jueves, 21 de abril de 2011
RECUERDOS DE LA CASA
No siempre que rememorabas la casa de tu infancia te atendía yo como hubiera debido. Estoy seguro de que con frecuencia estaba distraído, enredado en los pensamientos que, con su incesante vaivén, me ocupaban por aquel tiempo. Sin embargo, algunas de tus palabras permanecieron unidas a imágenes o a trazos de imágenes que, con el paso de los años, pude ir reconstruyendo. Había un patio interior. Creo que los lavabos se encontraban en alguno de sus extremos, pues para llegar hasta ellos había que atravesar el patio, decías, hasta el que, por la noche, se colaba a partir del otoño la brisa húmeda del parque cercano. Cada vez que he pasado por donde estaba la casa he intentado imaginarla. Fue derruida cuando aún eras joven para construir una nueva. En esta casa nueva, en la que pasé tantas tardes, me costaba reconducir los pasillos hasta los cuartos desaparecidos, borrar mentalmente los tabiques para volver a levantarlos, también mentalmente, según el supuesto trazado original. Todo lo desaparecido deja huellas salvo cuando es sustituido por otra realidad que aspira a suplantarlo. Pensaba entonces que no era demasiado importante lo que recordabas del único cuarto en el que dormías junto a las camas de tus padres y hermanos, el bochorno de las noches de verano, la respiración de todos ellos dormidos como un único soplo al compás de lo que parecía, en la oscuridad, un solo corazón. O de la cocina, en la que un día pisaste sin querer un pollo que correteaba entre tus piernas y al que viste morir sin que emitiera ni un solo quejido. No sé si me extralimito al imaginar muy altas las paredes, gruesos los muros que separaban la sala del dormitorio, sobria la pobreza de los muebles, tristes las pocas fotografías apiñadas sobre una mesa de camilla, chirriante la mecedora para los pocos ratos de descanso, misteriosa la cómoda para los escasos secretos, guardados en alguna caja al final de una gaveta. Pero todo esto, quizás, perteneció o pertenece tan solo a la casa nueva, a mis recuerdos de ella, a no ser que existiera ya en la vieja y formara parte de lo que no se perdió en la mudanza. Ni tú misma, tal vez, recuerdas todo lo que desapareció en el camino. Y ya no vive ninguno de los que podrían recordarlo. La presencia del parque con sus árboles mudos, la calle en pendiente entre las dos avenidas, el cielo con sus amaneceres, sus mañanas de nubes o de sol inclemente, sus tardes demoradas de claridad o de lluvia, sus noches silenciosas casi más allá del tiempo: esto no se ha perdido, o apenas ha cambiado. Lo que rodeaba la casa es también parte de la casa. E incluso quienes entonces no estábamos seguimos, de algún modo, dentro de la casa.
lunes, 18 de abril de 2011
CAUTIVERIO
El primer paso habría de ser ordenar un poco tu casa. O no solo un poco, sino a fondo. Recoger los papeles tirados sobre la mesa, las bolsas de plástico ya desprovistas de contenido —medicamentos, comida, ropa, cachivaches—, las migajas esparcidas en el poyo, los libros apilados en los bordes de la estantería, las camisas colgadas en los respaldos de las sillas, la vajilla amontonada en el escurridor, los lápices, las gomas, los bolígrafos que alguna vez empleas para apuntar cualquier cosa. A partir de ahí, todo podría mejorar. Dejarías tal vez de tener sueños turbulentos, sueños como el de anoche, en el que aparecías de pronto perdido entre callejuelas desconocidas a pesar de que visitabas, supuestamente, una localidad con la que estás familiarizado desde niño; abrías luego una verja y te adentrabas por lo que parecía uno de esos pasillos ajardinados entre los adosados de una urbanización hasta que divisabas un perro enorme que al verte empezaba a correr hacia ti; entonces dabas la vuelta para alcanzar de nuevo la entrada, pero en el momento preciso en que abrías la verja sentías en el muslo una dentellada que acabó con el sueño —aunque la seguías sintiendo, en cierto modo, al despertarte. Ahora que ya sabes cuál es el primer paso que has de dar, dalo. Empantanarte en la conmiseración de ti mismo, dejarte mecer por las voces que te atan a la inmovilidad, asilvestrarte, por decirlo así, en el interior de los bosques de tu propia desgana, no es más que un camino de perdición que conduce al abismo. Mira: el sol ha declinado, la tarde es apacible, fuera respirarás el mundo de otro modo, aunque creas ahora que allí nada te espera. Igual que esta mañana te hiciste la pregunta de si en aquella terraza vacía, en sombra, caería el sol por la tarde, y enseguida pensaste que no era el sol lo que podría llegar a caer sino su luz —¡qué compulsiva pasión por las metonimias la de esta lengua nuestra, te dijiste!