jueves, 21 de febrero de 2013

ARTHUR PARCHET

Me intriga el destino de Arthur Parchet (1878-1946), compositor del Valais que triunfa en la Alemania anterior a la Primera Guerra Mundial como director de orquesta y joven promesa de la música. Vive en Berlín, Mannheim, Stuttgart. Admirado por una novelista inglesa, Aline Wakley, quizá en gran medida debido a su porte, a su estatura, al exotismo salvaje de su aspecto, se convierte en el protagonista de su novela Un hijo de Helvecia. Al estallar la guerra, se ve obligado a volver, empobrecido, a su pueblo de origen, Vouvry. Allí lo acompañan más tarde su mujer y su hijo. Se dedica a dar clases de alemán en colegios de la región. Critica la música local, las fanfarrias, los acordeones, las armónicas. Sufre todo tipo de críticas, se gana enemigos, el pueblo lo rechaza. Pasa a trabajar en el campo, con otro refugiado como él, pero en este caso rumano: Panait Istrati. Se hacen grandes amigos. Comparten penas y labores, recorren las tabernas. Istrati le presenta a Romain Rolland, exiliado entonces en Villeneuve. Parchet intenta elevar la calidad de la enseñanza musical, se propone introducir nuevos métodos, se empeña en incorporar ideas novedosas sobre la cultura y el arte a una sociedad cerrada, provinciana, sorda para todo lo que no provenga de la tradición. Ninguna de sus propuestas es aceptada. Al cabo de unos años muere su mujer. Parchet se queda, viudo, al cuidado de su hijo. También este muere unos años más tarde. Parchet está ahora solo en Vouvry. Istrati se ha ido y con el tiempo se convertirá en un escritor famoso. El piano que le regala a su viejo amigo compositor aún se conserva en el museo local. Al final de su vida, Parchet funda un coro de aficionados al que logra elevar a niveles de calidad inusitada. Compone para él piezas hoy en día olvidadas. Vive prácticamente de la mendicidad, de las limosnas de unos vecinos para los que no es sino un estorbo, un loco, un trastornado, un inútil, un frustrado y un alborotador. Parchet enferma. En 1944 le escribe a René-Pierre Bille, hermano de S. Corinna Bille y uno de sus pocos amigos: «Todo mi arte es para mí y la vida solo me es valiosa en la medida en que me permite cultivarlo. La imposibilidad de hacerlo es para un artista peor que la muerte. Y este estado de cosas me ha convertido en un rebelde...». Arthur Parchet muere en la clínica Saint-Amé de Saint-Maurice el 20 de febrero de 1946. 

