domingo, 18 de agosto de 2013

lunes, 12 de agosto de 2013

PALABRAS QUE EL POETA ESCUCHA CUANDO ESTÁ SENTADO POR DEBAJO DEL SUEÑO


Palabras que el poeta escucha
cuando está sentado por debajo del sueño,
enharinada su tez como recién salida de un baño de luz blanca:

no visites las ruinas,
desenfunda la espada con que cortarás la cabeza del dragón,
atiende al milagro de una tela de araña tendida en el ojo de la brisa,
afánate en la perplejidad,
lame tus heridas,
desenvuelve sin prisa los pequeños regalos imprevistos,
pulveriza los límites que una vez te impusiste,
graba a fuego unas pocas palabras en tu corazón,
construye como entonces castillos en la arena que defenderás de la marea que crece,
destruye como entonces los castillos que construiste como una señal dejada contra lo
                                                                                                                                  inexorable,
alienta la división,
comparece en la pérdida,
refunde el desamparo hasta que se convierta en la amalgama de esperanza y lamento
                                                                                                           en que ya apenas creías,
arde,
alimenta el ardor hasta en las horas más frías,
desnúdate solo para quien se desnude a su vez con la pura intención de fundirse
                                                                                                                                    contigo,               
no ayunes si no es para alimentarte de inocencia,
nada hasta la boya y rodéala al llegar para trazar el círculo de lo nadado en el interior
                                                                                                                                      de tu alma,
escóndete antes de que quien cuenta hasta diez se vuelva para buscarte, pero
         escóndete en un santiamén, sobre una rama o en un pliegue del aire,       
imagina tus vísceras expuestas, tus miembros amputados, tu sangre derramada como
                                                                           nuevos modos de ser, como reversos tuyos,
no toques a la puerta de la casa frente al parque sino con la aldaba de entonces que
                                                                                                    desapareció hace ya tiempo,
colúmpiate sin parar,
pasa con sigilo junto a las jaulas en que duermen los pájaros que están a punto de morir,
tatúate en la yema del dedo corazón un corazón de ángel, un músculo de éter destinado
                                                                                               a latir hasta el fin de los tiempos,
enciérrate en un cuarto con miles de libélulas nocturnas para que, cuando salgas, todo
                                                            tu cuerpo brille, tiemble y vuele a través de la noche,
pedalea,
revuélvete en la sombra,
arranca de cuajo la cadena que te ata a la celda que algunos llaman la no vida,
sal,
siéntate por debajo del sueño,
escucha otras palabras, no estas, siempre otras, otras palabras.

              

