una mesa, un armario y unas lámparas de una baratura
tal, de un fealdad tan infame que no sabe hacia dónde volverse para sentirse un
poco menos deprimido. Si abre la ventana para mirar hacia la catedral ―allá
arriba, como construida en lo más alto de la ciudad para apabullar, para
imponer su presencia en todos los rincones―, un frío cortante le hiela la cara.
El baño no es un lugar en el que pueda pretender encontrar el más mínimo
alivio: una luz mortecina, que va incrementándose poco a poco en intensidad sin
dejar nunca de brillar de un modo fantasmagórico, lo invita a usarlo lo menos
posible (cepillarse los dientes casi a oscuras es una experiencia que linda con
el más tenebroso de los mutismos). No escucha nada a través de las paredes, no
ha visto a nadie atravesando los pasillos cubiertos de unas alfombras pegajosas
que parecen puestas allí para convertir los pasos en quejidos que no obtendrán
nunca compasión alguna. Algo le dice que ha entrado en el más definitivo de los
silencios, que han quedado atrás las últimas posibilidades de conversación, las
eventuales intervenciones en diálogos que podían haber sido monótonos o
miméticos pero que eran, por lo menos, una tentativa plausible de salir de sí
mismo. Sabe, se dice, que el de estas pasadas semanas ha sido el último intento
de establecer un vínculo afectivo con alguien distinto al fantasma que ve todas
las mañanas al desvestirse ante el espejo para ducharse. Asume esto con una
compostura que le asombra. Uno de los cerditos acerca su hocico a la oreja del
otro para susurrarle alguna confidencia. Hay otros cuadros en la habitación en
los que ni siquiera se ha fijado, para qué. La estufa emite un ronroneo
sospechoso que lo lleva a pensar que en cualquier momento puede dejar de
fucionar. Este cuerpo, se salmodia, es el mismo que estuvo en tantas otras
habitaciones de hotel, el mismo que heredé del cuerpo de ayer, que era el mismo
heredado del cuerpo de anteayer, a su vez el mismo... ¿Cuántos cuerpos ha
tenido? ¿Cuántos ha tumbado en una cama de hotel con las piernas dobladas casi
como una odalisca, con la misma e intacta impericia en la consecución de
posturas apropiadas para el placer solitario? La catedral lo mira desde su
opresiva atalaya. Contempla cómo se desenvuelven sus manos en dirección a la
parte baja del vientre. Uno de los cerditos, el que escucha las confidencias
del otro, lo mira también desde el cuadro ―plumilla, acuarela o lo que quiera
que sea―, como si fuera eso lo que su compañero le está pidiendo que haga,
mirar a aquel mamarracho que intenta sacarle a su cuerpo, tumbado en una cama
repelente, un par de convulsiones de desangelado placer. La nieve que cubría el
tejado de la casa abuhardillada de enfrente se ha derretido a medias con el
medio calor de esta mañana. El mensaje que esperaba para hoy no llegó nunca.
Puede seguir destrozándose los cercos de las uñas hasta que los dedos se le
queden convertidos en garras sanguinolentas, que no por eso le enviarán el
mensaje que espera. Monda una mandarina. Se raspa la piel hasta que se le forma
una llaga. Las colchas rezuman unos jugos que parecen formados por la mezcla de
veinte clases distintas de semen y tres o cuatro tipos de flujos vaginales. Lo
que uno de los cerditos le dice al otro al oído es que el mamarracho de ahí se
ha quedado con la mano agarrotada en su sucia entrepierna y un gesto de alelada
incredulidad en las comisuras de los labios. Se imagina una rata del tamaño de un
gato corriendo por las paredes y lanzándosele a la yugular al cerdito de los
demonios. Para qué seguir, piensa mientras contempla no sin cierto agrado las
tres perchas que parecen, respectivamente, un garfio, una hoz y una guadaña. O
una horca preparada en el patíbulo más gris que quepa imaginarse: la habitación
de un hotel de tres estrellas suizo. Si tuviera los dedos más finos podría
meter el meñique, el anular y el corazón en uno de esos enchufes suizos de tres
agujeros y recibir una descarga que lo dejara en el sitio. Va a tener que
encerrar a la rata en la caja fuerte, pues no deja de insinuársele. Tras
degollar al cerdito burlón y provocar la huida de su amigo o amante, parece
haberse despertado en ella un hambre más lasciva que la que le inspiraron los
marranos, un hambre sexual dirigida al único ser vivo que hay ahora mismo en la habitación.
Claro que él no está por la labor. Existe una cierta desigualdad en los tamaños y
no querría provocar ningún desgarramiento indeseado. Que la rata maldita se las
apañe como pueda encerrada en la caja fuerte; en cualquier caso, en menos de
una hora se le habrá terminado el oxígeno y quedará yerta, inerte, tiesa y tentetiesa allí dentro. “Se
ruega a los señores clientes que depositen en la caja fuerte cualquier objeto
de valor. En caso contrario, el hotel no se hace responsable de su pérdida.”
Siente un ligero tufillo procedente de uno de los sobacos. Lo único que le
faltaba ahora es un acceso de hedor que lo obligue a ducharse. Si no ha sudado ―la
captura de la rata fue rápida y sencilla, dada la sumisión del animal―, si su
cuerpo, en cualquiera de sus versiones heredadas, no ha soltado, impávido
durante horas, una sola gota de sudor, ¿cómo pueden olerle los sobacos? Siente
asco de sí mismo, de su imparable putrefacción. Pero no piensa perfumarse. No
está dispuesto a someterse a ningún lavado a fondo por un par de vapores
tumefactos que quizá no sean sino producto de su imaginación. ¿Desde cuándo se
imagina olores?, se pregunta. En cualquier caso, pudrirse imaginariamente, y
hacerlo además en una habitación de hotel como la que ahora ocupa, es un
proceso fascinante que revela una sutileza sensorial e intelectual de la que no
puede sino sentirse orgulloso. Esta constatación le basta para asumir que está
bien donde está y que es ahí donde debe permanecer.
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