domingo, 17 de febrero de 2013

LAUSANA

En una habitación de hotel alguien se pudre. Contempla la foto de los dos cerditos ―¿o es un grabado, una litografía?― y se pregunta qué le estará contando el uno al otro al oído. Es tanto lo que ha olvidado que ni siquiera recuerda en qué hotel durmió años atrás cuando visitó esa misma ciudad. ¿Habrá sido en el mismo que ahora, incluso en esa misma habitación? No es que recordarlo pudiera servirle para nada, pero quizás se sentiría un poco menos abandonado en ese atolladero, en esa desgana que lo roe por dentro. Hay tres espejos en la habitación del hotel, pero en ninguno podría reflejarse otra imagen de sí mismo distinta a la de un ser derrotado. De resto, unos visillos, unas colchas, unas sillas, una mesa, un armario y unas lámparas de una baratura tal, de un fealdad tan infame que no sabe hacia dónde volverse para sentirse un poco menos deprimido. Si abre la ventana para mirar hacia la catedral ―allá arriba, como construida en lo más alto de la ciudad para apabullar, para imponer su presencia en todos los rincones―, un frío cortante le hiela la cara. El baño no es un lugar en el que pueda pretender encontrar el más mínimo alivio: una luz mortecina, que va incrementándose poco a poco en intensidad sin dejar nunca de brillar de un modo fantasmagórico, lo invita a usarlo lo menos posible (cepillarse los dientes casi a oscuras es una experiencia que linda con el más tenebroso de los mutismos). No escucha nada a través de las paredes, no ha visto a nadie atravesando los pasillos cubiertos de unas alfombras pegajosas que parecen puestas allí para convertir los pasos en quejidos que no obtendrán nunca compasión alguna. Algo le dice que ha entrado en el más definitivo de los silencios, que han quedado atrás las últimas posibilidades de conversación, las eventuales intervenciones en diálogos que podían haber sido monótonos o miméticos pero que eran, por lo menos, una tentativa plausible de salir de sí mismo. Sabe, se dice, que el de estas pasadas semanas ha sido el último intento de establecer un vínculo afectivo con alguien distinto al fantasma que ve todas las mañanas al desvestirse ante el espejo para ducharse. Asume esto con una compostura que le asombra. Uno de los cerditos acerca su hocico a la oreja del otro para susurrarle alguna confidencia. Hay otros cuadros en la habitación en los que ni siquiera se ha fijado, para qué. La estufa emite un ronroneo sospechoso que lo lleva a pensar que en cualquier momento puede dejar de fucionar. Este cuerpo, se salmodia, es el mismo que estuvo en tantas otras habitaciones de hotel, el mismo que heredé del cuerpo de ayer, que era el mismo heredado del cuerpo de anteayer, a su vez el mismo... ¿Cuántos cuerpos ha tenido? ¿Cuántos ha tumbado en una cama de hotel con las piernas dobladas casi como una odalisca, con la misma e intacta impericia en la consecución de posturas apropiadas para el placer solitario? La catedral lo mira desde su opresiva atalaya. Contempla cómo se desenvuelven sus manos en dirección a la parte baja del vientre. Uno de los cerditos, el que escucha las confidencias del otro, lo mira también desde el cuadro ―plumilla, acuarela o lo que quiera que sea―, como si fuera eso lo que su compañero le está pidiendo que haga, mirar a aquel mamarracho que intenta sacarle a su cuerpo, tumbado en una cama repelente, un par de convulsiones de desangelado placer. La nieve que cubría el tejado de la casa abuhardillada de enfrente se ha derretido a medias con el medio calor de esta mañana. El mensaje que esperaba para hoy no llegó nunca. Puede seguir destrozándose los cercos de las uñas hasta que los dedos se le queden convertidos en garras sanguinolentas, que no por eso le enviarán el mensaje que espera. Monda una mandarina. Se raspa la piel hasta que se le forma una llaga. Las colchas rezuman unos jugos que parecen formados por la mezcla de veinte clases distintas de semen y tres o cuatro tipos de flujos vaginales. Lo que uno de los cerditos le dice al otro al oído es que el mamarracho de ahí se ha quedado con la mano agarrotada en su sucia entrepierna y un gesto de alelada incredulidad en las comisuras de los labios. Se imagina una rata del tamaño de un gato corriendo por las paredes y lanzándosele a la yugular al cerdito de los demonios. Para qué seguir, piensa mientras contempla no sin cierto agrado las tres perchas que parecen, respectivamente, un garfio, una hoz y una guadaña. O una horca preparada en el patíbulo más gris que quepa imaginarse: la habitación de un hotel de tres estrellas suizo. Si tuviera los dedos más finos podría meter el meñique, el anular y el corazón en uno de esos enchufes suizos de tres agujeros y recibir una descarga que lo dejara en el sitio. Va a tener que encerrar a la rata en la caja fuerte, pues no deja de insinuársele. Tras degollar al cerdito burlón y provocar la huida de su amigo o amante, parece haberse despertado en ella un hambre más lasciva que la que le inspiraron los marranos, un hambre sexual dirigida al único ser vivo que hay ahora mismo en la habitación. Claro que él no está por la labor. Existe una cierta desigualdad en los tamaños y no querría provocar ningún desgarramiento indeseado. Que la rata maldita se las apañe como pueda encerrada en la caja fuerte; en cualquier caso, en menos de una hora se le habrá terminado el oxígeno y quedará yerta, inerte, tiesa y tentetiesa allí dentro. “Se ruega a los señores clientes que depositen en la caja fuerte cualquier objeto de valor. En caso contrario, el hotel no se hace responsable de su pérdida.” Siente un ligero tufillo procedente de uno de los sobacos. Lo único que le faltaba ahora es un acceso de hedor que lo obligue a ducharse. Si no ha sudado ―la captura de la rata fue rápida y sencilla, dada la sumisión del animal―, si su cuerpo, en cualquiera de sus versiones heredadas, no ha soltado, impávido durante horas, una sola gota de sudor, ¿cómo pueden olerle los sobacos? Siente asco de sí mismo, de su imparable putrefacción. Pero no piensa perfumarse. No está dispuesto a someterse a ningún lavado a fondo por un par de vapores tumefactos que quizá no sean sino producto de su imaginación. ¿Desde cuándo se imagina olores?, se pregunta. En cualquier caso, pudrirse imaginariamente, y hacerlo además en una habitación de hotel como la que ahora ocupa, es un proceso fascinante que revela una sutileza sensorial e intelectual de la que no puede sino sentirse orgulloso. Esta constatación le basta para asumir que está bien donde está y que es ahí donde debe permanecer.    