sábado, 3 de agosto de 2013

PALM-MAR

Unas pocas piedras agrupadas en forma de una especie de círculo. Yo venía de hipnotizar junto a la costa a unos pequeños peces que habían quedado atrapados en un charco al bajar la marea. Los pasos habían auscultado las montañas, unas montañas que eran como jorobas amontonadas en el malpaís, jorobas pardas cubiertas de cardones. No se oía nada. Ni brisa, ni pájaros, ni crujidos de lagartos entre las aulagas, ni el mar ni el resquemor de nada. Tierra blanca, arena roja, pequeñas piedras negras que siglos atrás habían ardido lanzadas por los cráteres. Caminos que se bifurcaban y desaparecían. Aviones que llegaban, majestuosos, desde el interior del océano. Junto a la casa abandonada se había construido el túmulo, una especie de círculo de piedras que recordaba a una persona muerta en aquel lugar. Los peces que habían quedado atrapados en un charco al bajar la marea se quedaban inmóviles cuando yo me acercaba, se escondían entre los guijarros y las algas como si mi sombra los hipnotizara. ¿Había vivido aquella mujer allí, en la casa abandonada, en los cuartuchos cuyas paredes rebosaban de pinturas y nombres? Malpaís de minúsculas piedras negras que nadie parecía haber tocado nunca. Extraños brotes de vida entre la grava que pisaba al pasar en dirección a la costa. La isla en el horizonte era una gran montaña que se había desprendido de algún sueño o de la propia mirada que la contemplaba. La noche envolvería los pasos hasta que no pudiera ver ya por dónde caminaba. Un nombre, unas palabras en inglés, una fecha de casi una década atrás recordaban en medio de una especie de círculo a la mujer que había muerto junto a la casa abandonada. Restos de fogatas y gaviotas posadas en el mar. Cicatrices de los pasos que hendían el camino al borde de unas montañas que apenas si lo eran. Qué paciencia indecible la de un pez atrapado en un charco hasta que la marea que sube vuelva para rescatarlo. La aridez junto al mar, como una contradicción, como un revés contra el cielo, como la única respuesta al comienzo de la noche. Hay quien se hubiera quitado la ropa y se hubiera lanzado al mar, en brazos de las tinieblas, para escapar de la vida. Es posible que decir todo esto sirva apenas para nada. La costra de tabaibas resecas que cubría las montañas entraba en los ojos como una canción escuchada desde siempre pero no comprendida nunca. Una especie de círculo, como si de dentro de él no pudiera escapar el recuerdo de quien allí había muerto, como una frase que resumiera la vida de alguien para siempre. Regresé por la costa hasta la urbanización en la que había aparcado el coche. El mar, el tierno, mimoso mar del sur, se diluía en la noche. No había hecho más que asustar a un par de peces cuya espera yo no comprendía aunque pensara que quizá debía aprender de ella. Me había detenido a leer las palabras inglesas que recordaban la muerte de una mujer a la que imaginaba joven y que no era para mí más que un nombre protegido por una especie de impenetrable círculo de piedras. La luz se contraía hasta quedar reducida a una franja rosada que se superponía a la isla dibujada o soñada en el horizonte. Cuántos secretos, malpaís. Parecía vacío tu vacío. Si pudiera aprender a atravesarte en silencio, sin llevarme conmigo nada de lo que guardas...

