miércoles, 10 de noviembre de 2010

EL LAGO, AL FONDO, ACARICIADO UN INSTANTE

Fotografía: © Cristina de Melo

por la luz que se filtraba a través de alguna fisura entre las nubes, y que no habría visto si E., sentada a mi lado, no me lo hubiese señalado, recobró enseguida su apacible presencia de cinta desplegada sobre las faldas de unas montañas que poco a poco iban a ir perdiendo sus distintos colores para adoptar un azul uniforme como impreciso preludio de la oscuridad con que terminaría el día. La charla que nos estaba impartiendo aquella editora, ya casi anciana pero de ojos juveniles que no dejaban de chispear mientras la voz, serena, iba proyectando nombres de autores, historias, anécdotas e impresiones, se veía amenazada por la somnolencia de sobremesa que estaba a punto de arrastrarla consigo a unas profundidades en que todas aquellas palabras se hubieran mezclado con el dedo de luz que acariciaba el lago hasta producir no se sabe qué sueño imprevisto de cadáveres femeninos que son conducidos en un convoy hasta una granja en la que se les acondicionará para un viaje final que los devolverá a la vida. De algo así trataba Le Convoi du colonel Fürst, de Jean-Marc Lovay, “el hombre más libre que conozco”, dijo la editora, no sé si porque sabía de su afición a lanzarse en parapente desde las cimas de su Valais natal (aunque no hable nunca de eso en sus novelas) o porque se trata de un autor que desde los dieciséis años dejó de estudiar y se dedicó a ganarse la vida en diversos oficios a los que nunca se ha dejado atar de forma exclusiva. La prosa de Lovay, según dijo, está llena de constantes descubrimientos y sorpresas que la alejan de cualquier estilo reconocible; en ella, afirmó uno de los grandes amigos de Lovay, el poeta Maurice Chappaz, “por primera vez el sinsentido adquiere sentido”. Como la somnolencia y los repentinos descensos de volumen de la voz que escuchaba me impedían captar del todo lo que las palabras decían, no estoy seguro de que la singularidad de este escritor, tal y como nos fue descrita, se corresponda sin exageración a su singularidad real, pero al menos se me han despertado las ganas de comprobarlo leyendo alguna obra suya. Circularon después otros nombres, a los que presté menos atención, no solo porque iba pensando cada vez más que la charla había sido programada a una hora imprudente, sino porque la propia editora había mostrado su interés especial por Jean-Marc Lovay, mientras que al resto de autores suizos de lengua francesa que iba a presentarnos parecía situarlos en puestos secundarios: Catherine Safonoff, si no me equivoco una autora cuyas novelas, de signo autobiográfico, rescatan todo tipo de encuentros que la autora, en sus numerosos paseos en bicicleta, tiene por aquí y por allá, sin que la cotidianidad sea en este caso sinónimo de banalidad o de superficialidad, sino, al contrario, la puerta de acceso a un mundo de intimidades conflictivas e intensas; Rose-Marie Pagnard, autora de una obra misteriosa titulada Le Motif du rameau et autres liens invisibles, en la que despliega una sorprendente fuerza de imaginación que le permite, en una atmósfera estilizadamente oriental, describir la persecución que una mujer emprende por las calles de Tokio en busca de su marido, seducido por una japonesa casi invisible; Michel Layaz, autor de Les Larmes de ma mère, entre otras obras, del que no recuerdo nada de lo que su editora contó para incitarnos a leerlo e incluso a atrevernos alguna vez a traducirlo (objetivo último de aquella charla: ganar traductores de distintas lenguas para los autores de la editorial); y, finalmente, Adrien Pasquali, autor de desbordante inteligencia, ensayista, narrador, traductor, que se suicidó hace ya más de diez años casi con la edad que tengo yo ahora, y que descendía de inmigrantes italianos llegados a la Suiza francesa: su novela corta Le Pain du silence, que la editora me regaló y que ostenta un título tan bello, es la crónica de una infancia dura entre dos lenguas y entre dos culturas que acaban desembocando en el silencio (y, años más tarde, en la escritura; a la que a su vez sucederá el suicidio). Estas dos horas que ha durado la charla han sido como un paseo somnoliento por lugares casi solo entrevistos desde lejos, como si fuéramos atravesando los cantones del Jura, de Neuchâtel, de Vaud, de Friburgo, del Valais y de Ginebra desde un tren impaciente pero minucioso, mientras al fondo un lago, acariciado un instante horas atrás por un dedo de sol, forma ya parte indisoluble de la oscuridad que nos rodea.