—, del mismo modo, si sales esta tarde, estarán esperándote nuevas preguntas, nuevas palabras, nuevos retorcimientos de la lengua, imágenes, presencias, desapariciones, expectativas, movimientos, vacilaciones, fisuras, rostros, terrazas, pasos, emociones, a ti que, ahora cautivo, sin que, en cambio, nada ni nadie te retenga, sabes ya cuál es el primer paso que has de dar para llegar hasta la puerta, abrirla y recorrer con nuevos pasos la ciudad. Sé como esos fantasmas de la película que viste anoche: emprenden un viaje para encarnarse de nuevo en un ser vivo, huyen de las voces de sus propios pasados, se enfrentan a criaturas infernales que quisieran retenerlos en las convulsas prisiones de la culpa, de la melancolía y de la postración. Arráncate el vestido espectral que ahora te cubre y sé de nuevo un vivo entre los vivos.
jueves, 7 de abril de 2011
CAVERNA
En un jardín de arena / alimentaré a un ave / que despreciará mi comida / picoteará mis entrañas / en busca de un sabor perdido / en el transcurso del tiempo / será derramado el jugo tenebroso / que cavará en la arena un agujero / como si quisiera esconderse / de los seres que acudan a bebérselo / llamados por su aroma / y se asomen al charco que se dará prisa en filtrarse / a través de la arena hasta la más / remota caverna de otro tiempo / allí sé que me esperas / aunque esté ya vacío / aunque incluso mis huesos / no sean más que una brisa que resuena / entre las gotas que se filtran / hasta el interior de la caverna / allí sé que algún día / sellaré tras de mí la única entrada.
lunes, 4 de abril de 2011
MIENTRAS ESPERABA
Estaba esperando a alguien. El silencio era el de las tres de la tarde, esa hora en que ha ocurrido ya o no ha ocurrido aún todo lo que, en nuestras vidas sin importancia, tiene alguna importancia. La madre de uno de mis alumnos se está muriendo, me han informado hoy. Debe de tener una edad parecida a la mía, pues yo tengo ya la edad en que podría ser el padre de mis alumnos si hubiera sido padre a la edad en que mis padres se convirtieron en los míos. Cada uno vive en su exclusiva celdilla de colmena y apenas sabe quién vive al lado, debajo, arriba o enfrente. Esa ventana, por ejemplo, frente a la mía: ¿cuánto tiempo lleva cerrada su persiana? ¿Tengo alguna idea de cómo es el rostro que, supongo, alguna vez se habrá asomado a ella? La muerte tendrá lugar en la casa, pues le han permitido que abandone el hospital. Será cuestión de un par de semanas. Cuántas veces (quiero decir: ¿muchas o pocas?) he vuelto a pensar en aquella alumna mía que murió de un derrame cerebral y cuyo último examen quedó sin corregir en mi escritorio. O en aquel alumno, al que solo veía un día por semana y con el que apenas pude hablar, pues casi no parecía ya existir, que se suicidó hace unos años. O en aquel compañero, profesor de francés, muerto de un cáncer fulminante de pulmón, que me ayudó a preparar programaciones y otros documentos casi siempre inútiles en mi primer año en el segundo instituto en que trabajé. Dicho así, parecen pocas las muertes a las que me ha tocado asistir (y este verbo, me temo, agiganta mi escueta experiencia de ellas) en el marco de estos diez años de docencia. ¿Son realmente pocas? A lo único que puede recurrirse ya, nos han comentado hoy, es a los cuidados paliativos. Tendré que corregir esta semana las actividades que marque para casa mientras pienso que la madre de ese alumno (un alumno de rendimiento medio y de comportamiento exquisito) está siendo sedada porque le quedan solo unas semanas de vida. Hablaremos de sintagmas, de cohesión textual, de metáforas y de aliteraciones mientras una mujer joven está siendo arrasada por dentro, está siendo atacada sin piedad por las células de su propio cuerpo que ha decidido, ¿puede decirse así?, destruirse a sí mismo. Qué ejemplificante. Qué didáctico. Pero ¿acaso puedo enseñarle algo que le ayude a llorar o a temblar menos, a rezar de otro modo, a enfrentarse a esa muerte sin tanto dolor? No ha llegado aún la persona a la que estaba esperando. Se oyen como en sordina el ruido metálico de calderos o sartenes que alguien friega, el de pasos que se arrastran, el de persianas que se cierran, el de un timbre que suena, el de una cisterna de la que se tira. Todos esos pequeños e insignificantes ruidos provocados por personas que viven cada una en su exclusiva celdilla de colmena y que dejarán de escucharse cuando mueran. Y ahora alguien toca a mi puerta.