sábado, 27 de julio de 2013

EL CAMINO DEL VALLE


Aquel era un cementerio que no invitaba a entrar, ante el que uno prefería detenerse y pasear su vista  Cementerio de Bellavista lo llaman─ en círculo alrededor de las montañas, un cementerio al que los familiares de los muertos acudían solo unos minutos para depositar tímidamente unas flores, unas flores compradas al florero apostado al pie de la carretera de acceso, ni siquiera en la puerta del cementerio sino a unos cuantos cientos de metros de él, como si no fuera lícito o conveniente permanecer mucho tiempo junto a las tumbas ─tumbas que no eran más que nichos arracimados en filas horizontales y verticales a lo largo de muros blancos, inhóspitos. Mientras caminaba, por primera vez en mi vida, por aquella carretera, veía bajar a los coches que acababan de subir, esta vez ya sin los escuálidos ramos de flores depositados, imaginaba, como una exhalación en los floreros pasmados frente a las lápidas. Del aparcamiento del cementerio salían a toda prisa los coches de los visitantes que habían cumplido con las flores y, quizá, con el rezo de una breve e insípida oración. No tengo a nadie aquí, me dije. Nunca tendré a nadie aquí. No volveré a pasar tal vez nunca más por aquí, frente a este cementerio que ha otorgado a sus muertos la mejor de las vistas, eterna pero inútil, sobre el valle, el mar y las montañas. La carretera bordeaba el cementerio, de muros elevados como para que ningún muerto escapase, muros de los que asomaban unas gárgolas destinadas quizá a conducir supuraciones póstumas, sudores de cadáveres, hieles de dudosa resurrección. Continuaba la carretera por la parte posterior del cementerio y se internaba por entre los recovecos de los montes, por lo que a partir de ahí recibía el nombre de camino del valle. Un cadáver de lagartija bizcochado, cuya cabeza se desprendió cuando intenté moverlo con un pie; otro de rana aplastado contra el asfalto; otro, en la cuneta, de un perro peludo que desprendía un fuerte olor a putrefacción; un último cadáver, más adelante, de una rata, en medio de la carretera, cuya sangre reciente era libada por un enjambre de moscas insaciables: esa fue la compañía que salió a recibirme al principio del camino del valle. La muerte se expone aquí sin tapujos, sale al paso como un aviso para el caminante, la muerte seca o la muerte candente, la muerte que aplasta o la muerte que acuna, la muerte que achicharra o la muerte que desangra. Camino por entre recovecos plagados de muerte. Muerte  que avanza a la vista de muertes precedentes, muerte que aprende de otras muertes el estricto resultado de la muerte: una lámina, un bizcocho, un revoltijo, una pelambrera oculta entre las zarzas. Y los nichos, ya dejados atrás, como un torpe subterfugio, el más patente testimonio de nuestra incapacidad de concebir la muerte como lo que es: como una inmovilidad, una absoluta disponibilidad final, una confusión o comunión con lo que nos rodea, la sequedad definitiva. Viajeros, ustedes que algún día tomarán este perdido camino del valle: sepan que proseguí, que no me detuve al borde del camino porque aún no había llegado mi hora. El sol de un sábado del mes de julio en aquel valle del norte de la isla no era mi enemigo y calentaba sin excesos mi mejilla, mi sien, mi oreja y mi brazo derechos. Era casi mediodía. Caminaba hacia el norte. Racimos de uvas agraces resplandecían en las laderas cubiertas de viñedos. Daban ganas de probar esa amargura, ese sinsabor de lo que aún no está resuelto, de lo que, por su propia inmadurez, tiene acaso la virtud de curar la amargura, el sinsabor de lo demasiado maduro. Casas desperdigadas, ocultas entre las arboledas, perdidas en los confines de las montañas, solitarias. Un caballo que miró, un perro que ladró, un gato que dormitaba, burros que comían en un improvisado alpendre: esa fue la compañía que salió a despedirme al final del camino del valle. Ustedes están vivos, no saben que por aquí ronda la muerte, que bajo este sol engañoso se esconde una zarpa inexorable. Ustedes, perros, lagartos, golondrinas, burros, cernícalos, palomas, gatos, caballos, muchachos que pintaban la azotea de una de las casas como si fueran a tirarse sin querer desde ella, ustedes no imaginan cuánto cuesta sobrevivir, hasta qué punto el sol nos ilumina, libera nuestras vidas y nos salva en la medida en que solo vivamos el presente, este instante de aquí junto al abismo de todos los cadáveres. En una de esas casas soñó anoche quizá un campesino el mismo sueño que yo, un sueño en el que todo volvía a ser como era antes o incluso mejor. El camino del valle continúa internándose entre los recovecos de los montes, traza un semicírculo para que podamos darle la espalda al sol y nos devuelve al principio, al lugar en el que el florero, al pie de la carretera, vende unas flores mustias que muy poco les importan a los muertos.

                                                                                                                     (Tegueste)
         