(Wernetshausen)

ENTRE LENGUAS ANDA EL JUEGO

Entre lenguas anda el juego. Y entre letras. Elijo ―de entre los cientos de variantes tipográficas que me ofrece el ordenador― una que nunca había usado, pero que hace muchos años nos sirvió a unos amigos y a mí para señalar la búsqueda (quién sabe si vana) de la elegancia en una colección de libros de la que solo logramos publicar dos volúmenes. Es un tipo de letra, en efecto, elegante, cómodo, discreto y destacado a la vez, en el que las palabras van fluyendo sin demasiado esfuerzo, seguramente también porque no están hablando de nada, ni siquiera de sí mismas, pues, ¿acaso es algún tema para las palabras el molde que las contiene, la trama tipográfica que se ha elegido para ellas, el tipo de letra de nombre italiano que, seleccionado en un tamaño no demasiado grande ni demasiado pequeño, convierte la pantalla del ordenador en el simulacro de una página impresa? Y, en cambio, estas letras, me digo, son la impalpable frontera o el intangible puente entre mi cerebro y un discurso que va separándose de él a medida que se desarrolla, el receptáculo de algo que no existe en el infinitesimal instante previo al instante en que existe, y así, continúo diciéndome, las letras aparecen ante mi vista casi como los lugares mágicos en que se va creando a sí mismo el discurso, como una tela de araña que de pronto se nos muestra donde antes estaba solo la entrada de la cueva en la que nos escondimos de nuestros perseguidores. ¿Nos protegen también, acaso, las palabras, o sus elegantes formas negras alineadas unas junto a otras, como protegió a aquel otro ser humano, hace muchos siglos, la telaraña milagrosa que disuadió a sus enemigos de entrar en una cueva en la que probablemente, pensaron, no podría haberse escondido? ¿No nos mantienen retenidos dentro de nuestra guarida, protegidos en cierto modo, sí, protegidos de tanta cruda realidad o irrealidad como estaríamos condenados a experimentar sin esa tela protectora de las palabras, pero en definitiva aislados, incluso de los demás, aunque creamos comunicarnos con ellos, aislados incluso de nosotros mismos, de lo más auténtico o terrible o inalcanzable o silencioso de nosotros mismos? Pero había empezado diciendo que entre lenguas anda el juego. Y luego me desvié con la excusa de la tipografía hacia unas reflexiones insulsas. El juego al que me refería está vinculado a una tensión. Había, antes de que encendiera el ordenador, una tensión en la espera a la que me obligaba el hecho de que la única toma de corriente en que hubiera podido conectar el enchufe del ordenador estaba ocupada por el cargador del móvil, que hacía un rato que se estaba recargando. Me había propuesto dejar apagado el ordenador hasta que el móvil completara su carga. Pero al cabo de un tiempo empecé a sentir una especie de hormigueo. Había algo que realizaba cierta presión para salir, aunque yo no sintiera en ningún lugar de mi cuerpo esa presión. Tampoco podía atribuir el hormigueo al tic compulsivo de teclear, pues, de hecho, cuando llega el momento de hacerlo, no encuentro apenas placer en el juego autómata de los dedos que martillean las teclas. Sin embargo, había sin duda algo que, en algún lugar, iba cobrando una especie de vida, un movimiento contenido, inseguro, como el revoloteo de los pájaros que se preparan para echar a volar. En cuanto el ordenador estuvo encendido, las letras que los dedos proyectaban fueron formando las palabras de este texto que en cierto modo vienen de una parte de mi cuerpo y terminan en algún lugar fuera de él. Considero una osadía pretender que todo esto pueda venir de otro lugar que no sea mi cuerpo. Aunque, desde luego, estoy dispuesto a admitir que lo que quiera que sea que en algún momento indeterminado se puso en movimiento dentro de mí está alimentado por elementos innumerables de la más variada naturaleza que no son mi cuerpo pero que, en cierto modo extraño, coinciden en mi cuerpo y danzan y hasta acaso se funden dentro de él unos con otros hasta que terminan saliendo a algún lugar exterior (ahora mismo la pantalla del ordenador) en forma de palabras. Vacas. Un gato. Libros. Un ventanal a través del cual se iban volviendo azules las montañas. La luna. Personas. Conversaciones. La vida recluida durante una semana en una casa para traductores a ochocientos metros de altura. Una mariposa nocturna, ahora mismo, detrás del cristal de la ventana. Una pradera húmeda atravesada ayer para llegar a un banco en lo alto de un bosque. El sendero empinado en el que me resbalé mientras lo bajaba. Las barras de metal que sujetaban cada escalón de madera de ese sendero del bosque y que en mi imaginación coincidían exactamente al final de mi caída con el punto exacto de mi nuca en el que el contacto era mortal. Cincuenta vacas que venían por otro sendero conducidas por sus propietarios, vacas apacibles, que ni siquiera se adelantaban las unas a las otras, azuzadas por un perro raquítico al que cualquiera de ellas podría haberle destrozado el cuello con un simple pisotón. La anciana suiza que me habló en el sendero de esas vacas que se acercaban y con quien hablé durante diez minutos, en una lengua transparente, como si nos conociéramos desde siempre. El reflejo del sol, un instante, sobre el lago, allá abajo, captado a través del ventanal. Las lenguas que se cruzan y que en algún instante dejo de escuchar porque estoy pensando en algo que no sé bien lo que es. El nombre nunca escuchado de un escritor enigmático. Los caminos que parten de un libro que se está traduciendo y que nos llevan muy lejos hasta que al volver somos otros y el libro tampoco es ya el mismo. Un perro casi autista. La primera nieve, muy fina, como una exhalación, posada después de un par de horas sobre las copas de los árboles. Ovejas asustadizas. La casa en miniatura fabricada en lo alto del tronco de un árbol: ¿un nido de regalo o el escondite para los secretos de un adolescente? Y todo esto, todo lo que parece haber perdido el habla, o no haber aprendido nunca hablar, acaba entremezclándose con las palabras, como si estas, a pesar de venir del interior de mi cuerpo, vinieran de todo lo contemplado, de todo lo que, reunido en algún lugar caluroso capaz de devolverle la vida, renace ahora en forma de palabras.

