(Entrevista realizada por José Andrés Dulce y publicada el 18 de agosto de 2013 en el periódico El Día)
domingo, 18 de agosto de 2013
lunes, 12 de agosto de 2013
PALABRAS QUE EL POETA ESCUCHA CUANDO ESTÁ SENTADO POR DEBAJO DEL SUEÑO
Palabras
que el poeta escucha
cuando
está sentado por debajo del sueño,
enharinada
su tez como recién salida de un baño de luz blanca:
no
visites las ruinas,
desenfunda
la espada con que cortarás la cabeza del dragón,
atiende
al milagro de una tela de araña tendida en el ojo de la brisa,
afánate
en la perplejidad,
lame
tus heridas,
desenvuelve
sin prisa los pequeños regalos imprevistos,
pulveriza
los límites que una vez te impusiste,
graba a
fuego unas pocas palabras en tu corazón,
construye
como entonces castillos en la arena que defenderás de la marea que crece,
destruye
como entonces los castillos que construiste como una señal dejada contra lo
inexorable,
alienta
la división,
comparece
en la pérdida,
refunde
el desamparo hasta que se convierta en la amalgama de esperanza y lamento
en que ya apenas creías,
arde,
alimenta
el ardor hasta en las horas más frías,
desnúdate solo para quien se desnude a su vez con la pura intención de fundirse
contigo,
no
ayunes si no es para alimentarte de inocencia,
nada
hasta la boya y rodéala al llegar para trazar el círculo de lo nadado en el interior
de tu alma,
escóndete
antes de que quien cuenta hasta diez se vuelva para buscarte, pero
escóndete en un
santiamén, sobre una rama o en un pliegue del aire,
imagina
tus vísceras expuestas, tus miembros amputados, tu sangre derramada como
nuevos modos de ser,
como reversos tuyos,
no
toques a la puerta de la casa frente al parque sino con la aldaba de entonces que
desapareció hace ya tiempo,
colúmpiate
sin parar,
pasa
con sigilo junto a las jaulas en que duermen los pájaros que están a punto de morir,
tatúate
en la yema del dedo corazón un corazón de ángel, un músculo de éter destinado
a latir hasta
el fin de los tiempos,
enciérrate
en un cuarto con miles de libélulas nocturnas para que, cuando salgas, todo
tu cuerpo brille,
tiemble y vuele a través de la noche,
pedalea,
revuélvete
en la sombra,
arranca
de cuajo la cadena que te ata a la celda que algunos llaman la no vida,
sal,
siéntate
por debajo del sueño,
escucha
otras palabras, no estas, siempre otras, otras palabras.
sábado, 3 de agosto de 2013
PALM-MAR
Unas pocas piedras agrupadas en forma de una especie de círculo. Yo venía de hipnotizar junto a la costa a unos pequeños peces que habían quedado atrapados en un charco al bajar la marea. Los pasos habían auscultado las montañas, unas montañas que eran como jorobas amontonadas en el malpaís, jorobas pardas cubiertas de cardones. No se oía nada. Ni brisa, ni pájaros, ni crujidos de lagartos entre las aulagas, ni el mar ni el resquemor de nada. Tierra blanca, arena roja, pequeñas piedras negras que siglos atrás habían ardido lanzadas por los cráteres. Caminos que se bifurcaban y desaparecían. Aviones que llegaban, majestuosos, desde el interior del océano. Junto a la casa abandonada se había construido el túmulo, una especie de círculo de piedras que recordaba a una persona muerta en aquel lugar. Los peces que habían quedado atrapados en un charco al bajar la marea se quedaban inmóviles cuando yo me acercaba, se escondían entre los guijarros y las algas como si mi sombra los hipnotizara. ¿Había vivido aquella mujer allí, en la casa abandonada, en los cuartuchos cuyas paredes rebosaban de pinturas y nombres? Malpaís de minúsculas piedras negras que nadie parecía haber tocado nunca. Extraños brotes de vida entre la grava que pisaba al pasar en dirección a la costa. La isla en el horizonte era una gran montaña que se había desprendido de algún sueño o de la propia mirada que la contemplaba. La noche envolvería los pasos hasta que no pudiera ver ya por dónde caminaba. Un nombre, unas palabras en inglés, una fecha de casi una década atrás recordaban en medio de una especie de círculo a la mujer que había muerto junto a la casa abandonada. Restos de fogatas y gaviotas posadas en el mar. Cicatrices de los pasos que hendían el camino al borde de