sábado, 6 de julio de 2013

REGRESO A LA CIUDAD QUE ME VIO NACER


Parecíamos habernos desentendido de todo esto y resulta que ahora, de nuevo, circulan las palabras. Punto en boca. ¿Qué es lo que quieres decir? ¿Acabas de empezar y ya te estás conteniendo? También circulan de nuevo los cuerpos, cuerpos como alfanjes engrasados en la madrugada, cuerpos como panoplias desencajadas cuyos miembros, solidarios, tiran los unos de los otros y todos al mismo tiempo de la nada que llevan a cuestas. Un sueño tuve anoche. Alcancé a escuchar que decía frente a una puerta siempre esas puertas en atroces sucesiones de pasillos anónimos, ¡hasta cuándo estas absurdas obsesiones, mequetrefe! que no se preocuparan, que era yo quien se encargaba de recoger las copas en donde ustedes, los invitados, habían degustado las natillas de leche de camella. Espinas de alfonsinos preparados a la espalda y devorados como por gatos hambrientos desde hacía varios días colgaban de las paredes señalando el camino hacia la habitación definitiva. Creo que estábamos en el museo militar y que el lugar en el que iba a cumplirse nuestra condena era el salón de actos. La puerta de entrada, cuyo umbral flanqueaban dos obuses, hervía de invitados a una charla en la que participarían dos eminentes escritores capitalinos. Uno de ellos hablaría de los personajes de sus novelas, todos ellos excluidos de la sociedad por uno u otro motivo: “los excluidos”, como los definió luego el autor. Gente que frecuentaba cafetines sórdidos y casas de lenocinio y que al filo de la madrugada aparecía por los alrededores del mercado en busca de un último whisky aguado con el que apagar las penas finales. Mientras todo esto se desarrollaba en la voz cavernosa, certera, mordaz del creador de “los excluidos”, unas gruesas gotas de agua espesa como saliva me caían sobre los brazos procedentes del aparato de aire acondicionado que, situado justo encima de mí, al final del salón, no era capaz de refrescar el ambiente si no era mediante ese goteo salivoso minuciosamente vertido sobre el oyente concreto que estuviera sentado bajo él, en aquel caso yo. Era algo así como la venganza de Nelson, la saliva refrigerada de Nelson que maldecía desde ultratumba y por toda la eternidad a los pobladores de la ciudad que se atrevió a arrancarle uno de sus brazos, era acaso la supuración gelatinosa del muñón del brazo derecho del almirante Nelson lo que estaba cayendo sobre mí. ¿Y yo qué se supone que debía hacer entonces: lamerme las gotas para aplacar la ira del insigne marino o arremeter contra el capitán general, allí presente para recibir no sé qué título honorífico, por no haber echado mano de la última partida presupuestaria enviada por el ministerio de defensa con el fin de arreglar aquel maldito aparato de aire acondicionado? La catadura moral, no voy a quedarme sin decirlo, de muchos de nuestros militares y escritores es más que dudosa. Se escudan en la tradición para justificar cualquier cosa. Y son capaces de vender toda una sarta de mediocridades bajo la excusa de que continúan y dialogan con la línea principal de la literatura insular. ¡Farsantes! En el museo militar se dijo también lo escuché en un corrillo de arquitectos que se reunió al final del acto frente a una gigantesca maqueta de la ciudad, puerto y plaza de glorioso pasado que era una pena que se hubieran perdido todas las fortalezas, que apenas quedaran, y ni siquiera completos, uno o dos de los castillos que siglos atrás proliferaban en la costa y constituían uno de nuestros orgullos principales y nada menos que la fuente y el origen de nuestra identidad inalterada. Como se leía en un panel explicativo, las “derrotas infringidas” (sic) a numerosos corsarios y almirantes extranjeros por parte de nuestras tropas apostadas en esas fortalezas habían conseguido defender la ciudad y mantenerla fiel a la corona española. ¡Manda cojones! Aquí la devastación se convierte en relumbre. La carnicería se denomina defensa. Las matanzas se transforman en orgullo insular. A los cañones se los llama tigres. Las banderas ensangrentadas