(Wernetshausen)

domingo, 7 de noviembre de 2010

SEGUIR AVANZANDO, SEGUIR PERDIÉNDOSE,

se dijo, porque los círculos en que la vida se expande son cada vez más amplios, sin que deje de haber en el principio ―en un principio solo entrevisto a través de las nieblas de la nostalgia y del olvido― una especie de corazonada, la mordida de un lugar de la piel que más tarde sangrará hasta que la herida se infecte y se gangrene... Avanza, sin pensar en la pérdida pero rodeado de cuerpos desconocidos, de lenguas bruscas como borbotones de sangre, por pasillos, una y otra vez, siempre por pasillos que conducen los unos a los otros, un laberinto en el que se abren de vez en cuando habitaciones separadas por cortinajes sucios, habitaciones que podrían estar a su vez subdivididas en diferentes espacios, rincones extraviados en los que se oye el aliento jadeante de un cuerpo o se palpa sin querer el sudor pegajoso de una piel escondida. Seguir avanzando, seguir perdiéndose por ese laberinto que nunca, ni en sus peores pesadillas, llegó a imaginar, es tan aparentemente fácil como quedarse sentado en un sillón junto a una mesa atestada de botellas vacías, de colillas aplastadas sobre el cristal de un cenicero, mientras son los demás los que siguen avanzando, los que siguen perdiéndose en una rueda sin fin, como si estuvieran atados por una soga invisible de la que alguien, situado fuera del escenario, no dejara de tirar para ir retirándolos de la vista de ese espectador sentado en un sillón junto a una mesa atestada de huellas de anteriores ocupantes. Aquí estuvo hace años, aunque no recordaba con detalle las complicadas anfractuosidades de este laberinto. Como residuo de aquellas horas permanece tan solo la imagen de un breve encuentro, de una conversación, de una nacionalidad ―la serbia― dicha tal vez entonces como un dato más entre muchos y que la memoria ha guardado por algún extraño motivo. Igual que entonces, está ahora casi seguro de que todos sus afanes, las pequeñas frustraciones que implica cualquier búsqueda compulsiva en un lugar en el que hay mucha otra gente que busca lo mismo, acabarán convertidos en un paño de uniforme tonalidad grisácea situado en algún lugar de su confuso cerebro. Destacará, quién sabe durante cuánto tiempo, en el centro de ese paño, el relieve brillante de una piel africana, tersa, erizada, bellísima a la luz agrietada de una penumbra cambiante según irradiaba más o menos luz la pantalla de un televisor encendido en algún lugar del laberinto. Esa piel que bastaba rozar con las puntas de los dedos para que todo el cuerpo se agitara, se estirara en su enorme envergadura, convulso o, más bien, herido de deseo, electrizado: la magia de esa piel destacaría, sí, se dijo, sobre el grisáceo fondo de sus avances y sus pérdidas por aquellos pasillos giratorios, no como una refutación a su voluntad de seguir avanzando, de seguir perdiéndose ―pues ninguna otra cosa podía ya hacerse cuando se habían dejado atrás la certidumbre y el origen―, sino como una breve luz (el brillo de una luz sobre una piel oscura) rescatada de las sombras que se hundían las unas en las otras.

(Zúrich)

