viernes, 16 de octubre de 2026

EL BALCÓN

Ya no recuerdo en qué parte de la ciudad se encontraba aquel edificio en uno de cuyos balcones creí recordar haber vivido durante otra de mis vidas. No he vivido más que una –espero seguir estando viviéndola–, y por eso me extrañó recordar algo que en el fondo no me pertenecía, pero que no podía atribuir a nadie fuera de mí. Debía de haber otras vidas que había vivido en un pasado que no recordaba, o que, de un modo inconsciente, se habían ido sumando a la mía. Pues no había otra forma de explicar que, al pasar frente a aquel edificio, identificara uno de sus balcones, no uno cualquiera de ellos, sino uno concreto, aparentemente idéntico a los otros, pero inconfundible, un balcón del segundo piso, sin ningún objeto a la vista, sin macetas con plantas, sin tendedera ni jaulas de canarios, un balcón que podría pertenecer a una vivienda deshabitada, o en todo caso habitada por personas austeras, que no lo utilizarían mucho. De hecho, se trataba del edificio con los balcones más estrechos que yo hubiera visto nunca, concebidos apenas para una sola persona, y asomada mejor de perfil que de frente, un cubículo de apenas un metro cuadrado que, más que balcón, parecía una tronera abierta a la ciudad, un lugar desde que el que curiosear unos escasos instantes el tráfico, los pocos viandantes, la presencia de gatos callejeros, el paso de las nubes, la calidad del azul en el rincón visible del cielo. Allí, en aquel balcón, creía recordar haberme asomado cuando tenía treinta o cuarenta años menos y compartía mi vida con una mujer algo mayor que yo. Ella estaba tumbada en el sofá después de cenar. Me veía a su lado mientras nos besábamos como cada noche antes de hacer el amor, caricias que iban creciendo en voluptuosidad, emulsiones táctiles de partes concretas de su cuerpo que con mi saliva iba convirtiendo en zonas cada vez más cargadas de deseo. El sofá era de dos plazas, pero nos acurrucábamos de tal manera que parecía una hamaca gigantesca en la que nos balanceábamos en el salón de un piso que en esos momentos nos parecía un barco en alta mar, meciéndose en medio de las olas más mansas, ignorantes de cualquier posible cambio en las mareas, centrados en la visión crepuscular de nuestros cuerpos multiplicados por el reflejo de los ventanales que, junto al balcón, daban a la calle. Entonces, en el momento de mayor intensidad, para provocar una breve ausencia que acrecentara el deseo, o bien para descansar un instante de tanta pasión, me levantaba, me ponía los calzoncillos y salía al tórrido balcón con la esperanza de aspirar un poco de frescor nocturno. Mi cuerpo, asomado allí mientras una pandilla de jóvenes bajaba la calle en sus monopatines o un chico de mi misma edad fumaba apostado en el borde de una jardinera junto al portal del edificio de enfrente, no me pertenecía del todo, y no estaba seguro de ser yo quien respiraba el aire contaminado por los tubos de escape, yo quien veía a lo lejos, a través de una calle secundaria, las copas de algunos árboles del parque. Me sentía contemplado por la mujer que, desde dentro, seguía recostada en el sofá (así ocurría siempre), tocándose donde yo la había tocado antes, recordando con sus propias manos las mías en lugares que ya no eran del todo suyos, imaginando que eran mis manos las que recorrían su cuerpo mientras su mirada recorría mi espalda –más o menos ancha por entonces– sin atreverse todavía a acercarse para acariciarla. Pero luego sí que lo hacía: se levantaba, desnuda por completo, con su larga cabellera cayéndole hasta la cintura, y se aproximaba al balcón. Sentía el tacto menudo de sus pezones erectos rozándome la piel. Sentía su vulva frotándose acompasadamente con la parte exterior de mis muslos. Sentía sus uñas afiladas acariciarme la nuca como si una ninfa hubiera recorrido los laberintos de arroyos –cauces de barrancos– que la separaban de mí para llegar a aquel balcón. Y entonces allí cabíamos los dos, es verdad que ella muy arrimada a mí, casi fundida conmigo, adoptando una postura que le permitiera asomarse al balcón detrás de mí, sin que nadie la viera salvo mi piel enardecida. Así era nuestra vida entonces, o eso he creído recordar hoy al pasar frente a aquel edificio. No estuve, que yo recuerde, domiciliado nunca allí. No compartí mi vida, podría jurarlo, con ninguna mujer. No me acuerdo de ningún sofá de dos plazas en el que jugara con el cuerpo de ninguna mujer al anochecer. Y, sin embargo, al mirar desde la calle aquel balcón, aquel preciso balcón que en un fogonazo no pude sino identificar, estuve seguro de que allí había ocurrido todo lo que describo. Yo, o alguien que pude haber sido yo, o, en cualquier caso, alguien que se hizo pasar por mí y dejó de algún modo su rastro en mi conciencia para yo lo reconociera, vivió allí durante una temporada. No fue una época muy larga, es cierto, y no sabría decir cómo conocí a aquella mujer ni cómo terminó nuestra relación. Tampoco recuerdo a qué se dedicaba ni qué más compartíamos en los ratos que pasábamos juntos. Diría que hacíamos el amor todas las noches, siempre después de cenar, siempre con los preliminares del sofá y del balcón, y diría también que esos preliminares solían ser más placenteros que el sexo propiamente dicho, pues de este no conservo recuerdos, no sé nada de cómo lo pasábamos en la cama. Imagino que nuestras caricias provocaban en algún momento un apremiante traslado al dormitorio y que allí daríamos término a lo que había empezado en el sofá. Y supongo que allí nos dormíamos luego, abrazados. Pero no soy capaz de recordar nada de eso. Lo único que me reveló el balcón cuando pasé frente a él fueron aquellos momentos gozosos, de éxtasis liminares, de caricias felinas, contorsionismos feroces, balanceos espumosos, bocanadas ávidas, un cielo cómplice, un balcón propicio para convertirnos en otros, para dejar de ser quienes éramos, para desaparecernos y vivir otras vidas que, con el paso del tiempo, casi no recordaríamos.

2 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho. Revísalo, hay un par de gazapos 🙂 (pura manía mía al leer, disculpa)

    ResponderBorrar
  2. ¡Muchísimas gracias! He descubierto, en efecto, un gazapo y lo he corregido. Y he modificado alguna cosilla. Qué bueno que te haya gustado. Un saludo, desconocido y generoso lector (o lectora).

    ResponderBorrar

ENTRADA DESTACADA

EL BALCÓN

Ya no recuerdo en qué parte de la ciudad se encontraba aquel edificio en uno de cuyos balcones creí recordar haber vivido durante otra d...

ENTRADAS POPULARES