unas montañas que apenas si lo eran. Qué paciencia indecible la de un pez atrapado en un charco hasta que la marea que sube vuelva para rescatarlo. La aridez junto al mar, como una contradicción, como un revés contra el cielo, como la única respuesta al comienzo de la noche. Hay quien se hubiera quitado la ropa y se hubiera lanzado al mar, en brazos de las tinieblas, para escapar de la vida. Es posible que decir todo esto sirva apenas para nada. La costra de tabaibas resecas que cubría las montañas entraba en los ojos como una canción escuchada desde siempre pero no comprendida nunca. Una especie de círculo, como si de dentro de él no pudiera escapar el recuerdo de quien allí había muerto, como una frase que resumiera la vida de alguien para siempre. Regresé por la costa hasta la urbanización en la que había aparcado el coche. El mar, el tierno, mimoso mar del sur, se diluía en la noche. No había hecho más que asustar a un par de peces cuya espera yo no comprendía aunque pensara que quizá debía aprender de ella. Me había detenido a leer las palabras inglesas que recordaban la muerte de una mujer a la que imaginaba joven y que no era para mí más que un nombre protegido por una especie de impenetrable círculo de piedras. La luz se contraía hasta quedar reducida a una franja rosada que se superponía a la isla dibujada o soñada en el horizonte. Cuántos secretos, malpaís. Parecía vacío tu vacío. Si pudiera aprender a atravesarte en silencio, sin llevarme conmigo nada de lo que guardas...
sábado, 27 de julio de 2013
EL CAMINO DEL VALLE
Aquel era un cementerio que no invitaba a entrar, ante el
que uno prefería detenerse y pasear su vista
─Cementerio de Bellavista lo
llaman─ en círculo alrededor de las montañas, un cementerio al que los
familiares de los muertos acudían solo unos minutos para depositar tímidamente
unas flores, unas flores compradas al florero apostado al pie de la carretera de acceso, ni
siquiera en la puerta del cementerio sino a unos cuantos cientos de metros de él,
como si no fuera lícito o conveniente permanecer mucho tiempo junto a las
tumbas ─tumbas que no eran más que nichos arracimados en filas horizontales y
verticales a lo largo de muros blancos, inhóspitos. Mientras caminaba, por primera
vez en mi vida, por aquella carretera, veía bajar a los coches que acababan de
subir, esta vez ya sin los escuálidos ramos de flores depositados, imaginaba,
como una exhalación en los floreros pasmados frente a las lápidas. Del
aparcamiento del cementerio salían a toda prisa los coches de los visitantes
que habían cumplido con las flores y, quizá, con el rezo de una breve e
insípida oración. No tengo a nadie aquí, me dije. Nunca tendré a nadie aquí. No
volveré a pasar tal vez nunca más por aquí, frente a este cementerio que ha
otorgado a sus muertos la mejor de las vistas, eterna pero inútil, sobre el
valle, el mar y las montañas. La carretera bordeaba el cementerio, de muros
elevados como para que ningún muerto escapase, muros de los que asomaban unas
gárgolas destinadas quizá a conducir supuraciones póstumas, sudores de
cadáveres, hieles de dudosa resurrección. Continuaba la carretera por la parte
posterior del cementerio y se internaba por entre los recovecos de los montes,
por lo que a partir de ahí recibía el nombre de camino del valle. Un cadáver de lagartija bizcochado, cuya cabeza
se desprendió cuando intenté moverlo con un pie; otro de rana aplastado contra
el asfalto; otro, en la cuneta, de un perro peludo que desprendía un fuerte olor a
putrefacción; un último cadáver, más adelante, de una rata, en medio de la carretera,
cuya sangre reciente era libada por un enjambre de moscas insaciables: esa fue la compañía que salió a recibirme al principio del camino del
valle. La muerte se expone aquí sin tapujos, sale al paso como un aviso
para el caminante, la muerte seca o la muerte candente, la muerte que aplasta o
la muerte que acuna, la muerte que achicharra o la muerte que desangra. Camino
por entre recovecos plagados de muerte. Muerte
que avanza a la vista de muertes precedentes, muerte que aprende de
otras muertes el estricto resultado de la muerte: una lámina, un bizcocho, un