jueves, 31 de marzo de 2011
TRISTEZA: RESQUICIOS
Lo que a mí me interesa no son las aglomeraciones, sino los resquicios. La última mesa de la terraza, la que linda con los primeros arbustos del parque, solitaria, pero de una soledad en la que se diría que estuviera engendrándose ya una presencia, o como si alguien, yo mismo, otro, el inimaginable, el inesperado, hubiera acabado de dejar esa mesa y resonaran todavía sus pasos a su alrededor. Algo así. O el camino desandado esta vez por la misma acera para evitar el muro que rodea un edificio en el que sitúo, no sé por qué, secuencias de tortura ocurridas hace mucho tiempo. Esas apelaciones. Esos susurros de lo que permanece escondido. No me interesa el tráfago de matrimonios presuntuosos, de grupos de corredores sudorosos, de paseantes de perros amenazadores. Abomino —qué verbo— del ir y venir de un lado para otro que convierte estas calles en meros lugares de paso en los que no ocurre nada porque no se da tiempo a que nada madure o cuaje o emerja. Me asusta el modo en que intento respirar el final de esta tarde como si con un poco de aire quisiera curar la sangre trastornada. No logro escuchar de verdad nada en medio del bullicio. Me exasperan el jadeo de los perros que han soltado en el parque, el bramido de una moto que pasa a velocidad de autopista, las risas desaforadas que afloran de unos labios pintados de un rojo chillón en claro juego con otros dos complementos que ya no recuerdo. No sé qué suciedad es peor para el aire: si el humo o si los ruidos. Todo este malestar, sin embargo, procede en realidad de dentro, de mí, y no tanto de fuera. Está relacionado con una desgana integral, con el hecho de que, acertada o equivocadamente, me parezca estar asomado a un abismo sin retorno. Paparruchadas, tal vez. La tristeza es un viento que sopla cuando quiere: durante un tiempo no existe, parece haberse marchado para siempre, pero de pronto regresa, para que no olvidemos que nunca dejó de estar muy cerca, rondándonos, como si habitara dentro de nosotros.
lunes, 28 de marzo de 2011
EN UNA DE ESTAS ÚLTIMAS TARDES
No era la luz filtrada por una persiana lo que, en el breve instante en que entró en el piso para dejar la chaqueta y la cartera antes de bajar a almorzar al restaurante, parecía tener amordazados el suelo, las paredes, la estantería, la mesa, el sofá, todos los muebles del salón, el aire mismo, no, no era una luz externa la que cubría como con manchas púrpuras, del mismo color oscuro que la sangre acumulada bajo una uña enferma, todo lo que vio en un abrir y cerrar de ojos —y ojalá hubiera entrado a ciegas en el piso y se hubiera adentrado hasta el salón palpando las paredes—: era una luz apelmazada en el interior de los objetos, o en los vados que se abrían entre ellos, una luz purulenta parecida a la luz del piso anterior en que había vivido. Era una luz cuyo nombre habría podido intercambiarse fácilmente con el de la oscuridad si no hubiera sido porque de ella se desprendían los filamentos suficientes para saber que ante los ojos había algo, aunque ese algo estuviera ya tan alejado de ellos, de los ojos, y los pedazos de ese algo, a su vez, tan separados los unos de los otros, tan irreconciliables, que se tenía la sensación de que los ojos se ahogaban, de que la luz que respiraban, la luz que estaban hechos para respirar, se había enrarecido hasta volverse irrespirable. No podía quedarse allí mucho tiempo. Antes de irse, se dio la vuelta para mirar una vez más hacia el salón. Aquella luz había regresado. Se maldijo a sí mismo por haberla convocado, por no haber sabido mantenerla a distancia. Se veía como un espectro que regresaba a su país de sombras después de haber estado caracoleando sin fin en pleno mediodía. Su cuerpo, pues aún lo tenía, a pesar de todos los abusos a los que lo había sometido, se arrastraba tumefacto, crujía, tiraba de él hacia fuera del piso, su cuerpo encorvado como si cargara con incontables pesadumbres, y al mismo tiempo vacío, desposeído de deseo, de energía, de la vitalidad más elemental. Así que has regresado, le habló con un hilo de voz a aquella luz que había tomado posesión de su piso, has regresado como un topo que excava los más inverosímiles pasadizos hasta dar con su presa, con la babosa que se arrastra de un lado para otro y que se acaba escondiendo en un piso cualquiera sin saber que un día llegará la luz irrespirable, la luz ciega, para devorarla.