lunes, 21 de enero de 2013

DOS POEMAS DE SANTANDER

Curioseando un poco por la red --ahora que las noches, en esta región del Alto Valais donde me encuentro, son largas, frías y recogidas--, he encontrado este vídeo de la lectura que en agosto de 2009 dio en Santander el poeta suizo Fabio Pusterla. Habíamos sido --Fabio como autor y yo como su traductor-- muy generosamente invitados por Rafael Fombellida y Carlos Alcorta, organizadores de las 'Veladas poéticas' de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en cuyo marco tuvo lugar la lectura. Paseos, cenas, conversaciones y copas se añadieron luego a aquella velada de la que guardo un recuerdo entrañable: se dio, y no sé si esto puede captarse en el vídeo, una sintonía especial entre Fabio y el público. En uno de aquellos días de verano cantábrico escribí dos poemas que han permanecido guardados a la espera quizá de un encuentro imprevisto. El primero está dedicado a Fabio Pusterla y el segundo a Rafael Fombellida y Carlos Alcorta. Los publico ahora aquí como un modo de seguir tejiendo la amistad que entonces se fraguó. 


I

                   Para Fabio Pusterla

Estar en un lugar, estar en otro,
ver el mar a lo lejos con el vago deseo
de sentirlo en la piel y preferir
seguir donde se está sin decidirse
a dar el paso decisivo, pues
es fácil darlo, lo sabemos,
es mucho más difícil
quedarse y resistir las embestidas
del vacío, del freno, de la soga
que nos atan a un sitio, que nos atan a otro,
y que tarde o temprano tirarán
con fuerza hasta que el cuerpo
quede colgando fuera de la vida. 

II


                   Para Rafael Fombellida y Carlos Alcorta

A la hora de la siesta, gritos
de gaviotas altísimas irrumpen
en mi paseo solitario
por las calles vacías.

Qué anuncian, si es que algo
quieren decir aparte del estruendo
momentáneo que causan.

Voy cruzando de una acera a la otra,
siempre en busca de sombra,
siempre lejos del centro,
mirando los balcones taciturnos,
sus cristales tiznados, casi opacos,
tropezando con gente que parece
haber aparecido aquí ahora mismo,
como yo,

y, aunque había pensado llegar hasta una calle
donde, según las guías, está domiciliada
la única sauna que hay en la ciudad,
prefiero detenerme, me siento en un portal
y hago que el tiempo pase,
no sé si algo más lento,
entre algunas palabras
antes de proseguir.

lunes, 14 de enero de 2013

JEAN-MARC LOVAY CUMPLE 65 AÑOS

Nacido en Sion (Cantón de Valais, Suiza) el 14 de enero de 1948 —cumple hoy 65 años—, Jean-Marc Lovay es uno de los escritores más extraños y misteriosos de la literatura contemporánea. A los 16 años abandona sus estudios secundarios, comienza a escribir y a trabajar en los oficios más variopintos, muchos de ellos apegados a las tradiciones campesinas o ganaderas de su país. Realiza largos viajes a Madagascar, Afganistán, Nepal y la India. Su primera novela, Les régions céréalières, de 1976, le vale un reconocimiento inmediato. Estilística y temáticamente inclasificable, la obra de Jean-Marc Lovay parece surgir de periplos oníricos difícilmente transmisibles. Como pequeño homenaje a este autor —aún, asombrosamente, inédito en castellano—, traduzco y ofrezco en versión bilingüe un fragmento de su libro Aucun de mes os ne sera troué pour servir de flûte enchantée [Ninguno de mis huesos será agujereado para servir de flauta encantada], publicado en 1998. 