miércoles, 27 de octubre de 2010

EL CALCETÍN

Para José Herrera

¿Hasta cuándo vas a dejar que ese calcetín agujereado que lavaste hace unos días y colgaste para que se secara en la barandilla de la litera, y que, sin que sepas exactamente cuándo ni por qué, acabó cayéndose, siga tirado por el suelo en el cuarto de invitados? (Hasta aquí el cruce entre las palabras y la imagen, entre la imagen y el objeto, entre la alteridad del mundo material y la subjetividad de tu mirada sobre él, entre las palabras y el mundo, entre el espacio y el objeto, entre el presente y el fondo incierto del tiempo transcurrido hasta él, entre el objeto y el tiempo, entre las palabras y el tiempo, entre la mirada y la pregunta, entre el misterio y un calcetín, ¿o entre la eternidad y un día?) Cuando eras niño detestabas los cuellos altos de los jerséis que tu madre y, sobre todo, una vecina que era como tu segunda madre insistían en que te probaras cuando llegaba el invierno, hasta que un día dijiste que preferías seguir llevando una chaqueta raída a la que le tenías cariño, que nada te importaba vestir ropa nueva y que la pobreza, una de las exigencias de la religión que profesabas —algo así dijiste ante la perpleja mirada de tu madre y de la vecina—, no solo la pobreza en el vestir sino también la pobreza en todos los aspectos de la vida, era para ti más importante que cualquier presión social que quisiera ejercerse sobre ti. (Aún hoy sigues detestando los cuellos altos: ese rechazo de tu piel ha durado más que aquella religión en tu alma. Lo que no sabes muy bien es cómo las palabras convocan a las palabras, o cómo una vez atravesado el umbral que separa las palabras del silencio empieza un viaje con frecuencia retrospectivo en el que son rescatados, sin ninguna premeditación, fragmentos de recuerdos que parecían sepultados. Es, en cierto modo, como si se descubriera una filigrana que une diferentes puntos dispersos y se mantiene oculta hasta que se sopla o se pule o se raspa sobre ella.) Sobre la tapa de la cisterna descansan desde esta mañana el suéter y los calzoncillos que usaste ayer y que siempre colocas en el mismo sitio antes de ducharte. Los recoges y los llevas a la cesta de la ropa sucia. Durante el breve trayecto a través del pasillo piensas que una de las rutinas del día es precisamente ese traslado de las prendas sucias que dejaste en el baño antes de marcharte al trabajo y que allí siguen cuando vuelves a casa; pensar en este traslado rutinario te hace reflexionar también sobre el arco o la fisura que señalan las prendas por la mañana y las prendas por la tarde, esos objetos que son y que no son los mismos, sobre la ausencia del cuerpo que esas prendas dejadas allí todos los días de una manera inconsciente te hacen ver: no solo la ausencia del cuerpo que se despojó de las prendas y las transformó en trapos sucios que habrá que lavar, sino también la ausencia del cuerpo entre la mañana y la tarde, el peso de esas horas en que las prendas esperan sin moverse a que las recojas y, en cierto modo, cierres, al hacerlo, esa fisura o ese hueco en que el cuerpo no estuvo. (Y es el movimiento, el movimiento del cuerpo, el toque de algo íntimo aunque inerte, o la mirada que se detiene un brevísimo instante en un calcetín caído en el suelo, lo que, dirías, pone en marcha el movimiento del lenguaje, la cascada de palabras que en cierto modo asedian lo que no has podido ver ni tocar, lo que la sensación del cuerpo vivo que se mueve por la casa no puede transmitirte porque se esconde dentro de ella, muy dentro de esa vida tuya que vives sin apenas vislumbrar lo que en su fondo contiene —salvo, alguna rara vez, por medio de unas pocas palabras que son como las lámparas de la vida.)

LO POCO O NADA QUE SÉ SOBRE LA PÁGINA EN BLANCO

Siempre he querido comprender a qué se referían algunos escritores, sobre todo poetas, cuando hablaban del terror a la página en blanco. Nunca he experimentado nada semejante. Imagino que con esa expresión querían dar a entender una ansiedad causada por el deseo una y otra vez frustrado de escribir, como si lo que en su interior se había ido formando al modo de un discurso silencioso, apenas verbal, conformado tal vez por meras imágenes o por retazos deshilvanados de palabras, no encontrara el conducto para verterse en la página de un modo coherente, con frases y oraciones que estuvieran a la altura del conglomerado mental del que brotaban. Hay, creo, siempre una fisura insalvable entre las palabras y las cosas, o entre las palabras y las imágenes mentales de las cosas, entre nuestro lenguaje y nuestras vivencias, pues son mundos radicalmente distintos que en la escritura, en la poesía, quisieran encontrarse. El poema soñado es siempre el doble del mundo, pero una vez que desciende del sueño y se transforma en realidad de palabras de una lengua concreta se convierte en algo diferente del mundo, en otro mundo con sus propias leyes, con sus propias incandescencias y penumbras. Siempre que me he sentado a escribir, hasta donde recuerdo, lo he hecho porque sentía la necesidad de unirme a un ritmo que había escuchado en mi interior, quiero decir que las palabras se habían formado por sí solas en razón de no sé muy bien qué recuerdo o qué experiencia o qué intuición o qué vacío. Luego, claro, la torpeza inherente a la mano, o a la propia mente incapaz de seguir como hubiera sido deseable esa canción desconocida, hacían que muchas veces trastabillara, que me bloqueara, que no le viera salida a lo que llevaba ya escrito. Pero siempre había algo escrito. No me he enfrentado nunca a ese desierto de la página en blanco, como ha sido también definido, para ver qué podía depararme. El desierto, si lo había, estaba mucho más allá de la página en blanco, en un lugar invisible, y su desolación era la misma de la vida, una especie de desgana, un malestar, una fatiga, una falta de energía, un abismo cuyo final no veía y que nada entregaba porque nada había en él. Por eso, las veces en que escuchaba esa llamada cuya primera nota era siempre una palabra entrañable, sabía que por unos instantes me había sido otorgado encontrarme con el reverso de ese desierto, con las fuentes vivientes que suelen estar escondidas tan adentro que casi nunca afloran para que bebamos en ellas. Si tenía a mano un papel anotaba esas sílabas perdidas de cuyo hilo habría de tirar para no perderme del todo, y si, como también ocurría, no tenía acceso a un bolígrafo o a un papel, entonces las memorizaba hasta donde podía para poder transcribirlas más tarde. Creo que, en vez del terror al papel en blanco, lo que realmente sentía era la incertidumbre de no saber si lo que estaba escribiendo procedía de una de esas fuentes escondidas o si era más bien una de esas canciones engañosas con que al viento le gusta jugar en nuestros oídos.