revoltijo, una pelambrera oculta entre las zarzas. Y los nichos, ya dejados
atrás, como un torpe subterfugio, el más patente testimonio de nuestra
incapacidad de concebir la muerte como lo que es: como una inmovilidad, una
absoluta disponibilidad final, una confusión o comunión con lo que nos rodea, la
sequedad definitiva. Viajeros, ustedes que algún día tomarán este perdido camino del valle: sepan que proseguí,
que no me detuve al borde del camino porque aún no había llegado mi hora. El sol
de un sábado del mes de julio en aquel valle del norte de la isla no era mi
enemigo y calentaba sin excesos mi mejilla, mi sien, mi oreja y mi brazo
derechos. Era casi mediodía. Caminaba hacia el norte. Racimos de uvas agraces resplandecían en las
laderas cubiertas de viñedos. Daban ganas de probar esa amargura, ese sinsabor
de lo que aún no está resuelto, de lo que, por su propia inmadurez, tiene acaso
la virtud de curar la amargura, el sinsabor de lo demasiado maduro. Casas
desperdigadas, ocultas entre las arboledas, perdidas en los confines de las
montañas, solitarias. Un caballo que miró, un perro que ladró, un gato que
dormitaba, burros que comían en un improvisado alpendre: esa fue la compañía que salió a despedirme al final del camino del valle. Ustedes están vivos,
no saben que por aquí ronda la muerte, que bajo este sol engañoso se esconde
una zarpa inexorable. Ustedes, perros, lagartos, golondrinas, burros,
cernícalos, palomas, gatos, caballos, muchachos que pintaban la azotea de una
de las casas como si fueran a tirarse sin querer desde ella, ustedes no imaginan
cuánto cuesta sobrevivir, hasta qué punto el sol nos ilumina, libera nuestras
vidas y nos salva en la medida en que solo vivamos el presente, este instante
de aquí junto al abismo de todos los cadáveres. En una de esas casas soñó
anoche quizá un campesino el mismo sueño que yo, un sueño en el que todo volvía a ser como era antes o incluso mejor. El camino del valle continúa
internándose entre los recovecos de los montes, traza un semicírculo para que
podamos darle la espalda al sol y nos devuelve al principio, al lugar en el que el florero,
al pie de la carretera, vende unas flores mustias que muy poco les importan a
los muertos.
(Tegueste)
sábado, 6 de julio de 2013
REGRESO A LA CIUDAD QUE ME VIO NACER
Parecíamos habernos desentendido de todo esto y resulta
que ahora, de nuevo, circulan las palabras. Punto en boca. ¿Qué es lo que
quieres decir? ¿Acabas de empezar y ya te estás conteniendo? También circulan de
nuevo los cuerpos, cuerpos como alfanjes engrasados en la madrugada, cuerpos
como panoplias desencajadas cuyos miembros, solidarios, tiran los unos de los otros
y todos al mismo tiempo de la nada que llevan a cuestas. Un sueño tuve anoche.
Alcancé a escuchar que decía frente a una puerta ─siempre
esas puertas en atroces sucesiones de pasillos anónimos, ¡hasta cuándo estas
absurdas obsesiones, mequetrefe!─ que no se
preocuparan, que era yo quien se encargaba de recoger las copas en donde ustedes,
los invitados, habían degustado las natillas de leche de camella. Espinas de
alfonsinos preparados a la espalda y devorados como por gatos hambrientos desde
hacía varios días colgaban de las paredes señalando el camino hacia la
habitación definitiva. Creo que estábamos en el museo militar y que el lugar en
el que iba a cumplirse nuestra condena era el salón de actos. La puerta de
entrada, cuyo umbral flanqueaban dos obuses, hervía de invitados a una charla
en la que participarían dos eminentes escritores capitalinos. Uno de ellos
hablaría de los personajes de sus novelas, todos ellos excluidos de la sociedad
por uno u otro motivo: “los excluidos”, como los definió luego el autor. Gente
que frecuentaba cafetines sórdidos y casas de lenocinio y que al filo de la
madrugada aparecía por los alrededores del mercado en busca de un último whisky
aguado con el que apagar las penas finales. Mientras todo esto se desarrollaba
en la voz ─cavernosa, certera, mordaz─ del
creador de “los excluidos”, unas gruesas gotas de agua espesa como saliva me caían