viernes, 18 de marzo de 2011
FRIEDHELM KEMP
Hace unas semanas, concretamente el 3 de marzo, falleció en Múnich Friedhelm Kemp. Nacido en 1914, es decir, en la fecha en la que muchos consideran que comenzó el siglo XX, su vida se ha adentrado más de una década en este siglo actual en el que los hombres parecemos seguir sin aprender ninguna de las lecciones que de nuestra propia historia deberíamos haber extraído. La trayectoria de Kemp, sin embargo, es uno de esos faros que podrían ayudarnos a labrar para quienes reciban en herencia este maltrecho planeta nuestro un futuro un poco mejor. Sus múltiples actividades, relacionadas todas con la literatura y con el lenguaje —desde su condición de intérprete en tiempos de guerra hasta su extraordinaria carrera como traductor, pasando por sus tareas de editor, de crítico, de profesor, de lector en editoriales— lo sitúan como un extraordinario preservador de frágiles legados, de palabras a punto de perderse para siempre, como un transmisor de fragmentos de espíritu, de intensidades, de una lengua a otra, un dador de palabras en el sentido de que supo entregar transformado lo que a su vez le había sido entregado por otros como un secreto, como un tesoro de imágenes cordiales, como un testimonio.
Traductor al alemán de Baudelaire, de Saint-John Perse, de Max Jacob, de Pierre Reverdy, de Yves Bonnefoy y de muchos otros, quisiera recordarlo ahora especialmente aquí porque, durante largos e infatigables años, tradujo numerosos libros de quien llegaría a ser uno de sus grandes amigos: Philippe Jaccottet. Su fidelidad como traductor a este autor suizo al que consideraba heredero de la gran tradición de la poesía francesa solo se vio quebrada por la fatiga y el desgaste inherentes a toda vejez. Además de otros varios libros de este autor, tradujo en 1988 La promenade sous les arbres [El paseo bajo los árboles], que Cuatro Ediciones acaba de publicar en español. La traducción alemana, que llevaba un epílogo de Peter Handke, fue la primera que de esta obra se hizo a cualquier idioma. En las líneas finales del texto que escribió para el número de noviembre-diciembre de 2008 que la revista Europe le dedicó a Jaccottet, Friedhelm Kemp decía: “La amistad nos protege como un vestido cuyo abrigado forro no debe volverse hacia el exterior. O, por decirlo mejor, nos asiste incluso cuando ya no lo esperábamos; sobre todo cuando no lo esperábamos; cuando la gratitud que sentimos hacia los espíritus tutelares que nos acompañan de cerca se mezcla con todos los días de nuestra vida como un perfume que purifica y fortifica”.