TEXTO ORIGINAL

Et le visiteur tâtait mes joues avec des doigts que je sentais habitués à palper les museaux des agneaux morts ; et son haleine avait l'odeur du vorace marécage d'où n'étaient jamais dégagés les cadavres ; et voyant mon ancien pantalon et mon ancienne chemise figés en haut sous le plafond et enflés de la forme de mon corps, je pensais qu'ils étaient pris dans une invisible eau boueuse ; et avec la joie ivre et amère de la grenouille dont l'assommeur maladroit et soûl n'avait pas déjà arraché les cuisses et qui pouvait encore assister au laborieux massacre de ses soeurs, j'assouplissais mon nouveau vêtement en écartant les bras et les jambes et en lisant sur la pochette du vêtement jumeau du visiteur les mots brodés en fil d'or : "Nourriture éternelle et travail éternel". Et lui il me regardait en tremblant avec dans ses yeux le regret de n'avoir pas davantage vérifié la chaleur et la froideur mêlées de mes membres nus ; et il disait que les sournois entreteneurs du musée lui avaient affirmé que celui qui était exposé dans la "salle de l'Égaré de passage" ne pourrait plus connaître la faim et la soif, mais que lui il n'avait pas cru leurs sournoises paroles. Et le visiteur ne me demandait pas si j'avais faim ou soif, non, il posait sur la table une soupière couverte et une fiole opaque en me disant que puisque j'avais faim et soif il m'apportait à manger et à boire ; et relevant son pantalon et dénudant un de ses genoux il me demandait de m'agenouiller et de baiser ce genou en comptant jusqu'à dix-sept pour respecter la tradition dont il jurait avoir oublié les origines. Essayant de me souvenir des voix les plus douces de ma mère et de mon père, et méprisant la dure voix intérieure qui me hurlait de ne pas m'agenouiller, je m'agenouillais et baisais le genou du visiteur ; et je pensais que j'allais mordre ce genou pour au moins savoir si le visiteur ressentait la douleur ; et percevant la protubérance d'une rotule de métal qui bougeait sous la peau, je n'osais pas la mordre et j'étais presque joyeux de constater que survivait en moi la peur de me casser les dents.




TRADUCCIÓN ESPAÑOLA

Y el visitante tocaba mis mejillas con dedos que yo notaba acostumbrados a palpar los hocicos de los corderos muertos; y su aliento tenía el olor del pantano voraz del que nunca se habían despegado los cadáveres; y, viendo mi antiguo pantalón y mi antigua camisa inmóviles arriba bajo el techo e inflados con la forma de mi cuerpo, pensaba que estaban atrapados en una invisible agua fangosa; y con la alegría ebria y amarga de la rana a la que ningún matarife torpe y borracho le había arrancado todavía las ancas y podía así seguir asistiendo a la laboriosa masacre de sus hermanas, ablandaba mi nueva ropa estirando los brazos y las piernas y leyendo en el pañuelo de la ropa gemela del visitante las palabras bordadas con hilos de oro: «Alimento eterno y trabajo eterno». Y él me miraba temblando mientras conservaba en sus dedos la nostalgia de no haber verificado más el calor y el frío mezclados de mis miembros desnudos; y decía que los hipócritas conservadores del museo le habían hecho saber que aquel que estaba expuesto en la «sala del Extraviado de paso» no podría ya conocer el hambre ni la sed, pero que él no había creído sus hipócritas palabras. Y el visitante no me preguntaba si tenía hambre o sed, no, colocaba en la mesa una sopera cubierta y un frasco opaco diciéndome que, como yo tenía hambre y sed, me daba de comer y de beber; y levantando su pantalón y desnudando una de sus rodillas me pidió que me arrodillara y le besara la rodilla contando hasta diecisiete para respetar la tradución cuyos orígenes juraba haber olvidado. Intentando recordar las voces más dulces de mi madre y de mi padre, y despreciando la dura voz interior que me gritaba que no me arrodillara, me arrodillé y besé la rodilla del visitante; y pensé que iba a morder esa rodilla para saber por lo menos si el visitante sentía dolor; y, distinguiendo la protuberancia de una rótula de metal que se movía bajo la piel, no me atreví a morderla y me sentí casi feliz al constatar que aún sentía miedo de partirme los dientes.