sobre los brazos procedentes del aparato de aire acondicionado que, situado
justo encima de mí, al final del salón, no era capaz de refrescar el ambiente
si no era mediante ese goteo salivoso minuciosamente vertido sobre el oyente
concreto que estuviera sentado bajo él, en aquel caso yo. Era algo así como la
venganza de Nelson, la saliva refrigerada de Nelson que maldecía desde
ultratumba y por toda la eternidad a los pobladores de la ciudad que se atrevió
a arrancarle uno de sus brazos, era acaso la supuración gelatinosa del muñón
del brazo derecho del almirante Nelson lo que estaba cayendo sobre mí. ¿Y yo
qué se supone que debía hacer entonces: lamerme las gotas para aplacar la ira
del insigne marino o arremeter contra el capitán general, allí presente para
recibir no sé qué título honorífico, por no haber echado mano de la última
partida presupuestaria enviada por el ministerio de defensa con el fin de
arreglar aquel maldito aparato de aire acondicionado? La catadura moral, no voy
a quedarme sin decirlo, de muchos de nuestros militares y escritores es más que
dudosa. Se escudan en la tradición para justificar cualquier cosa. Y son
capaces de vender toda una sarta de mediocridades bajo la excusa de que continúan
y dialogan con la línea principal de la literatura insular. ¡Farsantes! En el
museo militar se dijo también ─lo escuché en un corrillo de
arquitectos que se reunió al final del acto frente a una gigantesca maqueta de
la ciudad, puerto y plaza de glorioso pasado─ que era una pena que
se hubieran perdido todas las fortalezas, que apenas quedaran, y ni siquiera
completos, uno o dos de los castillos que siglos atrás proliferaban en la costa
y constituían uno de nuestros orgullos principales y nada menos que la fuente y
el origen de nuestra identidad inalterada. Como se leía en un panel
explicativo, las “derrotas infringidas” (sic) a numerosos corsarios y
almirantes extranjeros por parte de nuestras tropas apostadas en esas
fortalezas habían conseguido defender la ciudad y mantenerla fiel a la corona
española. ¡Manda cojones! Aquí la devastación se convierte en relumbre. La
carnicería se denomina defensa. Las matanzas se transforman en orgullo insular.
A los cañones se los llama tigres. Las banderas ensangrentadas ondean al viento
en una mañana luminosa en la que el rojo de la sangre se confunde con
el resplandor de la canícula. ¡Embaucadores! Camino como a ciegas por las calles
de la ciudad que me vio nacer. No veo nada, es solo ella la que vio, la que ve
y la que verá, de ella son los ojos que en cada esquina se abren para ver y
decir qué es lo que hay que ver en lo visible y qué es lo que no debe verse en
lo invisible ─o al contrario. Voy caminando y lo único que
me libera de esa mirada impuesta es el olor, el olor de lo que lleva muerto
muchos años y resurge para no sé qué, ¿para qué puede resurgir lo que lleva
años muerto y enterrado? Cuerpos como enredaderas en un balcón con la fresquita, cuerpos que en una
azotea, fuera de cualquier mirada pero expuestos al olfato de quien todo lo
huele, se desnudan, se trenzan, se desatan, convulsos, vuelven a anudarse y difunden
sobre la ciudad un perfume de piel sedienta, de mucosa voraz. El “joven muerto”
de un poema en el que se lo menciona quizá demasiado a la ligera regresa a
través de los patios interiores, de los patinillos, de las azoteas montadas
unas sobre otras, de los cables y las antenas que desgarran la noche como un
dolor que no deja nunca de manar. Regresa quizá como un fantasma de carne no sé
si perfumada o viscosa con el que hablo después de dormir unos minutos en una
casa que no me pertenece. Me sale al paso en la escalera y hablamos sobre su
padre muerto, me pregunta por qué yo sigo viviendo, qué pacto he firmado para
sobrevivir a tantos de los míos. Yo le respondo señalándole una mancha que
acaba de aflorar en mi lengua y a la que he dado en llamar “punto en boca”. Esa
mancha me salva. Esa mancha, que mancha todo lo que digo, que mancha el aire
que respiro y la comida que como y las palabras que formo con la saliva
sobrante, es mi amuleto de la suerte. Con los amigos, en callejones sudorosos,