Traductor al alemán de Baudelaire, de Saint-John Perse, de Max Jacob, de Pierre Reverdy, de Yves Bonnefoy y de muchos otros, quisiera recordarlo ahora especialmente aquí porque, durante largos e infatigables años, tradujo numerosos libros de quien llegaría a ser uno de sus grandes amigos: Philippe Jaccottet. Su fidelidad como traductor a este autor suizo al que consideraba heredero de la gran tradición de la poesía francesa solo se vio quebrada por la fatiga y el desgaste inherentes a toda vejez. Además de otros varios libros de este autor, tradujo en 1988 La promenade sous les arbres [El paseo bajo los árboles], que Cuatro Ediciones acaba de publicar en español. La traducción alemana, que llevaba un epílogo de Peter Handke, fue la primera que de esta obra se hizo a cualquier idioma. En las líneas finales del texto que escribió para el número de noviembre-diciembre de 2008 que la revista Europe le dedicó a Jaccottet, Friedhelm Kemp decía: “La amistad nos protege como un vestido cuyo abrigado forro no debe volverse hacia el exterior. O, por decirlo mejor, nos asiste incluso cuando ya no lo esperábamos; sobre todo cuando no lo esperábamos; cuando la gratitud que sentimos hacia los espíritus tutelares que nos acompañan de cerca se mezcla con todos los días de nuestra vida como un perfume que purifica y fortifica”.
miércoles, 16 de marzo de 2011
LEJOS DE DÓNDE EN LANZAROTE
Para Fernando Gómez Aguilera
I
Una palabra, pájaro, a ti yo
no puedo darte. Nunca
aprendí a hablar, lo he olvidado o solo
conozco algunas sílabas que intento
a veces ordenar
sin conseguirlo. Tú
no eres un prisionero como yo
(que no conoce el día ni tampoco
cuándo las noches son)
y te es fácil decir lo que no sabes:
te basta un poco de aire
que estremezca la rama en que te posas
o la presencia inquieta de otros pájaros
o el deseo de amar (a tu manera)
o cualquier otro nudo misterioso
que tu canto enseguida
desata en la garganta.
No pido que me enseñes, pero
no me exijas que te hable,
pues no sé.
(Caleta de Famara)
II
Cantos de apareamiento porque ya es febrero. Allí, hace unas horas, en el mirador abandonado que cuelga sobre el valle de las mil palmeras, sobre el pueblo blanco que serpentea entre ellas. Lo dijo el amigo, y entonces los pájaros desaparecieron, tal vez asustados o acaso presurosos por cumplir sus rituales o incluso quizá simplemente agotados de cantar hacia (o desde) un deseo que casi nunca obtiene respuesta. Cantos de apareamiento: el amigo lo sabía y nos lo dijo, y en el instante mismo de decirlo supimos ―supe― que allí, junto a nosotros, en ese mismo instante, se abría un abismo de una naturaleza distinta a la del precipicio, no excesivo en cualquier caso, al que nos asomábamos. Ese otro abismo era el de un tiempo paralelo al nuestro, no contaminado por palabras o discursos inútiles, el abismo de un alborozo impronunciable que agonizaba al borde de su propia plenitud, aún dentro de su propia plenitud pero ya a punto de abandonarla. Saber, como el amigo, no acercaba a ese tiempo que corría a otro ritmo, pero al menos –pensé― era como quien puede escuchar el arroyo escondido en el bosque aunque sepa que nunca se bañará en él. No saber, como yo, como tantos, se parecía a ir paseando por un bosque como atolondrados excursionistas parlanchines que no se detendrían nunca a escuchar un murmullo que ni siquiera pueden oír. Y fue algo brusco, no, no exactamente brusco, pues eso implicaría un punto de violencia o de rudeza, sino algo más bien fugaz, imperceptible o perceptible solo en un brevísimo instante, un aleteo, un gorjeo, una nota casi ahogada aunque en ella estuviera contenida la indomable raíz de toda vida, el furor del deseo, el ansia de la entrega, la garra que nos lleva a fundirnos con aquello que no somos. Quedó, hundido en el aire que circulaba por el barranco bajo el mirador, el recuerdo de lo que creíamos haber oído, el hueco que había contenido un canto de apareamiento, ese simple milagro que se cruzó con nosotros, allí, en el punto más elevado de la isla (o muy cerca), a uno seiscientos metros sobre el nivel del mar. ¿Y qué pájaros eran? Esa fue la pregunta que formulé para mis adentros, pero la conversación debió de haberse desviado por otros derroteros y allí quedó, impronunciada hasta ahora mismo. ¿Lo que una vez quiso decirse acaba siempre por decirse? Sí y no. Cuando es que no, algo se desgarra por el mismo lugar o hueco que formaban esas palabras maniatadas. Pero si unos pájaros, en el calor de la temprana primavera del febrero insular, cantan o gorjean es porque quieren aparearse, y si quieren aparearse entonces cantan. No piensan antes de cantar si van a cantar, pues no saben pensar, y no podrían nunca no cantar. No se entretienen ni pierden en los preliminares del canto, ni se quedan atontados en la nostalgia del canto que ha pasado. Cantan y echan a volar, baten sus alas con la misma pureza, con el mismo frescor con que dicen su canto, y luego están ya posados en otro muro, en otra roca, en otra rama, vivos, libres, puros y renacidos en la eterna persuasión del instante.