[Fragmento de Aucun de mes os ne sera troué pour servir de flûte enchantée, de Jean-Marc Lovay © Zoé (Suisse), 1998. Traducción al español: Rafael-José Díaz.]

lunes, 31 de diciembre de 2012

¿QUÉ PLAYA?


        A José Carlos Cataño

A qué playa llegar
desde otro sueño
y para qué
si ya sé que no has ido por la costa
bordeando las risas de los tarajales
para ir a dar al roque
que encandila el perfil
de las gaviotas
cuando brilla en el centro
de la entraña del día,
a ese roque que luego desemboca,
por caminos que son,
bien que lo sabes,
para mí inaccesibles por el vértigo,
en esa playa,
¿qué playa?,
la que tuvo otro nombre en nuestras bocas
y ahora dudo si existe.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

PRESENTACIÓN DE MI POESÍA REUNIDA


(Si se pincha sobre la tarjeta de presentación se verá ampliado y podrá estudiarse con cierto detalle el prolijo y meritorio currículum de este autor, así como las canas que pueblan su barba y que, iluso, creyó poder disimular con el rictus de pasmo socarrón con que se acerca al micrófono en una instantánea más que mejorable. Presentarán el acto dos de los mejores maestros de ceremonias imaginables. Ninguno de ellos ha sido nunca acusado del delito de aburrir a un público. Prometen no citar a Valéry, a Eliot o a Benjamin. Se sospecha que el autor leerá, además de algunos de sus poemas adolescentes más memorables, algún texto posterior que los críticos futuros describirán como la antesala de la poesía canaria de la segunda década del tercer milenio. Si fuera posible, se rogaría que la laca utilizada por los y las asistentes sea de las que irradia ese olor aterciopelado que, como se ha comprobado en otras ocasiones, combina tan bien con los versos del autor. En cuanto a aquellos que sientan ojeriza por este poeta cuyos blogs tanto han afrentado, escarnecido, afeado, ridiculizado y difamado a grandes damas y grandes caballeros de las letras canarias, se ruega que acudan, si tienen intención de hacerlo, pertrechados con tomates, pepinos, alcachofas y otras hortalizas --preferiblemente en mal estado-- para que puedan así desahogarse al final del acto en una furibunda tomatina o pepinada poéticas. Eso sí, tendrán que apechugar luego con la respuesta del poeta, que quizá lleve preparada una de esas parodias o profanaciones a las que nos tiene acostumbrados. Así que, estimados amigos: no se pierdan ustedes esta presentación tan prometedora en más de un sentido. Nota.- La tarjeta de presentación ha sido cortesía de mi primo Gabriel Pérez Díaz. ¡Gracias y besos!)

sábado, 8 de diciembre de 2012

LAS TRANSMISIONES


No sé qué tienen las rememoraciones de la infancia que están como aureoladas. Cada momento recordado o cada escena recuperada aparecen recortados en un fondo de extraña mansedumbre. Esta aureola se pierde en cuanto se la quiere decir. La escritura es, por tanto, el gran desagüe de las rememoraciones desgastadas, de los sueños empobrecidos y de los instantes despojados de cualquier realidad. No nos engañemos pensando que la palabra es capaz de crear algo cuando lo único que está a su alcance es rescatar y almacenar lo que una vez se perdió.

Lo digo e intento volver con la mente a un lugar en el que pasé muchos veranos, con un cuerpo que era entonces otro cuerpo, más vivo o menos abrumado que el de ahora. El fogonazo es reacio al muladar de las palabras. Se resiste a la petrificación y a la baba de ser dicho. Pero somos lo suficientemente presuntuosos como para pensar que, nuestro como es, debemos capturarlo, encadenarlo y exhibirlo como un trofeo de caza.