martes, 26 de octubre de 2010

Y APOYADO EN LA PARED, LLORABAS

Aquel llanto quedó adherido a la pared en la que te apoyaste, después de una noche de fiesta, como si fueras a caerte, y de hecho las piernas te temblaban, creo, convulsionado en parte por los efectos del alcohol y en parte por el dolor que te agitaba por dentro, mientras yo intentaba consolarte y solo conseguía acrecentar aún más tu llanto con mis torpes palabras. Después de transcurridos más de diez años desde aquella escena, contemplándola hoy con una conmoción que no ha cambiado en todo este tiempo pero a la vez con cierto desapego debido a la distancia, creo que fue el verdadero preludio de lo que vino luego. Comenzamos entonces a asomarnos al abismo al que poco después nos precipitaríamos. Lo que creo que aquella noche vislumbraste fue el callejón sin salida al que estábamos condenados, tú apegado a la isla y yo desprendido de ella, tú que acababas, a pesar de tu juventud, de encontrar un trabajo estable y yo que aún me debatía en nomadismos centroeuropeos sin perspectivas de asentarme en ninguna parte. Creo que luchabas, o empezaste entonces a luchar, con la imagen deseada de un convivencia en la isla, como si algún día nos hubiera sido dado prolongar para siempre las escapadas maravillosas de aquel verano que luego sería el único, como si la vida no nos fuera a devolver alguna vez su cara más oscura para cobrarse así toda la claridad, toda la dicha que, casi furtivamente, le habíamos arrancado. ¿Acabaría siendo más fuerte ese deseo, esa proyección imaginaria del deseo, que el súbito reconocimiento de que alguna vez dejaríamos de tener las fuerzas suficientes para mantener elevada como en una ofrenda al fulgor del horizonte la unidad sin fisuras del amor? Me parecía escuchar en tu llanto un grito que querías sacar de tu interior y que solo salía en forma de bocanadas, sollozos, ahogos, mocos, lágrimas. Tu llanto era una herida que sangraba en la noche. Era tarde, tal vez las cinco o las seis de la mañana. Ni tú ni yo podíamos conducir en nuestro estado. La calle estaba oscura. Entreverados con las casas había solares, huertas, cardones. Tú estabas como clavado en aquella pared, con la cabeza hundida sobre el pecho, los brazos colgantes a los lados, sin fuerza, los ojos enrojecidos, la voz quebradiza. Yo no podía ni siquiera sacarte de allí. Tal vez pasó junto a nosotros algún grupo que regresaba de la discoteca en la que habíamos estado: un sórdido recinto circular que cuando íbamos juntos cobraba un brillo insólito mientras te veía bailar, ir de un lado para otro saludando a tus amigos, perderte un rato para que te encontrara o llegar corriendo con cara de enfadado cuando yo me hacía el perdido. Pálidos residuos ahora, todos esos movimientos y gestos, de lo que entonces era un sinfín inagotable de instantes verdaderos, unos surgidos de otros, cada uno de ellos más pleno que el anterior. Pero me he perdido, sospecho, una vez más, con las palabras. Te hablaba a ti cuando empecé a escribir, te estaba hablando como tal vez nunca te hablé, con un cierto temblor, pero sobre todo con el aplomo que entonces no pude demostrarte, aquella noche en que llorabas apoyado a una pared en medio de ninguna parte, y tu llanto se filtraba en la piedra, aquella madrugada que solo existió para que al día siguiente, al despertarnos, empezáramos a alejarnos el uno del otro para siempre.