ondean al viento en una mañana luminosa en la que el rojo de la sangre se confunde con el resplandor de la canícula. ¡Embaucadores! Camino como a ciegas por las calles de la ciudad que me vio nacer. No veo nada, es solo ella la que vio, la que ve y la que verá, de ella son los ojos que en cada esquina se abren para ver y decir qué es lo que hay que ver en lo visible y qué es lo que no debe verse en lo invisible o al contrario. Voy caminando y lo único que me libera de esa mirada impuesta es el olor, el olor de lo que lleva muerto muchos años y resurge para no sé qué, ¿para qué puede resurgir lo que lleva años muerto y enterrado? Cuerpos como enredaderas en un balcón con la fresquita, cuerpos que en una azotea, fuera de cualquier mirada pero expuestos al olfato de quien todo lo huele, se desnudan, se trenzan, se desatan, convulsos, vuelven a anudarse y difunden sobre la ciudad un perfume de piel sedienta, de mucosa voraz. El “joven muerto” de un poema en el que se lo menciona quizá demasiado a la ligera regresa a través de los patios interiores, de los patinillos, de las azoteas montadas unas sobre otras, de los cables y las antenas que desgarran la noche como un dolor que no deja nunca de manar. Regresa quizá como un fantasma de carne no sé si perfumada o viscosa con el que hablo después de dormir unos minutos en una casa que no me pertenece. Me sale al paso en la escalera y hablamos sobre su padre muerto, me pregunta por qué yo sigo viviendo, qué pacto he firmado para sobrevivir a tantos de los míos. Yo le respondo señalándole una mancha que acaba de aflorar en mi lengua y a la que he dado en llamar “punto en boca”. Esa mancha me salva. Esa mancha, que mancha todo lo que digo, que mancha el aire que respiro y la comida que como y las palabras que formo con la saliva sobrante, es mi amuleto de la suerte. Con los amigos, en callejones sudorosos, junto a nidos de cucarachas, en las noches de bochorno de esta ciudad que no se dejó vencer, comparto a veces un gin-tónic mientras, en la mesa de al lado, unos gitanos rumanos beben unas litronas gigantescas que los hacen vociferar como si estuvieran en medio de la estepa. Mientras no nos quiten las ramblas ni la estatua del caudillo rodeada de una fuente en la que derramar al final de la noche los residuos corporales producto del gin-tónic, mientras no nos retiren la plaza de toros que nos recuerda al pasar la distancia que media entre quienes pasamos ahora y quienes hace veinte años pasaron junto a ella, mientras ningún alcalde menudo ni malpuesto nos birle el revoltijo de árboles al que todo el mundo llama parque y que nos permite escondernos para inhalar los miasmas prohibidos de esta noche voraz de aniversario y regreso: mientras nada de eso nos sea retirado, nosotros seguiremos viniendo a contarnos las marranadas con que nos regala la vida, los juicios sumariales que nos imponen a diario instancias sobrehumanas y los acertijos en que nos hemos convertido para nosotros mismos. Seremos, lo sabemos, contumaces. Seremos implacables. Luego, una vez cumplido el ritual de degeneración, nos marcharemos. Eres, ciudad, nuestro vomitadero, eres el lavadero para nuestros culos siempre sucios, eres la morgue en donde nuestros cadáveres son acicalados para que estén presentables de cara a su próxima función, eres el sumidero de nuestros sueños, el campo, poblado de espantapájaros, de nuestra juventud, eres el prostíbulo de nuestra madurez, el pozo negro de nuestros negros destinos, el estercolero de todas nuestras miserias. Nos necesitas y te necesitamos. No hay entre nosotros ni una pizca de amor. Tampoco una pizca de odio. Un día, dentro de muchos años, volveremos aquí como marineros llegados de puertos lejanos, nadie nos reconocerá, visitaremos las capillas desacralizadas de los que habían sido nuestros cultos, cantaremos canciones cuyas letras estuvimos a punto de olvidar y nos internaremos por un callejón en el que unos desconocidos nos apuñalarán o nos golpearán con bates de béisbol. En ese mismo instante, al tiempo que la eternidad, comenzará quizás el amor.       