Así que: nueva intentona. Estoy asomado a la ventana de un apartamento del sur. Es por la noche, un recodo del día en el que todo sigue fluyendo pero de otro modo ya, no del todo desaparecido pero sí como transparentado. Los cuerpos se han transformado en meras voces que se susurran las unas a las otras como si se rozaran o acariciaran. Los árboles se mecen entre las luces de las terrazas desde las que llega la música de una fiesta recién comenzada. Miro hacia la ventana de enfrente. En ella se ven, como sombras fugaces que huyen de la luz, los cuerpos de quienes se deslizaban junto a nuestros cuerpos en la promiscuidad de la piscina. Pero ahora estamos separados y, aunque sigamos pendientes los unos de los otros, hay algo que ha tocado a su fin.

En la habitación, mi hermana y yo somos como niños angelicales que no forman escándalos ni discuten ni se pelean. Llevamos una vida misteriosa que ni siquiera nuestros padres conocen. Nos turnamos para asomarnos a la ventana y emitir signos con los que nos comunicamos con nuestros vecinos de enfrente. Luego, ya acostados, juntamos nuestras manos y nos transmitimos los mensajes mediante pulsaciones acordadas del pulgar y del índice. Cuando nos dormimos estamos siempre a punto de avistar el sentido del siguiente mensaje.

Pero todo es inútil. Una nueva mañana nos devuelve a la luz. Nos levantamos, desayunamos y nos lanzamos de nuevo a la interminable algarabía de los paseos y los céspedes. No habría ninguna palabra para vastedad como aquella. Por eso me refugio en la noche, porque creo que para la noche, más delgada y recogida, más interior y más serena, encontraré traducción. Cuando la mañana y el mediodía y la tarde terminan se encogen y se doblan hasta que logran meterse en la caracola de la noche. Allí los espero con mi red preparada.

Estoy asomado a la ventana y no hay lenguaje todavía, es decir, que el lenguaje conforma una unidad con la vida. Lo que digo es parte del momento en que lo digo. No hay aún contorsiones ni evasivas, no hay desencantos ni recuerdos. Estoy asomado a la ventana, una noche cualquiera del verano en el apartamento, y transmito el mensaje que hemos acordado lanzar a nuestros contrincantes. Me escondo tras la cortina y hay un instante en el que ya no recuerdo cuál era la siguiente señal. Así que interrumpo la transmisión e inmediatamente me llega la respuesta de enfrente, que no sé descifrar. Entonces me siento perdido porque he olvidado las claves y ya nunca lograré reconstruir el mensaje que necesitábamos para seguir viviendo al día siguiente en medio de la transparencia, la gracia y la verdad.