sábado, 23 de octubre de 2010

ESTA VIDA EN DESORDEN

Esta vida en desorden, ¿adónde te conduce? (La respuesta no vendrá, sin duda, en las líneas que siguen.) Vuelves a casa con esa sensación de resaca que es una mezcla de lucidez y de mareo: estás lejos de todo y, sin embargo, lo sientes todo dentro de ti, desordenado. (Al llegar a casa encuentras: cenizas esparcidas en la mesa, que recoges con la mano y devuelves al aire; una taza con colillas mojadas que flotan en un agua de color marrón; el salón en penumbra; la cama sin hacer; restos de papel en el suelo, que también recoges sin saber qué hacer con ellos.) Te propones acostarte unas horas, descansar aunque no duermas, acurrucarte dentro de las sábanas cubiertas con la manta, y en cambio te quedas dando vueltas de un lado a otro de la casa, de la puerta al salón a través del pasillo, del dormitorio al baño, como un sonámbulo o como un ciego que quisiera memorizar los puntos de referencia de un lugar extraño. (A pesar de que ya la conoces bien, la casa es un lugar en el que el cuerpo se siente a la vez acogido y expulsado, pues otro es el lugar que desearía para su completo bienestar aunque la casa sea el único que lo recibe y devuelve a una cierta seguridad, a un cierto amparo.) El desorden de dentro y el desorden de fuera, la emborronada sucesión de los hechos exteriores y el marasmo de deseos, empecinamientos, desilusiones y frustraciones que la conciencia despliega: todo ese desorden solo te sirve, en cierto modo, para leer desde él tu vida precedente, la suma de recuerdos apacibles que surgen al trasluz de este momento de hoy en el que, extraño para ti mismo, te reconoces y te desconoces. (Tal vez sea cierto que nos vamos transformando a cada instante, que no somos del nacimiento a la muerte un ser unívoco, sino seres que nacen y mueren instantánea y sucesivamente: ¿entonces quien ahora eres nada tendría que ver con quien fuiste ayer, con quien fuiste hace veinte años, con quien serás mañana?) La siesta que deseas está ahí, esperándote, como una oportunidad para dejar atrás esta conversación absurda entre la imagen que de ti mismo te formas y el desorden que dentro y fuera de ti sientes, pues de poco, piensas, sirve intercambiar reproches, reparos o reconvenciones cuando lo que habría que hacer es, simplemente, intentar nacer de nuevo, romper el cascarón de este instante y asomar la cabeza a la luz desconocida de otro mundo. (Iluso, una vez más te engañas pensando que bastará un rato de duermevela para recomponer lo que está desde hace tiempo enquistado en la turbiedad y la angostura. Algo distinto haría falta si es eso lo que buscas. Algo parecido al milagro, salvo que los milagros no existen, o algo cercano al menos a un salto imprevisto como el que de pronto un tranquilo paseante por el borde de un acantilado da sin saber que caerá de pie en una terraza de arena tan solo unos pocos metros más abajo.) Tus articulaciones crujen, contracturas causadas no sabes bien por qué martillean tu espalda, los pulmones jadean como atenazados por polvo retenido en los alvéolos, los dedos de tus manos tiemblan si los extiendes sobre las teclas del ordenador, la nariz, a medias congestionada, se esfuerza en respirar. ¿Acabará la siesta también con todo esto? ¿Podrá proporcionarte un cuerpo nuevo? (Deja ya de una vez de preguntarte y actúa. Levántate y vete al dormitorio. Baja las persianas. Métete entre las sábanas y estírate en busca de la posición más adecuada para dejar de sentir todo lo que en tu cuerpo rechina y te amenaza. Cierra los ojos o déjalos solo entreabiertos para ver la pared del pasillo desde la que la tenue luz que llegará del salón irá poco a poco introduciéndose en ti hasta que, tal vez, te duermas.)

miércoles, 20 de octubre de 2010

EL ARQUERO Y YO

Si no fuera porque apenas siento sueño, a pesar de lo tarde que es —tal vez porque esta mañana me desperté un par de horas después de lo habitual—, acaso no estaría ahora sentado escribiendo estas líneas que quisieran convocar algo vivido hace poco. Si no fuera, como digo, por el cúmulo de unas circunstancias propicias aunque inesperadas, lo vivido hace poco estaría ya incorporado a la bruma de los más vanos recuerdos, a esa masa informe de brasas que van apagándose una detrás de otra sin que sean capaces de iluminar nada antes de desaparecer. Esto que escribo ahora, sin embargo, es como un soplo dirigido a una de esas brasas que ningún otro procedimiento, creo, podría rescatar. Da la impresión de que actúo como un arquero que elige, a saber en función de qué capricho, su presa, saca una flecha del carcaj, apunta hacia su víctima indefensa, dispara y da en el blanco, todo en cuestión de un par de segundos de intensa pero monótona efectividad. Pero no es exactamente así, aunque haya algunas semejanzas. La presa y la brasa están, las dos, a punto de morir. La flecha y el soplo, en cambio, destruyen y reaniman, respectivamente. En el carcaj hay un número limitado de flechas que no se corresponden con la cifra ilimitada de las palabras con que podría elaborarse el soplo. El arquero y yo miramos hacia algún lado, es cierto, pero él mira hacia fuera de sí y yo hacia dentro de mí. Su capricho es tan insensato como el mío, aunque él podría sustraerse al suyo y yo, en cambio, no puedo sino someterme al mío. Su pericia en apuntar le garantiza un acierto sin apenas probabilidades de error; yo, sin embargo, no es que no aprenda nunca, sino que un soplo es aire que, una vez que abandona la boca, aunque vaya henchido de palabras, discurre y se disuelve en el aire. Hasta aquí lo que creo que nos une y separa a ese arquero imaginario y a mí. Digamos, entonces, que si lo que viví hace unos días fue simplemente el hecho de que la luz del sol recaía sobre uno de los peldaños de la escalera interior que sube hasta mi casa, sin que pudiera ver, mientras subía, por dónde entraba esa luz ni qué ángulo exacto le permitía evitar los demás peldaños y concentrarse en uno solo, tendremos ya la brasa, incluso una especie de brasa casi literal, que con estas palabras tendría que apuntar —convocar— para lanzarle un soplo capaz, si no de hacerla agrandarse, al menos de mantenerla en su imprevista presencia allá al final de la escalera, a una hora temprana de la tarde, como un latido ahogado pero aún perceptible, un escalón con una brasa encima que pareciera no venir de ningún sitio y que en el mismo momento en que lo capta la mirada abriera en quien lo mira un pasadizo entre la oscuridad de su vida y la más oculta luz del universo.