domingo, 2 de junio de 2013

CREPITACIÓN EN MADRID

                      Los amigos del Centro de Arte Moderno de Madrid han tenido la gentileza de colgar en su canal de youtube la grabación que realizaron el 30 de mayo pasado de la presentación de mi libro La crepitación. Poesía reunida 1991-2006. Me acompañó en ese día especial Mario Martín Gijón, autor del epílogo. En la distancia, allá en su Santa Coloma de Gramenet, estaba Joan de la Vega, editor de La Garúa. Como sé que algunos amigos no pudieron acudir por razones de trabajo, distancia, otros compromisos o imprevistos surgidos a última hora, cuelgo aquí el vídeo. Quizá también algún lector de este blog tenga curiosidad por conocer ese otro lado de su autor, el de la lectura en público, que constituye un mundo distinto, aunque no del todo alejado, del de la escritura en soledad. Un lado, todo sea dicho, en el que creo haberme prodigado demasiado, sobre todo en una época, y que en los últimos tiempos me convence cada vez menos. Sin embargo, hay algo en la lectura en público, especialmente cuando uno está rodeado de amigos, como fue el caso el otro día, que queda del todo excluido en la escritura solitaria: me refiero a la convivencia, al diálogo, al calor de la compañía y a las acogedoras, cómplices miradas de quienes escuchan, a esa rara magia de la breve intimidad de un momento compartido. Ahí, entonces, todo lo que se labró en el silencio --con la única compañía de la nieve, de unos almendros en el cráter de volcanes extintos o de unos pájaros huidizos-- cobra, por un momento, vida, y parece encontrar su auténtico destino. Gracias, así pues, por acompañarme ese día a Emilia, Carolina, Virginia, Karina, Carmela, Ada, José Manuel, José Antonio, Pablo, Jesús, Juan, Javier, Germán, Julián, Carlos, Susana, Ibrahima, Eva, Esther. Espero que quienes vean y escuchen el vídeo puedan captar algo de esa intimidad, un poco de ese calor unido y regalado a la voz, al hombre que recita.