junto a nidos de cucarachas, en las noches de bochorno de esta ciudad que no se
dejó vencer, comparto a veces un gin-tónic mientras, en la mesa de al lado,
unos gitanos rumanos beben unas litronas gigantescas que los hacen vociferar
como si estuvieran en medio de la estepa. Mientras no nos quiten las ramblas ni
la estatua del caudillo rodeada de una fuente en la que derramar al final de la
noche los residuos corporales producto del gin-tónic, mientras no nos retiren
la plaza de toros que nos recuerda al pasar la distancia que media entre
quienes pasamos ahora y quienes hace veinte años pasaron junto a ella, mientras
ningún alcalde menudo ni malpuesto nos birle el revoltijo de árboles al que
todo el mundo llama parque y que nos permite escondernos para inhalar los
miasmas prohibidos de esta noche voraz de aniversario y regreso: mientras nada de eso nos
sea retirado, nosotros seguiremos viniendo a contarnos las marranadas con que
nos regala la vida, los juicios sumariales que nos imponen a diario instancias sobrehumanas y los acertijos en que nos hemos convertido para
nosotros mismos. Seremos, lo sabemos, contumaces. Seremos implacables. Luego,
una vez cumplido el ritual de degeneración, nos marcharemos. Eres, ciudad,
nuestro vomitadero, eres el lavadero para nuestros culos siempre sucios, eres
la morgue en donde nuestros cadáveres son acicalados para que estén presentables
de cara a su próxima función, eres el sumidero de nuestros sueños, el campo,
poblado de espantapájaros, de nuestra juventud, eres el prostíbulo de nuestra
madurez, el pozo negro de nuestros negros destinos, el estercolero de todas nuestras
miserias. Nos necesitas y te necesitamos. No hay entre nosotros ni una pizca de
amor. Tampoco una pizca de odio. Un día, dentro de muchos años, volveremos
aquí como marineros llegados de puertos lejanos, nadie nos reconocerá, visitaremos
las capillas desacralizadas de los que habían sido nuestros cultos, cantaremos
canciones cuyas letras estuvimos a punto de olvidar y nos internaremos por un
callejón en el que unos desconocidos nos apuñalarán o nos golpearán con bates
de béisbol. En ese mismo instante, al tiempo que la eternidad, comenzará quizás
el amor.
domingo, 2 de junio de 2013
CREPITACIÓN EN MADRID
Los amigos del Centro de Arte Moderno de Madrid han tenido la gentileza de colgar en su canal de youtube la grabación que realizaron el 30 de mayo pasado de la presentación de mi libro La crepitación. Poesía reunida 1991-2006. Me acompañó en ese día especial Mario Martín Gijón, autor del epílogo. En la distancia, allá en su Santa Coloma de Gramenet, estaba Joan de la Vega, editor de La Garúa. Como sé que algunos amigos no pudieron acudir por razones de trabajo, distancia, otros compromisos o imprevistos surgidos a última hora, cuelgo aquí el vídeo. Quizá también algún lector de este blog tenga curiosidad por conocer ese otro lado de su autor, el de la lectura en público, que constituye un mundo distinto, aunque no del todo alejado, del de la escritura en soledad. Un lado, todo sea dicho, en el que creo haberme prodigado demasiado, sobre todo en una época, y que en los últimos tiempos me convence cada vez menos. Sin embargo, hay algo en la lectura en público, especialmente cuando uno está rodeado de amigos, como fue el caso el otro día, que queda del todo excluido en la escritura solitaria: me refiero a la convivencia, al diálogo, al calor de la compañía y a las acogedoras, cómplices miradas de quienes escuchan, a esa rara magia de la breve intimidad de un momento compartido. Ahí, entonces, todo lo que se labró en el silencio --con la única compañía de la nieve, de unos almendros en el cráter de volcanes extintos o de unos pájaros huidizos-- cobra, por un momento, vida, y parece encontrar su auténtico destino. Gracias, así pues, por acompañarme ese día a Emilia, Carolina, Virginia, Karina, Carmela, Ada, José Manuel, José Antonio, Pablo, Jesús, Juan, Javier, Germán, Julián, Carlos, Susana, Ibrahima, Eva, Esther. Espero que quienes vean y escuchen el vídeo puedan captar algo de esa intimidad, un poco de ese calor unido y regalado a la voz, al hombre que recita.