(Mirador de Haría)
III
Podéis volar como si no os viera,
huir juntos los dos al tiempo que la luz,
pero ver o no ver no es tanto algo del ojo
como de un borde, de ese instante
de nada entre una luz
y otra luz.
(Los Hervideros)
viernes, 18 de febrero de 2011
EL PASEO BAJO LOS ÁRBOLES

Aunque considero este blog como un cuaderno de apuntes, como un archivo misceláneo de textos dispersos que con el curso de los días van surgiendo y desapareciendo, mostrándose y ocultándose como las facciones de un rostro detrás de un abanico (y que no siempre es el mío, mi rostro, aunque a veces lo parezca), voy a aprovechar hoy este espacio, contraviniendo así la norma que me he impuesto a mí mismo relativa a no promocionar aquí mis publicaciones, para anunciar la aparición de El paseo bajo los árboles, un libro de Philippe Jaccottet (Moudon, Suiza, 1925) cuya traducción le propuse a Cuatro Ediciones. El volumen se completa con una entrevista iluminadora en la que Jaccottet habla de su concepción de la poesía y con una exhaustiva y útil cronología. El paseo bajo los árboles es un libro en el que su autor, pertrechado con sus conocimientos de joven poeta de infatigable curiosidad (la edición original del libro es de 1957, cuando Jaccottet tenía tan solo 32 años), sale al exterior para ponerlos en duda permanente. Aspira las imágenes que le entrega el pequeño pueblo provenzal en el que acaba de instalarse, Grignan, se aproxima a unas montañas que flotan azules a lo lejos, recibe los consejos de la luna, bebe el agua de la amargura, de la muerte omnipresente, de la oscuridad, pero insiste una y otra vez en encontrarle algún brillo salvador. Dialoga con Hölderlin, con Leopardi, con Musil y con otros autores centrales de nuestra tradición. Avanza sin miedo a contradecirse, especula sin arrogancia, se reconoce en lo que mira hasta que, cuando se siente expulsado, incorpora lo que mira para olvidarse a sí mismo. La prosa con que el libro está escrito es un instrumento a la vez fluido y sinuoso, transparente y lleno de facetas, y su traducción resultó un trabajo fascinante y arriesgado a la vez. No puedo ser objetivo en cuanto al resultado, pero sí añadiré que tuve la suerte de contar con excelentes y minuciosas sugerencias del editor de Cuatro Ediciones, lo que, dicho sea de paso, no es una práctica demasiado habitual entre los editores españoles.
El libro, central en la trayectoria de un poeta que está considerado hoy en día como uno de los más importantes escritores europeos, ha sido editado con todo esmero. Las ediciones de Cuatro demuestran que la sobriedad no está enemistada con la belleza.
Agradezco desde aquí a los amigos y poetas Ernesto García López, Santos Domínguez, José Luis Gómez Toré y Régulo Hernández sus comentarios y referencias al libro en sus respectivos blogs. Los enlaces figuran a la derecha de estas líneas.
El poeta Antonio Martínez Sarrión presentará El paseo bajo los árboles en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el día 14 de marzo a las 19.30 horas. Será una buena ocasión para celebrar a un autor que, a sus 86 años, sigue en permanente búsqueda, paseando bajo los árboles y a través de las palabras.