martes, 21 de mayo de 2013

PALMÉTUM


Cuentan las crónicas de la ciudad —no todas tan apesadumbradas como nos lo han querido hacer creer quienes dicen haberlas leído a conciencia durante las últimas décadas— que la idea originaria de instalar un parque de palmeras en el antiguo Lazareto surgió ya en el seno de algunas familias de indianos que, a comienzos del siglo pasado, regresaron a la isla con una mentalidad más abierta, con un nuevo concepto de la arquitectura y con bastante dinero ahorrado. Escandalizados por lo que antes de sus viajes de fortuna habían sido sus casas familiares, construidas con materiales pobres y trazadas según un vano respeto por la caprichosa orografía de la isla, se dedicaron a derrumbarlas para construir sobre ellas o junto a ellas unos caserones nuevos, más amplios y menos melindrosos, sin esas inútiles balconadas de madera o esas absurdas escaleras exteriores en el costado de patios ciegos en los que ya nunca más, por suerte, guardarían sus cabras. Los restos de las antiguas casas empezaron a afear los aledaños de las flamantes y modernas mansiones. Uno de los próceres, con buen criterio, propuso que esos restos se amontonaran en un lodazal situado a varios kilómetros del puerto de la capital y que, a medida que se iban depositando allí, se fueran cubriendo, para ocultarlos a las autoridades, con palmeras extraídas de los inútiles y exuberantes palmerales de la isla. Hasta allí se llevaron, así pues, durante años, durante décadas, en carretas o en camiones, al anochecer o de madrugada, toneladas de escombros, antiguos artesonados de estilo mudéjar, bernegales abandonados en patios zaheridos, mampostería cuarteada, restos de balcones de madera aún medianamente lustrosa, tejados en los que seguían asomando, traviesos, los verodes, mesas de camilla, mecedoras cojas, cómodas rechinantes, pesados camastros oxidados, carillones mohosos, enormes jaulas de madera, cortinajes cargados de pelusa, manteles de encaje tan sucios como finos. Poco a poco, y a medida que se iban expoliando los palmerales de la isla, se fue apartando u olvidando la costumbre de cubrir con palmeras las masas de residuos. Las autoridades acabaron aceptando, por inevitable, su onerosa existencia. Y dado que, desde entonces, aquel lugar, el Lazareto, como dieron en llamarlo —pues alguien debió de pensar que, junto con todos aquellos desechos de otras épocas también podía lanzarse allí a los leprosos y a los tísicos, basura al fin y al cabo—, pasó a considerarse la escombrera municipal, el basurero más o menos oficioso al que iban a parar todos los despojos de la vida ciudadana, acabaron arrojados allí cientos, miles de fetos resultado de abortos furtivos practicados en las nuevas haciendas, cadáveres de camellos sacrificados tras resultar inservibles en las labores agrícolas, toda la basura generada por los casi sesenta barrios de la capital, miles de litros de alquitrán vertidos por los barcos petroleros que abastecían diariamente a la primera refinería del país, toda la mugre pisoteada por los cientos de miles de borrachos que recorrían las calles cada año en carnaval y que, antes de ser llevada al Lazareto, era depositada en las ciento veinte fuentes municipales, en las que permanecía durante unos meses hasta que el agua se volvía lo bastante sucia como para acabar con la vida de las palomas y las ratas que se acercaban a beberla, los cadáveres, recogidos por fervorosos voluntarios en todos los rincones de la ciudad, de esas mismas ratas y palomas, cadáveres a los que se sumaban los de las cucarachas, las chinches, las sanguijuelas y las babosas que cada año eran exterminadas en aplicación de los denominados “planes de extinción de criaturas nocivas” promovidos por el Comité  Municipal de Ordenación del Territorio. De este modo, el Lazareto fue creciendo en superficie y en altura. Muy pronto, sin que nadie lo previera, le ganó unos metros al mar. La basura fue alcanzando los fondos marinos, se comió buena parte de la orilla, amenazó los aledaños de la refinería de petróleo y convirtió aquel reducto en un espacio mítico, prohibido, del que se oía hablar con temor pero que nadie había visto. Se decía que el Lazareto se había convertido en una montaña de altura descomunal junto a la costa. En una crónica de mediados de los años sesenta, que no todos sus lectores consideran apócrifa, se le atribuía la nada despreciable altura de 424 metros. Se añadía que el entonces presidente del Comité Municipal de Obras Portuarias había propuesto que el Lazareto optara al récord mundial de altura de montañas artificiales, pero la propuesta no llegó a prosperar, aunque la crónica no aclaraba si esto se había debido a la falta de apoyo del resto de los comités municipales o a la poca capacidad de convicción del presidente de Obras Portuarias. En cualquier caso, poco tiempo después sufrió la montaña su primer estancamiento. Según otra crónica casi del todo olvidada, se debió este al sensiblemente menor índice de descubrimientos azarosos de restos mortales de represaliados de la guerra civil envueltos en sacos en los fondos marinos, a la paralización comercial de la refinería causada por una de las tantas crisis petroleras de la época y al novedoso plan de planificación familiar implantado entonces entre la numerosa oligarquía masculina con la finalidad de limitar el índice de natalidad abortiva de la isla. Los rascacielos que poco después empezaron a rodear el Lazareto —única posibilidad, no hace falta aclararlo, de crecimiento para una ciudad sitiada, por sus cuatro costados, por, respectivamente, la refinería, el mar, las montañas y la plaza de toros— hubieron de alcanzar alturas superiores a los 500 metros para garantizar a los nuevos propietarios las tan codiciadas vistas al mar. Para neutralizar o, al menos, reducir el tufo constante producido por la descomposición de sustancias de todo tipo depositadas allí a lo largo de los años, los promotores del skyline capitalino, siempre atentos a las últimas tendencias, importaron de Singapur —otras crónicas hablan de Shanghái— un método que consistía en aclimatar sobre el Lazareto una variedad de palmeras aromáticas que, además, podía constituir, combinada con otras variedades de palmeras exóticas y decorativas, una atracción más para el nuevo barrio de alto standing que lo iba circundando. Se consultó al presidente del Comité Municipal de Aceras y Jardines sobre la posibilidad de contar con fondos públicos para el traslado, instalación y cuidado de las nuevas palmeras de lo que acabaría llamándose el Palmétum —hubo un intenso debate en la Asamblea de Comités Municipales en torno a la necesidad o no de incorporar al nombre una tilde que, para algunos, no hacía sino afearlo— y, una vez que el presidente de dicho comité —solo las malas lenguas afirmarán que su familia era la propietaria de las empresas de jardinería encargadas de la operación— hubo dado su visto bueno a las partidas presupuestarias correspondientes, se iniciaron los contactos para la compra de palmeras. Han sido largos y arduos los años que se han necesitado para que especies acostumbradas a otro tipo de suelos, a un aire acaso menos limpio que el nuestro y a una climatología más severa, más húmeda, prosperasen, creciesen y permitieran, de este modo, culminar este parque público que la Asamblea de Comités Municipales se complace hoy en presentar como el proyecto estrella de la actual legislatura: el Palmétum. Queremos dar la bienvenida a todos los ciudadanos de la capital, brindarles las más de 15 hectáreas de este espacio como un lugar en el que perderse y, al mismo tiempo, entrar en contacto con una buena parte de nuestro pasado. Aquí, en medio de estos lagos artificiales de aguas cristalinas, junto a la mayor colección de palmeras del mundo, si afinan sus olfatos, queridos ciudadanos, se encontrarán con miasmas procedentes de todos los estratos de nuestra vida en común; si escarban, aun simbólicamente, bajo cualquiera de estos montículos, podrán encontrar un huesecillo, un nido, un trozo, una huella, un minúsculo resto de lo que entre todos hemos construido. Caminarán sobre la abundancia de ausencia que somos todos y comprenderán que no somos sino un amontonamiento de despojos. Bienvenidos, pues, ciudadanos, miembros de la oligarquía y representantes de todas las clases sociales, a este nuevo espacio de convivencia: nuestro flamante Palmétum.     

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