martes, 21 de mayo de 2013
PALMÉTUM
Cuentan las crónicas de la ciudad —no todas tan
apesadumbradas como nos lo han querido hacer creer quienes dicen haberlas leído
a conciencia durante las últimas décadas— que la idea originaria de instalar un
parque de palmeras en el antiguo Lazareto surgió ya en el seno de algunas
familias de indianos que, a comienzos del siglo pasado, regresaron a la isla
con una mentalidad más abierta, con un nuevo concepto de la arquitectura y con
bastante dinero ahorrado. Escandalizados por lo que antes de sus viajes de
fortuna habían sido sus casas familiares, construidas con materiales pobres y
trazadas según un vano respeto por la caprichosa orografía de la isla, se
dedicaron a derrumbarlas para construir sobre ellas o junto a ellas unos
caserones nuevos, más amplios y menos melindrosos, sin esas inútiles balconadas
de madera o esas absurdas escaleras exteriores en el costado de patios ciegos
en los que ya nunca más, por suerte, guardarían sus cabras. Los restos de las
antiguas casas empezaron a afear los aledaños de las flamantes y modernas mansiones.
Uno de los próceres, con buen criterio, propuso que esos restos se amontonaran
en un lodazal situado a varios kilómetros del puerto de la capital y que, a
medida que se iban depositando allí, se fueran cubriendo, para ocultarlos a las
autoridades, con palmeras extraídas de los inútiles y exuberantes palmerales de
la isla. Hasta allí se llevaron, así pues, durante años, durante décadas, en
carretas o en camiones, al anochecer o de madrugada, toneladas de escombros,
antiguos artesonados de estilo mudéjar, bernegales abandonados en patios
zaheridos, mampostería cuarteada, restos de balcones de madera aún medianamente
lustrosa, tejados en los que seguían asomando, traviesos, los verodes, mesas de
camilla, mecedoras cojas, cómodas rechinantes, pesados camastros oxidados,
carillones mohosos, enormes jaulas de madera, cortinajes cargados de pelusa, manteles
de encaje tan sucios como finos. Poco a poco, y a medida que se iban expoliando
los palmerales de la isla, se fue apartando u olvidando la costumbre de cubrir
con palmeras las masas de residuos. Las autoridades acabaron aceptando, por
inevitable, su onerosa existencia. Y dado que, desde entonces, aquel lugar, el
Lazareto, como dieron en llamarlo —pues alguien debió de pensar que, junto con
todos aquellos desechos de otras épocas también podía lanzarse allí a los
leprosos y a los tísicos, basura al fin y al cabo—, pasó a considerarse la
escombrera municipal, el basurero más o menos oficioso al que iban a parar
todos los despojos de la vida ciudadana, acabaron arrojados allí cientos, miles
de fetos resultado de abortos furtivos practicados en las nuevas haciendas,
cadáveres de camellos sacrificados tras resultar inservibles en las labores
agrícolas, toda la basura generada por los casi sesenta barrios de la capital, miles de litros de alquitrán vertidos por los barcos petroleros que abastecían
diariamente a la primera refinería del país, toda la mugre pisoteada por los
cientos de miles de borrachos que recorrían las calles cada año en carnaval y
que, antes de ser llevada al Lazareto, era depositada en las ciento veinte
fuentes municipales, en las que permanecía durante unos meses hasta que el agua
se volvía lo bastante sucia como para acabar con la vida de las palomas y las
ratas que se acercaban a beberla, los cadáveres, recogidos por fervorosos
voluntarios en todos los rincones de la ciudad, de esas mismas ratas y palomas,
cadáveres a los que se sumaban los de las cucarachas, las chinches, las
sanguijuelas y las babosas que cada año eran exterminadas en aplicación de los
denominados “planes de extinción de criaturas nocivas” promovidos por el Comité Municipal de Ordenación del Territorio. De
este modo, el Lazareto fue creciendo en superficie y en altura. Muy pronto, sin
que nadie lo previera, le ganó unos metros al mar. La basura fue alcanzando los
fondos marinos, se comió buena parte de la orilla, amenazó los aledaños de la refinería
de petróleo y convirtió aquel reducto en un espacio mítico, prohibido, del que
se oía hablar con temor pero que nadie había visto. Se decía que el Lazareto se
había convertido en una montaña de altura descomunal junto a la costa. En una
crónica de mediados de los años sesenta, que no todos sus lectores consideran
apócrifa, se le atribuía la nada despreciable altura de 424 metros. Se añadía