viernes, 15 de octubre de 2010

CALLE JOSÉ NAVEIRAS

Sé que hay, detrás de alguna de estas líneas que ahora comienzan, un fondo indecible. Las motas de polvo se han ido depositando imperceptiblemente en la pantalla del ordenador desde que, anoche, dejé la pantalla abierta después de ver una película. Cuántas capas han de atravesarse para llegar a lo que nos espera, sin que parezca esperarnos, detrás de las palabras. Lo mejor será empezar por los pasillos. Había un silencio en ellos, cómo decirlo, atroz o condensado, atesorado o intacto, después de que muriera mi abuela. Era un silencio como el de los animales disecados, sobre todo las aves, que parecen estar a punto de moverse o saltar o levantar el vuelo. Al recorrerlos sentía que pisaba sobre un suelo acolchado, me apoyaba en las paredes acolchadas de túneles que conducían a las habitaciones. En las varias esquinas de las distintas eles que formaban aquella red de pasillos mi abuela había dispuesto esquineras de las que a veces sacaba una taza, un mantel, una botella, una caja. La casa era como un diamante de muchas facetas, pero la luz nacía siempre de la sala desde la que se veían balancearse las ramas de los castaños mecidos en una brisa que parecía perpetua. Desde allí, el hilo de la luz se iba adelgazando hasta llegar al final del laberinto: la humilde cocina en la que nos sentábamos para comer como en una plegaria junto a los fogones. Los pasillos mezclaban la luz candente que recibían de las ventanas del lado de la calle y la otra, más esquiva, de las que daban al patio interior. En cambio, había habitaciones interiores más luminosas que algunas exteriores, pues en ese juego extraño de los intercambios de luz mi abuela había creído conveniente compensar el ruido de la calle con una penumbra siempre acariciada por los rayos finísimos que entraban a través de las rendijas entrecerradas de las contraventanas. Todos estos malabarismos parecían seguir manteniéndose en frágil equilibrio cuando visité la casa a los pocos días de morir mi abuela. Pero es verdad que, igual que hay motas de polvo invisibles que modifican la mirada sin que nos demos cuenta, tal vez yo no veía los cambios que se habían producido. Me senté en la cama del cuarto de invitados, donde yo había dormido alguna vez, y los muelles crujieron como siempre. Comprobé que sobre la cómoda del dormitorio de mi abuela había un pequeño espejo de mano con el mango de plata y el azogue desgastado: no parecía haber sufrido el más leve temblor desde que ella se fue. Todo era una giratoria mudez de escombros ordenados: la ropa en los armarios, las cortinas solemnes que llegaban hasta el suelo, las jaulas que colgaban de aros de metal, las esquineras, el televisor, las sillas. Todo era un peso que se desplomaba en la hora ingrávida de aquel atardecer, un cuerpo que cruzaba los pasillos en busca de otro cuerpo que ya no los cruzaba. Todo era tan simple que no lo comprendía. Yo la veía y no la veía sentada y no sentada en el sillón que ya no era su sillón. Y no sabía si era más fuerte el vacío de la ausencia o la insistencia del recuerdo, la irradiación de cada huella o el silencio de todo. Entonces decidí que aquella tarde, de algún modo, debía darle vida de nuevo a aquella casa, insuflarle un aliento con el que ella, mi abuela, volviera a respirar y a estar allí conmigo para siempre, aunque no fuera su aliento, como alguien que se acerca a una lechuza disecada y le sopla en los ojos para que vuelva a mirar.