miércoles, 9 de febrero de 2011
DOS SIESTAS
Para Bernardo Chevilly
I
Llamémosla siesta, a falta de otra palabra. Un ensayo de siesta, un intento de dormir a media tarde, un lunes después de un domingo en blanco (en blanco, sí, por tantos motivos). Antes de acostarme pienso qué texto podría surgir a partir de esa siesta deseada, y cuando estoy ya en la cama sigo pensando en lo que podría decir al despertarme. Pero luego no me duermo. O tal vez sí. Ahora mismo no estoy seguro. Me acuesto poco después de las cinco y pongo el despertador para las ocho. Hacia las siete oigo vibrar el teléfono móvil, que me indica que he recibido un mensaje, pero no sé si la vibración me despierta o si he estado todo el tiempo en una semiconciencia semejante pero no igual al sueño. El texto que escribo es este. Nada extraordinario, como ya se va viendo. Nada ha ocurrido en esas dos horas que pueda engendrar palabras bellas, ráfagas de imágenes o al menos un relato medianamente atractivo. Me tumbé boca abajo, como acostumbro, y sentía latir el corazón a un ritmo más acelerado que el normal. Secuelas de los desatinos del fin de semana, pensé. El cuerpo va guardando en silencio la huella de cada uno de los crímenes, por insignificantes que sean, que cometemos contra él. La manta me cubría hasta el cuello, y la cabeza rozaba a veces la pared. Sentí un poco de frío, pero no quise encender la calefacción. La única claridad era la de la puerta, a la que llegaba el apagado resplandor procedente del balcón. No hay ventanas en la habitación, que a veces imagino como una cámara secreta en la que el cuerpo va transformándose en contacto con otros cuerpos o con la ausencia de ellos. Recordé vagamente los sucesos del domingo: son tantos que nada podría decir sobre ellos, y tal vez sea mejor dejar que vayan cayendo poco a poco al olvido. Flotaban imágenes inconexas y a todas ellas, como por alguna cuerda invisible, estaba atada la imagen de mi cuerpo en su tránsito espectral por pasillos de un lugar a medio camino entre el paraíso y el infierno. Mi cuerpo cubierto solo por una toalla atada a la cintura, sobrexcitado, ansioso, como poseído por un deseo que no parecía querer saciarse nunca, lanzando flechas como miradas, dando pasos como sorbos, estirando manos que de pronto se encontraban con una piel suavísima que sentía casi fundirse con mi propia piel. Para qué continuar. Todos esos instantes se habían convertido ya en unas pocas imágenes desgarradas del todo que fueron, del tacto en que se generaron, de la vida real y plena en que no había otras imágenes que las que el cuerpo producía con la piel, con los labios, con los ojos, con los oídos o ventosas en la voz de los otros. La siesta, en cambio, era esta oscuridad no ventilada, el cuerpo hundido en mitad de la cama, la pared con que topaba la cabeza, y unas pocas imágenes desvaídas que chocaban unas contra otras. No sé en qué momento empecé a escuchar una música que venía del piso de al lado. Era un ritmo constante que retumbaba a lo lejos y contenía una melodía cantada, creo, por la voz de una mujer, un ritmo animado de música latinoamericana tras el que yo imaginaba a alguna pareja bailando, o a una mujer cocinando o simplemente a una familia reunida en un día cualquiera de sus vidas. Después de leer el mensaje que recibí, en torno a las siete, me puse a repasar los nombres de los contactos que tengo grabados en la agenda del móvil. Eran muchos, quizás, y para qué, pensé. Me detuve en algunos nombres cuyos portadores no recordaba. Habría que borrarlos, me dije, o tal vez, mejor, borrarme a mí mismo de un modo mejor que intentando sin éxito dormir hoy una siesta.