domingo, 2 de diciembre de 2012

LO QUE NO PUEDE DECIRSE



Lo que de aquel verano recuerda sobre todo son las horas que pasó imaginando su vida en la casa de la costa. Había llegado a Boca Cangrejo al final de la tarde, después de recorrer otras localidades costeras de más reciente creación, avenidas entreveradas de bloques de viviendas en los que los días transcurrirían, pensó, como supurantes heridas en una piel expuesta al más inclemente de los soles. Las urbanizaciones construidas al borde de los acantilados, sobre antiguos terrenos militares disputados por ricas familias latifundistas que acabaron recuperándolos en largos procesos judiciales, no le atrajeron demasiado. Había allí una paz impostada, una gravitación de sueño espurio que condenaba los chalés adosados, todos idénticos, a una vida sin vida, a un tiempo sin pasiones, a la más atroz inexistencia. Boca Cangrejo era otra cosa. Hasta allí llegaba únicamente una carretera de asfalto envejecido, apenas transitada, llena de baches, rodeada de escombreras, repleta de curvas. A pesar de que era verano, quienes vivían en Boca Cangrejo no se dejaban ver. Parecían estar recogidos en sus casas o, todo lo más, sentados en las hamacas de sus terrazas tomándose una caña mientras caía la tarde. Las casas habían sido construidas al borde del mar, aprovechando los recovecos de las rocas para disponer una despensa aquí, un dormitorio allá, un minúsculo aseo junto a una cocina bajo un saliente escarpado. A las terrazas se accedía por lo general por medio de escaleras exteriores que las unían a la parte construida de las casas. Disponían de hamacas, sombrillas, barandas y jardineras como cualquier terraza del mundo civilizado, pero lo singular aquí era que desde ellas podía accederse directamente al mar. El laberinto de casas amontonadas en la costa estaba atravesado por caminos que conectaban unas viviendas con otras. No parecía, sin embargo, que las visitas de extraños fueran bienvenidas, pues en las entradas de esos caminos se habían colocado cadenas que, aunque podían saltarse con facilidad, indicaban una cierta privacidad y hacían prever los riesgos que conllevaba internarse sin permiso. Imaginarse una vida allí era para él una más de sus fantasías sin destino, un juego al que se entregaba como parte de las extrañas visiones de aquel verano extraño. Solo más tarde supo que habría de olvidar casi todo lo que pensó o imaginó entonces excepto, precisamente, la vida que imaginó en Boca Cangrejo. A ello contribuyó quizá el hecho de que, en determinado momento, y confiado en la aparente tranquilidad que desprendía aquel momento del atardecer en el que todos los vecinos parecían estar preparando sus cenas —cenas que imaginó compuestas de samas o viejas recién pescadas, pulpos recién capturados o lapas preparadas a la plancha con el tradicional mojo verde de cilantro—, confiado, decía, en la calma aparente del lugar a aquellas horas, decidió internarse por uno de los caminos por los que se accedía al laberinto de viviendas. La noche empezaba a caer con la rapidez con que lo hace siempre en aquellas islas. Su figura, pensó, quedaría medio camuflada por las sombras del atardecer. Avanzó lentamente a través de los cercados, muros, terrazas y puertas sin que nadie diera muestras haberlo visto. Al llegar a una parte en la que el camino parecía desaparecer en medio de unas tabaibas resecas y de repuestos oxidados de automóviles, buscó el modo de llegar hasta un estrecho promontorio que le pareció adecuado para sentarse a escuchar el oleaje. De la casa más cercana le llegó entonces una especie de quejido que se repetía a un ritmo regular, como si alguien estuviese reconviniendo sin palabras a alguna otra persona reticente a sus deseos. No se trataba de gemidos eróticos ni tampoco parecía que fuera una madre hablando con sus hijos. Era una voz indeterminada, que tanto podía ser la de un hombre como la de una mujer, que no parecía ser capaz de vocalizar los sonidos que componen las palabras, sino que emitía como unas vocales prolongadas que sustituía por otras vocales más agudas o más graves componiendo unos quejidos con cierto tono de impostura. Escuchó aquello durante un tiempo que luego no supo si había sido corto o largo. Era una cantilena hipnótica. No entendía ni siquiera cómo podía escucharla con el mar tan cerca. Pensó que si se acercaba a la casa lograría escuchar palabras o al menos reconocer el sentido de todo aquello, si es que lo tenía. Regresó por el camino. Cuando pasó junto a la casa vio, a través de la única ventana —era una casa como de juguete, que parecía tener solo una pequeñísima habitación, salvo que hubieran excavado otros cuartos en el interior de la roca—, una cama en la que estaba recostado un hombre de mediana edad con la cabeza proporcionalmente más grande que el cuerpo. No logró distinguir a nadie más. El hombre tenía la mirada perdida y no lo vio pasar. No quiso permanecer durante mucho tiempo por fuera de la casa, un poco por el extraño respeto que nos imponen las vidas privadas de los demás y un poco porque temía que alguien le reprochara haber llegado hasta allí sin permiso. El rumor quejumbroso se fue apagando a medida que regresaba hasta donde había dejado aparcado su coche. Era un sonido inequívocamente humano, pero no estaba seguro de que fuera aquel señor afectado de acromegalia quien lo emitía desde la cama en la que parecía convalecer. En el camino de vuelta no se encontró con nadie. Cuando estaba ya sentado al volante, pensó en aquella casa junto a la costa como un lugar misterioso, la vivienda de seres que han llevado vidas muy distintas de la suya, quizá un matrimonio sin hijos o con criaturas afectadas por la misma enfermedad que su padre. Imaginó la casa como un lugar de padecimiento y soledad. La imaginó años después, abandonada por los hijos ya adultos de unos padres muertos entre insoportables dolores. Se imaginó llegando entonces, después de muchos años, otra vez hasta allí, hasta el recodo en el que el camino se borra, y escuchando de nuevo el quejido sin palabras, escuchándolo nacer de su propia boca o incorporado quizá a su propia escucha desde entonces. Imaginó su vida allí, en aquella casa, como un modo de seguir diciendo frente al mar lo que no puede decirse.

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LOS ONANISTAS - VÍDEO 4/8

 

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