que el entonces presidente del Comité Municipal de Obras Portuarias había propuesto
que el Lazareto optara al récord mundial de altura de montañas artificiales,
pero la propuesta no llegó a prosperar, aunque la crónica no aclaraba si esto se
había debido a la falta de apoyo del resto de los comités municipales o a la
poca capacidad de convicción del presidente de Obras Portuarias. En cualquier
caso, poco tiempo después sufrió la montaña su primer estancamiento. Según otra
crónica casi del todo olvidada, se debió este al sensiblemente menor índice de
descubrimientos azarosos de restos mortales de represaliados de la guerra civil
envueltos en sacos en los fondos marinos, a la paralización comercial de la
refinería causada por una de las tantas crisis petroleras de la época y al
novedoso plan de planificación familiar implantado entonces entre la numerosa
oligarquía masculina con la finalidad de limitar el índice de natalidad
abortiva de la isla. Los rascacielos que poco después empezaron a rodear el
Lazareto —única posibilidad, no hace falta aclararlo, de crecimiento para una
ciudad sitiada, por sus cuatro costados, por, respectivamente, la refinería, el
mar, las montañas y la plaza de toros— hubieron de alcanzar alturas superiores
a los 500 metros para garantizar a los nuevos propietarios las tan codiciadas
vistas al mar. Para neutralizar o, al menos, reducir el tufo constante
producido por la descomposición de sustancias de todo tipo depositadas allí a
lo largo de los años, los promotores del skyline
capitalino, siempre atentos a las últimas tendencias, importaron de Singapur —otras
crónicas hablan de Shanghái— un método que consistía en aclimatar sobre el
Lazareto una variedad de palmeras aromáticas que, además, podía constituir,
combinada con otras variedades de palmeras exóticas y decorativas, una
atracción más para el nuevo barrio de alto
standing que lo iba circundando. Se
consultó al presidente del Comité Municipal de Aceras y Jardines sobre la
posibilidad de contar con fondos públicos para el traslado, instalación y
cuidado de las nuevas palmeras de lo que acabaría llamándose el Palmétum —hubo
un intenso debate en la Asamblea de Comités Municipales en torno a la necesidad
o no de incorporar al nombre una tilde que, para algunos, no hacía sino afearlo—
y, una vez que el presidente de dicho comité —solo las malas lenguas afirmarán
que su familia era la propietaria de las empresas de jardinería encargadas de
la operación— hubo dado su visto bueno a las partidas presupuestarias correspondientes,
se iniciaron los contactos para la compra de palmeras. Han sido largos y arduos
los años que se han necesitado para que especies acostumbradas a otro tipo de
suelos, a un aire acaso menos limpio que el nuestro y a una climatología más
severa, más húmeda, prosperasen, creciesen y permitieran, de este modo,
culminar este parque público que la Asamblea de Comités Municipales se complace
hoy en presentar como el proyecto estrella de la actual legislatura: el
Palmétum. Queremos dar la bienvenida a todos los ciudadanos de la capital,
brindarles las más de 15 hectáreas de este espacio como un lugar en el que
perderse y, al mismo tiempo, entrar en contacto con una buena parte de nuestro
pasado. Aquí, en medio de estos lagos artificiales de aguas cristalinas, junto
a la mayor colección de palmeras del mundo, si afinan sus olfatos, queridos
ciudadanos, se encontrarán con miasmas procedentes de todos los estratos de
nuestra vida en común; si escarban, aun simbólicamente, bajo cualquiera de
estos montículos, podrán encontrar un huesecillo, un nido, un trozo, una huella,
un minúsculo resto de lo que entre todos hemos construido. Caminarán sobre la
abundancia de ausencia que somos todos y comprenderán que no somos sino un
amontonamiento de despojos. Bienvenidos, pues, ciudadanos, miembros de la
oligarquía y representantes de todas las clases sociales, a este nuevo espacio
de convivencia: nuestro flamante Palmétum.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
ENTRADA DESTACADA
ENTRADAS POPULARES
-
Como algunos lectores sabrán, las pruebas PAU (Prueba de Acceso a la Universidad) de todas las materias han sido modificadas para la convoca...
-
Al Ilmo. Sr. D. José Carlos Acha Domínguez, Consejero Insular de Cultura, Museos y Deportes del Cabildo Insular de Tenerife. Apreciado cons...