II
Esta vez sí que duermo. Es una siesta, digamos, que no se resiste. El cuerpo llega a ella al límite de sus fuerzas. Sin apenas dormir la noche anterior, después de una mañana de trabajo agotadora (di mis clases en un estado de sobrexcitación impuesto por la necesidad de sobreponerme al cansancio, sacando, como se dice, fuerzas de flaqueza), la siesta se me va imponiendo imperiosamente desde que termino de comer, y en el trayecto desde el instituto hasta mi casa (tren y metro, casi una hora) voy casi durmiéndome a trechos. Son las cuatro de la tarde cuando por fin puedo deslizarme entre las sábanas: me acogen como un refugio en el que cesarán los temblores, la energía impostada, la desconcentración, el vuelo errabundo de la mente, la fatiga, la fatiga gloriosa puesto que no haber apenas dormido se debe a que aproveché la noche en placeres compartidos con un cuerpo complaciente. Ahora, sin embargo, lo único que quiero es dormir. Al principio se anuncian los temores de siempre: no poder conciliar el sueño a pesar del cansancio, que el pensamiento vaya desplegándose de un lado para otro sin darme tregua, que los minutos vayan sumándose en una conciencia abrumada por su propia fortaleza. Pero luego, en algún momento, me duermo. Sin que haya habido interrupciones en el sueño, a las seis y media me despierta el despertador y durante quince minutos continúo en la cama sin ganas de levantarme. No recuerdo que era mi intención asistir esta tarde, a las siete y media, a la lectura de poemas de un amigo. Lo que el cuerpo me pide es seguir acostado, en esa somnolencia mullida que podría, en cualquier instante, deslizarse de nuevo en el sueño. A las siete menos cuarto caigo en la cuenta de que debo y quiero cumplir mi palabra con mi amigo, un poeta insular que apenas se prodiga en sus lecturas y cuyos libros son casi pactos furtivos con las palabras más delicadas. Y así, entre una noche de manos enlazadas, de largas caricias que comenzaban en la piel y acababan desembocando en el interior de otro cuerpo, y una lectura de poemas tímidos, silenciosos, como recién rescatados de una herida de años, se interpone esta siesta, esta breve cancelación de la conciencia que, sin embargo, parece permitirme ver mejor una cosa y la otra, lo que la precedió y lo que la sigue, la noche y las palabras, la agitación y el reposo, el cuerpo y su respiración, mi cuerpo que querría aprender a amar y mi cuerpo que querría aprender a escuchar.
miércoles, 2 de febrero de 2011
CENTRO NACIONAL DE POESÍA EMERGENTE
El Centro Nacional de Poesía Emergente (CNPE) organizará del 7 al 13 de marzo unas jornadas que reunirán a quinientos poetas jóvenes (de entre 15 y 45 años) durante una semana en su sede madrileña para debatir el estado de la poesía emergente en nuestro país. El título de las jornadas será ‘Al comienzo de un nuevo milenio: la poesía emergente’. Está confirmada la participación de las figuras más destacadas del panorama nacional, junto a otras de menor relieve mediático que se encuentran ahora mismo en proceso de promoción por parte del CNPE. Habrá cincuenta lecturas de poesía con diez participantes en cada una, que dispondrán de seis minutos para leer un poema y explicar brevemente su visión del estado actual de la poesía en nuestro país. La directora del CNPE, la poeta Celestinita Pomparrubia, ha afirmado que los criterios de selección de los poetas participantes han sido absolutamente transparentes e imparciales, aunque no ha aclarado cuáles han sido exactamente dichos criterios. El único que ha trascendido es que todo poeta participante debe tener al menos un libro publicado o, en su defecto, un blog. La nómina ya ha sido establecida por un comité de expertos nombrado a estos efectos por la directora del CNPE. Los poetas participantes que no residan en Madrid serán alojados en la flamante residencia que el CNPE inauguró el año pasado en un edificio anexo al de su sede central. En aras de su política de total transparencia, el CNPE desea hacer público que cada poeta cobrará por su participación unos honorarios de 400 euros brutos, a los que debe añadírseles el alojamiento en pensión completa durante una semana en su residencia oficial para los poetas no residentes en Madrid. Los quinientos poetas participantes pertenecen, según las mismas fuentes, a las más variadas corrientes estéticas del panorama emergente, que, para propiciar los debates, serán repartidas de modo equilibrado en las distintas mesas redondas organizadas. En cuanto a la procedencia geográfica de los participantes, cabe destacar que más de la mitad proviene de las distintas provincias andaluzas, en especial de Córdoba, epicentro y principal ciudad propulsora de la poesía emergente con sus diversos festivales, fundaciones, ciclos de lecturas, jornadas y premios. Fuentes del CNPE han destacado también que todas las actividades de las jornadas ‘A comienzos de un nuevo milenio: la poesía emergente’ serán difundidas en grabaciones de vídeo a través de su página web. Igualmente, se publicará un libro con todos los poemas, que contendrá un CD con los textos leídos por sus autores. Es importante señalar también la destacada presencia femenina en estas jornadas, pues más de la mitad de los poetas emergentes participantes serán poetas mujer, e incluso habrá una mesa redonda exclusivamente dedicada a la poesía femenina. En la página web del Centro Nacional de Poesía Emergente (www.cnpe.es) podrá encontrarse más información sobre estas necesarias y prometedoras jornadas.
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