viernes, 8 de octubre de 2010

EL HUÉSPED

Aunque viniera de lejos —del otro extremo del mundo— podíamos comunicarnos en una lengua que ambos habíamos aprendido por razones diversas: él, porque en su país era obligatoria en la educación primaria y secundaria; yo, porque había pasado unos años de mi vida en un país donde se hablaba esa lengua. Si le propuse que se quedara unos días conmigo, que se instalara por una corta temporada en mi casa —en un pequeño cuarto que yo no utilizaba—, no fue solo porque supe que había dejado el hotel en el que había pasado las primeras noches en nuestro país y estaba buscando habitación, sino también porque sus ojos me encandilaron a la primera mirada: sentí que me decían algo que yo debía intentar descifrar, aunque muy bien podría estarme equivocando —pensé también desde el principio— al vislumbrar en ellos otra cosa distinta de su brillo exterior. Nunca le había abierto tan rápidamente las puertas de mi casa a nadie; era incluso bastante celoso con mi intimidad, pues después de tantos años como llevaba viviendo solo cualquier insinuación de convivencia me parecía una intrusión que debía evitar. Así que la noche en que lo estaba esperando —me había llamado para confirmarme que vendría, pero tenía que ir al hotel a recoger su equipaje, y luego tomaría un taxi hasta mi casa—, fue extraña para mí: de pronto, por un arranque de hospitalidad tal vez extravagante, alguien estaba a punto de abrir una brecha en el caparazón que yo había ido labrando, consciente o inconscientemente, a lo largo de muchos años; temía el desequilibrio que eso conllevaría; pero, por otro lado, había asimismo una emoción indefinible, la sensación de que esa brecha y ese desequilibrio acabarían con cierto letargo, con una especie de insensibilidad en la que había ido hundiéndome sin duda como un modo de protección frente a lo que consideraba un sinfín de amenazas invisibles —no contra mi integridad física, sino contra mi salud mental o espiritual. Así que me encontraba en una encrucijada y el único culpable era yo. No había, es verdad, ninguna intención en mí más que la de brindar un sitio de tránsito a alguien que, en su juventud y en su relativo desamparo, me recordaba a mí mismo cuando tenía su edad y deambulaba por las ciudades de un país extranjero. Pero no menos cierto es que fantaseaba con la posibilidad de una convivencia más larga, con el desencadenamiento de una serie de encuentros, de aproximaciones, que esa misma convivencia podría propiciar, sin que a la vez quisiera pensar que mi finalidad al proponérsela hubiese sido precisamente tenderle una trampa de la que le fuera difícil escapar. Buscaba reforzar en mí la creencia de que lo único que ocurría era que, de pronto, mi soledad había encontrado la ocasión perfecta para ponerme a prueba, para preguntarme si estaba ya saciado de ella o si el amor que le profesaba —por decirlo de algún modo— era más fuerte que la monotonía que ella me imponía. Me vi obligado a recoger un poco el cuarto que iba a cederle: solo me servía para ir acumulando trastos que no usaba. Recogí un poco mi mesa de estudio, la cocina, el baño. Me afeité. Vaporicé un poco de ambientador en el aire. Todo lo demás lo dejé como estaba. Me consideraba muy lejos de batir ningún récord de limpieza y de orden, pero tampoco vivía en una leonera. Luego me senté a esperar. Me di cuenta de que era incapaz de ninguna actividad que requiriera concentración, tranquilidad y despreocupación. Aquella ansiedad me paralizaba al mismo tiempo que me vigorizaba. Cuando escuché el sonido del portero automático —estaba en el baño, pasándole un último trapo al lavabo—, me dije que todo aquel tiempo de espera había terminado y que en cuanto subiera las escaleras y me lo encontrara con su maleta en el umbral de mi puerta empezaría otro tiempo distinto, desconocido.

sábado, 2 de octubre de 2010

SANGRE EN LOS LABIOS

Se despierta, sin saber qué hora es, con los labios llenos de sangre, como si durante su sueño hubiera estado besando o mordiendo algún cuerpo ensangrentado. El espejo, sin embargo, no le revela toda la verdad, pues es más intenso el sabor de la sangre —que deglute, mezclada con su saliva, con prevención al principio pero con creciente deleite a medida que la saborea— que la imagen contemplada, al fin y al cabo un rostro que se parece al suyo solo que pintarrajeado hoy por esa mancha roja sobre sus labios. Qué lugares se ha visto obligado a visitar, qué fríos embozados a soportar a altas horas de la noche, en qué entradas de parques desembocaba algún portal de alguna de las casas en que vivió, qué sórdidos descensos por escaleras de suciedad apelmazada se le ofrecieron como la única opción si descartaba la locura o el perdón (o incluso acaso el suicidio): todo esto era solo una pequeña parte del cúmulo de preguntas que se formaba en su mente en ese instante, preguntas todas sin respuesta porque siempre faltaría, al contestarlas, un detalle olvidado, algún matiz importante, unos segundos pasados en el respaldo de un banco de aquel parque una mañana o el desliz de una pierna —suya o de otro— indecisa en la escalera, o acaso, insignificante pero verdadero, el momento en que el frío, por mucho que se tapara el rostro, hacía que sus ojos lagrimaran como si alguna pena lo corroyera por dentro. Así que ahora quería intentar grabar el sabor de la sangre lamida con la lengua, como quien se relame hasta las comisuras de los labios sin conseguir limpiárselos del todo, con algo más de atención que la imagen insólita de esa especie de cruento manantial que había aparecido en ellos, después de despertarse sin saber qué hora era: quién sabe si algún día no le haría falta poder sumergirse en el sabor que ahora sentía para entender otro sabor que todavía no era capaz de sentir, o si debería rescatar las sensaciones que ahora eran nuevas para él como el bagaje que le ayudaría a afrontar otras aún desconocidas, difíciles o imposibles de afrontar sin estas que ahora experimentaba. La boca ensangrentada, se dice, es el umbral (cómo había olvidado esta palabra, cómo había tenido que olvidarla) que podría llevarlo algún día a lo que aún no está preparado para sentir.

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